lunes, junio 20

Encargo nocturno


Madrid, sábado, las 9 de la noche. 29ºC fuera y 35ºC dentro de mi casa. Yo, en bragas culeras de Snoopy y camiseta vieja de tirantes, bailando Hey, Soul sister con un ukelele imaginario, frente a mi escritorio. El portátil encendido con una página de Word en blanco abierta desde las 8, junto a él un botellín de San Miguel y dos vasos sucios con restos de café, además de tres paquetes de kleenex, una montaña de albaranes de la universidad, una veintena de libros esparcidos sin rigor alguno, fotocopias de esto y aquello, un tampax súper, la calculadora, una galleta mordisqueada de Granola, el móvil, su funda, una Cuore de hace tres semanas, aaaaaaaarhg!!, las gafas de sol y las de ver: las blancas y las negras, (las granates imagino que estarían junto a la cama, pero no lo sé), crema de manos Ureadin, y dos tapones azules de boli bic. Vamos, lo que se dice una histérica del orden.
―¡¡Heeeeeey, heeeeeey, heeeeeey, lalala, nanan, nina, la… mmmm… hey life direction, nananana… connection we can’t denyyyyyyyy…!!

Me había pasado el día con Gael. Lo llamé deprimida a eso de las 11 de la mañana, porque el mundo se me caía encima y pesaba demasiado como para sostenerlo sin partirme por la mitad. Él escuchó con paciencia ésta y otras muchas metáforas catastrofistas sobre mi angustia existencial y después fue tajante:
―Vale, cari, dúchate y ponte mona que en una hora te paso a buscar, tú lo que necesitas es un birratour.
El tour de la birra comenzó en una de las terracitas de La Plaza Olavide a las 12.40 de la mañana, con un par cañas, y, tras repostar en al menos siete garitos diferentes, terminó a las 7.30 de la tarde, en el Lamiak de Cava Baja. Le juré a Gael que me encontraba mucho mejor y que me pidiera un taxi, porque de repente me había acordado de que tenía que volver a casa inmediatamente, para escribir el relato que me había encargado mi amigo Santi para su blog. El estrés de los borrachos. Así que antes de las 8 ya estaba en casa. Encendí el ordenador, preparé el Word y fui directa a la nevera, porque tenía la boca como una alpargata, hubiera necesitado un soplete para separar la lengua del paladar.
Empecé a zampar como una loca: biscotes con guacamole, ensalada de pasta que me había sobrado del día anterior, Bimbo con mayonesa, sí, solamente con mayonesa, para mí la mayonesa es un alimento de primera necesidad y sería capaz de sobrevivir sólo gracias a ella.
Después de mear unas cinco veces y estrujarme todas las espinillas posibles ante el espejo, me dispuse a escribir. Hasta que, una vez sentada, me di cuenta de eso, de eso…:
¡Es todavía de día! ¡Yo no puedo escribir de día, necesito oscuridad, negrura!
En invierno es fácil, pero ya estábamos en junio y aquello tenía pinta de oscurecer sobre las 10 como pronto. Resoplé y me dejé caer sobre el teclado del portátil como si me hubieran pegado un tiro por detrás, hice hasta el ruidito y todo, siempre quise ser actriz. Me incorporé y resoplé de nuevo. Bueno, otra cerveza no me vendría mal, así que cogí una San Miguel de la nevera y la dejé sobre el escritorio mientras buscaba en Youtube algo que me animara. Empecé con Sometimes de Erasure. Quise imitar la forma de bailar del mismísimo Andy Bell, pero demasiado arrítmico para seguirlo, así que me pasé a los brazos en aspa, y el punta talón de toda la vida. Luego llegaron los Fine Young Cannibals y su Good Thing. Cómo me recordaba esa canción a cuando mi hermano Gerardo y yo éramos pequeños, y los sábados por la mañana nos coordinábamos para grabar los videos musicales de los programas Tocata o Rockopop. Mi madre sólo nos dejaba ver la tele en la salita junto a la cocina, porque el salón era para las visitas. En la vida he visto una visita en mi casa, pero en fin. El video estaba en el salón, con el resto de aparatos de calidad: la tele grande y la minicadena de doble casette. Así que mi hermano se posicionaba en el salón con el video VHS preparado para darle al rec en cuanto escuchara mi señal, porque era yo la que estaba viendo la tele en la salita. Entonces, cuando la presentadora daba paso al video, salía escopetada hacia el pasillo y, desde un extremo, gritaba a mi hermano que estaba en la otra punta:
―¡Daleeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeee!
Y de todas todas, al darme la vuelta para regresar a la salita, me tropezaba con mi madre que me pegaba un guantazo por gritar de aquella manera.
Por fin di con Train y su Hey, Soul sister y pensé que, aunque fuera todavía de día, aquello me traería la inspiración. Así que coloqué de nuevo, en mi punto de mira, la página en blanco de Word, pero en vez de eso me lié con un ukelele en plan profesional y: heeey, heeey, heeey…
Miré el reloj, las 9.15 y una horrible claridad, me cagué en San Juan. Bien, que no cunda el pánico porque todavía me quedaba toda la noche por delante. Santi el domingo tendría su relato, así se lo prometí y así lo haría.
Las 9.30 y era el turno de El Pescao, y allí estaba yo, en mitad del salón, siguiendo la coreografía enterita de Buscando el sol. Y de repente el timbre de la puerta sonó. ¿Y ahora qué…? Es que a una no la dejan escribir, así no se puede, ¡no se puede!
―Hola, chiquitina.
Si éramos pocos, parió la abuela. Rafa, mi vecino y seudonovio, acababa de entrar en mi casa con un DVD en una mano y una botella de vino en la otra. Si estaba claro que yo de Madrid iba a salir alcoholizada perdida.
―Venga, loca, prepara una ensaladita, que nos bebemos el vino con la peli.
―Ay, gordi, si da tiempo en media hora bien, pero a partir de las 10 ya es de noche y tengo que terminar el relato de Santi, el que vive en Lisboa, bueno, empezarlo, para su blog, y como me he ido con Gael, que si esto, lo otro, y luego que me lío con Youtube, que sí, vamos, que no, Rafa, que bufff…
Rafa no paraba de reírse. Dejó las cosas en la encimera y se acercó hasta mí con cara de malo. Me abrazó y, mordisqueándome la oreja, me dijo:
―Bueno, tranqui…, se me ocurre otra cosa que en media horita nos puede dar tiempo, ¿eh?, ¿un polvete rápido…, eh, loca…?
Buffff, qué pereza, coge, ponte en pelotas, que qué calor, que en el sofá, que te sobra este brazo, que mejor en la cama, que no, que se me pegan las sábanas, que folla así, que no: asá, que me tiras del pelo, la baba que se hace plasta, ay, que no se termina de correr, que sí, que dale, dale, pero vente ya que me quema, que bufffff, ¡paso!
―Gordi, que tengo la regla.
―¡¿Otra vez?!
Bueno, le dejé que me sobara un poquito y para las 10.05 le di patada en el culo, que se la cascara en su casa.
Bien, 10.22, la noche acababa de llegar. Me senté en el escritorio y, con el dedo índice apuntando a la pantalla, amenacé a la página de Word en blanco porque solo una de las dos ganaría aquella noche, lo dicho, siempre quise ser actriz.
Pero primero me dio por contar los albaranes, 63. Luego me preparé un café. Busqué en Google los nombres de todos mis ex y el de la ex de Rafa. Calculé, con la calculadora, las horas que me quedarían de vida si finalmente me moría a los 40 años: 52.704 horas por delante. Así que empecé a pensar qué podría hacer con tantas horas. Viajar. Me metí en Kayak y busqué un vuelo: Madrid- Buenos Aires, ¡ay!, luego pensé que Santi tenía que ir a Buenos Aires, así que me planté de nuevo ante el no-relato. 11.15. Word-1 Rebollo-0. ¿Qué haces?, le escribí a Marieta por el WhatsApp. Chupando tele, me contestó. Jajajajajajaaj!!!, le contesté. Ni puta gracia quedarme un sábado en casa!!!, me contestó. Venga, loca, que yo en los madriles tb, le contesté. Sí, pero tú eres rara de cojones, neni… me contestó. Jajajajajajaaja!!!, le contesté, aunque la verdad es que no me reí.
11.53 en mi portátil y 11.56 en mi reloj. Vencida, ganó ella, por goleada.
Cogí el móvil y busqué su número, pero el de 351 por delante, no el otro, que es el de Bilbao.
―¡Santi!, ¿qué tal?, oye, esto… qué te iba a decir, ¿es muy de noche en Lisboa?...

lunes, junio 6

¿Somos lo que elegimos?


Siempre fantaseé con enamorarme de mi psicoanalista. De un tipo joven, resuelto, y con un embaucador acento argentino. Pero la realidad, normalmente, te devuelve los sueños con una bofetada en toda la cara. El mío ni era joven ni resuelto y sí, tenía acento, pero gallego. En estos términos, digamos que la transferencia iba a ser prácticamente imposible.
Óscar, mi Sigmund Freud particular, era un cuarentón, calvo y escuchimizado. Seguramente que separado, porque no terminaba de entender que con calzado marrón no se podía llevar calcetines grises. Hijos. Imagino que no más de dos, a quienes, con toda probabilidad, trataría como auténticos extraños, cada quince días. Naturista, eso fijo. De los de levantarse por la mañana y prepararse un desayuno con leche de soja y bayas de goji. Y, por supuesto, antes de acostarse, una tanda de abdominales hipopresivos tras una leve meditación al son del auuuuuum, auuuuuum.
Pero, por otro lado, que un gallego hubiera decidido cambiar los percebes por pacientes trastornados en una ciudad tan seca como Madrid, me hacía pensar que algo chirriaba espantosamente en su vida. No sé, como si tuviera dos caras. A veces me lo imaginaba travestido de la Pantoja, o pinchando en Pachá a Guetta y Solveig, o bebiéndose las calles de Lavapiés cada viernes noche. No queda claro, pero algo que rompiera con la imagen del aburridísimo ser humano que, cada martes, me escuchaba concentrado, probablemente, en su lista de la compra.
Pero un día algo cambió.
Mientras le contaba, sentada frente a él, mis angustias y ansiedades, él andaría por la sección de congelados del Carrefour tomando nota de los lomos de merluza y las gambas peladas XL, hasta que dije lo que dije:
―… no sé, imagino, que es una elección, ¿no?, algo así como elegir entre la pastillita azul o la roja, como…
―¿La pastillita azul o la roja…? ―repitió embelesado en sus propias palabras, como si aquello acabara de desencadenar el porqué de las cosas. Y, por un momento, me lo imaginé lanzando el carro de la compra y echando a correr, a cámara lenta, por los pasillos del supermercado mientras se quitaba la camisa a jirones dejando al descubierto su capa de héroe: ¡Soy Súper Óscar, el salvador de los deprimidos!
Excitadísimo miró a su derecha e izquierda, se rascó el pecho con una mano y con la otra alcanzó, de su mesa, una caja de kleenex roja.
―Bien, aquí tenemos la pastillita roja y, y… ―Volvió a revisar con la vista todo su despacho, se levantó con impaciencia y de la estantería cogió un libro azul―. ¡Perfecto! ¡Y aquí la pastillita azul!
Madre mía, o éste era más friki que yo o aquella mañana se le había ido la mano con las bayas de goji.
―¡Elvira!
―¿Sí…? ―Tenía el culo comprimido.
―Aquí está tu elección… ―Extendió los brazos y, con las palmas de las manos abiertas, me ofreció el paquete de kleenex y el libro. Lo miré desconcertada. Demasiado pálido para ser Morfeo, ¿no?
Apreté los labios para evitar reírme, porque, en ese instante, me lo imaginé enfundado en látex negro susurrándome aquello de: …hay una astilla clavada en tu mente. Y te está enloqueciendo. Esa sensación te ha traído hasta mí…
―Vale, bueno, Elvira, dime, ¿qué significa para ti la pastilla roja y la azul?
Vaya… Decepción absoluta. Pensaba que se tiraría el rollo ese de fin de la historia, o yo te enseñaré hasta dónde llega la madriguera de conejos.
―Bueno… pues, digamos que la roja ―y cogí de su mano los kleenex― sería mi vida como profe en el extranjero y escritora a la vez, llena de altibajos, no sé, viviendo sola, en otro ático de otra gran ciudad, porque imagino que me mudaría constantemente. Le doy vueltas a volver a China, ¿sabes?, a Shangai. Buff, algo así. Con mogollón de proyectos, ilusiones y depresiones al mismo nivel. Sin hijos ni, por supuesto, parejas estables. Sola. Imagino que, al final, lamentándome de estar sola, como siempre.
―Sola… ¿Y la azul?
Tomé el libro con la izquierda y lo coloqué sobre mis rodillas a la par que los kleenex.
―La azul sería quizá una vida con Rafa, por ejemplo. En Madrid o en Bilbao, pero muy establecidos. Viviendo en un piso de dos habitaciones. Trabajaría en un cole con un sueldo fijo de por vida… E imagino que llegarían los hijos, ¿no? Los veranos a la playa con los abuelos y los fines de semana comilonas con la cuadrilla. Se acabaría lo de vivir en el extranjero pero llegaría, por fin, esa estabilidad emocional, de eso estoy más que convencida.
―¿Y la escritura?
―No lo sé ―dije levantando los hombros―. No lo termino de ver claro. Supongo que sería cuestión de organizarse, pero con un trabajo en un cole y siendo madre, de al menos dos churumbeles, no termino de encajarlo.
Óscar se inclinó hacia atrás. Juntó las manos a modo de oración, se las llevó a la frente y suspiró profundamente.
―Siempre hay que elegir, ¿verdad?, y no es fácil… ―dijo un tanto abstraído sin ni siquiera mirarme―. Bien ―añadió esta vez alzando la vista―, te propongo, Elvira, que lo dejemos por hoy.
Asentí con la cabeza, dejé sobre su mesa las dos pastillitas, y recogí el bolso del suelo.
Como siempre, me acompañó hasta la puerta. La abrí y, antes de despedirme, no puede evitar preguntárselo:
―¿Qué hace un gallego como tú en Madrid?
Sorprendido abrió los ojos y sonrió. Se apoyó en la puerta y con cierta guasa contestó:
―Pfff, digamos que en su día me equivoqué de pastillita.
Nos reímos y nos despedimos hasta la semana que viene. Al cerrar la puerta, estoy más que convencida de que escuché a la Pantoja cantar.

domingo, mayo 29

Sorda poesía

Película: One Week de Buster Keaton


Dicen que no te quiero,
los que calibran el sentido con audímetros,
porque no oyen cuando te miro
ni miran cuando, en silencio, te lo digo.

El audífono en la mesilla
y tú, arrebujado, en mi cama.

Sordos ellos,
no yo, que te escucho con la nariz pegada a tus escamas.

Sordos ellos,
que creen en el crujir de las palabras,
no tú ni yo, que mudos hablamos.

Sordos ellos,
que dicen que no te quiero,
porque no saben qué eres tú:
mi tímpano deslenguado...

jueves, mayo 19

Madrid. Presentación

Después de la presentación de la novela en Bilbao, ahora le toca el turno a Madrid.
Será junto a Inma Luna y su poemario "No estoy limpia".

Fecha: lunes, 23 de mayo
Hora: 20,00
Lugar: Sala del Colectivo La Latina (C/ Luciente 7)

Allí nos veremos!

Más información: aquí.

miércoles, mayo 11

Presentación en sociedad de: LOCA NOVELIFE



¡Locos todos, ya llegó el día...!!
El próximo lunes 16 de mayo se hará la presentación de la novela que nació de este blog: LOCA NOVELIFE.
Será en la librería Elkar de Licenciado Poza, en Bilbao. A las 19:00 horas.
Os dejo un par de links con toda la información: aquí, aquí y aquí.
A los que podáis asistir, ¡allí nos veremos!

Gracias a todos por seguir el blog y a la editorial Baile del Sol por dejar que, blogueros como yo, soñemos despiertos...

miércoles, abril 27

Domingo, dominguero

Parque dominguero por Rodolfo Stanley


Abrí la puerta todavía dormida. Al otro lado del umbral Rafa con una pletórica sonrisa.
―Chiquitina, hace un día precioso. ¡Venga, que nos vamos al Retiro!
A mí este entusiasmo un domingo a las once de la mañana como que no, no de no. No sé, pero los domingos son para desaprovecharlos. Que llegue el lunes y poder decir a tu compañera de trabajo eso de: ¿Ayer?, no hice nada, ¡qué depresión de domingo!
¡¿Pero a quién quiero engañar?!, ¡si me encanta arrastrarme por la casa como alma en pena y hundirme en el sofá hasta hacerle un agujero con mi culo! ¡Depresión dominguera, dame más, dame más!
―Venga, chiquitina, que vamos en bici.
¿En bici?, ¿ha dicho en bici? Me froté la frente con una sonrisa forzada y, después de carraspear, dije:
―Pero, Rafa, gordi, ¿para qué vamos a ir en bici si hay metro?
―¡Ja, ja, ja, ja! Qué tía, si es que… si es que… ¡te como! ―Y me abrazó hincándome los dientes en el cuello.
Bueno, esto me pasaba muy a menudo. Los hombres se enamoraban de mí por ese sentido del humor que se habían figurado que tenía, ¡pero no!, ¡que no!, ¡que yo soy así!
Rafa bajó las escaleras vociferando que en veinte minutos nos veríamos en el portal, que él ya tenía las bicis preparadas. Mientras lo veía bajar mantuve la misma sonrisa forzada de antes, pero, en cuanto cerré la puerta, me la arranqué de cuajo y grité:
―¡¡¿Y yo qué me pongo?!!
Quince minutos cagándome en mi anatomía fueron suficientes para después, en el minuto dieciséis, terminar con mis pantalones de algodón de pata de elefante y la sudadera de Marshall University, que siempre me sacaba de un aprieto.
En el portal encontré a Rafa inflando las ruedas. Levantó la cabeza, me miró, sonrió y me pidió un beso. Se lo di a regañadientes y él se rió más.
―Bueno ―comenzó diciendo mientras se ponía de pie―, ésta es para ti ―dijo y me ofreció una de las bicis. La tomé desde el manillar, la coloqué paralela a mí y comprobé que el sillín me llegaba por debajo del sobaco. Rafa se río aún más, más todavía y más si cabe. Cabrón.
Un poquito de llave inglesa y conseguimos bajar el sillín a la altura de mi segunda costilla flotante. Muerte asegurada. Me hice la señal de la cruz y salimos del portal.
Al llegar al primer semáforo en rojo, metí un gritito y con impulso salté de la bici hacia un lado.
―¡¿Qué haces, loca?!
―¿Cómo quieres que pare si tengo el suelo a metro y medio de altura?
La pareja que estaba dentro del Opel Astra se rió.
―Venga, móntate ―dijo Rafa sujetándome la bici por el manillar―, venga, corre, que enseguida se pone en verde y nos van a empezar a pitar todos.
Así que, apoyándome en sus hombros, conseguí subirme. Y allí estaba yo, con las piernas colgaderas, como si estuviera sobre una gigantesca bici estática. La situación me parecía graciosa hasta que vi a la pareja del Opel sacarme una foto con el móvil, ¡venga ya! Preferí fingir que no los había visto, demasiado humillante era la situación en sí como para sazonarla más.
No sin mucha complicación, llegamos al Retiro.
―Chiquitina, ¿nos tumbamos allí?
¿Tumbarnos?, ¿allí?, ¿sobre el verde?, verde que te quiero verde. Me bajé de la bici porque tenía que rascarme el cuello, luego detrás de la oreja y otra vez el cuello: psoriasis. Me faltaba un poquito de aire, claro, todo se lo estaban tragando los árboles, ya lo decía mi abuela, que no era bueno dormir con plantas, porque las plantas te chupan el oxígeno, sacan el monóxido y te matan. Así que con el tamaño de aquellos árboles nos quedaban segundos de vida. Me quería ir a mi casa. Casa, casa-sofá, sofá-portátil, portátil-libro, libro-café, café-VIDA. ¡Quiero vivir!
―Dame, loca, deja aquí la bici. ―Cogió mi bici y la dejó sobre la hierba, al lado de la suya. Después se tumbó y, con la mano, me hizo un gesto para que hiciera lo mismo.
Me arrodillé con lentitud junto a él, imaginándome los millones de microorganismos que habría escondidillos entre la hierba. Esas cosillas vivas, de la gama de los animales pero en desagradables. Insectos que todo el mundo dice que no hacen nada, pero yo no estaría tan segura si han sobrevivido durante miles y miles de años durmiendo junto a los árboles, inmunes al monóxido asesino. Son indestructibles. ¡Superhéroes del ecosistema! Yo, por si acaso, no los quiero cerca.
―Buah… qué gozada de día, ¿eh, Elvi?
¿Qué es lo que hago mal una y otra vez? ¿Por qué termino con tíos como éste?: consultor, amante de la naturaleza y adicto al deporte, ¿por qué? ¡Yo lo que necesito es un informático en mi vida! Un friki con camisetas del capitán Spock, que se tire pedos mientras escribe en su blog, que sea alérgico al verde y que, en sus ratos libres, le guste recorrer la casa con la papelera de la sala en la cabeza, diciendo: Yo soy tu padre. ¡Alguien que me deje tranquila los domingos!
―¿Elvi…?
―¿Queeeeé…? ―contesté con la mano tapándome la cara. Me acababa de tumbar y no soportaba el sol.
―Nada.
―¿Qué? ―insistí cabreada.
Él se incorporó, se acercó a mí, me quitó la mano de la cara y…:
―¡¡¡Que me encanta joderte el plan de los domingos!!!
Al final no fue el monóxido lo que me mató, sino la risa.
Vale, Rafa no era un friki, pero estaba igualmente loco y eso me encantaba…

martes, abril 12

Madrid

Schweppes por Miguel Vivo

No entiendo por qué la gente corre escaleras abajo para tomar ese metro, cuando el siguiente llega en tres minutos, ni por qué lo llaman porra en vez de churro gigante. No entiendo que se comercialice con los secretos aunque sea en nombre de la Psicología Humanista. No entiendo que cada día lo pida con leche fría y termine quemándome la lengua. Ni que en abril no sea necesario llevar el paraguas en el bolso por si acaso. Ni por qué en La Blanca Paloma te sacan tantas tapas si sólo quería una cerveza. No entiendo que el mar no llegue hasta aquí. No entiendo que para ser intelectual tenga que llevar gafas de pasta, patillas de velcro y leer a Palahniuk. No entiendo lo que hago aquí, si yo lo que quiero es estar contigo.

domingo, abril 10

El sapo y la mosca


―Hola, buenos días ―dijo el sapo a la mosca.
―Buenos días ―dijo la mosca al sapo―. ¿Me va a comer usted?
―¿Cómo dice?
―Si va a desenroscar su legua para engullirme.
―No, señorita, no era mi intención.
―¿Y cuál es su intención?
―Ninguna en particular. Me gusta pasar el día sentado en mi nenúfar.
―Comprendo…
―¿Qué es lo que comprende?
―Su desidia y frustración.
―No creo entenderla, disfruto de mi vida en la charca.
―Pero si no puede alejarse demasiado del agua, ¡no puede volar!
―Querida, créame, no deseo volar. ¿Convertirme en alguien como usted?, ¿para qué?, ¿para rondar la mierda?
―No, para descomponerla.
―Ahora sí creo entenderla. Acérquese, querida.
La mosca se acercó y el sapo se la comió.