lunes, junio 6

¿Somos lo que elegimos?


Siempre fantaseé con enamorarme de mi psicoanalista. De un tipo joven, resuelto, y con un embaucador acento argentino. Pero la realidad, normalmente, te devuelve los sueños con una bofetada en toda la cara. El mío ni era joven ni resuelto y sí, tenía acento, pero gallego. En estos términos, digamos que la transferencia iba a ser prácticamente imposible.
Óscar, mi Sigmund Freud particular, era un cuarentón, calvo y escuchimizado. Seguramente que separado, porque no terminaba de entender que con calzado marrón no se podía llevar calcetines grises. Hijos. Imagino que no más de dos, a quienes, con toda probabilidad, trataría como auténticos extraños, cada quince días. Naturista, eso fijo. De los de levantarse por la mañana y prepararse un desayuno con leche de soja y bayas de goji. Y, por supuesto, antes de acostarse, una tanda de abdominales hipopresivos tras una leve meditación al son del auuuuuum, auuuuuum.
Pero, por otro lado, que un gallego hubiera decidido cambiar los percebes por pacientes trastornados en una ciudad tan seca como Madrid, me hacía pensar que algo chirriaba espantosamente en su vida. No sé, como si tuviera dos caras. A veces me lo imaginaba travestido de la Pantoja, o pinchando en Pachá a Guetta y Solveig, o bebiéndose las calles de Lavapiés cada viernes noche. No queda claro, pero algo que rompiera con la imagen del aburridísimo ser humano que, cada martes, me escuchaba concentrado, probablemente, en su lista de la compra.
Pero un día algo cambió.
Mientras le contaba, sentada frente a él, mis angustias y ansiedades, él andaría por la sección de congelados del Carrefour tomando nota de los lomos de merluza y las gambas peladas XL, hasta que dije lo que dije:
―… no sé, imagino, que es una elección, ¿no?, algo así como elegir entre la pastillita azul o la roja, como…
―¿La pastillita azul o la roja…? ―repitió embelesado en sus propias palabras, como si aquello acabara de desencadenar el porqué de las cosas. Y, por un momento, me lo imaginé lanzando el carro de la compra y echando a correr, a cámara lenta, por los pasillos del supermercado mientras se quitaba la camisa a jirones dejando al descubierto su capa de héroe: ¡Soy Súper Óscar, el salvador de los deprimidos!
Excitadísimo miró a su derecha e izquierda, se rascó el pecho con una mano y con la otra alcanzó, de su mesa, una caja de kleenex roja.
―Bien, aquí tenemos la pastillita roja y, y… ―Volvió a revisar con la vista todo su despacho, se levantó con impaciencia y de la estantería cogió un libro azul―. ¡Perfecto! ¡Y aquí la pastillita azul!
Madre mía, o éste era más friki que yo o aquella mañana se le había ido la mano con las bayas de goji.
―¡Elvira!
―¿Sí…? ―Tenía el culo comprimido.
―Aquí está tu elección… ―Extendió los brazos y, con las palmas de las manos abiertas, me ofreció el paquete de kleenex y el libro. Lo miré desconcertada. Demasiado pálido para ser Morfeo, ¿no?
Apreté los labios para evitar reírme, porque, en ese instante, me lo imaginé enfundado en látex negro susurrándome aquello de: …hay una astilla clavada en tu mente. Y te está enloqueciendo. Esa sensación te ha traído hasta mí…
―Vale, bueno, Elvira, dime, ¿qué significa para ti la pastilla roja y la azul?
Vaya… Decepción absoluta. Pensaba que se tiraría el rollo ese de fin de la historia, o yo te enseñaré hasta dónde llega la madriguera de conejos.
―Bueno… pues, digamos que la roja ―y cogí de su mano los kleenex― sería mi vida como profe en el extranjero y escritora a la vez, llena de altibajos, no sé, viviendo sola, en otro ático de otra gran ciudad, porque imagino que me mudaría constantemente. Le doy vueltas a volver a China, ¿sabes?, a Shangai. Buff, algo así. Con mogollón de proyectos, ilusiones y depresiones al mismo nivel. Sin hijos ni, por supuesto, parejas estables. Sola. Imagino que, al final, lamentándome de estar sola, como siempre.
―Sola… ¿Y la azul?
Tomé el libro con la izquierda y lo coloqué sobre mis rodillas a la par que los kleenex.
―La azul sería quizá una vida con Rafa, por ejemplo. En Madrid o en Bilbao, pero muy establecidos. Viviendo en un piso de dos habitaciones. Trabajaría en un cole con un sueldo fijo de por vida… E imagino que llegarían los hijos, ¿no? Los veranos a la playa con los abuelos y los fines de semana comilonas con la cuadrilla. Se acabaría lo de vivir en el extranjero pero llegaría, por fin, esa estabilidad emocional, de eso estoy más que convencida.
―¿Y la escritura?
―No lo sé ―dije levantando los hombros―. No lo termino de ver claro. Supongo que sería cuestión de organizarse, pero con un trabajo en un cole y siendo madre, de al menos dos churumbeles, no termino de encajarlo.
Óscar se inclinó hacia atrás. Juntó las manos a modo de oración, se las llevó a la frente y suspiró profundamente.
―Siempre hay que elegir, ¿verdad?, y no es fácil… ―dijo un tanto abstraído sin ni siquiera mirarme―. Bien ―añadió esta vez alzando la vista―, te propongo, Elvira, que lo dejemos por hoy.
Asentí con la cabeza, dejé sobre su mesa las dos pastillitas, y recogí el bolso del suelo.
Como siempre, me acompañó hasta la puerta. La abrí y, antes de despedirme, no puede evitar preguntárselo:
―¿Qué hace un gallego como tú en Madrid?
Sorprendido abrió los ojos y sonrió. Se apoyó en la puerta y con cierta guasa contestó:
―Pfff, digamos que en su día me equivoqué de pastillita.
Nos reímos y nos despedimos hasta la semana que viene. Al cerrar la puerta, estoy más que convencida de que escuché a la Pantoja cantar.

domingo, mayo 29

Sorda poesía

Película: One Week de Buster Keaton


Dicen que no te quiero,
los que calibran el sentido con audímetros,
porque no oyen cuando te miro
ni miran cuando, en silencio, te lo digo.

El audífono en la mesilla
y tú, arrebujado, en mi cama.

Sordos ellos,
no yo, que te escucho con la nariz pegada a tus escamas.

Sordos ellos,
que creen en el crujir de las palabras,
no tú ni yo, que mudos hablamos.

Sordos ellos,
que dicen que no te quiero,
porque no saben qué eres tú:
mi tímpano deslenguado...

jueves, mayo 19

Madrid. Presentación

Después de la presentación de la novela en Bilbao, ahora le toca el turno a Madrid.
Será junto a Inma Luna y su poemario "No estoy limpia".

Fecha: lunes, 23 de mayo
Hora: 20,00
Lugar: Sala del Colectivo La Latina (C/ Luciente 7)

Allí nos veremos!

Más información: aquí.

miércoles, mayo 11

Presentación en sociedad de: LOCA NOVELIFE



¡Locos todos, ya llegó el día...!!
El próximo lunes 16 de mayo se hará la presentación de la novela que nació de este blog: LOCA NOVELIFE.
Será en la librería Elkar de Licenciado Poza, en Bilbao. A las 19:00 horas.
Os dejo un par de links con toda la información: aquí, aquí y aquí.
A los que podáis asistir, ¡allí nos veremos!

Gracias a todos por seguir el blog y a la editorial Baile del Sol por dejar que, blogueros como yo, soñemos despiertos...

miércoles, abril 27

Domingo, dominguero

Parque dominguero por Rodolfo Stanley


Abrí la puerta todavía dormida. Al otro lado del umbral Rafa con una pletórica sonrisa.
―Chiquitina, hace un día precioso. ¡Venga, que nos vamos al Retiro!
A mí este entusiasmo un domingo a las once de la mañana como que no, no de no. No sé, pero los domingos son para desaprovecharlos. Que llegue el lunes y poder decir a tu compañera de trabajo eso de: ¿Ayer?, no hice nada, ¡qué depresión de domingo!
¡¿Pero a quién quiero engañar?!, ¡si me encanta arrastrarme por la casa como alma en pena y hundirme en el sofá hasta hacerle un agujero con mi culo! ¡Depresión dominguera, dame más, dame más!
―Venga, chiquitina, que vamos en bici.
¿En bici?, ¿ha dicho en bici? Me froté la frente con una sonrisa forzada y, después de carraspear, dije:
―Pero, Rafa, gordi, ¿para qué vamos a ir en bici si hay metro?
―¡Ja, ja, ja, ja! Qué tía, si es que… si es que… ¡te como! ―Y me abrazó hincándome los dientes en el cuello.
Bueno, esto me pasaba muy a menudo. Los hombres se enamoraban de mí por ese sentido del humor que se habían figurado que tenía, ¡pero no!, ¡que no!, ¡que yo soy así!
Rafa bajó las escaleras vociferando que en veinte minutos nos veríamos en el portal, que él ya tenía las bicis preparadas. Mientras lo veía bajar mantuve la misma sonrisa forzada de antes, pero, en cuanto cerré la puerta, me la arranqué de cuajo y grité:
―¡¡¿Y yo qué me pongo?!!
Quince minutos cagándome en mi anatomía fueron suficientes para después, en el minuto dieciséis, terminar con mis pantalones de algodón de pata de elefante y la sudadera de Marshall University, que siempre me sacaba de un aprieto.
En el portal encontré a Rafa inflando las ruedas. Levantó la cabeza, me miró, sonrió y me pidió un beso. Se lo di a regañadientes y él se rió más.
―Bueno ―comenzó diciendo mientras se ponía de pie―, ésta es para ti ―dijo y me ofreció una de las bicis. La tomé desde el manillar, la coloqué paralela a mí y comprobé que el sillín me llegaba por debajo del sobaco. Rafa se río aún más, más todavía y más si cabe. Cabrón.
Un poquito de llave inglesa y conseguimos bajar el sillín a la altura de mi segunda costilla flotante. Muerte asegurada. Me hice la señal de la cruz y salimos del portal.
Al llegar al primer semáforo en rojo, metí un gritito y con impulso salté de la bici hacia un lado.
―¡¿Qué haces, loca?!
―¿Cómo quieres que pare si tengo el suelo a metro y medio de altura?
La pareja que estaba dentro del Opel Astra se rió.
―Venga, móntate ―dijo Rafa sujetándome la bici por el manillar―, venga, corre, que enseguida se pone en verde y nos van a empezar a pitar todos.
Así que, apoyándome en sus hombros, conseguí subirme. Y allí estaba yo, con las piernas colgaderas, como si estuviera sobre una gigantesca bici estática. La situación me parecía graciosa hasta que vi a la pareja del Opel sacarme una foto con el móvil, ¡venga ya! Preferí fingir que no los había visto, demasiado humillante era la situación en sí como para sazonarla más.
No sin mucha complicación, llegamos al Retiro.
―Chiquitina, ¿nos tumbamos allí?
¿Tumbarnos?, ¿allí?, ¿sobre el verde?, verde que te quiero verde. Me bajé de la bici porque tenía que rascarme el cuello, luego detrás de la oreja y otra vez el cuello: psoriasis. Me faltaba un poquito de aire, claro, todo se lo estaban tragando los árboles, ya lo decía mi abuela, que no era bueno dormir con plantas, porque las plantas te chupan el oxígeno, sacan el monóxido y te matan. Así que con el tamaño de aquellos árboles nos quedaban segundos de vida. Me quería ir a mi casa. Casa, casa-sofá, sofá-portátil, portátil-libro, libro-café, café-VIDA. ¡Quiero vivir!
―Dame, loca, deja aquí la bici. ―Cogió mi bici y la dejó sobre la hierba, al lado de la suya. Después se tumbó y, con la mano, me hizo un gesto para que hiciera lo mismo.
Me arrodillé con lentitud junto a él, imaginándome los millones de microorganismos que habría escondidillos entre la hierba. Esas cosillas vivas, de la gama de los animales pero en desagradables. Insectos que todo el mundo dice que no hacen nada, pero yo no estaría tan segura si han sobrevivido durante miles y miles de años durmiendo junto a los árboles, inmunes al monóxido asesino. Son indestructibles. ¡Superhéroes del ecosistema! Yo, por si acaso, no los quiero cerca.
―Buah… qué gozada de día, ¿eh, Elvi?
¿Qué es lo que hago mal una y otra vez? ¿Por qué termino con tíos como éste?: consultor, amante de la naturaleza y adicto al deporte, ¿por qué? ¡Yo lo que necesito es un informático en mi vida! Un friki con camisetas del capitán Spock, que se tire pedos mientras escribe en su blog, que sea alérgico al verde y que, en sus ratos libres, le guste recorrer la casa con la papelera de la sala en la cabeza, diciendo: Yo soy tu padre. ¡Alguien que me deje tranquila los domingos!
―¿Elvi…?
―¿Queeeeé…? ―contesté con la mano tapándome la cara. Me acababa de tumbar y no soportaba el sol.
―Nada.
―¿Qué? ―insistí cabreada.
Él se incorporó, se acercó a mí, me quitó la mano de la cara y…:
―¡¡¡Que me encanta joderte el plan de los domingos!!!
Al final no fue el monóxido lo que me mató, sino la risa.
Vale, Rafa no era un friki, pero estaba igualmente loco y eso me encantaba…

martes, abril 12

Madrid

Schweppes por Miguel Vivo

No entiendo por qué la gente corre escaleras abajo para tomar ese metro, cuando el siguiente llega en tres minutos, ni por qué lo llaman porra en vez de churro gigante. No entiendo que se comercialice con los secretos aunque sea en nombre de la Psicología Humanista. No entiendo que cada día lo pida con leche fría y termine quemándome la lengua. Ni que en abril no sea necesario llevar el paraguas en el bolso por si acaso. Ni por qué en La Blanca Paloma te sacan tantas tapas si sólo quería una cerveza. No entiendo que el mar no llegue hasta aquí. No entiendo que para ser intelectual tenga que llevar gafas de pasta, patillas de velcro y leer a Palahniuk. No entiendo lo que hago aquí, si yo lo que quiero es estar contigo.

domingo, abril 10

El sapo y la mosca


―Hola, buenos días ―dijo el sapo a la mosca.
―Buenos días ―dijo la mosca al sapo―. ¿Me va a comer usted?
―¿Cómo dice?
―Si va a desenroscar su legua para engullirme.
―No, señorita, no era mi intención.
―¿Y cuál es su intención?
―Ninguna en particular. Me gusta pasar el día sentado en mi nenúfar.
―Comprendo…
―¿Qué es lo que comprende?
―Su desidia y frustración.
―No creo entenderla, disfruto de mi vida en la charca.
―Pero si no puede alejarse demasiado del agua, ¡no puede volar!
―Querida, créame, no deseo volar. ¿Convertirme en alguien como usted?, ¿para qué?, ¿para rondar la mierda?
―No, para descomponerla.
―Ahora sí creo entenderla. Acérquese, querida.
La mosca se acercó y el sapo se la comió.

jueves, abril 7

Mentor

―Perdona, ¿ves por algún lado mis pantalones?, ¿hola?
―¿Qué…? ―preguntó el chico levantando la cabeza de la almohada.
―Mis pantalones ―repitió la mujer. Seguía de cuclillas frente a la cama buscándolos.
El chico se incorporó, se frotó con una mano la cara y, haciendo un rápido barrido a su habitación, le señaló el radiador.
―Gracias ―dijo ella. Se levantó, fue hasta allí, los cogió del suelo y se los puso.
―¿Te vas?
―¿Tú qué crees? O ¿es que quieres que me quede para cantarte una nana? ―preguntó ella.
El chico se retiró el pelo hacia atrás con ambas manos y la miró sin decir nada mientras ésta metía sus enormes Ray-Ban en el bolso, después con la vista baja dijo:
―No sé, me parece todo un poco así, tan… no sé…
―Oye, mira, el martes tienes el examen de derecho civil ―afirmó la mujer señalándolo con el dedo―, así que te convendría pasarte el fin de semana entero pegado a los apuntes. Además ―hizo una pausa―, creo que tu profesora es dura de roer.
―No tanto…
―No te confíes ―dijo colgándose el bolso al hombro. Se acercó hasta la puerta, la abrió y antes de salir añadió sonriendo―: Hasta el martes…