viernes, agosto 19

Fashion intelecto

Mujer con sombrero azul de Pablo Picasso

Estábamos en mi diminuto apartamento de París. Lys se atusaba el pelo inclinada hacia adelante, mientras yo preparaba la cámara de fotos.


Nos conocimos en el curso monográfico sobre André Suarés, que impartía ese verano la Sorbona. Un día, antes de empezar la clase, estaba sentada sobre mi burbuja autista fingiendo que leía, no fuera a ser que se me acercara alguien con ganas de hablar. Pero no tuve suerte y así fue, Lys se acercó a mí y se presentó.

—¿Lys? ¿L-Y-S? ¿Cómo las siglas del aeropuerto de Lyon?

Y ahí estaba yo y mi gran simpatía. Por suerte, a Lys le dio por reírse.

Era belga, pero vivía en Ámsterdam. De 29 años, casi un metro setenta y apenas 50 kilos. Sin tetas ni culo. Tenía las manos huesudas y llenas de anillos. Caminaba arrastrando los pies en chanclas. Casi siempre llevaba pantalones largos de cadera baja, con dos o tres camisetas de tirantes superpuestas. Y su larga melena, de un espantoso negro teñido, subrayaba el verde claro de sus ojos.

Después de la clase, me invitó a un café en la calle Soufflot. Me habló de ella sin parar, no es que me aburriera, pero creo que si los cafés fueran por escrito, mi vida social tendría más éxito. Era violonchelista en la Orquesta Real del Concertgebouw. Me costaba imaginar cómo, aquel frágil ser, podría abrirse de piernas ante tamaña bestia. También me habló de unos poemas, no la entendí muy bien, porque, en ese punto de la conversación, su lenguaje cobró un giro demasiado místico para mi vocabulario francés. El ritual del café y del ego-místico se repitió durante tres días, hasta que al cuarto me pidió subir a mi casa, explicándome, con palabras terrenales, que la necesitaba como escenario, porque estaba escribiendo un “foto-poemario”. Bien. Atenta la escuché. Me contó algo muy largo que se resume en: foto, poema, foto, poema, foto, poema, y así sucesivamente. Y se ve que mi casa era lo bastante cutre como para darle ese toque kitsch.


Con la cámara ya preparada, la esperé a que se volviera a atusar el pelo.

—¿Preparada? —me preguntó. Asentí con la cabeza—. Bien, pues colócate aquí. Eso es. Y creo que la sacarás mejor de rodillas.

—¿De rodillas?

—Sí, claro, quiero que me la tomes desde abajo. Yo estaré encima del sofá, ¿comprendes?

Perfectamente. Lys, se descalzó y se subió al sofá. Cerró los ojos unos instantes, como si se concentrara en algo. Después los abrió como platos, se mordió los carrillos por dentro, y alzó los brazos en alto con las manos en forma de garras. Muy Dalí, sí, señor, muy Dalí. Pensé en mi madre para poder mantener el semblante serio. Me pidió que sacara tres, y se las saqué, sin mediar palabra.

Al bajarse, se quitó los pantalones y una de sus camisetas. Se arrimó a la pared junto a la puerta. Había una enorme mancha de humedad amarillenta. Lys se echó el pelo hacia adelante, y se apoyó sobre la mancha, con los hombros caídos y la mirada baja. Yo me pregunto qué tipo de oda le hará a las filtraciones de agua.


Bueno, no voy a criticar su estética, porque fui YO la que se cortó el pelo a lo Amelie Poulain nada más llegar a París. Un cambio de look, sí, un cambio de look, me dije, una mirada más intelectual. Y… ¡Mujeres del mundo!, ¡que no os engañen! ¡Semejante corte de pelo, sólo le sienta bien a Audrey Tautou! Así que con las excusa de mi nueva imagen de huerfanita desamparada, me fui a comprar un sombrero de paja gambler. Siempre quise llevar uno, ¡pero si tienes la cabeza minúscula!, me decía mi madre. Ya, pero yo quiero uno blanco con cinta negra alrededor. Y lo encontré, y lo compré, y me lo coloqué. Paseaba por la ribera del Sena pensando únicamente: ¡Dios mío, llevo un sombrero en la cabeza!
Pero un tropezón, en ese puñetero paseo empedrado, lanzó mi sombrero al agua. ¡Ayuda, ayuda! ¡Mi intelectualidad se ahoga!
—¿Es tuyo? —me preguntó un chico, al ver cómo lo miraba desde el paseo.

—¿Qué?

—¿El sombrero, es tuyo?

—¿Eh…? —Me fijé en él, parecía un chico tan normal que me dio mucha vergüenza ser tan rara—. No, no…, no, ya estaba aquí cuando llegué.

Y cuando el chico se alejó, lancé un beso al piquito de paja gambler que todavía quedaba a flote.


—Y ahora una en la ducha.

¿En la ducha?, qué asco, espero que se ponga los pantalones, porque yo, por si las moscas, me ducho siempre con chancletas. Pero no. Lys no sólo no se puso sus pantalones, sino, que además, se quitó la camiseta. Así que en bragas, se metió a la roñosa ducha. Se sentó, en una esquina, con las piernas flexionadas sobre el pecho. Se colocó todo el pelo sobre la cara, después dejó los brazos caídos con las palmas de las manos hacia arriba. ¡Madre mía!, parecía la niña de The Ring, ahora tenía miedo de que se colara por el desagüe y mañana, en el desayuno, viera asomar su cabeza por el retrete, ¡por favor!

Le tomé unas cuantas fotos más. Después, ella misma se auto sacaba primeros planos, con mirada felina. Al terminar, me pidió que nos sacáramos una juntas. Dijo que quería hacerme un pequeño homenaje en su libro. ¡Claro! Me moría de ganas por aparecer en un foto-poemario kitsch. Me aconsejó que me mojara un poco el pelo, y me lo tirara hacia atrás.

—¿Preparada? —dijo sosteniendo ella misma la cámara, con su, ya más que estudiada, mirada provocativa.

—¡Sí! —contesté con una enorme sonrisa.

Con la sesión finalizada, Lys descargó todas las fotos en mi portátil. Las íbamos viendo con los comentarios orgullosos de la modelo, hasta que llegamos a la última, la nuestra.

—Mmm…, Elvira, ésta creo que no la voy a poner.

—¿No? —¡Ey, qué pasa!, ¡salía muy bien!

—No, por tu sonrisa… —¿Qué le pasaba a mi sonrisa?—. No te enfades, ¿vale?, pero no sé, es demasiado normal, muy natural.

Ocultando una media sonrisa, me eché hacia atrás hasta reposar la cabeza en el sofá. Luego la miré y dije:

—¿Sabes, Lys?, creo que mañana voy a ir a comprarme un sombrero de paja gambler.

lunes, agosto 15

París

Nota: El blog se reabre antes de lo esperado. Echaba de menos mi vida semificticia, me divierte mucho más que la real. Disfrutad de la siguiente anécdota.

Gárgola, París por Emiliano Rodríguez

La ventana abierta. Qué bonito. Veo la Sorbona. ¿Y eso? Oh, es Notre-Dame anunciando las 11 de la mañana. Qué bonito. Creo que me estoy cagando.
Un domingo de agosto, París, apartamento de 14 m2, en el Barrio Latino. Por la noche el sofá-cama bloquea la puerta del baño, así que sólo puedo mear durante el día. Qué bohemio.
Necesito un café. Un café y cerrar la ventana.

Justificar mi estancia en París es complicado. Digamos que el odio me trajo hasta aquí. Un profesor de Creación Literaria, con camisa hawaiana, me confirmaba en Madrid, a finales de junio, que había suspendido el máster, no estás preparada, me dijo. No sabes introducir los diálogos ni distinguir la trama del argumento. Tenía dos opciones: conseguir un Ruger Alaskan y volarle los sesos al tipo que le había vendido semejante camisa o encontrar, en alguna parte del mundo, a una persona que me instruyera con mayor masa cerebral. Et voilà!, seis horas diarias de clase en la Sorbona, durante mes y medio, es el resultado de mi opción b.

Aterrizar en París supondría una terapia de choque en su estado puro, y mi psicoanalista de vacaciones. Recordar a mi ex francés de hace cuatro años, el fondue de chocolat de los sábados por la mañana, las cervecitas en Marais, los paseos en vélo, los apéritifs super sympa en el canal de Saint Martin, la música de… ¡¡¿Es que los psicólogos no temen que sus pacientes se tiren por la ventana en agosto?!! Hombre…, yo por la ventana no, pero quizá al Sena sí. Es más romántico, colorea un titular: “Joven escritora se tira al Sena desde el puente del Alma, atormentada por sus recuerdos, mientras su psicólogo, despreocupado, pescaba truchas en lo alto del Miño”.
La cuestión es que no había ideado una opción c, siempre se me olvida diseñar las salidas de emergencia. Así que, sin más alternativa, monté en ese avión de Air France.

Disgustada, bebo mi primer trago de café del día. Siento dilatarse los vasos sanguíneos de mi cerebro, sonrío, cierro los ojos e inspiro con los labios apretados. Un segundo sorbo y la vida es maravillosa. Con el tercero llega el orgasmo. Me dejo caer en el sofá y escucho a Alex Gopher atrapado en mi portátil. Notre-Dame anuncia las 12. Dejo la ventana abierta, porque sí, me gusta ver la Sorbona desde aquí, desde mi sofá. Y reconozco que desde esta posición, desde el epicentro de mi microcosmos, admiro un París transformado, diferente al de hace 4 años, un París no compartido, sólo mío, un París por descubrir, del que pienso enamorarme y dejar que saque lo mejor de mí, con absoluto delirio para que...
¡Un momento! Miro mi taza y me río, ¿por qué nadie me había hablado nunca de las propiedades psicotrópicas del café francés…?

domingo, julio 10

Despedida temporal


Locos todos,  me tomo unas vacaciones blogueras de, al menos, un par de meses.

Los que me conocéis sabéis que ha sido un año un poco complicado.
La pérdida de alguien a quien quería con locura, me ha dejado un tanto desorientada.

Así que daré un tiempo sabático a mi portátil, que se lo tiene merecido. Lleva tres años sin parar, convirtiendo la realidad en ficción y, por eso mismo, creo que ha llegado el momento de vivir la realidad tal y como es, sin el filtro creativo, sin trampas...

Gracias a todos por seguir el blog y por el buen recibimiento que ha tenido mi primera novela.

Este verano, disfrutad, como verdaderos locos, de la música, del cine y de los libros, en la playa o en la montaña, yo, como os imaginaréis, lo haré en el asfalto ;-D

Nos vemos en octubre, besos a montones... 

Os dejo con el maestro Sabina:

miércoles, julio 6

Oasis en la playa

Aparición de un rostro y un frutero sobre la playa por Salvador Dalí

Mes de julio. En la playa. Mar Cantábrico. En uno de los pueblitos de la costa vizcaína, Marieta está sentada con las piernas flexionadas, sobre un pareo hippie con flecos en tonos azules, comprado en Tarifa. Cuerpo de gimnasio con un moreno perfecto, un tono dorado logradísimo. Biquini de triangulo. Melena suelta, desfilada por delante y acabada en uve a media espalda. Gafas Carrera. La Cosmopolitan sobre sus piernas y el iPhone en su mano derecha.
Yo, a su lado, sentada a lo indio sobre una toalla de rizo algodón, que me trajo mi madre de Portugal. Con un gigantesco bolsillo en la parte de abajo. Muy práctico, así te ahorras el capazo, dijo mi madre mientras ofrecía un albornoz a mi abuela. Piel amarilla embadurnada en crema, me doy tanta que hasta se me hacen pelotillas en la cara, lo hago para evitar la mancha solar sobre el labio. Vale…, no es mancha, es bigote cantinflero, pero me gusta pensar que es mancha al igual que creo que la menstruación me hincha, que el chocolate me saca granos y que los hombres no saben valorar la belleza interior, sí, leyendas urbanas que agradezco enormemente. Sigamos. Biquini de aro y de braga ancha. Camiseta en la cabeza. Y peleándome con las descomunales hojas del periódico, vamos, como para tener un móvil en la mano.

―Marieta, estoy agotada… agotada de verdad ―le digo mientras doblo el periódico rompiendo la mitad de las páginas―. Necesito un tío que me quiera tanto que se responsabilice de mí por completo, que no me pida nada a cambio, que me permita descansar un poco mientras arreglo mi vida, que me haga reír, que me sorprenda cada día, que al follarme me deje inconsciente, que me…
―Ya, pues ponte a la cola, mona… ―dice sin levantar la vista de la Cosmopolitan.
La miro sin añadir nada más.
Me quito la camiseta de la cabeza, me tumbo y me la coloco sobre la cara. Extiendo los brazos en cruz hasta tocar la arena con las manos. Hundo los dedos en ella, es suave, con alguna piedrilla. Cojo un puñado en cada mano y la dejo caer de nuevo, abriendo un pequeño orificio entre la palma y el dedo meñique. Se escurre como en un reloj de arena. Se acabó el tiempo. Cojo otro puñado, nuevamente la dejo caer y el tiempo se vuelve a terminar. Qué fácil. Qué fácil resultaría así, teniendo el control de las cosas.
Pienso en mi padre y quiero que se desintegre. No deseo su muerte ni nada por el estilo, solamente que se convierta en arenilla y deje de existir. ¿Y tu padre? No sé, un día se desintegró y no lo hemos vuelto a ver, ¿y el tuyo? El mío se acaba de jubilar. Vaya, lo siento, espero que se desintegre pronto.
Pienso en mi madre y quiero que se case con un millonario austriaco, que se la lleve a Viena a ver conciertos y que, cada vez que hablemos por teléfono, falle la cobertura.
Pienso en Rafa, en su moto, en su Ford Fiesta tres puertas, en su consultoría, en sus DVDs del viernes por la noche, en su bici y en su Parque del Retiro, y la que se desintegra soy yo.
Pienso en mi profesor de Creación Literaria escribiendo una novela, no, no, no, eso es imposible, seamos un poco realistas, bueno, pues desintegrado, igual que mi padre.
Pienso en mi psicoanalista confesándome su pasión por la Pantoja y que deja la consulta para dedicarse, por completo, al transformismo en locales de Chueca.
Y pienso en mí, sentada en el escritorio de mi buhardilla madrileña, esperando a cumplir los 40 años para recibir a la muerte.

Riiiiiing.
Me levanto del escritorio, me acerco a la puerta y pregunto sin abrir.
―¿Quién es?
―La muerte ―me contesta una voz femenina al otro lado.
Abro la puerta y veo una sonriente mujer de mediana edad. Lleva una ceñida falda negra por debajo de la rodilla, una blusa de seda granate con una enorme lazada anudada al cuello, y unos Louboutin Peep Toe negros con tachuelas.
―¿Elvira Rebollo? ―pregunta.
―Sí ―respondo.
―Bueno, cariño, déjame comprobar unas cosillas, puro trámite, ya sabes ―dice sacando unos papeles de su Hermes―. Vamos a ver, Elvira Rebollo, aquí estás… ¿escritora frustrada?
―Sí ―respondo.
―Perfecto ―Y marca algo en una de las hojas―. ¿Hija frustrada? ―Asiento con la cabeza―. ¿Novia frustrada? ―Vuelvo a asentir―. ¿Estudiante frustrada? ―Frunzo el ceño―. Sí, suena raro, ¿verdad, preciosa?, pues déjame ver en observaciones… Vale, aquí dice que te has pasado la vida buscando, sin éxito, un mentor que te guíe en tus proyectos creativos.
―Sí, bueno, tuve un profesor de Creación Literaria pero me odiaba…
―Lo sé, cariño, aparece aquí. Murió hace dos años ―Abro los ojos sorprendida―. Bueno, se ha certificado su muerte, pero ninguno de mis compañeros pudo ir a buscarlo, se ve que se desintegró.
Me muerdo los labios, aquello hace que chirríe mi sentimiento de culpa.
―Bla, bla, bla, parece que todo encaja, ¿no? Ah, se me olvidaba, ¿paciente frustrada?, de psicoanálisis, según esto. ―Y con los ojos cerrados asiento por última vez―. Bien, pues eres tú sin lugar a dudas. Entonces, si no te importa, colócate como estabas ―dice empujándome hacia dentro de mi casa―, sentada en el escritorio, eso es, con la cabeza… vamos a ver… no, así, eso es, cariño, sobre el teclado, ojos abiertos, perfecto. ¡No te muevas, por favor! Debo tomarte una foto para el informe, eso es, perfecto, cariño, sin moverte… ―Oigo un click y veo el flash de refilón―. ¡Maravillosa, cielo!, ¿la quieres ver? ―me pregunta mientras agita al aire la foto de su Polaroid. Me acerco a ella―. ¡Mira! Retrata perfectamente una muerte por agotamiento anímico.

―¡Elviraaaaa! ―Marieta me zarandea―. ¡Joder!, estás como una tapia.
―Estaba hablando con mi muerte… ―digo sentándome sobre la toalla mientras me coloco, otra vez, la camiseta en la cabeza.
―Ah, perdona, entonces estás como una cabra. Bueno, ¡mira, mira, mira!
Me acerco a lo que me señala sobre la revista y leo:
Transforma el orgasmo de tu chico de 5 a 30 segundos
―¡Ay, idiota! Eso no, ¡esto!
Horóscopo del amor para este verano
―¿Y qué dice?, ¿eh? ¿Qué te dice? ―Levanto los hombros― Dice, te leo, ¿vale?, te leo: No persigas el amor, sino déjate sorprender por él, quizá en un viaje organizado, en un museo o paseando por el parque
―¡¿Por el parqueeeee?!
―¡Calla! …por el parque, en cualquier lugar puedes encontrar a ese alguien que te ofrecerá el apoyo que tanto anhelas
―Hala, qué fuerte… ―digo llevándome las manos al pecho.
―…pero tu corazón está blindado. Los desengaños anteriores te han dejado resquemor y preferirás ligar, sacando tu lado más cínico, aunque, en el mes de agosto, lo que empezó siendo un tonteo terminará en boda
―¡Que me caso! ¡Que me caso con un tío del parque!
Me pongo de pie y empiezo a recoger todas mis cosas y a meterlas en el bolsillo gigantesco de la toalla.
―¿Pero a dónde vas, zumbada?
―A comprarme un billete de avión.
―¡¡¿A dónde?!!
―A la ciudad de donde vienen los niños y… ¡los maridos! ¡París!
―¡Espera!, ¡voy contigo! ―Marieta se levanta y atolondrada mete todas sus cosas en el capazo. Cuando me alcanza me mira, y seria me dice―: Elvi, sólo una cosa, cuando lleguemos a los Campos Elíseos, por favor, quítate esa camiseta de la cabeza…

jueves, junio 30

Malogro

Expectaive por Christine Malaurie

Alfonso sacó la lengua y, con la punta, chupó el pegamento del sobre. Lo cerró, lo apretó con los dedos una y otra vez, y se levantó de la mesa de la salita. Salió. Encendió la luz del pasillo, y sujetando el sobre con ambas manos, recorrió los pocos metros hasta la entrada. Allí lo dejó encima del escaño junto a las llaves de su mujer, las suyas estaban colgando de la cerradura de la puerta. Lo alisó dos veces, apartó un pelo largo y negro, y lo volvió a alisar. Tomó aire y regresó a la salita.
―No has tomado postre. Las picotas están buenas, buenas de verdad ―dijo su mujer sin apartar la vista de la tele.
―No, no quiero nada. Escúchame, mañana que no se te olvide echar el sobre.
―¿Comes en el taller? ¿Te preparo un túper?, han sobrado patatas en salsa verde, lo que te puedo hacer es un huevo escalfado y te lo pongo así por encima, ¿eh?
―El sobre, coño, que seguro que se te olvida.

Alba entró en la redacción de la revista, con el bolso colgado del antebrazo, zarandeando las llaves del coche en la mano. Saludó a todos sus compañeros y después se desplomó en su silla resoplando. Se miró las manos y se preguntó si tener las uñas carcomidas de aquella manera, era normal a sus casi 30 años.
―Alba, tienes al jefe contento, madre mía, de buena te has librado esta mañana. ―Alba se rascó detrás de la oreja y luego la rodilla―. Editaste la foto de la 44 en la 17. Últimamente estás en Babia, nena. Anda, vete, que te está esperando ―dijo señalando la sección de infografía―. ¡Ah, oye!, cuando salgas avísame, que nos tomamos unas cañitas, ¿vale? Que acaban de inaugurar el mercado de Chueca y me ha dicho Fede que, en la segunda planta, hay un puesto de canapés de cagarse.

―No te pongas así, mujer, que no es para tanto. Ya sabes cómo se pone con estas cosas, no le entres al trapo. Es el jefe, y el pulso que quieras mantener con él, lo tines perdido incluso antes de empezarlo. Tú dile a todo que sí y punto, ¡Alba, y punto pelota!
Alba la escuchaba mordisqueando el canapé de foie con salsa de oporto, no le terminaba de convencer aquel sabor.
―¡Ay, calla, calla! Que se me olvidaba ―Del bolso sacó dos libros y los dejó al lado de Alba―. Me los tienes que firmar, ¿vale? Uno es para mi sobrina, que está como loca contigo, dice que se parte de risa al leerte, y el otro es para Adelina, que a la pobre se lo regalo yo, pero oye fírmaselo igual, ¿eh?

Mario se sirvió un güisqui seco. Pegó un sorbo y después se apoyó en el escritorio de su despacho.
―Estoy hasta los cojones de esos concursos ―dijo.
―A ver, Mario, a ver si lo entiendes. Necesitamos tu nombre, sólo tu nombre, ¿vale? Ya te he explicado que los relatos los leerán otros, tenemos remesa nueva de escritores en la editorial, ellos se encargarán, pero, vamos, Mario, eres uno de los autores más consagrados de este país, necesitamos tu nombre en el jurado.
―Hasta los cojones, joder… de tanta mierda y tanto pringado mal leído de su puta ma… pff…
―Mario, las cosas están así: hace tres años que no escribes nada, bien, lo estamos respetando porque sabemos lo que vales y te queremos con nosotros, pero tiene que entrar dinero de alguna manera. Que aparezca el nombre de Mario Lopetegui como jurado en este certamen, va a poder proporcionarnos buenos patrocinadores, ¿lo entiendes o no? ¿Mario?, ¿me estás oyendo?
―Los críos ya ni me llaman. La culpa de todo la tiene su madre, chalada de mis cojones…
―Mario…
―Bueno, la cría sí, me llamó hace mes y medio para pedirme dinero porque resulta que ahora quiere hacer un máster en la universidad de St. Andrews, pff… hay que joderse… Eso también es cosa de su madre, que la quiere encasquetar con el menor de los principitos. ―Pegó otro trago―. Bueno, entonces quedamos en que yo no voy a tener que leer esa mierda, ¿no?

―Alfonso, oye, ¿cuándo te contestan?
―Eso lleva su tiempo, mujer. Tienen que mirarlo bien y luego tomar una decisión. Es gente importante, ésta es gente importante.
―Pues a ver, hijo, a ver si tienes suerte. Ya se lo voy a pedir yo a nuestra Señora de los Ángeles, que nuestra patrona nunca nos da de lado.
―Chorradas, bobadas de las tuyas ―dijo manoteando el aire. Luego la vio sentarse en el sofá, frente a la tele, con un libro en la mano―. ¿Qué es eso?
―¿Esto? Me lo regaló Cristina, hará cosa de un mes. He tenido una suerte de caer en esa casa, madre de Dios, con lo que hay por ahí. Pero mira, Cristina siempre con detalles, qué mujer, qué mujer, que está a todo, no para, es que no para, con su revista, los niños, estar al tanto de Fede, madre de Dios…
―¡Pero si no has leído en tu vida!
―Pues por eso, Cristina me anima, me ha dicho que es facilito de leer y además, mira, mira ―La mujer pasó las dos primeras páginas en blanco y, abriendo la tercera de par en par, se lo enseñó a su marido―, ¿lo ves?, ¿eh?, ¿lo ves?, ¡está dedicado!
―¡Bobadas!
―Pues no será tan bobada cuando me lo ha regalado Cristina, que la señora sabe mucho. ―Cerró el libro, lo dejó a su lado y encendió el televisor―. Alfonso, oye, igual Cristina te puede ayudar con lo tuyo, ¿no?, igual si le pido que hable con su amiga la escritora, pues…
―¡Adelina! Que te digo que esta gente es importante, gente importante de verdad, gente de lo alto, ¿me entiendes? No gentucilla que firma sus libros a fregonas, ¡que a veces pareces tonta, coño!

Eran las 10.20 de la noche, y Alba intentaba con el codo cerrar la puerta de su coche, aparcado frente a su casa. No lo logró, pero con el culo sí. Iba cargada con unos doscientos portafolios amarillos con, aproximadamente, veinte hojas mecanografiadas dentro de cada uno. Caminaba despacio, con cuidado de no caerse, porque sabía que si perdía o desordenaba alguna de aquella carpetilla, la editorial la iba a matar.

Mario abrió la nevera de su casa. Un tomate, margarina, medio limón, dos huevos y dieciocho botellines de Voll-Damm. La volvió a cerrar, se frotó la cara y soltó un rajado alarido.

―Toño, Toñito, oye, ponme con Alfonso, anda, hijo… pero oye, ¿qué tal tu madre? … ¿sí? …. cuídala, ¿eh?, que no sabes lo que tienes, y tú sigue así, que ya me dice Alfonso que lo das todo en el taller, ¡qué ángel!… eso, eso… tú no te preocupes… claro, tranquilo, eso… di que sí… oye, hijo, anda, ponme con Alfonso… sí, sí, adiós, cariño, adiós, hijo. ¿Alfonso?… ¡Que tienes carta!… pues carta… ay, no sé, de la gente importante… ¿sí?… bien, bien, pues no te la abro... que no, que no, que no te la toco… sí, sí… pues te caliento la comida para las tres, eso… bueno, hala… sí, hala.

―Lo siento, Mario, lo hemos establecido así: Alba Campos dará el diploma a las menciones especiales, Daniel Ojeda otorgará el premio al finalista, y tú se lo darás al ganador.
―¡No puedes poner a esa puta niña a mi misma altura o a la de Ojeda!, ¡es humillante! ¡No es nadie! ¡Acaba de publicar una basura de folletín contando cómo se folla a sus novios!
―¡Me sopla la polla si Alba Campos escribe bien o mal! Su novela lleva sólo seis meses en la calle y ya estamos preparando la segunda edición y la versión e-book, sin gastar un duro en marketing, ¿sabes lo que cuesta dar con un escritor así?, ¡¿lo sabes?! ¡Esto es una empresa!, ¡no vivimos de la caridad! ¡Ponte a escribir, Mario, joder!, ¡ponte a escribir!, bufff… haz tu trabajo, joder…

―Disculpe, señorita, es que mi marido, que es escritor, viene a recoger un premio y no sabemos dónde colocarnos, porque nos dicen delante, detrás, y…
―No se preocupe, dígame su nombre.
―Adelina Sastre.
―No, mujer, el mío será, que yo soy el escritor.
―No importa, pues dígame el suyo.
―Alfonso Ruíz Pérez.
―Bueno, efectivamente, usted está entre los cien finalistas, así que si son tan amables, tomen asiento a partir de la fila 20, por favor.

―¿Nerviosa? ―preguntó Mario a Alba ofreciéndole una copa de vino. Ésta negó con la cabeza mientras cogía la copa―. Normalmente, estos actos no duran mucho, en una horita estará ventilado. ―Alba sonrió y se rascó detrás de la oreja―. Esto… te quería comentar que, bueno, imagino que estarás preocupada, ¿no?
―¿Por? ―preguntó sorprendida.
―Empiezan a salir ahora las críticas a tu novela y no están siendo buenas. ―Alba se mordisqueaba el labio inferior por dentro de la boca―. Hombre, pero eso ya lo sabrías tú, ¿no?, que es una novelita muy pobre. ―Se hincó los dientes con tanta fuerza, que empezó a sentir ese familiar sabor a hierro. Dándose cuenta se llevó la mano a la boca para disimularlo―. El problema de esto es la falsa buena acogida que tiene este tipo de novelas, que, lógicamente, luego cuando llega el fracaso es difícil de digerir. ―Se estaba haciendo trizas el labio y ahora le empezaban a picar las muñecas―. Yo, Alba, te lo digo, porque sé que se pasa mal. Llevo muchos años en este mundo y he visto de todo. Por eso que, quizá, mi consejo a los escritores nóveles es decirles que cuiden al máximo la calidad de la primera novela. Porque luego pasa lo que pasa, ya sabes, ¿no? ―Alba se quitó la mano de la boca y se rascó la muñeca con la que sostenía la copa de vino. Le llegaba esa sensación de falta de aire―. Que las editoriales no vuelven a contar contigo, porque aquí todo el mundo se conoce y los editores hablan entre ellos y, bueno, que te encuentras con todas las puertas cerradas, así, por la tontería de un vergonzoso primer tropezón.

A las 8 de la tarde, la ceremonia de entrega de premios “Pluma Platino” dio comienzo, teniendo que disculpar la ausencia de Alba Campos por encontrarse indispuesta.
El discurso de Lopetegui, alabando la calidad de los relatos presentados y defendiendo de manera encarecida la literatura con mayúsculas, fue aplaudido fervientemente.
Dos horas más tarde, todos los asistentes ya habían llegado a sus casas.

En Getafe, Adelina consolaba a Alfonso que lloraba ante el televisor de la salita. En el baño de un estudio de La Latina, Alba se frotaba con alcohol los brazos para desinfectar las heridas de sus propios mordiscos. Y en el barrio de Salamanca, en un piso de más de 200 m, Mario empujó, con ambos pies, la silla que lo sostenía.

lunes, junio 27

Saliendo del corral

Gallos y gallinas por Rafael Jiménez Ambel


―Elvi, deja eso, vamos… ―me pidió Rafa sin apartar la vista de la carretera.
―Sí, sí, espera,termino con esto y ya lo dejo.
Íbamos en su coche, un pequeño Ford Fiesta, a la Sierra a pasar todo el fin de semana, para celebrar no sé qué de unos amigos. Él conducía y yo, desde el asiento del copiloto, terminaba de redactar el proyecto final de máster en mi mini portátil, el jueves tenía la defensa.
―Elvi…
―¡Ay, que sí! ―Cabreada suspiré y, mirando al frente, añadí con desgana―: Bufff, me van a tirar, con lo que me odian mis profesores, no me van a dar el título, ¿qué te apuestas…?
Rafa se rió, me acarició el muslo y, después de decirme lo guapa y lo grande que tenía las tetas, me aseguró que nadie escribía mejor que yo, ni esos profesores tan gallitos. He de confesar que, vanidosamente, me encantaban las mentiras de un hombre enamorado.
―Bueno, y ¿Carlos y Regina qué celebran?
―Cómo que qué celebran, loca, ¡que se casan!
―¡¿Se casan?!, ¿y por qué se casan?, ¿y por qué lo celebran?
―Pues porque ninguno de los dos ha estudiado un máster que le amargue la existencia y por ello, señorita Rebollo, deciden hacer cosas bonitas en esta vida.
―¡¿Casarse es bonito?! ―pregunté exaltada mientras cerraba el portátil de golpe―. ¿Desde cuándo casarse es bonito? Pero si se van a separar, pfff, todo el mundo se separa…
Rafa resopló. Poco después aparcó el coche. Esperábamos a Rober y Amaya, amigos suyos con los que había coincidido un par de veces, majos, sin más, majos.
―Dios mío, ¿eso es un perro? ―pregunté viéndolos llegar con una cosa blanca de cuatro patas―. ¿Y va a venir con nosotros en el cocheeee?
Después de saludarnos, Rafa propuso que Rober pasara delante. Así que Amaya, la cosa y yo íbamos sentadas detrás.
―¿Muerde?
―Oh, no, tranquila ―me contestó Amaya―. Los Dogos Argentinos son muy tranquilos, aunque tienen fama de atacar a los niños pero…
―¿A niños?, ¿cómo que a niños? ¡Madre mía!, espero que entienda de edades, porque si es por cuestión de tamaño menudo viaje me espera…
Todos se rieron, yo tragué saliva.
Volvimos a parar. Esperábamos a Germán.
―Dios mío, ¿eso es un caballo? ―pregunté viéndolo llegar con una bestia negra.
Me aclararon que era un Gran Danés y que todo lo que tenía de grande, lo tenía de tonto. Genial. No es que yo odiara a los animales, no es así. Es sólo que los gatos me dan grima, los peces huelen mal, los pájaros me irritan y los perros me agotan, excepto el Bulldog Inglés, que sólo ronca, se tira pedos y si le animas a dar un paseo, te hace un corte de mangas. Lo adoro. Perfecta convivencia.
Volvamos al coche. Delante: Rafa y Rober. Detrás: Amaya, Germán, la cosa, la bestia y yo. Recordemos que: Ford Fiesta, tres puertas, a la Sierra, 33º, ay… benditos fines de semana veraniegos.
Llagamos al destino y al abrir las puertas fue como un avión en descompresión, ¡todos fuera!
Me estaba limpiando las babas perrunas con un kleenex frente al chalet, cuando los gritos me acojonaron.
―¡Aaaaaaaaayyyy!! ¡¡No me lo creo!! ―Regina venía corriendo excitadísima hacia nosotros―. ¡¿Ya habéis llegado?! ―¿Pues no lo ves, hija mía?
Besuqueó a todos reventándoles el tímpano y, cuando llegó a mí, me agarró del antebrazo, volvió a gritar como una energúmena y empezó a dar saltitos. ¡Por favor!, pero si a esa tía sólo la había visto una vez en mi vida, ¿tanto podía trastornar casarse? No sabía qué hacer, así que yo también empecé a dar saltitos con cara de circunstancia.
―¡Qué fuerte, que ha venido la escritoraaaaaa! ¡Aaaaaaaay!
―¡Siiiiiií! ―decía yo absolutamente abducida por la vorágine hormonal.
―¡Me encanta tu libro, tía!, ¡me encanta, me encanta, me encanta! Bueno ―paró de saltar y tomó un tono más confidencial―, no me lo he leído todavía, ¡¡pero la portada es guay, tía!! ¡Aaaaaaay, qué fuerte que ha venido el arquitecto! ―Menos mal que había profesiones para todos y, por lo tanto, los gritos iban a estar bien repartidos. La vimos correr sin parar de gritar hacia un impresionante Nissan Qashqai que estaba aparcando, pobre arquitecto.
Entramos en la casa para dejar las cosas. El chalet era de piedra, de dos plantas. En la entrada, un bonito porche y en la parte de atrás mucho verde, pero con una enorme piscina que hacía no arrepentirme de haber ido.

A eso de media tarde ya estábamos todos. Seríamos unos veinte adultos, tres niños, cuatro bebés, siete perros, dos gatos y una tortuga, de las que huelen mal, como los peces.
Los hombres con la barbacoa, las mujeres con los bebés criticando a los hombres, y yo en la piscina con los niños, imitando primero a un hipopótamo y después al tiburón asesino. Rafa se reía desde fuera, le había asegurado, en más de una ocasión, lo mucho que odiaba a los niños, pero estaba claro que no siempre le decía la verdad. Me llamó al bordillo. Me acerqué y me ofreció un trago de su cerveza, después me chantajeó con un beso, se lo di y a cambio me dio dos donuts de azúcar. ¡Mmmm, donuts! Entusiasmada volví al centro de la piscina mordisqueando uno, mientras que el otro lo mantenía en lo alto de mi brazo levantado.
―¡Mis queridas pirañas, mirad lo que tengo! ―grité a los niños―. ¡El primero que me cace, se lo come!
Los niños se volvieron como locos. Era más el chapoteo que lo que nadaban. Con tanto flotador y manguito era tarea difícil, la verdad.
―¡Elvira! ¡Elvira!, ¡pero Elvira, estás loca!
Me giré y vi a Ana (o Adriana, no me acuerdo de cómo se llamaba ésa), al borde de la piscina con su bebé en brazos señalándome a los niños. Asustada los miré a ellos creyendo que alguno se me estaría ahogando.
―Elvira, por favor, ni se te ocurra darle azúcar a Alejandro y mucho menos bollería industrial, ¡estamos locos, o qué! ―Y, con cara de no haber follado en años, se volvió con el resto de las mujeres.
¡Pero será verde y asquerosa la tía! ¡Amargada naturista! ¡Pues ojalá que Alejandro se convierta en un importantísimo ingeniero director de una central nuclear, y que tú vivas para verlo! ¡Naturista! ¡So naturista!
―¡Mi madre me untaba el chupete en azúcar y no he salido tan mal!
Vale, nadie pudo apoyar mi afirmación.
Miré a Rafa y éste me hizo un gesto de calma con las manos.

Para la hora de la cena, todos estábamos un poco más relajados. Con toda la prole infantil en la cama, los mayores nos dedicamos a brindar una y otra vez por el futuro matrimonio. Regina se levantó y pidió un poquito de silencio porque quería hablar:
―Lo primero de todo, deciros que nos vemos el 15 de octubre, en nuestro gran día y que gracias por venir y estar con nosotros, hoy aquí, celebrando esta decisión tan importante que… ―carraspeó nerviosa y continuó―, que ha hecho que tenga que vaciar mi cuerpo entero para que todo tu amor, Carlos, pueda entrar en él y sea el único motor de mi vida.
Madre de Dios, virgen, virgen, virgen con todo su santo séquito, viva los osos amorosos y Fresita, viva el horterismo como nueva corriente literaria, joder…
Rafa me miró, yo lo miré mordiéndome los labios, me apretó la mano, pero aun así me tuve que tapar la cara con la servilleta para que no se me viera reírme.
Carlos no se quedó atrás, habló de las mariposas en el estómago y de las hormiguitas en la espalda. Petrificados todos quedamos ante semejantes imágenes, absolutamente innovadoras.
―Viva el amor… ―rumié con inmensa pereza al oído de Rafa.

A las tres de la mañana, sólo quedábamos en el jardín: Germán, Rafa, yo y mi portátil. Mientras ellos recordaban aquello y aquello otro de hace no sé cuánto tiempo, yo corregía lo último escrito de mi proyecto.
―Oye, tía, ¿y de qué va eso? ―me preguntó Germán interrumpiendo a Rafa que hablaba en ese momento.
―¿Esto? ―dije señalando mi ordenador―. Es la tesis de fin de máster.
―Ya, lo sé, por eso te pregunto ¿de qué va? ―Germán era un tío peculiar, tenía 36 años, dentista, nunca se le conoció pareja, feliz con su bestia negra desde hacía años. Tan inocente como impulsivo, un tipo tranquilo, de conversación fácil, además de agradable.
―De la frustración ―dije.
―¿De la frustración? ―repitió Rafa un tanto sorprendido, porque hasta entonces no se había percatado de que él tampoco lo sabía.
―¡Hostia, qué guapo! ―Pareció gustarle a Germán―. ¿En plan de esa movida de escritores? ¿De la frustración en plan rollito literario, pánico al “soy una mierda que escribo paridas”? ¿Frustración creativa?
―Bueno, más o menos, pero he descubierto que primero fue la gallina y luego el huevo.
―¿No jodas, tía? ―Rafa y yo nos reímos, este Germán era todo un personaje.
―Quiero defender que la intolerancia a la frustración personal te lleva al bloqueo creativo, cuando una gallina tiene estrés, no pone huevos. Tirando por tierra que un escritor debe escribir desde la angustia o siendo un alcohólico empedernido, esos sólo fueron unos pocos genios que, desgraciadamente, ya no nos quedan. Si estás mal con tu vida, no escribes una mierda, no hay huevos.
Germán se empezó a inflar como si le estuvieran metiendo helio por el culo, hasta que de repente saltó de la silla. Nos miró con los brazos en cruz y las rodillas semi flexionadas, respiró profundamente y se quitó la camiseta, luego el traje de baño y, mostrándonos sus atributos en primera plana, dijo imitando al Padrino:
―Pongamos huevos como putas gallinas… ―después zarandeó su miembro de lado a lado dándose pollazos a ambos costados de la cadera.
Me llevé las manos a la cara, no podía parar de reír, aquello era surrealista. Rafa estaba ahogado de la risa.
―¡Vamos! ―gritó Germán con la vista clavada en la piscina. Corrió y―: ¡Pongamos huevos como putas gallinas! ―Y al estilo bomba, cayó al agua.
―¡Puto mito, chaval! ¡ja, ja, ja, ja! ¡Sí!
No me lo podía creer, ¿Rafa también? Se desnudó y:
―¡Pongamos huevos como putas gallinas! ―¡Choooof!, al agua.
―¡Locos! ―grité desde el bordillo muerta de la risa.
―¡Vamos, chiquitina, al agua! ¡A por esos gallitos!
―¡Sí! ―Y ahora Germán―. ¡Al agua!, ¡por puta y por gallina!
¡Ja, ja, ja, ja! La verdad es que estaba excitadísima, pero ¿en pelotas?, ¡qué locura!, ¡no, en pelotas no!, ¡ni de coña! ay, madre, no sé, que sí, venga que me tiro, ¡por mis huevos!, ¡porque soy una gallina ponedora!
Me quité el vestidito y el biquini, les escuché jalearme y…:
―¡¡¡PONGAMOS HUEVOS COMO PUTAS GALLINAS!!!

lunes, junio 20

Encargo nocturno


Madrid, sábado, las 9 de la noche. 29ºC fuera y 35ºC dentro de mi casa. Yo, en bragas culeras de Snoopy y camiseta vieja de tirantes, bailando Hey, Soul sister con un ukelele imaginario, frente a mi escritorio. El portátil encendido con una página de Word en blanco abierta desde las 8, junto a él un botellín de San Miguel y dos vasos sucios con restos de café, además de tres paquetes de kleenex, una montaña de albaranes de la universidad, una veintena de libros esparcidos sin rigor alguno, fotocopias de esto y aquello, un tampax súper, la calculadora, una galleta mordisqueada de Granola, el móvil, su funda, una Cuore de hace tres semanas, aaaaaaaarhg!!, las gafas de sol y las de ver: las blancas y las negras, (las granates imagino que estarían junto a la cama, pero no lo sé), crema de manos Ureadin, y dos tapones azules de boli bic. Vamos, lo que se dice una histérica del orden.
―¡¡Heeeeeey, heeeeeey, heeeeeey, lalala, nanan, nina, la… mmmm… hey life direction, nananana… connection we can’t denyyyyyyyy…!!

Me había pasado el día con Gael. Lo llamé deprimida a eso de las 11 de la mañana, porque el mundo se me caía encima y pesaba demasiado como para sostenerlo sin partirme por la mitad. Él escuchó con paciencia ésta y otras muchas metáforas catastrofistas sobre mi angustia existencial y después fue tajante:
―Vale, cari, dúchate y ponte mona que en una hora te paso a buscar, tú lo que necesitas es un birratour.
El tour de la birra comenzó en una de las terracitas de La Plaza Olavide a las 12.40 de la mañana, con un par cañas, y, tras repostar en al menos siete garitos diferentes, terminó a las 7.30 de la tarde, en el Lamiak de Cava Baja. Le juré a Gael que me encontraba mucho mejor y que me pidiera un taxi, porque de repente me había acordado de que tenía que volver a casa inmediatamente, para escribir el relato que me había encargado mi amigo Santi para su blog. El estrés de los borrachos. Así que antes de las 8 ya estaba en casa. Encendí el ordenador, preparé el Word y fui directa a la nevera, porque tenía la boca como una alpargata, hubiera necesitado un soplete para separar la lengua del paladar.
Empecé a zampar como una loca: biscotes con guacamole, ensalada de pasta que me había sobrado del día anterior, Bimbo con mayonesa, sí, solamente con mayonesa, para mí la mayonesa es un alimento de primera necesidad y sería capaz de sobrevivir sólo gracias a ella.
Después de mear unas cinco veces y estrujarme todas las espinillas posibles ante el espejo, me dispuse a escribir. Hasta que, una vez sentada, me di cuenta de eso, de eso…:
¡Es todavía de día! ¡Yo no puedo escribir de día, necesito oscuridad, negrura!
En invierno es fácil, pero ya estábamos en junio y aquello tenía pinta de oscurecer sobre las 10 como pronto. Resoplé y me dejé caer sobre el teclado del portátil como si me hubieran pegado un tiro por detrás, hice hasta el ruidito y todo, siempre quise ser actriz. Me incorporé y resoplé de nuevo. Bueno, otra cerveza no me vendría mal, así que cogí una San Miguel de la nevera y la dejé sobre el escritorio mientras buscaba en Youtube algo que me animara. Empecé con Sometimes de Erasure. Quise imitar la forma de bailar del mismísimo Andy Bell, pero demasiado arrítmico para seguirlo, así que me pasé a los brazos en aspa, y el punta talón de toda la vida. Luego llegaron los Fine Young Cannibals y su Good Thing. Cómo me recordaba esa canción a cuando mi hermano Gerardo y yo éramos pequeños, y los sábados por la mañana nos coordinábamos para grabar los videos musicales de los programas Tocata o Rockopop. Mi madre sólo nos dejaba ver la tele en la salita junto a la cocina, porque el salón era para las visitas. En la vida he visto una visita en mi casa, pero en fin. El video estaba en el salón, con el resto de aparatos de calidad: la tele grande y la minicadena de doble casette. Así que mi hermano se posicionaba en el salón con el video VHS preparado para darle al rec en cuanto escuchara mi señal, porque era yo la que estaba viendo la tele en la salita. Entonces, cuando la presentadora daba paso al video, salía escopetada hacia el pasillo y, desde un extremo, gritaba a mi hermano que estaba en la otra punta:
―¡Daleeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeee!
Y de todas todas, al darme la vuelta para regresar a la salita, me tropezaba con mi madre que me pegaba un guantazo por gritar de aquella manera.
Por fin di con Train y su Hey, Soul sister y pensé que, aunque fuera todavía de día, aquello me traería la inspiración. Así que coloqué de nuevo, en mi punto de mira, la página en blanco de Word, pero en vez de eso me lié con un ukelele en plan profesional y: heeey, heeey, heeey…
Miré el reloj, las 9.15 y una horrible claridad, me cagué en San Juan. Bien, que no cunda el pánico porque todavía me quedaba toda la noche por delante. Santi el domingo tendría su relato, así se lo prometí y así lo haría.
Las 9.30 y era el turno de El Pescao, y allí estaba yo, en mitad del salón, siguiendo la coreografía enterita de Buscando el sol. Y de repente el timbre de la puerta sonó. ¿Y ahora qué…? Es que a una no la dejan escribir, así no se puede, ¡no se puede!
―Hola, chiquitina.
Si éramos pocos, parió la abuela. Rafa, mi vecino y seudonovio, acababa de entrar en mi casa con un DVD en una mano y una botella de vino en la otra. Si estaba claro que yo de Madrid iba a salir alcoholizada perdida.
―Venga, loca, prepara una ensaladita, que nos bebemos el vino con la peli.
―Ay, gordi, si da tiempo en media hora bien, pero a partir de las 10 ya es de noche y tengo que terminar el relato de Santi, el que vive en Lisboa, bueno, empezarlo, para su blog, y como me he ido con Gael, que si esto, lo otro, y luego que me lío con Youtube, que sí, vamos, que no, Rafa, que bufff…
Rafa no paraba de reírse. Dejó las cosas en la encimera y se acercó hasta mí con cara de malo. Me abrazó y, mordisqueándome la oreja, me dijo:
―Bueno, tranqui…, se me ocurre otra cosa que en media horita nos puede dar tiempo, ¿eh?, ¿un polvete rápido…, eh, loca…?
Buffff, qué pereza, coge, ponte en pelotas, que qué calor, que en el sofá, que te sobra este brazo, que mejor en la cama, que no, que se me pegan las sábanas, que folla así, que no: asá, que me tiras del pelo, la baba que se hace plasta, ay, que no se termina de correr, que sí, que dale, dale, pero vente ya que me quema, que bufffff, ¡paso!
―Gordi, que tengo la regla.
―¡¿Otra vez?!
Bueno, le dejé que me sobara un poquito y para las 10.05 le di patada en el culo, que se la cascara en su casa.
Bien, 10.22, la noche acababa de llegar. Me senté en el escritorio y, con el dedo índice apuntando a la pantalla, amenacé a la página de Word en blanco porque solo una de las dos ganaría aquella noche, lo dicho, siempre quise ser actriz.
Pero primero me dio por contar los albaranes, 63. Luego me preparé un café. Busqué en Google los nombres de todos mis ex y el de la ex de Rafa. Calculé, con la calculadora, las horas que me quedarían de vida si finalmente me moría a los 40 años: 52.704 horas por delante. Así que empecé a pensar qué podría hacer con tantas horas. Viajar. Me metí en Kayak y busqué un vuelo: Madrid- Buenos Aires, ¡ay!, luego pensé que Santi tenía que ir a Buenos Aires, así que me planté de nuevo ante el no-relato. 11.15. Word-1 Rebollo-0. ¿Qué haces?, le escribí a Marieta por el WhatsApp. Chupando tele, me contestó. Jajajajajajaaj!!!, le contesté. Ni puta gracia quedarme un sábado en casa!!!, me contestó. Venga, loca, que yo en los madriles tb, le contesté. Sí, pero tú eres rara de cojones, neni… me contestó. Jajajajajajaaja!!!, le contesté, aunque la verdad es que no me reí.
11.53 en mi portátil y 11.56 en mi reloj. Vencida, ganó ella, por goleada.
Cogí el móvil y busqué su número, pero el de 351 por delante, no el otro, que es el de Bilbao.
―¡Santi!, ¿qué tal?, oye, esto… qué te iba a decir, ¿es muy de noche en Lisboa?...

lunes, junio 6

¿Somos lo que elegimos?


Siempre fantaseé con enamorarme de mi psicoanalista. De un tipo joven, resuelto, y con un embaucador acento argentino. Pero la realidad, normalmente, te devuelve los sueños con una bofetada en toda la cara. El mío ni era joven ni resuelto y sí, tenía acento, pero gallego. En estos términos, digamos que la transferencia iba a ser prácticamente imposible.
Óscar, mi Sigmund Freud particular, era un cuarentón, calvo y escuchimizado. Seguramente que separado, porque no terminaba de entender que con calzado marrón no se podía llevar calcetines grises. Hijos. Imagino que no más de dos, a quienes, con toda probabilidad, trataría como auténticos extraños, cada quince días. Naturista, eso fijo. De los de levantarse por la mañana y prepararse un desayuno con leche de soja y bayas de goji. Y, por supuesto, antes de acostarse, una tanda de abdominales hipopresivos tras una leve meditación al son del auuuuuum, auuuuuum.
Pero, por otro lado, que un gallego hubiera decidido cambiar los percebes por pacientes trastornados en una ciudad tan seca como Madrid, me hacía pensar que algo chirriaba espantosamente en su vida. No sé, como si tuviera dos caras. A veces me lo imaginaba travestido de la Pantoja, o pinchando en Pachá a Guetta y Solveig, o bebiéndose las calles de Lavapiés cada viernes noche. No queda claro, pero algo que rompiera con la imagen del aburridísimo ser humano que, cada martes, me escuchaba concentrado, probablemente, en su lista de la compra.
Pero un día algo cambió.
Mientras le contaba, sentada frente a él, mis angustias y ansiedades, él andaría por la sección de congelados del Carrefour tomando nota de los lomos de merluza y las gambas peladas XL, hasta que dije lo que dije:
―… no sé, imagino, que es una elección, ¿no?, algo así como elegir entre la pastillita azul o la roja, como…
―¿La pastillita azul o la roja…? ―repitió embelesado en sus propias palabras, como si aquello acabara de desencadenar el porqué de las cosas. Y, por un momento, me lo imaginé lanzando el carro de la compra y echando a correr, a cámara lenta, por los pasillos del supermercado mientras se quitaba la camisa a jirones dejando al descubierto su capa de héroe: ¡Soy Súper Óscar, el salvador de los deprimidos!
Excitadísimo miró a su derecha e izquierda, se rascó el pecho con una mano y con la otra alcanzó, de su mesa, una caja de kleenex roja.
―Bien, aquí tenemos la pastillita roja y, y… ―Volvió a revisar con la vista todo su despacho, se levantó con impaciencia y de la estantería cogió un libro azul―. ¡Perfecto! ¡Y aquí la pastillita azul!
Madre mía, o éste era más friki que yo o aquella mañana se le había ido la mano con las bayas de goji.
―¡Elvira!
―¿Sí…? ―Tenía el culo comprimido.
―Aquí está tu elección… ―Extendió los brazos y, con las palmas de las manos abiertas, me ofreció el paquete de kleenex y el libro. Lo miré desconcertada. Demasiado pálido para ser Morfeo, ¿no?
Apreté los labios para evitar reírme, porque, en ese instante, me lo imaginé enfundado en látex negro susurrándome aquello de: …hay una astilla clavada en tu mente. Y te está enloqueciendo. Esa sensación te ha traído hasta mí…
―Vale, bueno, Elvira, dime, ¿qué significa para ti la pastilla roja y la azul?
Vaya… Decepción absoluta. Pensaba que se tiraría el rollo ese de fin de la historia, o yo te enseñaré hasta dónde llega la madriguera de conejos.
―Bueno… pues, digamos que la roja ―y cogí de su mano los kleenex― sería mi vida como profe en el extranjero y escritora a la vez, llena de altibajos, no sé, viviendo sola, en otro ático de otra gran ciudad, porque imagino que me mudaría constantemente. Le doy vueltas a volver a China, ¿sabes?, a Shangai. Buff, algo así. Con mogollón de proyectos, ilusiones y depresiones al mismo nivel. Sin hijos ni, por supuesto, parejas estables. Sola. Imagino que, al final, lamentándome de estar sola, como siempre.
―Sola… ¿Y la azul?
Tomé el libro con la izquierda y lo coloqué sobre mis rodillas a la par que los kleenex.
―La azul sería quizá una vida con Rafa, por ejemplo. En Madrid o en Bilbao, pero muy establecidos. Viviendo en un piso de dos habitaciones. Trabajaría en un cole con un sueldo fijo de por vida… E imagino que llegarían los hijos, ¿no? Los veranos a la playa con los abuelos y los fines de semana comilonas con la cuadrilla. Se acabaría lo de vivir en el extranjero pero llegaría, por fin, esa estabilidad emocional, de eso estoy más que convencida.
―¿Y la escritura?
―No lo sé ―dije levantando los hombros―. No lo termino de ver claro. Supongo que sería cuestión de organizarse, pero con un trabajo en un cole y siendo madre, de al menos dos churumbeles, no termino de encajarlo.
Óscar se inclinó hacia atrás. Juntó las manos a modo de oración, se las llevó a la frente y suspiró profundamente.
―Siempre hay que elegir, ¿verdad?, y no es fácil… ―dijo un tanto abstraído sin ni siquiera mirarme―. Bien ―añadió esta vez alzando la vista―, te propongo, Elvira, que lo dejemos por hoy.
Asentí con la cabeza, dejé sobre su mesa las dos pastillitas, y recogí el bolso del suelo.
Como siempre, me acompañó hasta la puerta. La abrí y, antes de despedirme, no puede evitar preguntárselo:
―¿Qué hace un gallego como tú en Madrid?
Sorprendido abrió los ojos y sonrió. Se apoyó en la puerta y con cierta guasa contestó:
―Pfff, digamos que en su día me equivoqué de pastillita.
Nos reímos y nos despedimos hasta la semana que viene. Al cerrar la puerta, estoy más que convencida de que escuché a la Pantoja cantar.