sábado, noviembre 24

De tal palo...



 Tiempo de Javier Avi

¿Qué es una marica mala heterosexual? Un tío al que le gustan las mujeres, pero da por culo hasta hartar. Es decir: Aitor Goian Aramburu. ¿Que por qué escribo su nombre completo? Para hacerles un favor. Si se lo encuentran, corran. Y es que toda mi vida me he preguntado cómo es posible generar un ser tan insufrible, que lo único que provoque sea correr en dirección contraria. Mi madre me dio la respuesta y hoy lo cuento.

Hará cosa de mes y medio, pedí dos días libres en la universidad y subí a Bilbao, porque operaban a mi madre de juanetes. Dicho así parece que no implicaba demasiado riesgo, pero estamos hablando de mi madre, una mujer que sólo es capaz de hacer una  cosa al día: “mamá, ¿mañana nos vamos a comer?”, “¿mañana?, imposible tengo que ir al banco”, “ya, bueno, pues pasado”, “¿pasado?, imposible tengo que ir a Correos”, y al otro ya les adelanto que tampoco, porque se tenía que lavar el pelo. Es así. Por lo tanto, una operación de juanetes iba a suponer un antes y un después en su vida.
—Qué mala suerte tengo, de verdad te digo… —gimió mi madre mientras yo intentaba concentrarme en la Cuore. Estábamos en la cama de su habitación. Ella con los pies enfundados en vendas y yo enterrada bajo la prensa rosa—. Cuando salgo de una, me meto en otra. Pero una cosa te voy a decir, si me muero, me da igual, ¡una menos! Sois todos una panda de egoístas que seguro que ni os enteráis.
—Que si nos enteramos… —Y pasé la hoja rechupeteándome el dedo.
—No conozco persona que dé tanto y reciba menos. De lo buena que soy, soy hasta tonta. ¡Tonta!
—No eres tonta… —Y una hoja menos.
—Sacrificada toda mi vida, para que tu hermano y tú tengáis de todo, y ahora que me tenga que pasar esto… ¡A mí! Si es que me lo veía venir, voy a terminar como la tía Justina…
Harta levanté la cabeza de la revista:
—Mamá, la tía Justina murió de un tumor cerebral, ¡y a ti te han operado de unos puñeteros juanetes!
Mi madre me miró girando la cabeza de un lado a otro, en claro gesto de desaprobación. Después paró y dijo:
—¿Cuántas veces te he dicho que una melenita corta te queda mejor? Esas greñas te hacen a sucia.
Suspiré y me levanté de la cama. Ordené las revistas y las dejé amontonadas en la mesilla.
—Me voy —dije—. He quedado con Iker, ¿quieres algo?
—¡Morirme!
—Pues hala, ¡buen viaje! —Levanté la mano a modo de saludo y salí de la habitación.

Entré en el Gozatu de García Rivero. Iker estaba apoyado en la barra. Me acerqué a él y lo abracé con ganas. Habíamos estudiado juntos en la universidad y, a día de hoy, los dos luchábamos en el difícil mundo del profesor de español. Bilbao, por extraño que parezca, se mantenía al margen de la crisis, por lo menos mi grupo de amigas, quienes vivían en casas valoradas entre 300 mil y 500 mil euros y llevaban a sus hijos a colegios privados, sin que su economía se tambaleara. Bilbao se había convertido en una burbuja de bienestar y calidad de vida, un abismo comparado con lo que yo estaba viviendo, en estos momentos, en Madrid. Supongo que el ser una apasionada de la enseñanza y el haberme enamorado de un criador de caracoles con alma de artista, me habían encaminado hacia un futuro, en cuanto menos, incierto, muy incierto. Por eso, abrazar a Iker era volver a sentir una realidad de la que ya Bilbao, lamentablemente para mí, carecía.
Iker me contó que seguía tirando de la academia de idiomas en la que estaba contratado, pero que necesitaba de estudiantes particulares para llegar a fin de mes. Lo escuché con atención mientras bebía un Baigorri 2008, que dejaba bastante que desear. Iker quedó en silencio y yo coloqué la copa de vino sobre la barra con gesto agrio. Después lo miré y me dijo:
—Y no sabes lo peor. Amaia me ha dejado.
—¿Quieres un pintxo? Yo es que tengo hambre.
Mi psicoanalista andaba últimamente muy preocupado con respecto a una hipersensibilidad, que aseguraba, que yo estaba teniendo ante cualquier elemento externo, lo que me generaba, según él, una angustia difícil de llevar. Imagino que si me hubiera visto pedir el pintxo de queso de cabra gratinado con confitura de frambuesa tras conocer la separación de uno de mis mejores amigos, habría llamado al colegio de psicólogos para anunciar su dimisión.
—Elvi, Amaia, que me ha dejado —repitió.
—¡Está que te cagas! ¿Quieres probar? —y le ofrecí el pintxo. Negó con la cabeza y me miró con desazón—. Que sí… que te ha dejado y que el mundo se acaba.
—¡Joder, Elvi!
Ferzón —dije con la boca llena intentando disculparme.
—Que soy un puto desastre, tía. No sé, que lo debo hacer todo mal, que se ha cansado, tía. No sé... Que es verdad que yo también me quiero casar, pero ahora no, y por eso dice que me acomodo, y que se ha cansado. Dice que no cambio, no sé, ¡pero si yo me quiero casar! Pero le han entrado unas prisas ahora y, tía, Elvi, que soy un puto desastre, que me lo llevaba diciendo mucho tiempo, que había que dar un paso más, pero ya sabes, yo que sí, y que sí, y que al final no. Y mira ahora, que me ha echado y que he vuelto a la casa de mis padres, soy lo peor, lo peor… Jodeeeeer… Que se ha cansado y no me extraña… Puta mierda…
Levanté los hombros y le dije que no se preocupara y que intentara estar lo más tranquilo posible, que disfrutara del momento.
—¿Disfrutar? Elvira, ¿tú me has oído?
Contesté que sí agitando rápidamente la cabeza hacia arriba y hacia abajo. Iker se rió. No me gusta dar consejos, pero sí me atreví a decirle que dejara de tener esa manía de culpabilizarse tanto, más que nada porque se ponía muy pesado, se volvió a reír. Sacamos otras dos copas de vino, aunque esta vez me cubrí las espaldas y pedí Marqués de Arienzo 2007. También cuatro pintxos y muchas risas. La noche del viernes estaba siendo una auténtica delicia, parecía como si Bilbao me hubiera permitido entrar en su burbuja para disfrutar de aquel momento y hacerlo cómplice de mi realidad paralela. Pero todo se chafó cuando Iker, tras leer un mensaje en su móvil, me dijo:
—Es Aitor, que dice que viene.
—¿Aitor Goian Aramburu?
—Sí.
¡Corran!
A mí no me dio tiempo, así que lo vi entrar en el bar con su sonrisa tan artificial.
—¡Hola, guapa! —Regla número uno: si un amigo te llama “guapa”, es que no es amigo. Creo que no hay apelativo más manoseado y con menos identidad.
—¡Hola, guapo! —Y con una sonrisita me llevé la copa de vino a la boca. Y llegados a este momento, mi psicoanalista se estaría haciendo el harakiri.
Para nuestra sorpresa, Aitor nos contó que acababa de estar con Amaia tomando unas cañas.
—Y, macho, Iker, está de puta madre —puntualizó.
Me di la vuelta y pedí al camarero otra copa de vino, necesitaba beber algo, porque este chico acababa de llegar pero a mí ya se me había atragantado.
—¿Y tú qué coño hacías con Amaia tomándote unas cañas? —pregunté tirando al suelo la diplomacia junto a la servilleta de papel.
—Hombre, Elvira, no me jodas, Amaia es amiga mía y lo está pasando mal.
—Pensaba que estaba de puta madre —respondí.
—Se acaba de separar, ¿sabes?
—Perfectamente, ¡me lo acaba de contar el tío al que ha dejado!
—Vale, chicos, creo que… —Primer intento fallido de Iker por calmarnos.
—¡Necesitaba hablar con alguien, me ha llamado y hemos quedado!, ¿dónde está el error?
—¡Que eres el mejor amigo de Iker! ¡Y que Amaia te la pela!
—¡Oye, que yo a Amaia la quiero mucho!
—No, de verdad, chicos… —Segundo intento fallido.
—¡Pero si lo único que te importa es chafardear! Que has quedado con Amaia y te he faltado tiempo para buscar a Iker y contárselo. ¡El correveydile! ¡Qué asco!
—¡He venido para estar con él porque sé que lo está pasando mal, pero no le voy a contar nada!
—¡Qué considerado!
—Chicos, que yo… —Tercer intento fallido.
—¡Elvira, que la gente no es tan puta como tú!
Silencio.
—Bueno, me voy —dije al fin—. Os dejo para que habléis de nada.
—Elvira, con puta he querido decir maquiavélica —Dejé la copa en la barra y cogí el bolso—, pero con maquiavélica me refiero a tía lista, a alguien que piensa —Besé a Iker y le susurré paciencia al oído—, porque Elvira tú eres una tía muy inteligente y como tú pocas.
—Aitor, guapo, vete un poquito a la mierda.

—¿Mamá? —pregunté al entreabrir la puerta de su habitación. Estaba sobre la cama leyendo un libro. Al verme, se quitó las gafas—. ¿Te has muerto ya?
Se rió y me pidió que le hiciera un poco de compañía. Entré y me tumbé junto a ella. Le conté que el Baigorri es un asco de vino, que Iker se había separado, que el pintxo de queso gratinado lo preparan mejor en el Gozatu que en El Globo, y que Aitor es insoportable.
—¿Qué Aitor? —me preguntó.
—Aitor Goian.
—¿No será hijo de Carmelo Goian, que se casó con Lola Aramburu? —Asentí—. Buuf, mira, conozco a su padre desde cría, y te aseguro que es un hombre para echar a correr —Solté una carcajada, me era familiar eso de correr—. Así que si es hijo suyo, ¡no me digas más! Es bien sencillo: ¡de tal palo, tal astilla!
—Ya… —dije mirándola, con angustia, desde la cabeza hasta la punta de los pies vendados.
Se volvió a colocar las gafas y cogió de nuevo el libro. Yo alargué la mano y alcancé una revista de la mesilla.
—Entonces, ¿mañana vas a ir a que te corten el pelo? —preguntó sin levantar la vista de la página. Dejé la revista, otra vez, en la mesilla y salí de la cama—. Pero ¿a dónde vas?
—¡A morirme! —contesté desde la puerta.
—Pues hala, ¡buen viaje!

martes, octubre 16

Creatividad pastelera



                                                      Creatividad de Javier Avi

Estaba tumbada en el sofá con una cerveza, viendo a Joan dibujar en su mesa. Sonreí, levanté el botellín y brindé:
―¡Por nuestra panadería, amor!

Llegué a Madrid de Estados Unidos con 6 mil euros ahorrados que fueron a parar, a toca teja, a IMEC, Instituto Moderno de Escritura Creativa. Me había tirado 2 años en la América profunda dando clases en una universidad y, sobrellevando el duro invierno, escribiendo relatos. Una editorial se interesó por ellos y, tras firmar un contrato, mi primer libro iba a ser publicado en poco más de 6 meses. Estaba contenta, muy contenta. Además IMEC me daría las pautas para abrir mi mente, reflexionar y ahondar en temas que pudieran dar a mis escritos cierta profundidad. Estaba contenta, muy contenta.
El primer día, el profesor Cañamares explicó que debíamos organizarnos porque cada semana, uno de nosotros, se encargaría de traer vino y algo de comer.
―¿Perdón? ―pregunté ojiplática―. ¿Quieres decir que vamos a organizar merendolas y además nosotros tenemos que correr con los gastos? Pensaba que era una escuela de escritura, no una asociación para hacer amigos.
―Vaya, tenemos una rebelde entre nosotros. ―La clase rió y yo vi caer mis 6 mil euros por el retrete.
Poco tiempo después, me enteré de que Cañamares estaba casado con una ex alumna, 35 años más joven que él, y que ahora también por supuesto era profesora de la escuela. Mi profesora. Poco tiempo después, me enteré de que mi profesora había expulsado a mí compañera, porque se había tirado a Cañamares después de una de las merendolas. Poco tiempo después, mi novela salió publicada y Cercas, otro profesor, se olvidó de darme la enhorabuena, pero sí me invitó a abandonar la escuela alegando ser carne de taller, dijo que IMEC me quedaba grande. Poco tiempo después, mi compañero me dijo que Cercas le había tirado los trastos. Poco tiempo después, mi profesora arrojó mis escritos sobre su mesa y dijo algo sobre que los relatos eran cerillas y que sólo tenemos una para encender, que alguien le dé lumbre a esta pobre mujer, por favor. Poco tiempo después, mi otra compañera me enseñó un email subidito de tono de Aguinaga, mi otro profesor. Poco tiempo después, se lo tiró. Poco tiempo después, Cercas, que nunca había publicado nada, nos contó que Pedro Almodóvar le había robado el guión de Hable con ella, aunque en primera instancia Cercas lo había titulado Susúrrale. Poco tiempo después, Aguinaga tras decirme que mis relatos le hacían perder el tiempo, me pidió que lo abrazara, que te abrace tu puta madre, le contesté. Poco tiempo después, Cañamares, Cercas, Aguinaga y mi profesora, evaluaron con un no apto mi proyecto de fin de máster, lo justificaron con un no estás preparada, Elvira.
Me marché a París. Alguien me habló de un excelente curso de creación literaria en La Sorbona. El primer día, el profesor Rubaud exigió puntualidad y prohibió cualquier tipo de comida y bebida en clase. Suspiré aliviada. Dos días después, tras la sesión, me acerqué a él y vomité toda mi frustración. El profesor Rubaud me ofreció su pañuelo y me aconsejó que pintara. ¿Pintar? Pinte, y mañana tráigame lo que haya hecho. Compré témperas, una cartulina y pinté. Al día siguiente se lo llevé.  El profesor Rubaud lo observó. Es algo así como abstracto, intenté explicarme al ver que su rictus era serio.
―Su creatividad está muerta ―dijo finalmente―. Mire, lo único que ha hecho usted ha sido trasladar la paleta de colores a la cartulina, en perfecto orden, sin mezclarlos, ¿a qué tiene miedo?
―¿Yo?, a nada, pero no sé pintar.
―No hablo de pintura, sino de creatividad. Un panadero desborda más creatividad haciendo sus brioches cada mañana, que usted intentando escribir 4 palabras. ―El profesor Rubaud volvió a prestarme su pañuelo―. Potencialmente todos los seres humanos somos capaces de crear, así que no se preocupe y, ande, devuélvame el pañuelo.
El profesor Rubaud me dio una lista de recetas que debía preparar en casa, de autores que debía leer, de lugares que debía observar, de conversaciones que debía encontrar, de vinos que debía catar y de texturas que debía tocar. Sin embargo no me obligó a escribir, solamente me aconsejó que siempre me acompañara la música y que, por favor, sonriera.
La última semana, al terminar la clase, me pidió que me acercara a su mesa. Me dio un folio y un bolígrafo y me ordenó que pintara. ¿Con esto?, pregunté. Pinte, contestó. Y pinté. Una hora más tarde, Rubaud observó mi dibujo. Enhorabuena, mi querida pastelera, dijo.
Al regresar a Madrid, Cañamares, Cercas, Aguinaga y mi profesora me estaban esperando para darme una segunda oportunidad. Expuse un nuevo proyecto en el que defendí la naturaleza creativa del ser humano. Tras deliberar, Cercas me informó que estaba aprobada, pero que mi tesis no tenía ni pies ni cabeza porque:
―¡No todo el mundo es capaz de escribir una novela!
―Por supuesto que no ―contesté―, pero entonces serán capaces de crear deliciosos brioches.

martes, octubre 9

Bodas y tratos



 Vísteme despacio de Javier Avi

Odio las bodas.
Clara se casa, dijo Marieta. Y mientras Blanquita daba palmaditas y enumeraba los posibles vestidos que podría llevar, yo me retiraba el sudor frío de la frente y enumera los euros que me quedaban en mi cuenta corriente. Adoro a mis amigas. A algunas de ellas las quiero más que a mi propia vida, aunque siendo una depresiva que desea morir antes de los 40, no es decir mucho, pero sí, las quiero con locura. Sin embargo me he cagado en todas sus bodas. Creo en el amor, lo considero el ibuprofeno del alma. Amo amar. Y por lo tanto, no entiendo cómo alguien un día se levantó y dijo: “Voy a inventar las bodas. Que sea una fiesta en la que los novios y los invitados se disfracen, que las familias se enfrenten, que el banquete cueste una pasta y para compensar que los regalos sean igual o más caros”. Este hombre, decididamente, odiaba a su novia, a la familia política y a la suya propia, y a sus amigos. Aunque también es posible que lo inventara una mujer. En ese caso, habría sido creado con el único fin de mostrar a todos sus allegados lo mucho y, sobre todo, lo bien que quiere a su hombre. “Le quiero, ¿ves?, y por eso llevo unas cortinas como vestido, y un moño que me hace 30 años más vieja, ¡porque le quiero, le quiero, le quiero!”. La mujer es muy de reafirmarse y más si hay gente delante.
—Blanquita, ¿tú te vas a casar? —pregunté después de repasar mi cuenta bancaria.
—Pues sinceramente, a estas alturas ya se me pasó la ilusión. Andoni y yo estamos bien como estamos.
—Gracias… —respondí con enorme gratitud—. ¿Y tú, Marieta?
—¡Ya está la enana de mierda con sus preguntitas!, ¡¿pues tú me dirás con quién?! Qué asssco de vida… —Creo que Marieta también es de las que quiere más a sus amigas que a su propia vida.

—Joan… —dije susurrándole en la nuca—. ¿Estás dormido…?
—Ya no… —contestó resoplando y dándose la vuelta en la cama.
—¿Tú quieres casarte?
—¡Acabáramos!
—Es que Clara se casa.
—¡¿Y?!
—Digo. No sé. Ha sido una pregunta sin más.
—Jo, nena, tú y tus preguntitas.
—Eso dice Marieta.
—Que se casa.
—No, lo de las preguntas.
—¿Pero qué dices? —Y se rió. Después me abrazó y me dijo—. Vale, hagamos un trato.
¡Sí! Me encantan los tratos. Hago la cena, si bajas la basura. Fumas en casa, si pagas un euro de multa. Escuchamos a Gotthard, si luego ponemos a Macaco. Vemos Muchachada Nui, si luego cae la de Cuando un hombre ama a una mujer. Si friegas, te doy un beso. Pero nunca le basta con un beso…, así son los tratos.
—¡Vale! —acepté entusiasmada.
—Si coges el ramo, nos casamos.
—¿De verdad…?
—Tú coge el ramo.
No pude dormir aquella noche, ni las noches de las tres semanas siguientes. Y es que no era para menos… ¡Me iba a casar! Había conocido a un hombre entre los tomates del Carrefour, y dos meses después pactábamos nuestra boda, ¡ni en las mejores pelis de Meg Ryan!
Llegó el gran día y me enfundé en aquel ajustado vestido. Fue elección de Joan, todo hay que decirlo. No me quedaba mal, aunque con tres kilos menos hubiera podido respirar mejor. Me aconsejó hacerme una alta coleta con tupé, porque me daría un toque más rockero. Dice que a pesar de mi aspecto moñoño, tengo alma rockera. Yo tengo mis dudas, sinceramente.
Entré en el hotel.
—¡Ostras, Elvira, qué cambio! ¡Qué guapa!
—Gracias. Y tú, Elena.
—¿El vestido es de Purificación García?
—¿Eh?, no, no, del mercado de Fuencarral.
—Oh…
Encontré mi hueco entre Blanquita y Marieta. Me preguntaron por el protagonista de mi cambio de look.
—En Madrid. No ha podido venir, tenía que presentar el proyecto final de dibujo —Las dos se lamentaron y me expresaron las ganas que tenían de conocerlo. Pronto, pensé, en mi boda.
Habían montado una carpa en el jardín del hotel, donde los novios se intercambiaron unos poemas y promesas varias. No hubo ceremonia. Blanquita me explicó que, en realidad, se habían casado la semana anterior en el juzgado. Después, un amigo de la cuadrilla de Mikel, el novio, tocó con su trompeta Mission Impossible. Tuvo su gracia, la verdad. Y tras felicitarlos,  empezaron a llegar camareros portando todo tipo de canapés y copas de vino. Empecé a impacientarme. Hablaba con unos y otros sin saber muy bien lo que me estaban contando. Sólo pensaba en el momento del ramo. Pero el tiempo pasaba. Me tragué 12 canapés, 5 copas de vino, 2 de champán, bailé unas 20 canciones, expliqué a 8 personas que el vestido no era de Purificación García, y a 13 que Joan no había podido venir. Acompañé  a Blanquita 4 veces a fumar, y 3 a Marieta al baño. Me recoloqué las tiritas, de los dedos de los pies, en un par de ocasiones y me perfilé los labios cuidadosamente antes de la tercera copa, después no me importaba salirme de la línea. Pero y… ¿el ramo? En la canción 21, vi a Clara atravesar el jardín, iba sola. Me descalcé y corrí tras ella.
—Clara, necesito hablar contigo —dije sujetándola del brazo.
—¡Elvi! ¡Pero qué guapa estás!
—Sí, sí, no es de Purificación García. Oye, el ramo. Mira, voy a ser muy directa: tienes que darme el ramo a mí. Si habías pensado en Blanquita, no te preocupes, no lo quiere, me lo dijo ayer. Esto entre tú y yo: no se casa. Y Marieta con su asssco de vida, parece que tampoco. Así que soy tu única amiga soltera, por lo tanto debes darme el ramo. Dámelo.
—Elvi, te lo daría encantada, pero no tengo.
—¿Cómo…?
—He pasado de tradiciones y chorradas. ¡Mírame! ¿Tengo pinta de llevar un ramo?
La miré. Es cierto que la había visto toda la noche revolotear por el jardín,  sin embargo era la primera vez que la miraba. No llevaba cortinas, sino un vestidito de volantes, color crema, por encima de las rodillas. Tampoco tenía un moño que le avejentara 30 años, sino el pelo suelto recogido en dos finas trencitas. Era una novia sin artificios, real y, enormemente, bonita.
—Estás preciosa... —dije.
Me abrazó y, después de besarme en la mejilla, entró en el hotel. Me quedé allí, en medio del jardín, mirando a mis amigas bailar a lo lejos y reafirmándome una y otra vez, aunque no hubiera gente delante, que no me importaba, porque odio las bodas, odio las bodas, odio las bodas. Saqué el móvil y le mandé un mensaje:
Perdí. No hay ramo.
Me puse de nuevo los zapatos y, al acercarme a la carpa, oí el bip de mi móvil. Lo saqué y leí:
Te compro un ramo, si te casas conmigo, ¿trato?