domingo, septiembre 9

Zapatos rotos



 Zapatos rotos de Javier Avi

―Jodeeeer… ―dije recogiendo del suelo la mitad de la suela de mi sandalia. La metí en el bolso y, cojeando, caminé las 4 manzanas que me separaban de mi casa.
―¡Me ha vuelto a pasar! ―grité cerrando la puerta.
Joan, que estaba subido a un taburete frente a la claraboya, me miró y se rió al verme con el pie desnudo.
―¿Qué haces ahí arriba? ―pregunté después, dejando el bolso en el sofá y descalzándome el otro pie.
―Te presento mi mesa de calco, ¿ves?, ¡es perfecta! Coloco los dibujos aquí y con la claridad los copio ―dijo mostrándome varios folios pegados con celo sobre la ventana del techo.
Joan se había mudado a Madrid. Oficialmente vivíamos juntos desde hacía casi un mes. Decidió darse una oportunidad con el dibujo. Dejó su criadero de caracoles en manos de su hermano, y se matriculó en una escuela de arte, donde tomaba 20 horas semanales de ilustración tradicional. En casa, se había apropiado de la mesa de la cocina, así que ahora comíamos sobre cojines en el suelo del salón; del flexo de la cama que había colocado sobre la campana de la cocina, encima de su mesa de dibujo, así que ahora teníamos que levantarnos para apagar o encender la luz desde la cama; y de la claraboya, así que ahora miraríamos las nubes a través de sus personajes de ficción.
Y así estábamos viviendo en 30 m², con nuestras mierdas varias, como dice él, tú con tus cuentos y yo con mis monigotes, si es que la Primi nos tiene que tocar, ¿no, nena?
Pero como de momento no nos había tocado, Joan bajó del taburete, sacó el Super Glue de la caja de herramientas y pegó por tercera vez, en un mes, la suela a mi sandalia.
―Tienes que comprarte unas nuevas ―dijo.
Sí, tenía que. Había muchas cosas que tenía que hacer, pero que la falta de dinero no me lo permitía. Le dije que sí con la cabeza, cogí la sandalia ya pegada y la puse junto al ventanuco del baño para que se secase.
Al día siguiente, el despertador sonó a las 7.20. Joan me empujó de la cama, gemí y me arrastré hasta la ducha. Cuando salí, el café estaba preparado. Me vestí, me puse la sandalia buena y la que estaba pegada y salí, despidiéndome de Joan bajándole los calzoncillos. La broma se la repetía cada día, así que con la  resignación habitual, me dijo adiós con sus encantos al aire, desde la puerta. Me reí como una idiota y bajé las escaleras.
Di las clases comprobando, cada dos por tres, que la suela siguiera en su sitio. Respiré aliviada cuando se terminó mi jornada en la universidad y sobre mis pies había todavía sandalias.
Llegando a casa, al salir del metro, ayudé a una mujer a bajar, por las escaleras, el carrito de bebé, y fue en una de estas, cuando entre el: ¿puedes?, sí, sube, espera, no, no, baja un poco, hacia adelante, un poco más, oí el zash-clack. Terminé de bajar el cochecito, le dije adiós a la mujer y al subir de nuevo las escaleras del metro, cogí en el cuarto escalón la suela de mi sandalia. La metí en el bolso y con delicada dignidad cojera, por no decir cojonera, salí del metro. En la calle, me paré ante el escaparate de una tienda china de ropa.
―Hola ―dije al entrar.
―Hola ―me dijo el chino detrás de la caja registradora.
―¿Las sandalias negras del escaparate cuánto cuestan?
―Negras, 7 euros.
―Ya, ¿me las puedo probar?
―Probar, sí. Número.
―El 35.
―No 35, negras no 35.
―Pues, ¿qué color 35? ―Creo que empezaba a hablar como él.
―35 color amarillo y 35 color rojo, no negro 35. Negro no.
―Bueno, las rojas entonces.
Me las probé y me gustaron, así que le dije que me las quedaba. El hombre las colocó sobre el mostrador, mientras marcaba el precio en la máquina.
―7’95 euros ―me dijo.
―¿Cómo que 7’95? ¡Eran 7 euros!
―Negro, 7 euros. Color rojo, 7’95 euros.
―Te doy 7 euros.
―Negro, 7 euros, color rojo, 7’95 euros.
―¡Es injusto! ―grité. Sí, era muy injusto que el IVA hubiera subido el 3%, que Hacienda se retrasara tanto en mi devolución, que el I.R.P.F hubiera pasado del 15% al 21%, que me hubieran subido el alquiler del piso, que mi jefa no me pudiera prometer clases para otoño, que la editorial no me hubiera pagado todavía los derechos de autor, y que la nevera siguiera vacía a pesar del talento de Joan.
― Negro, 7 euros, color rojo, 7’95 euros.
―Sí ―dije, porque igual de injusto era para mí como para aquel hombre. Le di 8 euros y yo misma metí las sandalias en la bolsa de plástico que me había ofrecido. Dije adiós y, cuando me iba a marchar, el comerciante repitió:
― Negro, 7 euros, color rojo 7’95 ―y arrastró una moneda de cinco céntimos por el mostrador, hasta dejarla frente a mí―. Vuelta, coger vuelta.
Llegué a casa semi descalza, con unas sandalias rojas de 7’95 en una bolsa de plástico y una moneda de 5 céntimos en el bolsillo del pantalón. Joan, subido en su taburete, me vio entrar.
―Pero, tontaca, ¿otra vez? Pues no sé si queda Super Glue.
―No importa, si quedan huevos, nos hacemos una tortilla.

jueves, agosto 23

Aprendizaje y condicionamiento




Tenía 18 años y estaba en primer año de la universidad. Estudiaba psicología. Había suspendido todas las asignaturas del primer cuatrimestre, así que estando en el segundo tenía bastante claro que aquello no era lo mío, aun así decidí terminar el curso, simplemente, por curiosidad. Un día, en la asignatura de Aprendizaje y Condicionamiento II, a un grupo reducido de 10 estudiantes nos llevaron al laboratorio y nos asignaron, a cada uno de nosotros, una pequeña jaula, con un comedero en lo alto del que salía un embudo, y una bombillita roja en uno de los costados con un pequeño botón a su lado a modo de interruptor. Dentro de la jaula había una ratita blanca de ojos rojos. Instintivamente metí el dedo entre los barrotes para acariciarla.
―Las ratas no se tocan ―dijo la profesora. Así que me apresuré a sacar el dedo y miré al techo para disimular―. Tenéis delante de vosotros la caja de Skinner ―dijo a continuación―. Debéis conseguir que la rata presione el interruptor junto a la bombilla. Recordad la manipulación de su conducta por medio del estímulo reforzante, en este caso el alimento.
Levanté la mano porque algo no me encajaba y pregunté:
―¿Qué pasa si no quiere comer?
―Querrá, créeme, lleva dos días en huelga de hambre.
La clase se rió y, sin darle mayor importancia, se volcó en sus cajas. A mí, en cambio, se me retorció el estómago. Observé a mi pobre rata, muerta de hambre, chuparse las manitas, luego frotarse el hocico y correr de un lado a otro de la jaula desquiciada perdida. Así que decidí darle de comer sin ningún tipo de criterio. “Come, bonita, come”, le decía.  Tres días más tarde la profesora se paseaba por cada una de las cajas para ver el resultado. Al llegar a la mía, vio cómo una bola enorme de pelo blanco tenía la boca encajada al embudo del comedero diciendo “dame más, dame más, oh, yeah”.
―Eres Elvira Rebollo, ¿verdad?
―Sí.
―Suspendida.
―Gracias.
Bien, suspendida, pero la manipulación de un ser vivo con carencias básicas, me parecía algo aberrante.

Trece años después, conocí a un hombre que me convirtió en ese ser vivo manipulado aberrantemente. Tenía el don de marcar con sutileza cada uno de mis defectos. Así, poco a poco, como el envenenamiento con raticida. Cuando acabó con mi autoestima, me metió en una caja y decidió atenderme y darme todo ese cariño que, según él, nadie había conseguido darme. Era uno de esos hombres tan atentos que me tenía el comedero a rebosar, porque él disponía del hambre que yo debía tener. Qué bueno era, y cuánto me quería. Pero un día no presioné el interruptor y la luz no se encendió. Supongo que si la rata se hubiera revelado dentro de la jaula, Skinner no se lo habría pensado dos veces y hubiera contraatacado activando el suelo electrificado. Porque el objetivo es condicionar, manipular, bien sea con refuerzo positivo o negativo. Y aquel hombre también electrificó mi caja, hasta hacer la convivencia insostenible. Me marcho, le dije, y recogí mi autoestima rota en pedazos y esparcida por toda la caja. Con paciencia la he ido cosiendo hasta convertirla en un original patchwork, como los que hace mi prima.
Ahora estoy enamorada de un chico que viste camisetas negras y que, al poco de conocerme, retiró el comedero y me preguntó directamente:
 ―Nena, ¿tienes hambre?
―No ―respondí, levantando la cabeza del portátil.
Y entonces él dejó que siguiera disfrutando de mi libertad sin ningún tipo de condicionamiento.

sábado, julio 28

La Teoria del Caos Relativo



Con los años te vas dando cuenta de que lo que la gente te atribuía como un gran defecto, para ti se ha convertido en tu maravillosa forma de vida. Hablo del desorden, del caos. Soy desordenada, no por naturaleza, creo que me he ido haciendo así a medida que mi aburrimiento vital iba alcanzando un nuevo máximo. En mi casa nada está dónde se supone que debería de estar, tampoco en mi vida.
En el aeropuerto Internacional de Charlotte, se oye pronunciar mi nombre por megafonía. Levanto la vista de mi móvil y miro al hombre de la mesa de al lado que pega, indiferente, un trago a su café. Mi nombre se vuelve a escuchar por segunda vez. Sí, es el mío, garrafalmente pronunciado pero es el mío, es el mío, es el mío. ¡Coño!, digo en voz alta, cuando por cuarta vez me he repetido que era el mío. Soy de las que procesan con lentitud. Corro hasta la puerta de embarque y, cuando entro en el avión, más de un centenar de pasajeros me reciben entre aplausos. Saludo con la mano en alto y ellos se ríen. Momentos como aquellos son los que te hacen adorar a los americanos. ¿Apurando hasta el último momento?, me pregunta mi compañera de asiento. Sonrío y le digo que sí, lo que no sabe es que ha sido todo culpa del caos que llevo cosido a mis talones.
Nunca he tenido un trabajo fijo, tampoco he visto claro que la ciudad en la que esté viviendo sea la misma en la que vaya a vivir dentro de un año, o no piense que el hombre, que hoy duerme en mi cama, tenga todas las papeletas para que, dentro de un par de meses, lo haga en la suya.
De esto no eres del todo consciente hasta que tu amiga  de la infancia, que tiene una vida antagónica a la tuya, te llama para proponerte algo que le llena de ilusión pero a ti, sinceramente, ni te va ni te viene.
―¿Celebrar los 30 años de amistad? ―pregunto incrédula sujetando el móvil con el hombro porque me estoy pelando un plátano.
―¡Siiiiiiií! ¿No es genial? Nos vamos las 7 amigas de toda la vida, ¡30 años de amistad! Te digo fechas: del 13 al 17 de agosto. Hemos alquilado una casita en el sur de Francia, sale a 200 euros por cabeza, pero la casa es ideal, con piscina y todo, ¡imagínate!
Y sí, me lo empiezo a imaginar: 200 de la casa, más 100 de comida, más 100 de bebida…
―Y tenemos que hacernos regalo de la amiga invisible, pero no más de 50 euros, ¿vale?
Más 50 del regalo de la amiga invisible…
―¡Me muero de ganas, Elvi! ¿Tú no?
Me meto el plátano en la boca y me pregunto si yo realmente soy de Bilbao. Porque el orden y la simetría con la que vive la gente de Bilbao es cuanto menos de asustar. Nacen; van al cole; veranean en un pueblo a 20 kilómetros de Bilbao; van a la universidad; se enamoran de alguien de la universidad, o de la cuadrilla del pueblo, o de la cuadrilla de tu hermano o hermana, o del amigo de la cuadrilla de verano del de tu cuadrilla de invierno; trabajan; se compran una casa; se casan; tienen hijos que van al mismo cole al que iban ellos cuando eran pequeños; y veranean en el mismo pueblo a 20 kilómetros de Bilbao. Los admiro porque viven perpetuos en el día de la Marmota y eso los hace inmensamente felices. En cambio yo, que vivo en el más absoluto caos, me lamento cada martes a mi psicoanalista de odiar la cotidianidad, porque sé que con poco que me gustara, viviría algo más contenta o por lo menos más tranquila.
Me trago el plátano y le digo que me da mucha pena, pero que este verano no cuento con vacaciones. Me callo decirle que aunque tuviera, ese presupuesto se me escapaba de las manos, absurdo comentárselo porque ella no lo entendería. Dejo el móvil sobre la mesa de la cocina y tiro la cáscara de plátano a la basura y, mientras lo hago, veo el fondo de toda aquella mierda, y pienso si no estaré dirigiendo mal mi vida. Retiro el pie del pedal y la tapa de la basura se cierra. Es martes, son las 6 de la tarde y voy a ver a mi psicoanalista.
Le digo que me odio, que cada vez me entiendo menos, que se me hace difícil buscar motivación en mi vida. Me dice que si necesito otro kleenex, lo puedo coger. Le digo que no tiene sentido seguir luchando, que he decidido abandonar. Me dice que es la hora y que recuerde que en julio se va de vacaciones, que me llamará en agosto.
Salgo de su consulta desechando la idea del suicidio. Lo haré en otro momento, cuando mi psicoanalista esté más receptivo, porque hacerlo así, sin que nadie te jalee, sería como llegar tarde a un avión, pero no de American Airlines sino de Lufthansa, y que ninguno de sus pasajeros alemanes te aplaudiera al entrar. El error no tendría gracia.
Entro en el supermercado. La desidia se traga mejor con algo rico que lo acompañe. Estoy pesando tres tomates metidos en una bolsa de plástico, cuando una voz a mi izquierda hace darme la vuelta. Es un chico treintañero, pelo corto y barba, pendiente en la izquierda y pulsera de cuero, lleva una camiseta negra de Motörhead, pantalones estrechos vaqueros y unas Converse negras también. Está cantando a un volumen bastante alto. Me quedo mirándolo. Se gira, me ve y se quita los auriculares de su mp3.
―Es Tesla, ¿te gustan? ―me pregunta.
―No sé, no los conozco ―respondo, y pego la pegatina del precio de los tomates a la bolsa de plástico.
―Seguro que te gustan, toma ―dice ofreciéndome uno de sus auriculares. Lo rechazo con la mano. Meto los tomates en el carrito y me marcho.
Esperando en la cola para pagar, oigo gritar a alguien detrás. Es el chico de Motörhead que, con la mano en alto, no deja de saludarme.
―¡Ey, guapa! ―Atónita veo cómo se salta la cola de las 7 personas que están detrás de mí. Se coloca a mi lado y espontáneamente me da un beso en la mejilla―. ¡Tontaca, que no te veía! Es que venimos juntos ―explica a la señora de atrás que lo mira con desconfianza.
No digo nada, miro al frente y flipo en silencio. A la hora de pagar dejo que pase delante, me lo quiero quitar de encima. Cuando termina, y lo veo salir del súper, me tranquilizo. Pero cuando salgo, me doy cuenta de que me está esperando fuera fumándose un cigarro.
―¡Ey, tontaca, aquí! ―dice llamando mi atención. Suspiro y voy hasta él. Déjame en paz, le digo―. Oye, tía, que voy de buen rollo y sólo quiero invitarte a una caña, qué menos después de haberme colado, ¿no?
―¡Te has colado tú solito!
―Se te pone una cara todo extraña cuando te enfadas. A ver si con unas cañas se te vuelve a estirar, ¡venga, vamos!
Me hace gracia, aunque me aguanto la sonrisa. Lo acompaño y nos sentamos en una terracita cerca del supermercado. Coge mis bolsas y las coloca en una silla vacía. Con las cervezas ya en la mesa, se enciende otro cigarro y me cuenta que se llama Joan, que es de Barcelona, pero que está en Madrid porque uno de sus mejores amigos se acaba de separar y anda todo chungo. Tiene una granja de caracoles que lleva con la ayuda de su hermano, pero a él lo que realmente le gusta es dibujar, dice que le encantaría ilustrar libros infantiles. Es pura simpatía, desborda energía, me hace reír a cada rato, me gusta.
―Me gustas ―dice.
―¿Ya se me ha estirado la cara? ―se ríe.
―Invítame a tu casa ―Niego con la cabeza, arrugando otra vez el ceño―. Que no, tontaca, no lo digo para pasar la noche, no voy por ahí.
―¿Y por dónde se supone que vas?
―Mañana mi amigo se marcha a Santa Pola y yo vuelvo a Barcelona, si me invitas, me quedo.
Nuevamente el caos toca a mi puerta.
―¿Roncas?
―No ―contesta.
Así que decido abrirla.
Ocho días más tarde lo miro durmiendo en mi cama. Abre los ojos:
―Hola, tontaca…
―Hola, tontaco…
Y algo me dice que este hombre tiene todas las papeletas para que, después de dos meses, siga durmiendo en mi cama, porque ha hecho darme cuenta de lo mucho que amo el caos en mi vida.

domingo, junio 17

Princesas caídas


 Fallen Princesses. Snowy de Dina Goldstein

Creo que el mayor error en el amor es intentar meter la estrella en el agujero del cuadrado. O lo que es lo mismo, besar compulsivamente a sapos creyendo que te harán princesa, y no al revés.
Lunes
―¿Salva? Soy yo, Elvi, oye que te llamo por si te apetece hacer algo después, no sé, ¿un cine?
―Guapa, es que no te lo vas a creer, ¿oyes eso?
―¿Los martillazos?, sí.
―Pues que tengo a los fontaneros en casa, que me cortaron el agua y no puedo salir, porque llevo desde el viernes sin ducharme.
Martes
En una terraza de la madrileña Plaza de Santa Ana.
―Me alegro de que Almudena nos presentara, ¿no? Ella ya me lo dijo, mira, Enrique, que con Elvira seguro que encajas. Y como que sí, me gustas. ¿Piensas en pareja estable?
―Mmm…, bueno, pues no lo sé.
―¿Hijos?, ¿quieres tener hijos?
―No sé, tampoco sé…
―Ya. Deberías pensarlo, a tu edad no te queda mucho tiempo.
Miércoles
Lucas es creativo, trabaja en una agencia de publicidad. Inteligente, con sentido del humor y muy tierno. Tiene un perro, Jerry, un bóxer. Siempre he pensado que los hombres con un bóxer son infinitamente sensibles. Y es que Lucas lo es. Lo sientes como un niño grande, pura dulzura, inocencia.
A las 00:40 me manda un whatsApp.
―Niña, ¿duermes?
―No, amodorrada en el sofá.
―Igual que yo. Bueno, viendo la tele. Canal Natura. Documentales de monos. ¿Qué llevas puesto?
Jueves
Restaurante Devil, Malasaña. Estoy a punto de entrar en el baño cuando Daniel me coge del brazo.
―Elvi, estoy que me subo por las paredes… ―Me muerde la boca―. Te echo de menos.
Termino de mear y vuelvo a la mesa con mis amigos, Daniel ya está allí. Elena me mira y sonríe con lástima.
―Elvira, debes arreglarte un poco más. Con tus chancletas y tus camisetas descoloridas, no vas a ninguna parte. Hombre, entiendo que estar sola no debe ser fácil…
―No, no lo es, pero tu marido me está ayudando mucho. ¿Me pasas el pan?
Viernes
En mi casa, las tres de la mañana. Me estoy tirando a Darío, el gaditano del curso de sumiller.
 ―Quilla… dime algo en vasco, oh…
―¿Euskera?
―Oh, sí, más…
―Indabak, pitilingorri, intsumisioa, kalera, piperrak, garagardo, Otegi…
Sábado
En el teatro Galileo. La función de 8.30 de la tarde se acaba de terminar. Me llevo al pecho el panfleto de La Gaviota. Rubén Ochandiano ha hecho una extraordinaria versión. Aplaudo ensimismada a Toni Acosta, interpretación sublime. Me tapo la boca y cierro los ojos, estoy emocionada. Cuánta hermosura. Estiro mi brazo y agarro la mano de Alejandro. Lo miro mordiéndome los labios.
―Joder, tía, qué coñazo… ¡Hala, vamos a echar unas cañas a ver si me despejo! La madre que parió al puto Chéjov de mis cojones…
Domingo
Y dio por concluida Dios, en el séptimo día, la labor que había hecho.
Estiro las piernas y las coloco sobre la silla de enfrente. Estoy sola, sentada en la terraza de Casa Puebla, en la Plaza Olavide. Es mediodía y el sol de junio pega con fuerza. El camarero se acerca y deja sobre la mesa el café y la barrita de pan con aceite y tomate.
―Aquí lo tienes, princesa.
―¿Princesa? Princesa caída, querrás decir.
Me mira y sonríe:
―Princesa a fin de cuentas.

miércoles, junio 13

En crisis, sí, pero con amor


Blue Man Group and Venus Hum I feel Love

Elvira esperaba sentada en una silla frente a un pequeño escritorio. El despacho era de Gloria Sampere, coordinadora de estudios en la academia de idiomas Spanish Lessons Track-Madrid. Qué ridículos sonaban todos los nombres de centros de idiomas, pensaba Elvira.
―Perdona, Elvira, por este pequeñísimo retraso ―dijo la coordinadora entrando por la puerta a paso ligero y con la mano ya estirada para saludar a la joven. Elvira llama a este tipo de mujeres: las thermomix, porque se empeñan en hacerlo todo de golpe, para no perder tiempo. Ella es más de a fuego lento.
―No pasa nada ―contestó. Se levantó y le dio la mano, después se volvió a sentar.
―Bueno, vamos a ver. Elvira Rebollo, aquí te tengo ―dijo rescatando de una montaña de papeles el currículum  de ésta―. Vale, pues sí, efectivamente tienes una formación extraordinaria y, bueno, veo que tu experiencia es extensísima, ¿no? A ver, China, Cuba, Francia, sí, sí, sí… Singapur, Estados Unidos y... a ver ―decía sin levantar la vista de las dos hojas―, ahora mismo estás en dos universidades en Madrid, ¿verdad?
―Sí, lo que pasa que en verano no hay cursos, entonces me estoy buscando un poco la vida y…
―Claro, claro, porque el profesor de español es ese ente que divaga, ¿verdad?, por el espacio docente con el sambenito de la maldita enseñanza no reglada. ¿Que qué significa? Libertad para que cada centro ponga sus reglas, pague lo que quiera y extienda contrato siempre y cuando le venga bien. Nosotros no te vamos a hacer contrato, Elvira.
―Ya, no os viene bien.
Gloria se rió y luego añadió:
―Las cosas son así.
―Ya.
―Como te dije por teléfono nos interesas por tus tres años en China. Porque tenemos ahora mismo tres grupos intensivos para estudiantes chinos, y queremos que los lleves tú.
―¿Los tres?
―Los tres. Cada intensivo es de tres horas diarias. Suficiente, porque son iniciales absolutos, si les metemos más horas, los reventamos.
―Pero, perdona ―Agachó la cabeza, se llevó la mano a la frente y se rió un poco nerviosa―. Es que en ese caso, estamos hablando de que voy a dar 9 horas de clase al día.
―Efectivamente. Es un favor que te hacemos.
Elvira abrió los ojos como platos.
―¿A mí? ―Se moría por saber qué entendían por favor.
―No sé si te lo comenté, si no te lo comento ahora y ya está. Mira, la cuestión es que pagamos a 7 euros la hora. Así que te damos la oportunidad de trabajar hasta 9 horas diarias para que te hagas con un salario más o menos rentable, ¿me entiendes? Pero no lo comentes mucho por ahí, porque esto lo hacemos un poco, porque, a ver, comprendemos el currículum que tienes, y nos parece lo más justo.
Pero Elvira ya no estaba allí para contestar. Su cuerpo sí, pero su cabeza había volado hacía rato. Desde bien pequeña tenía el recurso de ahogarse en alguno de sus recuerdos para no sufrir el momento. Y Elvira recuerdos tiene muchos. Siempre piensa que de ser cierto eso de que al morir toda tu vida pasa por delate de tus ojos, en su caso se debería morir por lo menos tres veces, para que le diera tiempo a verlo todo.
Estaba en Las Vegas. Acababa de entrar con su amiga Cristina al teatro del Hotel The Venetian. Recordó que al sentarse Cristina hizo un gesto de dolor. El tatuaje, que se había hecho la noche anterior, le molestaba. Dos dados en movimiento, dibujados en su ingle, era el recuerdo que se llevaba de la ciudad del pecado. Elvira también, se tatuó un lunar en el antebrazo izquierdo, siempre fue muy lanzada. Revivió el nerviosismo con el que las dos amigas se colocaban el impermeable de plástico, que les habían ofrecido en la entrada, y se sacaban fotos con el móvil. Las luces se apagaron y con un estallido de focos fluorescentes, el escenario se iluminó y Blue Man Group hizo su aparición. Vio, de nuevo, a los tres hombres azules golpear tuberías en charcos de colores. Recordar el ritmo de la percusión le agitó el corazón.
―… los grupos serán de 24 ó 25 estudiantes. Sé que son muchos, pero subdividirlos significaría pagar a otro profesor y eso, en estos momentos, es inviable…
A Elvira se le iluminaron los ojos al visualizar, otra vez, el parpadeante  vestido de Annette, la voz de Venus Hum. Ya estaba en el escenario con Blue Man Group y la versión de I Feel Love inundaba el teatro entero.
―…no hay presupuesto para fotocopias, por lo tanto, bueno, no sé si tendrás impresora en casa o si no, te tendrás que conformar con utilizar ejercicios únicamente del manual…
Ooh, it’s so good, it’s so good, it’s so good…, ooh I’m in love, I’m in love, I’m in love…, I feel love, I feel love, I feel love…
―… el manual te lo prestaremos, pero no puedes escribir nada en él, porque en cuanto terminen los cursos, lo deberás devolver…
Ooh, fall and free, fall and free, fall and freeLas dos amigas se perdían entre el papel higiénico que caía del techo. Metros y metros de papel. Carcajadas y gritos… Ooh, you and me, you and me, you and me…
―…entonces, pues no sé, si no tienes preguntas, me gustaría saber si te interesa ―Silencio―. ¿Aceptas las condiciones? ―Silencio―. ¿Elvira?
Elvira la miró sin expresión alguna, extendió los brazos en cruz, alzó la vista y:
―¡I feeeeel looOOOÔÔÔôôooOOÔÔVE!
―¿Eso es un sí…?

viernes, junio 1

Celebrando


 Cena con amigos psicodélicos de Jovana de Obaldía

Gael cumplía 34 años. Había invitado, a cenar en su casa, a cinco amigos para celebrarlo. Disfrutaba siendo el protagonista siempre que podía, así que ese día más que nunca. En la cocina terminaba de preparar las berenjenas rellenas, cuando sonó el portero automático. Eran las 7:35 de la tarde. Gael abrió sin preguntar. Once minutos más tarde, el timbre de su casa. Abrió. Su amiga Elvira al otro lado resoplando.
―Pero, Cari, ¿cómo has tardado tanto en subir?
―Calla, que me he cogido el ascensor, me he equivocado y me he subido hasta el 6º, no me digas por qué. Al bajar se ha parado en el 5º y se ha montado un señor, que ha entrado con un cochecito de bebé, un crío en la otra mano, una bolsa y una silla de playa colgada de un hombro y un paquete de 24 rollos de papel higiénico en el otro. En el 4º nos hemos dado cuenta de que estaba encajonada para salir, así que me ha dicho que no me iba a quedar más remedio que bajar con ellos hasta el garaje. He bajado y el pobre hombre no podía con todo, así que lo he ayudado con la bolsa, la silla y el papel para cagar hasta el coche. Y luego, me he vuelto a coger el ascensor y otra vez para el 6º, vale, sí, no me digas por qué. Y por miedo a que en el piso de abajo se subiera la mujer del tío del 5º, con más niños, sillas y celulosa, pues me he dicho: me bajo andando.
Elvira vivía en un mundo paralelo a éste. Muy similar, cierto, pero paralelo. Estaba enamorada del hecho de estarlo. Su última conquista, una farola de la madrileña calle San Andrés. A las cuatro de la mañana del sábado pasado, se había amarrado a ella al grito de “eres la luz que necesito en mi vida”.  Pero cuarenta  minutos antes había mandado un sms a Ernesto, su anterior última conquista, que rezaba “déjame ser tu bambalina”. Como es actor, como es actor, explicaba repetitivamente a sus dos amigos girando la esquina en Espíritu Santo, que, dicho sea de paso, poca fue la inspiración que le aportó el lugar.
En la cocina Gael siguió con las berenjenas y Elvira colocó las dos botellas de vino, que había traído, sobre la encimera.
―¿Va a venir Ernesto?  ―preguntó la chica fingiendo, por su tono de voz, que poco le importaba la respuesta.
―¡No, Elvi, no va a venir! ―contestó cabreado. Metió las berenjenas al horno, se limpió las manos con un trapo y con algo más de paciencia continuó―: Cari, me da mucha vergüenza decirte esto, pero me ha pedido que no le mandes más mensajes que…
―¡Pero si no le mando!
―¿Y qué es: déjame ser tu bambalina?
―Como es actor… como es actor, pues pensé que tenía su gracia, ¿no?
―¡Pues no! ¡Lo tienes harto!, ¡hasta las narices! ¡El lunes me volvió a llamar! Que dile, macho, que ya está, que me deje tranquilo, me decía. ¡Que lo dejes tranquilo! ¡Que no seas pesada! Chica, me pones en una situación que no sé cómo defenderte. ¿Me oyes? ¡Pues se acabó Ernesto! ―Elvira recolocaba una y otra vez las botellas sobre la encimera sin decir nada―. Elvi…
―Si vamos a tardar en cenar es mejor meter el vino en la nevera, en la parte de abajo, donde las verduras, porque con este calor va a ser un asco beberlo así.
―Cari, pero ¿en qué mundo vives?
Pues en el paralelo.

A la 1:20 de la mañana, Gael y sus cinco amigos se habían terminado las berenjenas rellenas, las dos botellas de Elvira, las tres de Sacha y Martín, la docena de cervezas de David, y el Cava de Sergio. Y la cosa estaba de la siguiente manera: David contaba que Adriana ahora decía no querer firmar los papeles del divorcio. Elvira aseguraba estar enamorada de Sacha. Sacha explicaba a Elvira que Martín era su marido. Y Sergio insistía a Gael que él mismo bajaría a por más cerveza donde los chinos.
A las 2:30 de la mañana, Adriana había llamado por teléfono a David, después de recibir un amenazante sms suyo, para decirle que era un grandísimo hijo de puta. Elvira aseguraba estar enamorada de Sergio. Sergio explicaba a Elvira que adoraba a su novia Maika. Martín pedía a Sacha que bajara a por más cerveza donde los chinos. Sacha se lo pedía a Gael y Gael exigía a todos sus comensales que le felicitaran por decimoctava vez.
A las 3:40 de la noche, David contaba que Adriana era una tía retorcida y llena de complejos. Sacha y Martín se lo estaban montando en el baño. Sergio, subido en una silla, se jaleaba a sí mismo porque había conseguido 90 puntos en Apalabrados. Elvira aseguraba estar enamorada de Gael y Gael pedía a Elvira que le soltara la pierna, porque tenía que bajar donde los chinos a por más cerveza.
A las 4:15 de la noche, David afirmaba que Adriana era la mujer de su vida. Gael fotografiaba a Sacha sin camiseta. Martín preguntaba a Sergio por su nick en Apalabrados. Sergio le gritaba su nick mientras corría al baño porque decía que se cagaba. Elvira aseguraba estar enamorada de la cerveza y, como acto de amor, les anunció a todos que bajaba a por más donde los chinos.
Elvira tardó once minutos en llegar a la tienda de los chinos de abajo, y es que sin saber por qué, al coger el ascensor, subió primero al 6º.
Preguntó por las cervezas. El chino de la caja le señaló la nevera del fondo. Elvira se acuclilló ante ellas. Intentó coger primero un pack de 12 latas de Mahou y al ver que no podía, se decantó por dos de 6 de San Miguel. Al darse la vuelta cargada con las cervezas, lo vio. Ernesto estaba apoyado en el mostrador de la caja registradora con la cabeza baja, parecía esperar al chino. Elvira dio un paso atrás y se colocó al otro lado de la estantería de pan de molde. Ernesto ahora miraba hacia la calle y Elvira lo miraba a él. El chino volvió y le dio dos paquetes de tabaco. Ernesto sacó su cartera. Algo le dijo el chino y él se rió. Elvira apretó los labios. Ernesto, después de pagar, se guardó de nuevo la cartera en el bolsillo de atrás del pantalón y, sin demasiada simpatía, se despidió del comerciante y salió de la tienda. Elvira apiló los dos packs de cerveza en el suelo y se sentó sobre ellos. Estiró las manos y se las miró. Se ajustó su enorme anillo en el anular de la izquierda y tragó saliva con dificultad.
A las 4:43 de la noche, Elvira aseguraba, al chino de la caja, estar enamorada del hombre que acababa de salir, y el chino de la caja le decía que eran 5’40 euros.

jueves, mayo 17

Basura


Woman fallen in the garbage bin

Elvira pegaba el segundo trago a un Ossian 2009, mientras daba vueltas, con una cuchara de palo, a la cazuela de arroz con leche que estaba preparando. Dejó la copa en la encimera y miró la botella. Sonrió. Cómo se alegraba de tener amigos tan espléndidos como Gael. Las cosas no le estaban yendo demasiado bien, pero aquel momento en la cocina lo compensaba todo.
―¡ELVIRAAAAAAAA!
El grito que ascendió por el hueco de la escalera hizo que Elvira se precipitara a abrir la puerta de la calle, y se asomara a la barandilla del descansillo.
―¿Guillermina? ―preguntó al ver a la vieja del segundo mirar hacia arriba desde su rellano.
―¡La basura, hija mía!
―Ay, coño, la basura… ―farfulló mientras entraba de nuevo en casa. Apagó la vitrocerámica, cogió las llaves, salió y, tras cerrar la puerta, bajó las escaleras de dos en dos.
―Pero, hija mía, si son casi las diez de la noche…―recriminó la anciana a Elvira, cuando ésta ya hubo llegado al segundo piso.
Guillermina Barroso tenía 83 años y era la vecina del segundo izquierda. Vivía sola y Elvira  le sacaba la basura los martes, jueves y domingos para que ella no tuviera que andar subiendo y bajando esas viejas y desniveladas escaleras.  Desde que murió su abuela, Elvira encontró en Guillermina a ese alguien a quien querer porque sí.
―Que se me ha pasado, Guillermina, que ando fatal de la cabeza…
―Pues haberme dicho y habría avisado a Felipe. Bueno, ahora bájame la basura que ando inquieta, no vaya a ser que pase el camión.
Elvira cogió la bolsa, echó un suspiro, miró a la vieja y se apoyó en la barandilla con gesto de derrota.
―Guillermina, ¿conoce esa sensación de haber dejado las ventanas abiertas de casa para ventilar, marcharse a hacer unos recados y al volver encontrarse con que está todo patas arriba? Usted sólo quería refrescar la casa y el viento se la desbarajustó por completo.
―Yo si salgo a los recados lo cierro bien todo, que nunca se sabe.
―¿Pero me entiende?
―Hay que ser más precavida, hija mía.
―Eso debe ser. Hoy visité a una amiga cuando salí de la universidad, y me ha tenido un buen rato tocando el timbre. ¿Por qué no me abrías?, le he dicho. Mujer, estaba hablando por teléfono, además ¿qué han sido, tres minutos? ¡Sí, tres minutos!, y me parece ya mucho. Porque ¿qué haces delante de una puerta durante tres minutos?, ¡nada, sólo mirarla!, ¡esperar a que alguien te abra!, ¡es un tiempo perdido! No sé, a veces me da la sensación de que llevo toda la vida esperando a que alguien me abra la puerta… ¡Pero sólo me encuentro portazos! ―Hizo una pausa. Miró a Guillermina y comenzó a hablar en un tono más relajado―. Ayer leí una crítica a mi novela que decía: “nunca imaginé que una chica de Bilbao pudiera ser tan banal”. Es decir, que si hubiera sido de Murcia podría ser banal tranquilamente, pero siendo de Bilbao, ay, no, no, no, ¡eso sí que no! Guillermina, explíquemelo, porque no lo entiendo. Y así con todo. Me doy cuenta de que la gente te va coartando estableciendo sus propias reglas. Bilbao y banal, no casan, señores, por lo tanto Elvira Rebollo es una pésima escritora. ¡Si lo llego a saber le habría pedido a mi madre que me pariera en Cuenca! ―Se colocó un mechón de pelo detrás de la oreja y suspiró de nuevo―. Mi psicoanalista dice que debo tomar la responsabilidad de mi vida, y llevo año y medio intentándole explicar que lo que quiero es delegar, porque estoy agotada, agotada de que no me abran la puerta. No sé, supongo que él también pensará que soy banal, aunque no creo que ponga como excusa lo de Bilbao. Banal sin más, por las tonterías que le cuento. A veces, cuando estoy en su consulta tengo miedo de que explote, porque esto de alimentarse del dolor ajeno no puede ser bueno, ¿verdad? Lo convierte en una persona muy poco humana. En una piedra. La piedra de la paciencia. ¿Lo ha leído?, yo tres veces, se lo tengo que dejar, Guillermina, se lo tengo que dejar... Creo que es uno de mis libros favoritos, y La ciudad y los perros, y La campana de cristal, sí, también. Te deja sin aliento. Pobre Esther, pobre Sylvia… ―Dejó la bolsa de basura en el suelo y miró la puerta de la derecha―. Vaya, si Felipe sigue escuchando la tele tan alta, se va a quedar sordo. Yo prefiero la música. Antes, justo antes de bajar, preparaba arroz con leche, y escuchaba a Nina Simone. A Etienne, ya sabe, el novio francés que tuve, ya le he contado varias historias de él, pues bueno, a Etienne le encantaba Nina Simone, quizá por eso la estaba escuchando hoy. Me he dado cuenta de que desde que me dejó, me paso la vida buscando un sustituto, y luego, cuando lo encuentro, me paso la otra media pensando en cómo dejarlo. Porque me aburren. Guillermina, de verdad, ¡me aburren soberanamente! Lo siento, pero es así. Etienne tenía las tres únicas cosas que pido en un hombre: inteligencia, sentido del humor y que luego en eso, ya sabe, en el tema, vamos, en el trikitriki, sea un genio. Y Etienne lo era. Me dejó dos veces inconsciente, ¡inconsciente! ―Inspiró profundamente y se retiró todo el pelo hacia atrás―. La gente dice chorradas como que lo más importante en un hombre es que sea buena persona y que te quiera, ¡pues para eso me compro un perro! ―Chasqueó la lengua―. Aunque mira, igual ése es mi problema, porque no espero a que me quieran. Me conformo con querer sólo yo, y eso no puede ser, ¿verdad? No, no puede ser, así me va…, así me va…, llamando a puertas que nunca se abren, mientras, tonta de mí, me dejo todas las ventanas abiertas. No sé ―Pausa―. De verdad que no lo sé, Guillermina… ―Otra pausa―. Pero usted me entiende, ¿no? ¿Me entiende o no me entiende, Guillermina?
―Pues qué sé yo, hija mía, pero ¿me vas a bajar la basura o le aviso a Felipe?
 

viernes, mayo 11

Viviendo, jugando


 Trilce de Sofia Serra

Elvira no tiene miedo a la muerte. Está más que convencida de que morirá joven. A los 40 dice. Ser tan absolutamente consciente de que morir no te importa, hace que construir el sentido a la vida, sea un esfuerzo titánico.
Tenía 22 años cuando un amigo suyo, después de terminar el pintxo de tortilla en la cafetería de la universidad, dijo que se marchaba. Se levantó, se desplomó y se murió. Nada ha podido justificar aquella muerte. Se levantó, se desplomó y se murió.
Elvira convirtió su vida en un juego en el que, tarde o temprano, dejaría de echar los dados.

―Es un tío raro.
―¿Quién? ―preguntó Elvira a Kayla, su compañera de departamento, que estaba, en ese momento, en su despacho. Las dos, profesoras treintañeras, trabajaban en una universidad de West Virginia.
―Darrell Crow.
Elvira se levantó de su mesa y se acercó hasta la puerta, desde donde su compañera veía cómo Darrell introducía las monedas en la máquina de café.
―No sé, no lo conozco ―contestó Elvira.
―¿A Darrell Crow?, ¡claro que lo conoces!, pero si tiene el despacho a la vuelta del pasillo, y he sido testigo de cómo has intentado sacarle conversación en el ascensor, ¡Darrell Crow!
―Sí, sí, sí, sé quién es, pero no lo conozco. No sé si es raro o no.
―Es raro. Tiene 37 años y parece de 50. No habla con nadie. Siempre va con esos mocasines, ¡aunque haga -20º! Es raro.

Elvira tenía revisión de exámenes. Cuatro estudiantes esperaban sentados en el suelo del pasillo frente a su despacho. Un quinto estaba dentro, apoyado en su mesa, intentado convencerla de lo mucho que había estudiado.
―Si yo lo sé, Nathan, pero este examen no tiene un medidor de esfuerzo, sino de conocimiento.
El sonido de unas pisadas arrastradas hizo que Elvira ladeara la cabeza y mirara hacia el pasillo. Vio a Darrell Crow llegar a la máquina de café y echar unas monedas.
―¡El señor Crow! ―exclamó Nathan―. Ése sí que es un buen profesor. No hace exámenes a sus estudiantes. Dicen que valora  sólo la actitud en clase. Debe ser un tío genial.
―Tiene que ser difícil poner una nota sobre una actitud, ¿no? ¿Qué nota te pondría a ti, si te pasas toda la clase dormido? Con mi método tienes por lo menos un 53/100, ¡no está mal! ―Y devolvió el examen a su estudiante con una sonrisa―. ¡Siguiente! ―Nathan salió, pero nadie entró―. ¡Siguiente! ―Nada―. Se levantó y se acercó a la puerta. Allí vio cómo sus cuatro estudiantes miraban a Darrell Crow, que se había quitado un zapato para guardar en él las monedas que la maquina le había devuelto. Elvira no dijo nada, simplemente avisó a su alumna Penny de que entrara.
―Pobre señor Crow… ―dijo Penny sentándose en la silla que estaba junto a la mesa―. Es que últimamente parecía algo mejor. Mi prima iba en el avión, ¿sabe?
―No…, no, ¿qué avión? ―preguntó Elvira buscando el examen de su estudiante.
―En el avión. El que cogió de Huntington a Charlotte. Iba a hacer una entrevista de trabajo. Mi prima, no el señor Crow. El señor Crow iba con su novia. Y pasó.
―¿Qué pasó?
―¿No sabe lo que pasó en el avión?
―¡No, Penny, no sé lo que pasó en el avión! ―Su alumna la miró sorprendida―. Perdona, estoy un poco cansada. A ver, ¿qué pasó en el avión?
―Pues hará de esto casi 6 años. En el avión, nada más despegar, la novia del señor Crow empezó a decir que se encontraba mal. Mi prima, que estaba sentada justo detrás, le dio su botellín de agua, y parece que se sintió mejor. Y cuando el avión se estabilizó, su novia dijo que quería ir al baño. Se levantó, se desplomó y se murió. Tuvieron que aterrizar en Charleston de urgencia. Se levantó, se desplomó y se murió.
Elvira respiró hondo. Sacó el examen de Penny del montón y se lo dio.
―Bien, échale un vistazo y me preguntas las dudas.

Elvira raspaba una moneda contra la máquina de café.
―¿Perdona?
―Oh, Darrell, hola. Parece que la máquina no me la acepta, no sé por qué…
Darrell Crow se quitó su zapato. Metió la mano en él y sacó un par de monedas.
―Toma, prueba con éstas ―dijo ofreciéndoselas a Elvira.
―Oh, gracias… ―Extendió la mano un tanto indecisa y tomó las monedas. Las miró y luego se volvió a dirigir a él―: Pero tú primero, que… no sé, igual tienes más prisa que yo.
Darrel Crow asintió con la cabeza. Se colocó delante e introdujo el dinero por la ranura. La máquina comenzó a preparar el café. Elvira detrás, observaba las monedas en la palma de su mano y en silencio esperó su turno.