martes, septiembre 27

Futuro frutal


Elvira caminaba sobre el bordillo de la acera. Feng Min a su lado. Las dos llevaban una pequeña bolsa de plástico llena de fruta. Elvira, cerezas. Feng Min, lichis. La primera emulaba ser una trapecista en la cuerda floja. La segunda la miraba preguntándose si todos los españoles serían igual de idiotas. Min era de Xi’an. Elvira de Bilbao. Ambas tenían 25 años y eran profesoras de español en una universidad al noreste de China.
―Y… ¡Doble salto mortal de Elvirova Reboskaya!

Y Elvirova cogió carrerilla para su arriesgada bajada de bordillo. El salto no fue mortal, pero sí un tanto accidentado. La bolsa salió disparada y ella quedó incrustada en el asfalto. Min la ayudó a levantarse mientras la llamaba idiota, y juntas empezaron a recoger las cerezas del suelo. Las metieron en la misma bolsa de los lichis.
―¿Se enfadará? ―preguntó Elvira.

―¿Quién?
―El Buda ―contestó señalando la bolsa.

Min negó con la cabeza, pero lo cierto es que tenía sus dudas. En silencio y preocupadas llegaron a la peluquería. Atravesaron la cortinilla de flecos con bolitas, que adornaba la puerta de la entrada. Una vez dentro, esperaron a que alguien les dijera qué hacer ahora. Pero nadie se les acercó. Había cuatro sillas alineadas frente a un largo espejo. En una, una mujer con rulos leyendo una revista. En otra, una joven con papel de aluminio en la cabeza depilándose las cejas a un milímetro de distancia del espejo. Otra estaba vacía, y en la última había un gato blanco.
―¿Estás segura de que era aquí…? ―preguntó Elvira en un susurro a su amiga. Ésta levantó los hombros sin contestar, y se pegó la bolsa de fruta contra el pecho.

―¿Xiaosong Zhu? ―se atrevió a preguntar en alto, apretándose cada vez más la bolsa.
―¿Xiaosong Zhu? ―repitió la chica de la plata en la cabeza, sin despegarse del espejo―. ¿Buscáis a Xiaosong Zhu?

Las dos profesoras, que no se habían movido de la entrada y que cada vez estaban más pegadas la una de la otra, asintieron con la cabeza.
―¡¡¡¡¡Xiaosoooooong Zhuuuu!!!! ―gritó la chica. Y es que el chino, como el pingüino emperador, es capaz de encontrar a su compañero de entre un millón con un solo grito, pero qué grito.

Al fondo de la peluquería, se corrió una cortina de tela amarilla, y apareció una mujer de mediana edad, que se acercó a las dos amigas y, después de mirarlas de arriba abajo, les preguntó si eran ellas las que venían a que el Buda les predijera el futuro. Las chicas dijeron que sí, así que la mujer las llevó a una habitación aparte. Era pequeña. Tenía una camilla de masajes contra la pared, un vaporizador junto a la puerta y bajo la ventana había un Buda de madera, de casi un metro de altura. Rodeándolo: mandarinas, ciruelas rojas y uvas.
―Hemos traído la ofrenda como nos pidió ―dijo Feng Min dándole la bolsa de la fruta.
―Dile lo de las cerezas ―dijo Elvira en español.
―Se nos cayeron las cerezas al suelo ―explicó Min en chino.
―Dile que si el Buda se va a enfadar, podemos comprar otras.
Min lo iba a traducir, pero pensó lo ridículo que sonaba aquello, así que miró a Elvira y le pidió que se callara.
La mujer colocó la fruta frente al Buda, no sin antes haberse inclinado ante él tres veces. Después pidió a las chicas que tomaran, cada una de ellas, un incienso, lo prendieran e, inclinándose ante el Buda, formularan en silencio tres preguntas sobre su futuro. Cuando terminaron, clavaron en incienso prendido sobre un tiesto de tierra, y se sentaron en la camilla. La mujer lo hizo en una silla, al lado de ellas. Abrió un enorme libro de pastas de cuero rojo y les preguntó la fecha de nacimiento. Cerró el libro, juntó las manos sobre él, alzó la cabeza y empezó a vocear frases sueltas en tibetano. Elvira pellizcó la mano de Min y Min pellizcó la de Elvira.
Al terminar de vocear, Xiaosong Zhu volvió a bajar la vista lentamente y, mirando a Elvira, le preguntó qué quería saber. Elvira carraspeó dos veces y sujetándose el cuello con ambas manos, como si se le fuera a caer, dijo finalmente:
―Dile que le pregunte al Buda sobre mi trabajo. Si me marcharé a Buenos Aires a terminar mi doctorado. Si falta mucho para casarme con Etienne, y dónde viviremos y cuántos hijos tendremos, y no sé, pues ¡todo!
Min lo tradujo al chino. La mujer, después de escucharla, levantó la cabeza y con los ojos cerrados, volvió a bramar un sinfín de frases en tibetano. Quedó en silencio un momento, y, sin bajar la vista, abrió el libro y comenzó a garabatear la última página.
―¡Hostia…!, ¡que ha entrado en trance, Min, que me cago…!
―¡Calla…!
―Vamos a morir…
Xiaosong Zhu paró de repente. Clavó la vista sobre el Buda. Cerró el libro. Y en chino explicó a Min lo que dos minutos después traduciría a Elvira. Que no, que no se marcharía a Buenos Aires, porque se quedaría en China por tres años. Que tras este periodo, viviría en un país vecino al suyo, pero que el dolor la llevaría a su ciudad natal en menos de un año. Y no, no se casaría nunca con Etienne ni tendría hijos con él. Lo haría con un hombre, de una notable diferencia de edad. Y tendría dos hijos pasados ya los 40.
―¡Pero qué mierda es esa!, ¡yo quiero vivir en Argentina con Etienne!

Min le tradujo su malestar. La mujer chasqueó la lengua, abrió de nuevo el libro y, tras repasar los garabatos, les confirmó que Elvira viviría en países muy diferentes, pero nunca en Argentina y que su destino final sería su propio país, donde se dedicaría a escribir.

―¡¿A escribir qué?!, ¡yo no sé escribir! ¡Yo quiero irme a Buenos Aires, terminar mi doctorado y bailar el tango con Etienne el resto de mi vida!

―Pues el Buda no dice eso ―dijo Min intentándola calmar.
Pero 30 minutos más tarde, era Elvira la que intentaba calmar a Min ya en plena calle.
―Pero, Min, seguro que se ha equivocado, imagino que…
―¡Claro que se ha equivocado! ¿Cómo me voy a casar con un extranjero? ¡Me parece una falta de respeto! ¡Llevo 11 años con Dong! ¡¿Quién puede pensar que no nos vayamos a casar?! ¡Con un extranjero, dice! ¿YO?
―Min, yo creo que esto ha sido cosa de las cerezas…
―¡Cállate!



Casi 10 años más tarde. Elvira se reía leyendo, en el sofá de su pequeña buhardilla madrileña, la última novela de Pablo Tusset. Su móvil sonó. Estiró la mano y lo alcanzó en la mesita.
―Dime, loca ―dijo.
―¿Hot Pot el viernes a las 3? Donde siempre. Hermosilla.
Poco quedaba de aquella ingenua Min, profesora de español. Ahora se había convertido en una rompedora ejecutiva de una gran empresa de Madrid.
―Vale, me lo apunto.
―Ah, acuérdate de bajarme dos ejemplares firmados de tu novela. Para Bo Zhang y Fanghui Sun. El lunes se los quiero enviar sin falta a Pekín. ¿Te acordarás?
―Me acordaré.
―Ah, y otra cosa. Javier y yo nos casamos.
Elvira soltó una risotada loca. Después la felicitó con sorna, y le dijo:
―Está claro que al final el Buda no se enfadó con nosotras.

sábado, septiembre 17

De tangas va el asunto


Llega un momento en la vida en que te quitan las dos rueditas de atrás de la bici, en que le pides a tu madre que deje de ir a buscarte al cole, porque prefieres volver a casa con las amigas, en que la cerveza deja de tener ese sabor a barandilla oxidada para convertirse en tu bebida preferida, pero sigo sin saber el momento exacto en el que te das cuenta de que eres lo demasiado vieja para seguir llevando tanga.
Frente al pequeño espejo del baño, sostenía las dos canas que me acababa de arrancar. Sujetándolas con los dedos, las llevé hasta la salita, con el brazo estirado, como si fueran pruebas de un delito.
―¡Mira! ―exclamé a mi madre mostrándoselas.
Dejó a un lado el libro que leía, se bajó las gafas hasta la punta de la nariz, las observó, levantó la vista, me miró, cogió de nuevo el libro, se subió las gafas y me pidió, sin apenas vocalizar, que me fuera a cagar.

Acababa de regresar de París. Llevaba dos días en la casa de veraneo de mis padres. Era momento de asimilación. Necesitaba digerir el haber escuchado por teléfono a la guarra que se había tirado a mi novio, que yo me hubiera tirado a un gabacho, con el nombre de una tía tatuado en la nuca, amigo de un tal Bertrand, que el tal Bertrand se hubiera tirado a Lys mientras la llamaba Gleese, que mi cuenta bancaria estuviera a menos 387 euros, que un tipo me considerase, en su blog, escritora de la nueva literatura basura, que mi madre me preguntara cada dos por tres por qué había vuelto, que mi pelo se llenara de canas, y que mi culo estuviera cogiendo una forma, anatómicamente, incompatible con el tanga.
Decidí quedar con éstas. Escuchaba, con una cerveza en la mano mirando al puerto, como el chico con el que había quedado Marieta, el domingo por la tarde, le había dado plantón.

―¡No apareció! ―Marieta.
―¡¿No apareció?! ―Blanquita.

―No apareció… ―yo.
―¿Años? ―yo otra vez.

―No sé, los nuestros, imagino, no sé… ―Marieta.
―Ya, así que no llegaba a los treinta ―Blanquita.

―No llegaba… ―yo.
―¡Iros a la mierda! ―Marieta

―Idos ―yo.
―¡Vete! ―Marieta.

―No os sigo ―Blanquita.
―¡Que somos viejas y punto! ―yo.

―¡No somos viejas! ―Marieta.
―Perdone, señora, ¿esta silla está libre? ―me preguntó un niño de unos doce años. Asentí con la cabeza y el crío se la llevó.
Me giré hacia mis amigas, las miré y supe que ese momento había llegado. Me levanté y les dije que enseguida volvía.

Al de 15 minutos, estaba de vuelta.

―¿A dónde has ido? ―Blanquita.
―A mi casa ―yo.

―¿Para qué? ―Marieta.
―Para ponerme bragas ―yo, otra vez.

domingo, agosto 28

Llamadas...

Película: Crimen perfecto de Alfred Hitchcock

—Hey, ¿qué pasa, tío? —dijo Rafa, en calzoncillos, desde el quicio de la puerta de su apartamento madrileño. Su amigo Germán terminaba de subir los últimos peldaños, acompañado por su perro.


—¡Buah!, joden estas putas escaleras, chaval.

Los dos amigos se dieron una palmadita en el hombro y entraron en casa. En la cocina, Rafa le dio las llaves de su coche.

—No le metas demasiada caña, que el pobre FordFi no está para mucho trote. Y, ya sabes —dijo señalando al perro—, ni babas ni un puto pelo de Homer cuando me lo devuelvas.

—Tranqui, tío. Como la seda. Sabe que si se porta bien le invito a un Big Mac.

Rafa se río llamándole tarado, después se quedó en silencio un rato largo.

—¿Todo bien? —preguntó Germán.

Rafa se dio la vuelta y, bajando el tono de voz, le confesó que ayer tuvo liada.

—¿Liada, liada?

—Liada —confirmó Rafa.

—¿Sigue en la habitación?

Rafa afirmó con la cabeza.

—Joder… ¿Y Elvira?

—Sigue en París, con sus putos cursos y su puta mierda…

—Joder…

—Puta egoísta. Hace lo que le sale de los cojones. Sin avisar, tío. ¡Pum! Me voy a Paris. Ahí te quedas. ¡Pum! Me encuentro mal y me voy. Pero, loca, nos íbamos a Ibiza, ¿no? Joder, macho, estaba hablado, nos íbamos de 10 al 20 de agosto a Ibiza. Pues no, que la niña dice que tiene mucha angustia, que quiere buscar no sé qué, que se frustra, que se…, ¡yo qué sé! Que soy un pringa’o, Germán, tío, que soy un puto pringa’o.

—Joder… ¿Y ésta?

—Ayer, que salí con Manu. Terminamos a las 6 de la mañana en el Larios, muy mala pinta, tío, pfff, muy mala pinta, y nada, sin más, que me traje a la pava a casa.

—Joder…

Homer, sentado en el suelo, observaba como los dos, apoyados en la encimera, miraban al frente sin pestañear. Después vio como su dueño le hizo un gesto con la mano, se levantó y lo acompañó hasta la puerta de las escaleras.

—Oye, tío, no te ralles. Ya está. Y si quieres y te apetece, llama a Elvira, llámala. Es muy probable que esté tan jodida como tú.

Con otra palmadita en el hombro se despidieron. Rafa cerró la puerta y volvió a la cocina. Cogió el móvil, la llamó. Espero 4 tonos y habló.

—Elvira, Elvi, oye, soy yo, oye… esto, escúchame, yo no sé muy bien… Sé que no estuvo bien todo lo que te dije antes de que te marcharas, sé que… me pasé, lo sé. Lo siento, chiquitina… Llámame cuando oigas el mensaje y hablamos, y lo siento, ¡que le den por culo a Ibiza!, que… que lo siento, Elvi, no teng…

—¡¡Oye, que si no vuelves a la cama, me pego una ducha y me piro!!

—¡JODER!

Rafa lanzó el móvil al suelo y gritó a la tía, que estaba en pelotas en medio de su cocina, que se largara a su puta casa.





—A mí esto de convertir los barcos en bares, no lo termino de entender, ¡yo me mareo! —dijo Elvira y Lys se rió—. Te lo digo en serio, que sí, que queda muy cool, y es la hostia tomarte la cerveza sobre el Sena, pero yo me mareo, ¡me mareo!

Lys se volvió a reír y, como la veía animada, le insistió de nuevo para que fueran juntas a la fiesta en casa de Bertrand.

—Que no, que paso de fiestas. Lys, que me apetece estar tranquila, que ya sé que son majos, pero a mí la gente, en general, no me gusta. Tú vete y mañana me lo cuentas, si yo con eso tengo más que suficiente, sobrevivo gracias a la vida de los demás, pero yo en mi sofá con mis libros y mi portátil.

Lys le hizo una mueca desaprobando su decisión. Las dos se rieron. Al de un rato, pagaron las cervezas y, antes de marcharse, Lys fue al baño. Elvira guardó su monedero en el bolso y sacó el móvil. Vio que tenía un mensaje de voz. Era de Rafa. Miró seria el móvil, se pellizcó la barbilla y decidió escucharlo. Mientras lo oía, agachó la cabeza y apretaba una sonrisa en los labios. Se tocó el pelo y sonrió, esta vez, sin temor. De golpe, miró al frente, se dio un golpecito en el esternón y dejó el móvil sobre la mesa. Giró la cabeza. Respiraba deprisa. Fijó la vista en el agua. Tanteando la mesa, cogió de nuevo el móvil. Lo sujetaba con fuerza en una mano, con la otra se apretaba el estómago. Se llevó el móvil a la oreja. Cerró los ojos y escuchó otra vez el mensaje. Abrió los ojos. Con calma, metió el teléfono en el bolso y se lo colgó al hombro. Apoyó los codos sobre la mesa y esperó a que su amiga volviera. Al llegar Lys, ella se puso de pie. Mientras salían del barco, Elvira le agarró del brazo y le preguntó:

—¿Vamos en metro o nos cogemos un taxi hasta la casa de Bertrand?

martes, agosto 23

Un café, s'il vous plaît

Película: Un franco, 14 pesetas de Carlos Iglesias

Me levanto de la mesa con pereza, y voy a la barra a pagar. Hace demasiado calor. Mentalmente repaso el trayecto en metro de Saint Michel al cementerio de Père-Lachaise, eso por lo menos son tres trasbordos, qué pereza, qué calor. En mala hora le dije a Lys que la acompañaría. Si a mi Jim Morrison ni fu ni fa.

—Perdone, ¿cuánto es?

—¡Por supuesto, señora!, dos cafés, ¿verdad? —me afirma la joven camarera con una histriónica simpatía.

—No, no, solamente uno —digo devolviéndole algo de su sonrisa.

—¿Un café…? Sí, un momento —me responde, y la veo que se dirige a la caja registradora, y comenta algo al oído de su compañera. Las dos me miran, vuelven a chismorrear y, finalmente, la simpática sale de la barra y se acerca a mí.

—Disculpe, señora, pero me podría decir, por favor, dónde ha estado usted sentada.

—¿Cómo? —pregunto absolutamente sorprendida.

Ella se ríe y me repite lentamente la pregunta, pero no como si fuera extranjera, sino como si fuera imbécil. La miro seria y le señalo la mesa junto a la ventana. Las dos vemos el pequeño vaso vacío de mi cortado.

—Oh, usted estaba ahí, perfecto, no hay problema, pues entonces un café. —Y con esa amabilidad tan chirriante vuelve, como si tal cosa, detrás de la barra.

—Lo que usted acaba de hacer es realmente una grosería —digo.

Las dos camareras y el chico, sentado en la barra, me miran. Lo repito, pero más despacio, para que todos nos entendamos bien.

—Disculpe, señora, creo que usted está malinterpretando absolutamente lo que acabo de hacer. Debe pensar que son muchos los clientes que pasan cada día y nos es, absolutamente, imposible recordar cada una de las consumiciones.

—No lo dudo, pero en estos momentos somos cuatro: este señor —señalo al joven de la barra—, la pareja del fondo y yo. Además, desde el principio, le he dicho que he consumido un solo café, y con eso es suficiente para cobrarme un solo café.

Su compañera, le pide paso con el brazo, y se coloca delante de mí sin media sonrisa.

—Señora, si lo que quiere es ver donde no hay para no pagar ninguno de los cafés, está bien, no los pague. Ahora, si es tan amable, puede irse.

Siento cómo me arde la cara de rabia. Recuerdo a mi abuelo. Lo veo en su casa de Sestao, sentado en la butaca frente al televisor, contándome la vez que fue a Toulouse a visitar a su hermano Tobías, que estaba exiliado. Estando en la estación de tren, dos hombres le pidieron que, por favor, cuidara un momento sus maletas. Cuando volvieron, se lo agradecieron sacando de su cartera un franco cada uno. Mi abuelo los mandó a la mierda gritándoles en español, porque ni una palabra de francés sabía, que él tenía dinero de sobra. El pobre no tenía un duro, y yo tampoco. Un máster de mierda me había fundido todos mis ahorros, así que en París estaba sobreviviendo a huevos duros, yogures y cafés.

Y, ahora, esta mujer me acaba de tocar los cojones. Así que voy a hacer lo que, sin duda alguna, haría mi abuelo.

—No, señora, le voy a pagar, pero, además, le voy a pagar los dos. Los dos cafés que no me he tomado, ¿de acuerdo? —Saco mi monedero del bolso, cojo un billete de 10 euros y los coloco sobre la barra—. Que tengan una buena tarde.

Sin esperar reproches, salgo de la cafetería sin un duro en los bolsillos pero inflada de amor propio, como mi abuelo.

viernes, agosto 19

Fashion intelecto

Mujer con sombrero azul de Pablo Picasso

Estábamos en mi diminuto apartamento de París. Lys se atusaba el pelo inclinada hacia adelante, mientras yo preparaba la cámara de fotos.


Nos conocimos en el curso monográfico sobre André Suarés, que impartía ese verano la Sorbona. Un día, antes de empezar la clase, estaba sentada sobre mi burbuja autista fingiendo que leía, no fuera a ser que se me acercara alguien con ganas de hablar. Pero no tuve suerte y así fue, Lys se acercó a mí y se presentó.

—¿Lys? ¿L-Y-S? ¿Cómo las siglas del aeropuerto de Lyon?

Y ahí estaba yo y mi gran simpatía. Por suerte, a Lys le dio por reírse.

Era belga, pero vivía en Ámsterdam. De 29 años, casi un metro setenta y apenas 50 kilos. Sin tetas ni culo. Tenía las manos huesudas y llenas de anillos. Caminaba arrastrando los pies en chanclas. Casi siempre llevaba pantalones largos de cadera baja, con dos o tres camisetas de tirantes superpuestas. Y su larga melena, de un espantoso negro teñido, subrayaba el verde claro de sus ojos.

Después de la clase, me invitó a un café en la calle Soufflot. Me habló de ella sin parar, no es que me aburriera, pero creo que si los cafés fueran por escrito, mi vida social tendría más éxito. Era violonchelista en la Orquesta Real del Concertgebouw. Me costaba imaginar cómo, aquel frágil ser, podría abrirse de piernas ante tamaña bestia. También me habló de unos poemas, no la entendí muy bien, porque, en ese punto de la conversación, su lenguaje cobró un giro demasiado místico para mi vocabulario francés. El ritual del café y del ego-místico se repitió durante tres días, hasta que al cuarto me pidió subir a mi casa, explicándome, con palabras terrenales, que la necesitaba como escenario, porque estaba escribiendo un “foto-poemario”. Bien. Atenta la escuché. Me contó algo muy largo que se resume en: foto, poema, foto, poema, foto, poema, y así sucesivamente. Y se ve que mi casa era lo bastante cutre como para darle ese toque kitsch.


Con la cámara ya preparada, la esperé a que se volviera a atusar el pelo.

—¿Preparada? —me preguntó. Asentí con la cabeza—. Bien, pues colócate aquí. Eso es. Y creo que la sacarás mejor de rodillas.

—¿De rodillas?

—Sí, claro, quiero que me la tomes desde abajo. Yo estaré encima del sofá, ¿comprendes?

Perfectamente. Lys, se descalzó y se subió al sofá. Cerró los ojos unos instantes, como si se concentrara en algo. Después los abrió como platos, se mordió los carrillos por dentro, y alzó los brazos en alto con las manos en forma de garras. Muy Dalí, sí, señor, muy Dalí. Pensé en mi madre para poder mantener el semblante serio. Me pidió que sacara tres, y se las saqué, sin mediar palabra.

Al bajarse, se quitó los pantalones y una de sus camisetas. Se arrimó a la pared junto a la puerta. Había una enorme mancha de humedad amarillenta. Lys se echó el pelo hacia adelante, y se apoyó sobre la mancha, con los hombros caídos y la mirada baja. Yo me pregunto qué tipo de oda le hará a las filtraciones de agua.


Bueno, no voy a criticar su estética, porque fui YO la que se cortó el pelo a lo Amelie Poulain nada más llegar a París. Un cambio de look, sí, un cambio de look, me dije, una mirada más intelectual. Y… ¡Mujeres del mundo!, ¡que no os engañen! ¡Semejante corte de pelo, sólo le sienta bien a Audrey Tautou! Así que con las excusa de mi nueva imagen de huerfanita desamparada, me fui a comprar un sombrero de paja gambler. Siempre quise llevar uno, ¡pero si tienes la cabeza minúscula!, me decía mi madre. Ya, pero yo quiero uno blanco con cinta negra alrededor. Y lo encontré, y lo compré, y me lo coloqué. Paseaba por la ribera del Sena pensando únicamente: ¡Dios mío, llevo un sombrero en la cabeza!
Pero un tropezón, en ese puñetero paseo empedrado, lanzó mi sombrero al agua. ¡Ayuda, ayuda! ¡Mi intelectualidad se ahoga!
—¿Es tuyo? —me preguntó un chico, al ver cómo lo miraba desde el paseo.

—¿Qué?

—¿El sombrero, es tuyo?

—¿Eh…? —Me fijé en él, parecía un chico tan normal que me dio mucha vergüenza ser tan rara—. No, no…, no, ya estaba aquí cuando llegué.

Y cuando el chico se alejó, lancé un beso al piquito de paja gambler que todavía quedaba a flote.


—Y ahora una en la ducha.

¿En la ducha?, qué asco, espero que se ponga los pantalones, porque yo, por si las moscas, me ducho siempre con chancletas. Pero no. Lys no sólo no se puso sus pantalones, sino, que además, se quitó la camiseta. Así que en bragas, se metió a la roñosa ducha. Se sentó, en una esquina, con las piernas flexionadas sobre el pecho. Se colocó todo el pelo sobre la cara, después dejó los brazos caídos con las palmas de las manos hacia arriba. ¡Madre mía!, parecía la niña de The Ring, ahora tenía miedo de que se colara por el desagüe y mañana, en el desayuno, viera asomar su cabeza por el retrete, ¡por favor!

Le tomé unas cuantas fotos más. Después, ella misma se auto sacaba primeros planos, con mirada felina. Al terminar, me pidió que nos sacáramos una juntas. Dijo que quería hacerme un pequeño homenaje en su libro. ¡Claro! Me moría de ganas por aparecer en un foto-poemario kitsch. Me aconsejó que me mojara un poco el pelo, y me lo tirara hacia atrás.

—¿Preparada? —dijo sosteniendo ella misma la cámara, con su, ya más que estudiada, mirada provocativa.

—¡Sí! —contesté con una enorme sonrisa.

Con la sesión finalizada, Lys descargó todas las fotos en mi portátil. Las íbamos viendo con los comentarios orgullosos de la modelo, hasta que llegamos a la última, la nuestra.

—Mmm…, Elvira, ésta creo que no la voy a poner.

—¿No? —¡Ey, qué pasa!, ¡salía muy bien!

—No, por tu sonrisa… —¿Qué le pasaba a mi sonrisa?—. No te enfades, ¿vale?, pero no sé, es demasiado normal, muy natural.

Ocultando una media sonrisa, me eché hacia atrás hasta reposar la cabeza en el sofá. Luego la miré y dije:

—¿Sabes, Lys?, creo que mañana voy a ir a comprarme un sombrero de paja gambler.

lunes, agosto 15

París

Nota: El blog se reabre antes de lo esperado. Echaba de menos mi vida semificticia, me divierte mucho más que la real. Disfrutad de la siguiente anécdota.

Gárgola, París por Emiliano Rodríguez

La ventana abierta. Qué bonito. Veo la Sorbona. ¿Y eso? Oh, es Notre-Dame anunciando las 11 de la mañana. Qué bonito. Creo que me estoy cagando.
Un domingo de agosto, París, apartamento de 14 m2, en el Barrio Latino. Por la noche el sofá-cama bloquea la puerta del baño, así que sólo puedo mear durante el día. Qué bohemio.
Necesito un café. Un café y cerrar la ventana.

Justificar mi estancia en París es complicado. Digamos que el odio me trajo hasta aquí. Un profesor de Creación Literaria, con camisa hawaiana, me confirmaba en Madrid, a finales de junio, que había suspendido el máster, no estás preparada, me dijo. No sabes introducir los diálogos ni distinguir la trama del argumento. Tenía dos opciones: conseguir un Ruger Alaskan y volarle los sesos al tipo que le había vendido semejante camisa o encontrar, en alguna parte del mundo, a una persona que me instruyera con mayor masa cerebral. Et voilà!, seis horas diarias de clase en la Sorbona, durante mes y medio, es el resultado de mi opción b.

Aterrizar en París supondría una terapia de choque en su estado puro, y mi psicoanalista de vacaciones. Recordar a mi ex francés de hace cuatro años, el fondue de chocolat de los sábados por la mañana, las cervecitas en Marais, los paseos en vélo, los apéritifs super sympa en el canal de Saint Martin, la música de… ¡¡¿Es que los psicólogos no temen que sus pacientes se tiren por la ventana en agosto?!! Hombre…, yo por la ventana no, pero quizá al Sena sí. Es más romántico, colorea un titular: “Joven escritora se tira al Sena desde el puente del Alma, atormentada por sus recuerdos, mientras su psicólogo, despreocupado, pescaba truchas en lo alto del Miño”.
La cuestión es que no había ideado una opción c, siempre se me olvida diseñar las salidas de emergencia. Así que, sin más alternativa, monté en ese avión de Air France.

Disgustada, bebo mi primer trago de café del día. Siento dilatarse los vasos sanguíneos de mi cerebro, sonrío, cierro los ojos e inspiro con los labios apretados. Un segundo sorbo y la vida es maravillosa. Con el tercero llega el orgasmo. Me dejo caer en el sofá y escucho a Alex Gopher atrapado en mi portátil. Notre-Dame anuncia las 12. Dejo la ventana abierta, porque sí, me gusta ver la Sorbona desde aquí, desde mi sofá. Y reconozco que desde esta posición, desde el epicentro de mi microcosmos, admiro un París transformado, diferente al de hace 4 años, un París no compartido, sólo mío, un París por descubrir, del que pienso enamorarme y dejar que saque lo mejor de mí, con absoluto delirio para que...
¡Un momento! Miro mi taza y me río, ¿por qué nadie me había hablado nunca de las propiedades psicotrópicas del café francés…?

domingo, julio 10

Despedida temporal


Locos todos,  me tomo unas vacaciones blogueras de, al menos, un par de meses.

Los que me conocéis sabéis que ha sido un año un poco complicado.
La pérdida de alguien a quien quería con locura, me ha dejado un tanto desorientada.

Así que daré un tiempo sabático a mi portátil, que se lo tiene merecido. Lleva tres años sin parar, convirtiendo la realidad en ficción y, por eso mismo, creo que ha llegado el momento de vivir la realidad tal y como es, sin el filtro creativo, sin trampas...

Gracias a todos por seguir el blog y por el buen recibimiento que ha tenido mi primera novela.

Este verano, disfrutad, como verdaderos locos, de la música, del cine y de los libros, en la playa o en la montaña, yo, como os imaginaréis, lo haré en el asfalto ;-D

Nos vemos en octubre, besos a montones... 

Os dejo con el maestro Sabina:

miércoles, julio 6

Oasis en la playa

Aparición de un rostro y un frutero sobre la playa por Salvador Dalí

Mes de julio. En la playa. Mar Cantábrico. En uno de los pueblitos de la costa vizcaína, Marieta está sentada con las piernas flexionadas, sobre un pareo hippie con flecos en tonos azules, comprado en Tarifa. Cuerpo de gimnasio con un moreno perfecto, un tono dorado logradísimo. Biquini de triangulo. Melena suelta, desfilada por delante y acabada en uve a media espalda. Gafas Carrera. La Cosmopolitan sobre sus piernas y el iPhone en su mano derecha.
Yo, a su lado, sentada a lo indio sobre una toalla de rizo algodón, que me trajo mi madre de Portugal. Con un gigantesco bolsillo en la parte de abajo. Muy práctico, así te ahorras el capazo, dijo mi madre mientras ofrecía un albornoz a mi abuela. Piel amarilla embadurnada en crema, me doy tanta que hasta se me hacen pelotillas en la cara, lo hago para evitar la mancha solar sobre el labio. Vale…, no es mancha, es bigote cantinflero, pero me gusta pensar que es mancha al igual que creo que la menstruación me hincha, que el chocolate me saca granos y que los hombres no saben valorar la belleza interior, sí, leyendas urbanas que agradezco enormemente. Sigamos. Biquini de aro y de braga ancha. Camiseta en la cabeza. Y peleándome con las descomunales hojas del periódico, vamos, como para tener un móvil en la mano.

―Marieta, estoy agotada… agotada de verdad ―le digo mientras doblo el periódico rompiendo la mitad de las páginas―. Necesito un tío que me quiera tanto que se responsabilice de mí por completo, que no me pida nada a cambio, que me permita descansar un poco mientras arreglo mi vida, que me haga reír, que me sorprenda cada día, que al follarme me deje inconsciente, que me…
―Ya, pues ponte a la cola, mona… ―dice sin levantar la vista de la Cosmopolitan.
La miro sin añadir nada más.
Me quito la camiseta de la cabeza, me tumbo y me la coloco sobre la cara. Extiendo los brazos en cruz hasta tocar la arena con las manos. Hundo los dedos en ella, es suave, con alguna piedrilla. Cojo un puñado en cada mano y la dejo caer de nuevo, abriendo un pequeño orificio entre la palma y el dedo meñique. Se escurre como en un reloj de arena. Se acabó el tiempo. Cojo otro puñado, nuevamente la dejo caer y el tiempo se vuelve a terminar. Qué fácil. Qué fácil resultaría así, teniendo el control de las cosas.
Pienso en mi padre y quiero que se desintegre. No deseo su muerte ni nada por el estilo, solamente que se convierta en arenilla y deje de existir. ¿Y tu padre? No sé, un día se desintegró y no lo hemos vuelto a ver, ¿y el tuyo? El mío se acaba de jubilar. Vaya, lo siento, espero que se desintegre pronto.
Pienso en mi madre y quiero que se case con un millonario austriaco, que se la lleve a Viena a ver conciertos y que, cada vez que hablemos por teléfono, falle la cobertura.
Pienso en Rafa, en su moto, en su Ford Fiesta tres puertas, en su consultoría, en sus DVDs del viernes por la noche, en su bici y en su Parque del Retiro, y la que se desintegra soy yo.
Pienso en mi profesor de Creación Literaria escribiendo una novela, no, no, no, eso es imposible, seamos un poco realistas, bueno, pues desintegrado, igual que mi padre.
Pienso en mi psicoanalista confesándome su pasión por la Pantoja y que deja la consulta para dedicarse, por completo, al transformismo en locales de Chueca.
Y pienso en mí, sentada en el escritorio de mi buhardilla madrileña, esperando a cumplir los 40 años para recibir a la muerte.

Riiiiiing.
Me levanto del escritorio, me acerco a la puerta y pregunto sin abrir.
―¿Quién es?
―La muerte ―me contesta una voz femenina al otro lado.
Abro la puerta y veo una sonriente mujer de mediana edad. Lleva una ceñida falda negra por debajo de la rodilla, una blusa de seda granate con una enorme lazada anudada al cuello, y unos Louboutin Peep Toe negros con tachuelas.
―¿Elvira Rebollo? ―pregunta.
―Sí ―respondo.
―Bueno, cariño, déjame comprobar unas cosillas, puro trámite, ya sabes ―dice sacando unos papeles de su Hermes―. Vamos a ver, Elvira Rebollo, aquí estás… ¿escritora frustrada?
―Sí ―respondo.
―Perfecto ―Y marca algo en una de las hojas―. ¿Hija frustrada? ―Asiento con la cabeza―. ¿Novia frustrada? ―Vuelvo a asentir―. ¿Estudiante frustrada? ―Frunzo el ceño―. Sí, suena raro, ¿verdad, preciosa?, pues déjame ver en observaciones… Vale, aquí dice que te has pasado la vida buscando, sin éxito, un mentor que te guíe en tus proyectos creativos.
―Sí, bueno, tuve un profesor de Creación Literaria pero me odiaba…
―Lo sé, cariño, aparece aquí. Murió hace dos años ―Abro los ojos sorprendida―. Bueno, se ha certificado su muerte, pero ninguno de mis compañeros pudo ir a buscarlo, se ve que se desintegró.
Me muerdo los labios, aquello hace que chirríe mi sentimiento de culpa.
―Bla, bla, bla, parece que todo encaja, ¿no? Ah, se me olvidaba, ¿paciente frustrada?, de psicoanálisis, según esto. ―Y con los ojos cerrados asiento por última vez―. Bien, pues eres tú sin lugar a dudas. Entonces, si no te importa, colócate como estabas ―dice empujándome hacia dentro de mi casa―, sentada en el escritorio, eso es, con la cabeza… vamos a ver… no, así, eso es, cariño, sobre el teclado, ojos abiertos, perfecto. ¡No te muevas, por favor! Debo tomarte una foto para el informe, eso es, perfecto, cariño, sin moverte… ―Oigo un click y veo el flash de refilón―. ¡Maravillosa, cielo!, ¿la quieres ver? ―me pregunta mientras agita al aire la foto de su Polaroid. Me acerco a ella―. ¡Mira! Retrata perfectamente una muerte por agotamiento anímico.

―¡Elviraaaaa! ―Marieta me zarandea―. ¡Joder!, estás como una tapia.
―Estaba hablando con mi muerte… ―digo sentándome sobre la toalla mientras me coloco, otra vez, la camiseta en la cabeza.
―Ah, perdona, entonces estás como una cabra. Bueno, ¡mira, mira, mira!
Me acerco a lo que me señala sobre la revista y leo:
Transforma el orgasmo de tu chico de 5 a 30 segundos
―¡Ay, idiota! Eso no, ¡esto!
Horóscopo del amor para este verano
―¿Y qué dice?, ¿eh? ¿Qué te dice? ―Levanto los hombros― Dice, te leo, ¿vale?, te leo: No persigas el amor, sino déjate sorprender por él, quizá en un viaje organizado, en un museo o paseando por el parque
―¡¿Por el parqueeeee?!
―¡Calla! …por el parque, en cualquier lugar puedes encontrar a ese alguien que te ofrecerá el apoyo que tanto anhelas
―Hala, qué fuerte… ―digo llevándome las manos al pecho.
―…pero tu corazón está blindado. Los desengaños anteriores te han dejado resquemor y preferirás ligar, sacando tu lado más cínico, aunque, en el mes de agosto, lo que empezó siendo un tonteo terminará en boda
―¡Que me caso! ¡Que me caso con un tío del parque!
Me pongo de pie y empiezo a recoger todas mis cosas y a meterlas en el bolsillo gigantesco de la toalla.
―¿Pero a dónde vas, zumbada?
―A comprarme un billete de avión.
―¡¡¿A dónde?!!
―A la ciudad de donde vienen los niños y… ¡los maridos! ¡París!
―¡Espera!, ¡voy contigo! ―Marieta se levanta y atolondrada mete todas sus cosas en el capazo. Cuando me alcanza me mira, y seria me dice―: Elvi, sólo una cosa, cuando lleguemos a los Campos Elíseos, por favor, quítate esa camiseta de la cabeza…