martes, septiembre 25

Beto el castor



 Querer es volar de Javier Avi

Beto era un pequeño castor del bosque Las Masas. Como cada mañana se levantó para ir a la escuela. Allí aprendía las mejores técnicas para construir presas. Y así cuando fuera mayor, ayudaría a sus padres en la faena de la casa.
Cuando llegó a clase se sentó en la última fila. Siempre lo hacía. Desde aquel sitio podía camuflarse tras sus compañeros de delante, para pasarse la mañana entera mirando por la ventana.
―Beto, enumérame las características de un dique ―ordenó el profesor Espejuelos, desde lo alto de la tarima. Pero Beto estaba demasiado ocupado observando el exterior a través de la ventana―. Las características, Beto ―repitió de nuevo. Pero nada, el pequeño castor miraba ensimismado el cielo―. ¡Beto! ―gritó esta vez el profesor Espejuelos.
―¡Presente! ―respondió el estudiante dando un respingo en su silla sobresaltado. Toda la clase rió.
―Presente no, Beto, presente no. Te he pedido las características de un dique… ―explicó con paciencia el profesor.
―Eh… Umm…Son… los troncos… y luego… ―Beto bajó la cabeza, se frotó los dientes con las uñitas de su mano y, muy bajito, confesó que no lo sabía.
―Pero Beto, éste es tu futuro, si ahora no te aplicas en aprender la teoría, ¿a qué te dedicarás cuando seas mayor?
Beto se puso en pie de un brinco y gritó entusiasmado:
―¡A volar!
Todos sus compañeros volvieron a reír a carcajadas, pero aquello no pareció importarle a Beto que seguía marcando una esplendida sonrisa en su rostro.
―¡Silencio! ―pidió nervioso el profesor Espejuelos al resto de la clase―. Beto, eres un castor, los castores no vuelan, fabrican presas. Son los pájaros los que saben volar.
―¡Entonces iré a la escuela de pájaros para aprender a volar!
Y antes de que el profesor Espejuelos pudiera replicarle, el pequeño castor había metido todos sus libros en la mochila y había salido pitando de la clase. Todos sus compañeros se arremolinaron en las ventanas para verlo correr bosque a través gritando: “¡voy a volar, voy a volar, voy a volar!”, y dando zancadas altísimas mientras agitaba sus pequeños brazos al aire. Está loco, exclamaban unos, qué tonto, decían otros, y todos reían sin parar.
Al llegar a casa, Beto, tan exaltado e ilusionado como hacía un rato, pidió a sus padres que lo matricularan en la escuela de pájaros porque quería volar. Su padre entró en cólera, llegando a roer, enfurecido, dos ramas que sobresalían de la pared. Su madre se sentó en el porche con los pies bajo el agua del río, decía que con los pies a remojo la cabeza se mantenía fría y, en ese momento, necesitaba tenerla bien fresquita. Cuando los gritos de su marido cesaron, entró en casa y, pidiendo a su hijo Beto que dejara de llorar, anunció que si realmente era lo que quería, lo matricularían en la escuela de pájaros.
―¡¡¿Qué?!! ¡Todos se reirán de él! ¡Es un castor!―exclamó el padre de Beto dispuesto a roer el resto de la casa. Su mujer lo contuvo y le pidió comprensión y paciencia.
Al día siguiente Beto se levantó más temprano que de costumbre, porque la escuela de pájaros estaba al otro lado del bosque y le llevaría más tiempo recorrer el camino. Se despidió solamente de su madre, porque su padre fingía dormir todavía.
Llegó a clase el primero y se sentó en la primera fila. Colocó con cuidado y ordenadamente los libros sobre la mesa, y esperó con una enorme sonrisa mirando al frente. Fueron llegando pajarillos que asombrados lo miraban y cuchicheaban señalándolo con el dedo. Poco después, entró la profesora Lunetas y observó perpleja a Beto en primera fila.
―Soy Beto, profesora, un estudiante nuevo ―se apresuró a decir, poniéndose de pié para no ser descortés.
―¿Beto?, pero creo que aquí hay un error. Esto es una escuela de pájaros y usted… usted es…
―Un castor ―Los pajarillos, sentados en sus pupitres, no pudieron evitar soltar unas risitas.
―¡Eso ya lo veo!, por eso que usted debe ir a la escuela de castores para aprender a construir presas.
―¡Pero es que yo quiero volar! ―La clase rompió a reír y Beto, dándose la vuelta, los miró agachando la cabeza. Con lentitud se volteó de nuevo y explicó a la profesora Lunetas―: Quiero que usted me enseñe a volar.
―¡Qué barbaridad! ¡Vivimos en el bosque Las Masas, los colectivos son lo que son! ¡Nadie nunca ha pretendido ser lo que no le corresponde, porque sería una atrocidad! ¡Aberrante!
―Pero yo… sé que podría volar…
―¿Cómo lo haría?, ¿agitando sus dientes?
Y, al oír esto, fueron muchos los pajarillos los que se cayeron de sus sillas muertos de la risa. Beto, encogiéndose de hombros, metió los libros de nuevo en su mochila y, arrastrando sus enormes pies, salió de la clase con la ilusión carcomida por la humillación.
De camino a casa, tuvo que hacer una parada, porque era tanto lo que lloraba que no podía ver el sendero con claridad. Se apoyó en un árbol y sollozó sin temor a que lo escucharan, porque allí no parecía haber nadie.
―¿Por qué llorasss?
Beto sacó la cabeza de entre sus rodillas, y vio a una diminuta serpiente frente a él ladeando la cabeza esperando su respuesta. El pequeño castor le contó su drama: sus deseos de volar y el rechazo por parte de los castores y de los pájaros.
―No esss un problema el rechassso, amigo… No nesssesssitas la aprovasssión de nadie. Utilisssa tu propio medio para hassser lo que anhelasss. Fíjate sssi no en mí.
―Eres una serpiente.
―Fíjate bien…
Beto se acercó y con cuidado la tomó en su mano. De tan cerca pudo ver que aquella diminuta serpiente tenía muchos pies, algo así como unos cien, y que su piel era en realidad una larga hoja de avellano untada en sudor pegajoso de sapo, con una pequeña piñata anudad detrás, a modo de cascabel.
―¿Un ciempiés?
―¡Yesss! ―dijo agitando la piñata con un golpe de bata de cola―. Sssiempre quissse modelar, pero un sssiempiésss no esss lo demasssiado hermossso para passsarela, ¿me comprendesss?, me rechasssaron en la essscuela de ssserpientesss, ¡viborasss! No importó. Mi entorno me ofresssía todo aquello que haría de mí una modelo… et voilà! Mírame, amigo, aquí essstoy yo. Con un poquito de maquillaje y un essstudiado asssento, consssigo hassser ver a losss demásss como yo verdaderamente me sssiento. Tu entorno, amigo, no lo olvidesss, aprovecha tu entorno para realisssar tus dessseosss…
Beto masticó las palabras del extraño serpiés durante días, sin encontrarle demasiado sentido. Y además tras el fracaso en la escuela de pájaros, había decido empezar a trabajar con su padre, porque tampoco se veía con fuerzas para regresar a la escuela de castores. Así que su padre llevaba semanas enseñándole cómo hacer presas, mientras su madre los observaba, royendo tronquitos, desde el porche con los pies a remojo.
Pasaron dos años y el pequeño castor se convirtió en un joven castor trabajador, experto en presas y diques, introvertido y caracterizado por su enorme apatía. En sus ratos libres le gustaba tumbarse en el porche y mirar hacia el cielo, y cuando un pájaro aparecía en su campo de visión, cerraba los ojos con fuerza para que las lágrimas no llegaran a caer, porque él era un castor y los castores hacen presas.
Un día, trabajando en el río, su padre le ordenó que deshiciera toda la parte izquierda de una presa. Era vieja y la madera se había retorcido por la humedad, ya no servía, había que reconstruirla de nuevo. El joven castor fue retirando las ramas curvadas, y las fue amontonando en la orilla. Cuando terminó, alineó toda aquella madera para que se secase y aprovecharla para hacer una enorme hoguera y calentarse con ella. Mientras esperaba sentado junto a ellas, un pajarillo se posó sobre la orilla del río y estiró sus alas, qué hermosura, pensó Beto. El pajarillo las plegó y después las volvió a abrir por largo tiempo, y fue entonces cuando Beto se percató en la curvatura de su forma. Giró rápidamente la cabeza hacia las ramas que estaban a su lado secándose y recordó lo que, años atrás, alguien le dijo: aprovecha tu entorno para realisssar tus dessseosss…  
Beto recogió todas aquellas ramas y corrió a casa. Se encerró en su habitación. Sus padres preocupados le picaban la puerta pero no obtenían respuesta. Hasta que, tres días más tarde, lo vieron salir con dos piezas grandes triangulares hechas de trozos de madera curvados y enlazados con tallos de plantas. Sus padres lo acompañaron intrigados al exterior. Allí Beto se colocó las dos piezas sobre sus brazos y los agitó. Su madre se llevó la mano a la boca emocionada, al darse cuenta de lo que aquello significaba. Beto atravesó el bosque corriendo, sus padres detrás pidiéndole que no hiciera locuras. Los gritos provocaron que los vecinos del bosque lo siguieran también. Corría Beto y detrás toda una multitud de Las Masas. Subió una colina y por fin, allí, se detuvo. Los vecinos también, y expectantes esperaron en silencio. Beto se arrimó a la pendiente, miró hacia atrás y vio a sus padres.
―Hijo, no lo hagas, los castores sólo saben hacer presas… ―suplicó su padre, sosteniendo la mano temblorosa de su mujer.
Beto dio un paso al frente, y la multitud coreó un largo: ¡¡Aaaaaay!!, cuando lo vieron desaparecer, para después convertirlo en un: ¡Ooooooh!, al verlo resurgir del vacío y planear sobre la colina como un pájaro.
Beto, sin dejar de sonreír, agitaba con fuerza aquellos trozos de madera retorcidos y anudados unos a otros, aquellos troncos que habían sido herramienta de su trabajo, y ahora se habían convertido en su anhelado deseo, en sus alas.
―¡Yesss! ―se oyó entre las hierbas de aquella colina.

viernes, septiembre 21

El proceso


El sopor del psicoanalista de Javier Avi

―Llevo viniendo dos años ―dije a Óscar, mi psicoanalista, recolocándome en el sillón―. Dos años ya…
―Sí, dos años.
―Es el proceso, ¿verdad?
―Sí, es el proceso.

Dos años atrás, estaba en Bilbao por Navidad. Había ido al ambulatorio de la Seguridad Social para hacerme unos análisis de tiroides. Había oído que el hipotiroidismo provocaba agotamiento, caída de pelo, dolor muscular, insomnio, reglas irregulares, pérdida de memoria, ansiedad, apatía, irritabilidad… Yo tenía hipotiroidismo.
―Los resultados son negativos, tu tiroides está perfecta ―me dijo la doctora ofreciéndome los análisis.
―No puede ser ―dije―. Tengo hipotiroidismo… Mis uñas, mi pelo… no duermo… ―Empecé a llorar―. Estoy agotada… estoy muy cansada… me pesan las piernas, los brazos… estoy muy, muy, muy cansada… no tengo ilusión por nada… yo...
―Tienes depresión endógena ―dijo escribiendo algo en un papel―. Te remito a psiquiatría. Es un caso claro. Te darán tratamiento con antidepresivos. En unos meses te encontrarás mejor. En el siglo XXI es absurdo sufrir por una depresión ―Levantó la cabeza y me vio con las manos pegadas al pecho y temblando―. ¡No te pongas así, mujer! Hay gente con diabetes, ¿no?, pues a ti te ha tocado la depresión.

―No tienes depresión endógena  ―dijo Óscar, una semana después, tras escuchar mi episodio en la Seguridad Social―. Cargas con material suficiente para sentirte como te sientes, y lo vamos a revisar. Llevará su tiempo, no te voy a mentir. Esto es un proceso, un largo proceso.

Entre todos me iban a marear. Decidí quedarme con Óscar y su largo proceso en vez de con los antidepresivos de la Seguridad Social. Porque los retos siempre me llamaron la atención. Una vez subida al barco, tenía ganas de tirarme cada vez que alguna de mis amigas me contaba las místicas experiencias con sus psicólogos. Marisa es maravillosa, ayer, después de la consulta me abrazó, y me dijo que no me merecía lo que me estaba pasando. Por un momento me imaginé a mi psicoanalista abrazándome y regurgité un espasmo. Elvira ¿cuándo terminas la terapia? A mí Lorenzo me ha dicho que he progresado mucho, que tengo muchísima fuerza, que sabe que es difícil, pero que lo estoy haciendo muy bien, es un verdadero encanto. A mí Óscar me dice que intente ser más puntual. Y no me digas de qué estábamos hablando pero nos dio un ataque de risa, vamos, que tuvimos que dejar la sesión, las dos como locas muertas de la risa. Yo también me reí un día en su consulta, porque estornudé y se me escapó un pedo, Óscar puso cara de voy a hacer que no lo he oído. Y es que nuestro misticismo se quedaba ahí, en un pedo. Mientras que los psicólogos de mis amigas eran los más guapos, listos, cariñosos y graciosos, el mío era el antihéroe emocional.
No, no tengo un psicólogo cool del que contar anécdotas. Es un tío pelín tarado que no va a solucionar mis problemas, ni siquiera a cargar con parte de esa angustia que mutila mis deseos. Porque, en este proceso, he aprendido que Óscar no es más que un simple corrector con la función de tabular el cuaderno de mi vida, para que yo misma pueda leerlo con claridad, y así darle ese sentido que todavía le falta.


―Es un largo proceso, ¿verdad?
―Sí ―respondió Óscar. Parecía cansado. Puso sus manos sobre el vientre y cruzó las piernas. Cerró los ojos. Me quedé mirándolo sin tener muy claro si estaba reflexionando o, simplemente, se había dormido.
  

domingo, septiembre 9

Zapatos rotos



 Zapatos rotos de Javier Avi

―Jodeeeer… ―dije recogiendo del suelo la mitad de la suela de mi sandalia. La metí en el bolso y, cojeando, caminé las 4 manzanas que me separaban de mi casa.
―¡Me ha vuelto a pasar! ―grité cerrando la puerta.
Joan, que estaba subido a un taburete frente a la claraboya, me miró y se rió al verme con el pie desnudo.
―¿Qué haces ahí arriba? ―pregunté después, dejando el bolso en el sofá y descalzándome el otro pie.
―Te presento mi mesa de calco, ¿ves?, ¡es perfecta! Coloco los dibujos aquí y con la claridad los copio ―dijo mostrándome varios folios pegados con celo sobre la ventana del techo.
Joan se había mudado a Madrid. Oficialmente vivíamos juntos desde hacía casi un mes. Decidió darse una oportunidad con el dibujo. Dejó su criadero de caracoles en manos de su hermano, y se matriculó en una escuela de arte, donde tomaba 20 horas semanales de ilustración tradicional. En casa, se había apropiado de la mesa de la cocina, así que ahora comíamos sobre cojines en el suelo del salón; del flexo de la cama que había colocado sobre la campana de la cocina, encima de su mesa de dibujo, así que ahora teníamos que levantarnos para apagar o encender la luz desde la cama; y de la claraboya, así que ahora miraríamos las nubes a través de sus personajes de ficción.
Y así estábamos viviendo en 30 m², con nuestras mierdas varias, como dice él, tú con tus cuentos y yo con mis monigotes, si es que la Primi nos tiene que tocar, ¿no, nena?
Pero como de momento no nos había tocado, Joan bajó del taburete, sacó el Super Glue de la caja de herramientas y pegó por tercera vez, en un mes, la suela a mi sandalia.
―Tienes que comprarte unas nuevas ―dijo.
Sí, tenía que. Había muchas cosas que tenía que hacer, pero que la falta de dinero no me lo permitía. Le dije que sí con la cabeza, cogí la sandalia ya pegada y la puse junto al ventanuco del baño para que se secase.
Al día siguiente, el despertador sonó a las 7.20. Joan me empujó de la cama, gemí y me arrastré hasta la ducha. Cuando salí, el café estaba preparado. Me vestí, me puse la sandalia buena y la que estaba pegada y salí, despidiéndome de Joan bajándole los calzoncillos. La broma se la repetía cada día, así que con la  resignación habitual, me dijo adiós con sus encantos al aire, desde la puerta. Me reí como una idiota y bajé las escaleras.
Di las clases comprobando, cada dos por tres, que la suela siguiera en su sitio. Respiré aliviada cuando se terminó mi jornada en la universidad y sobre mis pies había todavía sandalias.
Llegando a casa, al salir del metro, ayudé a una mujer a bajar, por las escaleras, el carrito de bebé, y fue en una de estas, cuando entre el: ¿puedes?, sí, sube, espera, no, no, baja un poco, hacia adelante, un poco más, oí el zash-clack. Terminé de bajar el cochecito, le dije adiós a la mujer y al subir de nuevo las escaleras del metro, cogí en el cuarto escalón la suela de mi sandalia. La metí en el bolso y con delicada dignidad cojera, por no decir cojonera, salí del metro. En la calle, me paré ante el escaparate de una tienda china de ropa.
―Hola ―dije al entrar.
―Hola ―me dijo el chino detrás de la caja registradora.
―¿Las sandalias negras del escaparate cuánto cuestan?
―Negras, 7 euros.
―Ya, ¿me las puedo probar?
―Probar, sí. Número.
―El 35.
―No 35, negras no 35.
―Pues, ¿qué color 35? ―Creo que empezaba a hablar como él.
―35 color amarillo y 35 color rojo, no negro 35. Negro no.
―Bueno, las rojas entonces.
Me las probé y me gustaron, así que le dije que me las quedaba. El hombre las colocó sobre el mostrador, mientras marcaba el precio en la máquina.
―7’95 euros ―me dijo.
―¿Cómo que 7’95? ¡Eran 7 euros!
―Negro, 7 euros. Color rojo, 7’95 euros.
―Te doy 7 euros.
―Negro, 7 euros, color rojo, 7’95 euros.
―¡Es injusto! ―grité. Sí, era muy injusto que el IVA hubiera subido el 3%, que Hacienda se retrasara tanto en mi devolución, que el I.R.P.F hubiera pasado del 15% al 21%, que me hubieran subido el alquiler del piso, que mi jefa no me pudiera prometer clases para otoño, que la editorial no me hubiera pagado todavía los derechos de autor, y que la nevera siguiera vacía a pesar del talento de Joan.
― Negro, 7 euros, color rojo, 7’95 euros.
―Sí ―dije, porque igual de injusto era para mí como para aquel hombre. Le di 8 euros y yo misma metí las sandalias en la bolsa de plástico que me había ofrecido. Dije adiós y, cuando me iba a marchar, el comerciante repitió:
― Negro, 7 euros, color rojo 7’95 ―y arrastró una moneda de cinco céntimos por el mostrador, hasta dejarla frente a mí―. Vuelta, coger vuelta.
Llegué a casa semi descalza, con unas sandalias rojas de 7’95 en una bolsa de plástico y una moneda de 5 céntimos en el bolsillo del pantalón. Joan, subido en su taburete, me vio entrar.
―Pero, tontaca, ¿otra vez? Pues no sé si queda Super Glue.
―No importa, si quedan huevos, nos hacemos una tortilla.

jueves, agosto 23

Aprendizaje y condicionamiento




Tenía 18 años y estaba en primer año de la universidad. Estudiaba psicología. Había suspendido todas las asignaturas del primer cuatrimestre, así que estando en el segundo tenía bastante claro que aquello no era lo mío, aun así decidí terminar el curso, simplemente, por curiosidad. Un día, en la asignatura de Aprendizaje y Condicionamiento II, a un grupo reducido de 10 estudiantes nos llevaron al laboratorio y nos asignaron, a cada uno de nosotros, una pequeña jaula, con un comedero en lo alto del que salía un embudo, y una bombillita roja en uno de los costados con un pequeño botón a su lado a modo de interruptor. Dentro de la jaula había una ratita blanca de ojos rojos. Instintivamente metí el dedo entre los barrotes para acariciarla.
―Las ratas no se tocan ―dijo la profesora. Así que me apresuré a sacar el dedo y miré al techo para disimular―. Tenéis delante de vosotros la caja de Skinner ―dijo a continuación―. Debéis conseguir que la rata presione el interruptor junto a la bombilla. Recordad la manipulación de su conducta por medio del estímulo reforzante, en este caso el alimento.
Levanté la mano porque algo no me encajaba y pregunté:
―¿Qué pasa si no quiere comer?
―Querrá, créeme, lleva dos días en huelga de hambre.
La clase se rió y, sin darle mayor importancia, se volcó en sus cajas. A mí, en cambio, se me retorció el estómago. Observé a mi pobre rata, muerta de hambre, chuparse las manitas, luego frotarse el hocico y correr de un lado a otro de la jaula desquiciada perdida. Así que decidí darle de comer sin ningún tipo de criterio. “Come, bonita, come”, le decía.  Tres días más tarde la profesora se paseaba por cada una de las cajas para ver el resultado. Al llegar a la mía, vio cómo una bola enorme de pelo blanco tenía la boca encajada al embudo del comedero diciendo “dame más, dame más, oh, yeah”.
―Eres Elvira Rebollo, ¿verdad?
―Sí.
―Suspendida.
―Gracias.
Bien, suspendida, pero la manipulación de un ser vivo con carencias básicas, me parecía algo aberrante.

Trece años después, conocí a un hombre que me convirtió en ese ser vivo manipulado aberrantemente. Tenía el don de marcar con sutileza cada uno de mis defectos. Así, poco a poco, como el envenenamiento con raticida. Cuando acabó con mi autoestima, me metió en una caja y decidió atenderme y darme todo ese cariño que, según él, nadie había conseguido darme. Era uno de esos hombres tan atentos que me tenía el comedero a rebosar, porque él disponía del hambre que yo debía tener. Qué bueno era, y cuánto me quería. Pero un día no presioné el interruptor y la luz no se encendió. Supongo que si la rata se hubiera revelado dentro de la jaula, Skinner no se lo habría pensado dos veces y hubiera contraatacado activando el suelo electrificado. Porque el objetivo es condicionar, manipular, bien sea con refuerzo positivo o negativo. Y aquel hombre también electrificó mi caja, hasta hacer la convivencia insostenible. Me marcho, le dije, y recogí mi autoestima rota en pedazos y esparcida por toda la caja. Con paciencia la he ido cosiendo hasta convertirla en un original patchwork, como los que hace mi prima.
Ahora estoy enamorada de un chico que viste camisetas negras y que, al poco de conocerme, retiró el comedero y me preguntó directamente:
 ―Nena, ¿tienes hambre?
―No ―respondí, levantando la cabeza del portátil.
Y entonces él dejó que siguiera disfrutando de mi libertad sin ningún tipo de condicionamiento.

sábado, julio 28

La Teoria del Caos Relativo



Con los años te vas dando cuenta de que lo que la gente te atribuía como un gran defecto, para ti se ha convertido en tu maravillosa forma de vida. Hablo del desorden, del caos. Soy desordenada, no por naturaleza, creo que me he ido haciendo así a medida que mi aburrimiento vital iba alcanzando un nuevo máximo. En mi casa nada está dónde se supone que debería de estar, tampoco en mi vida.
En el aeropuerto Internacional de Charlotte, se oye pronunciar mi nombre por megafonía. Levanto la vista de mi móvil y miro al hombre de la mesa de al lado que pega, indiferente, un trago a su café. Mi nombre se vuelve a escuchar por segunda vez. Sí, es el mío, garrafalmente pronunciado pero es el mío, es el mío, es el mío. ¡Coño!, digo en voz alta, cuando por cuarta vez me he repetido que era el mío. Soy de las que procesan con lentitud. Corro hasta la puerta de embarque y, cuando entro en el avión, más de un centenar de pasajeros me reciben entre aplausos. Saludo con la mano en alto y ellos se ríen. Momentos como aquellos son los que te hacen adorar a los americanos. ¿Apurando hasta el último momento?, me pregunta mi compañera de asiento. Sonrío y le digo que sí, lo que no sabe es que ha sido todo culpa del caos que llevo cosido a mis talones.
Nunca he tenido un trabajo fijo, tampoco he visto claro que la ciudad en la que esté viviendo sea la misma en la que vaya a vivir dentro de un año, o no piense que el hombre, que hoy duerme en mi cama, tenga todas las papeletas para que, dentro de un par de meses, lo haga en la suya.
De esto no eres del todo consciente hasta que tu amiga  de la infancia, que tiene una vida antagónica a la tuya, te llama para proponerte algo que le llena de ilusión pero a ti, sinceramente, ni te va ni te viene.
―¿Celebrar los 30 años de amistad? ―pregunto incrédula sujetando el móvil con el hombro porque me estoy pelando un plátano.
―¡Siiiiiiií! ¿No es genial? Nos vamos las 7 amigas de toda la vida, ¡30 años de amistad! Te digo fechas: del 13 al 17 de agosto. Hemos alquilado una casita en el sur de Francia, sale a 200 euros por cabeza, pero la casa es ideal, con piscina y todo, ¡imagínate!
Y sí, me lo empiezo a imaginar: 200 de la casa, más 100 de comida, más 100 de bebida…
―Y tenemos que hacernos regalo de la amiga invisible, pero no más de 50 euros, ¿vale?
Más 50 del regalo de la amiga invisible…
―¡Me muero de ganas, Elvi! ¿Tú no?
Me meto el plátano en la boca y me pregunto si yo realmente soy de Bilbao. Porque el orden y la simetría con la que vive la gente de Bilbao es cuanto menos de asustar. Nacen; van al cole; veranean en un pueblo a 20 kilómetros de Bilbao; van a la universidad; se enamoran de alguien de la universidad, o de la cuadrilla del pueblo, o de la cuadrilla de tu hermano o hermana, o del amigo de la cuadrilla de verano del de tu cuadrilla de invierno; trabajan; se compran una casa; se casan; tienen hijos que van al mismo cole al que iban ellos cuando eran pequeños; y veranean en el mismo pueblo a 20 kilómetros de Bilbao. Los admiro porque viven perpetuos en el día de la Marmota y eso los hace inmensamente felices. En cambio yo, que vivo en el más absoluto caos, me lamento cada martes a mi psicoanalista de odiar la cotidianidad, porque sé que con poco que me gustara, viviría algo más contenta o por lo menos más tranquila.
Me trago el plátano y le digo que me da mucha pena, pero que este verano no cuento con vacaciones. Me callo decirle que aunque tuviera, ese presupuesto se me escapaba de las manos, absurdo comentárselo porque ella no lo entendería. Dejo el móvil sobre la mesa de la cocina y tiro la cáscara de plátano a la basura y, mientras lo hago, veo el fondo de toda aquella mierda, y pienso si no estaré dirigiendo mal mi vida. Retiro el pie del pedal y la tapa de la basura se cierra. Es martes, son las 6 de la tarde y voy a ver a mi psicoanalista.
Le digo que me odio, que cada vez me entiendo menos, que se me hace difícil buscar motivación en mi vida. Me dice que si necesito otro kleenex, lo puedo coger. Le digo que no tiene sentido seguir luchando, que he decidido abandonar. Me dice que es la hora y que recuerde que en julio se va de vacaciones, que me llamará en agosto.
Salgo de su consulta desechando la idea del suicidio. Lo haré en otro momento, cuando mi psicoanalista esté más receptivo, porque hacerlo así, sin que nadie te jalee, sería como llegar tarde a un avión, pero no de American Airlines sino de Lufthansa, y que ninguno de sus pasajeros alemanes te aplaudiera al entrar. El error no tendría gracia.
Entro en el supermercado. La desidia se traga mejor con algo rico que lo acompañe. Estoy pesando tres tomates metidos en una bolsa de plástico, cuando una voz a mi izquierda hace darme la vuelta. Es un chico treintañero, pelo corto y barba, pendiente en la izquierda y pulsera de cuero, lleva una camiseta negra de Motörhead, pantalones estrechos vaqueros y unas Converse negras también. Está cantando a un volumen bastante alto. Me quedo mirándolo. Se gira, me ve y se quita los auriculares de su mp3.
―Es Tesla, ¿te gustan? ―me pregunta.
―No sé, no los conozco ―respondo, y pego la pegatina del precio de los tomates a la bolsa de plástico.
―Seguro que te gustan, toma ―dice ofreciéndome uno de sus auriculares. Lo rechazo con la mano. Meto los tomates en el carrito y me marcho.
Esperando en la cola para pagar, oigo gritar a alguien detrás. Es el chico de Motörhead que, con la mano en alto, no deja de saludarme.
―¡Ey, guapa! ―Atónita veo cómo se salta la cola de las 7 personas que están detrás de mí. Se coloca a mi lado y espontáneamente me da un beso en la mejilla―. ¡Tontaca, que no te veía! Es que venimos juntos ―explica a la señora de atrás que lo mira con desconfianza.
No digo nada, miro al frente y flipo en silencio. A la hora de pagar dejo que pase delante, me lo quiero quitar de encima. Cuando termina, y lo veo salir del súper, me tranquilizo. Pero cuando salgo, me doy cuenta de que me está esperando fuera fumándose un cigarro.
―¡Ey, tontaca, aquí! ―dice llamando mi atención. Suspiro y voy hasta él. Déjame en paz, le digo―. Oye, tía, que voy de buen rollo y sólo quiero invitarte a una caña, qué menos después de haberme colado, ¿no?
―¡Te has colado tú solito!
―Se te pone una cara todo extraña cuando te enfadas. A ver si con unas cañas se te vuelve a estirar, ¡venga, vamos!
Me hace gracia, aunque me aguanto la sonrisa. Lo acompaño y nos sentamos en una terracita cerca del supermercado. Coge mis bolsas y las coloca en una silla vacía. Con las cervezas ya en la mesa, se enciende otro cigarro y me cuenta que se llama Joan, que es de Barcelona, pero que está en Madrid porque uno de sus mejores amigos se acaba de separar y anda todo chungo. Tiene una granja de caracoles que lleva con la ayuda de su hermano, pero a él lo que realmente le gusta es dibujar, dice que le encantaría ilustrar libros infantiles. Es pura simpatía, desborda energía, me hace reír a cada rato, me gusta.
―Me gustas ―dice.
―¿Ya se me ha estirado la cara? ―se ríe.
―Invítame a tu casa ―Niego con la cabeza, arrugando otra vez el ceño―. Que no, tontaca, no lo digo para pasar la noche, no voy por ahí.
―¿Y por dónde se supone que vas?
―Mañana mi amigo se marcha a Santa Pola y yo vuelvo a Barcelona, si me invitas, me quedo.
Nuevamente el caos toca a mi puerta.
―¿Roncas?
―No ―contesta.
Así que decido abrirla.
Ocho días más tarde lo miro durmiendo en mi cama. Abre los ojos:
―Hola, tontaca…
―Hola, tontaco…
Y algo me dice que este hombre tiene todas las papeletas para que, después de dos meses, siga durmiendo en mi cama, porque ha hecho darme cuenta de lo mucho que amo el caos en mi vida.