martes, octubre 18

Otra forma de amar

Nota: Para contextualizar este relato, te recomiendo leer los dos anteriores: Saliendo del corral y Llamadas...


Llevaba 47 días siendo soltera. Y empezaba a encontrarle su lado positivo. La cama volvía a ser mía. Las comidas volvían a no entrar en ninguna franja horaria normal. Trasnochar ante el ordenador volvía a convertirse en una costumbre placentera. Y el reggaetón se volvía a escuchar en mi casa. Sí, reggaetón. Porque: Hola, mi nombre es Elvira, soy depresiva y llevo 112 días sin llorar. Te queremos, Elvira. Odio a los psicólogos que se les llena la boca hablando de las propiedades terapéuticas de la música de Erik Satie, ¡coño, ponle a tus pacientes Don Omar y déjate de tanto pianito a dos revoluciones por minuto, que me los vas a matar, madre de Dios!
Así que era sábado, cuatro de la tarde, acababa de desayunar, y movía el culo en medio del salón al ritmo de Danza Kuduro. El timbre de la puerta sonó. Mi culo paró. Me acerqué hasta la entrada y, desde dentro, pregunté quién era. Entonces se me paró el aparato respiratorio cuando Rafa contestó. Morada abrí la puerta.
―Hola… ―dijo con media voz―. Tenemos que hablar.

Dudo mucho que tuviéramos algo más que decirnos. Hacía 47 días, arrodillado y flagelándose, me confesó que sí, que se había tirado a aquella tía mientras yo estaba en París. No importa, le dije, porque yo también me tiré a alguien, bien, estamos en paz, volvamos a amarnos sin darle más vueltas.  Pero la cosa no fue tan fácil. Se reincorporó y me pasó el látigo para que me fustigara ahora yo, mientras me preguntaba con cierto nerviosismo ascendente: ¿que has hecho queeêêêEEÉ??!
Bueno, sí, la infidelidad. Tema delicado. El hombre es infiel, la mujer lo entiende. La mujer es infiel, el hombre la despelleja. Así que muy poquitas posibilidades tenía de salir bien parada en esta situación, porque: Hola, mi nombre es Elvira, y soy infiel por naturaleza. Te queremos, Elvira. Mi madre siempre me dice que no hable con desconocidos, pero, mamá, si no hablo con desconocidos, ¡sólo me los tiro! Me gustan los tíos. Todos. Altos, bajos, cachas, gorditos, carnívoros o veganos. A esto se le pueden dar muchas explicaciones. Freud, por ejemplo, si levantara la cabeza, achacaría mi promiscuidad a la falta de cariño en mi infancia. Pues es posible pero, vamos, que aquí lo que nos importa es que si levantara la cabeza también me lo tiraría.
Rafa no me despellejó exactamente. Únicamente me llamó falsa, cínica, planificadora, mentirosa, zumbada, y putonga. ¿Putonga?
―¿Putonga? ¿Me has llamado putonga?
―¡Sí! ¡Putonga!
Pues que me entró la risa oírselo decir por segunda vez, porque: Hola, mi nombre es Elvira y no tengo ética ni moral. Te queremos, Elvira. Rafa me echó de su casa, mientras me gritaba que volviera a terapia y tomara medidas, porque estaba fatal de la cabeza. Yo subía las escaleras muerta de la risa, porque cuando empiezo ya no puedo parar.

―La próxima semana empiezo con la terapia. Ya he hablado con Óscar, si es de eso de lo que quieres hablar. Prometo curarme ―dije levantando la mano derecha a modo de juramento.
Rafa suspiró un joder entre dientes y me miró  con cara de “tú no tienes cura, tarada”. Yo me reí, por supuesto. Él se frotó la cara y colocándose las manos en la cintura me explicó, mirando al suelo, que tenía que acompañarle a la boda de Carlos y Regina. Que esperaban que yo estuviera allí, que no les podía hacer ese feo. Que era cierto que la culpa fue suya por no avisarles de que habíamos roto, pero que tenía que ir, que mi plato ya estaba pagado y no les podía hacer ese feo. Repitió lo del feo unas 40 veces, como si, a una anti-ética como yo, aquello le pudiera ablandar. Y, lo cierto, es que imaginarme yendo a una boda de la mano de un ex… ¡me fascinaba!
 ―Sí, sería un feo ―dije mientras me regocijaba en mi propia inmoralidad.
Una semana más tarde. Íbamos camino al Castillo de Batres: Rafa, Germán, Homer y yo, en el pequeño Ford Fiesta, propiedad del primero. Al llegar, Rafa se separó de mí como si tuviera la peste, llevándose a Germán. Así que Homer y yo decidimos darnos al vino, porque todavía faltaban 20 minutos para que la boda civil, oficiada por el concejal Augusto Laguna, diera comienzo en aquel medieval paraje. Sentía que la gente empezaba a mirarme y no tenía muy claro de por qué. Quizá porque no eran las 12 de la mañana y yo ya iba por el tercer crianza, o porque tenía a mi lado un Gran Danés de casi tres metros de altura, o porque la faja-Spanx-de-mis-cojones me estaba cortando la circulación de las piernas y empezaba a tenerlas azuladas. La cuestión era: Hola, mi nombres Elvira,y no tengo amigos. Te queremos, Elvira.
La ceremonia comenzó. Era la única en la pequeña sala que estaba con una copa de vino, mi cuarta. Así que cada vez que el concejal decía algo, yo emitía un “uuu-uuuu-uuuh!!”, al más puro estilo José Luis Moreno. La madre de la novia, una doble de Pitita Ridruejo, me miraba con cara de estar viendo al mismísimo demonio. Al quinto “uuu-uuuu-uuuh!!”, dos chicos me sacaron de la sala, porque: Hola, mi nombre es Elvira y soy alcohólica. Te queremos, Elvira.
Sentada en las escaleras de la entrada del castillo, me descalcé. Llevaba unos peep-toe negros con la punta abierta, por eso me había comprado unas medias también con la punta abierta. Se me salían los dedillos del pie, que movía cual gusanos de tierra.  Germán llegó con un botellín de agua. Se sentó a mi lado, me quitó la copa y me ofreció el botellín. Después miró mis pies.
―¿Quién te ha mordido las medias?
―¡Son así!
―¿Las compraste ya rotas?
No había dos como Germán. Lo adoraba. Al de un rato, y tras haberme terminado casi toda el agua, me levanté con cierta torpeza, y le pedí a Germán que me dijera si realmente se me marcaba la faja. Me coloqué frente a él. Estiré mi ceñido vestido negro de cuello barco, y largo hasta la media rodilla. Ladeó la cabeza y me dijo que sí, que aquí. Aquí, era la nalga.
―Ah, pero eso no es la faja, es la braga, ¿ves? ―dije levantándome el vestido―. Llevo las medias, la faja y encima la braga, que hace de barrera para que no se me caiga la faja, ¿ves?
―Después de ver esto, sólo me queda por decir: ¡Uuu-uuuu-uuuh!
Durante el coctel, el fotógrafo organizaba los grupos para ir posando con los novios. Intenté salir junto a Rafa, pero en todas me apartaba con un manotazo, así que, al final, opté por la esquina junto a Homer y mi sexta o séptima copa de vino. Eso sí, la sonrisa todavía nadie me la había quitado.
Ya sentados en la mesa, Rafa no tuvo más remedio que estar a mi lado, aunque me ignoró en toda la comida. Gesto que no me importó, porque tenía la boca tan acartonada y pastosa que, si alguien me hubiera hecho hablar, le habría podido escupir  pelotillas de polvorón.
Cuando la tarta llegó, las luces se bajaron y empezó a sonar I’m yours de Jason Mraz. Los novios se levantaron e hicieron una pequeña coreografía muy popera. Me emocioné tanto que además de tres “uuu-uuuu-uuuh!!”, empecé a zarandear los brazos en alto como un girasol ciego. Carlos y Regina cogieron los pequeños novios que adornaban lo alto de la tarta y, sin perder el ritmo de la música, recorrieron el pasillo del amplio salón hasta llegar a nuestra mesa, y nos ofrecieron, a Rafa y a mí, los novios.
―¡Nos han tocadoooooo! ¡Uuu-uuuu-uuuh! ―grité levantándome de golpe, mientras daba palmadas como una histérica.
Rafa tomó los muñecos con cara de circunstancia, y besó a los novios agradeciéndoles el detalle. Enseguida llegó el fotógrafo que nos pidió que nos juntáramos los cuatro para la foto. Justo antes del flash, Rafa colocó los muñequitos delante de mi cara. Bonito recuerdo sin rostro, pero, eso sí, mi sonrisa seguía intacta detrás.
Con el baile llegaron los cubatas y el dolor de pies. A las 9 de la noche estaba en el baño de señoras abanicándome los pies descalzos, con una pequeña toalla. En ese momento llegó Regina con un séquito de 8 amigas, para ayudarla a mear. Le empezaron a desmontar el vestido por aquí y por allá. Le subieron la cola que se la engancharon a la espalda y le quitaron el casquete de la cabeza que iba unido al velo. No sabían qué hacer con él, así que una de ellas me pidió que lo sostuviera. ¡Claro!, exclamé encantada de servir, por fin, para algo en aquella boda. Me vi delante del espejo con el casquete en la mano y no me pude contener. Me calcé los zapatos y, con cierta ceremonia, me coloqué el velo y… ¡Madre mía, era una novia! No podía dejar de mirarme al espejo. Me tocaba el velo sobre mis hombros y sonreía desde diferentes ángulos.
―¿Qué haces…?
Me di la vuelta y vi a Rafa apoyado en la puerta del baño. Me sonreía, quizá por los cubatas, por lo que fuera, pero me sonreía desde la puerta.
Se señaló, con el dedo índice, el oído y me preguntó:
―¿La oyes? ¿Oyes la música?
Negué con la cabeza.
―Suena U2, With or without you.
Con la mano me pidió que me acercara. Me acerqué. Me acarició la cara. Y susurrándome la canción en el oído izquierdo, la bailamos en el baño.
Hola, mi nombre es Elvira y estoy perdidamente enamorada de ti.

Memoria selectiva

El sol y la vida de Frida Kahlo
Me acuerdo de las tostadas con mantequilla, Nutella y una pizquita de sal. Me acuerdo del Martini rojo compartido. Me acuerdo de las bolsas de Haribo para celebrar los reencuentros. Me acuerdo de las carreras hasta la ducha. Me acuerdo del sushi en Matsuri y del mónaco en Paserelle. Me acuerdo de los maratones de Prision Break bajo la manta. Me acuerdo de los aeropuertos. Me acuerdo de las obscenidades en voz bajita. Me acuerdo que primero fue el Messenger y después llegó el Skype. Me acuerdo de la estantería torcida de Ikea. Me acuerdo del aguacate plantado en la terraza. Me acuerdo de la moto amarilla. Me acuerdo de los escandalosos orgasmos. Me acuerdo de las cápsulas doradas de Nespresso. Me acuerdo de las despedidas por las mañanas en el garaje de casa. Me acuerdo del fondant de chocolate de los domingos. Me acuerdo de los besos robados. Me acuerdo de la competición de empujones por la calle. Recuerdo que me llamabas princesa, porque sólo me acuerdo de cuando me querías.

lunes, octubre 3

El gallo, las gallinas y la lombriz

Dos gallinas y un gallo de Emilio Lanza




La  lombriz Boj estaba en mitad del corral. Miles de ojos gallináceos la querían picotear, pero sabían que debían esperar al rango superior.
La puerta del corral se abrió y el rango superior entró, capitaneado por el gallo Aleto, y sus incondicionales: las gallinas nº1 y nº2. Llegaron hasta el fondo del lugar, se dieron la vuelta y entonces dijo Aleto: “Haya silencio” y hubo silencio. Vio Aleto que el silencio estaba bien, y apartó las gallinas ponedoras de las no ponedoras, alertando que no pisaran a la lombriz del centro.
Una vez instaurado el orden por encima del caos y la confusión, preguntó Aleto: “¿De qué se le acusa?”. “De agujerear nuestra tierra, señor”, contestó la gallina nº1. “No la agujereo. Remuevo, aireo y enriquezco el suelo, contribuyendo a que se mantenga fértil, señor”, aclaró el propio Boj.
Aleto levantó la cabeza, la ladeó y mirando a la lombriz con un único ojo, el izquierdo, dijo: “Pareces un buen complemento, Boj”.
“¡No!”, irrumpió la gallina nº2, “Señor, has bendecido su labor y por tanto te teme en balde, pero critica su obra y verás cómo, en pocos días, destrozará tu corral”.
Bajó Aleto la cabeza y dijo a sus incondicionales: “Bien, ahí tenéis a vuestra lombriz. Cuidad sólo de no matarla”. Y las incondicionales, saliendo de la presencia de Aleto, se abalanzaron sobre Boj y la picotearon por largo tiempo. Terminada la tortura, se alejaron. Y, colocándose nuevamente tras las plumas de Aleto, vieron retorcerse a Boj, hinchada en protuberancias sobre su viscosa y, ahora, sangrante piel.
“¿Quién es este gallo que puede tratar así a una criatura de su corral?”, dijo la lombriz, recuperando algo de aliento.
“¿Lo ve, señor?”, exclamaron nº1 y nº2. 

“¡Arrepiéntete, Boj, arrepiéntete y sella los agujeros de este lugar que tanto mal han provocado al no servir, absolutamente, para nada!”, bramó Aleto ofendido por sus palabras.
En ese momento, un zorro entró en el corral enfermo de hambre. Boj, se escurrió en uno de sus agujeros. Aleto, nº1, nº2, las ponedoras y las no ponedoras corrieron histéricos por todo el gallinero pidiendo clemencia, pero el zorro terminó por devorarlos a todos.
Aquella noche, la lombriz, algo recuperada, salió de su agujero, y, observando semejante imagen desoladora, dijo: “Produzca la tierra vegetación”. Y así fue. La tierra produjo vegetación.

martes, septiembre 27

Futuro frutal


Elvira caminaba sobre el bordillo de la acera. Feng Min a su lado. Las dos llevaban una pequeña bolsa de plástico llena de fruta. Elvira, cerezas. Feng Min, lichis. La primera emulaba ser una trapecista en la cuerda floja. La segunda la miraba preguntándose si todos los españoles serían igual de idiotas. Min era de Xi’an. Elvira de Bilbao. Ambas tenían 25 años y eran profesoras de español en una universidad al noreste de China.
―Y… ¡Doble salto mortal de Elvirova Reboskaya!

Y Elvirova cogió carrerilla para su arriesgada bajada de bordillo. El salto no fue mortal, pero sí un tanto accidentado. La bolsa salió disparada y ella quedó incrustada en el asfalto. Min la ayudó a levantarse mientras la llamaba idiota, y juntas empezaron a recoger las cerezas del suelo. Las metieron en la misma bolsa de los lichis.
―¿Se enfadará? ―preguntó Elvira.

―¿Quién?
―El Buda ―contestó señalando la bolsa.

Min negó con la cabeza, pero lo cierto es que tenía sus dudas. En silencio y preocupadas llegaron a la peluquería. Atravesaron la cortinilla de flecos con bolitas, que adornaba la puerta de la entrada. Una vez dentro, esperaron a que alguien les dijera qué hacer ahora. Pero nadie se les acercó. Había cuatro sillas alineadas frente a un largo espejo. En una, una mujer con rulos leyendo una revista. En otra, una joven con papel de aluminio en la cabeza depilándose las cejas a un milímetro de distancia del espejo. Otra estaba vacía, y en la última había un gato blanco.
―¿Estás segura de que era aquí…? ―preguntó Elvira en un susurro a su amiga. Ésta levantó los hombros sin contestar, y se pegó la bolsa de fruta contra el pecho.

―¿Xiaosong Zhu? ―se atrevió a preguntar en alto, apretándose cada vez más la bolsa.
―¿Xiaosong Zhu? ―repitió la chica de la plata en la cabeza, sin despegarse del espejo―. ¿Buscáis a Xiaosong Zhu?

Las dos profesoras, que no se habían movido de la entrada y que cada vez estaban más pegadas la una de la otra, asintieron con la cabeza.
―¡¡¡¡¡Xiaosoooooong Zhuuuu!!!! ―gritó la chica. Y es que el chino, como el pingüino emperador, es capaz de encontrar a su compañero de entre un millón con un solo grito, pero qué grito.

Al fondo de la peluquería, se corrió una cortina de tela amarilla, y apareció una mujer de mediana edad, que se acercó a las dos amigas y, después de mirarlas de arriba abajo, les preguntó si eran ellas las que venían a que el Buda les predijera el futuro. Las chicas dijeron que sí, así que la mujer las llevó a una habitación aparte. Era pequeña. Tenía una camilla de masajes contra la pared, un vaporizador junto a la puerta y bajo la ventana había un Buda de madera, de casi un metro de altura. Rodeándolo: mandarinas, ciruelas rojas y uvas.
―Hemos traído la ofrenda como nos pidió ―dijo Feng Min dándole la bolsa de la fruta.
―Dile lo de las cerezas ―dijo Elvira en español.
―Se nos cayeron las cerezas al suelo ―explicó Min en chino.
―Dile que si el Buda se va a enfadar, podemos comprar otras.
Min lo iba a traducir, pero pensó lo ridículo que sonaba aquello, así que miró a Elvira y le pidió que se callara.
La mujer colocó la fruta frente al Buda, no sin antes haberse inclinado ante él tres veces. Después pidió a las chicas que tomaran, cada una de ellas, un incienso, lo prendieran e, inclinándose ante el Buda, formularan en silencio tres preguntas sobre su futuro. Cuando terminaron, clavaron en incienso prendido sobre un tiesto de tierra, y se sentaron en la camilla. La mujer lo hizo en una silla, al lado de ellas. Abrió un enorme libro de pastas de cuero rojo y les preguntó la fecha de nacimiento. Cerró el libro, juntó las manos sobre él, alzó la cabeza y empezó a vocear frases sueltas en tibetano. Elvira pellizcó la mano de Min y Min pellizcó la de Elvira.
Al terminar de vocear, Xiaosong Zhu volvió a bajar la vista lentamente y, mirando a Elvira, le preguntó qué quería saber. Elvira carraspeó dos veces y sujetándose el cuello con ambas manos, como si se le fuera a caer, dijo finalmente:
―Dile que le pregunte al Buda sobre mi trabajo. Si me marcharé a Buenos Aires a terminar mi doctorado. Si falta mucho para casarme con Etienne, y dónde viviremos y cuántos hijos tendremos, y no sé, pues ¡todo!
Min lo tradujo al chino. La mujer, después de escucharla, levantó la cabeza y con los ojos cerrados, volvió a bramar un sinfín de frases en tibetano. Quedó en silencio un momento, y, sin bajar la vista, abrió el libro y comenzó a garabatear la última página.
―¡Hostia…!, ¡que ha entrado en trance, Min, que me cago…!
―¡Calla…!
―Vamos a morir…
Xiaosong Zhu paró de repente. Clavó la vista sobre el Buda. Cerró el libro. Y en chino explicó a Min lo que dos minutos después traduciría a Elvira. Que no, que no se marcharía a Buenos Aires, porque se quedaría en China por tres años. Que tras este periodo, viviría en un país vecino al suyo, pero que el dolor la llevaría a su ciudad natal en menos de un año. Y no, no se casaría nunca con Etienne ni tendría hijos con él. Lo haría con un hombre, de una notable diferencia de edad. Y tendría dos hijos pasados ya los 40.
―¡Pero qué mierda es esa!, ¡yo quiero vivir en Argentina con Etienne!

Min le tradujo su malestar. La mujer chasqueó la lengua, abrió de nuevo el libro y, tras repasar los garabatos, les confirmó que Elvira viviría en países muy diferentes, pero nunca en Argentina y que su destino final sería su propio país, donde se dedicaría a escribir.

―¡¿A escribir qué?!, ¡yo no sé escribir! ¡Yo quiero irme a Buenos Aires, terminar mi doctorado y bailar el tango con Etienne el resto de mi vida!

―Pues el Buda no dice eso ―dijo Min intentándola calmar.
Pero 30 minutos más tarde, era Elvira la que intentaba calmar a Min ya en plena calle.
―Pero, Min, seguro que se ha equivocado, imagino que…
―¡Claro que se ha equivocado! ¿Cómo me voy a casar con un extranjero? ¡Me parece una falta de respeto! ¡Llevo 11 años con Dong! ¡¿Quién puede pensar que no nos vayamos a casar?! ¡Con un extranjero, dice! ¿YO?
―Min, yo creo que esto ha sido cosa de las cerezas…
―¡Cállate!



Casi 10 años más tarde. Elvira se reía leyendo, en el sofá de su pequeña buhardilla madrileña, la última novela de Pablo Tusset. Su móvil sonó. Estiró la mano y lo alcanzó en la mesita.
―Dime, loca ―dijo.
―¿Hot Pot el viernes a las 3? Donde siempre. Hermosilla.
Poco quedaba de aquella ingenua Min, profesora de español. Ahora se había convertido en una rompedora ejecutiva de una gran empresa de Madrid.
―Vale, me lo apunto.
―Ah, acuérdate de bajarme dos ejemplares firmados de tu novela. Para Bo Zhang y Fanghui Sun. El lunes se los quiero enviar sin falta a Pekín. ¿Te acordarás?
―Me acordaré.
―Ah, y otra cosa. Javier y yo nos casamos.
Elvira soltó una risotada loca. Después la felicitó con sorna, y le dijo:
―Está claro que al final el Buda no se enfadó con nosotras.

sábado, septiembre 17

De tangas va el asunto


Llega un momento en la vida en que te quitan las dos rueditas de atrás de la bici, en que le pides a tu madre que deje de ir a buscarte al cole, porque prefieres volver a casa con las amigas, en que la cerveza deja de tener ese sabor a barandilla oxidada para convertirse en tu bebida preferida, pero sigo sin saber el momento exacto en el que te das cuenta de que eres lo demasiado vieja para seguir llevando tanga.
Frente al pequeño espejo del baño, sostenía las dos canas que me acababa de arrancar. Sujetándolas con los dedos, las llevé hasta la salita, con el brazo estirado, como si fueran pruebas de un delito.
―¡Mira! ―exclamé a mi madre mostrándoselas.
Dejó a un lado el libro que leía, se bajó las gafas hasta la punta de la nariz, las observó, levantó la vista, me miró, cogió de nuevo el libro, se subió las gafas y me pidió, sin apenas vocalizar, que me fuera a cagar.

Acababa de regresar de París. Llevaba dos días en la casa de veraneo de mis padres. Era momento de asimilación. Necesitaba digerir el haber escuchado por teléfono a la guarra que se había tirado a mi novio, que yo me hubiera tirado a un gabacho, con el nombre de una tía tatuado en la nuca, amigo de un tal Bertrand, que el tal Bertrand se hubiera tirado a Lys mientras la llamaba Gleese, que mi cuenta bancaria estuviera a menos 387 euros, que un tipo me considerase, en su blog, escritora de la nueva literatura basura, que mi madre me preguntara cada dos por tres por qué había vuelto, que mi pelo se llenara de canas, y que mi culo estuviera cogiendo una forma, anatómicamente, incompatible con el tanga.
Decidí quedar con éstas. Escuchaba, con una cerveza en la mano mirando al puerto, como el chico con el que había quedado Marieta, el domingo por la tarde, le había dado plantón.

―¡No apareció! ―Marieta.
―¡¿No apareció?! ―Blanquita.

―No apareció… ―yo.
―¿Años? ―yo otra vez.

―No sé, los nuestros, imagino, no sé… ―Marieta.
―Ya, así que no llegaba a los treinta ―Blanquita.

―No llegaba… ―yo.
―¡Iros a la mierda! ―Marieta

―Idos ―yo.
―¡Vete! ―Marieta.

―No os sigo ―Blanquita.
―¡Que somos viejas y punto! ―yo.

―¡No somos viejas! ―Marieta.
―Perdone, señora, ¿esta silla está libre? ―me preguntó un niño de unos doce años. Asentí con la cabeza y el crío se la llevó.
Me giré hacia mis amigas, las miré y supe que ese momento había llegado. Me levanté y les dije que enseguida volvía.

Al de 15 minutos, estaba de vuelta.

―¿A dónde has ido? ―Blanquita.
―A mi casa ―yo.

―¿Para qué? ―Marieta.
―Para ponerme bragas ―yo, otra vez.

domingo, agosto 28

Llamadas...

Película: Crimen perfecto de Alfred Hitchcock

—Hey, ¿qué pasa, tío? —dijo Rafa, en calzoncillos, desde el quicio de la puerta de su apartamento madrileño. Su amigo Germán terminaba de subir los últimos peldaños, acompañado por su perro.


—¡Buah!, joden estas putas escaleras, chaval.

Los dos amigos se dieron una palmadita en el hombro y entraron en casa. En la cocina, Rafa le dio las llaves de su coche.

—No le metas demasiada caña, que el pobre FordFi no está para mucho trote. Y, ya sabes —dijo señalando al perro—, ni babas ni un puto pelo de Homer cuando me lo devuelvas.

—Tranqui, tío. Como la seda. Sabe que si se porta bien le invito a un Big Mac.

Rafa se río llamándole tarado, después se quedó en silencio un rato largo.

—¿Todo bien? —preguntó Germán.

Rafa se dio la vuelta y, bajando el tono de voz, le confesó que ayer tuvo liada.

—¿Liada, liada?

—Liada —confirmó Rafa.

—¿Sigue en la habitación?

Rafa afirmó con la cabeza.

—Joder… ¿Y Elvira?

—Sigue en París, con sus putos cursos y su puta mierda…

—Joder…

—Puta egoísta. Hace lo que le sale de los cojones. Sin avisar, tío. ¡Pum! Me voy a Paris. Ahí te quedas. ¡Pum! Me encuentro mal y me voy. Pero, loca, nos íbamos a Ibiza, ¿no? Joder, macho, estaba hablado, nos íbamos de 10 al 20 de agosto a Ibiza. Pues no, que la niña dice que tiene mucha angustia, que quiere buscar no sé qué, que se frustra, que se…, ¡yo qué sé! Que soy un pringa’o, Germán, tío, que soy un puto pringa’o.

—Joder… ¿Y ésta?

—Ayer, que salí con Manu. Terminamos a las 6 de la mañana en el Larios, muy mala pinta, tío, pfff, muy mala pinta, y nada, sin más, que me traje a la pava a casa.

—Joder…

Homer, sentado en el suelo, observaba como los dos, apoyados en la encimera, miraban al frente sin pestañear. Después vio como su dueño le hizo un gesto con la mano, se levantó y lo acompañó hasta la puerta de las escaleras.

—Oye, tío, no te ralles. Ya está. Y si quieres y te apetece, llama a Elvira, llámala. Es muy probable que esté tan jodida como tú.

Con otra palmadita en el hombro se despidieron. Rafa cerró la puerta y volvió a la cocina. Cogió el móvil, la llamó. Espero 4 tonos y habló.

—Elvira, Elvi, oye, soy yo, oye… esto, escúchame, yo no sé muy bien… Sé que no estuvo bien todo lo que te dije antes de que te marcharas, sé que… me pasé, lo sé. Lo siento, chiquitina… Llámame cuando oigas el mensaje y hablamos, y lo siento, ¡que le den por culo a Ibiza!, que… que lo siento, Elvi, no teng…

—¡¡Oye, que si no vuelves a la cama, me pego una ducha y me piro!!

—¡JODER!

Rafa lanzó el móvil al suelo y gritó a la tía, que estaba en pelotas en medio de su cocina, que se largara a su puta casa.





—A mí esto de convertir los barcos en bares, no lo termino de entender, ¡yo me mareo! —dijo Elvira y Lys se rió—. Te lo digo en serio, que sí, que queda muy cool, y es la hostia tomarte la cerveza sobre el Sena, pero yo me mareo, ¡me mareo!

Lys se volvió a reír y, como la veía animada, le insistió de nuevo para que fueran juntas a la fiesta en casa de Bertrand.

—Que no, que paso de fiestas. Lys, que me apetece estar tranquila, que ya sé que son majos, pero a mí la gente, en general, no me gusta. Tú vete y mañana me lo cuentas, si yo con eso tengo más que suficiente, sobrevivo gracias a la vida de los demás, pero yo en mi sofá con mis libros y mi portátil.

Lys le hizo una mueca desaprobando su decisión. Las dos se rieron. Al de un rato, pagaron las cervezas y, antes de marcharse, Lys fue al baño. Elvira guardó su monedero en el bolso y sacó el móvil. Vio que tenía un mensaje de voz. Era de Rafa. Miró seria el móvil, se pellizcó la barbilla y decidió escucharlo. Mientras lo oía, agachó la cabeza y apretaba una sonrisa en los labios. Se tocó el pelo y sonrió, esta vez, sin temor. De golpe, miró al frente, se dio un golpecito en el esternón y dejó el móvil sobre la mesa. Giró la cabeza. Respiraba deprisa. Fijó la vista en el agua. Tanteando la mesa, cogió de nuevo el móvil. Lo sujetaba con fuerza en una mano, con la otra se apretaba el estómago. Se llevó el móvil a la oreja. Cerró los ojos y escuchó otra vez el mensaje. Abrió los ojos. Con calma, metió el teléfono en el bolso y se lo colgó al hombro. Apoyó los codos sobre la mesa y esperó a que su amiga volviera. Al llegar Lys, ella se puso de pie. Mientras salían del barco, Elvira le agarró del brazo y le preguntó:

—¿Vamos en metro o nos cogemos un taxi hasta la casa de Bertrand?

martes, agosto 23

Un café, s'il vous plaît

Película: Un franco, 14 pesetas de Carlos Iglesias

Me levanto de la mesa con pereza, y voy a la barra a pagar. Hace demasiado calor. Mentalmente repaso el trayecto en metro de Saint Michel al cementerio de Père-Lachaise, eso por lo menos son tres trasbordos, qué pereza, qué calor. En mala hora le dije a Lys que la acompañaría. Si a mi Jim Morrison ni fu ni fa.

—Perdone, ¿cuánto es?

—¡Por supuesto, señora!, dos cafés, ¿verdad? —me afirma la joven camarera con una histriónica simpatía.

—No, no, solamente uno —digo devolviéndole algo de su sonrisa.

—¿Un café…? Sí, un momento —me responde, y la veo que se dirige a la caja registradora, y comenta algo al oído de su compañera. Las dos me miran, vuelven a chismorrear y, finalmente, la simpática sale de la barra y se acerca a mí.

—Disculpe, señora, pero me podría decir, por favor, dónde ha estado usted sentada.

—¿Cómo? —pregunto absolutamente sorprendida.

Ella se ríe y me repite lentamente la pregunta, pero no como si fuera extranjera, sino como si fuera imbécil. La miro seria y le señalo la mesa junto a la ventana. Las dos vemos el pequeño vaso vacío de mi cortado.

—Oh, usted estaba ahí, perfecto, no hay problema, pues entonces un café. —Y con esa amabilidad tan chirriante vuelve, como si tal cosa, detrás de la barra.

—Lo que usted acaba de hacer es realmente una grosería —digo.

Las dos camareras y el chico, sentado en la barra, me miran. Lo repito, pero más despacio, para que todos nos entendamos bien.

—Disculpe, señora, creo que usted está malinterpretando absolutamente lo que acabo de hacer. Debe pensar que son muchos los clientes que pasan cada día y nos es, absolutamente, imposible recordar cada una de las consumiciones.

—No lo dudo, pero en estos momentos somos cuatro: este señor —señalo al joven de la barra—, la pareja del fondo y yo. Además, desde el principio, le he dicho que he consumido un solo café, y con eso es suficiente para cobrarme un solo café.

Su compañera, le pide paso con el brazo, y se coloca delante de mí sin media sonrisa.

—Señora, si lo que quiere es ver donde no hay para no pagar ninguno de los cafés, está bien, no los pague. Ahora, si es tan amable, puede irse.

Siento cómo me arde la cara de rabia. Recuerdo a mi abuelo. Lo veo en su casa de Sestao, sentado en la butaca frente al televisor, contándome la vez que fue a Toulouse a visitar a su hermano Tobías, que estaba exiliado. Estando en la estación de tren, dos hombres le pidieron que, por favor, cuidara un momento sus maletas. Cuando volvieron, se lo agradecieron sacando de su cartera un franco cada uno. Mi abuelo los mandó a la mierda gritándoles en español, porque ni una palabra de francés sabía, que él tenía dinero de sobra. El pobre no tenía un duro, y yo tampoco. Un máster de mierda me había fundido todos mis ahorros, así que en París estaba sobreviviendo a huevos duros, yogures y cafés.

Y, ahora, esta mujer me acaba de tocar los cojones. Así que voy a hacer lo que, sin duda alguna, haría mi abuelo.

—No, señora, le voy a pagar, pero, además, le voy a pagar los dos. Los dos cafés que no me he tomado, ¿de acuerdo? —Saco mi monedero del bolso, cojo un billete de 10 euros y los coloco sobre la barra—. Que tengan una buena tarde.

Sin esperar reproches, salgo de la cafetería sin un duro en los bolsillos pero inflada de amor propio, como mi abuelo.

viernes, agosto 19

Fashion intelecto

Mujer con sombrero azul de Pablo Picasso

Estábamos en mi diminuto apartamento de París. Lys se atusaba el pelo inclinada hacia adelante, mientras yo preparaba la cámara de fotos.


Nos conocimos en el curso monográfico sobre André Suarés, que impartía ese verano la Sorbona. Un día, antes de empezar la clase, estaba sentada sobre mi burbuja autista fingiendo que leía, no fuera a ser que se me acercara alguien con ganas de hablar. Pero no tuve suerte y así fue, Lys se acercó a mí y se presentó.

—¿Lys? ¿L-Y-S? ¿Cómo las siglas del aeropuerto de Lyon?

Y ahí estaba yo y mi gran simpatía. Por suerte, a Lys le dio por reírse.

Era belga, pero vivía en Ámsterdam. De 29 años, casi un metro setenta y apenas 50 kilos. Sin tetas ni culo. Tenía las manos huesudas y llenas de anillos. Caminaba arrastrando los pies en chanclas. Casi siempre llevaba pantalones largos de cadera baja, con dos o tres camisetas de tirantes superpuestas. Y su larga melena, de un espantoso negro teñido, subrayaba el verde claro de sus ojos.

Después de la clase, me invitó a un café en la calle Soufflot. Me habló de ella sin parar, no es que me aburriera, pero creo que si los cafés fueran por escrito, mi vida social tendría más éxito. Era violonchelista en la Orquesta Real del Concertgebouw. Me costaba imaginar cómo, aquel frágil ser, podría abrirse de piernas ante tamaña bestia. También me habló de unos poemas, no la entendí muy bien, porque, en ese punto de la conversación, su lenguaje cobró un giro demasiado místico para mi vocabulario francés. El ritual del café y del ego-místico se repitió durante tres días, hasta que al cuarto me pidió subir a mi casa, explicándome, con palabras terrenales, que la necesitaba como escenario, porque estaba escribiendo un “foto-poemario”. Bien. Atenta la escuché. Me contó algo muy largo que se resume en: foto, poema, foto, poema, foto, poema, y así sucesivamente. Y se ve que mi casa era lo bastante cutre como para darle ese toque kitsch.


Con la cámara ya preparada, la esperé a que se volviera a atusar el pelo.

—¿Preparada? —me preguntó. Asentí con la cabeza—. Bien, pues colócate aquí. Eso es. Y creo que la sacarás mejor de rodillas.

—¿De rodillas?

—Sí, claro, quiero que me la tomes desde abajo. Yo estaré encima del sofá, ¿comprendes?

Perfectamente. Lys, se descalzó y se subió al sofá. Cerró los ojos unos instantes, como si se concentrara en algo. Después los abrió como platos, se mordió los carrillos por dentro, y alzó los brazos en alto con las manos en forma de garras. Muy Dalí, sí, señor, muy Dalí. Pensé en mi madre para poder mantener el semblante serio. Me pidió que sacara tres, y se las saqué, sin mediar palabra.

Al bajarse, se quitó los pantalones y una de sus camisetas. Se arrimó a la pared junto a la puerta. Había una enorme mancha de humedad amarillenta. Lys se echó el pelo hacia adelante, y se apoyó sobre la mancha, con los hombros caídos y la mirada baja. Yo me pregunto qué tipo de oda le hará a las filtraciones de agua.


Bueno, no voy a criticar su estética, porque fui YO la que se cortó el pelo a lo Amelie Poulain nada más llegar a París. Un cambio de look, sí, un cambio de look, me dije, una mirada más intelectual. Y… ¡Mujeres del mundo!, ¡que no os engañen! ¡Semejante corte de pelo, sólo le sienta bien a Audrey Tautou! Así que con las excusa de mi nueva imagen de huerfanita desamparada, me fui a comprar un sombrero de paja gambler. Siempre quise llevar uno, ¡pero si tienes la cabeza minúscula!, me decía mi madre. Ya, pero yo quiero uno blanco con cinta negra alrededor. Y lo encontré, y lo compré, y me lo coloqué. Paseaba por la ribera del Sena pensando únicamente: ¡Dios mío, llevo un sombrero en la cabeza!
Pero un tropezón, en ese puñetero paseo empedrado, lanzó mi sombrero al agua. ¡Ayuda, ayuda! ¡Mi intelectualidad se ahoga!
—¿Es tuyo? —me preguntó un chico, al ver cómo lo miraba desde el paseo.

—¿Qué?

—¿El sombrero, es tuyo?

—¿Eh…? —Me fijé en él, parecía un chico tan normal que me dio mucha vergüenza ser tan rara—. No, no…, no, ya estaba aquí cuando llegué.

Y cuando el chico se alejó, lancé un beso al piquito de paja gambler que todavía quedaba a flote.


—Y ahora una en la ducha.

¿En la ducha?, qué asco, espero que se ponga los pantalones, porque yo, por si las moscas, me ducho siempre con chancletas. Pero no. Lys no sólo no se puso sus pantalones, sino, que además, se quitó la camiseta. Así que en bragas, se metió a la roñosa ducha. Se sentó, en una esquina, con las piernas flexionadas sobre el pecho. Se colocó todo el pelo sobre la cara, después dejó los brazos caídos con las palmas de las manos hacia arriba. ¡Madre mía!, parecía la niña de The Ring, ahora tenía miedo de que se colara por el desagüe y mañana, en el desayuno, viera asomar su cabeza por el retrete, ¡por favor!

Le tomé unas cuantas fotos más. Después, ella misma se auto sacaba primeros planos, con mirada felina. Al terminar, me pidió que nos sacáramos una juntas. Dijo que quería hacerme un pequeño homenaje en su libro. ¡Claro! Me moría de ganas por aparecer en un foto-poemario kitsch. Me aconsejó que me mojara un poco el pelo, y me lo tirara hacia atrás.

—¿Preparada? —dijo sosteniendo ella misma la cámara, con su, ya más que estudiada, mirada provocativa.

—¡Sí! —contesté con una enorme sonrisa.

Con la sesión finalizada, Lys descargó todas las fotos en mi portátil. Las íbamos viendo con los comentarios orgullosos de la modelo, hasta que llegamos a la última, la nuestra.

—Mmm…, Elvira, ésta creo que no la voy a poner.

—¿No? —¡Ey, qué pasa!, ¡salía muy bien!

—No, por tu sonrisa… —¿Qué le pasaba a mi sonrisa?—. No te enfades, ¿vale?, pero no sé, es demasiado normal, muy natural.

Ocultando una media sonrisa, me eché hacia atrás hasta reposar la cabeza en el sofá. Luego la miré y dije:

—¿Sabes, Lys?, creo que mañana voy a ir a comprarme un sombrero de paja gambler.