miércoles, abril 27

Domingo, dominguero

Parque dominguero por Rodolfo Stanley


Abrí la puerta todavía dormida. Al otro lado del umbral Rafa con una pletórica sonrisa.
―Chiquitina, hace un día precioso. ¡Venga, que nos vamos al Retiro!
A mí este entusiasmo un domingo a las once de la mañana como que no, no de no. No sé, pero los domingos son para desaprovecharlos. Que llegue el lunes y poder decir a tu compañera de trabajo eso de: ¿Ayer?, no hice nada, ¡qué depresión de domingo!
¡¿Pero a quién quiero engañar?!, ¡si me encanta arrastrarme por la casa como alma en pena y hundirme en el sofá hasta hacerle un agujero con mi culo! ¡Depresión dominguera, dame más, dame más!
―Venga, chiquitina, que vamos en bici.
¿En bici?, ¿ha dicho en bici? Me froté la frente con una sonrisa forzada y, después de carraspear, dije:
―Pero, Rafa, gordi, ¿para qué vamos a ir en bici si hay metro?
―¡Ja, ja, ja, ja! Qué tía, si es que… si es que… ¡te como! ―Y me abrazó hincándome los dientes en el cuello.
Bueno, esto me pasaba muy a menudo. Los hombres se enamoraban de mí por ese sentido del humor que se habían figurado que tenía, ¡pero no!, ¡que no!, ¡que yo soy así!
Rafa bajó las escaleras vociferando que en veinte minutos nos veríamos en el portal, que él ya tenía las bicis preparadas. Mientras lo veía bajar mantuve la misma sonrisa forzada de antes, pero, en cuanto cerré la puerta, me la arranqué de cuajo y grité:
―¡¡¿Y yo qué me pongo?!!
Quince minutos cagándome en mi anatomía fueron suficientes para después, en el minuto dieciséis, terminar con mis pantalones de algodón de pata de elefante y la sudadera de Marshall University, que siempre me sacaba de un aprieto.
En el portal encontré a Rafa inflando las ruedas. Levantó la cabeza, me miró, sonrió y me pidió un beso. Se lo di a regañadientes y él se rió más.
―Bueno ―comenzó diciendo mientras se ponía de pie―, ésta es para ti ―dijo y me ofreció una de las bicis. La tomé desde el manillar, la coloqué paralela a mí y comprobé que el sillín me llegaba por debajo del sobaco. Rafa se río aún más, más todavía y más si cabe. Cabrón.
Un poquito de llave inglesa y conseguimos bajar el sillín a la altura de mi segunda costilla flotante. Muerte asegurada. Me hice la señal de la cruz y salimos del portal.
Al llegar al primer semáforo en rojo, metí un gritito y con impulso salté de la bici hacia un lado.
―¡¿Qué haces, loca?!
―¿Cómo quieres que pare si tengo el suelo a metro y medio de altura?
La pareja que estaba dentro del Opel Astra se rió.
―Venga, móntate ―dijo Rafa sujetándome la bici por el manillar―, venga, corre, que enseguida se pone en verde y nos van a empezar a pitar todos.
Así que, apoyándome en sus hombros, conseguí subirme. Y allí estaba yo, con las piernas colgaderas, como si estuviera sobre una gigantesca bici estática. La situación me parecía graciosa hasta que vi a la pareja del Opel sacarme una foto con el móvil, ¡venga ya! Preferí fingir que no los había visto, demasiado humillante era la situación en sí como para sazonarla más.
No sin mucha complicación, llegamos al Retiro.
―Chiquitina, ¿nos tumbamos allí?
¿Tumbarnos?, ¿allí?, ¿sobre el verde?, verde que te quiero verde. Me bajé de la bici porque tenía que rascarme el cuello, luego detrás de la oreja y otra vez el cuello: psoriasis. Me faltaba un poquito de aire, claro, todo se lo estaban tragando los árboles, ya lo decía mi abuela, que no era bueno dormir con plantas, porque las plantas te chupan el oxígeno, sacan el monóxido y te matan. Así que con el tamaño de aquellos árboles nos quedaban segundos de vida. Me quería ir a mi casa. Casa, casa-sofá, sofá-portátil, portátil-libro, libro-café, café-VIDA. ¡Quiero vivir!
―Dame, loca, deja aquí la bici. ―Cogió mi bici y la dejó sobre la hierba, al lado de la suya. Después se tumbó y, con la mano, me hizo un gesto para que hiciera lo mismo.
Me arrodillé con lentitud junto a él, imaginándome los millones de microorganismos que habría escondidillos entre la hierba. Esas cosillas vivas, de la gama de los animales pero en desagradables. Insectos que todo el mundo dice que no hacen nada, pero yo no estaría tan segura si han sobrevivido durante miles y miles de años durmiendo junto a los árboles, inmunes al monóxido asesino. Son indestructibles. ¡Superhéroes del ecosistema! Yo, por si acaso, no los quiero cerca.
―Buah… qué gozada de día, ¿eh, Elvi?
¿Qué es lo que hago mal una y otra vez? ¿Por qué termino con tíos como éste?: consultor, amante de la naturaleza y adicto al deporte, ¿por qué? ¡Yo lo que necesito es un informático en mi vida! Un friki con camisetas del capitán Spock, que se tire pedos mientras escribe en su blog, que sea alérgico al verde y que, en sus ratos libres, le guste recorrer la casa con la papelera de la sala en la cabeza, diciendo: Yo soy tu padre. ¡Alguien que me deje tranquila los domingos!
―¿Elvi…?
―¿Queeeeé…? ―contesté con la mano tapándome la cara. Me acababa de tumbar y no soportaba el sol.
―Nada.
―¿Qué? ―insistí cabreada.
Él se incorporó, se acercó a mí, me quitó la mano de la cara y…:
―¡¡¡Que me encanta joderte el plan de los domingos!!!
Al final no fue el monóxido lo que me mató, sino la risa.
Vale, Rafa no era un friki, pero estaba igualmente loco y eso me encantaba…

martes, abril 12

Madrid

Schweppes por Miguel Vivo

No entiendo por qué la gente corre escaleras abajo para tomar ese metro, cuando el siguiente llega en tres minutos, ni por qué lo llaman porra en vez de churro gigante. No entiendo que se comercialice con los secretos aunque sea en nombre de la Psicología Humanista. No entiendo que cada día lo pida con leche fría y termine quemándome la lengua. Ni que en abril no sea necesario llevar el paraguas en el bolso por si acaso. Ni por qué en La Blanca Paloma te sacan tantas tapas si sólo quería una cerveza. No entiendo que el mar no llegue hasta aquí. No entiendo que para ser intelectual tenga que llevar gafas de pasta, patillas de velcro y leer a Palahniuk. No entiendo lo que hago aquí, si yo lo que quiero es estar contigo.

domingo, abril 10

El sapo y la mosca


―Hola, buenos días ―dijo el sapo a la mosca.
―Buenos días ―dijo la mosca al sapo―. ¿Me va a comer usted?
―¿Cómo dice?
―Si va a desenroscar su legua para engullirme.
―No, señorita, no era mi intención.
―¿Y cuál es su intención?
―Ninguna en particular. Me gusta pasar el día sentado en mi nenúfar.
―Comprendo…
―¿Qué es lo que comprende?
―Su desidia y frustración.
―No creo entenderla, disfruto de mi vida en la charca.
―Pero si no puede alejarse demasiado del agua, ¡no puede volar!
―Querida, créame, no deseo volar. ¿Convertirme en alguien como usted?, ¿para qué?, ¿para rondar la mierda?
―No, para descomponerla.
―Ahora sí creo entenderla. Acérquese, querida.
La mosca se acercó y el sapo se la comió.

jueves, abril 7

Mentor

―Perdona, ¿ves por algún lado mis pantalones?, ¿hola?
―¿Qué…? ―preguntó el chico levantando la cabeza de la almohada.
―Mis pantalones ―repitió la mujer. Seguía de cuclillas frente a la cama buscándolos.
El chico se incorporó, se frotó con una mano la cara y, haciendo un rápido barrido a su habitación, le señaló el radiador.
―Gracias ―dijo ella. Se levantó, fue hasta allí, los cogió del suelo y se los puso.
―¿Te vas?
―¿Tú qué crees? O ¿es que quieres que me quede para cantarte una nana? ―preguntó ella.
El chico se retiró el pelo hacia atrás con ambas manos y la miró sin decir nada mientras ésta metía sus enormes Ray-Ban en el bolso, después con la vista baja dijo:
―No sé, me parece todo un poco así, tan… no sé…
―Oye, mira, el martes tienes el examen de derecho civil ―afirmó la mujer señalándolo con el dedo―, así que te convendría pasarte el fin de semana entero pegado a los apuntes. Además ―hizo una pausa―, creo que tu profesora es dura de roer.
―No tanto…
―No te confíes ―dijo colgándose el bolso al hombro. Se acercó hasta la puerta, la abrió y antes de salir añadió sonriendo―: Hasta el martes…

jueves, marzo 31

Ese ruidito


Ay, hace ese ruidito con la nariz, no es que me moleste, porque no, no me molesta pero es ese ruidito así como soplido de hoja de árbol. Flautilla floral. No me molesta, no es eso. Es que no sabía que silbara, no le pega. Me gusta que esté aquí. Podría roncar, es verdad, podría roncar, no, por eso no me quejo, que silbe. ¿Y si le tapo la nariz?, ¿se despertaría o llegaría a matarlo estando dormido?, no sé, tiene pinta de despertarse a la mínima o igual no.
―¿Rafa…?, ¿estás dormido…?
Está dormido.
Buffff… jo, qué rollo, ¿qué hora serán? Tengo que llamar a Silvi, joder, y a mi madre, la tengo que llamar, hace una semana, no, no, me llamó ella el martes pasado, pues…bufff, casi diez días. ¿Qué hora serán?
―¿Rafa…?
Me gusta, si no me importa y el silbido tampoco, pero yo me hubiera ido a mi casa, si fuera él me hubiera ido a mi casa después. ¿Por qué se ha quedado? Ahora ya no silba, uy, ya no silba, ¿a ver si se ha muerto? ¿Y si me muero yo?, ¿y si me muero en Madrid?, ¿cómo me llevarían a Bilbao?, ¿en avión?, ¿en coche, en plan Guantanamera? Ay, qué calor, me cago en el Nórdico de las pelotas, no hay término medio. ¿Y si se muere mi padre?, ¿y mi madre?, ¿y si se muere Zapatero? Me apetece un Brooklyn Roll del Vips.
―¿Rafa…?
Se ha muerto.
―¿Rafa…?
Bufff… ¿Por qué no se ha ido a su casa? Me encanta, jo, me encanta pero necesito dormir, ¿qué hora serán?, ¿las cuatro?, no, miró el reloj justo antes de meternos en la cama, ¿y qué hora eran…?, la una y pico, sí, ¿o las dos?, bueno, no sé, qué más da, ¡quiero dormir!, ¡quiero un Brooklyn Roll!, ¡vete a tu cama! Uy, vuelve a silbar, ¿a ver?, ya no, ah, sí, ahora sí, piiiiiiiiiiii, es como si tuviera un moquillo atascado, piiiiiiiiiii, hace así como piiiiiiiiiiii, qué sexy. Me tiraría a Ernesto Sevilla y a Luis Piedrahita, me tiraría a… Quim Gutiérrez y a… a… Raúl Arévalo, no, a ése no, bueno, sí, sí, sí, me lo tiraría, ¡ja!, ¡y a Gael García!, a ése el que más y, bueno, a Diego Luna también, a los dos, sí, ¡a los dos a la vez! Ay, qué calor, mañana quito el Nórdico y pongo la manta ya… ¿Qué hora serán? No tengo azúcar, jo, ni huevos, mañana tengo que ir. ¿A cuántas tías se habrá tirado éste?, ¿diez?, ¿veinte?, no, son muchas. Quince y conmigo dieciséis, qué feo dieciséis, no me gusta. Actimel. Que no se me olviden tampoco los Actimel, mañana tengo que ir. La veintitrés, sí, ser la veintitrés es bonito, número dulce. Veintitrés.
―¿Rafa…?
One, two, three, bat, bi, hiru, lau, bost, six, seven… ba, jiu, shí, shí yi, shí er, shí san, shí sì, quinze, seize, dix-sept, dix-huit, caca, culo, pedo, pis, qué asco de francés, ¿se habrá casado?, él no hacía ese ruidito con la nariz, no, él no… ―¿Rafa…? Jo…
Vete a tu cama…, pero si la tienes dos pisos más abajo, ¡qué calor!, ¡qué agobio!, ¡necesito dormir!, ¡vete a tu cama! Jo, jo, jooôôÔÔOO...
―¡VETE!
―¿Eh?, ¿eh?, ¿Elvi? ¿Elvi…?
No te muevas, no te muevas. Te has pasado, te va a tomar por loca, no te muevas, menudo grito le has metido, te has pasado.
―¿Elvi, duermes…?
No te muevas. Dormida, así, dormida. Te aguantas con el calor, sin el Brooklyn Roll y con el ruidito, te aguantas porque es lo que siempre has querido. Te aguantas.

lunes, marzo 28

Un beso de cuento

El beso del Hôtel de Ville por Robert Doisneau

―Cari, ¿es cosa mía o en tu salón está lloviendo?
Sabía a qué se refería, así que riéndome y sin dejar de preparar la ensalada de gulas con aguacate le dije a Gael que cerrara la claraboya.
―Es guapa tu casa, ¿eh? ―dijo cerrando el ventanal―. Tiene su punto poético lo de vivir en un minúsculo estudio abuhardillado, cari, con la lluvia y la luna dentro de tu salón, no sé, inspiración total, en plan: llueve en mi salón / llueve en mi corazón / llueve en mí / en mí sin ti.
―¡Bravo! ―grité aplaudiendo―. Eres todo un poeta… ―y riéndome volví a mi exótica ensalada.
A pesar de mi antropofobia, disfrutaba muchísimo de la compañía de Gael, a quien apenas conocía, pero que decididamente le había hecho un hueco en mis amistades. Era un tío muy inteligente y divertido, mucho de lo que muy pocos podían presumir. Lástima que no fuera hetero pero todo en esta vida no se puede pedir.
Cenamos la ensalada mientras discutíamos qué peli ver. Los dos estábamos de acuerdo en una comedia americana, el cine de culto se lo dejábamos a la gente que, aun siendo viernes, conservaban neuronas activas, no era nuestro caso, así que: ¿Meg Ryan o Jennifer Aniston? Ganó Ryan con su Women.
Recogimos la mesa. Gael fregaba los platos y yo preparaba el DVD cuando el timbre de la puerta sonó. Nos miramos sorprendidos, eran casi las doce de la noche. Después, Gael en un gesto rápido cerró el grifo y, secándose las manos con un trapo, abrió la puerta. Al escuchar su voz saludar a Gael, se me removieron los intestinos y me imaginé, por un segundo, a las gulas cobrando vida en su interior. Gael le devolvió el saludo y lo invitó a entrar para después darse la vuelta porque se moría de ganas de ver mi cara. Y sí, allí estaba yo, de cuclillas frente al reproductor, con la peli en una mano y los intestinos en la otra.
―Hola, Rafa ―dije con una forzada sonrisa poniéndome de pie.
No nos veíamos desde aquella fatídica noche en la que terminó enrollándose con la que, hasta entonces, era mi mejor pésima amiga para luego convertirse en la tía asquerosa que ojalá tenga alopecia sarnosa y le crezcan monguis en los labios vaginales: Silvi.
―Hola… ―respondió evitando mirarme a los ojos y escondiendo algo tras su espalda―. ¿Íbais a ver una peli?― añadió señalando mi mano izquierda.
―Sí ―dije.
―¡No! ―desmintió Gael con cierto histerismo―. Ella iba a verla, yo me voy porque ya llego tarde, ¡tardísimo!
Con prisa recogió su chaqueta de la cama, se plantó delante de Rafa y dándole dos sonoros besos se despidió de él, y sin que éste lo viera me hizo un gesto nervioso con la mano para que lo acompañara hasta la puerta. Una vez allí, fingió un eterno abrazo que le sirvió para susurrarme todo tipo de soeces sobre el motivo de la inesperada visita de Rafa.
Entre risas lo empujé hacia las escaleras y, mandándole un beso con la mano, le dije que lo llamaría al día siguiente.
Al darme la vuelta, vi a Rafa apoyado sobre el reposabrazos del sofá pasando las hojas de un libro que por su colorida portada supe enseguida cuál era. Nerviosa me mordisqueé el labio inferior. Rafa levantó la cabeza y, al verme allí quieta, agitó el libro al aire con una enorme sonrisa diciendo:
―Era el último que quedaba en la Casa del Libro de Gran Vía. ―Hizo una pausa y, ofreciéndome la novela, añadió―: He subido para que me lo firmes.
Tomé el libro y lo arrojé sobre la mesita para sentarme después en el sofá.
―¿No vas a firmármelo?
Respondí negando con la cabeza.
―Oye, que tu novela me importa una mierda, sólo quiero tu autógrafo para venderlo cuando seas una famosísima best seller. ―Consiguió arrancarme una carcajada, él también se rió. Al serenarnos dijo casi en un susurro―: Empezaba a echarte de menos, ¿sabes?
―Pues aquí he estado.
―Lo sé y lo siento…
No sé por qué se disculpaba, no me atreví a decir nada.
―Bueno, ¿y cómo es la vida de una escritora? ―preguntó con un cambio radical de tono.
―Pues es bonito ver cómo medio Bilbao se saca fotos con mi libro para apoyarme mientras un amargado profesor del máster me augura fracaso y utiliza mi novela para humillarme delante del resto de la clase.
Rafa se rió y me aseguró que eso era una muy buena señal porque quien se pica ajos come. Eres como mi abuela, le dije entre risas.
―De verdad que he echado mucho de menos tu risa, bufff… mogollón, tía... ―Después agachó la cabeza y se frotó con lentitud las rodillas, levantó de nuevo la vista y me sonrió.
En ese momento entendí su anterior disculpa. Le devolví una tímida sonrisa y tomé el libro de la mesita. Me levanté y del escritorio cogí un bolígrafo azul. Abrí la novela por la tercera página y escribí:
Para Rafa, con ilusión de saber que tu cuento todavía no se ha terminado…
Le devolví el libro y me senté de nuevo junto a él. Rafa tras leer la dedicatoria lo cerró frotando la portada con mimo y, sin levantar la cabeza, lo dejó a un lado del sofá. Después me miró, ven aquí, chiquitina, dijo. Me acerqué a él un poquito más. Me tomó del cuello con ambas manos, me acarició la mejilla con su nariz y, con un susurrante terminémoslo juntos, me besó.

miércoles, marzo 16

No existen fracasos, sino intentos

Portada de la novela: Loca Novelife
Ilustración: Martín Juaristi

Blanquita y Marieta estaban sentadas en una mesa alta de la Cervecería 100 Montaditos, en la Calle Mayor de Madrid. Era lunes, casi las once de la noche y esperaban a Elvira con dos cañas y echando un vistazo a la variada carta. Al día siguiente, las dos amigas regresarían a Bilbao tras pasar cuatro días en la ciudad celebrando la publicación de la primera novela de Elvira.
Veinte minutos más tarde, Elvira entró en el bar buscando con la vista a sus amigas. Cuando llegó a la mesa, Blanquita le preguntó cómo había ido la clase del Máster, ofreciéndole su mejilla para que le diera un beso. Elvira besó a sus dos amigas pero no contestó a la pregunta. Sin decir nada arrastró un taburete de la mesa de al lado, se quitó la chamarra de cuero, la dejó sobre el taburete, la volvió a coger, se sentó y la colocó sobre la mesa para después ponerla sobre sus rodillas. Se descolgó el bolso del hombro, miró a su alrededor y después de murmurar dos veces mierda se lo volvió a colgar. Se retiró el pelo hacia atrás con una sola mano y se pellizcó la punta de la nariz mientras inspiraba profundamente con los ojos cerrados, al abrirlos vio a sus amigas mirándola fijamente, ¡¿Qué?!, les espetó ella, ¡Nada, nada…!, contestaron las dos con pocas ganas de meterse en problemas, porque sabían que si Elvira tenía el día cruzado, tenía el día cruzado.
Marieta se ofreció a pedirle una caña para ver si se tranquilizaba un poco.
―¿A que no sabes lo que hemos hecho esta tarde, corazona? ―le preguntó Blanquita. Elvira negó con la cabeza y ésta continuó―: Hemos entrado en la Casa del Libro y hemos dicho…: Perdona, ¿me das la última novela de Elvira Rebollo? ―Y seguido metió un gritito dando palmas―. ¡No me he podido resistir y le he dicho al chico que eras amiga mía!, ¡qué fuerte, qué fuerte!
―¿El qué es fuerte? ―preguntó Marieta dejando la caña frente a Elvira.
―Le cuento lo de la Casa del Libro. ―Y volviendo a mirar a Elvira añadió―: Pero nos han dicho que hasta la próxima semana no lo traen.
Elvira apoyó los codos sobre la mesa y con lentitud dejó caer la cabeza hasta taparse la cara con las manos.
―Pero, corazona mía, no te pongas así, que lo van a traer, bobona, que es cosa de una semana, que te tenían en el ordenador, ¡a que sí, Marieta!
Elvira se quitó las manos de la cara, estaba llorando. Las dos amigas se miraron sin saber qué decir. Elvira se inclinó hacia atrás y, secándose las lágrimas con un solo dedo, dijo:
―Hoy en el Máster, mi profesor de Creación Literaria me ha dicho que mi novela va a ser un fracaso, así tal cual, un fracaso, me dice… buff… me dice: Elvira, mira, te auguro un gran fracaso.
―Ese tío no folla, ¿verdad? ―dijo Marieta.
―Corazona, no llores, anda, que hay gente muy mala…
―¡Hay gente muy hija de puta! ―puntualizó Marieta.
―Es que, buff… ―intentaba explicar Elvira mientras se sonaba los mocos con un kleenex―, es que lo alucinante es que ni siquiera se ha leído la novela, ha sacado la conclusión después de corregir uno de mis relatos, ¡además yo no le he pedido su opinión! ¡¿Por qué me odia?!
―Sí, decididamente ese tío no folla… ―dijo Marieta suspirando y cruzando los brazos sobre la mesa, después con un rápido vistazo a su móvil, que estaba junto a su cerveza, comprobó que no tenía llamadas perdidas y entonces, como si algo le hubiera iluminado, levantó la vista y añadió con solemnidad―: Tengo un plan, vamos a hundirlo...
Blanquita volvió a dar palmas, le encantaban los planes de Marieta, era fascinante tener una amiga tan cruel.
Marieta sacó un boli del bolso, tomó una servilleta con el logo de 100 Montaditos y mirando a Elvira le dijo con absoluta seriedad:
―Escúchame, enana, necesito que me digas, uno por uno, todos los títulos de sus novelas. Venga, empieza. ―Bajó la vista y apuntando a la servilleta con su boli esperó a que Elvira enlistara.
Elvira frunció el ceño mirando a Blanquita, ésta levantó los hombros con una mirada muy inocente, Elvira se rió, ¿cómo podía tener dos amigas tan diferentes?
―¡Enana, títulos! ―gritó Marieta sin levantar la vista de la servilleta.
―Pero, pero… si es que no tiene ―explicó Elvira.
―¡¡¿QUÉ?!!
―Pues, eso, que no ha publicado ninguna novela.
Marieta le lanzó el bolígrafo y luego buscó la mirada cómplice de Blanquita a la vez que le decía lo imbécil que era su amiga además de una enana de mierda.
―Joder, Blanca, ¿pero tú ves el mal rato que se está pasando por un tío que no es más que un cretino frustrado? ¡Elvira, piensa! ―gritó dirigiéndose esta vez a ella directamente―, ¿no te das cuenta de que tu profesor no puede entender que alguien como tú publique una novela, según él, tan superficial?, Elvi, tía, que tu profe llevará años intentando publicar, según él, buena literatura.
―No, no, no ―decía Elvira a la vez que giraba la cabeza de lado a lado―, él siempre dice que no quiere publicar, que nunca le ha interesado publicar, que no le llama, vamos, además dice que en España sólo se publica mierda y que él no quiere pertenecer a esa mierda.
―¡Los cojones! ¡Enana, que no! Que la próxima vez que te diga eso de “te auguro fracaso”, le dices: ¡pues yo a ti no te lo auguro, yo te lo confirmo porque con la edad que tienes y sin publicar es todo un fracaso!
Blanquita y Elvira se partían de risa, les encantaba ver a Marieta al límite.
Marieta se hizo la ofendida por considerar que no la tomaban en serio, tomó la carta de tapas y la zarandeó por delante de la cara de sus amigas.

Al de un rato, estaban riéndose alrededor de un plato con 12 montaditos variados y otro de patatas fritas.
―¡Por la Loca Novelife! ―exclamó Blanquita alzando su caña.
―¡Y por los que no follan! ―añadió Marieta.
―Y por amigas como vosotras…

lunes, febrero 21

Último café

Dreams of Grandmother and Granddaughter por Karl Briullov

Me despertó el intenso olor a café. Tras salivar como perro de Pávlov, me incorporé en la cama y miré la hora en el móvil. Las 5.14 de la mañana. Esto es imposible, pensé. Volví a inhalar el aroma que se esparcía por toda la pequeña casa. Cerré los ojos para intensificar la sensación y me compadecí de todos aquellos a quienes no les gustaba el café. Pobres infelices. Me levanté. En la vitro de la cocina vi la cafetera pitando. La aparté con un trapo.
—¿Ya está, pichín?
Me di la vuelta y la vi, con un elegante abrigo de astracán, sentada en el sofá del salón con las piernas cruzadas. Estaba leyendo el Hola, y sin levantar la vista de las páginas cuché volvió a repetir la pregunta.
—Sí, ya está, abuela —contesté acercándome a ella para besarla.
—Cuidado, no me despeines que estoy de pelu.
—Te han dejado muy guapa. Oye, ¿qué haces aquí?
—Le he pedido las llaves a tu madre, quería verte la buhardilla que me ha dicho que la tienes puesta ideal. Y es que, pichín, seis meses en Madrid y no me has invitado ni una vez…
—¡Mujer, haberme llamado!
—¡Pero si no coges el teléfono!, ¡no he visto cosa igual! ¡Llama que te llama y nada! —gritó haciendo una mueca y bajó de nuevo la vista—. Oye, cómo me gusta la Middleton ésta, ¿eh? Se les ve enamorados, ¿verdad?
—Pfff… qué sé yo. —Y con pereza me levanté del sofá.
—Bueno, y tú ¿qué? —preguntó dejando la revista sobre la mesita.
La miré y sin contestar me acerqué a la cocina, después sujetando la cafetera pregunté:
—¿Lo quieres con leche entera o semidesnatada?
—Entera.
—No tengo.
—¡¿Pues para qué me preguntas, pichín?!
—Porque si me llegas a decir que semidesnatada hubiera quedado estupendamente.
Mi abuela se levantó riéndose. Se acercó y se apoyó en la encimera junto a mí.
—Vale, y ahora dime qué quieres: ¿galletitas de miel, pastel de tía Mildred o surtido Martínez? —pregunté esta vez.
—Hija, dime lo que realmente tienes y así terminamos antes —dijo aguantándose la risa.
—Vale, sólo tengo el surtido Martínez, y tampoco se le puede llamar surtido porque lo único que me queda son las palmeritas de hojaldre, las chiquitinas, ¿sabes?
Me dio un cachete en el culo y me llamó sinvergüenzona tres veces. Después, se quitó el abrigo y, colocándolo sobre uno de los antebrazos del sofá, se sentó de nuevo.
Llevé, sobre una bandeja, los cafés y la única palmerita, que me había dado cuenta que me quedaba, partida por la mitad.
—Menudo empacho, pichín. —Al oírla, solté una carcajada y apoyé la cabeza en su hombro buscando complicidad—. Si es que eres original hasta para invitar a café, qué criatura, madre de diós… Anda, y dime, que antes no me has contestado ¿tú qué?
—¿Yo qué de qué? —E incorporándome en el sofá cogí la taza de café.
—¿Qué sabemos de Pedro?
—Abuela, no empieces.
—Pero, pichín… pero si te quiere con locura ese chico, pero si te mira, te mira como, qué se yo, como así, mira, así, así te mira.
—Abuela, pareces un pez —dije riéndome.
—No vas a encontrar a otro como él, ¿eh?, eso te lo digo desde ya.
—Abuelaaaaaa… paraaaaa…
—Es que es guapo, guapo, guapo, atento, educado, pero una cosa… ¡vamos, educadísimo! Y cómo te mira… con esa cara, con esos ojos que…, así, así. —Y mi abuela volvió a poner cara de pez—. Mira, tienes esa cosa que los vuelves locos, los hipnotizas, pichín.
—Será por mi belleza…
—¡Ay, qué sinsorga eres!, ¡qué sinsorga, madre de diós! —A las dos nos entró la risa.
Las carcajadas se nos cortaron al oír el portero automático. Miré el reloj de la cocina, las 5. 47.
—Abre, abre, pichín, que será el abuelo.
—Pero… pero ¿qué bobadas estás diciendo? El abuelo hace año y medio que…
—Bueno, yo me voy. —Tomó su abrigo de astracán, se lo puso con algo de dificultad y fue directa a la puerta—. Me voy porque basta que me haya venido a buscar para que le haga esperar, ¡además con el frío que hace en Madrid!, pobre angelito...
Mi abuela abrió la puerta y salió. Corrí tras ella.
—¡Abuela!, ¿te vas a ir con él?
Ella, que ya estaba bajando los primeros escalones, se dio la vuelta y dijo:
—Pero, pichín, ya sabes cómo es tu abuelo, ¡demasiado que ha aguantado un año!, éste no sabe estar sin mí.
—Pero ¿así?, ¿te vas sin despedirte…? —Se me caían las lágrimas. Me acerqué hasta ella y la abracé—. Quédate, abuela, quédate…
—No llores, pichín, no llores así...
La abrazaba con la cara hundida en su hombro sintiendo un inmenso vacío en el pecho.
—Venga, pichín, que tu abuelo me está esperando… —me susurró separándose de mí.
Me senté en el primer escalón y, con el alma anudada al estómago, la vi bajar. Agur, abuela, le dije mandándole un beso, agur, pichín, agur…

Al entrar a las 9.10 de la noche en el tanatorio, abracé a mi madre con inmenso amor desconsolado.

A mi abuela