viernes, mayo 11

Viviendo, jugando


 Trilce de Sofia Serra

Elvira no tiene miedo a la muerte. Está más que convencida de que morirá joven. A los 40 dice. Ser tan absolutamente consciente de que morir no te importa, hace que construir el sentido a la vida, sea un esfuerzo titánico.
Tenía 22 años cuando un amigo suyo, después de terminar el pintxo de tortilla en la cafetería de la universidad, dijo que se marchaba. Se levantó, se desplomó y se murió. Nada ha podido justificar aquella muerte. Se levantó, se desplomó y se murió.
Elvira convirtió su vida en un juego en el que, tarde o temprano, dejaría de echar los dados.

―Es un tío raro.
―¿Quién? ―preguntó Elvira a Kayla, su compañera de departamento, que estaba, en ese momento, en su despacho. Las dos, profesoras treintañeras, trabajaban en una universidad de West Virginia.
―Darrell Crow.
Elvira se levantó de su mesa y se acercó hasta la puerta, desde donde su compañera veía cómo Darrell introducía las monedas en la máquina de café.
―No sé, no lo conozco ―contestó Elvira.
―¿A Darrell Crow?, ¡claro que lo conoces!, pero si tiene el despacho a la vuelta del pasillo, y he sido testigo de cómo has intentado sacarle conversación en el ascensor, ¡Darrell Crow!
―Sí, sí, sí, sé quién es, pero no lo conozco. No sé si es raro o no.
―Es raro. Tiene 37 años y parece de 50. No habla con nadie. Siempre va con esos mocasines, ¡aunque haga -20º! Es raro.

Elvira tenía revisión de exámenes. Cuatro estudiantes esperaban sentados en el suelo del pasillo frente a su despacho. Un quinto estaba dentro, apoyado en su mesa, intentado convencerla de lo mucho que había estudiado.
―Si yo lo sé, Nathan, pero este examen no tiene un medidor de esfuerzo, sino de conocimiento.
El sonido de unas pisadas arrastradas hizo que Elvira ladeara la cabeza y mirara hacia el pasillo. Vio a Darrell Crow llegar a la máquina de café y echar unas monedas.
―¡El señor Crow! ―exclamó Nathan―. Ése sí que es un buen profesor. No hace exámenes a sus estudiantes. Dicen que valora  sólo la actitud en clase. Debe ser un tío genial.
―Tiene que ser difícil poner una nota sobre una actitud, ¿no? ¿Qué nota te pondría a ti, si te pasas toda la clase dormido? Con mi método tienes por lo menos un 53/100, ¡no está mal! ―Y devolvió el examen a su estudiante con una sonrisa―. ¡Siguiente! ―Nathan salió, pero nadie entró―. ¡Siguiente! ―Nada―. Se levantó y se acercó a la puerta. Allí vio cómo sus cuatro estudiantes miraban a Darrell Crow, que se había quitado un zapato para guardar en él las monedas que la maquina le había devuelto. Elvira no dijo nada, simplemente avisó a su alumna Penny de que entrara.
―Pobre señor Crow… ―dijo Penny sentándose en la silla que estaba junto a la mesa―. Es que últimamente parecía algo mejor. Mi prima iba en el avión, ¿sabe?
―No…, no, ¿qué avión? ―preguntó Elvira buscando el examen de su estudiante.
―En el avión. El que cogió de Huntington a Charlotte. Iba a hacer una entrevista de trabajo. Mi prima, no el señor Crow. El señor Crow iba con su novia. Y pasó.
―¿Qué pasó?
―¿No sabe lo que pasó en el avión?
―¡No, Penny, no sé lo que pasó en el avión! ―Su alumna la miró sorprendida―. Perdona, estoy un poco cansada. A ver, ¿qué pasó en el avión?
―Pues hará de esto casi 6 años. En el avión, nada más despegar, la novia del señor Crow empezó a decir que se encontraba mal. Mi prima, que estaba sentada justo detrás, le dio su botellín de agua, y parece que se sintió mejor. Y cuando el avión se estabilizó, su novia dijo que quería ir al baño. Se levantó, se desplomó y se murió. Tuvieron que aterrizar en Charleston de urgencia. Se levantó, se desplomó y se murió.
Elvira respiró hondo. Sacó el examen de Penny del montón y se lo dio.
―Bien, échale un vistazo y me preguntas las dudas.

Elvira raspaba una moneda contra la máquina de café.
―¿Perdona?
―Oh, Darrell, hola. Parece que la máquina no me la acepta, no sé por qué…
Darrell Crow se quitó su zapato. Metió la mano en él y sacó un par de monedas.
―Toma, prueba con éstas ―dijo ofreciéndoselas a Elvira.
―Oh, gracias… ―Extendió la mano un tanto indecisa y tomó las monedas. Las miró y luego se volvió a dirigir a él―: Pero tú primero, que… no sé, igual tienes más prisa que yo.
Darrel Crow asintió con la cabeza. Se colocó delante e introdujo el dinero por la ranura. La máquina comenzó a preparar el café. Elvira detrás, observaba las monedas en la palma de su mano y en silencio esperó su turno.

viernes, abril 27

Reina y media


 Película: Nueve reinas de Fabián Bielinsky
―Oye, mira que la primavera no parece que termina de llegar, ¿eh?
Levanto la cabeza de los exámenes que estoy corrigiendo, y veo como una menuda mujer, de unos 60 años, deja su taza de café en mi mesa. La miro, me sonríe, se da la vuelta, y de la barra del bar coge el cruasán a la plancha, que le acaban de preparar, y un vaso de zumo. Se acerca de nuevo y lo coloca todo sobre la mesa, apartando mi cortado y mi vaso de agua. Giro la cabeza a mi derecha, tres mesas libres; y a mi izquierda, dos.
―Perdone… ―digo conteniendo esa rabia pastosa que me produce la gente que invade mi espacio.
―La primavera. Un asco de primavera, hija. ¿Cuándo se ha visto en Madrid semejante lluvia? ¡Ni que estuviéramos en Galicia!
―Disculpe ―Lo intento de nuevo―. No sé, pero… ―Y señalo con la vista las mesas libres.
―Oh, ya, perdona, te estoy molestando, ¿verdad? Siempre me pasa ―Bebe un poco de café―. Que te crees que todo el mundo disfruta de la compañía, pero eso al final es algo tan personal, ¿verdad? ―Parte un trozo del cruasán y se lo mete a la boca―. Fidel siempre me decía lo pesada que soy, pero ya se sabe que los hombres a cualquier cosa que pronuncie más de dos palabras seguidas lo llaman pesada ―Me río―. ¡Ves!, sabes que tengo razón ―Come otro poco del cruasán y lo acompaña con un trago del zumo―. Ay, hija, que no me pasa ―dice carraspeando mientras se golpea el pecho―. ¿Te puedo coger un poquito de agua?
Le ofrezco el vaso.
―¿Fidel es su marido? ―A ver si contestándome se termina de atragantar.
―Pues sí, hija. Murió las navidades pasadas.
―Cuánto lo lamento ―Vaya, ahora sí que me siento mal. La pobre mujer sólo quiere compañía y aquí estoy yo con mi cara de ajo.
―Un infarto, ¿sabes? Bueno, no es que fuéramos el matrimonio perfecto, ¿verdad?, pero oye, que 43 años casados, son muchos años, y lo que te decía, que es compañía… ―Suspira y pega un sorbito de café―. Y te haces. Te haces a sus cosas, a sus manías principalmente, y entonces dejan de ser manías para convertirse en costumbres diarias, de las que te haces cargo sin percatarte de que realmente las estés haciendo, ¿verdad?
―Ya ―No la termino de entender, pero asiento con la cabeza. Me da pena la mujer, pero no estoy para muchas explicaciones y, desde luego, no quiero que su desayuno se convierta en almuerzo.
―Luego los hijos que te crees que están ahí, pero hace ya mucho tiempo que se fueron.
―¿No viven en Madrid?
―Sí, los cuatro ―Se termina el zumo, y parte otro cachito de cruasán―. La mayor en Arturo Soria, casada y dos críos. Los nietos, mis nietos, vamos. No sé, que la gente se emociona con los nietos, y yo qué quieres que te diga, que bien, que los quiero, pero como a mis hijos no. Eso te lo tengo que decir. Un hijo es un hijo y un nieto es un nieto.
―Ya.
―¿Tienes hijos? ―me pregunta llevándose a la boca más cruasán.
―No.
―Muy bien. No los tengas. Sufres sí o sí. Si están bien, porque están bien y si están mal, porque están mal.
―Ya.
―Pero llega un momento que te hartas de sufrir y dices “hasta aquí”, y los dejas que hagan su vida y tú haces como que tienes la tuya, ¿verdad?, pues con tus cosas, ya sabes. Y todo parece que está equilibrado y de repente tu marido se muere, y pocas son las cosas que puedes hacer para seguir fingiendo que tienes tu propia vida, pocas cosas, hija mía… ―Suspira de nuevo. Coge la taza de café y me mira, baja la vista y bebe―. ¿Qué hora es, bonita?
―Las once menos veinte.
―¡Madre mía, es tardísimo! ―Termina el cruasán pinchando dos trozos a la vez. Y con la boca todavía llena se levanta―. Ya sabes, mis cosas…
―Claro ―digo con una sonrisa.
―Pues muchísimas gracias, hija. Menuda compañía me has hecho. Así, a lo tonto, a lo tonto, pues como que he desayunado como nunca, pero como nunca, vamos. ¿Y tú?
―Sí, también ―Pobre, ¿qué le iba a decir?
La veo acercarse a uno de los camareros de la barra, se da la vuelta y señala la mesa. Me miran. Sonrío. Bajo la vista y vuelvo a mis exámenes. Releo la última pregunta que estaba corrigiendo. Me doy cuenta de que me he perdido, así que empiezo de nuevo.
Pasa el tiempo. Me he terminado el café hace rato. Escribo en rojo un 73/100 en lo alto del último examen. Miro el reloj. Las once y media. Guardo mis cosas. Con la chaqueta ya puesta y el bolso colgado, me levanto y voy a la barra.
―¿Me cobras, por favor? ―pido a uno de los camareros.
―A ver, mesa 7, ¿verdad? Pues son 11’75, guapa.
―¡¿Por un cortado?!
―El cortado y el desayuno de tu madre.
―¿Mi madre?, ¿qué madre? ―Me giro, miro la mesa y me vuelvo a dar la vuelta absolutamente incrédula―: Madre no, es hija, hija de la gran p…

domingo, abril 22

Linda boquita y verdes mis ojos

 A couple in the Art de Kristina Laurendi Havens

Son las tres de la mañana. Estoy tumbada boca arriba en mi cama, con las piernas flexionadas. Me acabo de poner unas bragas y una camiseta de tirantes.
Miro la oscuridad de fuera a través de la claraboya que tengo sobre mí. Me estoy acordando de Almudena. Esta mañana hemos tomado un café. La he encontrado bien. Han pasado casi tres años desde que José la dejara y desapareciera sin más. Quien lo debe llevar peor es el enano. Cumplió 5 años hace dos semanas, y está en la época en que pregunta por su padre. Me contaba Almudena cómo ayer mismo, en la hora de la cena, el crío le suplicó que fueran al parque, porque igual algún niño se había dejado a su padre y, ahora, ese padre estaría solo y perdido por el parque, y así, tanto Almudena como él lo podrían llevar a casa y quedárselo, total si estaba perdido nadie se daría cuenta. Me pregunto cuántos años llevo buscando al mío.
 Respiro, ladeo la cabeza y observo a Ernesto que está sentado a mi lado, desnudo, con un cigarro apagado en la boca.
―Cielo, necesito fumar ―dice con la vista al frente.
―No me llames cielo.
―Infierno, necesito fumar.
Me río, Ernesto siempre me hace reír. Lo conocí hace un par de meses en una fiesta multitudinaria en casa de Gael. Es actor, adicto a los ansiolíticos y cree que la belleza está en la asimetría, por eso me eligió a mí de entre todas las mujeres de aquella fiesta, piropo que me sigue costando digerir a día de hoy.
―Pues ya sabes, al ventanuco ―digo señalándole la puerta del baño.
―Es patético fumar allí, me siento un presidiario. Por mucho que odies el tabaco, debes entender que es sagrado el cigarro en la cama después de un polvo.
―¿Qué polvo?
―Touché. Me voy al ventanuco.
Se levanta, se pone los gayumbos, me besa en la cabeza y va al baño.
―¡Cierra la puerta! ―grito―. Que siempre se cuela algo de olor y no lo soporto.
―Pero si la cierro no te oigo.
―No te voy a hablar.
―Ah, entonces eres tú la que no me oyes. Pues lo que te estaba diciendo…
Me río y él me guiña un ojo.
Me cambio de lado de la cama para poder verlo. Abre la diminuta ventana junto a la ducha y se enciende el cigarro. Pega dos caladas seguidas y echa el humo por la nariz. Extiende el brazo con el cigarrillo por fuera de la ventana y me mira.
―Tienes la boca muy pequeña ―me dice sonriendo.
―¿La boca pequeña? ―pregunto sentándome en la cama―. ¿Qué coño significa eso? ¿Algo que objetar con lo sucedido hace 10 minutos?
Ernesto suelta una carcajada.
―Es un halago, tonta ―dice.
―Piropos Made in Ernesto... ―contesto resoplando.
Linda boquita y verdes mis ojos.
―Ernesto, El hombre que ríe.
Para Elvi, con amor y sordidez.
―Touché ―digo con media sonrisa.
En el bote.
Me río con ganas. Le pido con la mano que vuelva a la cama. Apaga el cigarro en el lavabo y sale con él en la mano, lo tira en la basura de la cocina y se sienta en el borde de la cama. Levanta el brazo y toca la inclinación del techo.
―La casa se hace demasiado pequeña ―dice.
―Como mi boca ―digo encaramándome a su espalda.
―Hace calor…
Le beso el cuello y luego le pido que me mire, y sus ojos me confirman que Ernesto es de esos hombres a los que besarlos no te sacia, porque sabes que nunca están contigo mientras lo haces.
―Espera, abriré una ventana ―Me levanto y abro una de las claraboyas―. ¿Notas el aire?
―Algo.
Lo veo inclinarse hacia adelante. Apoya los codos sobre sus rodillas y esconde la cabeza entre las manos.
―Cielo, me voy a marchar.
―Pensaba que dijiste que hoy te quedarías ―digo mirándolo desde atrás.
―Sí, sí, lo dije, pero veo que no voy a pegar ojo y… mañana el puto teatro y… que sigo fastidiado del estómago, ya te dije, y… no sé, como no descanse algo, mi día a va a ser una pesadilla de cojones ―Vuelve a tocar el techo abuhardillado con la mano―. Joder, qué pequeño es esto… ―Se da la vuelta y me mira―. ¿Me entiendes, cielo?
―Ya te lo he dicho, no me llames cielo.
―Está bien. Voy a vestirme.
Se viste en silencio. Lo espero apoyada en la encimera de la cocina. Se coloca su chaqueta y me agarra por la cintura.
―Elvira, sabes cómo estoy. Qué es lo que hay ―Me besa y mimosa froto mi mejilla contra la suya―. Todo es un poco absurdo y quizá sea mi culpa, no lo sé, pero creo que seguir invirtiendo tiempo en esto, no nos va a llevar a ningún lado ―Hace una pausa y me coge la cara con las dos manos―. Es frustrante, porque sé que no nos hemos conocido en un buen momento, que si no…, pero tenemos que ser realistas, y de la nada no puede surgir nada.
―El Génesis relata cómo un tío creó el mundo de la nada.
Ernesto se ríe, me retira el pelo hacia atrás y me corrige:
―No, de la nada no. Lo creó del abismo.
―Es lo mismo.
―No lo es ―Me vuelve a besar―. Me voy, cielo.
Me fijo en el intenso verde de sus ojos. ¿Cómo unos ojos tan hermosos pueden derramar una mirada tan vacía?
―Espérame ―le digo―, que me pongo unos leggins y un jersey, y te acompaño a coger el taxi.
―Pero, Elvi, si son casi las 4 de la mañana…
 ―Lo sé, pero con un poco de suerte, a estas horas, igual me encuentro a algún padre solo y perdido.

lunes, abril 9

Entre bambalinas


Salgo del teatro cansado. Son la 1’15 de la mañana. Tomo Gran Vía. Me rasco las manos. Las tengo secas. Cuatro duchas diarias van a terminar con mi epidermis. ¿Y este lunar en el pulgar?, antes no lo tenía, ¿no? ¿Y en la otra? No, sólo tengo los dos en el dorso de la mano. Mañana pido cita para el dermatólogo y de paso unos análisis que los últimos ya fueron hace 4 meses. Que me miren la espalda también. Porque con 39 años no es normal tener este dolor. Si es la ciática de mi padre, me joden la vida.
―Luis, ¿qué me cuentas? ―digo al teléfono―. Que va, acabo de salir… Sí, hoy doble función... Pues destrozado, pero parece que ha ido bien y lleno otra vez… ¿Ah, sí?, no me jodas, no tenía ni idea, cuánto lo siento, ¿os lo dijeron ayer?... Joder, qué cabrones, lo siento, Luis, macho, de verdad… Ya, ya. No, nosotros parece que firmamos por la tercera temporada así que, bueno, contentos… ¿Ahora, dices? Pues, no lo sé… Sí, en Gran Vía. ¿Vosotros?... Ya, en Carbones ―Si me hubiera dicho cualquier otro bar, iba de cabeza, porque ahora mismo mato por una copa, pero Carbones, tanto actor concentrado en tan poco espacio lo vuelven a uno paranoico―. Pues ya me da pena, pero voy directo a casa, que ando jodido de la espalda y mañana toca doblete otra vez... Sí, eso, eso... ¡Venga, Luis!
Guardo el móvil en el bolsillo del abrigo. Me paro a la altura de Callao, y desde allí miro a un Madrid de viernes noche. No cabe un alfiler. Yo no me voy a casa, necesito una copa. Cojo el móvil y doy un repaso a la lista de contactos, habrá alguien me acoja a las 2 de la mañana, digo yo. Veo su nombre y no lo dudo. Lo llamo. Me cuenta que vaya a su casa, que ha montado una fiesta improvisada con cuatro amigos. Me conozco sus improvisaciones y sus cuatro amigos, aun así no me lo pienso dos veces, necesito esa copa. Me enciendo un cigarro y con calma atravieso Callao, bajo Preciados, cruzo Sol y entrando en Carretas me enciendo el segundo. Espero cinco minutos a que me abran el portal. Nada. Me imagino la que se estará liando allí arriba y, por un momento, tengo pereza de subir, no sé si estoy para estas movidas. Qué hostias. Vuelvo a tocar presionando el dedo un buen rato. Sin preguntar nada, me abren. En el descansillo Gael me espera con los brazos abiertos:
―¡Ernestito, vida mía!
―¿Qué pasa, chaval? ―y lo abrazo.
Hacía lo menos 6 meses que no coincidíamos, pero daba igual, el tío seguía siendo tan esplendido como si ayer mismo nos hubiéramos tomado unos tragos.
Entramos. Lo menos hay 30 personas en el salón. Respiro hondo. No estoy muy seguro de si aquello es lo que estoy buscando. Pregunto a Gael por su hermano David, me habían dicho que se estaba divorciando, quería verlo. Pocas juergas nos corrimos David y yo, siendo chavales, en Albacete. Gael me dice que debe estar arriba, en la habitación, lo había visto subir acompañado no hacía mucho. Me cuenta que está viviendo su segunda  adolescencia. Me río, aunque no tengo muchas ganas. Me pregunta cómo llevo lo de mi hermana. No me apetece darle muchas explicaciones, no allí. Le digo simplemente que sigo con antidepresivos y poco a poco. Gael me abraza y dice que me entiende y, aunque yo sé que no, se lo agradezco. Le pido un trago. Me señala la cocina. Entro solo y sobre la mesa me encuentro a dos maromos comiéndose la boca.
―Lo siento… sólo quiero prepararme un cubata y me voy… ―digo con las manos en alto.
―Tranquilo, ojazos, te puedes unir, si quieres…
―Soy hetero… soy hetero… ―puntualizo con los brazos todavía más en alto.
―A nosotros no nos importa…
―¡Buenas, jovenassooooo…!
En la cocina acaba de entrar una chica de metro y medio con una bolsa de Lay’s en la mano, y una pegadísima camiseta de Betty Boop que, por sus tetas, a la Betty nunca le había visto los ojos tan saltones.
―A que lo hago bien ―me dice.
―¿Qué…? ―pregunto mirándole a los ojos… de Betty.
―El acento, el acento mexicano, como el anuncio de las patatas, el de la poli sexy. ¡Buenas, jovenassoooo…!
―Oh… sí, sí… muy bien, muy… muy bien,  ¿eres actriz?
―No, soy profe. ¡Ey, Sacha, déjame las gafas, déjamelas, porfi! ―le pide a uno de los tíos sobre la mesa. Él se las deja. Son unas Ray Ban de aviador. La chica se las coloca y―: Buenas, jovenassoooo…
―¡Bravo, Elvi!
―¡Bravo, cielo, lo bordas!
Los dos tíos la aplauden con verdadera devoción, ya los quisiera yo como público para el teatro.
―¿Sí?, se lo voy a hacer a Gael. ¡Gaeeeeeeeeeel! ―Y la chica sale de la cocina, con las gafas y sus cuatro ojos.
Los maromos me vuelven a mirar.
―Lo siento, chicos, sigo siendo hetero… ―Y no pensaba hacerlo pero, sí, levanto las manos.
Busco un hueco en el sofá del salón y me siento con mi cubata.
―Ey, tú eres el tío de…
A mi lado se está sentando una veinteañera, que me ha reconocido por mi papel en la serie de televisión. Son muchos los años que llevo haciendo teatro, pero nadie me pone cara por ello. La chica me cuenta que también es actriz. Está estudiando en la escuela de interpretación de Cristina Rota. Me rodea con los brazos y me pide que le cuente algo sobre mis compañeros de reparto y, en especial, sobre el director. Sin ser demasiado brusco, le aparto los brazos y le digo que se haga valer. Se levanta indignada y se mete en el baño de la mano de dos amigas.
Me inclino hacia adelante, y pego un trago largo a la copa.
―¡Buenas, jovenassooo…! ―Levanto la cabeza y veo a la Betty Boop de tres dimensiones―. ¡Uy! Perdona, que a ti ya te lo he dicho, ¿no?
―Sí, en la cocina.
―Pues ¿quién me falta? ―dice al aire. Se baja las gafas de aviador y hace un barrido con la mirada a todo el salón. Con gesto de decepción se sienta junto a mí―. Vaya, pues ya se lo dije a todo el mundo.
―¿Y ahora? ―pregunto.
Me mira apretando los labios y frunciendo el ceño. Me hace gracia.
―Pues me voy a mi casa, ¿no…?
Me río. Menudo personaje. Le digo que yo también, pero que me espere a que termine la copa. Nos presentamos. Se llama Elvira. Al decirle que soy actor, me dice que mi cara no le suena, le digo que a mí la suya tampoco y se ríe. Tiene una carcajada contagiosa. Me cuenta que conoció a Gael en una cita a ciegas, que no superó vivir entre renos en West Virginia, que odia a los que dictan lo que hay que leer, que cree que un italiano ganará Gran Hermano, que sueña con volver a Singapur, que su madre la saca de quicio pero que sabe tanto de teatro que seguro que mi cara sí le suena, que come sin sal, que es sorda de un oído pero que le queda el otro, que tuvo que dejar a su psicoanalista porque era mudo, y que la cerveza nunca la toma fría, porque si no, no sabe a nada.
Hace tiempo que he terminado la copa, pero no es aburrido escucharla, así que no digo nada.
―¿Y tú? ―pregunta.
―Yo nada ―dejo el vaso vacío sobre la mesita del centro y le digo que la acompaño a coger un taxi en Sol.
Llegamos a Sol. Me dice que espera coincidir en otra fiesta de Gael, que lo ha pasado muy bien y me desea mucha mierda para mi doblete. No deja de sonreír. No digo nada. Se gira para tomar el taxi. Cojo aire y la agarro del brazo.
―Yo nada, Elvira. Porque mi vida se acabó hace 8 meses. Me gustas, tía, y quiero que nos vayamos a tomar el último trago, y después comerte la boca y terminar en tu casa follando como perros, pero ni sé el tiempo que no se me empalma. Necesito dos pastillas para dormir y cuatro más para arrancar el día. Me paso la semana entre médicos, porque creo que tengo cáncer en todas las partes de mi cuerpo. Y... y no puedo invitarte a mi piso, porque es una puta cuadra, donde el alcohol ha dejado de entrar porque nunca me parecía suficiente ―respiro―. Lo único que tengo es café, tía, no puedo ofrecerte nada más que café, puto café...
―A mí, Ernesto... me encanta el café.
La veo llorar y me derrumbo con ella.

martes, abril 3

Maridaje

 Bodegón de copas de vino y tulipanes de Pilar José Fernández García

Se suponía que el sábado debía haber quedado con Alberto para tomar unas cervezas y ver la obra de teatro de mi amigo en Microteatros. Pero el miércoles por la noche me llamó para decirme que le iba a ser imposible ir. Así que el jueves por la mañana  llamé a Estética Jenni para cancelar mi depilación brasileña, y el viernes por la tarde supliqué a Gael que me sacara a tomar unas cañas. Me bebí las mías, las suyas y las de sus cuatro amigos. A las seis de la mañana del sábado, Gael me metía en un taxi con dirección a mi casa mientras me gritaba que Albertos había muchos. Mentira, sólo hay uno y se sienta  a mi izquierda en el curso de sumiller. Pensaba en ello el domingo a las siete de la tarde, tumbada en el sofá, bebiéndome la última coca-cola y examinándome las puntas del pelo, cuando el móvil sonó. Lo cogí con desgana, pocas cosas me molestan tanto como que me llamen un domingo.
―¿Seeeé…? ―pregunté al número desconocido.
―¿Elvira?
Al oír la voz de Alberto me incorporé en el sofá a toda velocidad, me peiné con una sola mano hacia atrás y me ajusté la goma de la braga. Carraspeé y contesté:
―Alberto, sí, sí. Es que me has pillado aquí, con un lío tremendo, corrigiendo exámenes como una loca ―Hombre, una mentirijilla piadosa, por cuestión de imagen.
―Vaya, trabajando hasta los domingos ―dijo, y yo me reí falsamente.
Me contó que me llamaba desde el móvil de un amigo, que el suyo casi no tenía batería. Que había ido a su casa a comer y que vivía muy cerca de la mía, así que había pensado que quizá me apetecería tomar algo. Le contesté que sí, intentando esconder mi histérico entusiasmo. Dijo que me tocaría el timbre en  quince minutos.
¡¿Quince minutos?!
Puse a todo volumen Tightrope  de Monáe, porque creo que pocas canciones me aceleran tantísimo. Empecé a correr como una loca. Al llegar al baño, me desnudé y cuando vi aquello en mi entrepierna, grité. Decididamente me había dejado las ingles asilvestradas. Busqué una cuchilla e hice lo que pude. Me duché y me embadurné en crema de vainilla. Me puse una falda, me la quité, me puse unos pantalones, me los quité, unos leggins y me los dejé, y cinco cambios de camiseta me hicieron falta para dar con la que me quedaría finalmente. Me sequé el pelo, un poco de colorete, chupa ceñida de cuero, botines negros de 8 cm. de tacón, y después de trece minutos ya estaba, con el bolsito colgado al hombro, esperando frente al telefonillo del portero automático. Sonó. Contesté y bajé pitando las escaleras. Cuando abrí la puerta del portal y lo vi en la calle, apoyado en un coche sonriéndome, me dio un vuelco el corazón. Intenté pensar en cosas desagradables para no mostrarme tan eufórica, pero fue imposible. Aquel biólogo-sumiller me tenía tonta perdida.
Entramos en un bar a la vuelta de la esquina. Pedimos dos cañas, y nos sentamos en los taburetes altos junto a la barra. Me habló de él, de su vida, de su tiempo. Bueno, del poco tiempo que le dejaban las clases en un colegio por las mañanas y las horas en el laboratorio de la Complutense por las tardes, para doctorarse en Fitoparasitología. Defendía la presencia del biólogo en los viñedos y de ahí su último capricho: la sumillería. Le pregunté si, con todo aquello, podía dormir algo. Me dijo que con cuatro horas tenía más que suficiente, pero que no le importaba, porque todo lo que hacía le apasionaba. Quise pedirle matrimonio en ese momento, pero decidí contenerme, no quería correr demasiado, ¿no? Observé sus manos, eran grandes, venosas, morenas, hermosamente masculinas, y luego lo miré a él. Quizá fue la forma en cómo lo hice, no lo sé, pero se quedó en silencio. Agachó la cabeza, dejó la cerveza en la barra con lentitud, cruzó los brazos y me miró.
―Quería hablar contigo, Elvira ―dijo―. Me siento un poco culpable ―Abrí los ojos asombrada―. Verás, creo que he dado pie a algo que no existe ―Empezó el hormigueo en mi estómago, dejé la cerveza en la barra y me lo apreté disimuladamente―. Creo que eres una tía de puta madre, se te ve, vamos, eres muy maja y tal, y quizá por eso empecé con el jugueteo en clase, porque sabía que lo ibas a encajar muy bien y nos íbamos a reír ―¿A reír…?―. Elvira, no creí en ningún momento que te lo fueras a tomar en serio, pero cuando me empezaste a mandar mensajes pues, puff, no sé, vi que algo se me había ido de las manos ―Me mordí el labio inferior por dentro y me estrujaba con fuerza las tripas―. Mira, el curso es muy largo, nos queda más de la mitad y no quiero estropear el buen rollo que hay entre nosotros.
―Claro…―dije rescatando una sonrisa―. No pasa nada, Alberto. Está bien.
―Elvira, de verdad, si estuviera en otra situación, no me importaría intentarlo, pero con el curro, el doctorado… Yo, tía, ahora mismo, no quiero líos de ningún tipo.
Los hombres no quieren líos cuando la mujer que se los propone no les gusta, cuando sí, pierden la cabeza y con los ojos cerrados. Porque los hombres son sencillos y transparentes, por eso los amo tanto. El resumen de lo que Alberto me estaba diciendo era: sé que te gusto, pero tú a mí no. Punto.
Intenté pensar en algo divertido, porque tenía la angustia amarrada a mí y casi no podía articular palabra. Recordé Singapur, ningún lugar me regaló tantos momentos divertidos. Y me vino a la mente la noche en que mi amigo Ankit y yo, después de cenar en Paya Lebar, fuimos al metro, y la calle oscura de atrás de la estación se llenó de murciélagos que revoloteaban sobre nuestras cabezas con un ruido de ratas histéricas. Yo, nerviosísima, saqué el jersey de mi bolso y grité a Ankit “¡cúbrete!, ¡que se enganchan al pelo!, ¡que se enganchan al pelo!”, “¿pero qué pelo me voy a cubrir?”, me decía él, acuclillado en la acera, muerto de la risa, viendo a una loca dar vueltas sobre sí misma con un jersey en la cabeza y sin parar de chillar.
Que se enganchan al pelo, y aquello me bastó para ofrecer una última sonrisa a Alberto y despedirme con dos besos, mientras le prometía que estaba bien y que no se preocupara. Al doblar la esquina, asumiendo la humillación, empecé a llorar.
Cuando entré en casa, me apoyé en la encimera de la cocina, me descolgué el bolso del hombro y lo arrastré conmigo hasta la despensa. La abrí y saqué una botella de Dehesa de los Canónigos, 2007. La descorché y me serví una copa. Y al llevármela a la nariz, supe que haría un perfecto maridaje con la derrota que debía tragar.

domingo, marzo 25

Sábado del consuelo


Nunca se me dio bien consolar a la gente. Si lloran, yo lloro, pero sin saber muy bien por qué. No tengo frases lapidarias. Me sirvo del “venga, va, ya verás que con el tiempo…” o “dicen que llorar es bueno…”. Soy el apéndice del reconforte.
Era sábado, las tres de la tarde. Había tenido una semana pelín complicada, así que disfrutaba en la cocina preparándome carpaccio y una ensalada de tomate con mozzarella, con un Alion 2007.
Estaba a punto de pegar el segundo sorbo a mi copa de vino, cuando sonó el móvil. Era Gael y estaba llorando. Me pidió que fuera a su casa. Dejé todo tal cual estaba, excepto la copa de vino que me la terminé de trago, y salí corriendo.
Me abrió la puerta enfundado en unos pantalones de chándal, dos tallas más grandes y una camiseta de tirantes, tres tallas más pequeña.
―Cari… ―dijo estirando los brazos buscando los míos. Era un mar de lágrimas.
Lo abracé todo lo mejor que supe, porque es cierto que tampoco se me da bien.
―¿Pero qué te pasa, loco de mi vida? ―pregunté besuqueándole el cuello.
―Ramón…
―¿Ramón?
Sí, Ramón, su ex. Se casaba. En Junio. Y lo había invitado a la boda. Porque son una pareja moderna, modernísima. Pero está claro que el corazón no entiende de moderneces. Y yo no entiendo que se hayan legalizado los matrimonios gays, porque lo que debería haber hecho el gobierno es ilegalizar los heterosexuales. ¡No al matrimonio! ¡Luchemos por la igualdad y el derecho a una soltería eterna! ¿Para qué sirven los matrimonios? Para que los que no nos casemos, suframos; y para los que se casen, sufran todavía más. Con el matrimonio se han creado eufemismos que la gente asimila con una naturalidad asombrosa: el aburrimiento se llama tranquilidad, madurez; y la falta de sexo… ¡matrimonio! Pues para aburrida y pajera, me quedo soltera.
Por supuesto, mi voz revolucionaria, la dejé aparcada y arranqué con un…:
―Dicen que llorar es bueno…
Gael me pidió que sacara dos cervezas de la nevera. Cogí un pack de 6 y nos subimos a su habitación. Gael vive en un pequeño y exquisito dúplex, en el centro de Madrid. Es interiorista y creo que la palabra crisis no está registrada en su cuenta bancaria.
Recostados en la cama sin hacer, Gael me confesó, quizá con cierta vergüenza en su tono de voz, que estaba convencido de que Ramón y él volverían. Sentí su desesperación. Todo el mundo sabe que, en el amor, la ridiculez, disfrazada de plañidera, es pura desesperanza.
―Ya verás que con el tiempo… ―dije.
Y me amarré a su brazo con cuidado de no derramar la cerveza sobre la cama, y lloramos los dos hasta quedarnos dormidos.
La música a todo volumen me sobresaltó. Me toqué la cara, estaba pegoteada, había cerveza derramada por media cama. Iba a pedir disculpas cuando, en ese momento, mi cerebro se percató de la canción que estaba sonando.
―¡Dime que no, dime que no! ―grité a Gael que estaba de pie junto a la cama, con la mano extendida, cantándome la canción:
So if by the time the bar closes, and you feel like falling down, I’ll carry you home…
Como un resorte, me arrodillé sobre la cama con las manos sobre mi pecho y:
―¡Toniiiiiiiiiiiight we are youuuuuuung, so let’s set the world on fiiiiiiiiiire, we can burn brigtheeeeer than the suuuuuuuuuuuun!
Y no pude repetir el estribillo por segunda vez, porque me había puesto a llorar como una tonta. Aquella canción, We are young de Fun, se había convertido en nuestro himno. Tras la ruptura con Rafa, Gael me la tatuó en mis oídos. Nos pasamos todo diciembre cantándola como locos. Pero es cierto que, desde antes de navidad, no la había vuelto a escuchar, porque las cosas nos iban tan bien, que parecía que no necesitábamos que nadie nos dijera cuánto podíamos brillar.
Gael se sentó en la cama y me abrazó, porque él lo sabe hacer mucho mejor que yo. La canción terminó pero yo seguía llorando. Lloré por mucho tiempo y Gael no dejó de abrazarme.
Cuando me tranquilicé, bajamos a la cocina. Serían casi las diez de la noche. Gael propuso llamar a un chino. Mientras esperábamos, mudamos la cama y vimos algo en la tele. Poco donde elegir un sábado noche, pero nos sirvió para recordarnos que había cambio de hora.
―Pero cari, atrasamos hora, ¿no?  Las tres son las dos.
―No, al revés ―contesté.
―¿Al revés? ¿A las dos son la una?
―No, a ver cuando son las tres, en realidad son las cuatro. No, a ver, calla que me has liado.
―¿Pero es cuando se alargan o se acortan los días?, o sea, yo me levanto ¿y es más de noche o más de día?
―Más de día. No, no, no, más de noche. Eso es. Es más de día por la noche.
―¿Más de día por la noche? Eso me suena rarísimo, cari. Uy, aquí hay dos que el lunes no llegan a trabajar.
Me partía de la risa y es que por más que se repitiera cada año el cambio de horario, seguíamos sin coscarnos de cómo iba el asunto. Pero por fin, el chino llegó. Cenamos. Criticamos a los hombres en general, y a Ramón en particular. Vimos una peli. Cotilleamos. Y al terminar con el segundo pack de cervezas, no se nos ocurrió mejor idea que un karaoke competitivo con Singstar.
Tuve que cruzar las piernas para no mearme encima, al ver a Gael concentradísimo intentando cantar la de Scatman Kip-Ba-Bop-Ba-dop-Bop. Pero el timbre nos cortó el rollo.
―Ostras, seguro que son mis vecinos, tía… es que cantas muy alto, joder… ―decía Gael en voz baja―. ¿Qué hora es…?
―Las cuatro ―contesté yo.
―Habla bajo…
―Las cuatro… ―repetí.
―¿Las cuatro, cuatro… o las cuatro de las tres…?
―No, las cuatro de las cinco, que va p’arriba…
Volvieron a tocar.
―¿Las cinco entonces…? Bufff, mis vecinos seguro… Abre, Elvi…
―¡¿Yo?!
―Habla bajo…
―¡¿Yo…?!
Y volvieron a tocar.
Y abrí la puerta.
Al otro lado, un treintañero con una maleta que preguntaba por Gael. Le señalé en dirección al salón. Gael asomaba la cabeza y al verlo entrar, se llevó las manos a la boca y gritó:
―¡La madre que te parió! ¿Qué hostias ha pasado?
―Adriana me ha dejado, tío, me ha dejado, pero de verdad… puta…
Gael lo abrazó, porque el tío de la maleta empezó a llorar como un niño. Después lo llevó hasta la cocina, y yo los seguí detrás arrastrando su maleta. Allí, Gael le pidió que se lo cantara todo, y el chico de la maleta habló por lo menos una hora. La cuestión debían ser cuernos por parte de él, cuando se fue a trabajar tres meses a Cork. Ella se enteró la semana pasada, porque la de Cork, que no sabía que estaba casado, llamó a su casa y Adriana cogió el teléfono. Destapado el pastel, la mujer se fue a casa de su madre hasta esa misma tarde, que volvió para pedirle al de la maleta que hiciera sus maletas (valga la redundancia), y se fuera. El de la maleta intentó convencerla, algo así, como hasta las tres, siendo en realidad las cuatro de la mañana, y al no poder, se pilló un taxi y nos tocó el timbre en medio del Scatman. Lo que pude llegar a saber de este chico, en una hora, sin ni siquiera saber, todavía, quién coño era.
―Cari, perdona ―dijo Gael viéndome apoyada en la puerta de la cocina escuchando la conversación con verdadera atención―, que no te he presentado. Es David, mi hermano.
Me acerqué hasta él y le di dos besos. Después, frotándole el brazo le dije:
―Dicen que llorar es bueno…

jueves, marzo 15

Alter Ego


―A mí este vino me hace cosquillitas en la naricita.
Eva García, compañera de sumiller y gilipollas. Gilipollas profesional. Elvira, eres dañinona y mala, me dirá mi madre después de leer estas líneas. Dañinona. Mira que es difícil pronunciar esta palabra y a mi madre no se le ha trabado ni una sola vez, la práctica, supongo. Pues sí, lo dicho, soy mala pero Eva sigue siendo gilipollas. Y es que no hay cosa que más me reviente que una mujer hablando con diminutivos. Son manipuladoras. Expertas de la semántica. Viudas negras que tejen sus telas de araña con un léxico, aparentemente, inofensivo. Imanes de la falsa empatía. Taradas mentales. Elvira, hija, pero si tú estás de atar, me dirá la cariñosa de mi madre. Sí, ama, pero yo de siempre me he tirado pedos, no peditos. Y he ahí la diferencia que marca mi cordura.
Cuando una mujer dice un diminutivo, la gilipollez se esparce como la mierda por toda la sala, convirtiendo a su vez a los hombres en gilipollas. Esto es empírico, no me lo he inventado yo. El sexo masculino asocia el diminutivo con feminidad, feminidad con fragilidad, fragilidad con necesidad de protección, protección con condones, condones con mejor a pelo, y mejor a pelo te la meto. Entonces a Eva, en este momento, la rodean cuatro hombres copulando.
―Pero un montón de cosquillitas en la naricita, ¿y a ti, Elvi?
A mí en el potorro, pero por supuesto no se lo voy a decir. La sonrío como buenamente puedo y miro a Alberto, compañero de mi izquierda, que si quiero ser breve, únicamente debería decir que me tiene loca perdida. Para mi sorpresa, él la está mirando raro, no como hombre de cromañón-yo-dar-aumentativo-a-tu-diminutivo, no. Más bien como, tía, ¿tú eres así o en tu infancia te han querido poco y mal? Alberto, sí, señor, mi Alberto. Un tío de pedos, no peditos. Me mira y arquea las cejas, pero no dice nada, educado pero no gilipollas. Él esquivó la mierda.
La clase se termina. Eva se levanta de su taburete, se recoge el pelo en un moño alto, y deja al descubierto un tatuaje que dice You have  to  smile . Dime tú, a qué tío, que la esté poniendo mirando a Cuenca y lea ese tatuaje, hay que recordarle que sonría. Me entra la risa y bebo un poco de agua para disimular.
―Te estás riendo y prefiero no saber de qué, porque tienes un peligro… ―me dice Alberto al oído. Se levanta, coge su chaqueta y se despide hasta el próximo miércoles.
Sigo en mi taburete y lo veo salir. En ese instante, es cuando me doy cuenta de que siete días no pasan tan rápido.
―¡Alberto! ―grito.
―¿Qué te pasa? ―pregunta asomando, de nuevo, la cabeza por la puerta de clase.
―¿Te hacen unas cañas?
Sonríe, aprieta los labios, se mete las manos en los bolsillos de su chaqueta y dice finalmente:
―Claro, vente.
¿Vente?, ¿qué ha querido decir con vente? No importa, ¡voy!
En la calle, me siento tensa. Camino junto a él, mirando al suelo y sin decir nada.
―¡Ey! ―exclama golpeándome el hombro. Lo miro, y veo que empieza a escribir algo en el aire, pero con extremada delicadeza, y me dice―: You have  to  smile..
Suelto una carcajada de las que hacen historia. Qué perro. Sabía que era de los míos. Dañinón.
Entramos en un bar, dos calles más abajo de la escuela de cata. Alberto alza la cabeza, como si estuviera buscando a alguien. Sonríe y levanta la mano.
―Allí está ―me dice.
―¿Quién? ―pregunto.
Llegamos al fondo del bar.
―A ver, que os presento. Amaya, Elvira, mi compañera del curso, la que te dije que está como una cabra. Y bueno, Elvira, ella es Amaya, mi chica.
―¿Cómo de tuya…?
Los dos se ríen.
―Te lo dije, está loca ―apuntilla Alberto.
Examino con la mirada a Amaya buscando ese defecto que me hará feliz. Pero nada, no lo encuentro. Es preciosa. Sencilla. Con sonrisa sincera. No tiene pinta de hablar con diminutivos. Y lleva una camiseta de la Rana Gustavo, amo a la Rana Gustavo. Tengo ganas de llorar.
―¿Me perdonáis un minuto? Ahora vuelvo… ―digo con la voz temblorosa.
―¿Estás bien? ―pregunta Alberto.
Asiento con la cabeza y me alejo un poco de ellos. Miro hacia arriba, pongo los brazos en cruz y grito:
―¡¡¿Por qué me haces esto?!!, ¿por qué?, ¡cobarde!, ¡contéstame!, ¡¡que me contestes, coño!!
A ver, tranquilízate un poco, ¿vale?
―¿Eres tú?
Sí, soy yo.
―¿La que ha organizado todo esto? ¿La que me pone la miel en los labios para luego lanzarme a las zarzas?
No diría tanto, pero sí.
―¿Cómo te llamas?
Elvira.
―¡Joder! ¿Qué me podía esperar de alguien que pone su mismo nombre a su protagonista? ¡Un poquito de imaginación, por el amor de Dios! No sé, Estela, Alba, Susana, Arantxa, ¡qué sé yo, Paula!
Bueno, pues te llamas Elvira, como yo y punto. Y ahora vuelve con tus amigos. Te tomas una caña, pones tu mejor cara, te despides, vuelves a casa, te preparas un café, te hundes en el sofá, miras el capítulo 126 de Anatomía de Grey, y lloras desconsoladamente viendo como el psicópata del hospital los mata a todos, y así, aunque Alberto no te quiera, te metes en la cama contenta por seguir estando viva.
―¿Cómo eres así? Tú si quieres, disfruta de tu mierda de vida, pero a mí déjame intentarlo. ¡No me gusta Anatomia de Grey! ¡Y si sigo tomando café, voy a necesitar un trasplante de colon! ¡Quiero intentarlo con ese tío!
No. Olvidémonos de Alberto. No lo veo. No me termina de gustar. Hay algo ahí que no encaja.
―¡Elvira, por favor, es perfecto! Es mono, inteligente, un genio en vinos, con sentido del humor y ¡tiene unas manos de infarto! Él es biólogo y yo filóloga, dos carreras sin futuro, y por eso el mundo del vino ha hecho que nos conozcamos y juntos formemos un gran equipo. Nos casaremos y tendremos hijos, el niño se llamará Tempranillo y la niña, Garnacha. ¿Qué es lo que no ves? ¿Qué coño no ves, joder?
Elvira, baja ese tono de voz. De verdad te lo pido. A mí no me hables así.
―Oh, oh, oh, cuidado… que la Señora toda Creadora del cielo y de la tierra se está enfadando. ¡Que te den por el culo! ¡Cobarde de mierda! No me vas a joder más. ¡No pienso tirarme a otro friki, fanático de Freddie Mercury! Me gusta Alberto porque es normal, normal, normal, y eso te acojona porque por tu vida no ha pasado ni un tío medio normal. ¡Inténtalo, coño!
Se acabó, me has tocado las narices. ¿No decías que habías tomado demasiado café?
―No, Elvira, retortijones, no. No me hagas esto, y no delante de Alberto, cabrona.
Haberlo pensado antes.
Me agacho, y me sujeto la tripa con las dos manos.
―¿Elvira, estás bien? Tienes mala cara ―me pregunta Alberto mientras me frota la espalda.
―Sí… voy al baño un momento… ―digo apretando el culo y sosteniendo la vergüenza sobre mis hombros.
¡Ja, ja, ja, ja! Mírate, qué mala pinta tienes. Pobre Alberto, ¿qué habrá pensado de ti? Además de loca, cagona.
Me siento en el váter, me arde el culo. Y lloro, lloro porque nada me puede ir peor.
Vamos, no te pongas así, ¡ey! Venga, no llores, que todavía no has visto Anatomía de Grey. Ey, Elvira… era sólo un pequeño escarmiento, yo no quería que…
―La vida no es un escarmiento, Elvira. ¿A qué viene castigarse de esta manera? Coge el puto teléfono, llama a Alberto y queda con él, y vive una vida real, joder… Ay, mi culo, quema…
Bien, levanto la vista del portátil y busco el móvil en mi escritorio. Lo encuentro debajo de un kleenex. Escojo entre mis contactos a Alberto Herrán.
―Elvira, no hay papel…
¡Calla, ahora no puedo! Suena el primer tono. Respiro profundamente. Segundo tono. Me muerdo los labios. Tercer tono. Seguro que está viendo mi nombre y no me quiero coger.
―Papel…
¡Cállate! Cuarto tono.
―Ey, Elvira, ¿qué pasa?
Alberto, sí soy yo. ¿Qué tal? ¿Cómo estás?
―¿Elvira?
¿Alberto?
―Elvira, te oigo muy mal.
¿Sí?, ah, espera, que igual es… ¿ahora?, ¿mejor?
―Sí, ahora perfecto.
―Perdona, es que no me había dado cuenta de que estaba en cursiva. No, bueno, te llamaba porque, bueno, había pensado que igual, si quieres, vamos, que un amigo mío acaba de estrenar una obra de teatro en Microteatros, “Pulpa, lechuza, culebra”, ya el título es total, ¿no?, y que, bueno, podríamos ir a verla el viernes, nos tomamos unas cañas allí mismo y la vemos.
―Buuf, no, el viernes no creo que pueda.
―Ah, genial, genial, no pasa nada, tranquilo, de verdad.
―¿Elvira?
―Sí, lo siento, se me fue la cursiva de nuevo. No, vamos, que decía que no pasa nada, que me imagino que habrás quedado con Amaya.
―¿Amaya? ¿Quién es Amaya? ¡Ja, ja, ja, ja! Estás loca, tía. Oye, pero ¿qué te parece si quedamos el sábado? ¿A las siete, allí mismo?
―¡Sí, muy bien! ―Y tapo el auricular para que no oiga el enorme suspiro que acabo de derramar.
―Pues, hasta el sábado.
―Hasta el sábado, Alberto…
Lo acabo de hacer, Elvira, lo acabo de hacer, he quedado con él, y es real.
―Me alegro de verdad, Elvira, pero, por favor, papelito para mi culito…
Venga, vale, ahí lo tienes, justo detrás, en el suelo, para que luego digas que no eres de las que no saben manipular con diminutivos.