jueves, marzo 15

Alter Ego


―A mí este vino me hace cosquillitas en la naricita.
Eva García, compañera de sumiller y gilipollas. Gilipollas profesional. Elvira, eres dañinona y mala, me dirá mi madre después de leer estas líneas. Dañinona. Mira que es difícil pronunciar esta palabra y a mi madre no se le ha trabado ni una sola vez, la práctica, supongo. Pues sí, lo dicho, soy mala pero Eva sigue siendo gilipollas. Y es que no hay cosa que más me reviente que una mujer hablando con diminutivos. Son manipuladoras. Expertas de la semántica. Viudas negras que tejen sus telas de araña con un léxico, aparentemente, inofensivo. Imanes de la falsa empatía. Taradas mentales. Elvira, hija, pero si tú estás de atar, me dirá la cariñosa de mi madre. Sí, ama, pero yo de siempre me he tirado pedos, no peditos. Y he ahí la diferencia que marca mi cordura.
Cuando una mujer dice un diminutivo, la gilipollez se esparce como la mierda por toda la sala, convirtiendo a su vez a los hombres en gilipollas. Esto es empírico, no me lo he inventado yo. El sexo masculino asocia el diminutivo con feminidad, feminidad con fragilidad, fragilidad con necesidad de protección, protección con condones, condones con mejor a pelo, y mejor a pelo te la meto. Entonces a Eva, en este momento, la rodean cuatro hombres copulando.
―Pero un montón de cosquillitas en la naricita, ¿y a ti, Elvi?
A mí en el potorro, pero por supuesto no se lo voy a decir. La sonrío como buenamente puedo y miro a Alberto, compañero de mi izquierda, que si quiero ser breve, únicamente debería decir que me tiene loca perdida. Para mi sorpresa, él la está mirando raro, no como hombre de cromañón-yo-dar-aumentativo-a-tu-diminutivo, no. Más bien como, tía, ¿tú eres así o en tu infancia te han querido poco y mal? Alberto, sí, señor, mi Alberto. Un tío de pedos, no peditos. Me mira y arquea las cejas, pero no dice nada, educado pero no gilipollas. Él esquivó la mierda.
La clase se termina. Eva se levanta de su taburete, se recoge el pelo en un moño alto, y deja al descubierto un tatuaje que dice You have  to  smile . Dime tú, a qué tío, que la esté poniendo mirando a Cuenca y lea ese tatuaje, hay que recordarle que sonría. Me entra la risa y bebo un poco de agua para disimular.
―Te estás riendo y prefiero no saber de qué, porque tienes un peligro… ―me dice Alberto al oído. Se levanta, coge su chaqueta y se despide hasta el próximo miércoles.
Sigo en mi taburete y lo veo salir. En ese instante, es cuando me doy cuenta de que siete días no pasan tan rápido.
―¡Alberto! ―grito.
―¿Qué te pasa? ―pregunta asomando, de nuevo, la cabeza por la puerta de clase.
―¿Te hacen unas cañas?
Sonríe, aprieta los labios, se mete las manos en los bolsillos de su chaqueta y dice finalmente:
―Claro, vente.
¿Vente?, ¿qué ha querido decir con vente? No importa, ¡voy!
En la calle, me siento tensa. Camino junto a él, mirando al suelo y sin decir nada.
―¡Ey! ―exclama golpeándome el hombro. Lo miro, y veo que empieza a escribir algo en el aire, pero con extremada delicadeza, y me dice―: You have  to  smile..
Suelto una carcajada de las que hacen historia. Qué perro. Sabía que era de los míos. Dañinón.
Entramos en un bar, dos calles más abajo de la escuela de cata. Alberto alza la cabeza, como si estuviera buscando a alguien. Sonríe y levanta la mano.
―Allí está ―me dice.
―¿Quién? ―pregunto.
Llegamos al fondo del bar.
―A ver, que os presento. Amaya, Elvira, mi compañera del curso, la que te dije que está como una cabra. Y bueno, Elvira, ella es Amaya, mi chica.
―¿Cómo de tuya…?
Los dos se ríen.
―Te lo dije, está loca ―apuntilla Alberto.
Examino con la mirada a Amaya buscando ese defecto que me hará feliz. Pero nada, no lo encuentro. Es preciosa. Sencilla. Con sonrisa sincera. No tiene pinta de hablar con diminutivos. Y lleva una camiseta de la Rana Gustavo, amo a la Rana Gustavo. Tengo ganas de llorar.
―¿Me perdonáis un minuto? Ahora vuelvo… ―digo con la voz temblorosa.
―¿Estás bien? ―pregunta Alberto.
Asiento con la cabeza y me alejo un poco de ellos. Miro hacia arriba, pongo los brazos en cruz y grito:
―¡¡¿Por qué me haces esto?!!, ¿por qué?, ¡cobarde!, ¡contéstame!, ¡¡que me contestes, coño!!
A ver, tranquilízate un poco, ¿vale?
―¿Eres tú?
Sí, soy yo.
―¿La que ha organizado todo esto? ¿La que me pone la miel en los labios para luego lanzarme a las zarzas?
No diría tanto, pero sí.
―¿Cómo te llamas?
Elvira.
―¡Joder! ¿Qué me podía esperar de alguien que pone su mismo nombre a su protagonista? ¡Un poquito de imaginación, por el amor de Dios! No sé, Estela, Alba, Susana, Arantxa, ¡qué sé yo, Paula!
Bueno, pues te llamas Elvira, como yo y punto. Y ahora vuelve con tus amigos. Te tomas una caña, pones tu mejor cara, te despides, vuelves a casa, te preparas un café, te hundes en el sofá, miras el capítulo 126 de Anatomía de Grey, y lloras desconsoladamente viendo como el psicópata del hospital los mata a todos, y así, aunque Alberto no te quiera, te metes en la cama contenta por seguir estando viva.
―¿Cómo eres así? Tú si quieres, disfruta de tu mierda de vida, pero a mí déjame intentarlo. ¡No me gusta Anatomia de Grey! ¡Y si sigo tomando café, voy a necesitar un trasplante de colon! ¡Quiero intentarlo con ese tío!
No. Olvidémonos de Alberto. No lo veo. No me termina de gustar. Hay algo ahí que no encaja.
―¡Elvira, por favor, es perfecto! Es mono, inteligente, un genio en vinos, con sentido del humor y ¡tiene unas manos de infarto! Él es biólogo y yo filóloga, dos carreras sin futuro, y por eso el mundo del vino ha hecho que nos conozcamos y juntos formemos un gran equipo. Nos casaremos y tendremos hijos, el niño se llamará Tempranillo y la niña, Garnacha. ¿Qué es lo que no ves? ¿Qué coño no ves, joder?
Elvira, baja ese tono de voz. De verdad te lo pido. A mí no me hables así.
―Oh, oh, oh, cuidado… que la Señora toda Creadora del cielo y de la tierra se está enfadando. ¡Que te den por el culo! ¡Cobarde de mierda! No me vas a joder más. ¡No pienso tirarme a otro friki, fanático de Freddie Mercury! Me gusta Alberto porque es normal, normal, normal, y eso te acojona porque por tu vida no ha pasado ni un tío medio normal. ¡Inténtalo, coño!
Se acabó, me has tocado las narices. ¿No decías que habías tomado demasiado café?
―No, Elvira, retortijones, no. No me hagas esto, y no delante de Alberto, cabrona.
Haberlo pensado antes.
Me agacho, y me sujeto la tripa con las dos manos.
―¿Elvira, estás bien? Tienes mala cara ―me pregunta Alberto mientras me frota la espalda.
―Sí… voy al baño un momento… ―digo apretando el culo y sosteniendo la vergüenza sobre mis hombros.
¡Ja, ja, ja, ja! Mírate, qué mala pinta tienes. Pobre Alberto, ¿qué habrá pensado de ti? Además de loca, cagona.
Me siento en el váter, me arde el culo. Y lloro, lloro porque nada me puede ir peor.
Vamos, no te pongas así, ¡ey! Venga, no llores, que todavía no has visto Anatomía de Grey. Ey, Elvira… era sólo un pequeño escarmiento, yo no quería que…
―La vida no es un escarmiento, Elvira. ¿A qué viene castigarse de esta manera? Coge el puto teléfono, llama a Alberto y queda con él, y vive una vida real, joder… Ay, mi culo, quema…
Bien, levanto la vista del portátil y busco el móvil en mi escritorio. Lo encuentro debajo de un kleenex. Escojo entre mis contactos a Alberto Herrán.
―Elvira, no hay papel…
¡Calla, ahora no puedo! Suena el primer tono. Respiro profundamente. Segundo tono. Me muerdo los labios. Tercer tono. Seguro que está viendo mi nombre y no me quiero coger.
―Papel…
¡Cállate! Cuarto tono.
―Ey, Elvira, ¿qué pasa?
Alberto, sí soy yo. ¿Qué tal? ¿Cómo estás?
―¿Elvira?
¿Alberto?
―Elvira, te oigo muy mal.
¿Sí?, ah, espera, que igual es… ¿ahora?, ¿mejor?
―Sí, ahora perfecto.
―Perdona, es que no me había dado cuenta de que estaba en cursiva. No, bueno, te llamaba porque, bueno, había pensado que igual, si quieres, vamos, que un amigo mío acaba de estrenar una obra de teatro en Microteatros, “Pulpa, lechuza, culebra”, ya el título es total, ¿no?, y que, bueno, podríamos ir a verla el viernes, nos tomamos unas cañas allí mismo y la vemos.
―Buuf, no, el viernes no creo que pueda.
―Ah, genial, genial, no pasa nada, tranquilo, de verdad.
―¿Elvira?
―Sí, lo siento, se me fue la cursiva de nuevo. No, vamos, que decía que no pasa nada, que me imagino que habrás quedado con Amaya.
―¿Amaya? ¿Quién es Amaya? ¡Ja, ja, ja, ja! Estás loca, tía. Oye, pero ¿qué te parece si quedamos el sábado? ¿A las siete, allí mismo?
―¡Sí, muy bien! ―Y tapo el auricular para que no oiga el enorme suspiro que acabo de derramar.
―Pues, hasta el sábado.
―Hasta el sábado, Alberto…
Lo acabo de hacer, Elvira, lo acabo de hacer, he quedado con él, y es real.
―Me alegro de verdad, Elvira, pero, por favor, papelito para mi culito…
Venga, vale, ahí lo tienes, justo detrás, en el suelo, para que luego digas que no eres de las que no saben manipular con diminutivos.

domingo, marzo 4

Emparrado

 Luz y emparrado de Sofía Serra

A veces ocurre que convertimos a un día de la semana en nuestro preferido. Elvira lo había hecho con el miércoles.
Sonó el despertador a las 9.30, Elvira estiró el brazo y alcanzó el móvil. 9.31, resopló y se colocó boca arriba. Lo normal era que la gente tuviera techo sobre la cama, los más atrevidos ponían un espejo, pero Elvira, en su buhardilla, tenía una enorme claraboya, por la que veía el cielo y, así, mirándolo, dudaba muchas veces de que realmente estuviera despierta.
Hacía buen tiempo. Elvira odiaba el sol, pero aquel día no le importó, porque era miércoles, su móvil se lo confirmó. Abrió la aplicación de Twitter, la acidez de los tuits de @08181 la entonaban tanto o más que el café. Y efectivamente, se rió al leerlos, pero qué jarto está el tío, pensó. Se puso el móvil en la frente, estiró los brazos sobre la cama, cerró los ojos y…
―¡Mieeeeeércolesss!
Lo dicho, entusiasmada con el día.
Se levantó, preparó café, se lo sirvió en un vaso, encendió su portátil y los altavoces, y buscó la versión que Walk off the Earth había hecho de Man Down, y ahí estaba, en bragas y camiseta, bailando al ritmo del Rum pum pum pum, Rum pum pum, Rum pum pum Man Down…
Ducha rápida, segundo café, bolso en el hombro, llaves en la mano y carrera para no perder el metro. Lo perdió, pero no importó, porque era miércoles.
―No ha habido suerte, ¿eh? ―le dijo un hombre desde el andén de enfrente, que veía como Elvira, recobrando el aliento, se reía.
―¡Casi, pero no! ―contestó ella. Pero qué simpática era la gente y qué maravilloso el mundo entero.
En el metro, la pisaron cuatro veces, y las cuatro dijo que no importaba con una vertiginosa sonrisa. En la universidad invitó a sus compañeros a café, y dijo a las chicas lo guapas que las veía hoy. En clase repitió tres veces lo contenta que estaba con la marcha del curso, piropeando el entusiasmo de cada uno de sus alumnos.
―Sois maravillosos… ―les dijo desde lo alto de la tarima, antes de que la clase se terminara. Ellos la miraron atónitos.
Recogió sus cosas y salió pitando del aula.
―¡Elvira! ―gritó Kiko, uno de sus compañeros de trabajo, desde el final del pasillo―. ¡Espérame, que te llevo en coche y nos tomamos unas cañas!
―¡No!, ¡cojo el bus, que hoy tengo curso de Sumiller!
―¡Pero si hoy es martes!
―¡Es miércoles, loco!, ¡es mieeeeeércolesss! ―Y empezó a imitar a una ola de mar con los brazos en alto.
―¡Vale, vale! Joder… está como una puta regadera…
En el autobús, Elvira sonrió al conductor cuando subió, y a las dos mujeres sentadas atrás, cuando bajó.
Entró en el bar de al lado de la escuela de cata y pidió una pulguita de jamón y un café. Cuando terminó, pagó y, todavía sentada en la barra del bar, sacó un tarrito de cristal del bolso. Lo miró mordisqueándose los labios. Era colonia de vainilla. En el curso de sumiller estaba terminantemente prohibido usar colonia, ducharse ese día con jabones olorosos, y las chicas no podían ir maquilladas. Pensó que por un poco nadie se iba a dar cuenta. Así que destapó el tarrito de cristal y se echó un par de gotas en el cuello y otro par en las muñecas. Luego inspiró y se dio cuenta de que se había pasado. Sacó un kleenex, lo untó en saliva y se lo restregó por el cuello. El camarero la miraba con asco. También se olió las muñecas, joder, joder, joder, decía, y empezó a agitarlas al aire, joder, joder, joder, seguía diciendo, que me he pasa’o, que me he pasa’o... Salió del bar, y el camarero respiró tranquilo.
Entró en la escuela apretando el culo, como si aquello pudiera camuflar el olor.
El aula parecía un laboratorio. Techo, suelo y paredes pintados en blanco. Había siete mesas altas, de unos 15 metros de largo cada una de ellas. También blancas, al igual que los taburetes. Dos pizarras y un proyector. Sobre las mesas, un vaso de agua, una copa  negra y cinco de cristal transparente, para cada estudiante. 
Elvira se sentó en su sitio de siempre, y bebió un poco de agua. En diez minutos empezó la clase. A su derecha Nuria, y a su izquierda el taburete estaba vacío. Elvira se pellizcó los labios y miró a la puerta.
―Bueno, chicos ―empezó diciendo Antonio, profesor de química del curso―, estábamos viendo la crianza en madera, ¿verdad? Bueno, pues veamos la caracterización química de la madera. Tenemos los polifenoles de bajo peso molecular, es decir, ácidos como el gálico, siríngico… ―Elvira miró de nuevo a la puerta―, también nos encontramos con los aldehídos…
La puerta se abrió, Elvira giró la cabeza y, al verlo entrar, sonrió.
―Menudo tráfico, tía…
Alberto Herrán, su taburete de la izquierda.
La clase continuó dos horas más de dura teoría sobre taninos, elagitaninos, lípidos, ácidos fenólicos y un sinfín de nombres a los que Elvira no conseguía ponerles cara. Pero al fin, llegó la explicación de las diferencias organolépticas entre los robles, y con ella la cata de vinos, que aquel día iba a consistir en diferenciar vinos de roble americano y europeo.
Se sirvió el primer vino a los casi veinte estudiantes. Y después de que Antonio pidiera silencio absoluto, dio permiso para que empezaran con la cata.
Alberto se inclinó sobre Elvira y, rozándole la oreja con su nariz, le susurró:
―¿Por qué será que sólo puedo oler a vainilla…?
―No sé… ―contestó ella con la vista al frente.
Alberto se inclinó un poco más y con lentitud aspiró el cuello de Elvira. A ella se le encogió el estómago y se le erizó el vello de los brazos.
―Eres tú… te has puesto colonia... ―dijo sin despegarse ni un milímetro de ella, por lo que Elvira no pudo evitar soltar un gemidito.
―¿Pero qué pasa ahí, chicos? ―preguntó Antonio frente a la clase.
Elvira gesticuló con la mano que nada, era incapaz de hablar. Tragó saliva y miró a Alberto que, erguido en su taburete, agitaba su copa como si tal cosa. Ella intentó concentrarse en la suya, la alzó para verla a trasluz y, cuando iba a anotar la descripción del color en su cuaderno, sintió que Alberto estaba de nuevo junto a ella.
―No saco aromas… Tu vainillita lo tapa todo…
Elvira sonrió con sorna y se llevó la copa a la nariz. Aspiró al mismo tiempo que lo hacía Alberto. Estaban tan juntos que sus cabezas se rozaban. Después se miraron.
―¿Cedro…? ―dijo ella.
―¿Eso es un lunar o una peca…? ―dijo él.
―¿Qué…?
―Aquí… ―y con el índice le rozó la sien.
―No…  no sé… no sé… ―agachó la vista a su copa y aspiró de nuevo―. Ahumados también noto…
―Es un lunar… ―y se lo acarició de nuevo.
―Será roble europeo... francés...
―Y... y aquí tienes otro...
Elvira no podía tener el estómago más metido hacia dentro, le costaba hasta respirar.
―A ver corrijamos ―planteó Antonio―. Empezamos directamente con aromas. Elvira, ¿intensidad?
―Mucha, mucha… está lleno de intensidad, hay… hay intensidad por todas partes…
La clase rió.
―Silencio ―pidió el profesor― Elvira, por favor, a estas alturas, el examen debe ser riguroso.
Elvira se disculpó, mientras se frotaba la frente con la mano, sin levantar la vista de su cuaderno.
En la segunda, tercera, cuarta y quinta cata hubo más susurros, roces, miradas y lunares descubiertos.
Después de casi cinco horas, la clase terminó. Alberto se levantó y, colocando su mano sobre la cintura de Elvira, se despidió con un cariñoso hasta el miércoles.
―Hasta el miércoles… ―contestó ella.
Ya en la cama, boca arriba, contempló el escaparate de la noche y sonrió, porque sabía que siete días pasaban volando.

domingo, febrero 26

El viaje de Lucas

 Fishing boat at sea de Van Gogh

Lucas tenía catorce años y, como cada mañana, aquel martes salió en su barca a pescar. Era un día normal. El sol se desperezaba sobre el silencio rutinario de un mar generoso, y el cielo se quitaba su traje de luces. Todo normal. Empezaba un día más.
En alta mar, Lucas preparaba la red cuando de repente se precipitó al agua. Su cuerpo se hundía, se hundía, se hundía, hasta que tocó el fondo y allí, inmóvil, permaneció seis días y seis noches. Pero el séptimo, una familia de cangrejos lo encontró.
Papá cangrejo, apartando a su mujer y a sus cuatro hijos, se acercó hasta Lucas. Se subió por sus piernas, le recorrió el pechó y se encaramó a su mentón. Una vez allí, pidió a su familia que se apartara. Estos retrocedieron 20 centímetros, y fue entonces cuando papá cangrejo pinzó la nariz de Lucas con todas sus fuerzas.
―¡Aaaaaaaaaaaaaaaaaaaah! ―bramó el joven, lanzando de un manotazo a papá cangrejo.
Toda la familia del animalillo crustáceo fue a socorrerlo. Lucas se arrodilló agarrándose la nariz con ambas manos, no paraba de gritar.
―¿Quién eres? ―preguntó papá cangrejo, después de haber tranquilizado a su familia.
―Soy Lucas, un pescador.
―¿Y qué haces aquí, si tu mundo es el de arriba?
―No lo sé, me caí de la barca.
―¿Cómo te caíste?
―No lo sé, no lo sé… ―contestó frotándose la cabeza intentando recordar algo―. Era un día normal y estaba en mi barca dispuesto a pescar, pero me caí.
―¿Tormenta?
―No...
―¿Te enredaste con la red?
―No...
―¿Los tiburones atacaron la barca?
―No…
―¿Y los piratas?
―¡No!
―¡¿Pues qué te pasó, muchacho?!
Lucas levantó los hombros y giró la cabeza hacia los lados repitiendo, una y otra vez, que no recordaba nada, sólo que era un día normal y se cayó.
Tras comentarlo con su familia, papá cangrejo permitió al joven pescador quedarse un tiempo con ellos, hasta que se recuperase y tuviera fuerzas para llegar a la superficie.
En el fondo del mar, los días para Lucas pasaban lentamente, apenas se podía mover con agilidad, sus pasos eran lentos y desordenados. No sabía pescar sin su red, así que siempre tenía que esperar a que papá cangrejo trajera los suministros de cada día. Y tampoco servía para defenderlos de los predadores, porque con sus torpes movimientos era imposible atacar ni a un caballito de mar. Así que, después de dos meses, sintiéndose un inútil y una tremenda carga para aquella familia de cangrejos, decidió emprender el viaje hacia la superficie. Se despidió de todos ellos y comenzó a ascender ayudado por sus pies y brazos. Remaba hacia arriba con todas sus fuerzas, pero la oscuridad del fondo del mar lo asustaba tanto que eran muchas las veces que debía parar para tranquilizarse. Como una pelota, se apretaba las rodillas sobre su pecho, y se abrazaba a sí mismo, y empezaba a contar. A veces sólo llegaba a hasta el 10, pero otras era necesario alcanzar el 330 para que el pánico se esfumara.
―¿Qué haces? ―preguntó una mantarraya que lo llevaba observando desde el número 37.
―Cuento, señora, 63, 64, 65, 66, 67, 68…
―¡Ya sé que estás contando!, ¿pero por qué?
―Para ahuyentar el miedo, señora, 74, 75, 76...
―¿El miedo?, ¿aquí? ―y la mantarraya miró a su derecha e izquierda―. ¿Miedo de qué?
―De lo que no conozco, señora, 81, 82, 83….
―Oh, bueno, en ese caso…1, 2, 3, 4, 5, 6…
―¿Qué hace? ―preguntó Lucas dejando de contar y mirando atónito a la mantarraya.
―Cuento, no le conozco, pues cuento yo también, 12, 13, 14…
―No, no, no, no, ¡no es eso!
―…22, 23, 24, 25, 26, 27…
―Vale, de acuerdo, me llamo Lucas, soy pescador y un día normal caí de mi barca. Estuve dos meses con una familia de cangrejos hasta recuperarme, y ahora llevo tres semanas intentando ascender a la superficie.
―¿Tres semanas, dices? Pues sí que cuenta usted, sí. No se preocupe, yo le enseñaré a no tener miedo.
Y durante cuatro días, la mantarraya le tuvo retenido dándole un sinfín de consejos y recomendaciones que de poco le iban a servir al no tratarse de un ser marino. Aun así, Lucas la escuchó pacientemente y al quinto día se despidió prometiendo poner todo lo aprendido en práctica. Apenas siete horas después, Lucas se acurrucó en sí mismo y empezó a contar. Estaba agotado, le dolían los pies y brazos, casi no había dormido nada en todo el trayecto y el frío empezaba a hacer mella en sus huesos. Cuando ya parecía todo perdido, un reflejo en lo alto de su cabeza le anunció que la superficie estaba ahí. Lucas se impulsó con sus piernas lo más rápido posible, y de repente la sábana de agua se abrió y el joven tomó una enorme bocanada de aire. Estaba fuera. El sol brillaba, parecía un día normal.
No muy lejos, Lucas vio una barquita, muy parecida a la suya. La llevaba un hombre.
―¡Ey, aquí! ¡Ayuda! ¡Ayuda! ―gritó al hombre de la barca. Éste se acercó al ver al joven en el agua―. ¡Gracias!, ¡gracias! Soy Lucas, pescador como tú, y un día normal me caí de mi barca, llegué hasta el fondo del mar, y han tenido que pasar casi tres meses hasta poder alcanzar la superficie. Ahora quiero llegar a tierra y volver a mi casa. ¡Ayúdeme!
―¡Claro!, no te preocupes, debes nadar hacia el oeste ―dijo el hombre señalándole la dirección.
 ―Sí, pero lléveme usted, tengo mucho frío, señor, y estoy muy cansado...
―Lo siento, ése no es mi trabajo. Debo pescar y regresar antes de la noche con mi familia.
―¡Pero ayúdeme!
―¡Te estoy ayudando!, escúchame: dirección oeste. Por el día, el sol te guiará y, por la noche, lo hará la luz del faro.
―¡No me deje aquí, se lo suplico! ¡Ayúdeme! ―gritó Lucas encaramándose a la barca.
―¡Maldito, chaval! ―y de un empujón lo mandó al agua de nuevo―. Te estoy ayudando, dirección oeste, el sol y luego el faro. ¡Te estoy ayudando, joder! ¡Pero no puedo hacerlo por ti! ―y arrancó el motor de su barca y empezó a alejarse.
―No me deje, tengo mucho frío… estoy cansado, agotado… ayúdeme…
―¡Oeste, oeste, oeste! ―gritaba el pescador alejándose con su barca―. ¡Y cuídate de las gaviotas, tienen comportamientos muy complejos! ¡Vamos, chaval, nada!, ¡nada!
Lucas había creído que al llegar a la superficie su pesadilla habría terminado, pero se acababa de dar cuenta de que no había hecho más que empezar.
Cerró los ojos y deseó hundirse de nuevo, caer al fondo del mar para jamás volver a subir. Quizá fueron sus inmensas ganas de acabar con el intento o, simplemente, mala suerte, pero en ese momento se desató una terrible tormenta. El mar enfurecido escupía olas cada vez más grandes. El viento levantaba muros de agua, y el cielo se tornó negro. Lucas se agitaba y arremolinaba como un pez en un desagüe. Y contaba, 235, 236, 237, y seguía contando 789, 790, 791, 792, y contando 1.145, 1.146, 1.147, 1.148… Llegó hasta el 13.989.
Abrió los ojos ante un plácido y adormilado mar. Respiró hondo, miró al sol y siguió la dirección que estaba recorriendo hacia su atardecer. Lo intentó por un tiempo a crol, pero se cansaba tanto, tantísimo que cambió su estilo a braza. Con desesperanza recorría los absurdos metros en aquel inmenso mar.
―Si pretendes llegar a la orilla, así nunca lo conseguirás.
Lucas levantó la vista y vio a una gaviota volando, en círculos, sobre su cabeza.
―Un pescador me aconsejó ir hacia el oeste ―contestó el joven al pájaro.
―¿El pescador que te arrojó al mar cuando le suplicaste ayuda?, ¿el que apenas sintió la tormenta metido en su barca?, ¿hablas de ese pescador? ―la gaviota chasqueó el pico―. Chico, hazme caso, el mar está repleto de pescadores como él. Se prestan generosos, pero sólo piensan en sí mismos y lo que pretenden es alejar a la competencia, como tú, para quedarse con todos los peces. Pero si confías en mí, te llevaré a tierra mucho antes.
―Oh, ¿de verdad?
―Claro, chico ―contestó la gaviota posándose sobre la cabeza de Lucas―. Y ahora, te digo que vayamos para el norte.
―¿Seguro?, pero el pescador…
―¿Qué te he dicho del pescador? ―y arremetió a darle un picotazo en toda la coronilla―. Vamos, ¡hacia el norte!
Y fueron hacia el norte. Y llegó la noche y el día, y la noche de nuevo, y el día después, y allí no había tierra. Y Lucas agotado pidió parar y reflexionar, porque el camino no parecía ser aquél.
―¿Estás desconfiando de mí? ―preguntó ofendida la gaviota―. ¿No te has parado a pensar en que quizá es culpa tuya, porque casi no sabes nadar? ¡Eres lentísimo! ¡La tortuga más vieja del mundo podría ganarte con los ojos cerrados! ¡Inútil!
―Pero… llevamos casi una semana yendo hacia el norte y sólo veo agua y más agua.
―Estúpido, claro que ves sólo agua porque esto es un océano, ¿sí?, o-cé-a-no. Toc-toc-toc ―dijo picoteándole la cabeza―, ¿hay alguien ahí?
Lucas se sumergió en el agua para zafarse del pájaro y, en el silencio de las profundidades, decidió echar mano de al menos uno de los consejos de la señora mantarraya: “Huye de todo lo que tenga plumas y vuele”.
Ya en la superficie, Lucas le dijo al pájaro que tomaría el oeste como dirección a seguir y que preferiría hacerlo solo.
―¡Bravo!, otro egoísta que inunda nuestras aguas. Muy bien, ¡vete, desagradecido!, pero volverás a buscarme antes de lo que piensas, porque eres débil, ¡muy débil!, lo supe la vez que apenas te rocé la nuca con mi pico, y caíste de tu barca, ¡por un simple roce!
―¡¿Fuiste tú?!
El pájaro revoloteó sobre su cabeza riéndose a carcajadas. Cuando se marchó, Lucas se tumbó boca arriba en el agua y miró al sol. En esa misma posición comenzó a remar lentamente con sus manos, era cómodo, es cierto que no era la manera más rápida, pero no se cansaba y en esa postura el vaivén de las olas le divertía. Tanto era así que llegaba a soltar hasta alguna risotada. El mar estaba tranquilo y él, por fin, también.
Llegó la noche y a Lucas le entró el miedo y quiso empezar a contar, pero antes de hacerlo, miró a su alrededor y encontró, entre la espesa negrura, un puntito de brillantina allá a lo lejos.
―El faro… es el faro… ¡Encontré el faro! ¡El faro del pescador!
El joven tomó su postura boca arriba y comenzó a remar con brazos y piernas, mientras tatareaba un sinfín de canciones. Casi de mañana, la cabeza de Lucas se encalló en la orilla del mar.
―¡Tierra! ―gritó. Se puso de pie y salió corriendo del agua para abrazar la arena―. Tierra firme…
Y aunque todavía le quedaba un largo camino hasta llegar a casa, sabía que aquél volvía a ser un día normal, un día más.


Nota: Este relato se lo quiero dedicar a todas las personas que han pasado o están pasando por un momento complicado y sombrío en sus vidas, porque es verdad que el camino es largo, pero no es duro, simplemente hay que coger una buena y cómoda postura para seguir nadando.

lunes, febrero 20

¿Qué tienen de normal los días?


―Escúchame, aquí van las listas de los grupos. El B2.1 edificio 4, aula 4.01.6, ¿vale? Grupo A2.2, edificio 12, ya sabes que van al revés, el 12 es el que está detrás del 7, aula 12.02.9.
Lola Campos, coordinadora de los cursos internacionales de la universidad. De unos cuarenta y tantos, soltera y un hijo de 9 años. Delgada y con un rizadísimo pelo corto. Gafas de pasta granate y enormes pendientes.
―Sí, sí…  A2.2 en el 7.02.12… ¿no?
Elvira Rebollo, yo misma. Treinta y tantos, soltera y sin compromiso. Obviemos mi constitución y también la descripción del pelo. Bolso enorme colgado en el hombre derecho y un café en la mano izquierda.
―Elvira… ―suspira Lola―. Olvídalo, te mandaré un email. Recuerda solamente el de hoy, en el 4, aula 4.01.6.  Tienes a un tal, espera, déjame ver ―abre una de las carpetas amarillas y pasa su dedo de arriba a abajo―, éste es: Carter Collins, irlandés, tiene dislexia, va a necesitar el 25% más de tiempo que el resto de la clase para hacer los exámenes. Bueno, es mejor que hables con el Programa de integración para estudiantes con discapacidad, extensión 397, Inmaculada Carrillo. Por otro lado, dos italianos: Pienaar y Fusi, quieren subir de nivel, al B1.1, échales un ojo esta semana y me cuentas. Y cuídame muy mucho a Mian Ning, china, problemas de autoestima y adaptación.
Asiento con la cabeza, recojo las listas, inspiro profundamente y comprendo, en ese mismo instante, que nunca llegaré a ser coordinadora de nada, me falta masa cerebral.
Salgo de su oficina, cruzo el campus y entro en el edificio 3.
―¡Elvira!, ¡así que te quedas un cuatrimestre más!, ¡ves, tonta, y tú decías que no!, que si los recortes, que si los recortes, que si los recortes, ¡bah!
Amelia Martínez, bedela del edificio 3 del campus. 37 años, casada, dos hijos, de 8 y 6. Melena larga, lisa y con flequillo. Siempre tararea canciones de Radio Futura.
Dejo el café y las listas sobre su mesa y la abrazo ilusionada.
―¡No te rías, guapa, que me veía en la calle!
―¡Bobadas, reina!, pero si no das ni un problema, ni te imaginas lo que pasa por aquí, verdaderos elementos… ¿Qué aula tienes?
―No, me toca en el edificio 4.
―Buff, olvídate, te paso una llave maestra y así evitas hablar con el conserje, Pepe, le acaba de dejar su mujer, está inaguantable, y le da al drinking-drinking cosa mala ―me toma del brazo y baja el tono de voz―. Se la pegaba con su primo. Fíjate el papelón.
―Pobre hombre.
―Bueno, que él nunca ha sido un santo varón ―y se ríe.
―¡¿Con quién?!
―Con Marga, la tetas.
―¿La de la cafetería del 1? ¡Venga ya!
―Cuando dos mujeres se ríen cogidas del brazo, mal asunto…
Francisco Moler. Kiko. Profesor de español en la universidad. 35 años, novio de Adela. Metro noventa y ciento veinte kilos. Una mole rellena de ingenio.
Con un café en una mano y los libros en la otra, se agacha y me pide, ofreciéndome su mejilla, un beso.
―Ay, Elvirilla de mis amores, que pensaba que no te iba a volver a ver. Anda, vamos pa’fuera que me quiero fumar un piti, que te tengo que contar.
―Si es lo de Pepe, ya lo sabe.
Las dos nos volvemos a partir de risa. Cojo el café, las carpetillas amarillas con las listas y la llave maestra, y me despido de Amelia, al son de Escuela de calor.
Fuera, Kiko me cuenta que las cosas con Adela no andan bien. Que ella le ha pedido que se vayan a vivir juntos y él todavía no lo tiene claro, que vale, que llevan casi tres años, pero que él siempre ha sido un puto raro para eso y que yo debería entenderlo, porque tampoco parezco demasiado normal. Es lo que se llama empatía por descarte.
―Joder, pero si no he recogido las putas fotocopias…
Carmen Labrador, profesora de español en la Universidad. Cuarenta y muchos, divorciada y un hijo de 16 años. Adicta a los escotes, los pantalones ceñidos y las botas altas. Rubia de media melena.
Se saca el cigarrillo de la boca y nos besa mientras repite una y otra vez lo de las fotocopias. Se lo vuelve a meter, y rebusca algo en su bolso.
―Y encima el cabrón de mi ex le quiere comprar una moto a Miguelín, para tocarme los cojones, claro, porque si no a ver… ¡Mierda, con el puto mechero! Anda, Kiko, dame fuego.
―Pero, Carmen, si tienes el cigarro en la boca.
―Joder, necesito un café…
―Y un polvo, Carmencilla de mis amores…
―¡Vete a la mierda!
Me entra la risa.
―No me jodas tú también, Elvira, coño, ¡y depílate el mostacho!
Kiko se apoya contra la pared descojonándose de la risa. Yo, seria, me paso el dedo índice por el labio superior buscando la pelusilla.
―Pues ya veo, Kiko, que los disgustos poco te afectan.
Adela de los Ríos, profesora de español en la universidad. Treinta y pocos. Novia de Kiko. Se niega a reconocer que la moda vintage ya no es cool, y siempre va hecha un cuadro.
―Tranquila, Carmen, ya entro yo a por los cafés, porque me parece que aquí no pinto nada.
 ―Oh, vamos, Adela, no me jodas, ¿qué tiene de malo echarse unas risas, tía?
―¿Un cortado, Carmen?
Ésta asiente y Adela entra en el edificio.
―Creo que no soy la única que necesita un polvo, ¿eh, Kikillo de mis amores?
Esta vez me aguanto la risa.
―Perdón, esto… Sois los profesores de español, ¿verdad?
El hermano gemelo de Andrés Velencoso. Dicho esto, cualquier descripción añadida, carece de importancia.
Kiko se lo afirma y él se acerca, poniéndose a mi lado. Nos explica que se llama Jorge, que es profesor de guión cinematográfico en la universidad, y que le gustaría comentarnos el caso de un par de estudiantes holandeses que no siguen bien la clase por su bajo nivel de español. Continúa hablando, intento escucharlo, pero su olor empieza a ponerme tonta. Me acerco un poquito más a él e inspiro profundamente, cierro los ojos y mi cama se nos queda pequeña.
―Mira, Jorge, el oso hormiguero que tienes debajo del sobaco es Elvira ―oigo decir a Kiko, todos se ríen. Yo me disculpo con el vaso de café frente a la boca, porque encima del bochorno, sólo hace falta que se fije en mi bigote―. Y si dices que tus estudiantes son del A2.2, los tiene ella.
―Elvira, pues, no sé…, ¿te parece que quedemos luego?, y así me echas una mano con estos chicos, ¿sobre las cinco y media en la cafetería del 1?
 ―¡Sí, sí, sí! ―y el vaso sale disparado.
―Es que la pobre pensaba que la echaban y ahora le pone pasión a todo ―dice Kiko, y oigo las carcajadas de Carmen, pero no la veo, porque ya tengo los ojos cerrados esperando a que la tierra me engulla para siempre.
―Vaya, las risas continúan.
Abro los ojos y veo a Adela con dos vasos de café.
―Adela, ya vale, tía, ya vale, ¿eh?, que no es el momento ―responde Kiko.
―Lo de que no es el momento, me lo has dejado bien claro esta mañana, gracias.
―Bueno, yo os dejo… ―dice un Jorge convencido de que quizá, una serie televisiva sobre profesores de español, no sería tan mala idea. Y al darse la vuelta para marcharse, se para en seco, se lleva las manos a la cabeza y, entre carcajadas, pregunta al aire―: ¿Pero qué hace ese puto loco?
Me giro y veo al pobre Pepe en calzoncillos, metido en la fuente del campus, gritando obscenidades.
―Joder, aquí no se salva nadie… Anda, Kiko, el mechero, que ahora sí que lo necesito.

lunes, febrero 6

Malos tiempos para la lírica

 Writer de Joe Sorren

―Que no, que no me han pagado ―repetí a Fer.
―Hostia tú, pero si es una editorial de la leche. Pero a ver, ¿qué te han dicho?
―Nada. Cuando me pidieron trabajar con ellos como correctora, ya me dijeron que no me harían contrato, bien, bueno, que sería como una colaboración, vale. Se terminó la colaboración el 13 de enero y se supone que para el 20 ya me habrían ingresado el dinero, pero ya ves. No he visto un duro.
―¡Pues llámalos! ―dijo golpeando la caña sobre la barra del bar.
―¡Ya lo hice!
―¿Y?
―Y nada, que estuviera tranquila, que las cosas de Recursos Humanos van muy lentas.
―Joder… ―murmuró sin dejar de mirarme. Pegué un trago a mi cerveza y le sonreí con desgana―. La culpa la tienes tú, que lo permites.
Tócate los huevos, Manolito. El burguesito ha hablado.
―¿Qué quieres que haga? ―pregunté molesta.
―Nada. No hagas nada, como hasta ahora, que se te da muy bien. Sigue poniendo buena cara a los no pagadores y luego a llorar tus penas a los amigos y, ya de paso, que te inviten a cervezas.
Mi querido Fernando Gorosabel. Nos conocimos en la carrera. Más concretamente en la quinta clase de Lexicología. Le pedí los apuntes de los cuatro primeros días. No me los dejó. Imbécil. Tres meses después, de forma involuntaria, compartíamos grupo en Cultura Grecolatina y al año, más voluntariamente, nos habíamos acostado un par de veces. Cuatro años después la carrera se terminó. Yo estudié periodismo y emigré a China, porque me consideraba comunista, hoy en día vivo en Madrid, creo que soy profesora, y adoro el capitalismo, aunque no tenga ni un mísero euro que gastar. Él hizo un máster en biblioteconomía, emigró a Madrid, escribió poesía, dio clases particulares, escribió poesía, trabajó en la Casa del Libro y escribió poesía. Hasta que hace cinco años conoció a Lucía, se casaron hace dos, dejó de escribir poesía y montó una editorial con el dinero de su suegro.
―¿Y tú, qué haces, Fer?
Giró la cabeza, se chupó el labio de abajo y cruzando los brazos me preguntó, volviéndome a mirar.
―¿Y las clases en la universidad?
―Las cosas están feas este cuatrimestre. Hay recortes, sobra gente, y… pfff, Lola hace todo lo posible, pero ya no sabe ni qué decirme. Fui la última en entrar, así que imagino que seré la primera en salir…
―¿Necesitas pasta, Elvi?
―Contaba con el dinero de la editorial, joder, les he colaborado dos meses, tío, dos meses.
―¿Necesitas pasta?
Negué con la cabeza baja. Hacía una semana había llamado a mi madre. Me tomé cinco valerianas de golpe y me estrujé el móvil contra la oreja. Necesito dinero, ama, las cosas no me van bien… ¿Cuánto necesitas? El alquiler de este mes, contesté llevándome la mano a la cara. Me froté los ojos y le pedí perdón, le prometí devolvérselo lo antes posible y le expliqué que la culpa no era mía, lo cierto es que no sé ni lo que le estaba diciendo. Bien, bien, tranquila, hija, pero no me chilles. ¡¡¡No te estoy chillando!!!
Bueno, igual un poco sí, a veces las valerianas tardan en hacer efecto. Además, como hija, me creía con el derecho absoluto de proyectar mi frustración sobre ella. Y ella como madre, de aguantar, imagino, no lo sé.
―Venga, Elvi, ¿un par de cañas más? Así me cuentas cómo va tu segunda novela ―propuso Fer.
Le sonreí y, como si aquella conversación no hubiera tenido lugar, comencé a explicarle, apasionadamente, los problemas que me estaba dando un narrador no identificado en una trama con tanta carga psicológica.
―Fer, ¿en qué piensas? ―pregunté, parando en seco mi discurso, al verle que me miraba mudo y sonriente, como un tarado iluminado.
―¿No crees que mañana puede ser un buen día para volver a escribir poesía?

lunes, enero 16

Somebody to love


Gael se reía como un loco, mientras me adoraba con los brazos en alto como si fuera una Diosa.
Estábamos en la cafetería de la segunda planta del Mercado de San Antón, en Chueca, con dos cafés y una porción de pastel de zanahoria para compartir.
―¡Cuéntamelo otra vez, porfa!  ―me suplicaba Gael escandalosamente. Las dos mujeres de la mesa de atrás nos miraban ocultando la risa.
―¡Te lo he contado ya dos veces, pesado!
―¡Bueno, pues que sean tres!
Pues que sean tres…

Lo cierto es que la vuelta a Madrid había sido algo movida.
Para mi sorpresa, las Navidades en Bilbao fueron geniales. Las dos semanas en casa de mis padres transcurrieron tranquilas, sin un solo grito, creo que los tres nos estamos haciendo mayores. Incluso un día me animé a salir con mi madre de vinos, bueno, ella de mostos, porque si no se pone piripi. Terminamos en El Globo repasando toda la filmografía de Woody Allen, tronchadas de la risa recordando la escena del ascensor en Asesinato en Manhattan, el Harry desenfocado en Desmontando a Harry o los consejos de Bogart en Sueños de un seductor. Y mis amigas cada día más casadas y más embarazadas, pero Marieta y Blanquita seguían ahí, al pie del cañón, así que cayeron un par de noches épicas. Comí y bebí tanto que, el último día, la báscula marcó 4 kilos de más, digo de más porque míos no eran, los había tomado prestados, devolverlos sería cuestión de días. Así que, con un par de semanas tan halagüeñas a mis espaldas, llegué a Madrid dispuesta a darle una oportunidad a mi vida social.
Llamé a Gael, estoy aquí, acabo de llegar. Genial, cari, pues salimos. Avisó a dos amigos y así los cuatro, a media noche, nos estábamos bebiendo Huertas. Lo vi apoyado en la barra, hablaba con tres tíos más. Bebía una Voll-Damm. Era moreno, no muy alto, tronchito, como digo yo, de los de culo bajo, pero tenía una sonrisa espectacular, quizá demasiado diente, pero espectacular igualmente. Gael me dijo que tenía cierto aire a Juanes. Ladeé la cabeza, como si ese ángulo me lo fuera a confirmar. Gracias al estratégico plan que Gael y sus amigos me habían organizado, hora y media después, el tronchito me besaba verticalmente junto a la puerta del bar, y tres horas más tarde, como diría Marieta, lo haría horizontalmente en su cama.
Bueno, qué decir. No mucho, la verdad. Momentos como aquel, mirando al techo, era cuando me cagaba profundamente en Etienne, sí, mi ex francés. Porque el muy cabrón puso el listón demasiado alto. Creo que  eso debería estar penalizado. Se declara a Etienne Guyot culpable por los cargos de infidelidad, humillación y desprecio, por lo tanto deberá pagar con satisfacción sexual a la demandante siempre y cuando ésta lo solicite, hasta el fin de sus días. ¡Bravo!
―¿Te gusta Queen?
―¿Qué…? ―pregunté sacudiéndome a Etienne de la cabeza.
Queen, el grupo ―Y de un salto salió de la cama y encendió los altavoces de su ordenador. Empezó a sonar Don’t stop me now.
El tronchito recibió la música con los brazos en alto, la cabeza hacia atrás y los ojos cerrados, hasta que la canción empezó a coger ritmo, entonces se giró hacia a mí y, señalándome con un dedo, empezó su juego de caderas mientras articulaba en playback:
―Don’t stop me, don’t stop me, don’t stop me, hey, hey, hey, don’t stop me, don’t stop me, don’t stop me, uuh, uuh, uuh, I like it! Have a good time, good time…
¡Madre de Dios! ¡Juanes no, me había tirado al mismísimo Freddie Mercury! De un brinco saltó de nuevo a la cama y, frente a mí, seguía haciendo aspavientos. Qué decir, que el chaval estaba en pelotas, vamos, que tenía sus dos cerebritos colgaderos revoloteando sobre mí. Y yo que creía que lo había visto todo…
La canción terminó. Amén. Empezó Another one bites the dust. Joder. Esta vez, la escenografía la hizo arrodillado. Y era tal el ímpetu a la hora de menearse de atrás hacia adelante, que como siguiera así me iba a sacar un ojo.
―Ey, tía, ¿no te gusta bailar? ―me preguntó con su pletórica sonrisa.
―No, no, estoy bien aquí, así… sin moverme, baila tú, baila tú ―contesté con mi pletórica diplomacia.
Después Crazy little thing called love, y luego Fat bottomed girls, y Who wants to live forever, y Killer Queen, y I want to break free, que, cogiendo una raqueta de la estantería, comenzó a hacer como si estuviera pasando la aspiradora. Me miró y lo sonreí desencajada. Aquello me iba a costar sesión doble con mi psicoanalista. Y por fin, al termino de Bohemian Rhapsody, apagó el ordenador y me preguntó, como si nada hubiera ocurrido en la última media hora, si quería desayunar.
―Sí, creo que necesito un café… ―respondí todavía en estado de shock.
Justo cuando me estaba levantando, sonó el portero automático y escuché decir al tronchito, que sí, que claro, que subieran, que no había problema. ¿QUÉ?
El tronchito apareció de nuevo en la habitación. Que son estos, me dijo. ¿Qué estos?, pregunté. Mis amigos, los que estaban en el bar, que traen cruasanes. Y antes de que pudiera encontrar las bragas, tenía a Brian May, Roger Taylor y John Deacon sentados en la cama, ofreciéndome un cruasán.
―No gracias… ―dije. Y tapándome con la sábana y la poca dignidad que me quedaba, me incliné hacia uno de los lados de la cama para buscar mi ropa cuando sucedió…

―¡Te tiraste un pedo, tía! ―gritó Gael descojonándose de la risa.
―¡Se me escapó!, ¿vale? La tensión me da gases...
―¡Qué par de frikis! ¡El uno cantando y la otra haciéndole los coros!
Me reí, aquello tenía su gracia, y le dije que no sabía lo mejor:
―Al salir de allí, me estaban haciendo la ola en el balcón berreando la de Radio Ga Ga.
Las dos mujeres de detrás no paraban de mirarnos, porque Gael estaba, literalmente, descompuesto sobre la mesa.
―Ay, cari ―empezó diciendo recobrando un poquito el aliento―, lo que nos vamos a reír en este 2012, ¡lo veo, lo veo, lo veo!
Pues sí, The show must go on.

viernes, diciembre 30

Ellos de Marte y ¿ellas de Venus?


Esperaba sentada en la barra del Artajo a Iker, un amigo de la universidad a quien hacía, lo menos, tres años que no veía. Me encantaba volver a Bilbao por Navidad y reencontrarme con viejas leyendas.
Lo vi entrar. Lo saludé con la caña en alto y haciendo una ridícula mueca con la boca. Riéndose levantó los brazos imitando mi mueca. Era nuestra pequeña contraseña desde que teníamos 20 años. Pero antes de que pudiéramos abrazarnos, un sonriente chico le cortó el paso.
—¡Hostias, Iker!
—¡Nacho! ¡Cabrón!
Se abrazaron golpeándose la espalda fuertemente.
—¡Joder, puto gordo! —exclamó Iker cacheándole la cintura.
—¡No me jodas, calvo de mierda!
—Se nos va cayendo todo, tío…
—¡Maricoooooón!
Y sin parar de reír, se volvieron a abrazar.
—Qué puta casualidad, tío, que ayer estuve con Ángel y nos preguntamos qué sería del picha floja de Nacho. Joder, tenemos que quedar los tres.
—¡Hostias Angelito!, que le cortaron los cojones nada más casarse y no le he vuelto a ver, tío.
—¡Otro puto calzonazos!, ¡que sois unos mierdas!
—A mí no me metas, ‘jo puta, que yo me casé, pero sigo vivo, ¡no me jodas!
—¡Cabrón!
—¡Putoooo!
Se dieron el tercer abrazo.
Y tras mencionarse a sus respectivas madres, abofetearse la cara, descojonarse y abrazarse por cuarta vez, se despidieron.
—Es que este tío es la polla —empezó a explicarme Iker después de besarme y hacerme un par de carantoñas—. Es de la cuadrilla de Lekeitio. Qué buena gente es. De verdad, Elvi, de esos pavos majos que pasan los años y andan igual. A ver si llamo a Ángel y es cierto que quedamos los tres, sería el descojono, es que son de puta madre... —Pidió una caña al camarero, luego me miró y  dijo con media sonrisa—: Y tú, enana, tan fea como siempre.
Me reí y lo miré con cariño infinito.

Tres días más tarde, entraba en el Bitoque de Albia, porque había quedado para comer con Lorena, la única amiga que me habían dejado mis clases de ballet.
La vi sentada en una de las mesas altas del fondo, estaba hablando con una chica, de unos treinta años, igual un poco más. Ella estaba de pie y la escuchaba con una sonrisa. Me acerqué y saludé.
—¡Elvirísima! —gritó Lorena exigiendo un abrazo con sus manos. Di la vuelta a la mesa y la abracé—. Mira, ésta es Ainara trabajábamos juntas en la BBK de Urquijo —Y mientras yo le daba dos besos, Lorena le explicó quién era yo y que nos conocíamos desde pequeñas.
—Oye, pues nada, chicas, entonces os dejo que comáis tranquilas —dijo Ainara cogiéndome del brazo, y de verdad, Lorena, que me ha encantado verte, sigues igual que siempre, estupenda.
—¡Estupenda tú, que cualquiera diría que acabas de tener un hijo!
—Que me quieres mucho, porque por lo demás…
—Pero mírate, si estás ideal, además me encanta la chaqueta, te sienta como un guante.
—Uy, pues la tengo hace más años… A ver si un día me acompañas de compras, que siempre has tenido mucho gusto. Es que, chica, tengo el armario desolado.
—Cuando quieras, pégame un toque. Y, oye, ni caso a los de la oficina, que vales mucho, todo lo que te digan, que te entre por un oído y te salga por el otro, ¡vamos, con la experiencia que tienes tú! ¡Ni caso!
—Gracias, cielo.
Se besaron y se despidieron con la promesa de llamarse sin falta.
—Madre mía, pobre mujer… —suspiró Lorena, mientras me sentaba en la mesa frente a ella—. Además de haberse puesto como una vaca después de parir, ahora resulta que la quieren echar, y mira, no me extraña, porque no he visto una tía más incompetente. De verdad, Elvi, era una cosa de sacarte de quicio. Pues que apechugue, porque como vaya a la calle, dime tú, con esa cara, dónde va a encontrar trabajo —Volvió a suspirar, esta vez cerrando los ojos. Cuando los abrió, me miró y, ladeando la cabeza, me dijo—: Me encanta tu camisa, te sienta como un guante.
Tragué saliva y la miré con temor infinito.

martes, diciembre 6

Reasignando roles

 Lioness and cub de Paul McKenzie
—Oye, ¿entonces cuándo vienes?
—No, ama, por eso te llamo que…
—Mierda de teléfono, es que no se oye nada, ¿hija?
—A ver, ama, que te digo que al final me quedo en Madrid porque…
—Nada, nada, que no se oye nada.
—¡Ama, cambia el auricular de oreja! ¡Con la izquierda!
—Sí, sí, ¡mierda, mierda!
No había nada más patético que dos sordas hablando por teléfono.
—¡No cuelgues, cariño! ¡No cuelgues que te cojo en el de la cocina, que el inalámbrico es un asco! Qué asco, de verdad, de verd —Clic.
Mientras esperaba a que volviera a coger el teléfono me recosté en el sofá. Cuando escuché su voz de nuevo, intenté explicarle  por cuarta vez que el fin de semana no iría a Bilbao, porque me habían surgido planes con Min y Gael. La verdad era que no tenía ánimo suficiente para pasarme 5 horas en un autobús ni 48 en casa de mis padres.
—¿Que qué?, ay, espera, que anda Elsa con la aspiradora y… ¡Elsa, apague eso!, ¡apáguelo!, que tengo a la tolola al teléfono y para una vez que llama pues… A ver, dime.
Tolola. Yo era la tolola. Hola, Elvira Rebollo, escritora y tolola. Inspiré profundamente, tan profundamente que hasta creí meterme para dentro. Después, apretándome la boca con el puño, solté el aire por la nariz lentamente.
—Mamá, que te decía que me quedo en Madrid —Hice una pausa, mientras cavilaba la venganza—. Porque el psicoanalista me ha aconsejado no ir. Dice que estoy avanzando mucho y que tú, ahora mismo, no serías una buena influencia para mí.
Se hizo el silencio. Y es que mi madre es incapaz  de llevar la contraria a los curas, los profesores y los médicos.
—Bueno… oye, pues no sé, si te lo ha dicho, ¿verdad?, habrá que hacerle caso porque… Pero, oye, este señor estará colegiado, ¿no? —Se me escapó la risa—. ¡Serás mala! Ya me extrañaba a mí, ¡qué sinvergüenza eres! ¡Pocas madres como yo, muy pocas! Pero claro, me odias tanto que a saber las barbaridades que le habrás contado sobre mí, aunque si es un buen profesional se habrá dado cuenta de que detrás de ti está el trabajo de una madre coraje. Que si no llega a ser por mí, Dios mío, no terminas ni el colegio…
—Ama, no empieces, además no te odio.
—Sí, sí, sí me odias, claro que me odias, que me pones a parir en tu blog, pero mira, una cosa te voy a decir, prefiero que me pongas a parir, que no como a tu padre ¡que ni lo nombras!
Me reí. Qué tía, imagino que de ella habría heredado la falta absoluta de empatía.
—Bueno, entonces, no vienes porque no te da la gana, ¿no?
—Más o menos —contesté.
—Bien, pues hablando en serio, ¿qué dice tú psicoanalista?
—Nada, no habla.
—Ya. No será judío, ¿no?
—No, es gallego.
—¿Gallego judío?
—¡No, mamá!, ¡gallego-gallego!
—Cómo te pones, hija, de verdad, no se te puede decir nada. Es que los judíos son muy peseteros y, con tal de seguir cobrando, es capaz de alargar la terapia. Una cosa te voy a decir, la crisis de este país ya sabes por qué es, ¿no? Porque echaron a los judíos —Cerré los ojos y resoplé—. Escúchame, tú ahora llenas el país de judíos y la economía se levanta echando virutas. Estos son de ojo por ojo, euro por euro. Están todos forrados, dime, ¿tú conoces algún judío pobre?
—Y yo qué sé, mamá, el único judío que conozco en este país es Jon Juaristi.
Las carcajadas de mi madre me hicieron sonreír.
—Ay, la cosa es —empezó diciendo retomando el aire— que aunque tu psicoanalista no hable, en algo te estará ayudando, porque yo te veo mucho mejor que el año pasado, madre mía, ¡ni punto de comparación!
—Sí, no sé, es todo muy largo y…
—¡Ya estás, ya estás, la inmediatez!, ¡como tu padre, el aquí y ahora! Hay cosas que necesitan su tiempo. De todas formas, si quieres mi opinión, creo que lo tuyo es un clarísimo complejo de Electra, por lo de tu padre, el estar pero no, ya me entiendes.
—Ama, todas mis parejas han sido más jóvenes que yo.
—Ya, bueno, pues entonces debe ser algo de complejo de Micro.
Estallé en una carcajada. Conocía a esta mujer hacía más de 30 años y seguía sorprendiéndome con sus ocurrencias. Cuando conseguí estar un poco más seria le conté que lo había dejado con Rafa, y que sin más.
—Claro que sin más, muy bien. Si no estabas a gusto, es lo mejor que has podido hacer. Porque una cosa te voy a decir —cuánto odio esa frase suya—: yo antes pensaba que eras muy golfa.
—¡Mamá!
—Hija, es que compréndeme, que si uno, que si el otro, ahora el alemán, el gabacho, que vengo, que voy con el calvo, que te vas a Pakistán, que no, que el americano, el Pedro ¡por favor! Pero, mira, ahora te envidio, porque he cambiado aunque no te lo creas —Sí, claro que me lo creía—. He cambiado mucho, mucho, mucho, muchísimo, y ahora te miro y me pregunto por qué coño me tuve que quedar yo con el primero —Me reí, ella hizo una pausa y con tono serio continuó diciendo—: No quiero que te sientas sola, es solo un tiempo, aparca tu inmediatez dichosa y relájate. No me cabe ninguna duda que sabes lo que quieres y, a diferencia de tu madre, lucharás por conseguirlo.
Se me cayeron las lágrimas, y fingiendo prisa colgué el teléfono, con la enorme culpa de no saber decirle lo mucho que la quiero.