martes, abril 3

Maridaje

 Bodegón de copas de vino y tulipanes de Pilar José Fernández García

Se suponía que el sábado debía haber quedado con Alberto para tomar unas cervezas y ver la obra de teatro de mi amigo en Microteatros. Pero el miércoles por la noche me llamó para decirme que le iba a ser imposible ir. Así que el jueves por la mañana  llamé a Estética Jenni para cancelar mi depilación brasileña, y el viernes por la tarde supliqué a Gael que me sacara a tomar unas cañas. Me bebí las mías, las suyas y las de sus cuatro amigos. A las seis de la mañana del sábado, Gael me metía en un taxi con dirección a mi casa mientras me gritaba que Albertos había muchos. Mentira, sólo hay uno y se sienta  a mi izquierda en el curso de sumiller. Pensaba en ello el domingo a las siete de la tarde, tumbada en el sofá, bebiéndome la última coca-cola y examinándome las puntas del pelo, cuando el móvil sonó. Lo cogí con desgana, pocas cosas me molestan tanto como que me llamen un domingo.
―¿Seeeé…? ―pregunté al número desconocido.
―¿Elvira?
Al oír la voz de Alberto me incorporé en el sofá a toda velocidad, me peiné con una sola mano hacia atrás y me ajusté la goma de la braga. Carraspeé y contesté:
―Alberto, sí, sí. Es que me has pillado aquí, con un lío tremendo, corrigiendo exámenes como una loca ―Hombre, una mentirijilla piadosa, por cuestión de imagen.
―Vaya, trabajando hasta los domingos ―dijo, y yo me reí falsamente.
Me contó que me llamaba desde el móvil de un amigo, que el suyo casi no tenía batería. Que había ido a su casa a comer y que vivía muy cerca de la mía, así que había pensado que quizá me apetecería tomar algo. Le contesté que sí, intentando esconder mi histérico entusiasmo. Dijo que me tocaría el timbre en  quince minutos.
¡¿Quince minutos?!
Puse a todo volumen Tightrope  de Monáe, porque creo que pocas canciones me aceleran tantísimo. Empecé a correr como una loca. Al llegar al baño, me desnudé y cuando vi aquello en mi entrepierna, grité. Decididamente me había dejado las ingles asilvestradas. Busqué una cuchilla e hice lo que pude. Me duché y me embadurné en crema de vainilla. Me puse una falda, me la quité, me puse unos pantalones, me los quité, unos leggins y me los dejé, y cinco cambios de camiseta me hicieron falta para dar con la que me quedaría finalmente. Me sequé el pelo, un poco de colorete, chupa ceñida de cuero, botines negros de 8 cm. de tacón, y después de trece minutos ya estaba, con el bolsito colgado al hombro, esperando frente al telefonillo del portero automático. Sonó. Contesté y bajé pitando las escaleras. Cuando abrí la puerta del portal y lo vi en la calle, apoyado en un coche sonriéndome, me dio un vuelco el corazón. Intenté pensar en cosas desagradables para no mostrarme tan eufórica, pero fue imposible. Aquel biólogo-sumiller me tenía tonta perdida.
Entramos en un bar a la vuelta de la esquina. Pedimos dos cañas, y nos sentamos en los taburetes altos junto a la barra. Me habló de él, de su vida, de su tiempo. Bueno, del poco tiempo que le dejaban las clases en un colegio por las mañanas y las horas en el laboratorio de la Complutense por las tardes, para doctorarse en Fitoparasitología. Defendía la presencia del biólogo en los viñedos y de ahí su último capricho: la sumillería. Le pregunté si, con todo aquello, podía dormir algo. Me dijo que con cuatro horas tenía más que suficiente, pero que no le importaba, porque todo lo que hacía le apasionaba. Quise pedirle matrimonio en ese momento, pero decidí contenerme, no quería correr demasiado, ¿no? Observé sus manos, eran grandes, venosas, morenas, hermosamente masculinas, y luego lo miré a él. Quizá fue la forma en cómo lo hice, no lo sé, pero se quedó en silencio. Agachó la cabeza, dejó la cerveza en la barra con lentitud, cruzó los brazos y me miró.
―Quería hablar contigo, Elvira ―dijo―. Me siento un poco culpable ―Abrí los ojos asombrada―. Verás, creo que he dado pie a algo que no existe ―Empezó el hormigueo en mi estómago, dejé la cerveza en la barra y me lo apreté disimuladamente―. Creo que eres una tía de puta madre, se te ve, vamos, eres muy maja y tal, y quizá por eso empecé con el jugueteo en clase, porque sabía que lo ibas a encajar muy bien y nos íbamos a reír ―¿A reír…?―. Elvira, no creí en ningún momento que te lo fueras a tomar en serio, pero cuando me empezaste a mandar mensajes pues, puff, no sé, vi que algo se me había ido de las manos ―Me mordí el labio inferior por dentro y me estrujaba con fuerza las tripas―. Mira, el curso es muy largo, nos queda más de la mitad y no quiero estropear el buen rollo que hay entre nosotros.
―Claro…―dije rescatando una sonrisa―. No pasa nada, Alberto. Está bien.
―Elvira, de verdad, si estuviera en otra situación, no me importaría intentarlo, pero con el curro, el doctorado… Yo, tía, ahora mismo, no quiero líos de ningún tipo.
Los hombres no quieren líos cuando la mujer que se los propone no les gusta, cuando sí, pierden la cabeza y con los ojos cerrados. Porque los hombres son sencillos y transparentes, por eso los amo tanto. El resumen de lo que Alberto me estaba diciendo era: sé que te gusto, pero tú a mí no. Punto.
Intenté pensar en algo divertido, porque tenía la angustia amarrada a mí y casi no podía articular palabra. Recordé Singapur, ningún lugar me regaló tantos momentos divertidos. Y me vino a la mente la noche en que mi amigo Ankit y yo, después de cenar en Paya Lebar, fuimos al metro, y la calle oscura de atrás de la estación se llenó de murciélagos que revoloteaban sobre nuestras cabezas con un ruido de ratas histéricas. Yo, nerviosísima, saqué el jersey de mi bolso y grité a Ankit “¡cúbrete!, ¡que se enganchan al pelo!, ¡que se enganchan al pelo!”, “¿pero qué pelo me voy a cubrir?”, me decía él, acuclillado en la acera, muerto de la risa, viendo a una loca dar vueltas sobre sí misma con un jersey en la cabeza y sin parar de chillar.
Que se enganchan al pelo, y aquello me bastó para ofrecer una última sonrisa a Alberto y despedirme con dos besos, mientras le prometía que estaba bien y que no se preocupara. Al doblar la esquina, asumiendo la humillación, empecé a llorar.
Cuando entré en casa, me apoyé en la encimera de la cocina, me descolgué el bolso del hombro y lo arrastré conmigo hasta la despensa. La abrí y saqué una botella de Dehesa de los Canónigos, 2007. La descorché y me serví una copa. Y al llevármela a la nariz, supe que haría un perfecto maridaje con la derrota que debía tragar.

domingo, marzo 25

Sábado del consuelo


Nunca se me dio bien consolar a la gente. Si lloran, yo lloro, pero sin saber muy bien por qué. No tengo frases lapidarias. Me sirvo del “venga, va, ya verás que con el tiempo…” o “dicen que llorar es bueno…”. Soy el apéndice del reconforte.
Era sábado, las tres de la tarde. Había tenido una semana pelín complicada, así que disfrutaba en la cocina preparándome carpaccio y una ensalada de tomate con mozzarella, con un Alion 2007.
Estaba a punto de pegar el segundo sorbo a mi copa de vino, cuando sonó el móvil. Era Gael y estaba llorando. Me pidió que fuera a su casa. Dejé todo tal cual estaba, excepto la copa de vino que me la terminé de trago, y salí corriendo.
Me abrió la puerta enfundado en unos pantalones de chándal, dos tallas más grandes y una camiseta de tirantes, tres tallas más pequeña.
―Cari… ―dijo estirando los brazos buscando los míos. Era un mar de lágrimas.
Lo abracé todo lo mejor que supe, porque es cierto que tampoco se me da bien.
―¿Pero qué te pasa, loco de mi vida? ―pregunté besuqueándole el cuello.
―Ramón…
―¿Ramón?
Sí, Ramón, su ex. Se casaba. En Junio. Y lo había invitado a la boda. Porque son una pareja moderna, modernísima. Pero está claro que el corazón no entiende de moderneces. Y yo no entiendo que se hayan legalizado los matrimonios gays, porque lo que debería haber hecho el gobierno es ilegalizar los heterosexuales. ¡No al matrimonio! ¡Luchemos por la igualdad y el derecho a una soltería eterna! ¿Para qué sirven los matrimonios? Para que los que no nos casemos, suframos; y para los que se casen, sufran todavía más. Con el matrimonio se han creado eufemismos que la gente asimila con una naturalidad asombrosa: el aburrimiento se llama tranquilidad, madurez; y la falta de sexo… ¡matrimonio! Pues para aburrida y pajera, me quedo soltera.
Por supuesto, mi voz revolucionaria, la dejé aparcada y arranqué con un…:
―Dicen que llorar es bueno…
Gael me pidió que sacara dos cervezas de la nevera. Cogí un pack de 6 y nos subimos a su habitación. Gael vive en un pequeño y exquisito dúplex, en el centro de Madrid. Es interiorista y creo que la palabra crisis no está registrada en su cuenta bancaria.
Recostados en la cama sin hacer, Gael me confesó, quizá con cierta vergüenza en su tono de voz, que estaba convencido de que Ramón y él volverían. Sentí su desesperación. Todo el mundo sabe que, en el amor, la ridiculez, disfrazada de plañidera, es pura desesperanza.
―Ya verás que con el tiempo… ―dije.
Y me amarré a su brazo con cuidado de no derramar la cerveza sobre la cama, y lloramos los dos hasta quedarnos dormidos.
La música a todo volumen me sobresaltó. Me toqué la cara, estaba pegoteada, había cerveza derramada por media cama. Iba a pedir disculpas cuando, en ese momento, mi cerebro se percató de la canción que estaba sonando.
―¡Dime que no, dime que no! ―grité a Gael que estaba de pie junto a la cama, con la mano extendida, cantándome la canción:
So if by the time the bar closes, and you feel like falling down, I’ll carry you home…
Como un resorte, me arrodillé sobre la cama con las manos sobre mi pecho y:
―¡Toniiiiiiiiiiiight we are youuuuuuung, so let’s set the world on fiiiiiiiiiire, we can burn brigtheeeeer than the suuuuuuuuuuuun!
Y no pude repetir el estribillo por segunda vez, porque me había puesto a llorar como una tonta. Aquella canción, We are young de Fun, se había convertido en nuestro himno. Tras la ruptura con Rafa, Gael me la tatuó en mis oídos. Nos pasamos todo diciembre cantándola como locos. Pero es cierto que, desde antes de navidad, no la había vuelto a escuchar, porque las cosas nos iban tan bien, que parecía que no necesitábamos que nadie nos dijera cuánto podíamos brillar.
Gael se sentó en la cama y me abrazó, porque él lo sabe hacer mucho mejor que yo. La canción terminó pero yo seguía llorando. Lloré por mucho tiempo y Gael no dejó de abrazarme.
Cuando me tranquilicé, bajamos a la cocina. Serían casi las diez de la noche. Gael propuso llamar a un chino. Mientras esperábamos, mudamos la cama y vimos algo en la tele. Poco donde elegir un sábado noche, pero nos sirvió para recordarnos que había cambio de hora.
―Pero cari, atrasamos hora, ¿no?  Las tres son las dos.
―No, al revés ―contesté.
―¿Al revés? ¿A las dos son la una?
―No, a ver cuando son las tres, en realidad son las cuatro. No, a ver, calla que me has liado.
―¿Pero es cuando se alargan o se acortan los días?, o sea, yo me levanto ¿y es más de noche o más de día?
―Más de día. No, no, no, más de noche. Eso es. Es más de día por la noche.
―¿Más de día por la noche? Eso me suena rarísimo, cari. Uy, aquí hay dos que el lunes no llegan a trabajar.
Me partía de la risa y es que por más que se repitiera cada año el cambio de horario, seguíamos sin coscarnos de cómo iba el asunto. Pero por fin, el chino llegó. Cenamos. Criticamos a los hombres en general, y a Ramón en particular. Vimos una peli. Cotilleamos. Y al terminar con el segundo pack de cervezas, no se nos ocurrió mejor idea que un karaoke competitivo con Singstar.
Tuve que cruzar las piernas para no mearme encima, al ver a Gael concentradísimo intentando cantar la de Scatman Kip-Ba-Bop-Ba-dop-Bop. Pero el timbre nos cortó el rollo.
―Ostras, seguro que son mis vecinos, tía… es que cantas muy alto, joder… ―decía Gael en voz baja―. ¿Qué hora es…?
―Las cuatro ―contesté yo.
―Habla bajo…
―Las cuatro… ―repetí.
―¿Las cuatro, cuatro… o las cuatro de las tres…?
―No, las cuatro de las cinco, que va p’arriba…
Volvieron a tocar.
―¿Las cinco entonces…? Bufff, mis vecinos seguro… Abre, Elvi…
―¡¿Yo?!
―Habla bajo…
―¡¿Yo…?!
Y volvieron a tocar.
Y abrí la puerta.
Al otro lado, un treintañero con una maleta que preguntaba por Gael. Le señalé en dirección al salón. Gael asomaba la cabeza y al verlo entrar, se llevó las manos a la boca y gritó:
―¡La madre que te parió! ¿Qué hostias ha pasado?
―Adriana me ha dejado, tío, me ha dejado, pero de verdad… puta…
Gael lo abrazó, porque el tío de la maleta empezó a llorar como un niño. Después lo llevó hasta la cocina, y yo los seguí detrás arrastrando su maleta. Allí, Gael le pidió que se lo cantara todo, y el chico de la maleta habló por lo menos una hora. La cuestión debían ser cuernos por parte de él, cuando se fue a trabajar tres meses a Cork. Ella se enteró la semana pasada, porque la de Cork, que no sabía que estaba casado, llamó a su casa y Adriana cogió el teléfono. Destapado el pastel, la mujer se fue a casa de su madre hasta esa misma tarde, que volvió para pedirle al de la maleta que hiciera sus maletas (valga la redundancia), y se fuera. El de la maleta intentó convencerla, algo así, como hasta las tres, siendo en realidad las cuatro de la mañana, y al no poder, se pilló un taxi y nos tocó el timbre en medio del Scatman. Lo que pude llegar a saber de este chico, en una hora, sin ni siquiera saber, todavía, quién coño era.
―Cari, perdona ―dijo Gael viéndome apoyada en la puerta de la cocina escuchando la conversación con verdadera atención―, que no te he presentado. Es David, mi hermano.
Me acerqué hasta él y le di dos besos. Después, frotándole el brazo le dije:
―Dicen que llorar es bueno…

jueves, marzo 15

Alter Ego


―A mí este vino me hace cosquillitas en la naricita.
Eva García, compañera de sumiller y gilipollas. Gilipollas profesional. Elvira, eres dañinona y mala, me dirá mi madre después de leer estas líneas. Dañinona. Mira que es difícil pronunciar esta palabra y a mi madre no se le ha trabado ni una sola vez, la práctica, supongo. Pues sí, lo dicho, soy mala pero Eva sigue siendo gilipollas. Y es que no hay cosa que más me reviente que una mujer hablando con diminutivos. Son manipuladoras. Expertas de la semántica. Viudas negras que tejen sus telas de araña con un léxico, aparentemente, inofensivo. Imanes de la falsa empatía. Taradas mentales. Elvira, hija, pero si tú estás de atar, me dirá la cariñosa de mi madre. Sí, ama, pero yo de siempre me he tirado pedos, no peditos. Y he ahí la diferencia que marca mi cordura.
Cuando una mujer dice un diminutivo, la gilipollez se esparce como la mierda por toda la sala, convirtiendo a su vez a los hombres en gilipollas. Esto es empírico, no me lo he inventado yo. El sexo masculino asocia el diminutivo con feminidad, feminidad con fragilidad, fragilidad con necesidad de protección, protección con condones, condones con mejor a pelo, y mejor a pelo te la meto. Entonces a Eva, en este momento, la rodean cuatro hombres copulando.
―Pero un montón de cosquillitas en la naricita, ¿y a ti, Elvi?
A mí en el potorro, pero por supuesto no se lo voy a decir. La sonrío como buenamente puedo y miro a Alberto, compañero de mi izquierda, que si quiero ser breve, únicamente debería decir que me tiene loca perdida. Para mi sorpresa, él la está mirando raro, no como hombre de cromañón-yo-dar-aumentativo-a-tu-diminutivo, no. Más bien como, tía, ¿tú eres así o en tu infancia te han querido poco y mal? Alberto, sí, señor, mi Alberto. Un tío de pedos, no peditos. Me mira y arquea las cejas, pero no dice nada, educado pero no gilipollas. Él esquivó la mierda.
La clase se termina. Eva se levanta de su taburete, se recoge el pelo en un moño alto, y deja al descubierto un tatuaje que dice You have  to  smile . Dime tú, a qué tío, que la esté poniendo mirando a Cuenca y lea ese tatuaje, hay que recordarle que sonría. Me entra la risa y bebo un poco de agua para disimular.
―Te estás riendo y prefiero no saber de qué, porque tienes un peligro… ―me dice Alberto al oído. Se levanta, coge su chaqueta y se despide hasta el próximo miércoles.
Sigo en mi taburete y lo veo salir. En ese instante, es cuando me doy cuenta de que siete días no pasan tan rápido.
―¡Alberto! ―grito.
―¿Qué te pasa? ―pregunta asomando, de nuevo, la cabeza por la puerta de clase.
―¿Te hacen unas cañas?
Sonríe, aprieta los labios, se mete las manos en los bolsillos de su chaqueta y dice finalmente:
―Claro, vente.
¿Vente?, ¿qué ha querido decir con vente? No importa, ¡voy!
En la calle, me siento tensa. Camino junto a él, mirando al suelo y sin decir nada.
―¡Ey! ―exclama golpeándome el hombro. Lo miro, y veo que empieza a escribir algo en el aire, pero con extremada delicadeza, y me dice―: You have  to  smile..
Suelto una carcajada de las que hacen historia. Qué perro. Sabía que era de los míos. Dañinón.
Entramos en un bar, dos calles más abajo de la escuela de cata. Alberto alza la cabeza, como si estuviera buscando a alguien. Sonríe y levanta la mano.
―Allí está ―me dice.
―¿Quién? ―pregunto.
Llegamos al fondo del bar.
―A ver, que os presento. Amaya, Elvira, mi compañera del curso, la que te dije que está como una cabra. Y bueno, Elvira, ella es Amaya, mi chica.
―¿Cómo de tuya…?
Los dos se ríen.
―Te lo dije, está loca ―apuntilla Alberto.
Examino con la mirada a Amaya buscando ese defecto que me hará feliz. Pero nada, no lo encuentro. Es preciosa. Sencilla. Con sonrisa sincera. No tiene pinta de hablar con diminutivos. Y lleva una camiseta de la Rana Gustavo, amo a la Rana Gustavo. Tengo ganas de llorar.
―¿Me perdonáis un minuto? Ahora vuelvo… ―digo con la voz temblorosa.
―¿Estás bien? ―pregunta Alberto.
Asiento con la cabeza y me alejo un poco de ellos. Miro hacia arriba, pongo los brazos en cruz y grito:
―¡¡¿Por qué me haces esto?!!, ¿por qué?, ¡cobarde!, ¡contéstame!, ¡¡que me contestes, coño!!
A ver, tranquilízate un poco, ¿vale?
―¿Eres tú?
Sí, soy yo.
―¿La que ha organizado todo esto? ¿La que me pone la miel en los labios para luego lanzarme a las zarzas?
No diría tanto, pero sí.
―¿Cómo te llamas?
Elvira.
―¡Joder! ¿Qué me podía esperar de alguien que pone su mismo nombre a su protagonista? ¡Un poquito de imaginación, por el amor de Dios! No sé, Estela, Alba, Susana, Arantxa, ¡qué sé yo, Paula!
Bueno, pues te llamas Elvira, como yo y punto. Y ahora vuelve con tus amigos. Te tomas una caña, pones tu mejor cara, te despides, vuelves a casa, te preparas un café, te hundes en el sofá, miras el capítulo 126 de Anatomía de Grey, y lloras desconsoladamente viendo como el psicópata del hospital los mata a todos, y así, aunque Alberto no te quiera, te metes en la cama contenta por seguir estando viva.
―¿Cómo eres así? Tú si quieres, disfruta de tu mierda de vida, pero a mí déjame intentarlo. ¡No me gusta Anatomia de Grey! ¡Y si sigo tomando café, voy a necesitar un trasplante de colon! ¡Quiero intentarlo con ese tío!
No. Olvidémonos de Alberto. No lo veo. No me termina de gustar. Hay algo ahí que no encaja.
―¡Elvira, por favor, es perfecto! Es mono, inteligente, un genio en vinos, con sentido del humor y ¡tiene unas manos de infarto! Él es biólogo y yo filóloga, dos carreras sin futuro, y por eso el mundo del vino ha hecho que nos conozcamos y juntos formemos un gran equipo. Nos casaremos y tendremos hijos, el niño se llamará Tempranillo y la niña, Garnacha. ¿Qué es lo que no ves? ¿Qué coño no ves, joder?
Elvira, baja ese tono de voz. De verdad te lo pido. A mí no me hables así.
―Oh, oh, oh, cuidado… que la Señora toda Creadora del cielo y de la tierra se está enfadando. ¡Que te den por el culo! ¡Cobarde de mierda! No me vas a joder más. ¡No pienso tirarme a otro friki, fanático de Freddie Mercury! Me gusta Alberto porque es normal, normal, normal, y eso te acojona porque por tu vida no ha pasado ni un tío medio normal. ¡Inténtalo, coño!
Se acabó, me has tocado las narices. ¿No decías que habías tomado demasiado café?
―No, Elvira, retortijones, no. No me hagas esto, y no delante de Alberto, cabrona.
Haberlo pensado antes.
Me agacho, y me sujeto la tripa con las dos manos.
―¿Elvira, estás bien? Tienes mala cara ―me pregunta Alberto mientras me frota la espalda.
―Sí… voy al baño un momento… ―digo apretando el culo y sosteniendo la vergüenza sobre mis hombros.
¡Ja, ja, ja, ja! Mírate, qué mala pinta tienes. Pobre Alberto, ¿qué habrá pensado de ti? Además de loca, cagona.
Me siento en el váter, me arde el culo. Y lloro, lloro porque nada me puede ir peor.
Vamos, no te pongas así, ¡ey! Venga, no llores, que todavía no has visto Anatomía de Grey. Ey, Elvira… era sólo un pequeño escarmiento, yo no quería que…
―La vida no es un escarmiento, Elvira. ¿A qué viene castigarse de esta manera? Coge el puto teléfono, llama a Alberto y queda con él, y vive una vida real, joder… Ay, mi culo, quema…
Bien, levanto la vista del portátil y busco el móvil en mi escritorio. Lo encuentro debajo de un kleenex. Escojo entre mis contactos a Alberto Herrán.
―Elvira, no hay papel…
¡Calla, ahora no puedo! Suena el primer tono. Respiro profundamente. Segundo tono. Me muerdo los labios. Tercer tono. Seguro que está viendo mi nombre y no me quiero coger.
―Papel…
¡Cállate! Cuarto tono.
―Ey, Elvira, ¿qué pasa?
Alberto, sí soy yo. ¿Qué tal? ¿Cómo estás?
―¿Elvira?
¿Alberto?
―Elvira, te oigo muy mal.
¿Sí?, ah, espera, que igual es… ¿ahora?, ¿mejor?
―Sí, ahora perfecto.
―Perdona, es que no me había dado cuenta de que estaba en cursiva. No, bueno, te llamaba porque, bueno, había pensado que igual, si quieres, vamos, que un amigo mío acaba de estrenar una obra de teatro en Microteatros, “Pulpa, lechuza, culebra”, ya el título es total, ¿no?, y que, bueno, podríamos ir a verla el viernes, nos tomamos unas cañas allí mismo y la vemos.
―Buuf, no, el viernes no creo que pueda.
―Ah, genial, genial, no pasa nada, tranquilo, de verdad.
―¿Elvira?
―Sí, lo siento, se me fue la cursiva de nuevo. No, vamos, que decía que no pasa nada, que me imagino que habrás quedado con Amaya.
―¿Amaya? ¿Quién es Amaya? ¡Ja, ja, ja, ja! Estás loca, tía. Oye, pero ¿qué te parece si quedamos el sábado? ¿A las siete, allí mismo?
―¡Sí, muy bien! ―Y tapo el auricular para que no oiga el enorme suspiro que acabo de derramar.
―Pues, hasta el sábado.
―Hasta el sábado, Alberto…
Lo acabo de hacer, Elvira, lo acabo de hacer, he quedado con él, y es real.
―Me alegro de verdad, Elvira, pero, por favor, papelito para mi culito…
Venga, vale, ahí lo tienes, justo detrás, en el suelo, para que luego digas que no eres de las que no saben manipular con diminutivos.

domingo, marzo 4

Emparrado

 Luz y emparrado de Sofía Serra

A veces ocurre que convertimos a un día de la semana en nuestro preferido. Elvira lo había hecho con el miércoles.
Sonó el despertador a las 9.30, Elvira estiró el brazo y alcanzó el móvil. 9.31, resopló y se colocó boca arriba. Lo normal era que la gente tuviera techo sobre la cama, los más atrevidos ponían un espejo, pero Elvira, en su buhardilla, tenía una enorme claraboya, por la que veía el cielo y, así, mirándolo, dudaba muchas veces de que realmente estuviera despierta.
Hacía buen tiempo. Elvira odiaba el sol, pero aquel día no le importó, porque era miércoles, su móvil se lo confirmó. Abrió la aplicación de Twitter, la acidez de los tuits de @08181 la entonaban tanto o más que el café. Y efectivamente, se rió al leerlos, pero qué jarto está el tío, pensó. Se puso el móvil en la frente, estiró los brazos sobre la cama, cerró los ojos y…
―¡Mieeeeeércolesss!
Lo dicho, entusiasmada con el día.
Se levantó, preparó café, se lo sirvió en un vaso, encendió su portátil y los altavoces, y buscó la versión que Walk off the Earth había hecho de Man Down, y ahí estaba, en bragas y camiseta, bailando al ritmo del Rum pum pum pum, Rum pum pum, Rum pum pum Man Down…
Ducha rápida, segundo café, bolso en el hombro, llaves en la mano y carrera para no perder el metro. Lo perdió, pero no importó, porque era miércoles.
―No ha habido suerte, ¿eh? ―le dijo un hombre desde el andén de enfrente, que veía como Elvira, recobrando el aliento, se reía.
―¡Casi, pero no! ―contestó ella. Pero qué simpática era la gente y qué maravilloso el mundo entero.
En el metro, la pisaron cuatro veces, y las cuatro dijo que no importaba con una vertiginosa sonrisa. En la universidad invitó a sus compañeros a café, y dijo a las chicas lo guapas que las veía hoy. En clase repitió tres veces lo contenta que estaba con la marcha del curso, piropeando el entusiasmo de cada uno de sus alumnos.
―Sois maravillosos… ―les dijo desde lo alto de la tarima, antes de que la clase se terminara. Ellos la miraron atónitos.
Recogió sus cosas y salió pitando del aula.
―¡Elvira! ―gritó Kiko, uno de sus compañeros de trabajo, desde el final del pasillo―. ¡Espérame, que te llevo en coche y nos tomamos unas cañas!
―¡No!, ¡cojo el bus, que hoy tengo curso de Sumiller!
―¡Pero si hoy es martes!
―¡Es miércoles, loco!, ¡es mieeeeeércolesss! ―Y empezó a imitar a una ola de mar con los brazos en alto.
―¡Vale, vale! Joder… está como una puta regadera…
En el autobús, Elvira sonrió al conductor cuando subió, y a las dos mujeres sentadas atrás, cuando bajó.
Entró en el bar de al lado de la escuela de cata y pidió una pulguita de jamón y un café. Cuando terminó, pagó y, todavía sentada en la barra del bar, sacó un tarrito de cristal del bolso. Lo miró mordisqueándose los labios. Era colonia de vainilla. En el curso de sumiller estaba terminantemente prohibido usar colonia, ducharse ese día con jabones olorosos, y las chicas no podían ir maquilladas. Pensó que por un poco nadie se iba a dar cuenta. Así que destapó el tarrito de cristal y se echó un par de gotas en el cuello y otro par en las muñecas. Luego inspiró y se dio cuenta de que se había pasado. Sacó un kleenex, lo untó en saliva y se lo restregó por el cuello. El camarero la miraba con asco. También se olió las muñecas, joder, joder, joder, decía, y empezó a agitarlas al aire, joder, joder, joder, seguía diciendo, que me he pasa’o, que me he pasa’o... Salió del bar, y el camarero respiró tranquilo.
Entró en la escuela apretando el culo, como si aquello pudiera camuflar el olor.
El aula parecía un laboratorio. Techo, suelo y paredes pintados en blanco. Había siete mesas altas, de unos 15 metros de largo cada una de ellas. También blancas, al igual que los taburetes. Dos pizarras y un proyector. Sobre las mesas, un vaso de agua, una copa  negra y cinco de cristal transparente, para cada estudiante. 
Elvira se sentó en su sitio de siempre, y bebió un poco de agua. En diez minutos empezó la clase. A su derecha Nuria, y a su izquierda el taburete estaba vacío. Elvira se pellizcó los labios y miró a la puerta.
―Bueno, chicos ―empezó diciendo Antonio, profesor de química del curso―, estábamos viendo la crianza en madera, ¿verdad? Bueno, pues veamos la caracterización química de la madera. Tenemos los polifenoles de bajo peso molecular, es decir, ácidos como el gálico, siríngico… ―Elvira miró de nuevo a la puerta―, también nos encontramos con los aldehídos…
La puerta se abrió, Elvira giró la cabeza y, al verlo entrar, sonrió.
―Menudo tráfico, tía…
Alberto Herrán, su taburete de la izquierda.
La clase continuó dos horas más de dura teoría sobre taninos, elagitaninos, lípidos, ácidos fenólicos y un sinfín de nombres a los que Elvira no conseguía ponerles cara. Pero al fin, llegó la explicación de las diferencias organolépticas entre los robles, y con ella la cata de vinos, que aquel día iba a consistir en diferenciar vinos de roble americano y europeo.
Se sirvió el primer vino a los casi veinte estudiantes. Y después de que Antonio pidiera silencio absoluto, dio permiso para que empezaran con la cata.
Alberto se inclinó sobre Elvira y, rozándole la oreja con su nariz, le susurró:
―¿Por qué será que sólo puedo oler a vainilla…?
―No sé… ―contestó ella con la vista al frente.
Alberto se inclinó un poco más y con lentitud aspiró el cuello de Elvira. A ella se le encogió el estómago y se le erizó el vello de los brazos.
―Eres tú… te has puesto colonia... ―dijo sin despegarse ni un milímetro de ella, por lo que Elvira no pudo evitar soltar un gemidito.
―¿Pero qué pasa ahí, chicos? ―preguntó Antonio frente a la clase.
Elvira gesticuló con la mano que nada, era incapaz de hablar. Tragó saliva y miró a Alberto que, erguido en su taburete, agitaba su copa como si tal cosa. Ella intentó concentrarse en la suya, la alzó para verla a trasluz y, cuando iba a anotar la descripción del color en su cuaderno, sintió que Alberto estaba de nuevo junto a ella.
―No saco aromas… Tu vainillita lo tapa todo…
Elvira sonrió con sorna y se llevó la copa a la nariz. Aspiró al mismo tiempo que lo hacía Alberto. Estaban tan juntos que sus cabezas se rozaban. Después se miraron.
―¿Cedro…? ―dijo ella.
―¿Eso es un lunar o una peca…? ―dijo él.
―¿Qué…?
―Aquí… ―y con el índice le rozó la sien.
―No…  no sé… no sé… ―agachó la vista a su copa y aspiró de nuevo―. Ahumados también noto…
―Es un lunar… ―y se lo acarició de nuevo.
―Será roble europeo... francés...
―Y... y aquí tienes otro...
Elvira no podía tener el estómago más metido hacia dentro, le costaba hasta respirar.
―A ver corrijamos ―planteó Antonio―. Empezamos directamente con aromas. Elvira, ¿intensidad?
―Mucha, mucha… está lleno de intensidad, hay… hay intensidad por todas partes…
La clase rió.
―Silencio ―pidió el profesor― Elvira, por favor, a estas alturas, el examen debe ser riguroso.
Elvira se disculpó, mientras se frotaba la frente con la mano, sin levantar la vista de su cuaderno.
En la segunda, tercera, cuarta y quinta cata hubo más susurros, roces, miradas y lunares descubiertos.
Después de casi cinco horas, la clase terminó. Alberto se levantó y, colocando su mano sobre la cintura de Elvira, se despidió con un cariñoso hasta el miércoles.
―Hasta el miércoles… ―contestó ella.
Ya en la cama, boca arriba, contempló el escaparate de la noche y sonrió, porque sabía que siete días pasaban volando.

domingo, febrero 26

El viaje de Lucas

 Fishing boat at sea de Van Gogh

Lucas tenía catorce años y, como cada mañana, aquel martes salió en su barca a pescar. Era un día normal. El sol se desperezaba sobre el silencio rutinario de un mar generoso, y el cielo se quitaba su traje de luces. Todo normal. Empezaba un día más.
En alta mar, Lucas preparaba la red cuando de repente se precipitó al agua. Su cuerpo se hundía, se hundía, se hundía, hasta que tocó el fondo y allí, inmóvil, permaneció seis días y seis noches. Pero el séptimo, una familia de cangrejos lo encontró.
Papá cangrejo, apartando a su mujer y a sus cuatro hijos, se acercó hasta Lucas. Se subió por sus piernas, le recorrió el pechó y se encaramó a su mentón. Una vez allí, pidió a su familia que se apartara. Estos retrocedieron 20 centímetros, y fue entonces cuando papá cangrejo pinzó la nariz de Lucas con todas sus fuerzas.
―¡Aaaaaaaaaaaaaaaaaaaah! ―bramó el joven, lanzando de un manotazo a papá cangrejo.
Toda la familia del animalillo crustáceo fue a socorrerlo. Lucas se arrodilló agarrándose la nariz con ambas manos, no paraba de gritar.
―¿Quién eres? ―preguntó papá cangrejo, después de haber tranquilizado a su familia.
―Soy Lucas, un pescador.
―¿Y qué haces aquí, si tu mundo es el de arriba?
―No lo sé, me caí de la barca.
―¿Cómo te caíste?
―No lo sé, no lo sé… ―contestó frotándose la cabeza intentando recordar algo―. Era un día normal y estaba en mi barca dispuesto a pescar, pero me caí.
―¿Tormenta?
―No...
―¿Te enredaste con la red?
―No...
―¿Los tiburones atacaron la barca?
―No…
―¿Y los piratas?
―¡No!
―¡¿Pues qué te pasó, muchacho?!
Lucas levantó los hombros y giró la cabeza hacia los lados repitiendo, una y otra vez, que no recordaba nada, sólo que era un día normal y se cayó.
Tras comentarlo con su familia, papá cangrejo permitió al joven pescador quedarse un tiempo con ellos, hasta que se recuperase y tuviera fuerzas para llegar a la superficie.
En el fondo del mar, los días para Lucas pasaban lentamente, apenas se podía mover con agilidad, sus pasos eran lentos y desordenados. No sabía pescar sin su red, así que siempre tenía que esperar a que papá cangrejo trajera los suministros de cada día. Y tampoco servía para defenderlos de los predadores, porque con sus torpes movimientos era imposible atacar ni a un caballito de mar. Así que, después de dos meses, sintiéndose un inútil y una tremenda carga para aquella familia de cangrejos, decidió emprender el viaje hacia la superficie. Se despidió de todos ellos y comenzó a ascender ayudado por sus pies y brazos. Remaba hacia arriba con todas sus fuerzas, pero la oscuridad del fondo del mar lo asustaba tanto que eran muchas las veces que debía parar para tranquilizarse. Como una pelota, se apretaba las rodillas sobre su pecho, y se abrazaba a sí mismo, y empezaba a contar. A veces sólo llegaba a hasta el 10, pero otras era necesario alcanzar el 330 para que el pánico se esfumara.
―¿Qué haces? ―preguntó una mantarraya que lo llevaba observando desde el número 37.
―Cuento, señora, 63, 64, 65, 66, 67, 68…
―¡Ya sé que estás contando!, ¿pero por qué?
―Para ahuyentar el miedo, señora, 74, 75, 76...
―¿El miedo?, ¿aquí? ―y la mantarraya miró a su derecha e izquierda―. ¿Miedo de qué?
―De lo que no conozco, señora, 81, 82, 83….
―Oh, bueno, en ese caso…1, 2, 3, 4, 5, 6…
―¿Qué hace? ―preguntó Lucas dejando de contar y mirando atónito a la mantarraya.
―Cuento, no le conozco, pues cuento yo también, 12, 13, 14…
―No, no, no, no, ¡no es eso!
―…22, 23, 24, 25, 26, 27…
―Vale, de acuerdo, me llamo Lucas, soy pescador y un día normal caí de mi barca. Estuve dos meses con una familia de cangrejos hasta recuperarme, y ahora llevo tres semanas intentando ascender a la superficie.
―¿Tres semanas, dices? Pues sí que cuenta usted, sí. No se preocupe, yo le enseñaré a no tener miedo.
Y durante cuatro días, la mantarraya le tuvo retenido dándole un sinfín de consejos y recomendaciones que de poco le iban a servir al no tratarse de un ser marino. Aun así, Lucas la escuchó pacientemente y al quinto día se despidió prometiendo poner todo lo aprendido en práctica. Apenas siete horas después, Lucas se acurrucó en sí mismo y empezó a contar. Estaba agotado, le dolían los pies y brazos, casi no había dormido nada en todo el trayecto y el frío empezaba a hacer mella en sus huesos. Cuando ya parecía todo perdido, un reflejo en lo alto de su cabeza le anunció que la superficie estaba ahí. Lucas se impulsó con sus piernas lo más rápido posible, y de repente la sábana de agua se abrió y el joven tomó una enorme bocanada de aire. Estaba fuera. El sol brillaba, parecía un día normal.
No muy lejos, Lucas vio una barquita, muy parecida a la suya. La llevaba un hombre.
―¡Ey, aquí! ¡Ayuda! ¡Ayuda! ―gritó al hombre de la barca. Éste se acercó al ver al joven en el agua―. ¡Gracias!, ¡gracias! Soy Lucas, pescador como tú, y un día normal me caí de mi barca, llegué hasta el fondo del mar, y han tenido que pasar casi tres meses hasta poder alcanzar la superficie. Ahora quiero llegar a tierra y volver a mi casa. ¡Ayúdeme!
―¡Claro!, no te preocupes, debes nadar hacia el oeste ―dijo el hombre señalándole la dirección.
 ―Sí, pero lléveme usted, tengo mucho frío, señor, y estoy muy cansado...
―Lo siento, ése no es mi trabajo. Debo pescar y regresar antes de la noche con mi familia.
―¡Pero ayúdeme!
―¡Te estoy ayudando!, escúchame: dirección oeste. Por el día, el sol te guiará y, por la noche, lo hará la luz del faro.
―¡No me deje aquí, se lo suplico! ¡Ayúdeme! ―gritó Lucas encaramándose a la barca.
―¡Maldito, chaval! ―y de un empujón lo mandó al agua de nuevo―. Te estoy ayudando, dirección oeste, el sol y luego el faro. ¡Te estoy ayudando, joder! ¡Pero no puedo hacerlo por ti! ―y arrancó el motor de su barca y empezó a alejarse.
―No me deje, tengo mucho frío… estoy cansado, agotado… ayúdeme…
―¡Oeste, oeste, oeste! ―gritaba el pescador alejándose con su barca―. ¡Y cuídate de las gaviotas, tienen comportamientos muy complejos! ¡Vamos, chaval, nada!, ¡nada!
Lucas había creído que al llegar a la superficie su pesadilla habría terminado, pero se acababa de dar cuenta de que no había hecho más que empezar.
Cerró los ojos y deseó hundirse de nuevo, caer al fondo del mar para jamás volver a subir. Quizá fueron sus inmensas ganas de acabar con el intento o, simplemente, mala suerte, pero en ese momento se desató una terrible tormenta. El mar enfurecido escupía olas cada vez más grandes. El viento levantaba muros de agua, y el cielo se tornó negro. Lucas se agitaba y arremolinaba como un pez en un desagüe. Y contaba, 235, 236, 237, y seguía contando 789, 790, 791, 792, y contando 1.145, 1.146, 1.147, 1.148… Llegó hasta el 13.989.
Abrió los ojos ante un plácido y adormilado mar. Respiró hondo, miró al sol y siguió la dirección que estaba recorriendo hacia su atardecer. Lo intentó por un tiempo a crol, pero se cansaba tanto, tantísimo que cambió su estilo a braza. Con desesperanza recorría los absurdos metros en aquel inmenso mar.
―Si pretendes llegar a la orilla, así nunca lo conseguirás.
Lucas levantó la vista y vio a una gaviota volando, en círculos, sobre su cabeza.
―Un pescador me aconsejó ir hacia el oeste ―contestó el joven al pájaro.
―¿El pescador que te arrojó al mar cuando le suplicaste ayuda?, ¿el que apenas sintió la tormenta metido en su barca?, ¿hablas de ese pescador? ―la gaviota chasqueó el pico―. Chico, hazme caso, el mar está repleto de pescadores como él. Se prestan generosos, pero sólo piensan en sí mismos y lo que pretenden es alejar a la competencia, como tú, para quedarse con todos los peces. Pero si confías en mí, te llevaré a tierra mucho antes.
―Oh, ¿de verdad?
―Claro, chico ―contestó la gaviota posándose sobre la cabeza de Lucas―. Y ahora, te digo que vayamos para el norte.
―¿Seguro?, pero el pescador…
―¿Qué te he dicho del pescador? ―y arremetió a darle un picotazo en toda la coronilla―. Vamos, ¡hacia el norte!
Y fueron hacia el norte. Y llegó la noche y el día, y la noche de nuevo, y el día después, y allí no había tierra. Y Lucas agotado pidió parar y reflexionar, porque el camino no parecía ser aquél.
―¿Estás desconfiando de mí? ―preguntó ofendida la gaviota―. ¿No te has parado a pensar en que quizá es culpa tuya, porque casi no sabes nadar? ¡Eres lentísimo! ¡La tortuga más vieja del mundo podría ganarte con los ojos cerrados! ¡Inútil!
―Pero… llevamos casi una semana yendo hacia el norte y sólo veo agua y más agua.
―Estúpido, claro que ves sólo agua porque esto es un océano, ¿sí?, o-cé-a-no. Toc-toc-toc ―dijo picoteándole la cabeza―, ¿hay alguien ahí?
Lucas se sumergió en el agua para zafarse del pájaro y, en el silencio de las profundidades, decidió echar mano de al menos uno de los consejos de la señora mantarraya: “Huye de todo lo que tenga plumas y vuele”.
Ya en la superficie, Lucas le dijo al pájaro que tomaría el oeste como dirección a seguir y que preferiría hacerlo solo.
―¡Bravo!, otro egoísta que inunda nuestras aguas. Muy bien, ¡vete, desagradecido!, pero volverás a buscarme antes de lo que piensas, porque eres débil, ¡muy débil!, lo supe la vez que apenas te rocé la nuca con mi pico, y caíste de tu barca, ¡por un simple roce!
―¡¿Fuiste tú?!
El pájaro revoloteó sobre su cabeza riéndose a carcajadas. Cuando se marchó, Lucas se tumbó boca arriba en el agua y miró al sol. En esa misma posición comenzó a remar lentamente con sus manos, era cómodo, es cierto que no era la manera más rápida, pero no se cansaba y en esa postura el vaivén de las olas le divertía. Tanto era así que llegaba a soltar hasta alguna risotada. El mar estaba tranquilo y él, por fin, también.
Llegó la noche y a Lucas le entró el miedo y quiso empezar a contar, pero antes de hacerlo, miró a su alrededor y encontró, entre la espesa negrura, un puntito de brillantina allá a lo lejos.
―El faro… es el faro… ¡Encontré el faro! ¡El faro del pescador!
El joven tomó su postura boca arriba y comenzó a remar con brazos y piernas, mientras tatareaba un sinfín de canciones. Casi de mañana, la cabeza de Lucas se encalló en la orilla del mar.
―¡Tierra! ―gritó. Se puso de pie y salió corriendo del agua para abrazar la arena―. Tierra firme…
Y aunque todavía le quedaba un largo camino hasta llegar a casa, sabía que aquél volvía a ser un día normal, un día más.


Nota: Este relato se lo quiero dedicar a todas las personas que han pasado o están pasando por un momento complicado y sombrío en sus vidas, porque es verdad que el camino es largo, pero no es duro, simplemente hay que coger una buena y cómoda postura para seguir nadando.

lunes, febrero 20

¿Qué tienen de normal los días?


―Escúchame, aquí van las listas de los grupos. El B2.1 edificio 4, aula 4.01.6, ¿vale? Grupo A2.2, edificio 12, ya sabes que van al revés, el 12 es el que está detrás del 7, aula 12.02.9.
Lola Campos, coordinadora de los cursos internacionales de la universidad. De unos cuarenta y tantos, soltera y un hijo de 9 años. Delgada y con un rizadísimo pelo corto. Gafas de pasta granate y enormes pendientes.
―Sí, sí…  A2.2 en el 7.02.12… ¿no?
Elvira Rebollo, yo misma. Treinta y tantos, soltera y sin compromiso. Obviemos mi constitución y también la descripción del pelo. Bolso enorme colgado en el hombre derecho y un café en la mano izquierda.
―Elvira… ―suspira Lola―. Olvídalo, te mandaré un email. Recuerda solamente el de hoy, en el 4, aula 4.01.6.  Tienes a un tal, espera, déjame ver ―abre una de las carpetas amarillas y pasa su dedo de arriba a abajo―, éste es: Carter Collins, irlandés, tiene dislexia, va a necesitar el 25% más de tiempo que el resto de la clase para hacer los exámenes. Bueno, es mejor que hables con el Programa de integración para estudiantes con discapacidad, extensión 397, Inmaculada Carrillo. Por otro lado, dos italianos: Pienaar y Fusi, quieren subir de nivel, al B1.1, échales un ojo esta semana y me cuentas. Y cuídame muy mucho a Mian Ning, china, problemas de autoestima y adaptación.
Asiento con la cabeza, recojo las listas, inspiro profundamente y comprendo, en ese mismo instante, que nunca llegaré a ser coordinadora de nada, me falta masa cerebral.
Salgo de su oficina, cruzo el campus y entro en el edificio 3.
―¡Elvira!, ¡así que te quedas un cuatrimestre más!, ¡ves, tonta, y tú decías que no!, que si los recortes, que si los recortes, que si los recortes, ¡bah!
Amelia Martínez, bedela del edificio 3 del campus. 37 años, casada, dos hijos, de 8 y 6. Melena larga, lisa y con flequillo. Siempre tararea canciones de Radio Futura.
Dejo el café y las listas sobre su mesa y la abrazo ilusionada.
―¡No te rías, guapa, que me veía en la calle!
―¡Bobadas, reina!, pero si no das ni un problema, ni te imaginas lo que pasa por aquí, verdaderos elementos… ¿Qué aula tienes?
―No, me toca en el edificio 4.
―Buff, olvídate, te paso una llave maestra y así evitas hablar con el conserje, Pepe, le acaba de dejar su mujer, está inaguantable, y le da al drinking-drinking cosa mala ―me toma del brazo y baja el tono de voz―. Se la pegaba con su primo. Fíjate el papelón.
―Pobre hombre.
―Bueno, que él nunca ha sido un santo varón ―y se ríe.
―¡¿Con quién?!
―Con Marga, la tetas.
―¿La de la cafetería del 1? ¡Venga ya!
―Cuando dos mujeres se ríen cogidas del brazo, mal asunto…
Francisco Moler. Kiko. Profesor de español en la universidad. 35 años, novio de Adela. Metro noventa y ciento veinte kilos. Una mole rellena de ingenio.
Con un café en una mano y los libros en la otra, se agacha y me pide, ofreciéndome su mejilla, un beso.
―Ay, Elvirilla de mis amores, que pensaba que no te iba a volver a ver. Anda, vamos pa’fuera que me quiero fumar un piti, que te tengo que contar.
―Si es lo de Pepe, ya lo sabe.
Las dos nos volvemos a partir de risa. Cojo el café, las carpetillas amarillas con las listas y la llave maestra, y me despido de Amelia, al son de Escuela de calor.
Fuera, Kiko me cuenta que las cosas con Adela no andan bien. Que ella le ha pedido que se vayan a vivir juntos y él todavía no lo tiene claro, que vale, que llevan casi tres años, pero que él siempre ha sido un puto raro para eso y que yo debería entenderlo, porque tampoco parezco demasiado normal. Es lo que se llama empatía por descarte.
―Joder, pero si no he recogido las putas fotocopias…
Carmen Labrador, profesora de español en la Universidad. Cuarenta y muchos, divorciada y un hijo de 16 años. Adicta a los escotes, los pantalones ceñidos y las botas altas. Rubia de media melena.
Se saca el cigarrillo de la boca y nos besa mientras repite una y otra vez lo de las fotocopias. Se lo vuelve a meter, y rebusca algo en su bolso.
―Y encima el cabrón de mi ex le quiere comprar una moto a Miguelín, para tocarme los cojones, claro, porque si no a ver… ¡Mierda, con el puto mechero! Anda, Kiko, dame fuego.
―Pero, Carmen, si tienes el cigarro en la boca.
―Joder, necesito un café…
―Y un polvo, Carmencilla de mis amores…
―¡Vete a la mierda!
Me entra la risa.
―No me jodas tú también, Elvira, coño, ¡y depílate el mostacho!
Kiko se apoya contra la pared descojonándose de la risa. Yo, seria, me paso el dedo índice por el labio superior buscando la pelusilla.
―Pues ya veo, Kiko, que los disgustos poco te afectan.
Adela de los Ríos, profesora de español en la universidad. Treinta y pocos. Novia de Kiko. Se niega a reconocer que la moda vintage ya no es cool, y siempre va hecha un cuadro.
―Tranquila, Carmen, ya entro yo a por los cafés, porque me parece que aquí no pinto nada.
 ―Oh, vamos, Adela, no me jodas, ¿qué tiene de malo echarse unas risas, tía?
―¿Un cortado, Carmen?
Ésta asiente y Adela entra en el edificio.
―Creo que no soy la única que necesita un polvo, ¿eh, Kikillo de mis amores?
Esta vez me aguanto la risa.
―Perdón, esto… Sois los profesores de español, ¿verdad?
El hermano gemelo de Andrés Velencoso. Dicho esto, cualquier descripción añadida, carece de importancia.
Kiko se lo afirma y él se acerca, poniéndose a mi lado. Nos explica que se llama Jorge, que es profesor de guión cinematográfico en la universidad, y que le gustaría comentarnos el caso de un par de estudiantes holandeses que no siguen bien la clase por su bajo nivel de español. Continúa hablando, intento escucharlo, pero su olor empieza a ponerme tonta. Me acerco un poquito más a él e inspiro profundamente, cierro los ojos y mi cama se nos queda pequeña.
―Mira, Jorge, el oso hormiguero que tienes debajo del sobaco es Elvira ―oigo decir a Kiko, todos se ríen. Yo me disculpo con el vaso de café frente a la boca, porque encima del bochorno, sólo hace falta que se fije en mi bigote―. Y si dices que tus estudiantes son del A2.2, los tiene ella.
―Elvira, pues, no sé…, ¿te parece que quedemos luego?, y así me echas una mano con estos chicos, ¿sobre las cinco y media en la cafetería del 1?
 ―¡Sí, sí, sí! ―y el vaso sale disparado.
―Es que la pobre pensaba que la echaban y ahora le pone pasión a todo ―dice Kiko, y oigo las carcajadas de Carmen, pero no la veo, porque ya tengo los ojos cerrados esperando a que la tierra me engulla para siempre.
―Vaya, las risas continúan.
Abro los ojos y veo a Adela con dos vasos de café.
―Adela, ya vale, tía, ya vale, ¿eh?, que no es el momento ―responde Kiko.
―Lo de que no es el momento, me lo has dejado bien claro esta mañana, gracias.
―Bueno, yo os dejo… ―dice un Jorge convencido de que quizá, una serie televisiva sobre profesores de español, no sería tan mala idea. Y al darse la vuelta para marcharse, se para en seco, se lleva las manos a la cabeza y, entre carcajadas, pregunta al aire―: ¿Pero qué hace ese puto loco?
Me giro y veo al pobre Pepe en calzoncillos, metido en la fuente del campus, gritando obscenidades.
―Joder, aquí no se salva nadie… Anda, Kiko, el mechero, que ahora sí que lo necesito.