miércoles, junio 13

En crisis, sí, pero con amor


Blue Man Group and Venus Hum I feel Love

Elvira esperaba sentada en una silla frente a un pequeño escritorio. El despacho era de Gloria Sampere, coordinadora de estudios en la academia de idiomas Spanish Lessons Track-Madrid. Qué ridículos sonaban todos los nombres de centros de idiomas, pensaba Elvira.
―Perdona, Elvira, por este pequeñísimo retraso ―dijo la coordinadora entrando por la puerta a paso ligero y con la mano ya estirada para saludar a la joven. Elvira llama a este tipo de mujeres: las thermomix, porque se empeñan en hacerlo todo de golpe, para no perder tiempo. Ella es más de a fuego lento.
―No pasa nada ―contestó. Se levantó y le dio la mano, después se volvió a sentar.
―Bueno, vamos a ver. Elvira Rebollo, aquí te tengo ―dijo rescatando de una montaña de papeles el currículum  de ésta―. Vale, pues sí, efectivamente tienes una formación extraordinaria y, bueno, veo que tu experiencia es extensísima, ¿no? A ver, China, Cuba, Francia, sí, sí, sí… Singapur, Estados Unidos y... a ver ―decía sin levantar la vista de las dos hojas―, ahora mismo estás en dos universidades en Madrid, ¿verdad?
―Sí, lo que pasa que en verano no hay cursos, entonces me estoy buscando un poco la vida y…
―Claro, claro, porque el profesor de español es ese ente que divaga, ¿verdad?, por el espacio docente con el sambenito de la maldita enseñanza no reglada. ¿Que qué significa? Libertad para que cada centro ponga sus reglas, pague lo que quiera y extienda contrato siempre y cuando le venga bien. Nosotros no te vamos a hacer contrato, Elvira.
―Ya, no os viene bien.
Gloria se rió y luego añadió:
―Las cosas son así.
―Ya.
―Como te dije por teléfono nos interesas por tus tres años en China. Porque tenemos ahora mismo tres grupos intensivos para estudiantes chinos, y queremos que los lleves tú.
―¿Los tres?
―Los tres. Cada intensivo es de tres horas diarias. Suficiente, porque son iniciales absolutos, si les metemos más horas, los reventamos.
―Pero, perdona ―Agachó la cabeza, se llevó la mano a la frente y se rió un poco nerviosa―. Es que en ese caso, estamos hablando de que voy a dar 9 horas de clase al día.
―Efectivamente. Es un favor que te hacemos.
Elvira abrió los ojos como platos.
―¿A mí? ―Se moría por saber qué entendían por favor.
―No sé si te lo comenté, si no te lo comento ahora y ya está. Mira, la cuestión es que pagamos a 7 euros la hora. Así que te damos la oportunidad de trabajar hasta 9 horas diarias para que te hagas con un salario más o menos rentable, ¿me entiendes? Pero no lo comentes mucho por ahí, porque esto lo hacemos un poco, porque, a ver, comprendemos el currículum que tienes, y nos parece lo más justo.
Pero Elvira ya no estaba allí para contestar. Su cuerpo sí, pero su cabeza había volado hacía rato. Desde bien pequeña tenía el recurso de ahogarse en alguno de sus recuerdos para no sufrir el momento. Y Elvira recuerdos tiene muchos. Siempre piensa que de ser cierto eso de que al morir toda tu vida pasa por delate de tus ojos, en su caso se debería morir por lo menos tres veces, para que le diera tiempo a verlo todo.
Estaba en Las Vegas. Acababa de entrar con su amiga Cristina al teatro del Hotel The Venetian. Recordó que al sentarse Cristina hizo un gesto de dolor. El tatuaje, que se había hecho la noche anterior, le molestaba. Dos dados en movimiento, dibujados en su ingle, era el recuerdo que se llevaba de la ciudad del pecado. Elvira también, se tatuó un lunar en el antebrazo izquierdo, siempre fue muy lanzada. Revivió el nerviosismo con el que las dos amigas se colocaban el impermeable de plástico, que les habían ofrecido en la entrada, y se sacaban fotos con el móvil. Las luces se apagaron y con un estallido de focos fluorescentes, el escenario se iluminó y Blue Man Group hizo su aparición. Vio, de nuevo, a los tres hombres azules golpear tuberías en charcos de colores. Recordar el ritmo de la percusión le agitó el corazón.
―… los grupos serán de 24 ó 25 estudiantes. Sé que son muchos, pero subdividirlos significaría pagar a otro profesor y eso, en estos momentos, es inviable…
A Elvira se le iluminaron los ojos al visualizar, otra vez, el parpadeante  vestido de Annette, la voz de Venus Hum. Ya estaba en el escenario con Blue Man Group y la versión de I Feel Love inundaba el teatro entero.
―…no hay presupuesto para fotocopias, por lo tanto, bueno, no sé si tendrás impresora en casa o si no, te tendrás que conformar con utilizar ejercicios únicamente del manual…
Ooh, it’s so good, it’s so good, it’s so good…, ooh I’m in love, I’m in love, I’m in love…, I feel love, I feel love, I feel love…
―… el manual te lo prestaremos, pero no puedes escribir nada en él, porque en cuanto terminen los cursos, lo deberás devolver…
Ooh, fall and free, fall and free, fall and freeLas dos amigas se perdían entre el papel higiénico que caía del techo. Metros y metros de papel. Carcajadas y gritos… Ooh, you and me, you and me, you and me…
―…entonces, pues no sé, si no tienes preguntas, me gustaría saber si te interesa ―Silencio―. ¿Aceptas las condiciones? ―Silencio―. ¿Elvira?
Elvira la miró sin expresión alguna, extendió los brazos en cruz, alzó la vista y:
―¡I feeeeel looOOOÔÔÔôôooOOÔÔVE!
―¿Eso es un sí…?

viernes, junio 1

Celebrando


 Cena con amigos psicodélicos de Jovana de Obaldía

Gael cumplía 34 años. Había invitado, a cenar en su casa, a cinco amigos para celebrarlo. Disfrutaba siendo el protagonista siempre que podía, así que ese día más que nunca. En la cocina terminaba de preparar las berenjenas rellenas, cuando sonó el portero automático. Eran las 7:35 de la tarde. Gael abrió sin preguntar. Once minutos más tarde, el timbre de su casa. Abrió. Su amiga Elvira al otro lado resoplando.
―Pero, Cari, ¿cómo has tardado tanto en subir?
―Calla, que me he cogido el ascensor, me he equivocado y me he subido hasta el 6º, no me digas por qué. Al bajar se ha parado en el 5º y se ha montado un señor, que ha entrado con un cochecito de bebé, un crío en la otra mano, una bolsa y una silla de playa colgada de un hombro y un paquete de 24 rollos de papel higiénico en el otro. En el 4º nos hemos dado cuenta de que estaba encajonada para salir, así que me ha dicho que no me iba a quedar más remedio que bajar con ellos hasta el garaje. He bajado y el pobre hombre no podía con todo, así que lo he ayudado con la bolsa, la silla y el papel para cagar hasta el coche. Y luego, me he vuelto a coger el ascensor y otra vez para el 6º, vale, sí, no me digas por qué. Y por miedo a que en el piso de abajo se subiera la mujer del tío del 5º, con más niños, sillas y celulosa, pues me he dicho: me bajo andando.
Elvira vivía en un mundo paralelo a éste. Muy similar, cierto, pero paralelo. Estaba enamorada del hecho de estarlo. Su última conquista, una farola de la madrileña calle San Andrés. A las cuatro de la mañana del sábado pasado, se había amarrado a ella al grito de “eres la luz que necesito en mi vida”.  Pero cuarenta  minutos antes había mandado un sms a Ernesto, su anterior última conquista, que rezaba “déjame ser tu bambalina”. Como es actor, como es actor, explicaba repetitivamente a sus dos amigos girando la esquina en Espíritu Santo, que, dicho sea de paso, poca fue la inspiración que le aportó el lugar.
En la cocina Gael siguió con las berenjenas y Elvira colocó las dos botellas de vino, que había traído, sobre la encimera.
―¿Va a venir Ernesto?  ―preguntó la chica fingiendo, por su tono de voz, que poco le importaba la respuesta.
―¡No, Elvi, no va a venir! ―contestó cabreado. Metió las berenjenas al horno, se limpió las manos con un trapo y con algo más de paciencia continuó―: Cari, me da mucha vergüenza decirte esto, pero me ha pedido que no le mandes más mensajes que…
―¡Pero si no le mando!
―¿Y qué es: déjame ser tu bambalina?
―Como es actor… como es actor, pues pensé que tenía su gracia, ¿no?
―¡Pues no! ¡Lo tienes harto!, ¡hasta las narices! ¡El lunes me volvió a llamar! Que dile, macho, que ya está, que me deje tranquilo, me decía. ¡Que lo dejes tranquilo! ¡Que no seas pesada! Chica, me pones en una situación que no sé cómo defenderte. ¿Me oyes? ¡Pues se acabó Ernesto! ―Elvira recolocaba una y otra vez las botellas sobre la encimera sin decir nada―. Elvi…
―Si vamos a tardar en cenar es mejor meter el vino en la nevera, en la parte de abajo, donde las verduras, porque con este calor va a ser un asco beberlo así.
―Cari, pero ¿en qué mundo vives?
Pues en el paralelo.

A la 1:20 de la mañana, Gael y sus cinco amigos se habían terminado las berenjenas rellenas, las dos botellas de Elvira, las tres de Sacha y Martín, la docena de cervezas de David, y el Cava de Sergio. Y la cosa estaba de la siguiente manera: David contaba que Adriana ahora decía no querer firmar los papeles del divorcio. Elvira aseguraba estar enamorada de Sacha. Sacha explicaba a Elvira que Martín era su marido. Y Sergio insistía a Gael que él mismo bajaría a por más cerveza donde los chinos.
A las 2:30 de la mañana, Adriana había llamado por teléfono a David, después de recibir un amenazante sms suyo, para decirle que era un grandísimo hijo de puta. Elvira aseguraba estar enamorada de Sergio. Sergio explicaba a Elvira que adoraba a su novia Maika. Martín pedía a Sacha que bajara a por más cerveza donde los chinos. Sacha se lo pedía a Gael y Gael exigía a todos sus comensales que le felicitaran por decimoctava vez.
A las 3:40 de la noche, David contaba que Adriana era una tía retorcida y llena de complejos. Sacha y Martín se lo estaban montando en el baño. Sergio, subido en una silla, se jaleaba a sí mismo porque había conseguido 90 puntos en Apalabrados. Elvira aseguraba estar enamorada de Gael y Gael pedía a Elvira que le soltara la pierna, porque tenía que bajar donde los chinos a por más cerveza.
A las 4:15 de la noche, David afirmaba que Adriana era la mujer de su vida. Gael fotografiaba a Sacha sin camiseta. Martín preguntaba a Sergio por su nick en Apalabrados. Sergio le gritaba su nick mientras corría al baño porque decía que se cagaba. Elvira aseguraba estar enamorada de la cerveza y, como acto de amor, les anunció a todos que bajaba a por más donde los chinos.
Elvira tardó once minutos en llegar a la tienda de los chinos de abajo, y es que sin saber por qué, al coger el ascensor, subió primero al 6º.
Preguntó por las cervezas. El chino de la caja le señaló la nevera del fondo. Elvira se acuclilló ante ellas. Intentó coger primero un pack de 12 latas de Mahou y al ver que no podía, se decantó por dos de 6 de San Miguel. Al darse la vuelta cargada con las cervezas, lo vio. Ernesto estaba apoyado en el mostrador de la caja registradora con la cabeza baja, parecía esperar al chino. Elvira dio un paso atrás y se colocó al otro lado de la estantería de pan de molde. Ernesto ahora miraba hacia la calle y Elvira lo miraba a él. El chino volvió y le dio dos paquetes de tabaco. Ernesto sacó su cartera. Algo le dijo el chino y él se rió. Elvira apretó los labios. Ernesto, después de pagar, se guardó de nuevo la cartera en el bolsillo de atrás del pantalón y, sin demasiada simpatía, se despidió del comerciante y salió de la tienda. Elvira apiló los dos packs de cerveza en el suelo y se sentó sobre ellos. Estiró las manos y se las miró. Se ajustó su enorme anillo en el anular de la izquierda y tragó saliva con dificultad.
A las 4:43 de la noche, Elvira aseguraba, al chino de la caja, estar enamorada del hombre que acababa de salir, y el chino de la caja le decía que eran 5’40 euros.

jueves, mayo 17

Basura


Woman fallen in the garbage bin

Elvira pegaba el segundo trago a un Ossian 2009, mientras daba vueltas, con una cuchara de palo, a la cazuela de arroz con leche que estaba preparando. Dejó la copa en la encimera y miró la botella. Sonrió. Cómo se alegraba de tener amigos tan espléndidos como Gael. Las cosas no le estaban yendo demasiado bien, pero aquel momento en la cocina lo compensaba todo.
―¡ELVIRAAAAAAAA!
El grito que ascendió por el hueco de la escalera hizo que Elvira se precipitara a abrir la puerta de la calle, y se asomara a la barandilla del descansillo.
―¿Guillermina? ―preguntó al ver a la vieja del segundo mirar hacia arriba desde su rellano.
―¡La basura, hija mía!
―Ay, coño, la basura… ―farfulló mientras entraba de nuevo en casa. Apagó la vitrocerámica, cogió las llaves, salió y, tras cerrar la puerta, bajó las escaleras de dos en dos.
―Pero, hija mía, si son casi las diez de la noche…―recriminó la anciana a Elvira, cuando ésta ya hubo llegado al segundo piso.
Guillermina Barroso tenía 83 años y era la vecina del segundo izquierda. Vivía sola y Elvira  le sacaba la basura los martes, jueves y domingos para que ella no tuviera que andar subiendo y bajando esas viejas y desniveladas escaleras.  Desde que murió su abuela, Elvira encontró en Guillermina a ese alguien a quien querer porque sí.
―Que se me ha pasado, Guillermina, que ando fatal de la cabeza…
―Pues haberme dicho y habría avisado a Felipe. Bueno, ahora bájame la basura que ando inquieta, no vaya a ser que pase el camión.
Elvira cogió la bolsa, echó un suspiro, miró a la vieja y se apoyó en la barandilla con gesto de derrota.
―Guillermina, ¿conoce esa sensación de haber dejado las ventanas abiertas de casa para ventilar, marcharse a hacer unos recados y al volver encontrarse con que está todo patas arriba? Usted sólo quería refrescar la casa y el viento se la desbarajustó por completo.
―Yo si salgo a los recados lo cierro bien todo, que nunca se sabe.
―¿Pero me entiende?
―Hay que ser más precavida, hija mía.
―Eso debe ser. Hoy visité a una amiga cuando salí de la universidad, y me ha tenido un buen rato tocando el timbre. ¿Por qué no me abrías?, le he dicho. Mujer, estaba hablando por teléfono, además ¿qué han sido, tres minutos? ¡Sí, tres minutos!, y me parece ya mucho. Porque ¿qué haces delante de una puerta durante tres minutos?, ¡nada, sólo mirarla!, ¡esperar a que alguien te abra!, ¡es un tiempo perdido! No sé, a veces me da la sensación de que llevo toda la vida esperando a que alguien me abra la puerta… ¡Pero sólo me encuentro portazos! ―Hizo una pausa. Miró a Guillermina y comenzó a hablar en un tono más relajado―. Ayer leí una crítica a mi novela que decía: “nunca imaginé que una chica de Bilbao pudiera ser tan banal”. Es decir, que si hubiera sido de Murcia podría ser banal tranquilamente, pero siendo de Bilbao, ay, no, no, no, ¡eso sí que no! Guillermina, explíquemelo, porque no lo entiendo. Y así con todo. Me doy cuenta de que la gente te va coartando estableciendo sus propias reglas. Bilbao y banal, no casan, señores, por lo tanto Elvira Rebollo es una pésima escritora. ¡Si lo llego a saber le habría pedido a mi madre que me pariera en Cuenca! ―Se colocó un mechón de pelo detrás de la oreja y suspiró de nuevo―. Mi psicoanalista dice que debo tomar la responsabilidad de mi vida, y llevo año y medio intentándole explicar que lo que quiero es delegar, porque estoy agotada, agotada de que no me abran la puerta. No sé, supongo que él también pensará que soy banal, aunque no creo que ponga como excusa lo de Bilbao. Banal sin más, por las tonterías que le cuento. A veces, cuando estoy en su consulta tengo miedo de que explote, porque esto de alimentarse del dolor ajeno no puede ser bueno, ¿verdad? Lo convierte en una persona muy poco humana. En una piedra. La piedra de la paciencia. ¿Lo ha leído?, yo tres veces, se lo tengo que dejar, Guillermina, se lo tengo que dejar... Creo que es uno de mis libros favoritos, y La ciudad y los perros, y La campana de cristal, sí, también. Te deja sin aliento. Pobre Esther, pobre Sylvia… ―Dejó la bolsa de basura en el suelo y miró la puerta de la derecha―. Vaya, si Felipe sigue escuchando la tele tan alta, se va a quedar sordo. Yo prefiero la música. Antes, justo antes de bajar, preparaba arroz con leche, y escuchaba a Nina Simone. A Etienne, ya sabe, el novio francés que tuve, ya le he contado varias historias de él, pues bueno, a Etienne le encantaba Nina Simone, quizá por eso la estaba escuchando hoy. Me he dado cuenta de que desde que me dejó, me paso la vida buscando un sustituto, y luego, cuando lo encuentro, me paso la otra media pensando en cómo dejarlo. Porque me aburren. Guillermina, de verdad, ¡me aburren soberanamente! Lo siento, pero es así. Etienne tenía las tres únicas cosas que pido en un hombre: inteligencia, sentido del humor y que luego en eso, ya sabe, en el tema, vamos, en el trikitriki, sea un genio. Y Etienne lo era. Me dejó dos veces inconsciente, ¡inconsciente! ―Inspiró profundamente y se retiró todo el pelo hacia atrás―. La gente dice chorradas como que lo más importante en un hombre es que sea buena persona y que te quiera, ¡pues para eso me compro un perro! ―Chasqueó la lengua―. Aunque mira, igual ése es mi problema, porque no espero a que me quieran. Me conformo con querer sólo yo, y eso no puede ser, ¿verdad? No, no puede ser, así me va…, así me va…, llamando a puertas que nunca se abren, mientras, tonta de mí, me dejo todas las ventanas abiertas. No sé ―Pausa―. De verdad que no lo sé, Guillermina… ―Otra pausa―. Pero usted me entiende, ¿no? ¿Me entiende o no me entiende, Guillermina?
―Pues qué sé yo, hija mía, pero ¿me vas a bajar la basura o le aviso a Felipe?
 

viernes, mayo 11

Viviendo, jugando


 Trilce de Sofia Serra

Elvira no tiene miedo a la muerte. Está más que convencida de que morirá joven. A los 40 dice. Ser tan absolutamente consciente de que morir no te importa, hace que construir el sentido a la vida, sea un esfuerzo titánico.
Tenía 22 años cuando un amigo suyo, después de terminar el pintxo de tortilla en la cafetería de la universidad, dijo que se marchaba. Se levantó, se desplomó y se murió. Nada ha podido justificar aquella muerte. Se levantó, se desplomó y se murió.
Elvira convirtió su vida en un juego en el que, tarde o temprano, dejaría de echar los dados.

―Es un tío raro.
―¿Quién? ―preguntó Elvira a Kayla, su compañera de departamento, que estaba, en ese momento, en su despacho. Las dos, profesoras treintañeras, trabajaban en una universidad de West Virginia.
―Darrell Crow.
Elvira se levantó de su mesa y se acercó hasta la puerta, desde donde su compañera veía cómo Darrell introducía las monedas en la máquina de café.
―No sé, no lo conozco ―contestó Elvira.
―¿A Darrell Crow?, ¡claro que lo conoces!, pero si tiene el despacho a la vuelta del pasillo, y he sido testigo de cómo has intentado sacarle conversación en el ascensor, ¡Darrell Crow!
―Sí, sí, sí, sé quién es, pero no lo conozco. No sé si es raro o no.
―Es raro. Tiene 37 años y parece de 50. No habla con nadie. Siempre va con esos mocasines, ¡aunque haga -20º! Es raro.

Elvira tenía revisión de exámenes. Cuatro estudiantes esperaban sentados en el suelo del pasillo frente a su despacho. Un quinto estaba dentro, apoyado en su mesa, intentado convencerla de lo mucho que había estudiado.
―Si yo lo sé, Nathan, pero este examen no tiene un medidor de esfuerzo, sino de conocimiento.
El sonido de unas pisadas arrastradas hizo que Elvira ladeara la cabeza y mirara hacia el pasillo. Vio a Darrell Crow llegar a la máquina de café y echar unas monedas.
―¡El señor Crow! ―exclamó Nathan―. Ése sí que es un buen profesor. No hace exámenes a sus estudiantes. Dicen que valora  sólo la actitud en clase. Debe ser un tío genial.
―Tiene que ser difícil poner una nota sobre una actitud, ¿no? ¿Qué nota te pondría a ti, si te pasas toda la clase dormido? Con mi método tienes por lo menos un 53/100, ¡no está mal! ―Y devolvió el examen a su estudiante con una sonrisa―. ¡Siguiente! ―Nathan salió, pero nadie entró―. ¡Siguiente! ―Nada―. Se levantó y se acercó a la puerta. Allí vio cómo sus cuatro estudiantes miraban a Darrell Crow, que se había quitado un zapato para guardar en él las monedas que la maquina le había devuelto. Elvira no dijo nada, simplemente avisó a su alumna Penny de que entrara.
―Pobre señor Crow… ―dijo Penny sentándose en la silla que estaba junto a la mesa―. Es que últimamente parecía algo mejor. Mi prima iba en el avión, ¿sabe?
―No…, no, ¿qué avión? ―preguntó Elvira buscando el examen de su estudiante.
―En el avión. El que cogió de Huntington a Charlotte. Iba a hacer una entrevista de trabajo. Mi prima, no el señor Crow. El señor Crow iba con su novia. Y pasó.
―¿Qué pasó?
―¿No sabe lo que pasó en el avión?
―¡No, Penny, no sé lo que pasó en el avión! ―Su alumna la miró sorprendida―. Perdona, estoy un poco cansada. A ver, ¿qué pasó en el avión?
―Pues hará de esto casi 6 años. En el avión, nada más despegar, la novia del señor Crow empezó a decir que se encontraba mal. Mi prima, que estaba sentada justo detrás, le dio su botellín de agua, y parece que se sintió mejor. Y cuando el avión se estabilizó, su novia dijo que quería ir al baño. Se levantó, se desplomó y se murió. Tuvieron que aterrizar en Charleston de urgencia. Se levantó, se desplomó y se murió.
Elvira respiró hondo. Sacó el examen de Penny del montón y se lo dio.
―Bien, échale un vistazo y me preguntas las dudas.

Elvira raspaba una moneda contra la máquina de café.
―¿Perdona?
―Oh, Darrell, hola. Parece que la máquina no me la acepta, no sé por qué…
Darrell Crow se quitó su zapato. Metió la mano en él y sacó un par de monedas.
―Toma, prueba con éstas ―dijo ofreciéndoselas a Elvira.
―Oh, gracias… ―Extendió la mano un tanto indecisa y tomó las monedas. Las miró y luego se volvió a dirigir a él―: Pero tú primero, que… no sé, igual tienes más prisa que yo.
Darrel Crow asintió con la cabeza. Se colocó delante e introdujo el dinero por la ranura. La máquina comenzó a preparar el café. Elvira detrás, observaba las monedas en la palma de su mano y en silencio esperó su turno.

viernes, abril 27

Reina y media


 Película: Nueve reinas de Fabián Bielinsky
―Oye, mira que la primavera no parece que termina de llegar, ¿eh?
Levanto la cabeza de los exámenes que estoy corrigiendo, y veo como una menuda mujer, de unos 60 años, deja su taza de café en mi mesa. La miro, me sonríe, se da la vuelta, y de la barra del bar coge el cruasán a la plancha, que le acaban de preparar, y un vaso de zumo. Se acerca de nuevo y lo coloca todo sobre la mesa, apartando mi cortado y mi vaso de agua. Giro la cabeza a mi derecha, tres mesas libres; y a mi izquierda, dos.
―Perdone… ―digo conteniendo esa rabia pastosa que me produce la gente que invade mi espacio.
―La primavera. Un asco de primavera, hija. ¿Cuándo se ha visto en Madrid semejante lluvia? ¡Ni que estuviéramos en Galicia!
―Disculpe ―Lo intento de nuevo―. No sé, pero… ―Y señalo con la vista las mesas libres.
―Oh, ya, perdona, te estoy molestando, ¿verdad? Siempre me pasa ―Bebe un poco de café―. Que te crees que todo el mundo disfruta de la compañía, pero eso al final es algo tan personal, ¿verdad? ―Parte un trozo del cruasán y se lo mete a la boca―. Fidel siempre me decía lo pesada que soy, pero ya se sabe que los hombres a cualquier cosa que pronuncie más de dos palabras seguidas lo llaman pesada ―Me río―. ¡Ves!, sabes que tengo razón ―Come otro poco del cruasán y lo acompaña con un trago del zumo―. Ay, hija, que no me pasa ―dice carraspeando mientras se golpea el pecho―. ¿Te puedo coger un poquito de agua?
Le ofrezco el vaso.
―¿Fidel es su marido? ―A ver si contestándome se termina de atragantar.
―Pues sí, hija. Murió las navidades pasadas.
―Cuánto lo lamento ―Vaya, ahora sí que me siento mal. La pobre mujer sólo quiere compañía y aquí estoy yo con mi cara de ajo.
―Un infarto, ¿sabes? Bueno, no es que fuéramos el matrimonio perfecto, ¿verdad?, pero oye, que 43 años casados, son muchos años, y lo que te decía, que es compañía… ―Suspira y pega un sorbito de café―. Y te haces. Te haces a sus cosas, a sus manías principalmente, y entonces dejan de ser manías para convertirse en costumbres diarias, de las que te haces cargo sin percatarte de que realmente las estés haciendo, ¿verdad?
―Ya ―No la termino de entender, pero asiento con la cabeza. Me da pena la mujer, pero no estoy para muchas explicaciones y, desde luego, no quiero que su desayuno se convierta en almuerzo.
―Luego los hijos que te crees que están ahí, pero hace ya mucho tiempo que se fueron.
―¿No viven en Madrid?
―Sí, los cuatro ―Se termina el zumo, y parte otro cachito de cruasán―. La mayor en Arturo Soria, casada y dos críos. Los nietos, mis nietos, vamos. No sé, que la gente se emociona con los nietos, y yo qué quieres que te diga, que bien, que los quiero, pero como a mis hijos no. Eso te lo tengo que decir. Un hijo es un hijo y un nieto es un nieto.
―Ya.
―¿Tienes hijos? ―me pregunta llevándose a la boca más cruasán.
―No.
―Muy bien. No los tengas. Sufres sí o sí. Si están bien, porque están bien y si están mal, porque están mal.
―Ya.
―Pero llega un momento que te hartas de sufrir y dices “hasta aquí”, y los dejas que hagan su vida y tú haces como que tienes la tuya, ¿verdad?, pues con tus cosas, ya sabes. Y todo parece que está equilibrado y de repente tu marido se muere, y pocas son las cosas que puedes hacer para seguir fingiendo que tienes tu propia vida, pocas cosas, hija mía… ―Suspira de nuevo. Coge la taza de café y me mira, baja la vista y bebe―. ¿Qué hora es, bonita?
―Las once menos veinte.
―¡Madre mía, es tardísimo! ―Termina el cruasán pinchando dos trozos a la vez. Y con la boca todavía llena se levanta―. Ya sabes, mis cosas…
―Claro ―digo con una sonrisa.
―Pues muchísimas gracias, hija. Menuda compañía me has hecho. Así, a lo tonto, a lo tonto, pues como que he desayunado como nunca, pero como nunca, vamos. ¿Y tú?
―Sí, también ―Pobre, ¿qué le iba a decir?
La veo acercarse a uno de los camareros de la barra, se da la vuelta y señala la mesa. Me miran. Sonrío. Bajo la vista y vuelvo a mis exámenes. Releo la última pregunta que estaba corrigiendo. Me doy cuenta de que me he perdido, así que empiezo de nuevo.
Pasa el tiempo. Me he terminado el café hace rato. Escribo en rojo un 73/100 en lo alto del último examen. Miro el reloj. Las once y media. Guardo mis cosas. Con la chaqueta ya puesta y el bolso colgado, me levanto y voy a la barra.
―¿Me cobras, por favor? ―pido a uno de los camareros.
―A ver, mesa 7, ¿verdad? Pues son 11’75, guapa.
―¡¿Por un cortado?!
―El cortado y el desayuno de tu madre.
―¿Mi madre?, ¿qué madre? ―Me giro, miro la mesa y me vuelvo a dar la vuelta absolutamente incrédula―: Madre no, es hija, hija de la gran p…

domingo, abril 22

Linda boquita y verdes mis ojos

 A couple in the Art de Kristina Laurendi Havens

Son las tres de la mañana. Estoy tumbada boca arriba en mi cama, con las piernas flexionadas. Me acabo de poner unas bragas y una camiseta de tirantes.
Miro la oscuridad de fuera a través de la claraboya que tengo sobre mí. Me estoy acordando de Almudena. Esta mañana hemos tomado un café. La he encontrado bien. Han pasado casi tres años desde que José la dejara y desapareciera sin más. Quien lo debe llevar peor es el enano. Cumplió 5 años hace dos semanas, y está en la época en que pregunta por su padre. Me contaba Almudena cómo ayer mismo, en la hora de la cena, el crío le suplicó que fueran al parque, porque igual algún niño se había dejado a su padre y, ahora, ese padre estaría solo y perdido por el parque, y así, tanto Almudena como él lo podrían llevar a casa y quedárselo, total si estaba perdido nadie se daría cuenta. Me pregunto cuántos años llevo buscando al mío.
 Respiro, ladeo la cabeza y observo a Ernesto que está sentado a mi lado, desnudo, con un cigarro apagado en la boca.
―Cielo, necesito fumar ―dice con la vista al frente.
―No me llames cielo.
―Infierno, necesito fumar.
Me río, Ernesto siempre me hace reír. Lo conocí hace un par de meses en una fiesta multitudinaria en casa de Gael. Es actor, adicto a los ansiolíticos y cree que la belleza está en la asimetría, por eso me eligió a mí de entre todas las mujeres de aquella fiesta, piropo que me sigue costando digerir a día de hoy.
―Pues ya sabes, al ventanuco ―digo señalándole la puerta del baño.
―Es patético fumar allí, me siento un presidiario. Por mucho que odies el tabaco, debes entender que es sagrado el cigarro en la cama después de un polvo.
―¿Qué polvo?
―Touché. Me voy al ventanuco.
Se levanta, se pone los gayumbos, me besa en la cabeza y va al baño.
―¡Cierra la puerta! ―grito―. Que siempre se cuela algo de olor y no lo soporto.
―Pero si la cierro no te oigo.
―No te voy a hablar.
―Ah, entonces eres tú la que no me oyes. Pues lo que te estaba diciendo…
Me río y él me guiña un ojo.
Me cambio de lado de la cama para poder verlo. Abre la diminuta ventana junto a la ducha y se enciende el cigarro. Pega dos caladas seguidas y echa el humo por la nariz. Extiende el brazo con el cigarrillo por fuera de la ventana y me mira.
―Tienes la boca muy pequeña ―me dice sonriendo.
―¿La boca pequeña? ―pregunto sentándome en la cama―. ¿Qué coño significa eso? ¿Algo que objetar con lo sucedido hace 10 minutos?
Ernesto suelta una carcajada.
―Es un halago, tonta ―dice.
―Piropos Made in Ernesto... ―contesto resoplando.
Linda boquita y verdes mis ojos.
―Ernesto, El hombre que ríe.
Para Elvi, con amor y sordidez.
―Touché ―digo con media sonrisa.
En el bote.
Me río con ganas. Le pido con la mano que vuelva a la cama. Apaga el cigarro en el lavabo y sale con él en la mano, lo tira en la basura de la cocina y se sienta en el borde de la cama. Levanta el brazo y toca la inclinación del techo.
―La casa se hace demasiado pequeña ―dice.
―Como mi boca ―digo encaramándome a su espalda.
―Hace calor…
Le beso el cuello y luego le pido que me mire, y sus ojos me confirman que Ernesto es de esos hombres a los que besarlos no te sacia, porque sabes que nunca están contigo mientras lo haces.
―Espera, abriré una ventana ―Me levanto y abro una de las claraboyas―. ¿Notas el aire?
―Algo.
Lo veo inclinarse hacia adelante. Apoya los codos sobre sus rodillas y esconde la cabeza entre las manos.
―Cielo, me voy a marchar.
―Pensaba que dijiste que hoy te quedarías ―digo mirándolo desde atrás.
―Sí, sí, lo dije, pero veo que no voy a pegar ojo y… mañana el puto teatro y… que sigo fastidiado del estómago, ya te dije, y… no sé, como no descanse algo, mi día a va a ser una pesadilla de cojones ―Vuelve a tocar el techo abuhardillado con la mano―. Joder, qué pequeño es esto… ―Se da la vuelta y me mira―. ¿Me entiendes, cielo?
―Ya te lo he dicho, no me llames cielo.
―Está bien. Voy a vestirme.
Se viste en silencio. Lo espero apoyada en la encimera de la cocina. Se coloca su chaqueta y me agarra por la cintura.
―Elvira, sabes cómo estoy. Qué es lo que hay ―Me besa y mimosa froto mi mejilla contra la suya―. Todo es un poco absurdo y quizá sea mi culpa, no lo sé, pero creo que seguir invirtiendo tiempo en esto, no nos va a llevar a ningún lado ―Hace una pausa y me coge la cara con las dos manos―. Es frustrante, porque sé que no nos hemos conocido en un buen momento, que si no…, pero tenemos que ser realistas, y de la nada no puede surgir nada.
―El Génesis relata cómo un tío creó el mundo de la nada.
Ernesto se ríe, me retira el pelo hacia atrás y me corrige:
―No, de la nada no. Lo creó del abismo.
―Es lo mismo.
―No lo es ―Me vuelve a besar―. Me voy, cielo.
Me fijo en el intenso verde de sus ojos. ¿Cómo unos ojos tan hermosos pueden derramar una mirada tan vacía?
―Espérame ―le digo―, que me pongo unos leggins y un jersey, y te acompaño a coger el taxi.
―Pero, Elvi, si son casi las 4 de la mañana…
 ―Lo sé, pero con un poco de suerte, a estas horas, igual me encuentro a algún padre solo y perdido.

lunes, abril 9

Entre bambalinas


Salgo del teatro cansado. Son la 1’15 de la mañana. Tomo Gran Vía. Me rasco las manos. Las tengo secas. Cuatro duchas diarias van a terminar con mi epidermis. ¿Y este lunar en el pulgar?, antes no lo tenía, ¿no? ¿Y en la otra? No, sólo tengo los dos en el dorso de la mano. Mañana pido cita para el dermatólogo y de paso unos análisis que los últimos ya fueron hace 4 meses. Que me miren la espalda también. Porque con 39 años no es normal tener este dolor. Si es la ciática de mi padre, me joden la vida.
―Luis, ¿qué me cuentas? ―digo al teléfono―. Que va, acabo de salir… Sí, hoy doble función... Pues destrozado, pero parece que ha ido bien y lleno otra vez… ¿Ah, sí?, no me jodas, no tenía ni idea, cuánto lo siento, ¿os lo dijeron ayer?... Joder, qué cabrones, lo siento, Luis, macho, de verdad… Ya, ya. No, nosotros parece que firmamos por la tercera temporada así que, bueno, contentos… ¿Ahora, dices? Pues, no lo sé… Sí, en Gran Vía. ¿Vosotros?... Ya, en Carbones ―Si me hubiera dicho cualquier otro bar, iba de cabeza, porque ahora mismo mato por una copa, pero Carbones, tanto actor concentrado en tan poco espacio lo vuelven a uno paranoico―. Pues ya me da pena, pero voy directo a casa, que ando jodido de la espalda y mañana toca doblete otra vez... Sí, eso, eso... ¡Venga, Luis!
Guardo el móvil en el bolsillo del abrigo. Me paro a la altura de Callao, y desde allí miro a un Madrid de viernes noche. No cabe un alfiler. Yo no me voy a casa, necesito una copa. Cojo el móvil y doy un repaso a la lista de contactos, habrá alguien me acoja a las 2 de la mañana, digo yo. Veo su nombre y no lo dudo. Lo llamo. Me cuenta que vaya a su casa, que ha montado una fiesta improvisada con cuatro amigos. Me conozco sus improvisaciones y sus cuatro amigos, aun así no me lo pienso dos veces, necesito esa copa. Me enciendo un cigarro y con calma atravieso Callao, bajo Preciados, cruzo Sol y entrando en Carretas me enciendo el segundo. Espero cinco minutos a que me abran el portal. Nada. Me imagino la que se estará liando allí arriba y, por un momento, tengo pereza de subir, no sé si estoy para estas movidas. Qué hostias. Vuelvo a tocar presionando el dedo un buen rato. Sin preguntar nada, me abren. En el descansillo Gael me espera con los brazos abiertos:
―¡Ernestito, vida mía!
―¿Qué pasa, chaval? ―y lo abrazo.
Hacía lo menos 6 meses que no coincidíamos, pero daba igual, el tío seguía siendo tan esplendido como si ayer mismo nos hubiéramos tomado unos tragos.
Entramos. Lo menos hay 30 personas en el salón. Respiro hondo. No estoy muy seguro de si aquello es lo que estoy buscando. Pregunto a Gael por su hermano David, me habían dicho que se estaba divorciando, quería verlo. Pocas juergas nos corrimos David y yo, siendo chavales, en Albacete. Gael me dice que debe estar arriba, en la habitación, lo había visto subir acompañado no hacía mucho. Me cuenta que está viviendo su segunda  adolescencia. Me río, aunque no tengo muchas ganas. Me pregunta cómo llevo lo de mi hermana. No me apetece darle muchas explicaciones, no allí. Le digo simplemente que sigo con antidepresivos y poco a poco. Gael me abraza y dice que me entiende y, aunque yo sé que no, se lo agradezco. Le pido un trago. Me señala la cocina. Entro solo y sobre la mesa me encuentro a dos maromos comiéndose la boca.
―Lo siento… sólo quiero prepararme un cubata y me voy… ―digo con las manos en alto.
―Tranquilo, ojazos, te puedes unir, si quieres…
―Soy hetero… soy hetero… ―puntualizo con los brazos todavía más en alto.
―A nosotros no nos importa…
―¡Buenas, jovenassooooo…!
En la cocina acaba de entrar una chica de metro y medio con una bolsa de Lay’s en la mano, y una pegadísima camiseta de Betty Boop que, por sus tetas, a la Betty nunca le había visto los ojos tan saltones.
―A que lo hago bien ―me dice.
―¿Qué…? ―pregunto mirándole a los ojos… de Betty.
―El acento, el acento mexicano, como el anuncio de las patatas, el de la poli sexy. ¡Buenas, jovenassoooo…!
―Oh… sí, sí… muy bien, muy… muy bien,  ¿eres actriz?
―No, soy profe. ¡Ey, Sacha, déjame las gafas, déjamelas, porfi! ―le pide a uno de los tíos sobre la mesa. Él se las deja. Son unas Ray Ban de aviador. La chica se las coloca y―: Buenas, jovenassoooo…
―¡Bravo, Elvi!
―¡Bravo, cielo, lo bordas!
Los dos tíos la aplauden con verdadera devoción, ya los quisiera yo como público para el teatro.
―¿Sí?, se lo voy a hacer a Gael. ¡Gaeeeeeeeeeel! ―Y la chica sale de la cocina, con las gafas y sus cuatro ojos.
Los maromos me vuelven a mirar.
―Lo siento, chicos, sigo siendo hetero… ―Y no pensaba hacerlo pero, sí, levanto las manos.
Busco un hueco en el sofá del salón y me siento con mi cubata.
―Ey, tú eres el tío de…
A mi lado se está sentando una veinteañera, que me ha reconocido por mi papel en la serie de televisión. Son muchos los años que llevo haciendo teatro, pero nadie me pone cara por ello. La chica me cuenta que también es actriz. Está estudiando en la escuela de interpretación de Cristina Rota. Me rodea con los brazos y me pide que le cuente algo sobre mis compañeros de reparto y, en especial, sobre el director. Sin ser demasiado brusco, le aparto los brazos y le digo que se haga valer. Se levanta indignada y se mete en el baño de la mano de dos amigas.
Me inclino hacia adelante, y pego un trago largo a la copa.
―¡Buenas, jovenassooo…! ―Levanto la cabeza y veo a la Betty Boop de tres dimensiones―. ¡Uy! Perdona, que a ti ya te lo he dicho, ¿no?
―Sí, en la cocina.
―Pues ¿quién me falta? ―dice al aire. Se baja las gafas de aviador y hace un barrido con la mirada a todo el salón. Con gesto de decepción se sienta junto a mí―. Vaya, pues ya se lo dije a todo el mundo.
―¿Y ahora? ―pregunto.
Me mira apretando los labios y frunciendo el ceño. Me hace gracia.
―Pues me voy a mi casa, ¿no…?
Me río. Menudo personaje. Le digo que yo también, pero que me espere a que termine la copa. Nos presentamos. Se llama Elvira. Al decirle que soy actor, me dice que mi cara no le suena, le digo que a mí la suya tampoco y se ríe. Tiene una carcajada contagiosa. Me cuenta que conoció a Gael en una cita a ciegas, que no superó vivir entre renos en West Virginia, que odia a los que dictan lo que hay que leer, que cree que un italiano ganará Gran Hermano, que sueña con volver a Singapur, que su madre la saca de quicio pero que sabe tanto de teatro que seguro que mi cara sí le suena, que come sin sal, que es sorda de un oído pero que le queda el otro, que tuvo que dejar a su psicoanalista porque era mudo, y que la cerveza nunca la toma fría, porque si no, no sabe a nada.
Hace tiempo que he terminado la copa, pero no es aburrido escucharla, así que no digo nada.
―¿Y tú? ―pregunta.
―Yo nada ―dejo el vaso vacío sobre la mesita del centro y le digo que la acompaño a coger un taxi en Sol.
Llegamos a Sol. Me dice que espera coincidir en otra fiesta de Gael, que lo ha pasado muy bien y me desea mucha mierda para mi doblete. No deja de sonreír. No digo nada. Se gira para tomar el taxi. Cojo aire y la agarro del brazo.
―Yo nada, Elvira. Porque mi vida se acabó hace 8 meses. Me gustas, tía, y quiero que nos vayamos a tomar el último trago, y después comerte la boca y terminar en tu casa follando como perros, pero ni sé el tiempo que no se me empalma. Necesito dos pastillas para dormir y cuatro más para arrancar el día. Me paso la semana entre médicos, porque creo que tengo cáncer en todas las partes de mi cuerpo. Y... y no puedo invitarte a mi piso, porque es una puta cuadra, donde el alcohol ha dejado de entrar porque nunca me parecía suficiente ―respiro―. Lo único que tengo es café, tía, no puedo ofrecerte nada más que café, puto café...
―A mí, Ernesto... me encanta el café.
La veo llorar y me derrumbo con ella.

martes, abril 3

Maridaje

 Bodegón de copas de vino y tulipanes de Pilar José Fernández García

Se suponía que el sábado debía haber quedado con Alberto para tomar unas cervezas y ver la obra de teatro de mi amigo en Microteatros. Pero el miércoles por la noche me llamó para decirme que le iba a ser imposible ir. Así que el jueves por la mañana  llamé a Estética Jenni para cancelar mi depilación brasileña, y el viernes por la tarde supliqué a Gael que me sacara a tomar unas cañas. Me bebí las mías, las suyas y las de sus cuatro amigos. A las seis de la mañana del sábado, Gael me metía en un taxi con dirección a mi casa mientras me gritaba que Albertos había muchos. Mentira, sólo hay uno y se sienta  a mi izquierda en el curso de sumiller. Pensaba en ello el domingo a las siete de la tarde, tumbada en el sofá, bebiéndome la última coca-cola y examinándome las puntas del pelo, cuando el móvil sonó. Lo cogí con desgana, pocas cosas me molestan tanto como que me llamen un domingo.
―¿Seeeé…? ―pregunté al número desconocido.
―¿Elvira?
Al oír la voz de Alberto me incorporé en el sofá a toda velocidad, me peiné con una sola mano hacia atrás y me ajusté la goma de la braga. Carraspeé y contesté:
―Alberto, sí, sí. Es que me has pillado aquí, con un lío tremendo, corrigiendo exámenes como una loca ―Hombre, una mentirijilla piadosa, por cuestión de imagen.
―Vaya, trabajando hasta los domingos ―dijo, y yo me reí falsamente.
Me contó que me llamaba desde el móvil de un amigo, que el suyo casi no tenía batería. Que había ido a su casa a comer y que vivía muy cerca de la mía, así que había pensado que quizá me apetecería tomar algo. Le contesté que sí, intentando esconder mi histérico entusiasmo. Dijo que me tocaría el timbre en  quince minutos.
¡¿Quince minutos?!
Puse a todo volumen Tightrope  de Monáe, porque creo que pocas canciones me aceleran tantísimo. Empecé a correr como una loca. Al llegar al baño, me desnudé y cuando vi aquello en mi entrepierna, grité. Decididamente me había dejado las ingles asilvestradas. Busqué una cuchilla e hice lo que pude. Me duché y me embadurné en crema de vainilla. Me puse una falda, me la quité, me puse unos pantalones, me los quité, unos leggins y me los dejé, y cinco cambios de camiseta me hicieron falta para dar con la que me quedaría finalmente. Me sequé el pelo, un poco de colorete, chupa ceñida de cuero, botines negros de 8 cm. de tacón, y después de trece minutos ya estaba, con el bolsito colgado al hombro, esperando frente al telefonillo del portero automático. Sonó. Contesté y bajé pitando las escaleras. Cuando abrí la puerta del portal y lo vi en la calle, apoyado en un coche sonriéndome, me dio un vuelco el corazón. Intenté pensar en cosas desagradables para no mostrarme tan eufórica, pero fue imposible. Aquel biólogo-sumiller me tenía tonta perdida.
Entramos en un bar a la vuelta de la esquina. Pedimos dos cañas, y nos sentamos en los taburetes altos junto a la barra. Me habló de él, de su vida, de su tiempo. Bueno, del poco tiempo que le dejaban las clases en un colegio por las mañanas y las horas en el laboratorio de la Complutense por las tardes, para doctorarse en Fitoparasitología. Defendía la presencia del biólogo en los viñedos y de ahí su último capricho: la sumillería. Le pregunté si, con todo aquello, podía dormir algo. Me dijo que con cuatro horas tenía más que suficiente, pero que no le importaba, porque todo lo que hacía le apasionaba. Quise pedirle matrimonio en ese momento, pero decidí contenerme, no quería correr demasiado, ¿no? Observé sus manos, eran grandes, venosas, morenas, hermosamente masculinas, y luego lo miré a él. Quizá fue la forma en cómo lo hice, no lo sé, pero se quedó en silencio. Agachó la cabeza, dejó la cerveza en la barra con lentitud, cruzó los brazos y me miró.
―Quería hablar contigo, Elvira ―dijo―. Me siento un poco culpable ―Abrí los ojos asombrada―. Verás, creo que he dado pie a algo que no existe ―Empezó el hormigueo en mi estómago, dejé la cerveza en la barra y me lo apreté disimuladamente―. Creo que eres una tía de puta madre, se te ve, vamos, eres muy maja y tal, y quizá por eso empecé con el jugueteo en clase, porque sabía que lo ibas a encajar muy bien y nos íbamos a reír ―¿A reír…?―. Elvira, no creí en ningún momento que te lo fueras a tomar en serio, pero cuando me empezaste a mandar mensajes pues, puff, no sé, vi que algo se me había ido de las manos ―Me mordí el labio inferior por dentro y me estrujaba con fuerza las tripas―. Mira, el curso es muy largo, nos queda más de la mitad y no quiero estropear el buen rollo que hay entre nosotros.
―Claro…―dije rescatando una sonrisa―. No pasa nada, Alberto. Está bien.
―Elvira, de verdad, si estuviera en otra situación, no me importaría intentarlo, pero con el curro, el doctorado… Yo, tía, ahora mismo, no quiero líos de ningún tipo.
Los hombres no quieren líos cuando la mujer que se los propone no les gusta, cuando sí, pierden la cabeza y con los ojos cerrados. Porque los hombres son sencillos y transparentes, por eso los amo tanto. El resumen de lo que Alberto me estaba diciendo era: sé que te gusto, pero tú a mí no. Punto.
Intenté pensar en algo divertido, porque tenía la angustia amarrada a mí y casi no podía articular palabra. Recordé Singapur, ningún lugar me regaló tantos momentos divertidos. Y me vino a la mente la noche en que mi amigo Ankit y yo, después de cenar en Paya Lebar, fuimos al metro, y la calle oscura de atrás de la estación se llenó de murciélagos que revoloteaban sobre nuestras cabezas con un ruido de ratas histéricas. Yo, nerviosísima, saqué el jersey de mi bolso y grité a Ankit “¡cúbrete!, ¡que se enganchan al pelo!, ¡que se enganchan al pelo!”, “¿pero qué pelo me voy a cubrir?”, me decía él, acuclillado en la acera, muerto de la risa, viendo a una loca dar vueltas sobre sí misma con un jersey en la cabeza y sin parar de chillar.
Que se enganchan al pelo, y aquello me bastó para ofrecer una última sonrisa a Alberto y despedirme con dos besos, mientras le prometía que estaba bien y que no se preocupara. Al doblar la esquina, asumiendo la humillación, empecé a llorar.
Cuando entré en casa, me apoyé en la encimera de la cocina, me descolgué el bolso del hombro y lo arrastré conmigo hasta la despensa. La abrí y saqué una botella de Dehesa de los Canónigos, 2007. La descorché y me serví una copa. Y al llevármela a la nariz, supe que haría un perfecto maridaje con la derrota que debía tragar.