sábado, septiembre 17

De tangas va el asunto


Llega un momento en la vida en que te quitan las dos rueditas de atrás de la bici, en que le pides a tu madre que deje de ir a buscarte al cole, porque prefieres volver a casa con las amigas, en que la cerveza deja de tener ese sabor a barandilla oxidada para convertirse en tu bebida preferida, pero sigo sin saber el momento exacto en el que te das cuenta de que eres lo demasiado vieja para seguir llevando tanga.
Frente al pequeño espejo del baño, sostenía las dos canas que me acababa de arrancar. Sujetándolas con los dedos, las llevé hasta la salita, con el brazo estirado, como si fueran pruebas de un delito.
―¡Mira! ―exclamé a mi madre mostrándoselas.
Dejó a un lado el libro que leía, se bajó las gafas hasta la punta de la nariz, las observó, levantó la vista, me miró, cogió de nuevo el libro, se subió las gafas y me pidió, sin apenas vocalizar, que me fuera a cagar.

Acababa de regresar de París. Llevaba dos días en la casa de veraneo de mis padres. Era momento de asimilación. Necesitaba digerir el haber escuchado por teléfono a la guarra que se había tirado a mi novio, que yo me hubiera tirado a un gabacho, con el nombre de una tía tatuado en la nuca, amigo de un tal Bertrand, que el tal Bertrand se hubiera tirado a Lys mientras la llamaba Gleese, que mi cuenta bancaria estuviera a menos 387 euros, que un tipo me considerase, en su blog, escritora de la nueva literatura basura, que mi madre me preguntara cada dos por tres por qué había vuelto, que mi pelo se llenara de canas, y que mi culo estuviera cogiendo una forma, anatómicamente, incompatible con el tanga.
Decidí quedar con éstas. Escuchaba, con una cerveza en la mano mirando al puerto, como el chico con el que había quedado Marieta, el domingo por la tarde, le había dado plantón.

―¡No apareció! ―Marieta.
―¡¿No apareció?! ―Blanquita.

―No apareció… ―yo.
―¿Años? ―yo otra vez.

―No sé, los nuestros, imagino, no sé… ―Marieta.
―Ya, así que no llegaba a los treinta ―Blanquita.

―No llegaba… ―yo.
―¡Iros a la mierda! ―Marieta

―Idos ―yo.
―¡Vete! ―Marieta.

―No os sigo ―Blanquita.
―¡Que somos viejas y punto! ―yo.

―¡No somos viejas! ―Marieta.
―Perdone, señora, ¿esta silla está libre? ―me preguntó un niño de unos doce años. Asentí con la cabeza y el crío se la llevó.
Me giré hacia mis amigas, las miré y supe que ese momento había llegado. Me levanté y les dije que enseguida volvía.

Al de 15 minutos, estaba de vuelta.

―¿A dónde has ido? ―Blanquita.
―A mi casa ―yo.

―¿Para qué? ―Marieta.
―Para ponerme bragas ―yo, otra vez.

domingo, agosto 28

Llamadas...

Película: Crimen perfecto de Alfred Hitchcock

—Hey, ¿qué pasa, tío? —dijo Rafa, en calzoncillos, desde el quicio de la puerta de su apartamento madrileño. Su amigo Germán terminaba de subir los últimos peldaños, acompañado por su perro.


—¡Buah!, joden estas putas escaleras, chaval.

Los dos amigos se dieron una palmadita en el hombro y entraron en casa. En la cocina, Rafa le dio las llaves de su coche.

—No le metas demasiada caña, que el pobre FordFi no está para mucho trote. Y, ya sabes —dijo señalando al perro—, ni babas ni un puto pelo de Homer cuando me lo devuelvas.

—Tranqui, tío. Como la seda. Sabe que si se porta bien le invito a un Big Mac.

Rafa se río llamándole tarado, después se quedó en silencio un rato largo.

—¿Todo bien? —preguntó Germán.

Rafa se dio la vuelta y, bajando el tono de voz, le confesó que ayer tuvo liada.

—¿Liada, liada?

—Liada —confirmó Rafa.

—¿Sigue en la habitación?

Rafa afirmó con la cabeza.

—Joder… ¿Y Elvira?

—Sigue en París, con sus putos cursos y su puta mierda…

—Joder…

—Puta egoísta. Hace lo que le sale de los cojones. Sin avisar, tío. ¡Pum! Me voy a Paris. Ahí te quedas. ¡Pum! Me encuentro mal y me voy. Pero, loca, nos íbamos a Ibiza, ¿no? Joder, macho, estaba hablado, nos íbamos de 10 al 20 de agosto a Ibiza. Pues no, que la niña dice que tiene mucha angustia, que quiere buscar no sé qué, que se frustra, que se…, ¡yo qué sé! Que soy un pringa’o, Germán, tío, que soy un puto pringa’o.

—Joder… ¿Y ésta?

—Ayer, que salí con Manu. Terminamos a las 6 de la mañana en el Larios, muy mala pinta, tío, pfff, muy mala pinta, y nada, sin más, que me traje a la pava a casa.

—Joder…

Homer, sentado en el suelo, observaba como los dos, apoyados en la encimera, miraban al frente sin pestañear. Después vio como su dueño le hizo un gesto con la mano, se levantó y lo acompañó hasta la puerta de las escaleras.

—Oye, tío, no te ralles. Ya está. Y si quieres y te apetece, llama a Elvira, llámala. Es muy probable que esté tan jodida como tú.

Con otra palmadita en el hombro se despidieron. Rafa cerró la puerta y volvió a la cocina. Cogió el móvil, la llamó. Espero 4 tonos y habló.

—Elvira, Elvi, oye, soy yo, oye… esto, escúchame, yo no sé muy bien… Sé que no estuvo bien todo lo que te dije antes de que te marcharas, sé que… me pasé, lo sé. Lo siento, chiquitina… Llámame cuando oigas el mensaje y hablamos, y lo siento, ¡que le den por culo a Ibiza!, que… que lo siento, Elvi, no teng…

—¡¡Oye, que si no vuelves a la cama, me pego una ducha y me piro!!

—¡JODER!

Rafa lanzó el móvil al suelo y gritó a la tía, que estaba en pelotas en medio de su cocina, que se largara a su puta casa.





—A mí esto de convertir los barcos en bares, no lo termino de entender, ¡yo me mareo! —dijo Elvira y Lys se rió—. Te lo digo en serio, que sí, que queda muy cool, y es la hostia tomarte la cerveza sobre el Sena, pero yo me mareo, ¡me mareo!

Lys se volvió a reír y, como la veía animada, le insistió de nuevo para que fueran juntas a la fiesta en casa de Bertrand.

—Que no, que paso de fiestas. Lys, que me apetece estar tranquila, que ya sé que son majos, pero a mí la gente, en general, no me gusta. Tú vete y mañana me lo cuentas, si yo con eso tengo más que suficiente, sobrevivo gracias a la vida de los demás, pero yo en mi sofá con mis libros y mi portátil.

Lys le hizo una mueca desaprobando su decisión. Las dos se rieron. Al de un rato, pagaron las cervezas y, antes de marcharse, Lys fue al baño. Elvira guardó su monedero en el bolso y sacó el móvil. Vio que tenía un mensaje de voz. Era de Rafa. Miró seria el móvil, se pellizcó la barbilla y decidió escucharlo. Mientras lo oía, agachó la cabeza y apretaba una sonrisa en los labios. Se tocó el pelo y sonrió, esta vez, sin temor. De golpe, miró al frente, se dio un golpecito en el esternón y dejó el móvil sobre la mesa. Giró la cabeza. Respiraba deprisa. Fijó la vista en el agua. Tanteando la mesa, cogió de nuevo el móvil. Lo sujetaba con fuerza en una mano, con la otra se apretaba el estómago. Se llevó el móvil a la oreja. Cerró los ojos y escuchó otra vez el mensaje. Abrió los ojos. Con calma, metió el teléfono en el bolso y se lo colgó al hombro. Apoyó los codos sobre la mesa y esperó a que su amiga volviera. Al llegar Lys, ella se puso de pie. Mientras salían del barco, Elvira le agarró del brazo y le preguntó:

—¿Vamos en metro o nos cogemos un taxi hasta la casa de Bertrand?

martes, agosto 23

Un café, s'il vous plaît

Película: Un franco, 14 pesetas de Carlos Iglesias

Me levanto de la mesa con pereza, y voy a la barra a pagar. Hace demasiado calor. Mentalmente repaso el trayecto en metro de Saint Michel al cementerio de Père-Lachaise, eso por lo menos son tres trasbordos, qué pereza, qué calor. En mala hora le dije a Lys que la acompañaría. Si a mi Jim Morrison ni fu ni fa.

—Perdone, ¿cuánto es?

—¡Por supuesto, señora!, dos cafés, ¿verdad? —me afirma la joven camarera con una histriónica simpatía.

—No, no, solamente uno —digo devolviéndole algo de su sonrisa.

—¿Un café…? Sí, un momento —me responde, y la veo que se dirige a la caja registradora, y comenta algo al oído de su compañera. Las dos me miran, vuelven a chismorrear y, finalmente, la simpática sale de la barra y se acerca a mí.

—Disculpe, señora, pero me podría decir, por favor, dónde ha estado usted sentada.

—¿Cómo? —pregunto absolutamente sorprendida.

Ella se ríe y me repite lentamente la pregunta, pero no como si fuera extranjera, sino como si fuera imbécil. La miro seria y le señalo la mesa junto a la ventana. Las dos vemos el pequeño vaso vacío de mi cortado.

—Oh, usted estaba ahí, perfecto, no hay problema, pues entonces un café. —Y con esa amabilidad tan chirriante vuelve, como si tal cosa, detrás de la barra.

—Lo que usted acaba de hacer es realmente una grosería —digo.

Las dos camareras y el chico, sentado en la barra, me miran. Lo repito, pero más despacio, para que todos nos entendamos bien.

—Disculpe, señora, creo que usted está malinterpretando absolutamente lo que acabo de hacer. Debe pensar que son muchos los clientes que pasan cada día y nos es, absolutamente, imposible recordar cada una de las consumiciones.

—No lo dudo, pero en estos momentos somos cuatro: este señor —señalo al joven de la barra—, la pareja del fondo y yo. Además, desde el principio, le he dicho que he consumido un solo café, y con eso es suficiente para cobrarme un solo café.

Su compañera, le pide paso con el brazo, y se coloca delante de mí sin media sonrisa.

—Señora, si lo que quiere es ver donde no hay para no pagar ninguno de los cafés, está bien, no los pague. Ahora, si es tan amable, puede irse.

Siento cómo me arde la cara de rabia. Recuerdo a mi abuelo. Lo veo en su casa de Sestao, sentado en la butaca frente al televisor, contándome la vez que fue a Toulouse a visitar a su hermano Tobías, que estaba exiliado. Estando en la estación de tren, dos hombres le pidieron que, por favor, cuidara un momento sus maletas. Cuando volvieron, se lo agradecieron sacando de su cartera un franco cada uno. Mi abuelo los mandó a la mierda gritándoles en español, porque ni una palabra de francés sabía, que él tenía dinero de sobra. El pobre no tenía un duro, y yo tampoco. Un máster de mierda me había fundido todos mis ahorros, así que en París estaba sobreviviendo a huevos duros, yogures y cafés.

Y, ahora, esta mujer me acaba de tocar los cojones. Así que voy a hacer lo que, sin duda alguna, haría mi abuelo.

—No, señora, le voy a pagar, pero, además, le voy a pagar los dos. Los dos cafés que no me he tomado, ¿de acuerdo? —Saco mi monedero del bolso, cojo un billete de 10 euros y los coloco sobre la barra—. Que tengan una buena tarde.

Sin esperar reproches, salgo de la cafetería sin un duro en los bolsillos pero inflada de amor propio, como mi abuelo.

viernes, agosto 19

Fashion intelecto

Mujer con sombrero azul de Pablo Picasso

Estábamos en mi diminuto apartamento de París. Lys se atusaba el pelo inclinada hacia adelante, mientras yo preparaba la cámara de fotos.


Nos conocimos en el curso monográfico sobre André Suarés, que impartía ese verano la Sorbona. Un día, antes de empezar la clase, estaba sentada sobre mi burbuja autista fingiendo que leía, no fuera a ser que se me acercara alguien con ganas de hablar. Pero no tuve suerte y así fue, Lys se acercó a mí y se presentó.

—¿Lys? ¿L-Y-S? ¿Cómo las siglas del aeropuerto de Lyon?

Y ahí estaba yo y mi gran simpatía. Por suerte, a Lys le dio por reírse.

Era belga, pero vivía en Ámsterdam. De 29 años, casi un metro setenta y apenas 50 kilos. Sin tetas ni culo. Tenía las manos huesudas y llenas de anillos. Caminaba arrastrando los pies en chanclas. Casi siempre llevaba pantalones largos de cadera baja, con dos o tres camisetas de tirantes superpuestas. Y su larga melena, de un espantoso negro teñido, subrayaba el verde claro de sus ojos.

Después de la clase, me invitó a un café en la calle Soufflot. Me habló de ella sin parar, no es que me aburriera, pero creo que si los cafés fueran por escrito, mi vida social tendría más éxito. Era violonchelista en la Orquesta Real del Concertgebouw. Me costaba imaginar cómo, aquel frágil ser, podría abrirse de piernas ante tamaña bestia. También me habló de unos poemas, no la entendí muy bien, porque, en ese punto de la conversación, su lenguaje cobró un giro demasiado místico para mi vocabulario francés. El ritual del café y del ego-místico se repitió durante tres días, hasta que al cuarto me pidió subir a mi casa, explicándome, con palabras terrenales, que la necesitaba como escenario, porque estaba escribiendo un “foto-poemario”. Bien. Atenta la escuché. Me contó algo muy largo que se resume en: foto, poema, foto, poema, foto, poema, y así sucesivamente. Y se ve que mi casa era lo bastante cutre como para darle ese toque kitsch.


Con la cámara ya preparada, la esperé a que se volviera a atusar el pelo.

—¿Preparada? —me preguntó. Asentí con la cabeza—. Bien, pues colócate aquí. Eso es. Y creo que la sacarás mejor de rodillas.

—¿De rodillas?

—Sí, claro, quiero que me la tomes desde abajo. Yo estaré encima del sofá, ¿comprendes?

Perfectamente. Lys, se descalzó y se subió al sofá. Cerró los ojos unos instantes, como si se concentrara en algo. Después los abrió como platos, se mordió los carrillos por dentro, y alzó los brazos en alto con las manos en forma de garras. Muy Dalí, sí, señor, muy Dalí. Pensé en mi madre para poder mantener el semblante serio. Me pidió que sacara tres, y se las saqué, sin mediar palabra.

Al bajarse, se quitó los pantalones y una de sus camisetas. Se arrimó a la pared junto a la puerta. Había una enorme mancha de humedad amarillenta. Lys se echó el pelo hacia adelante, y se apoyó sobre la mancha, con los hombros caídos y la mirada baja. Yo me pregunto qué tipo de oda le hará a las filtraciones de agua.


Bueno, no voy a criticar su estética, porque fui YO la que se cortó el pelo a lo Amelie Poulain nada más llegar a París. Un cambio de look, sí, un cambio de look, me dije, una mirada más intelectual. Y… ¡Mujeres del mundo!, ¡que no os engañen! ¡Semejante corte de pelo, sólo le sienta bien a Audrey Tautou! Así que con las excusa de mi nueva imagen de huerfanita desamparada, me fui a comprar un sombrero de paja gambler. Siempre quise llevar uno, ¡pero si tienes la cabeza minúscula!, me decía mi madre. Ya, pero yo quiero uno blanco con cinta negra alrededor. Y lo encontré, y lo compré, y me lo coloqué. Paseaba por la ribera del Sena pensando únicamente: ¡Dios mío, llevo un sombrero en la cabeza!
Pero un tropezón, en ese puñetero paseo empedrado, lanzó mi sombrero al agua. ¡Ayuda, ayuda! ¡Mi intelectualidad se ahoga!
—¿Es tuyo? —me preguntó un chico, al ver cómo lo miraba desde el paseo.

—¿Qué?

—¿El sombrero, es tuyo?

—¿Eh…? —Me fijé en él, parecía un chico tan normal que me dio mucha vergüenza ser tan rara—. No, no…, no, ya estaba aquí cuando llegué.

Y cuando el chico se alejó, lancé un beso al piquito de paja gambler que todavía quedaba a flote.


—Y ahora una en la ducha.

¿En la ducha?, qué asco, espero que se ponga los pantalones, porque yo, por si las moscas, me ducho siempre con chancletas. Pero no. Lys no sólo no se puso sus pantalones, sino, que además, se quitó la camiseta. Así que en bragas, se metió a la roñosa ducha. Se sentó, en una esquina, con las piernas flexionadas sobre el pecho. Se colocó todo el pelo sobre la cara, después dejó los brazos caídos con las palmas de las manos hacia arriba. ¡Madre mía!, parecía la niña de The Ring, ahora tenía miedo de que se colara por el desagüe y mañana, en el desayuno, viera asomar su cabeza por el retrete, ¡por favor!

Le tomé unas cuantas fotos más. Después, ella misma se auto sacaba primeros planos, con mirada felina. Al terminar, me pidió que nos sacáramos una juntas. Dijo que quería hacerme un pequeño homenaje en su libro. ¡Claro! Me moría de ganas por aparecer en un foto-poemario kitsch. Me aconsejó que me mojara un poco el pelo, y me lo tirara hacia atrás.

—¿Preparada? —dijo sosteniendo ella misma la cámara, con su, ya más que estudiada, mirada provocativa.

—¡Sí! —contesté con una enorme sonrisa.

Con la sesión finalizada, Lys descargó todas las fotos en mi portátil. Las íbamos viendo con los comentarios orgullosos de la modelo, hasta que llegamos a la última, la nuestra.

—Mmm…, Elvira, ésta creo que no la voy a poner.

—¿No? —¡Ey, qué pasa!, ¡salía muy bien!

—No, por tu sonrisa… —¿Qué le pasaba a mi sonrisa?—. No te enfades, ¿vale?, pero no sé, es demasiado normal, muy natural.

Ocultando una media sonrisa, me eché hacia atrás hasta reposar la cabeza en el sofá. Luego la miré y dije:

—¿Sabes, Lys?, creo que mañana voy a ir a comprarme un sombrero de paja gambler.

lunes, agosto 15

París

Nota: El blog se reabre antes de lo esperado. Echaba de menos mi vida semificticia, me divierte mucho más que la real. Disfrutad de la siguiente anécdota.

Gárgola, París por Emiliano Rodríguez

La ventana abierta. Qué bonito. Veo la Sorbona. ¿Y eso? Oh, es Notre-Dame anunciando las 11 de la mañana. Qué bonito. Creo que me estoy cagando.
Un domingo de agosto, París, apartamento de 14 m2, en el Barrio Latino. Por la noche el sofá-cama bloquea la puerta del baño, así que sólo puedo mear durante el día. Qué bohemio.
Necesito un café. Un café y cerrar la ventana.

Justificar mi estancia en París es complicado. Digamos que el odio me trajo hasta aquí. Un profesor de Creación Literaria, con camisa hawaiana, me confirmaba en Madrid, a finales de junio, que había suspendido el máster, no estás preparada, me dijo. No sabes introducir los diálogos ni distinguir la trama del argumento. Tenía dos opciones: conseguir un Ruger Alaskan y volarle los sesos al tipo que le había vendido semejante camisa o encontrar, en alguna parte del mundo, a una persona que me instruyera con mayor masa cerebral. Et voilà!, seis horas diarias de clase en la Sorbona, durante mes y medio, es el resultado de mi opción b.

Aterrizar en París supondría una terapia de choque en su estado puro, y mi psicoanalista de vacaciones. Recordar a mi ex francés de hace cuatro años, el fondue de chocolat de los sábados por la mañana, las cervecitas en Marais, los paseos en vélo, los apéritifs super sympa en el canal de Saint Martin, la música de… ¡¡¿Es que los psicólogos no temen que sus pacientes se tiren por la ventana en agosto?!! Hombre…, yo por la ventana no, pero quizá al Sena sí. Es más romántico, colorea un titular: “Joven escritora se tira al Sena desde el puente del Alma, atormentada por sus recuerdos, mientras su psicólogo, despreocupado, pescaba truchas en lo alto del Miño”.
La cuestión es que no había ideado una opción c, siempre se me olvida diseñar las salidas de emergencia. Así que, sin más alternativa, monté en ese avión de Air France.

Disgustada, bebo mi primer trago de café del día. Siento dilatarse los vasos sanguíneos de mi cerebro, sonrío, cierro los ojos e inspiro con los labios apretados. Un segundo sorbo y la vida es maravillosa. Con el tercero llega el orgasmo. Me dejo caer en el sofá y escucho a Alex Gopher atrapado en mi portátil. Notre-Dame anuncia las 12. Dejo la ventana abierta, porque sí, me gusta ver la Sorbona desde aquí, desde mi sofá. Y reconozco que desde esta posición, desde el epicentro de mi microcosmos, admiro un París transformado, diferente al de hace 4 años, un París no compartido, sólo mío, un París por descubrir, del que pienso enamorarme y dejar que saque lo mejor de mí, con absoluto delirio para que...
¡Un momento! Miro mi taza y me río, ¿por qué nadie me había hablado nunca de las propiedades psicotrópicas del café francés…?

domingo, julio 10

Despedida temporal


Locos todos,  me tomo unas vacaciones blogueras de, al menos, un par de meses.

Los que me conocéis sabéis que ha sido un año un poco complicado.
La pérdida de alguien a quien quería con locura, me ha dejado un tanto desorientada.

Así que daré un tiempo sabático a mi portátil, que se lo tiene merecido. Lleva tres años sin parar, convirtiendo la realidad en ficción y, por eso mismo, creo que ha llegado el momento de vivir la realidad tal y como es, sin el filtro creativo, sin trampas...

Gracias a todos por seguir el blog y por el buen recibimiento que ha tenido mi primera novela.

Este verano, disfrutad, como verdaderos locos, de la música, del cine y de los libros, en la playa o en la montaña, yo, como os imaginaréis, lo haré en el asfalto ;-D

Nos vemos en octubre, besos a montones... 

Os dejo con el maestro Sabina:

miércoles, julio 6

Oasis en la playa

Aparición de un rostro y un frutero sobre la playa por Salvador Dalí

Mes de julio. En la playa. Mar Cantábrico. En uno de los pueblitos de la costa vizcaína, Marieta está sentada con las piernas flexionadas, sobre un pareo hippie con flecos en tonos azules, comprado en Tarifa. Cuerpo de gimnasio con un moreno perfecto, un tono dorado logradísimo. Biquini de triangulo. Melena suelta, desfilada por delante y acabada en uve a media espalda. Gafas Carrera. La Cosmopolitan sobre sus piernas y el iPhone en su mano derecha.
Yo, a su lado, sentada a lo indio sobre una toalla de rizo algodón, que me trajo mi madre de Portugal. Con un gigantesco bolsillo en la parte de abajo. Muy práctico, así te ahorras el capazo, dijo mi madre mientras ofrecía un albornoz a mi abuela. Piel amarilla embadurnada en crema, me doy tanta que hasta se me hacen pelotillas en la cara, lo hago para evitar la mancha solar sobre el labio. Vale…, no es mancha, es bigote cantinflero, pero me gusta pensar que es mancha al igual que creo que la menstruación me hincha, que el chocolate me saca granos y que los hombres no saben valorar la belleza interior, sí, leyendas urbanas que agradezco enormemente. Sigamos. Biquini de aro y de braga ancha. Camiseta en la cabeza. Y peleándome con las descomunales hojas del periódico, vamos, como para tener un móvil en la mano.

―Marieta, estoy agotada… agotada de verdad ―le digo mientras doblo el periódico rompiendo la mitad de las páginas―. Necesito un tío que me quiera tanto que se responsabilice de mí por completo, que no me pida nada a cambio, que me permita descansar un poco mientras arreglo mi vida, que me haga reír, que me sorprenda cada día, que al follarme me deje inconsciente, que me…
―Ya, pues ponte a la cola, mona… ―dice sin levantar la vista de la Cosmopolitan.
La miro sin añadir nada más.
Me quito la camiseta de la cabeza, me tumbo y me la coloco sobre la cara. Extiendo los brazos en cruz hasta tocar la arena con las manos. Hundo los dedos en ella, es suave, con alguna piedrilla. Cojo un puñado en cada mano y la dejo caer de nuevo, abriendo un pequeño orificio entre la palma y el dedo meñique. Se escurre como en un reloj de arena. Se acabó el tiempo. Cojo otro puñado, nuevamente la dejo caer y el tiempo se vuelve a terminar. Qué fácil. Qué fácil resultaría así, teniendo el control de las cosas.
Pienso en mi padre y quiero que se desintegre. No deseo su muerte ni nada por el estilo, solamente que se convierta en arenilla y deje de existir. ¿Y tu padre? No sé, un día se desintegró y no lo hemos vuelto a ver, ¿y el tuyo? El mío se acaba de jubilar. Vaya, lo siento, espero que se desintegre pronto.
Pienso en mi madre y quiero que se case con un millonario austriaco, que se la lleve a Viena a ver conciertos y que, cada vez que hablemos por teléfono, falle la cobertura.
Pienso en Rafa, en su moto, en su Ford Fiesta tres puertas, en su consultoría, en sus DVDs del viernes por la noche, en su bici y en su Parque del Retiro, y la que se desintegra soy yo.
Pienso en mi profesor de Creación Literaria escribiendo una novela, no, no, no, eso es imposible, seamos un poco realistas, bueno, pues desintegrado, igual que mi padre.
Pienso en mi psicoanalista confesándome su pasión por la Pantoja y que deja la consulta para dedicarse, por completo, al transformismo en locales de Chueca.
Y pienso en mí, sentada en el escritorio de mi buhardilla madrileña, esperando a cumplir los 40 años para recibir a la muerte.

Riiiiiing.
Me levanto del escritorio, me acerco a la puerta y pregunto sin abrir.
―¿Quién es?
―La muerte ―me contesta una voz femenina al otro lado.
Abro la puerta y veo una sonriente mujer de mediana edad. Lleva una ceñida falda negra por debajo de la rodilla, una blusa de seda granate con una enorme lazada anudada al cuello, y unos Louboutin Peep Toe negros con tachuelas.
―¿Elvira Rebollo? ―pregunta.
―Sí ―respondo.
―Bueno, cariño, déjame comprobar unas cosillas, puro trámite, ya sabes ―dice sacando unos papeles de su Hermes―. Vamos a ver, Elvira Rebollo, aquí estás… ¿escritora frustrada?
―Sí ―respondo.
―Perfecto ―Y marca algo en una de las hojas―. ¿Hija frustrada? ―Asiento con la cabeza―. ¿Novia frustrada? ―Vuelvo a asentir―. ¿Estudiante frustrada? ―Frunzo el ceño―. Sí, suena raro, ¿verdad, preciosa?, pues déjame ver en observaciones… Vale, aquí dice que te has pasado la vida buscando, sin éxito, un mentor que te guíe en tus proyectos creativos.
―Sí, bueno, tuve un profesor de Creación Literaria pero me odiaba…
―Lo sé, cariño, aparece aquí. Murió hace dos años ―Abro los ojos sorprendida―. Bueno, se ha certificado su muerte, pero ninguno de mis compañeros pudo ir a buscarlo, se ve que se desintegró.
Me muerdo los labios, aquello hace que chirríe mi sentimiento de culpa.
―Bla, bla, bla, parece que todo encaja, ¿no? Ah, se me olvidaba, ¿paciente frustrada?, de psicoanálisis, según esto. ―Y con los ojos cerrados asiento por última vez―. Bien, pues eres tú sin lugar a dudas. Entonces, si no te importa, colócate como estabas ―dice empujándome hacia dentro de mi casa―, sentada en el escritorio, eso es, con la cabeza… vamos a ver… no, así, eso es, cariño, sobre el teclado, ojos abiertos, perfecto. ¡No te muevas, por favor! Debo tomarte una foto para el informe, eso es, perfecto, cariño, sin moverte… ―Oigo un click y veo el flash de refilón―. ¡Maravillosa, cielo!, ¿la quieres ver? ―me pregunta mientras agita al aire la foto de su Polaroid. Me acerco a ella―. ¡Mira! Retrata perfectamente una muerte por agotamiento anímico.

―¡Elviraaaaa! ―Marieta me zarandea―. ¡Joder!, estás como una tapia.
―Estaba hablando con mi muerte… ―digo sentándome sobre la toalla mientras me coloco, otra vez, la camiseta en la cabeza.
―Ah, perdona, entonces estás como una cabra. Bueno, ¡mira, mira, mira!
Me acerco a lo que me señala sobre la revista y leo:
Transforma el orgasmo de tu chico de 5 a 30 segundos
―¡Ay, idiota! Eso no, ¡esto!
Horóscopo del amor para este verano
―¿Y qué dice?, ¿eh? ¿Qué te dice? ―Levanto los hombros― Dice, te leo, ¿vale?, te leo: No persigas el amor, sino déjate sorprender por él, quizá en un viaje organizado, en un museo o paseando por el parque
―¡¿Por el parqueeeee?!
―¡Calla! …por el parque, en cualquier lugar puedes encontrar a ese alguien que te ofrecerá el apoyo que tanto anhelas
―Hala, qué fuerte… ―digo llevándome las manos al pecho.
―…pero tu corazón está blindado. Los desengaños anteriores te han dejado resquemor y preferirás ligar, sacando tu lado más cínico, aunque, en el mes de agosto, lo que empezó siendo un tonteo terminará en boda
―¡Que me caso! ¡Que me caso con un tío del parque!
Me pongo de pie y empiezo a recoger todas mis cosas y a meterlas en el bolsillo gigantesco de la toalla.
―¿Pero a dónde vas, zumbada?
―A comprarme un billete de avión.
―¡¡¿A dónde?!!
―A la ciudad de donde vienen los niños y… ¡los maridos! ¡París!
―¡Espera!, ¡voy contigo! ―Marieta se levanta y atolondrada mete todas sus cosas en el capazo. Cuando me alcanza me mira, y seria me dice―: Elvi, sólo una cosa, cuando lleguemos a los Campos Elíseos, por favor, quítate esa camiseta de la cabeza…

jueves, junio 30

Malogro

Expectaive por Christine Malaurie

Alfonso sacó la lengua y, con la punta, chupó el pegamento del sobre. Lo cerró, lo apretó con los dedos una y otra vez, y se levantó de la mesa de la salita. Salió. Encendió la luz del pasillo, y sujetando el sobre con ambas manos, recorrió los pocos metros hasta la entrada. Allí lo dejó encima del escaño junto a las llaves de su mujer, las suyas estaban colgando de la cerradura de la puerta. Lo alisó dos veces, apartó un pelo largo y negro, y lo volvió a alisar. Tomó aire y regresó a la salita.
―No has tomado postre. Las picotas están buenas, buenas de verdad ―dijo su mujer sin apartar la vista de la tele.
―No, no quiero nada. Escúchame, mañana que no se te olvide echar el sobre.
―¿Comes en el taller? ¿Te preparo un túper?, han sobrado patatas en salsa verde, lo que te puedo hacer es un huevo escalfado y te lo pongo así por encima, ¿eh?
―El sobre, coño, que seguro que se te olvida.

Alba entró en la redacción de la revista, con el bolso colgado del antebrazo, zarandeando las llaves del coche en la mano. Saludó a todos sus compañeros y después se desplomó en su silla resoplando. Se miró las manos y se preguntó si tener las uñas carcomidas de aquella manera, era normal a sus casi 30 años.
―Alba, tienes al jefe contento, madre mía, de buena te has librado esta mañana. ―Alba se rascó detrás de la oreja y luego la rodilla―. Editaste la foto de la 44 en la 17. Últimamente estás en Babia, nena. Anda, vete, que te está esperando ―dijo señalando la sección de infografía―. ¡Ah, oye!, cuando salgas avísame, que nos tomamos unas cañitas, ¿vale? Que acaban de inaugurar el mercado de Chueca y me ha dicho Fede que, en la segunda planta, hay un puesto de canapés de cagarse.

―No te pongas así, mujer, que no es para tanto. Ya sabes cómo se pone con estas cosas, no le entres al trapo. Es el jefe, y el pulso que quieras mantener con él, lo tines perdido incluso antes de empezarlo. Tú dile a todo que sí y punto, ¡Alba, y punto pelota!
Alba la escuchaba mordisqueando el canapé de foie con salsa de oporto, no le terminaba de convencer aquel sabor.
―¡Ay, calla, calla! Que se me olvidaba ―Del bolso sacó dos libros y los dejó al lado de Alba―. Me los tienes que firmar, ¿vale? Uno es para mi sobrina, que está como loca contigo, dice que se parte de risa al leerte, y el otro es para Adelina, que a la pobre se lo regalo yo, pero oye fírmaselo igual, ¿eh?

Mario se sirvió un güisqui seco. Pegó un sorbo y después se apoyó en el escritorio de su despacho.
―Estoy hasta los cojones de esos concursos ―dijo.
―A ver, Mario, a ver si lo entiendes. Necesitamos tu nombre, sólo tu nombre, ¿vale? Ya te he explicado que los relatos los leerán otros, tenemos remesa nueva de escritores en la editorial, ellos se encargarán, pero, vamos, Mario, eres uno de los autores más consagrados de este país, necesitamos tu nombre en el jurado.
―Hasta los cojones, joder… de tanta mierda y tanto pringado mal leído de su puta ma… pff…
―Mario, las cosas están así: hace tres años que no escribes nada, bien, lo estamos respetando porque sabemos lo que vales y te queremos con nosotros, pero tiene que entrar dinero de alguna manera. Que aparezca el nombre de Mario Lopetegui como jurado en este certamen, va a poder proporcionarnos buenos patrocinadores, ¿lo entiendes o no? ¿Mario?, ¿me estás oyendo?
―Los críos ya ni me llaman. La culpa de todo la tiene su madre, chalada de mis cojones…
―Mario…
―Bueno, la cría sí, me llamó hace mes y medio para pedirme dinero porque resulta que ahora quiere hacer un máster en la universidad de St. Andrews, pff… hay que joderse… Eso también es cosa de su madre, que la quiere encasquetar con el menor de los principitos. ―Pegó otro trago―. Bueno, entonces quedamos en que yo no voy a tener que leer esa mierda, ¿no?

―Alfonso, oye, ¿cuándo te contestan?
―Eso lleva su tiempo, mujer. Tienen que mirarlo bien y luego tomar una decisión. Es gente importante, ésta es gente importante.
―Pues a ver, hijo, a ver si tienes suerte. Ya se lo voy a pedir yo a nuestra Señora de los Ángeles, que nuestra patrona nunca nos da de lado.
―Chorradas, bobadas de las tuyas ―dijo manoteando el aire. Luego la vio sentarse en el sofá, frente a la tele, con un libro en la mano―. ¿Qué es eso?
―¿Esto? Me lo regaló Cristina, hará cosa de un mes. He tenido una suerte de caer en esa casa, madre de Dios, con lo que hay por ahí. Pero mira, Cristina siempre con detalles, qué mujer, qué mujer, que está a todo, no para, es que no para, con su revista, los niños, estar al tanto de Fede, madre de Dios…
―¡Pero si no has leído en tu vida!
―Pues por eso, Cristina me anima, me ha dicho que es facilito de leer y además, mira, mira ―La mujer pasó las dos primeras páginas en blanco y, abriendo la tercera de par en par, se lo enseñó a su marido―, ¿lo ves?, ¿eh?, ¿lo ves?, ¡está dedicado!
―¡Bobadas!
―Pues no será tan bobada cuando me lo ha regalado Cristina, que la señora sabe mucho. ―Cerró el libro, lo dejó a su lado y encendió el televisor―. Alfonso, oye, igual Cristina te puede ayudar con lo tuyo, ¿no?, igual si le pido que hable con su amiga la escritora, pues…
―¡Adelina! Que te digo que esta gente es importante, gente importante de verdad, gente de lo alto, ¿me entiendes? No gentucilla que firma sus libros a fregonas, ¡que a veces pareces tonta, coño!

Eran las 10.20 de la noche, y Alba intentaba con el codo cerrar la puerta de su coche, aparcado frente a su casa. No lo logró, pero con el culo sí. Iba cargada con unos doscientos portafolios amarillos con, aproximadamente, veinte hojas mecanografiadas dentro de cada uno. Caminaba despacio, con cuidado de no caerse, porque sabía que si perdía o desordenaba alguna de aquella carpetilla, la editorial la iba a matar.

Mario abrió la nevera de su casa. Un tomate, margarina, medio limón, dos huevos y dieciocho botellines de Voll-Damm. La volvió a cerrar, se frotó la cara y soltó un rajado alarido.

―Toño, Toñito, oye, ponme con Alfonso, anda, hijo… pero oye, ¿qué tal tu madre? … ¿sí? …. cuídala, ¿eh?, que no sabes lo que tienes, y tú sigue así, que ya me dice Alfonso que lo das todo en el taller, ¡qué ángel!… eso, eso… tú no te preocupes… claro, tranquilo, eso… di que sí… oye, hijo, anda, ponme con Alfonso… sí, sí, adiós, cariño, adiós, hijo. ¿Alfonso?… ¡Que tienes carta!… pues carta… ay, no sé, de la gente importante… ¿sí?… bien, bien, pues no te la abro... que no, que no, que no te la toco… sí, sí… pues te caliento la comida para las tres, eso… bueno, hala… sí, hala.

―Lo siento, Mario, lo hemos establecido así: Alba Campos dará el diploma a las menciones especiales, Daniel Ojeda otorgará el premio al finalista, y tú se lo darás al ganador.
―¡No puedes poner a esa puta niña a mi misma altura o a la de Ojeda!, ¡es humillante! ¡No es nadie! ¡Acaba de publicar una basura de folletín contando cómo se folla a sus novios!
―¡Me sopla la polla si Alba Campos escribe bien o mal! Su novela lleva sólo seis meses en la calle y ya estamos preparando la segunda edición y la versión e-book, sin gastar un duro en marketing, ¿sabes lo que cuesta dar con un escritor así?, ¡¿lo sabes?! ¡Esto es una empresa!, ¡no vivimos de la caridad! ¡Ponte a escribir, Mario, joder!, ¡ponte a escribir!, bufff… haz tu trabajo, joder…

―Disculpe, señorita, es que mi marido, que es escritor, viene a recoger un premio y no sabemos dónde colocarnos, porque nos dicen delante, detrás, y…
―No se preocupe, dígame su nombre.
―Adelina Sastre.
―No, mujer, el mío será, que yo soy el escritor.
―No importa, pues dígame el suyo.
―Alfonso Ruíz Pérez.
―Bueno, efectivamente, usted está entre los cien finalistas, así que si son tan amables, tomen asiento a partir de la fila 20, por favor.

―¿Nerviosa? ―preguntó Mario a Alba ofreciéndole una copa de vino. Ésta negó con la cabeza mientras cogía la copa―. Normalmente, estos actos no duran mucho, en una horita estará ventilado. ―Alba sonrió y se rascó detrás de la oreja―. Esto… te quería comentar que, bueno, imagino que estarás preocupada, ¿no?
―¿Por? ―preguntó sorprendida.
―Empiezan a salir ahora las críticas a tu novela y no están siendo buenas. ―Alba se mordisqueaba el labio inferior por dentro de la boca―. Hombre, pero eso ya lo sabrías tú, ¿no?, que es una novelita muy pobre. ―Se hincó los dientes con tanta fuerza, que empezó a sentir ese familiar sabor a hierro. Dándose cuenta se llevó la mano a la boca para disimularlo―. El problema de esto es la falsa buena acogida que tiene este tipo de novelas, que, lógicamente, luego cuando llega el fracaso es difícil de digerir. ―Se estaba haciendo trizas el labio y ahora le empezaban a picar las muñecas―. Yo, Alba, te lo digo, porque sé que se pasa mal. Llevo muchos años en este mundo y he visto de todo. Por eso que, quizá, mi consejo a los escritores nóveles es decirles que cuiden al máximo la calidad de la primera novela. Porque luego pasa lo que pasa, ya sabes, ¿no? ―Alba se quitó la mano de la boca y se rascó la muñeca con la que sostenía la copa de vino. Le llegaba esa sensación de falta de aire―. Que las editoriales no vuelven a contar contigo, porque aquí todo el mundo se conoce y los editores hablan entre ellos y, bueno, que te encuentras con todas las puertas cerradas, así, por la tontería de un vergonzoso primer tropezón.

A las 8 de la tarde, la ceremonia de entrega de premios “Pluma Platino” dio comienzo, teniendo que disculpar la ausencia de Alba Campos por encontrarse indispuesta.
El discurso de Lopetegui, alabando la calidad de los relatos presentados y defendiendo de manera encarecida la literatura con mayúsculas, fue aplaudido fervientemente.
Dos horas más tarde, todos los asistentes ya habían llegado a sus casas.

En Getafe, Adelina consolaba a Alfonso que lloraba ante el televisor de la salita. En el baño de un estudio de La Latina, Alba se frotaba con alcohol los brazos para desinfectar las heridas de sus propios mordiscos. Y en el barrio de Salamanca, en un piso de más de 200 m, Mario empujó, con ambos pies, la silla que lo sostenía.