lunes, febrero 20

¿Qué tienen de normal los días?


―Escúchame, aquí van las listas de los grupos. El B2.1 edificio 4, aula 4.01.6, ¿vale? Grupo A2.2, edificio 12, ya sabes que van al revés, el 12 es el que está detrás del 7, aula 12.02.9.
Lola Campos, coordinadora de los cursos internacionales de la universidad. De unos cuarenta y tantos, soltera y un hijo de 9 años. Delgada y con un rizadísimo pelo corto. Gafas de pasta granate y enormes pendientes.
―Sí, sí…  A2.2 en el 7.02.12… ¿no?
Elvira Rebollo, yo misma. Treinta y tantos, soltera y sin compromiso. Obviemos mi constitución y también la descripción del pelo. Bolso enorme colgado en el hombre derecho y un café en la mano izquierda.
―Elvira… ―suspira Lola―. Olvídalo, te mandaré un email. Recuerda solamente el de hoy, en el 4, aula 4.01.6.  Tienes a un tal, espera, déjame ver ―abre una de las carpetas amarillas y pasa su dedo de arriba a abajo―, éste es: Carter Collins, irlandés, tiene dislexia, va a necesitar el 25% más de tiempo que el resto de la clase para hacer los exámenes. Bueno, es mejor que hables con el Programa de integración para estudiantes con discapacidad, extensión 397, Inmaculada Carrillo. Por otro lado, dos italianos: Pienaar y Fusi, quieren subir de nivel, al B1.1, échales un ojo esta semana y me cuentas. Y cuídame muy mucho a Mian Ning, china, problemas de autoestima y adaptación.
Asiento con la cabeza, recojo las listas, inspiro profundamente y comprendo, en ese mismo instante, que nunca llegaré a ser coordinadora de nada, me falta masa cerebral.
Salgo de su oficina, cruzo el campus y entro en el edificio 3.
―¡Elvira!, ¡así que te quedas un cuatrimestre más!, ¡ves, tonta, y tú decías que no!, que si los recortes, que si los recortes, que si los recortes, ¡bah!
Amelia Martínez, bedela del edificio 3 del campus. 37 años, casada, dos hijos, de 8 y 6. Melena larga, lisa y con flequillo. Siempre tararea canciones de Radio Futura.
Dejo el café y las listas sobre su mesa y la abrazo ilusionada.
―¡No te rías, guapa, que me veía en la calle!
―¡Bobadas, reina!, pero si no das ni un problema, ni te imaginas lo que pasa por aquí, verdaderos elementos… ¿Qué aula tienes?
―No, me toca en el edificio 4.
―Buff, olvídate, te paso una llave maestra y así evitas hablar con el conserje, Pepe, le acaba de dejar su mujer, está inaguantable, y le da al drinking-drinking cosa mala ―me toma del brazo y baja el tono de voz―. Se la pegaba con su primo. Fíjate el papelón.
―Pobre hombre.
―Bueno, que él nunca ha sido un santo varón ―y se ríe.
―¡¿Con quién?!
―Con Marga, la tetas.
―¿La de la cafetería del 1? ¡Venga ya!
―Cuando dos mujeres se ríen cogidas del brazo, mal asunto…
Francisco Moler. Kiko. Profesor de español en la universidad. 35 años, novio de Adela. Metro noventa y ciento veinte kilos. Una mole rellena de ingenio.
Con un café en una mano y los libros en la otra, se agacha y me pide, ofreciéndome su mejilla, un beso.
―Ay, Elvirilla de mis amores, que pensaba que no te iba a volver a ver. Anda, vamos pa’fuera que me quiero fumar un piti, que te tengo que contar.
―Si es lo de Pepe, ya lo sabe.
Las dos nos volvemos a partir de risa. Cojo el café, las carpetillas amarillas con las listas y la llave maestra, y me despido de Amelia, al son de Escuela de calor.
Fuera, Kiko me cuenta que las cosas con Adela no andan bien. Que ella le ha pedido que se vayan a vivir juntos y él todavía no lo tiene claro, que vale, que llevan casi tres años, pero que él siempre ha sido un puto raro para eso y que yo debería entenderlo, porque tampoco parezco demasiado normal. Es lo que se llama empatía por descarte.
―Joder, pero si no he recogido las putas fotocopias…
Carmen Labrador, profesora de español en la Universidad. Cuarenta y muchos, divorciada y un hijo de 16 años. Adicta a los escotes, los pantalones ceñidos y las botas altas. Rubia de media melena.
Se saca el cigarrillo de la boca y nos besa mientras repite una y otra vez lo de las fotocopias. Se lo vuelve a meter, y rebusca algo en su bolso.
―Y encima el cabrón de mi ex le quiere comprar una moto a Miguelín, para tocarme los cojones, claro, porque si no a ver… ¡Mierda, con el puto mechero! Anda, Kiko, dame fuego.
―Pero, Carmen, si tienes el cigarro en la boca.
―Joder, necesito un café…
―Y un polvo, Carmencilla de mis amores…
―¡Vete a la mierda!
Me entra la risa.
―No me jodas tú también, Elvira, coño, ¡y depílate el mostacho!
Kiko se apoya contra la pared descojonándose de la risa. Yo, seria, me paso el dedo índice por el labio superior buscando la pelusilla.
―Pues ya veo, Kiko, que los disgustos poco te afectan.
Adela de los Ríos, profesora de español en la universidad. Treinta y pocos. Novia de Kiko. Se niega a reconocer que la moda vintage ya no es cool, y siempre va hecha un cuadro.
―Tranquila, Carmen, ya entro yo a por los cafés, porque me parece que aquí no pinto nada.
 ―Oh, vamos, Adela, no me jodas, ¿qué tiene de malo echarse unas risas, tía?
―¿Un cortado, Carmen?
Ésta asiente y Adela entra en el edificio.
―Creo que no soy la única que necesita un polvo, ¿eh, Kikillo de mis amores?
Esta vez me aguanto la risa.
―Perdón, esto… Sois los profesores de español, ¿verdad?
El hermano gemelo de Andrés Velencoso. Dicho esto, cualquier descripción añadida, carece de importancia.
Kiko se lo afirma y él se acerca, poniéndose a mi lado. Nos explica que se llama Jorge, que es profesor de guión cinematográfico en la universidad, y que le gustaría comentarnos el caso de un par de estudiantes holandeses que no siguen bien la clase por su bajo nivel de español. Continúa hablando, intento escucharlo, pero su olor empieza a ponerme tonta. Me acerco un poquito más a él e inspiro profundamente, cierro los ojos y mi cama se nos queda pequeña.
―Mira, Jorge, el oso hormiguero que tienes debajo del sobaco es Elvira ―oigo decir a Kiko, todos se ríen. Yo me disculpo con el vaso de café frente a la boca, porque encima del bochorno, sólo hace falta que se fije en mi bigote―. Y si dices que tus estudiantes son del A2.2, los tiene ella.
―Elvira, pues, no sé…, ¿te parece que quedemos luego?, y así me echas una mano con estos chicos, ¿sobre las cinco y media en la cafetería del 1?
 ―¡Sí, sí, sí! ―y el vaso sale disparado.
―Es que la pobre pensaba que la echaban y ahora le pone pasión a todo ―dice Kiko, y oigo las carcajadas de Carmen, pero no la veo, porque ya tengo los ojos cerrados esperando a que la tierra me engulla para siempre.
―Vaya, las risas continúan.
Abro los ojos y veo a Adela con dos vasos de café.
―Adela, ya vale, tía, ya vale, ¿eh?, que no es el momento ―responde Kiko.
―Lo de que no es el momento, me lo has dejado bien claro esta mañana, gracias.
―Bueno, yo os dejo… ―dice un Jorge convencido de que quizá, una serie televisiva sobre profesores de español, no sería tan mala idea. Y al darse la vuelta para marcharse, se para en seco, se lleva las manos a la cabeza y, entre carcajadas, pregunta al aire―: ¿Pero qué hace ese puto loco?
Me giro y veo al pobre Pepe en calzoncillos, metido en la fuente del campus, gritando obscenidades.
―Joder, aquí no se salva nadie… Anda, Kiko, el mechero, que ahora sí que lo necesito.

lunes, febrero 6

Malos tiempos para la lírica

 Writer de Joe Sorren

―Que no, que no me han pagado ―repetí a Fer.
―Hostia tú, pero si es una editorial de la leche. Pero a ver, ¿qué te han dicho?
―Nada. Cuando me pidieron trabajar con ellos como correctora, ya me dijeron que no me harían contrato, bien, bueno, que sería como una colaboración, vale. Se terminó la colaboración el 13 de enero y se supone que para el 20 ya me habrían ingresado el dinero, pero ya ves. No he visto un duro.
―¡Pues llámalos! ―dijo golpeando la caña sobre la barra del bar.
―¡Ya lo hice!
―¿Y?
―Y nada, que estuviera tranquila, que las cosas de Recursos Humanos van muy lentas.
―Joder… ―murmuró sin dejar de mirarme. Pegué un trago a mi cerveza y le sonreí con desgana―. La culpa la tienes tú, que lo permites.
Tócate los huevos, Manolito. El burguesito ha hablado.
―¿Qué quieres que haga? ―pregunté molesta.
―Nada. No hagas nada, como hasta ahora, que se te da muy bien. Sigue poniendo buena cara a los no pagadores y luego a llorar tus penas a los amigos y, ya de paso, que te inviten a cervezas.
Mi querido Fernando Gorosabel. Nos conocimos en la carrera. Más concretamente en la quinta clase de Lexicología. Le pedí los apuntes de los cuatro primeros días. No me los dejó. Imbécil. Tres meses después, de forma involuntaria, compartíamos grupo en Cultura Grecolatina y al año, más voluntariamente, nos habíamos acostado un par de veces. Cuatro años después la carrera se terminó. Yo estudié periodismo y emigré a China, porque me consideraba comunista, hoy en día vivo en Madrid, creo que soy profesora, y adoro el capitalismo, aunque no tenga ni un mísero euro que gastar. Él hizo un máster en biblioteconomía, emigró a Madrid, escribió poesía, dio clases particulares, escribió poesía, trabajó en la Casa del Libro y escribió poesía. Hasta que hace cinco años conoció a Lucía, se casaron hace dos, dejó de escribir poesía y montó una editorial con el dinero de su suegro.
―¿Y tú, qué haces, Fer?
Giró la cabeza, se chupó el labio de abajo y cruzando los brazos me preguntó, volviéndome a mirar.
―¿Y las clases en la universidad?
―Las cosas están feas este cuatrimestre. Hay recortes, sobra gente, y… pfff, Lola hace todo lo posible, pero ya no sabe ni qué decirme. Fui la última en entrar, así que imagino que seré la primera en salir…
―¿Necesitas pasta, Elvi?
―Contaba con el dinero de la editorial, joder, les he colaborado dos meses, tío, dos meses.
―¿Necesitas pasta?
Negué con la cabeza baja. Hacía una semana había llamado a mi madre. Me tomé cinco valerianas de golpe y me estrujé el móvil contra la oreja. Necesito dinero, ama, las cosas no me van bien… ¿Cuánto necesitas? El alquiler de este mes, contesté llevándome la mano a la cara. Me froté los ojos y le pedí perdón, le prometí devolvérselo lo antes posible y le expliqué que la culpa no era mía, lo cierto es que no sé ni lo que le estaba diciendo. Bien, bien, tranquila, hija, pero no me chilles. ¡¡¡No te estoy chillando!!!
Bueno, igual un poco sí, a veces las valerianas tardan en hacer efecto. Además, como hija, me creía con el derecho absoluto de proyectar mi frustración sobre ella. Y ella como madre, de aguantar, imagino, no lo sé.
―Venga, Elvi, ¿un par de cañas más? Así me cuentas cómo va tu segunda novela ―propuso Fer.
Le sonreí y, como si aquella conversación no hubiera tenido lugar, comencé a explicarle, apasionadamente, los problemas que me estaba dando un narrador no identificado en una trama con tanta carga psicológica.
―Fer, ¿en qué piensas? ―pregunté, parando en seco mi discurso, al verle que me miraba mudo y sonriente, como un tarado iluminado.
―¿No crees que mañana puede ser un buen día para volver a escribir poesía?

lunes, enero 16

Somebody to love


Gael se reía como un loco, mientras me adoraba con los brazos en alto como si fuera una Diosa.
Estábamos en la cafetería de la segunda planta del Mercado de San Antón, en Chueca, con dos cafés y una porción de pastel de zanahoria para compartir.
―¡Cuéntamelo otra vez, porfa!  ―me suplicaba Gael escandalosamente. Las dos mujeres de la mesa de atrás nos miraban ocultando la risa.
―¡Te lo he contado ya dos veces, pesado!
―¡Bueno, pues que sean tres!
Pues que sean tres…

Lo cierto es que la vuelta a Madrid había sido algo movida.
Para mi sorpresa, las Navidades en Bilbao fueron geniales. Las dos semanas en casa de mis padres transcurrieron tranquilas, sin un solo grito, creo que los tres nos estamos haciendo mayores. Incluso un día me animé a salir con mi madre de vinos, bueno, ella de mostos, porque si no se pone piripi. Terminamos en El Globo repasando toda la filmografía de Woody Allen, tronchadas de la risa recordando la escena del ascensor en Asesinato en Manhattan, el Harry desenfocado en Desmontando a Harry o los consejos de Bogart en Sueños de un seductor. Y mis amigas cada día más casadas y más embarazadas, pero Marieta y Blanquita seguían ahí, al pie del cañón, así que cayeron un par de noches épicas. Comí y bebí tanto que, el último día, la báscula marcó 4 kilos de más, digo de más porque míos no eran, los había tomado prestados, devolverlos sería cuestión de días. Así que, con un par de semanas tan halagüeñas a mis espaldas, llegué a Madrid dispuesta a darle una oportunidad a mi vida social.
Llamé a Gael, estoy aquí, acabo de llegar. Genial, cari, pues salimos. Avisó a dos amigos y así los cuatro, a media noche, nos estábamos bebiendo Huertas. Lo vi apoyado en la barra, hablaba con tres tíos más. Bebía una Voll-Damm. Era moreno, no muy alto, tronchito, como digo yo, de los de culo bajo, pero tenía una sonrisa espectacular, quizá demasiado diente, pero espectacular igualmente. Gael me dijo que tenía cierto aire a Juanes. Ladeé la cabeza, como si ese ángulo me lo fuera a confirmar. Gracias al estratégico plan que Gael y sus amigos me habían organizado, hora y media después, el tronchito me besaba verticalmente junto a la puerta del bar, y tres horas más tarde, como diría Marieta, lo haría horizontalmente en su cama.
Bueno, qué decir. No mucho, la verdad. Momentos como aquel, mirando al techo, era cuando me cagaba profundamente en Etienne, sí, mi ex francés. Porque el muy cabrón puso el listón demasiado alto. Creo que  eso debería estar penalizado. Se declara a Etienne Guyot culpable por los cargos de infidelidad, humillación y desprecio, por lo tanto deberá pagar con satisfacción sexual a la demandante siempre y cuando ésta lo solicite, hasta el fin de sus días. ¡Bravo!
―¿Te gusta Queen?
―¿Qué…? ―pregunté sacudiéndome a Etienne de la cabeza.
Queen, el grupo ―Y de un salto salió de la cama y encendió los altavoces de su ordenador. Empezó a sonar Don’t stop me now.
El tronchito recibió la música con los brazos en alto, la cabeza hacia atrás y los ojos cerrados, hasta que la canción empezó a coger ritmo, entonces se giró hacia a mí y, señalándome con un dedo, empezó su juego de caderas mientras articulaba en playback:
―Don’t stop me, don’t stop me, don’t stop me, hey, hey, hey, don’t stop me, don’t stop me, don’t stop me, uuh, uuh, uuh, I like it! Have a good time, good time…
¡Madre de Dios! ¡Juanes no, me había tirado al mismísimo Freddie Mercury! De un brinco saltó de nuevo a la cama y, frente a mí, seguía haciendo aspavientos. Qué decir, que el chaval estaba en pelotas, vamos, que tenía sus dos cerebritos colgaderos revoloteando sobre mí. Y yo que creía que lo había visto todo…
La canción terminó. Amén. Empezó Another one bites the dust. Joder. Esta vez, la escenografía la hizo arrodillado. Y era tal el ímpetu a la hora de menearse de atrás hacia adelante, que como siguiera así me iba a sacar un ojo.
―Ey, tía, ¿no te gusta bailar? ―me preguntó con su pletórica sonrisa.
―No, no, estoy bien aquí, así… sin moverme, baila tú, baila tú ―contesté con mi pletórica diplomacia.
Después Crazy little thing called love, y luego Fat bottomed girls, y Who wants to live forever, y Killer Queen, y I want to break free, que, cogiendo una raqueta de la estantería, comenzó a hacer como si estuviera pasando la aspiradora. Me miró y lo sonreí desencajada. Aquello me iba a costar sesión doble con mi psicoanalista. Y por fin, al termino de Bohemian Rhapsody, apagó el ordenador y me preguntó, como si nada hubiera ocurrido en la última media hora, si quería desayunar.
―Sí, creo que necesito un café… ―respondí todavía en estado de shock.
Justo cuando me estaba levantando, sonó el portero automático y escuché decir al tronchito, que sí, que claro, que subieran, que no había problema. ¿QUÉ?
El tronchito apareció de nuevo en la habitación. Que son estos, me dijo. ¿Qué estos?, pregunté. Mis amigos, los que estaban en el bar, que traen cruasanes. Y antes de que pudiera encontrar las bragas, tenía a Brian May, Roger Taylor y John Deacon sentados en la cama, ofreciéndome un cruasán.
―No gracias… ―dije. Y tapándome con la sábana y la poca dignidad que me quedaba, me incliné hacia uno de los lados de la cama para buscar mi ropa cuando sucedió…

―¡Te tiraste un pedo, tía! ―gritó Gael descojonándose de la risa.
―¡Se me escapó!, ¿vale? La tensión me da gases...
―¡Qué par de frikis! ¡El uno cantando y la otra haciéndole los coros!
Me reí, aquello tenía su gracia, y le dije que no sabía lo mejor:
―Al salir de allí, me estaban haciendo la ola en el balcón berreando la de Radio Ga Ga.
Las dos mujeres de detrás no paraban de mirarnos, porque Gael estaba, literalmente, descompuesto sobre la mesa.
―Ay, cari ―empezó diciendo recobrando un poquito el aliento―, lo que nos vamos a reír en este 2012, ¡lo veo, lo veo, lo veo!
Pues sí, The show must go on.

viernes, diciembre 30

Ellos de Marte y ¿ellas de Venus?


Esperaba sentada en la barra del Artajo a Iker, un amigo de la universidad a quien hacía, lo menos, tres años que no veía. Me encantaba volver a Bilbao por Navidad y reencontrarme con viejas leyendas.
Lo vi entrar. Lo saludé con la caña en alto y haciendo una ridícula mueca con la boca. Riéndose levantó los brazos imitando mi mueca. Era nuestra pequeña contraseña desde que teníamos 20 años. Pero antes de que pudiéramos abrazarnos, un sonriente chico le cortó el paso.
—¡Hostias, Iker!
—¡Nacho! ¡Cabrón!
Se abrazaron golpeándose la espalda fuertemente.
—¡Joder, puto gordo! —exclamó Iker cacheándole la cintura.
—¡No me jodas, calvo de mierda!
—Se nos va cayendo todo, tío…
—¡Maricoooooón!
Y sin parar de reír, se volvieron a abrazar.
—Qué puta casualidad, tío, que ayer estuve con Ángel y nos preguntamos qué sería del picha floja de Nacho. Joder, tenemos que quedar los tres.
—¡Hostias Angelito!, que le cortaron los cojones nada más casarse y no le he vuelto a ver, tío.
—¡Otro puto calzonazos!, ¡que sois unos mierdas!
—A mí no me metas, ‘jo puta, que yo me casé, pero sigo vivo, ¡no me jodas!
—¡Cabrón!
—¡Putoooo!
Se dieron el tercer abrazo.
Y tras mencionarse a sus respectivas madres, abofetearse la cara, descojonarse y abrazarse por cuarta vez, se despidieron.
—Es que este tío es la polla —empezó a explicarme Iker después de besarme y hacerme un par de carantoñas—. Es de la cuadrilla de Lekeitio. Qué buena gente es. De verdad, Elvi, de esos pavos majos que pasan los años y andan igual. A ver si llamo a Ángel y es cierto que quedamos los tres, sería el descojono, es que son de puta madre... —Pidió una caña al camarero, luego me miró y  dijo con media sonrisa—: Y tú, enana, tan fea como siempre.
Me reí y lo miré con cariño infinito.

Tres días más tarde, entraba en el Bitoque de Albia, porque había quedado para comer con Lorena, la única amiga que me habían dejado mis clases de ballet.
La vi sentada en una de las mesas altas del fondo, estaba hablando con una chica, de unos treinta años, igual un poco más. Ella estaba de pie y la escuchaba con una sonrisa. Me acerqué y saludé.
—¡Elvirísima! —gritó Lorena exigiendo un abrazo con sus manos. Di la vuelta a la mesa y la abracé—. Mira, ésta es Ainara trabajábamos juntas en la BBK de Urquijo —Y mientras yo le daba dos besos, Lorena le explicó quién era yo y que nos conocíamos desde pequeñas.
—Oye, pues nada, chicas, entonces os dejo que comáis tranquilas —dijo Ainara cogiéndome del brazo, y de verdad, Lorena, que me ha encantado verte, sigues igual que siempre, estupenda.
—¡Estupenda tú, que cualquiera diría que acabas de tener un hijo!
—Que me quieres mucho, porque por lo demás…
—Pero mírate, si estás ideal, además me encanta la chaqueta, te sienta como un guante.
—Uy, pues la tengo hace más años… A ver si un día me acompañas de compras, que siempre has tenido mucho gusto. Es que, chica, tengo el armario desolado.
—Cuando quieras, pégame un toque. Y, oye, ni caso a los de la oficina, que vales mucho, todo lo que te digan, que te entre por un oído y te salga por el otro, ¡vamos, con la experiencia que tienes tú! ¡Ni caso!
—Gracias, cielo.
Se besaron y se despidieron con la promesa de llamarse sin falta.
—Madre mía, pobre mujer… —suspiró Lorena, mientras me sentaba en la mesa frente a ella—. Además de haberse puesto como una vaca después de parir, ahora resulta que la quieren echar, y mira, no me extraña, porque no he visto una tía más incompetente. De verdad, Elvi, era una cosa de sacarte de quicio. Pues que apechugue, porque como vaya a la calle, dime tú, con esa cara, dónde va a encontrar trabajo —Volvió a suspirar, esta vez cerrando los ojos. Cuando los abrió, me miró y, ladeando la cabeza, me dijo—: Me encanta tu camisa, te sienta como un guante.
Tragué saliva y la miré con temor infinito.

martes, diciembre 6

Reasignando roles

 Lioness and cub de Paul McKenzie
—Oye, ¿entonces cuándo vienes?
—No, ama, por eso te llamo que…
—Mierda de teléfono, es que no se oye nada, ¿hija?
—A ver, ama, que te digo que al final me quedo en Madrid porque…
—Nada, nada, que no se oye nada.
—¡Ama, cambia el auricular de oreja! ¡Con la izquierda!
—Sí, sí, ¡mierda, mierda!
No había nada más patético que dos sordas hablando por teléfono.
—¡No cuelgues, cariño! ¡No cuelgues que te cojo en el de la cocina, que el inalámbrico es un asco! Qué asco, de verdad, de verd —Clic.
Mientras esperaba a que volviera a coger el teléfono me recosté en el sofá. Cuando escuché su voz de nuevo, intenté explicarle  por cuarta vez que el fin de semana no iría a Bilbao, porque me habían surgido planes con Min y Gael. La verdad era que no tenía ánimo suficiente para pasarme 5 horas en un autobús ni 48 en casa de mis padres.
—¿Que qué?, ay, espera, que anda Elsa con la aspiradora y… ¡Elsa, apague eso!, ¡apáguelo!, que tengo a la tolola al teléfono y para una vez que llama pues… A ver, dime.
Tolola. Yo era la tolola. Hola, Elvira Rebollo, escritora y tolola. Inspiré profundamente, tan profundamente que hasta creí meterme para dentro. Después, apretándome la boca con el puño, solté el aire por la nariz lentamente.
—Mamá, que te decía que me quedo en Madrid —Hice una pausa, mientras cavilaba la venganza—. Porque el psicoanalista me ha aconsejado no ir. Dice que estoy avanzando mucho y que tú, ahora mismo, no serías una buena influencia para mí.
Se hizo el silencio. Y es que mi madre es incapaz  de llevar la contraria a los curas, los profesores y los médicos.
—Bueno… oye, pues no sé, si te lo ha dicho, ¿verdad?, habrá que hacerle caso porque… Pero, oye, este señor estará colegiado, ¿no? —Se me escapó la risa—. ¡Serás mala! Ya me extrañaba a mí, ¡qué sinvergüenza eres! ¡Pocas madres como yo, muy pocas! Pero claro, me odias tanto que a saber las barbaridades que le habrás contado sobre mí, aunque si es un buen profesional se habrá dado cuenta de que detrás de ti está el trabajo de una madre coraje. Que si no llega a ser por mí, Dios mío, no terminas ni el colegio…
—Ama, no empieces, además no te odio.
—Sí, sí, sí me odias, claro que me odias, que me pones a parir en tu blog, pero mira, una cosa te voy a decir, prefiero que me pongas a parir, que no como a tu padre ¡que ni lo nombras!
Me reí. Qué tía, imagino que de ella habría heredado la falta absoluta de empatía.
—Bueno, entonces, no vienes porque no te da la gana, ¿no?
—Más o menos —contesté.
—Bien, pues hablando en serio, ¿qué dice tú psicoanalista?
—Nada, no habla.
—Ya. No será judío, ¿no?
—No, es gallego.
—¿Gallego judío?
—¡No, mamá!, ¡gallego-gallego!
—Cómo te pones, hija, de verdad, no se te puede decir nada. Es que los judíos son muy peseteros y, con tal de seguir cobrando, es capaz de alargar la terapia. Una cosa te voy a decir, la crisis de este país ya sabes por qué es, ¿no? Porque echaron a los judíos —Cerré los ojos y resoplé—. Escúchame, tú ahora llenas el país de judíos y la economía se levanta echando virutas. Estos son de ojo por ojo, euro por euro. Están todos forrados, dime, ¿tú conoces algún judío pobre?
—Y yo qué sé, mamá, el único judío que conozco en este país es Jon Juaristi.
Las carcajadas de mi madre me hicieron sonreír.
—Ay, la cosa es —empezó diciendo retomando el aire— que aunque tu psicoanalista no hable, en algo te estará ayudando, porque yo te veo mucho mejor que el año pasado, madre mía, ¡ni punto de comparación!
—Sí, no sé, es todo muy largo y…
—¡Ya estás, ya estás, la inmediatez!, ¡como tu padre, el aquí y ahora! Hay cosas que necesitan su tiempo. De todas formas, si quieres mi opinión, creo que lo tuyo es un clarísimo complejo de Electra, por lo de tu padre, el estar pero no, ya me entiendes.
—Ama, todas mis parejas han sido más jóvenes que yo.
—Ya, bueno, pues entonces debe ser algo de complejo de Micro.
Estallé en una carcajada. Conocía a esta mujer hacía más de 30 años y seguía sorprendiéndome con sus ocurrencias. Cuando conseguí estar un poco más seria le conté que lo había dejado con Rafa, y que sin más.
—Claro que sin más, muy bien. Si no estabas a gusto, es lo mejor que has podido hacer. Porque una cosa te voy a decir —cuánto odio esa frase suya—: yo antes pensaba que eras muy golfa.
—¡Mamá!
—Hija, es que compréndeme, que si uno, que si el otro, ahora el alemán, el gabacho, que vengo, que voy con el calvo, que te vas a Pakistán, que no, que el americano, el Pedro ¡por favor! Pero, mira, ahora te envidio, porque he cambiado aunque no te lo creas —Sí, claro que me lo creía—. He cambiado mucho, mucho, mucho, muchísimo, y ahora te miro y me pregunto por qué coño me tuve que quedar yo con el primero —Me reí, ella hizo una pausa y con tono serio continuó diciendo—: No quiero que te sientas sola, es solo un tiempo, aparca tu inmediatez dichosa y relájate. No me cabe ninguna duda que sabes lo que quieres y, a diferencia de tu madre, lucharás por conseguirlo.
Se me cayeron las lágrimas, y fingiendo prisa colgué el teléfono, con la enorme culpa de no saber decirle lo mucho que la quiero. 

martes, noviembre 22

Distorsión

 Sin título de Ana María Pérez

―Cari, de verdad, qué coñazo eres. Mira, qué solete tan rico hace, ¿eh? Noviembre y este solete, aquí sentaditos los dos, terracita, Plaza Dos de Mayo, cervecitas… Ay, si es que Madrid cuando quiere da…
―Odio el sol… ―respondo a Gael, secándome las lágrimas con un kleenex.
―Joder, menos mal que Dios, sabiendo que le salía marica, me dio paciencia.
Lo miro escondiendo la risa en el pañuelo. Porque cuando estoy triste me gusta estarlo 24 horas al día, con sus 1.440 minutos y sus 86.400 segundos. Firme en mi desidia, sin tregua, angustiada hasta la médula, no hay lugar para las risas. Pero Gael se da cuenta y me achucha con fuerza, mientras repite una y otra vez que doy mucha guerra. Después, acunada en sus brazos, le oigo criticar a Rafa, alabar mi nuevo corte de pelo, menospreciar el gusto de todos aquellos que han criticado mi novela, piropear mi risa y lamentarse de no ser hetero para poder disfrutar, en ese momento, del roce de mis tetazas en su pecho.
Reconfortada como una niña que acaba de creerse la falsa realidad dibujada, me termino la cerveza y le digo a Gael que entro al bar a pedir otras dos y, de paso, a mear. Cuando salgo con los dos botellines en la mano, veo a Gael hablando con una pareja. Me acerco, saludo, dejo las cervezas en la mesa y me presento. Ella, Marta, es hermana de Ramón, el ex de Gael. Él, Quique, es el recién marido de Marta. Nos sentamos los cuatro.
―Y ¿a qué te dedicas? ―me pregunta Marta.
―Soy profe.
―Anda, qué chulo, ¿de niños?
―Sí, niños de 22 añitos ―respondo con rabia contenida. Y es que el que midiera un metro y medio y pesara 45 kilos, no significaba que mis pupilos tuvieran que ser pitufos.
Gael entra en el bar para pedir sus consumiciones. Marta aprovecha y me pregunta por él, por cómo lo veía tras la separación de Ramón. Le contesto que muy bien, que es un tío optimista y que se pone el mundo por montera. Me pide que lo cuide, porque en el fondo se trata de una persona muy sensible y un poco débil. Bebo para evitar mirarla con asco. Llega Gael con un té para ella y una Cocacola para él. Amargados.
―Gracias, guapo. Le estaba contando a Elvira lo de la empresa de catering que hemos montado Quique y yo.
¿Ah, sí?, ¿me estabas hablando de eso?
―Es un lujo trabajar desde casa. Por la mañana recogemos pedidos, y a eso de mediodía nos ponemos en marcha con la cocina, y a las siete salimos con la furgo a servir las cenas.
―Suena bien eso de estar juntos todo el… santo día ―digo. Gael carraspea.
―Un lujo, ya te digo, un lujo. Bueno, es que Quique y yo es como si fuéramos una sola persona. Pensamos lo mismo. La idea fue de él, y es verdad que yo le di forma, pero estamos de acuerdo en todo, es muy fuerte, pero es verdad.
Quique la mira y con una sonrisa le toca el pelo con cariño.
Como un acto reflejo me toco el mío, parece estropajo.
Joder, y yo me pregunto qué es lo que hago mal. Mi último novio había pretendido durante un año convencerme de que era retrasada mental, estaba paranoica, además de ser una verdadera putonga.
―Oye, ¿sabéis lo que podemos hacer? ―dice después de haber pegado un sorbito a su té―. Organizar una cena en nuestra casa. Y así podéis criticar nuestras dotes culinarias. Elvi, puedes traer a tu chico.
―Elvira ―corrijo. Siempre he odiado que desconocidos abreviaran mi nombre con obscena confianza. Gael carraspea de nuevo―. No tengo chico, vamos, que lo acabamos de dejar, sin más.
―Ostras..., bueno, sin más no, claro, tienes que estar pasándolo mal. Digo yo que será duro, muy duro ―afirma ella ¿empatizando?―.  Es que es una edad complicada. Los treintañeros es lo que tenemos, que encuentras a esa persona que se identifica con tus proyectos de vida o… vamos, estás condenado a pasar  por un indefinido tiempo de soledad que asusta, ¿no?
―¿Qué…? ―digo mordiéndome los carrillos por dentro, porque estoy a punto de llorar. Me coloco el bolso sobre mi regazo y lo aprieto.
―¡Hostia, Marta!, ¡qué dramática eres! ―exclama Quique dándole un cachete en el muslo, ella se ríe. Después me mira y dice―. Tranquila, Elvira, es difícil que alguien pase por alto esa sonrisa tan guapa que tienes.
Los había juzgado mal. Pensaba que ella era la típica pedorra y él el típico calzonazos. Pero no. Son reales. Ella segura de sí misma, con energía para iluminar la peor de las tinieblas. Él sensible cocinero, creativo y enamorado. Se llevan bien. Funcionan a la perfección como equipo, y seguro que en la cama saltan chispas.
Con enorme esfuerzo sonrío a Quique y le agradezco su comentario.


Dos semanas más tarde, al fondo de un bar de Lavapiés, me seco las lágrimas con un kleenex mientras le digo a Gael que odio la lluvia. Él se ríe y me achucha. Mira al frente y me suelta de golpe. Con nerviosismo me espeta que nos larguemos. Se levanta, recoge sus cosas y deja sobre la mesa un billete de 5 euros.
―¿Qué pasa…? ―pregunto imitando su susurrante tono de voz.
―Nada, que nos vamos, ¡corre…!
Gael me tira de la manga del abrigo para que salga por la puerta lateral,  no por la principal. Eso hace fijarme en las mesas de delante, y es cuando también lo veo. Quique se la está comiendo a besos. No es Marta. Miro a Gael. Éste abre la puerta y salimos sin decir nada. Aprieto los labios para no sonreír, porque me asusta comprobar cómo el mal ajeno resulta, en este momento, tan placentero.

domingo, noviembre 20

Cría cuervos

La niña y los cuervos de Luz María Santecchia

La chica del fondo de la barra tiene 27 años. Menuda. Pelo a lo garçon. Pantalones grises pitillos, camiseta de los Ramones, y, a pesar de ser febrero en Madrid, lleva unas finas bailarinas granates sin calcetines. Mientras pega un trago a su segunda cerveza, garabatea en un pequeño cuaderno.
Un hombre de 55 años entra en el bar. Delgado. Abrigo marrón tres cuartos y gorro de lana negro. Camina hacia el fondo de la barra.
―¿Mónica Verdejo Real?
La chica levanta la vista de su cuaderno. El hombre se apoya en el taburete de al lado y extiende su mano.
―Federico Vildósola, asesino a sueldo, he venido a matarte.
―¿Quieres tomarte algo?
―Antes, estas cosas te hacían gracia.
―Pues ya no, tengo casi treinta años, papá.
El hombre pide un café a la camarera, y se quita el gorro.
―Papá, verás, necesito dinero.
―¿Y el trabajo aquel?
―El jefe era un cretino y sabes que lo mío no es ser dependienta, soy diseñadora.
―Hemos hablado de eso y… Oh, gracias ―dice a la camarera que deja el café frente a él―. Puedo pagarte los estudios. En Barcelona hay muy buenas escuelas de diseño, pero me parece una locura invertir en crear tu propia colección de moda, no tienes experiencia de nada, no has…
―¡Nunca confías en mí!
―Cariño, escúchame, te veo muy poco centrada. Empezaste derecho y lo dejaste, después periodismo y que tampoco, después que arte dramático en Londres, nada, en menos de dos años estabas de vuelta. No sé, de verdad, no sé si fue el divorcio con tu madre o qué, pero…
―¡A ver, papá, no soy una niña! ―Se frota la cara con las manos y continúa más calmada―. No es fácil ser la hija perfecta, ¿sabes?
―Mi vida, no quiero que seas perfecta, sólo que estudies algo y aproveches tu talento. Eres lo único que tengo en esta vida y no quiero ver cómo malgastas tu tiempo. Luego, cuando me muera, puedes hacer con tu vida lo que quieras.
―¿Me vas a dar ese dinero o no?
El hombre bebe un trago de café, se limpia la mancha del labio superior con el inferior y, tras una pausa, le pregunta cuánto necesita.
―Seis mil.
El hombre la mira y cruza los brazos.
―En septiembre te ingresé dos mil quinientos para un supuesto curso de diseño que nunca has empezado. En diciembre otros tantos mil, porque tu compañera de piso se había ido y tenías que hacerte cargo de pagar su parte. Así que dime para qué quieres tanto dinero ahora.
―Para un seminario de nuevas tendencias en la Universidad de Nueva York. Dos semanas en mayo. Acaban de abrir la matrícula. Es importante. Confía en mí, papá, por favor, por favor…
―Mañana haré la transferencia ―dice el hombre suspirando mientras se levanta―. Con tantos disgustos, me vas a matar, hija mía…
La abraza y sale del bar.

La chica sentada en la mesa junto a la ventana tiene 27 años. Pantalones pitillos verdes, camiseta Custo y, a pesar de ser marzo en Madrid, lleva unas bambas azules. Pega un trago a su primera cerveza mirando al frente.
Un hombre de 33 años entra en el bar. Corpulento. Chaqueta negra de cuero. Camina hacia la mesa junto a la ventana. La chica de 27 años lo mira. Saca de su bolso un sobre y se lo da.
―Ahí van once mil. El resto te lo daré dentro de dos semanas. Sabes lo que tienes que decir, ¿verdad?
―Sí.
Se guarda el sobre bajo la chaqueta y sale del bar.

Un hombre de 55 años entra en el portal 112 de la calle madrileña Arturo Soria. Delgado. Abrigo marrón tres cuartos y con un gorro de lana negro en la mano. Abre el buzón, coge las tres cartas del banco y lo cierra. Camina hacia el ascensor.
El hombre que lo mira desde las escaleras tiene 33 años. Corpulento. Chaqueta negra de cuero. Camina hacia él con la mano bajo su chaqueta.
―¿Alonso Verdejo?
―Sí.
―Soy Federico Vildósola.
 

viernes, noviembre 11

Con dos narices

 Retrato de Dora Maar de Pablo Picasso

Me enamoró su presencia. Bueno, no, quizá fue su dulzura o su manera de retirarse la melena hacia un solo lado. La cuestión es que Virginia me cautivó desde el primer momento. Después de informarme sobre los cursos, me preguntó cuál era exactamente mi interés en el mundo del vino.
―Esa angustia, ¿sabes? ―decía, 20 minutos antes, a mi psicoanalista―, es la que me hace preguntarme qué va a ser de mí si vivo más de los 40 años. Sorda, depresiva, artrítica. Tengo que morirme antes, Óscar, tengo que morirme antes…
―Creo que es una reflexión interesante, Elvira. Te propongo que la retomemos en nuestra próxima sesión, porque hoy se nos terminó el tiempo.
Y con una patada en el culo me mandó para mi casa. Y es que, lo de desmenuzar tus miserias en 60 minutos, te recordaba a cuando eras pequeña y tu madre venía la primera a buscarte a una fiesta de cumpleaños, sabías que te ibas a perder lo mejor. Volvías a casa cabizbaja con esa frustración punzante.
Casualidad, aquel día levanté la cabeza y me topé con la escuela de Cata de Vinos.
―No lo sé ―contesté tímidamente  a Virginia―. Quizá su lado sensorial, o que estoy tan perdida que no sé a qué agarrarme.
―Bueno, dicen que beber es bueno para olvidar ―dijo arqueando las cejas.
Me reí.

―¿Un curso de Sumiller? ¿Sumiller profesional? ―preguntó Rafa sorprendido mientras meaba.
―¡Sí! ―contesté desde su cocina, preparaba pasta―. Sumiller Internacional.
Rafa entró en la cocina subiéndose la bragueta, y se lavó las manos en la fregadera. ¿Por qué no lo hacía en el baño? Odiaba eso de él. ¡Guarro!
―¿Internacional? ―volvió a preguntar mientras se las secaba con un trapo―. Elvi, eso es la polla, ¿tú sabes lo que vas a tener que estudiar? Esos tíos tienen una memoria de elefante. Estamos hablando de todos los vinos del mundo, denominación de origen, bodegas, añadas, esencias… Pff, no eres capaz de eso.
―¿Cómo…?
―Chiquitina, vamos, no pongas esa cara. A ver ―Me cogió por la cintura con ambas manos y ladeó la cabeza―. Inteligente, lo que se dice inteligente, no eres. Digamos que apañada. Porque las cosas como son ―Me soltó y bajó la potencia de la vitro―. Eres una tía que sabe sacarse todo el provecho. Ahí estás con tus cuentitos y tu librito publicado, vamos, tus cositas.
¿Mis cositas? Me llevé una mano al cuello y con la otra me apreté la tripa.
―A veces pienso ―continuó―, que si fueras tan inteligente como tu hermano Gerardo, no sé hasta dónde habrías llegado.
Dije que ahora volvía. Fui al baño. Cerré con pestillo. Me apoyé en el lavabo y, tapándome la boca con ambas manos, lloré hasta agotarme. Me lavé la cara. Me miré al espejo y conté hasta cincuenta. Salí.
―¿Qué has estado haciendo ahí dentro?
Cogí la chaqueta, le di un beso en la mejilla y le dije que me iba, que no me encontraba bien.
Desde la puerta, mientras me veía subir las escaleras, me preguntó si estaba molesta por lo que me había dicho.
―No ―dije―, es solo que tengo mal las tripas, ya sabes…
―Jo, chiquitina, vete al médico, porque te pasas el día con cagalera.
―Sí, me paso el día cagando… ―Y mordiéndome los labios por dentro, seguí subiendo las escaleras.
Al día siguiente volví a la escuela y se lo conté a Virginia. No lo de Rafa, pero sí mis inseguridades sobre mi capacidad, y que quizá el curso me quedaba grande. Virginia, sentada en un alto taburete tras una mesa blanca, me escuchaba con verdadera pasión, frunciendo el ceño y asintiendo cada palabra que decía. Cuando terminé, estiró la cara y me sonrió. Me pidió que la esperara un minuto. Al de un rato regresó con una caja. La dejó sobre la mesa y me instó a que la abriera. Tuvo que insistir dos veces, porque yo estaba paralizada, no sabía a dónde quería llegar. Miré la caja. Era de madera. En realidad era como un pequeño armario de dos puertas. Lo abrí, tirando de los dos pequeñitos pomos, y por un momento me imaginé que volvería a ver los vestidos de mi Nancy. Pero me encontré decenas de diminutos frascos de cristal, con tapón negro, y con un amarillento líquido dentro. Levanté la cabeza y miré a Virginia con cierta fascinación.
―Ahí tienes 54 esencias de vino. Capturadas, guardadas y clasificadas para educar tu olfato. Quiero que te las lleves a casa y las memorices. En cuatro días te examinaré de memoria olfativa. 5 esencias, solo puedes cometer dos errores. ¿Aceptas el reto?
No sé, me parecía demasiado fácil. La sordera me había otorgado de un olfato fuera de lo común, parecía la mujer biónica. No podía dormir cerca de materiales de cuero: bolsos, zapatos, chaquetas; ni de papeles de plásticos o por supuesto productos de limpieza. Incluso antes de comprar un libro, me lo llevaba a la nariz y si consideraba que el olor de su hojas era demasiado fuerte, pedía otra edición. Y no era una cuestión de manías, si no que la intensidad del olor llegaba a ahogarme. Así que memorizar 54 aromas y asignarles un nombre no me parecía una acrobacia plausible.
―Mi temor es otro, Virginia. Los nombres, años, bodegas... No la nariz.
Se retiró el pelo hacia un lado con una feminidad inalcanzable, y me pidió que cogiera un frasquito al azar y leyera su etiqueta. Tomé el cuarto de la octava fila.
―Higo, 60-J-14B.
―Todas las esencias tienen un código de 6 caracteres, cifras y letras, a veces separados por guiones, otras veces no. Estos códigos también debes memorizarlos y el lugar exacto de sus guiones, si los tienen, claro.
―¡Imposible! ―grité.
―Bien, creo que ahora sí he conseguido picarte ―Y con una triunfante sonrisa, me despidió hasta dentro de cuatro días.

Dejé la caja abierta sobre mi escritorio. Parecía el San Antonio que tenía mi abuela. El santo estaba metido, con su ramillete de laurel, en una caja con la parte de delante de cristal, a modo de vitrina. Y bajo sus pies una ranura donde mi abuela iba metiendo monedas por cada petición que le hacía, “Ay, San Antonio bendito, que encuentre el botón de nácar de la blusa blanca, que caérseme, se me debió de caer por el salón”. El botón aparecía y mi abuela lo recompensaba con una moneda de 25 pesetas. Cuando veía que el santo pesaba demasiado, lo vaciaba y se lo jugaba todo a la brisca.
Miraba la caja desde el sofá, no me atrevía ni a acercarme. 54 códigos, 324 caracteres, imposible. Así que alcancé el móvil y le supliqué a Gael que viniera. Cuarenta minutos después apareció en mi casa con seis botellines de San Miguel. Le conté lo del curso de Sumiller, lo de Rafa, lo de Virginia y su reto. Sin decir nada abrió dos cervezas. Me ofreció una. Se sentó junto a mí en el sofá y miró la caja de las esencias de la misma manera que seguía haciéndolo yo.
―Cari, ¿estás segura de que no prefieres admitir que eres apañada?
Negué con la cabeza.
Gael me dio su cerveza. Se levantó. Cogió la caja. La dejó sobre la mesita frente al sofá. Se arremangó el jersey de lino. Me pidió su cerveza con un enérgico gesto de mano  y dijo:
―Empecemos.
Así que empezamos. Gael abría un frasquito, me lo daba a oler, manzana verde, decía, ¡piña, animal!, me contestaba. Y a partir de ahí empezaban sus trucos de memoria nemotécnica:
―La piña no tiene hojas, son rabos verdes arriba, pues la forma del rabo es el 1, pero son dos, así que 11, ¿vale? ¿Dónde hay piñas?, ¡en las islas!, islas, tesoros, tesoros, mapas, mapas, pasos, pasos, cruces. 5 pasos y una cruz,  es decir: X. Tesoro encontrado, entonces pausa, un guión, más descanso: un 0, nos comemos la piña, no queda nada, solamente un rabo: 1. Por lo tanto: 115X-01, ¡repite!
―Piña, 115X-01.
Me ofreció otro, fácil: coco.
―Vale, ¿dónde hay cocos?, ¡en las islas!, islas, tesoros, tesoros, mapas, mapas, pasos…
Madre mía, San Antonio bendito…
Tres días después, habíamos encontrado 53 tesoros, porque el azufre apareció en el volcán de El Hierro, auxilio entre flotadores, y un rabito de piña flotando en el agua: VF-8S8-1. Sin comentarios.
Al cuarto día, Virginia me sentó en su taburete alto y me dio una especie de antifaz para dormir. Me lo puse. Me preguntó si estaba preparada. Asentí. Me acercó el primer frasquito. Inspiré profundamente. Lo retiró. Le pedí repetir. Me dijo que estuviera tranquila. Lo acercó de nuevo. Volví a inspirar: Ciruela, 6YCCR6. Chasqueé la lengua. Me había equivocado. No era así, pero no sabía corregirlo. Llegó el segundo, tercero, cuarto y quinto frasquito.
Me quité el antifaz. Virginia no paraba de sonreírme.
El resultado fue horrible. En cuanto a esencias solamente un error. Confundí la grosella con el lichi. Y en cuanto a códigos sólo había dicho dos correctamente, el de la piña y el del membrillo. Aun así, Virginia me dio la enhorabuena, y me convenció de que la memoria era un animal vivo, si la alimentaba crecería.

Subí las escaleras de casa y me paré en el tercero. Toqué a la puerta y esperé. Rafa abrió, y me besó. Ya me he matriculado, le dije. ¿Para Sumiller?, preguntó. Sí. Al final siempre te sales con la tuya, ¿eh?, me alegro si es lo que quieres, dijo. Es lo que quiero, respondí, y creo que también quiero estar sola. ¿Cómo sola?, preguntó. Sola, respondí. Lo besé y subí las escaleras. Hasta que no metí las llaves en mi cerradura, no oí cerrar su puerta. El portazo me hizo encogerme de hombros.
Entré en casa arrastrando los pies, tenía la pena encadenada a mis tobillos.
Abrí la nevera y saqué un par de huevos. Antes de cerrarla, cogí medio limón, que estaba sobre los yogures, y me lo llevé a la nariz.
―Limón, 5555-MZ.