miércoles, febrero 16

Homenaje a Sergio Oiarzabal

Doble homenaje para el extraordinario poeta:
Sergio Oiarzabal
Me gustaría mencionar y agradecer a Masmédula Edicines por su esfuerzo altruísta para la publicación póstuma de su libro: TRADUCTOR DE SUEÑOS POR BABILONIA.


Un beso, Txiki

martes, febrero 15

Sueños

Sueños Noctámbulos por Salvador Dalí

Tomo un café con Silvi. Estamos sentadas en la alfombra granate de mi casa. La veo reírse pero no la oigo. Me toco detrás de la oreja derecha buscando el audífono. No lo tengo. No lo tengo, Silvi, no te oigo. Puedo ver cómo se ríe más fuerte, se tumba y se tapa la cara con ambas manos. Me levanto preocupada y busco el audífono. Lo veo sobre la estantería de la cabecera de la cama. Voy hasta allí. Está roto. Lo sostengo con una mano y comienzo a llorar. Está roto, Silvi, no te puedo oír, no puedo. Me doy la vuelta y le muestro con la palma de la mano abierta las dos partes en que se ha convertido el pequeño aparato. No me mira. Se está besando con mi profesor de Creación Literaria sobre la alfombra granate de mi casa. Grito, quiero que se vayan, ¡FUERA! Mi profesor se levanta, lleva en la mano una libretita negra y me sonríe. Se acerca despacio. Doy un paso atrás. Él avanza uno. Retrocedo otro. Él llega hasta mí y me empuja suavemente con un dedo diciendo: Cuidado, Elvira, que te vas a caer... El suelo se abre y siento el vacío. Se me encogen las entrañas y el estómago me oprime la garganta. Rojo y azul ante mí, rojo y azul, rápido y más rápido y más rojo y más azul. Todo se para. Me pongo de pie sujetándome la tripa. Es el Days Inn, estoy delante del Days Inn Hotel de Nueva York. Me río a carcajadas. ¡Estoy en Nueva York! En la 94 con Broadway. Me aprieto el pecho, me siento feliz. Estoy libre. Corro Broadway abajo, corro, corro y corro sin cansarme, me río sin cesar. Paso la 77, 76, 75 y la 73 también y no dejo de reírme. Me llaman, me giro, estoy en la 63 y no veo a nadie, la calle está vacía. Cruzo una desértica Columbus Circle y tomo la Octava Avenida. Frente a mí hay un joven con el cartel verde de la 54th St. en una mano y con un niño pelirrojo en la otra. Lo abrazo con ansia, Etienne…, le susurro al oído, Etienne... Quiero tragarme su olor, aspirarlo hasta hacernos una sola esencia, lo aprieto contra mí, lo anhelo, lo aprieto fuertemente sintiendo su carne pero sigo anhelándolo como si lo que sostuviera fuera aire. Etienne se separa de mí, en silencio me da el cartel de la calle y se aleja. Los veo caminar cogidos de la mano. Me derrumbo contra el suelo y con los puños cerrados me atravieso el vientre que se ha convertido en un inmenso orificio. La voz de una mujer me hace levantar la cabeza. La miro extrañada. Es una azafata china y me pregunta en español si prefiero pollo o fideos. Fideos, le respondo. Me ofrece la bandeja. La coloco en mi mesita plegable. Miro por la pequeña ventanilla. Sonrío al ver el intenso color granate de las nubes. ¿A dónde vamos?, pregunto al señor de mi lado. A Dalian, me responde. ¿A Dalian?, ¿por qué? Porque vives allí, chica, me dice. No, no, no, no, yo ya no vivo en Dalian, vivo en Madrid. El hombre se carcajea y con sorna me repite que vivo en Dalian. Pensativa me toco la cabeza, me doy cuenta de que tengo el pelo corto, tan corto que me hace cosquillas al rozármelo con los dedos. ¡Rafa!, grito hacia el pasillo. Lo veo caminar con el uniforme de piloto. Qué guapo es. ¡Rafa!, vuelvo a gritar y me pongo de pie para que me vea. Me mira pero no me dice nada. Está serio. No parece él. ¡Rafa, soy yo! No me reconoce, ¿por qué no me reconoce? Me pongo nerviosa, me falta el aire, quiero salir de aquí. ¡Quiero salir!, grito. El hombre a mi lado me sujeta, es grande, me hace daño. No me deja moverme. Tengo miedo y le suplico con la mirada que me suelte, él se ríe y empieza a tararear una melodía, me suena esa melodía, sigue tarareándola, me suena, me suena, me suena…

Sobresaltada me aparto de la cara las páginas de un aburridísimo Buzzati. Y, aún tumbada en el sofá, consigo encontrar el móvil tanteando la mesita con una sola mano. Cesa la melodía al cogerlo, resoplo y digo:
―Dime, mamá…

sábado, febrero 12

Enamorarse como vidas tiene un gato

Dicen que sólo te enamoras una vez en la vida. Yo ya llevo siete y sólo en el día de hoy.
Me he enamorado del camarero al guiñarme el ojo nada más entrar por la puerta del bar. Me he enamorado del hombre a mi lado en el paso de cebra porque caminaba con curiosa dignidad junto a su bulldog inglés. Me he enamorado del tipo que se ha colado en el metro y al darse la vuelta me ha pedido silencio con el dedo en los labios. Me he enamorado de mi terapeuta porque hoy me ha regalado una sonrisa especialmente hermosa. Me he enamorado del joven del ascensor que ha fingido educadamente no mirarme el escote. Me he enamorado del librero cuando se ha bajado las gafas hasta la punta de la nariz para decirme que esa novela no la tenían. Y como cada día, me he vuelto a enamorar de mi vecino al aparcar su moto frente a nuestro portal.

jueves, febrero 3

Cita a cigas (Parte II)

Broken-heart-less por Ron Gamble

―Tía, ¿te imaginas que es mexicano? ―preguntó Elvira ajustándose el cinturón de seguridad. Silvi prefirió no contestar.
Era martes y se suponía que las dos amigas tenían una cita a ciegas en el Lateral de Chueca a las ocho de la tarde, pero eran casi las diez y estaban todavía metidas en un taxi atravesando Glorieta de Quevedo.
―Estoy más que convencida de que Gael va a ser mexicano y vamos a encajar. ¡Ay, ay! ―exclamó excitadísima sujetando el brazo de Silvi―: ¡¿Te imaginas, te imaginas, te imaginas que es de esos mexicanos, de los que ronronean chingo-guarradas-güey mientras te lo hacen?! ¡Tía, es mexicano! Lo presiento, ¡es me-xi-ca-no! ¡Me-xi…
―¡ELVIRA! ―gritó Silvia en un desesperante intento por hacerla callar―. ¡Es de Albacete! ¡Me lo dijo ayer Marcos, pesada! ¡Gael es de Albacete!
―¿Albacete, Albacete?
―¡Sí! ¡Albacete, Albacete!
―Bueno, ―y en un intento por recuperar su dignidad, se retiró el pelo de la cara y, mirando al frente, añadió―: de siempre los de Albacete han tenido su morbillo, ¿no?

A las 22.10 horas, las chicas subían los tres peldaños que separan el bar de la calle. Al entrar, Elvira reconoció a Marcos apoyado al fondo de la barra.
Cuando se acercaron a ellos comenzó la danza de palabrería sin sentido: Que si cuál era tu nombre. Que si soy abogado. Que si yo profesora, sí, de español. Que si Gael, pero no soy actor ni mexicano. Que si de Bilbao centro. Que si lo siento que te piso. Que si cuántas cervezas. Que si pues, venga, ponme cuatro. Y que sí, coño, ¡de Albacete!
Después de gritarla, Gael se arrepintió. Elvira no le parecía la típica tía imbécil pero es que ya era la tercera vez que se lo preguntaba. La miraba de reojo porque parecía ofendida, se había pasado, sí.
―Oye, perdona ―se disculpó Gael apartándola del grupo. Elvira sonrió e hizo un gesto negando con la cabeza, dando a entender lo poco que le había molestado. Sí, parece una tía maja, pensó después. Lo que no terminaba de encajar en ella era lo que le había comentado Marcos, así que decidió preguntárselo directamente―: ¿Tú eres lesbiana? ―Elvira sólo pudo abrir los ojos como platos porque se quedó muda. Gael añadió―: Perdona, es que verás, Marcos me dijo que eras lesbiana y que podía estar tranquilo, porque no ibas a pretender nada conmigo. ―Elvira parpadeó con nerviosismo exigiendo más explicación―. Soy gay.
―Gay… ―repitió atónita.
―Sí, mira, acabo de salir de un tormento, ¿vale? Ramón, ¿vale?, llevo dos meses en casa, ¿vale?, y Marcos me pidió este favor, ¿vale?, pero me aseguró que sólo era para acompañarle porque estaba más que convencido, cari, de que tú eras lesbiana, ¿vale?
―No soy lesbiana, ¿vale?
―A la vista está, cari, fashion-hetero total.
Elvira se había subido a unos tacones de infarto, metido en unos ceñidos pantalones negros con cinturón ancho y llevaba un blusón de escote interminable. Un poco de maquillaje, espuma y difusor para el pelo y, la verdad, es que parecía otra persona. Nada tenía que ver con el espantapájaros que Marcos conoció el domingo.

Después de las primeras cuatro cervezas llegaron las ocho siguientes. Marcos se había autoproclamado el líder del grupo. Proponía los temas de conversación y marcaba el ritmo al que había que beber. Silvia estaba en su salsa. Se reía como una boba por cualquier cosa que se dijera. Elvira, en cambio, estaba haciendo verdaderos esfuerzos por pasárselo bien. Es cierto que Gael le resultaba un tío simpático y con muchísimo sentido del humor, pero por más que intentaba analizar la situación no entendía por qué su amiga tenía tan buena suerte y ella tan mala, ¿dónde se había quedado el principio de retribución?
Cuando Marcos propuso la siguiente ronda, Elvira anunció que se iba. A Silvia no pareció importarle, de todas formas cuando su amiga se ponía de nones con esa cara de malas pulgas era mejor que se fuera o si no podría amargar al bar entero.
―Oye, tía, pues nada, encantado y a ver si se repite. ―Estaba claro que a Marcos también le importaba un comino que la chica se fuera.
―Ah, no, no, cari, si te vas tú me voy yo, ¿vale?, ¿qué coño pinto yo aquí solo con estos dos? ―Y tomando su abrigo Gael se enlazó al brazo de Elvira y, tras despedirse por décima vez unos de otros, salieron del bar.

Gael sólo tardó un par de calles en convencer a Elvira de tomarse juntos la última.
Cogieron un taxi y quince minutos más tarde estaban bebiendo un mojito, sentados en la barra de un tranquilo bar de Callao.
Elvira miraba divertida los aspavientos que hacía su recién amigo para escenificarle el momento en que Ramón decidió dejarlo.
Sin perder detalle de la historia, la chica rechupeteaba la pajita de su bebida muerta de la risa. Aquel tío estaba siendo todo un descubrimiento.
Después, tras hacer un rápido repaso sobre las extraordinarias cualidades sexuales del hombre francés y árabe, se enzarzaron en un histriónico debate sobre si los preferían circuncidados o no. Llegados a este punto Elvira sólo podía gesticular porque estaba absolutamente ahogada en su propia risa. El braisntorming que Gael estaba montando no podía ser más soez. Aun así intentó contar su experiencia con gestos.
―Vale, cari, no te entiendo, a ver, sí, tres, sí, sí, ¿tres circuncidados? ―Elvira lo negaba desternillada de la risa e intentó dibujar y situar en el aire el mapa de Estados Unidos―. Vale, sí, América, norte, norte, ¿Nueva York?, ¡sí!, vale, churros en el pelo, más churros, así ―e imitando a Elvira se formaba bucles ficticios a los dos lados de la cara― ¡Coño, judío! ¡Judio de Nueva York! ―Elvira asintió y, tras tomar un poquito de aire, se estiró los ojos― Vale, cari, judío en China, no, ¡ay!, no uno, tres, ¿pero qué coño es tres? ¡Tres judíos en China! ¡NO! ¿Japón?, ¿Tailandia?, ¿Vietnam?, ¿Singapur?, ¡Sí, Singapur! Vale, dale, cari, te pillo, te pillo, sí, tres, tres, reloj, reloj, ¿horas?, ¿minutos?, reloj, sí, dale, cari, ¡días! ¡TE TIRASTE A UN JUDIO NEOYORKINO EN SINGAPUR DURANTE TRES DÍAS!

Elvira se amarraba a la barra para no caerse, estaba en pleno ataque de risa desestabilizador. Y Gael daba saltos delante de ella con los brazos en alto celebrando la victoria. El bar entero los miraba.
―Eres mi ídolo, cari, ¡oe, oe, oe, oe!, vamos, porque ya estaba circuncidado que no llega a ser judío y se la pelabas igualmente, ¡tres días, locura pura!
―¡Pero estamos locos!, ¿qué barbaridad es esa? ―exclamó Elvira recuperando la voz―. ¡Noooooo!, lo que te quería decir es que salí en Singapur con un judío de Nueva York durante tres días.
―Ya, pero eso no tiene gracia, ¿y cuándo te lo tiraste?
―¡No me lo tiré! Pero bueno, no sé, hablábamos de circuncidados pues me acordé de mi judío y en plan anécdota, no sé, sin más, anécdota.
―¿Anécdota? Anécdota de mierda, cari, pa’eso es mejor no decir nada. Bueno, paso palabra, a ver ¿y ahora a quién te estás tirando?
―¿Ahora de ahora?
―Vale, a nadie.
―Bufff, es que no sé… ―y pensativa buscó con la lengua la pajita de su mojito, absorbió un poco e intentó explicarse mejor―: No estoy en ese momento ahora, ¿sabes?
―No, no, ni ahora ni antes, porque que te parezca fascinante la anécdota del judío…
Elvira lo miró con reproche, no la estaba entendiendo y eso le fastidiaba.
―Venga, cari, no te enfades, a ver, cuéntame.
Ésta no dijo nada, levantó la vista y con pesadumbre la volvió hacia el camarero que estaba en el otro extremo de la barra, suspiró y volvió a bajar la vista mientras se pellizcaba la mano.
―Uy, uy, uy, uy… ―exclamó Gael apartándose unos centímetros hacia atrás, como para coger perspectiva de la situación, parecía una de aquellas señoras que en la charcutería se apartan ladeando la cabeza y apretando el morro para ver mejor los productos de la nevera―. Tú estás enamorada. ―Elvira se rió―. Vale, llámalo X, cari, pero tú estás pilladísima y eso te está matando.
Elvira lo pensó unos segundos. Tenía razón en cierto modo. Ella también se estaba dando cuenta y lo que había empezado como una ilusión se estaba convirtiendo en algo silenciosamente angustioso. Tenía que admitirlo:
―Se llama Rafa, es mi vecino y llevo 5 meses enamorada de él sin poder decir ni una palabra porque se supone que somos amiguísimos.
―Putadón.
Elvira le explicó que no se lo había contado a nadie, ni a sus amigas, que se sentía ridícula diciéndolo en voz alta, que sin más, que ya se le pasaría, que tampoco era para tanto.
¡Llámalo! ¡Ni hablar! ¡Llámalo y dile que venga! ¡¿Estás loco?! ¡Cari, llámalo! ¡Es la una de la mañana! Esto es Madrid, cari, seguro que anda de cena por ahí, ¡llámalo! ¡NOOOOOOOO!

Minuto y medio después:
―Esto… esto… ¿Rafa?, sí, sí, soy yo, oye, es tarde y siento que… ah, ¿sí?... ¿En Callao?… ¿qué dices?, ¡ja, ja, ja, ja! Claro… vale, vale… sí, en el bar de al lado del Templo del Gato… ya… dos mojitos, vale, genial, adiós…, sí, sí, agur.
Al colgar, Gael se abalanzó sobre ella gritándole que era la mejor, mientras ésta daba palmitas al ritmo de su oe, oe, oe, oe. Nuevamente el bar entero los miraba.

Trece minutos después, Rafa entraba por la puerta del bar. Al verlo, Elvira se atragantó con su propia saliva porque ya estaba con ese taca-taca-taca-taca en el pecho.
Chiquitina mía, le dijo mientras la escondía en un tierno abrazo. Cómo le gustaban aquellos abrazos a Elvira, cómo se dejaba querer, cómo anhelaba que no fuera oficialmente para siempre.
La joven presentó a los chicos. Gael enseguida empezó a hacerle preguntas sobre esto y aquello. Rafa se reía, le hacía gracia su forma de expresarse. Le estaba cayendo bien, muy bien aquel tío. Elvira los miraba sentada en su taburete mientras bebía el final del mojito. Notó la mano de Rafa en su espalda, se la frotaba suavemente en círculos. Rafa era de esos chicos amables y protectores y ahí estaba con su lenguaje no verbal: estoy bien, me gusta tu amigo y me encanta que me hayas llamado. Rafa era así, siempre pendiente de que todo el mundo se sintiera a gusto.
Elvira se relajó y preguntó por otra ronda.

Ya con un cubata en la mano, Rafa le dijo a Elvira lo guapa que estaba, que no sabía qué era pero que la veía cambiada. Gael, por detrás, haciendo muecas y dibujando corazones en el aire. A Elvira le costaba no reírse.
Aprovechando que Rafa acababa de irse al baño, Gael se explayó:
―¡Me encanta! ¡Este tipo es maravilloso! ¡La perfección hecha hetero! Cari, cari, cari, hoy te lo tiras seguro, lo tienes bobo perdido, pero ¿tú le ves cómo te mira, qué te dice, cómo te toca?, ¡¡¿y esos abrazos?!! Te digo yo que a partir de hoy puedes enterrar la anécdota del judío, hay material nuevo.
Mientras se reía, Elvira sacaba su móvil del bolso, estaba sonando. Puso cara rara. Gael le preguntaba qué pasaba. No me lo puedo creer, decía ella al auricular. Gael se tapaba la boca intentando escuchar la conversación acercándose lo máximo posible. Pues cógete un taxi y vente, ¡vente ya!
Rafa llegó del baño y al ver la cara tan seria de Elvira preguntó qué pasaba.
―Nada, Silvi, mi amiga de la que te he hablado varias veces, pues resulta que estaba con un amigo en el Lateral de Chueca ―prefirió omitir lo de la cita a ciegas no fuera a creerse que eran dos frikis desesperadas―, y que le ha dejado colgada, en plan: ahora vuelvo, ahora vuelvo y el tío se ha largado.
Gael abrió los ojos como platos y empezó a sacudir la mano como si le quemara, qué fuerte, qué fuerte, murmuraba.

Entre los tres sacaron un montón de teorías sobre lo que podía haber pasado. El más conciliador, por supuesto, fue Rafa: no sé, es posible que se haya encontrado con alguien y se haya liado la manta a la cabeza. El que menos Gael: ¡sí, con su ex!
Y Silvi llegó. No pudo contar nada nuevo, sabía lo mismo que los tres. Gael se responsabilizó en llamar al día siguiente a Marcos y aclarar el asunto, mientras tanto Rafa se presentó, ya que nunca habían coincidido, y la invitó a un gin tonic. Rafa siempre pensando en todos.

La tertulia comenzó tranquila, Rafa habló de su aburrida condición de consultor en un banco y Silvi le gastó irónicamente un par de bromas sobre su profesión, después le contó que a ella le apasionaba ser abogada. Pero a eso de las 2.30 de la mañana, en el bar empezó a sonar Barbra Streisand de Duck Sauce, y con ella la hecatombe.
Gael y Elvira, absolutamente poseídos, saltaron de sus taburetes y comenzaron a bailar sin ningún tipo de acuerdo rítmico. Se cogían, se soltaban, se daban vueltas, saltaban paralelamente, levantaban los brazos, se agachaban, se cogían de nuevo, se señalaban haciendo gestos raros, quizá pretendían ser originales, pero eran gestos raros y, cuando por fin se terminó aquel infierno de canción, volvieron a sus taburetes tambaleándose entre carcajadas.
Pero algo había cambiado. Gael clavó su mirada en Elvira y ésta en la mano de Rafa que sujetaba la cadera de Silvi mientras que ella le quitaba migas imaginarias del pelo acariciándole con la nariz su sien.
Elvira se llevó la mano al esternón, Gael la seguía mirando, después tomó aire pero se le entrecortó, le pasaba cuando se ponía nerviosa, era una sensación de no poder abarcar todo el oxigeno necesario para continuar con esa inspiración, el respirar se volvía actividad consciente y era tremendamente ardua llevarla a cabo.
―Elvira, cari, ¿nos vamos? ―preguntó Gael con rapidez al tiempo que recogía los abrigos, quería largarse, veía a su amiga amoratarse por segundos, aquello la iba a matar.
―Sí… ―dijo a media voz―. ¿Rafa compartimos taxi o te has traído la moto? ―Gael al escuchar la pregunta cerró los ojos, no quería ni oír la respuesta.
―Pues, es que, no sé… ―Miró a Silvia y preguntó―: ¿Te quedas? ―Ésta asintió fingiendo timidez y luego le pasó la mano por el cuello sonriendo como sólo ella sabe hacerlo, con esa hermosura tan natural a la que nunca Elvira pudo aspirar.

Con mimo, Gael tomó de la mano a Elvira y la sacó del bar. Le enroscó la kilométrica bufanda gris al cuello, le puso el abrigo, y la besó en la mejilla y en la nariz, pero ella parecía estar ausente. Salió a la carretera y paró un taxi. Dentro, Elvira dictó en voz muy bajita su calle y después Gael la repitió en alto y, además, añadió la suya.
Ya frente a su portal, Elvira bajó del taxi besando a su amigo.
―Venga, cari, échame una sonrisa guapa de las tuyas ―le gritó el chico asomado a la ventanilla del taxi, pero Elvira ni se dio la vuelta―. ¡Ahueva, pinche chingona, ráscame una risota, güey!
Elvira se dio la vuelta cuando ya estaba abriendo el portalón y no pudo evitar decir con lánguida sorna:
―Así no hablan, lo haces fatal…
―Lo sé, cari, pero ¡es que soy de Albacete, coño! ―gritó al tiempo que el taxi arrancaba.
Elvira se rió y, cerrando la puerta tras de sí, asumió encontrarse con sus temidas soledades nuevamente.

lunes, enero 17

Cita a ciegas (Parte I)

Salgo de los cines Golem de Plaza España. Me gusta ir a primera sesión de los domingos. La sala suele estar vacía, no más que unos pocos frikis solitarios. Meto las manos en la chamarra vaquera, no hace frío, es agradable. Decido volver a casa andando. Me siento bien. El móvil vibra. Lo cojo. Silvi. Me cuenta algo de una cita. ¿Mimetic?, pregunto. No, me dice ella: Meetic. No la entiendo. Se desespera. Me río. Repite de nuevo todo. Tiene una cita. No quiere ir. Una cita a ciegas en menos de media hora y no quiere ir. Bien, le digo, no vayas. Dice que parece un partidazo. Quiere que vaya yo y le dé mi opinión. ¡¿Qué?! Entonces se ríe ella. Me llama egoísta, mala amiga y amargada. ¡¿Qué?! Se vuelve a reír. Se calma. Me suplica. ¡NO! Sigue suplicando. Vale…, digo. Silvi grita. Dice que me quiere. Le digo que se vaya a la mierda. Se ríe. Yo también. Me da cuatro coordenadas. Marcos. Metro ochenta. Ojazos verdes. Barba de tres días. Seis y media en el Lateral de Chueca. ¿Y si se enamora de mí?, pregunto. Imposible, dice, desde que tienes depresión pareces lesbiana. Genial. Resoplo. Guardo el móvil.
Me reflejo en el escaparate de H&M de Gran Vía. Botas de oso marrones, leggins negros, sudadera de Marshall University, foulard gris con flecos, chamarra vaquera. ¿Lesbiana? Hago una mueca ante el cristal. Me siento ridícula. ¿Por qué hago eso? Sólo me falta hablar sola. Tarada.
Subo los tres peldaños del bar. Tomo aire. Me mentalizo. Es fácil. Hola. Hola. ¿Marcos? Elvira. Silvi está enferma. Adiós. Adiós. Fácil.
Vuelvo a tomar aire. Por fin abro la puerta del bar. Entro. Buscar un metro ochenta entre gente sentada es difícil. Me pongo nerviosa. Me quiero ir. Venga no. Ojazos. Busca ojazos. Buscar ojazos entre gente que no me mira es difícil. Me quiero ir. Venga no: barba. Barba de tres días, barba de tres días. Segunda mesa de la derecha. Hola, digo, ¿Marcos? Levanta la cabeza. Gesto de sorpresa. No, ¿de asco? Qué cabrón, me pone cara de asco. ¿Silvia?, pregunta. No, respondo. Aliviado me sonríe. Cabrón. Me presento. Explico que Silvi está enferma, que lo siente. Vaya, dice, vaya, repite. Abriendo mucho los ojos le digo que me voy. Espera, dice, tómate algo. Miro a la barra. ¿Por qué siempre que te preguntan eso miras a la barra? Es como si esperaras que el camarero te dijera: ¡di que sí, tía!
Me pellizco el labio. No sé. Venga sí, pienso. Bien, pediré un café, le digo.
Ya en la mesa, Marcos habla sin cesar. Revuelvo el café. Qué pesado. Odio los tíos charlatanes. Bajo la vista frotándome el entrecejo. Me aburro. Me dice que es abogado. Menciona algo de su despacho. No sé de qué me está hablando.
Pienso en la película de los Golem. Pienso en si habré apagado la calefacción antes de salir de casa. Pienso en cómo Marieta podrá tener ese pelazo. Pienso en la ensalada de aguacate que me haré para cenar.
Levanto la vista. Pienso en por qué no se calla. Ladeo la cabeza. Finjo escucharle. Ya, ya, ya, digo, claro, claro.
Podríamos salir los cuatro, dice. STOP. Eso lo he escuchado claramente. Pregunto nerviosa: ¿qué cuatro? Silvia, mi amigo, tú y yo, responde. ¿Qué amigo?, pregunto. Del que te hablaba, dice. No sé, digo. El que te comentaba que es tan bajito como tú, añade. STOP.
Bien, sí, sí, vamos a ver. Estoy en un momento de mi vida triste. Apagado. Con emociones difuminadas. La libido la guardo en tarro de formol para conservarla, porque sé que un día volverá. La espero. Es sólo un periodo, un periodo difuminado. Como mis emociones. Asexual. Ameba. Bien, vale. Pero sigo teniendo muy claro que con el único pitufo con el que me iría a la cama sería: Gael García Bernal. Nadie más. Gael. Sólo Gael. ¡El que sea bajita y fea no significa que esté condenada a follar con los de mi misma especie!
No lo veo, digo. Es muy majo, dice. Gael también, pienso. Miro el reloj. Me quiero ir. Bebo un sorbo de café. Se llama Gael, dice. Me atraganto. Me golpeo el esternón. Me ahogo. Marcos me golpea la espalda. Le pido que pare. Bruto. Que me matas, grito. Se para. Carraspeo. Respiro. Carraspeo de nuevo y pregunto: ¿es actor? Se ríe. No, es interiorista, contesta. Me río. Me froto la garganta todavía molesta y me vuelvo a reír. Qué cosas, pienso. Qué cosas.
Vale, ¿el martes?, pregunto. Sí, perfecto, el martes a las ocho aquí, responde. Me despido. Bajo los tres peldaños del bar.
Ya en la calle, miro mis botas de oso y me pregunto dónde habré metido los botines de tacón que me compré en septiembre.
Continuará...

viernes, enero 14

Juzgando

Escuchaba los consejos de una tal Sara o Sonia, me la acababan de presentar, era editora además de una enorme gilipollas. Se tomó la confianza de alisarme el cuello de la camisa con una mano, con la otra se sujetaba el mentón mientras me decía que debía ser más segura de mí misma, saber qué tipo de textos escribía, o ¿acaso me creía Dostoievski?, pues entonces no entendía lo absurdo de publicar mi primera novela con pseudónimo, decía que debía concienciarme de que iba a tener críticas e iban a ser muy duros conmigo, sobre todo la gente de mi alrededor, decía que debía tener esa capacidad de autocrítica y por supuesto cambiar mi actitud. ¿Por qué eres así?, terminó preguntándome con un molesto chasquido de lengua.
Cobardemente le dije que tenía razón y me despedí de ella con dos besos.
Al darme la vuelta, apreté los labios y le deseé hongos vaginales.

jueves, enero 13

Monopoly familiar

―Avenida de Felipe II, ¿la compras?
―¿Avenida de Felipe?, ¿cuánto cuesta? ―pregunté ladeando la cabeza para ver mejor el tablero.
―Dieciocho mil pesetas ―contestó mi hermano buscando la cartulina con todos los datos de la calle. A Gerardo le encantaba ser la banca desde que éramos niños.
―¿Eso cuántos euros son?
―Qué más dará, mamá, por favor ―dije suspirando.
―¡Uy, qué carácter, hija! ¡Pues da mucho! ―gritó cerrando los ojos, siempre lo hacía cuando se enfadaba, después los abrió y con una voz un tanto infantil continuó diciendo―: Porque a los euros como siempre les hemos quitado ceros pues, oye, que luego piensas que no te cuesta nada y, ¡madre mía, pásalo a pesetas que es otra cosa!
Mi padre empezó con un aburrido discurso económico que preferí obviar. Era un pesado. De medio lado y en bajito, para no menospreciar la oratoria de mi padre, pregunté a mi hermano si alguien había comprado el resto de las calles naranjas.
―La abuela tiene la calle Serrano ―contestó susurrando del mismo modo que lo había hecho yo. Pasábamos de los treinta pero a los dos nos seguía imponiendo el mismo respeto aquel hombre.
No eran muchas las veces que nos juntábamos todos en Bilbao pero la Noche Buena, desgraciadamente, era fecha obligada de encuentro y el Monopoly la tradición personificada en dinero y dados.
Cuando por fin se calló e hizo ese gestito tan soberbio con la mano dando a entender que podíamos seguir jugando, pregunté a mi abuela por la calle.
―Serrano, Serrano, Serrano… ―decía ella buscándola con el dedo índice entre los billetes.
―No, abuela ―dije mostrándole la pequeña cartulina blanca con la banda naranja en lo alto―, es como ésta, eso es el dinero, esto son las fichas de las calles que poseemos ―y volví a zarandear en el aire la de Avenida de Felipe II.
―Ah, pichín, que yo creía que andaba por aquí… ―se encogió sobre la mesa y estirando de nuevo su dedo índice, a modo de aspersor, rebuscó entre las tarjetas que había alineado perfectamente bajo el borde del tablero―. Aquí está, toma pichín, para ti.
―Joder, ya estamos, ¡no!
Se me había olvidado mencionar que mi hermano además de haber sido siempre el banquero se había convertido en el lector oficial de instrucciones, bien sea de juegos como de electrodomésticos. Gerardo, ¿esto cómo va?, le preguntaba en las navidades de 1994 intentando conectar los altavoces a mi nuevo discman. ¡Hijo!, le decía mi madre, mírame si aquí pone que se le pueda echar jabón líquido al lavaplatos. Dice que no. Gracias, cariño. Ningún miembro de la familia había osado a quitarle ese cargo, supongo que más por pereza que por lealtad.
―No, abuela, ¡no!, no empecéis, que al final siempre hacéis las dos lo que os da la gana. ―Y tomando el dorso de la caja del juego, leía en voz alta las reglas para vender o hipotecar las propiedades―. ¿Lo has entendido, abuela?
―Pues no mucho, hijo.
―Déjalo, abuela, que se ha picado ―aconsejé con cierto rintintín.
―¡Qué pedorra, tía! ¡No me he picado pero así no se puede jugar!
―En Serrano se compró José Ángel el piso, ¿no? ―Mi madre en sus mundos.
―No, en Hermosilla. ―Y mi padre la acompañaba.
―¡Pero si es un juego, imbécil! ―recriminé.
―No, en Hermosilla te digo yo que no, porque fíjate, es más, te digo que se lo compró junto al Corte Inglés. ―Mother’s world.
―¿Y qué?, ¡hay reglas, subnormal!, léete las instrucciones, joder, no es mi problema que las tías nunca leáis las instrucciones, ¡se juega así y punto!
―Mmm… no, estás muy equivocada, te confundes con la Casa del Libro, se lo compró junto a la librería ésta de Hermosilla. ―Father’s world.
―Oye, pichines, si os ponéis así, rompo la cartulina de Serrano, la calle no es para nadie y ya. Pedios perdón y daos un beso. ―Grandmother’s wonderland.
―Bueno ―dijo una vocecita al lado derecho de Gerardo―, bueno ―repitió carraspeando―, creo que me toca a mí, ¿no?, es mi turno. ―Anke, la novia de mi hermano tomó ambos dados y los lanzó. Dos seises. Anke era polaca. Anke era preciosa. Anke era todo dulzura. Anke era la reina de las dobles tiradas y aquello le hervía la sangre a Gerardo.
―Vale, vuelves a tirar, pero si te salen otras dos veces dobles vas a la cárcel.
Resoplé tras las directrices de mi hermano, me irritaba tanta exactitud.
―Bien, pero me ha tocado Caja de comunidad ―dijo ella, sin querer saltarse ningún paso. Y es que eran tal para cual, se conocieron siete años atrás en Alemania, estudiando un posgrado de Física Termodinámica en la Universidad de Magdeburgo, con eso creo decirlo todo.
Mi hermano tomó una de las tarjetas del centro del tablero y leyó:
―Por reparaciones en su propiedad pague diez mil pesetas por cada casa, cuéntese como cuatro cada hotel.
―Todavía no tengo nada ―respondió ella aliviada.
―Ricardo… ―comenzó mi madre diciendo muy pensativa―, ¿por qué no compramos una casa en Madrid?, ahora que está la niña allí podríamos invertir ―Mother’s fantasy.
―Tira otra vez ―dijo Gerardo.
―Dos treses ―dijo Anke.
―A la próxima vas a la cárcel ―amenazó Gerardo.
―¡Que siiiiiiiiiiiiiiiiiií, pesa’o! ―grité yo, que no era más que una simple profesora de español.
―Ay, pichines, yo creo que el bogavante me está haciendo gru, gru, gru, gru, lo noto yo, lo noto, ¿a ver si son cacas?
―Tira otra vez.
―Cacas van a ser, ¿eh, abuela?, venga, que te acompaño al baño ―dije levantándome.
―Dos cuatros.
―Bueno, se podría mirar, sí. Esta semana llamo a José Ángel y a ver qué zona me recomienda ―Father’s paranoid schizophrenic.
―¡A la cárcel!

viernes, diciembre 17

Navidad, feliz navidad...


Rafa abría un tempranillo y yo, recostada en el sofá de su casa, remarcaba con el dedo los Aaaaargh! de la Cuore.
―Jennifer López, celulitis: Aaaaargh!
―Esto ya está. ―Y con una bonita sonrisa trajo las dos copas de vino.
Habíamos ido a cenar al japonés de debajo de casa, la idea fue de él. Mi día había sido negro, el suyo gris, así que nos merecíamos colorearlo.
Flexioné las rodillas, tirando la revista al suelo, y le dejé espacio para sentarse. Me dio una de las copas. La cogí con las dos manos como si fuera una taza de café caliente y, encogida como estaba, la miraba concentrada.
―Te aseguro que es vino ―dijo.
Me reí.
―¿Me vas a echar de menos? ―pregunté después del primer sorbo.
―Más de lo que te imaginas.
¿Por qué aquel hombre era tan maravilloso? El 99% de los tíos, a los que les había preguntado eso alguna vez, me habían contestado con una impertinencia y luego añadían esa coletilla que tanto odiaba: Tía, que no, venga, no te enfades, que era una broma, pues ¿por qué no te metes las bromas por el culo? Menos mal que en ese momento estaba hablando con el 1% restante.
―¿Y tú? ―añadió.
―Buff, va a ser todo un alivio, ¿perderte de vista durante tres semanas?: ¡aleluya! Rafa, eres muy coñazo, sobre todo cuando me hablas de Natalia.
Bueno, ¿qué? sí, lo reconozco yo pertenezco a ese 99% incapaz de hablar de los sentimientos, pero era una broma, que no se lo tome a mal porque era una broma y si se lo toma a mal es que no tiene sentido del humor, y ahora podría hablar del porcentaje de tíos que no tienen sentido del humor.
―Oye, loco, no te enfades, ¿eh?, que era una broma.
Sí, doy asco ¿y qué? Rafa se rió. Rafa se escapaba de cualquier estadística.
Los dos nos quedamos en silencio. Yo miraba la copa de vino y reflexionaba sobre las vacaciones y las pocas ganas que tenía de marcharme a Bilbao por tanto tiempo:
―Navidad, qué asco de fechas, de verdad, qué poco me gustan ―dije rompiendo el silencio―. Llegaré a mi casa y mi madre me dirá lo mucho la odio con lo buena madre que ha sido ella, mi padre encerrado en su despacho editando mapas. ¿Te he contado que mi padre es profesor en la uni más pija de Bilbao? Es catedrático de historia, aguántale. Mi padre escribe Atlas históricos, ¿se puede decir escribir un Atlas?, porque, claro, no se escribe, se pegan mapas, ¿no? ―Rafa levantó los hombros con duda, él era consultor―. Bueno, pues mi padre pega-escribe Atlas y dice que los besos los inventó Hollywood, muy cariñoso mi padre. Entonces yo me angustio, ¿y qué hago?, llamo a Marieta. Marieta es mi más mejor amiga, tengo dos, ¿vale? Marieta y Blanquita, bueno, tres: y Silvi, pero da mucho por saco. Blanquita nunca me llama Elvira, me dice Elvirilla corazona, poca gente sabe decir Elvirilla tan bien como lo dice ella, y en vez de besos me manda besoides, me enamoré de ella con tres años y hasta el día de hoy. Es especial. Pues cuando me coge Marieta el móvil y le digo: ¿Loca, qué tal?, me contesta: Un asco, mi vida es un asco, y llora, yo también lloro porque pienso que mi vida es otro asco pero no se lo digo porque nos alternamos las ansiedades. Es un pacto. Nunca hemos hablado de él pero respetamos los turnos de angustia. Un día ella, otro yo. Así funciona. Silvi nunca lo respeta, por eso a veces pasa el límite y da por saco. Poco más puedo hacer si Marieta tiene ansiedad, ¿no?, pues llamo a Jaime para tomarme unos pintxos a las siete de la tarde. Jaime, sabes, ¿no? ―Rafa niega con la cabeza mientras pega un trago al vino con los ojos como platos―. ¿No? Uy, qué raro, bueno, pues Jaime es mi mejor amigo o lo era, porque hace tres meses le dije que tenía depresión, entonces se metió debajo de una piedra hasta hace un par de semanas que me volvió a llamar y me contó que tenía novia y que era adicto al snowboard, la gente cuántas cosas hace, ¿verdad?, pregúntame qué he hecho yo en tres meses, pregúntamelo, ¡venga!
―¿Qué has hecho en tres meses?
―Llorar-en-mi-sofá. No me ha dado tiempo a más. Nada más. ¿Escribir? Pues tampoco…, no sé, como tengo a este profesor de Creación Literaria que con su voz de Paco Valladares me dice que mis cuentos son superficiales e inmaduros, pero, ¿qué esperaba?, ¡tengo a una Betty Boop rodeada de corazoncitos presidiendo mi blog! Es que la gente es muy progre y transgresora, ¿sabes?, que en la foto del blog se ponen detrás de una cámara de fotos, en plan misterioso, o, ¡ésas, ésas! ―me puse de pie para representar mejor la postura―, ésas que son en blanco y negro, con las manos en la cara, en plan: ¡cu-cu, mírame lo intelectual que me pongo! ―A los dos nos dio un ataque de risa. A mí casi se me cayó el vino, me volví a sentar y continué algo más tranquila―: Menos mal que siempre nos quedaran los psicoterapeutas, el mío flota, ¿sabes?, es de éstos que no se inmutan, yo creo que se pasa el día meditando o algo así, no sé, le digo: Óscar, tengo mucha angustia, porque a él se lo puedo decir sin esperar turnos, no como con Marieta, ya sabes..., bueno, entonces él aprieta los labios, cierra los ojos, asiente con la cabeza lentamente, len-ta-men-te y me dice: Eso es normal. Ya está, punto caramelo, el tío se ha metido a todo Freud en una frase. Pero me ayuda, creo que me ayuda o por lo menos quiero creer que me ayuda, más que nada porque se lleva la mitad de mi salario. Así que bien, genial, preparada: Navidad, Navidad, todos alrededor de la mesa, seguro que a mi abuela se le escapa otro pedo como la navidad pasada, porque a la mujer el marisco le revuelve las tripas, mi padre hablará de política mientras olisquea una y otra vez el vino levitando, mi madre dirá que no le hemos dejado bogavante pero que no le importa porque siempre ha sido una sacrificada, y mi hermano Gerardo seguirá poniéndome caretos como hace treinta años mientras su novia Anke, que es polaca, le preguntará con cariño a mi abuela si quiere ir al baño, y ella, mi abuela, como es tan así, pues le contestará dignamente, tranquila, hija, son ventosillas. ¡Feliz Navidad!
Rafa no podía parar de reír, me abrazó como sólo él sabe abrazarme y me susurró divertido a la oreja:
―Feliz Navidad, loca…