martes, octubre 16

Creatividad pastelera



                                                      Creatividad de Javier Avi

Estaba tumbada en el sofá con una cerveza, viendo a Joan dibujar en su mesa. Sonreí, levanté el botellín y brindé:
―¡Por nuestra panadería, amor!

Llegué a Madrid de Estados Unidos con 6 mil euros ahorrados que fueron a parar, a toca teja, a IMEC, Instituto Moderno de Escritura Creativa. Me había tirado 2 años en la América profunda dando clases en una universidad y, sobrellevando el duro invierno, escribiendo relatos. Una editorial se interesó por ellos y, tras firmar un contrato, mi primer libro iba a ser publicado en poco más de 6 meses. Estaba contenta, muy contenta. Además IMEC me daría las pautas para abrir mi mente, reflexionar y ahondar en temas que pudieran dar a mis escritos cierta profundidad. Estaba contenta, muy contenta.
El primer día, el profesor Cañamares explicó que debíamos organizarnos porque cada semana, uno de nosotros, se encargaría de traer vino y algo de comer.
―¿Perdón? ―pregunté ojiplática―. ¿Quieres decir que vamos a organizar merendolas y además nosotros tenemos que correr con los gastos? Pensaba que era una escuela de escritura, no una asociación para hacer amigos.
―Vaya, tenemos una rebelde entre nosotros. ―La clase rió y yo vi caer mis 6 mil euros por el retrete.
Poco tiempo después, me enteré de que Cañamares estaba casado con una ex alumna, 35 años más joven que él, y que ahora también por supuesto era profesora de la escuela. Mi profesora. Poco tiempo después, me enteré de que mi profesora había expulsado a mí compañera, porque se había tirado a Cañamares después de una de las merendolas. Poco tiempo después, mi novela salió publicada y Cercas, otro profesor, se olvidó de darme la enhorabuena, pero sí me invitó a abandonar la escuela alegando ser carne de taller, dijo que IMEC me quedaba grande. Poco tiempo después, mi compañero me dijo que Cercas le había tirado los trastos. Poco tiempo después, mi profesora arrojó mis escritos sobre su mesa y dijo algo sobre que los relatos eran cerillas y que sólo tenemos una para encender, que alguien le dé lumbre a esta pobre mujer, por favor. Poco tiempo después, mi otra compañera me enseñó un email subidito de tono de Aguinaga, mi otro profesor. Poco tiempo después, se lo tiró. Poco tiempo después, Cercas, que nunca había publicado nada, nos contó que Pedro Almodóvar le había robado el guión de Hable con ella, aunque en primera instancia Cercas lo había titulado Susúrrale. Poco tiempo después, Aguinaga tras decirme que mis relatos le hacían perder el tiempo, me pidió que lo abrazara, que te abrace tu puta madre, le contesté. Poco tiempo después, Cañamares, Cercas, Aguinaga y mi profesora, evaluaron con un no apto mi proyecto de fin de máster, lo justificaron con un no estás preparada, Elvira.
Me marché a París. Alguien me habló de un excelente curso de creación literaria en La Sorbona. El primer día, el profesor Rubaud exigió puntualidad y prohibió cualquier tipo de comida y bebida en clase. Suspiré aliviada. Dos días después, tras la sesión, me acerqué a él y vomité toda mi frustración. El profesor Rubaud me ofreció su pañuelo y me aconsejó que pintara. ¿Pintar? Pinte, y mañana tráigame lo que haya hecho. Compré témperas, una cartulina y pinté. Al día siguiente se lo llevé.  El profesor Rubaud lo observó. Es algo así como abstracto, intenté explicarme al ver que su rictus era serio.
―Su creatividad está muerta ―dijo finalmente―. Mire, lo único que ha hecho usted ha sido trasladar la paleta de colores a la cartulina, en perfecto orden, sin mezclarlos, ¿a qué tiene miedo?
―¿Yo?, a nada, pero no sé pintar.
―No hablo de pintura, sino de creatividad. Un panadero desborda más creatividad haciendo sus brioches cada mañana, que usted intentando escribir 4 palabras. ―El profesor Rubaud volvió a prestarme su pañuelo―. Potencialmente todos los seres humanos somos capaces de crear, así que no se preocupe y, ande, devuélvame el pañuelo.
El profesor Rubaud me dio una lista de recetas que debía preparar en casa, de autores que debía leer, de lugares que debía observar, de conversaciones que debía encontrar, de vinos que debía catar y de texturas que debía tocar. Sin embargo no me obligó a escribir, solamente me aconsejó que siempre me acompañara la música y que, por favor, sonriera.
La última semana, al terminar la clase, me pidió que me acercara a su mesa. Me dio un folio y un bolígrafo y me ordenó que pintara. ¿Con esto?, pregunté. Pinte, contestó. Y pinté. Una hora más tarde, Rubaud observó mi dibujo. Enhorabuena, mi querida pastelera, dijo.
Al regresar a Madrid, Cañamares, Cercas, Aguinaga y mi profesora me estaban esperando para darme una segunda oportunidad. Expuse un nuevo proyecto en el que defendí la naturaleza creativa del ser humano. Tras deliberar, Cercas me informó que estaba aprobada, pero que mi tesis no tenía ni pies ni cabeza porque:
―¡No todo el mundo es capaz de escribir una novela!
―Por supuesto que no ―contesté―, pero entonces serán capaces de crear deliciosos brioches.

martes, octubre 9

Bodas y tratos



 Vísteme despacio de Javier Avi

Odio las bodas.
Clara se casa, dijo Marieta. Y mientras Blanquita daba palmaditas y enumeraba los posibles vestidos que podría llevar, yo me retiraba el sudor frío de la frente y enumera los euros que me quedaban en mi cuenta corriente. Adoro a mis amigas. A algunas de ellas las quiero más que a mi propia vida, aunque siendo una depresiva que desea morir antes de los 40, no es decir mucho, pero sí, las quiero con locura. Sin embargo me he cagado en todas sus bodas. Creo en el amor, lo considero el ibuprofeno del alma. Amo amar. Y por lo tanto, no entiendo cómo alguien un día se levantó y dijo: “Voy a inventar las bodas. Que sea una fiesta en la que los novios y los invitados se disfracen, que las familias se enfrenten, que el banquete cueste una pasta y para compensar que los regalos sean igual o más caros”. Este hombre, decididamente, odiaba a su novia, a la familia política y a la suya propia, y a sus amigos. Aunque también es posible que lo inventara una mujer. En ese caso, habría sido creado con el único fin de mostrar a todos sus allegados lo mucho y, sobre todo, lo bien que quiere a su hombre. “Le quiero, ¿ves?, y por eso llevo unas cortinas como vestido, y un moño que me hace 30 años más vieja, ¡porque le quiero, le quiero, le quiero!”. La mujer es muy de reafirmarse y más si hay gente delante.
—Blanquita, ¿tú te vas a casar? —pregunté después de repasar mi cuenta bancaria.
—Pues sinceramente, a estas alturas ya se me pasó la ilusión. Andoni y yo estamos bien como estamos.
—Gracias… —respondí con enorme gratitud—. ¿Y tú, Marieta?
—¡Ya está la enana de mierda con sus preguntitas!, ¡¿pues tú me dirás con quién?! Qué asssco de vida… —Creo que Marieta también es de las que quiere más a sus amigas que a su propia vida.

—Joan… —dije susurrándole en la nuca—. ¿Estás dormido…?
—Ya no… —contestó resoplando y dándose la vuelta en la cama.
—¿Tú quieres casarte?
—¡Acabáramos!
—Es que Clara se casa.
—¡¿Y?!
—Digo. No sé. Ha sido una pregunta sin más.
—Jo, nena, tú y tus preguntitas.
—Eso dice Marieta.
—Que se casa.
—No, lo de las preguntas.
—¿Pero qué dices? —Y se rió. Después me abrazó y me dijo—. Vale, hagamos un trato.
¡Sí! Me encantan los tratos. Hago la cena, si bajas la basura. Fumas en casa, si pagas un euro de multa. Escuchamos a Gotthard, si luego ponemos a Macaco. Vemos Muchachada Nui, si luego cae la de Cuando un hombre ama a una mujer. Si friegas, te doy un beso. Pero nunca le basta con un beso…, así son los tratos.
—¡Vale! —acepté entusiasmada.
—Si coges el ramo, nos casamos.
—¿De verdad…?
—Tú coge el ramo.
No pude dormir aquella noche, ni las noches de las tres semanas siguientes. Y es que no era para menos… ¡Me iba a casar! Había conocido a un hombre entre los tomates del Carrefour, y dos meses después pactábamos nuestra boda, ¡ni en las mejores pelis de Meg Ryan!
Llegó el gran día y me enfundé en aquel ajustado vestido. Fue elección de Joan, todo hay que decirlo. No me quedaba mal, aunque con tres kilos menos hubiera podido respirar mejor. Me aconsejó hacerme una alta coleta con tupé, porque me daría un toque más rockero. Dice que a pesar de mi aspecto moñoño, tengo alma rockera. Yo tengo mis dudas, sinceramente.
Entré en el hotel.
—¡Ostras, Elvira, qué cambio! ¡Qué guapa!
—Gracias. Y tú, Elena.
—¿El vestido es de Purificación García?
—¿Eh?, no, no, del mercado de Fuencarral.
—Oh…
Encontré mi hueco entre Blanquita y Marieta. Me preguntaron por el protagonista de mi cambio de look.
—En Madrid. No ha podido venir, tenía que presentar el proyecto final de dibujo —Las dos se lamentaron y me expresaron las ganas que tenían de conocerlo. Pronto, pensé, en mi boda.
Habían montado una carpa en el jardín del hotel, donde los novios se intercambiaron unos poemas y promesas varias. No hubo ceremonia. Blanquita me explicó que, en realidad, se habían casado la semana anterior en el juzgado. Después, un amigo de la cuadrilla de Mikel, el novio, tocó con su trompeta Mission Impossible. Tuvo su gracia, la verdad. Y tras felicitarlos,  empezaron a llegar camareros portando todo tipo de canapés y copas de vino. Empecé a impacientarme. Hablaba con unos y otros sin saber muy bien lo que me estaban contando. Sólo pensaba en el momento del ramo. Pero el tiempo pasaba. Me tragué 12 canapés, 5 copas de vino, 2 de champán, bailé unas 20 canciones, expliqué a 8 personas que el vestido no era de Purificación García, y a 13 que Joan no había podido venir. Acompañé  a Blanquita 4 veces a fumar, y 3 a Marieta al baño. Me recoloqué las tiritas, de los dedos de los pies, en un par de ocasiones y me perfilé los labios cuidadosamente antes de la tercera copa, después no me importaba salirme de la línea. Pero y… ¿el ramo? En la canción 21, vi a Clara atravesar el jardín, iba sola. Me descalcé y corrí tras ella.
—Clara, necesito hablar contigo —dije sujetándola del brazo.
—¡Elvi! ¡Pero qué guapa estás!
—Sí, sí, no es de Purificación García. Oye, el ramo. Mira, voy a ser muy directa: tienes que darme el ramo a mí. Si habías pensado en Blanquita, no te preocupes, no lo quiere, me lo dijo ayer. Esto entre tú y yo: no se casa. Y Marieta con su asssco de vida, parece que tampoco. Así que soy tu única amiga soltera, por lo tanto debes darme el ramo. Dámelo.
—Elvi, te lo daría encantada, pero no tengo.
—¿Cómo…?
—He pasado de tradiciones y chorradas. ¡Mírame! ¿Tengo pinta de llevar un ramo?
La miré. Es cierto que la había visto toda la noche revolotear por el jardín,  sin embargo era la primera vez que la miraba. No llevaba cortinas, sino un vestidito de volantes, color crema, por encima de las rodillas. Tampoco tenía un moño que le avejentara 30 años, sino el pelo suelto recogido en dos finas trencitas. Era una novia sin artificios, real y, enormemente, bonita.
—Estás preciosa... —dije.
Me abrazó y, después de besarme en la mejilla, entró en el hotel. Me quedé allí, en medio del jardín, mirando a mis amigas bailar a lo lejos y reafirmándome una y otra vez, aunque no hubiera gente delante, que no me importaba, porque odio las bodas, odio las bodas, odio las bodas. Saqué el móvil y le mandé un mensaje:
Perdí. No hay ramo.
Me puse de nuevo los zapatos y, al acercarme a la carpa, oí el bip de mi móvil. Lo saqué y leí:
Te compro un ramo, si te casas conmigo, ¿trato?

martes, septiembre 25

Beto el castor



 Querer es volar de Javier Avi

Beto era un pequeño castor del bosque Las Masas. Como cada mañana se levantó para ir a la escuela. Allí aprendía las mejores técnicas para construir presas. Y así cuando fuera mayor, ayudaría a sus padres en la faena de la casa.
Cuando llegó a clase se sentó en la última fila. Siempre lo hacía. Desde aquel sitio podía camuflarse tras sus compañeros de delante, para pasarse la mañana entera mirando por la ventana.
―Beto, enumérame las características de un dique ―ordenó el profesor Espejuelos, desde lo alto de la tarima. Pero Beto estaba demasiado ocupado observando el exterior a través de la ventana―. Las características, Beto ―repitió de nuevo. Pero nada, el pequeño castor miraba ensimismado el cielo―. ¡Beto! ―gritó esta vez el profesor Espejuelos.
―¡Presente! ―respondió el estudiante dando un respingo en su silla sobresaltado. Toda la clase rió.
―Presente no, Beto, presente no. Te he pedido las características de un dique… ―explicó con paciencia el profesor.
―Eh… Umm…Son… los troncos… y luego… ―Beto bajó la cabeza, se frotó los dientes con las uñitas de su mano y, muy bajito, confesó que no lo sabía.
―Pero Beto, éste es tu futuro, si ahora no te aplicas en aprender la teoría, ¿a qué te dedicarás cuando seas mayor?
Beto se puso en pie de un brinco y gritó entusiasmado:
―¡A volar!
Todos sus compañeros volvieron a reír a carcajadas, pero aquello no pareció importarle a Beto que seguía marcando una esplendida sonrisa en su rostro.
―¡Silencio! ―pidió nervioso el profesor Espejuelos al resto de la clase―. Beto, eres un castor, los castores no vuelan, fabrican presas. Son los pájaros los que saben volar.
―¡Entonces iré a la escuela de pájaros para aprender a volar!
Y antes de que el profesor Espejuelos pudiera replicarle, el pequeño castor había metido todos sus libros en la mochila y había salido pitando de la clase. Todos sus compañeros se arremolinaron en las ventanas para verlo correr bosque a través gritando: “¡voy a volar, voy a volar, voy a volar!”, y dando zancadas altísimas mientras agitaba sus pequeños brazos al aire. Está loco, exclamaban unos, qué tonto, decían otros, y todos reían sin parar.
Al llegar a casa, Beto, tan exaltado e ilusionado como hacía un rato, pidió a sus padres que lo matricularan en la escuela de pájaros porque quería volar. Su padre entró en cólera, llegando a roer, enfurecido, dos ramas que sobresalían de la pared. Su madre se sentó en el porche con los pies bajo el agua del río, decía que con los pies a remojo la cabeza se mantenía fría y, en ese momento, necesitaba tenerla bien fresquita. Cuando los gritos de su marido cesaron, entró en casa y, pidiendo a su hijo Beto que dejara de llorar, anunció que si realmente era lo que quería, lo matricularían en la escuela de pájaros.
―¡¡¿Qué?!! ¡Todos se reirán de él! ¡Es un castor!―exclamó el padre de Beto dispuesto a roer el resto de la casa. Su mujer lo contuvo y le pidió comprensión y paciencia.
Al día siguiente Beto se levantó más temprano que de costumbre, porque la escuela de pájaros estaba al otro lado del bosque y le llevaría más tiempo recorrer el camino. Se despidió solamente de su madre, porque su padre fingía dormir todavía.
Llegó a clase el primero y se sentó en la primera fila. Colocó con cuidado y ordenadamente los libros sobre la mesa, y esperó con una enorme sonrisa mirando al frente. Fueron llegando pajarillos que asombrados lo miraban y cuchicheaban señalándolo con el dedo. Poco después, entró la profesora Lunetas y observó perpleja a Beto en primera fila.
―Soy Beto, profesora, un estudiante nuevo ―se apresuró a decir, poniéndose de pié para no ser descortés.
―¿Beto?, pero creo que aquí hay un error. Esto es una escuela de pájaros y usted… usted es…
―Un castor ―Los pajarillos, sentados en sus pupitres, no pudieron evitar soltar unas risitas.
―¡Eso ya lo veo!, por eso que usted debe ir a la escuela de castores para aprender a construir presas.
―¡Pero es que yo quiero volar! ―La clase rompió a reír y Beto, dándose la vuelta, los miró agachando la cabeza. Con lentitud se volteó de nuevo y explicó a la profesora Lunetas―: Quiero que usted me enseñe a volar.
―¡Qué barbaridad! ¡Vivimos en el bosque Las Masas, los colectivos son lo que son! ¡Nadie nunca ha pretendido ser lo que no le corresponde, porque sería una atrocidad! ¡Aberrante!
―Pero yo… sé que podría volar…
―¿Cómo lo haría?, ¿agitando sus dientes?
Y, al oír esto, fueron muchos los pajarillos los que se cayeron de sus sillas muertos de la risa. Beto, encogiéndose de hombros, metió los libros de nuevo en su mochila y, arrastrando sus enormes pies, salió de la clase con la ilusión carcomida por la humillación.
De camino a casa, tuvo que hacer una parada, porque era tanto lo que lloraba que no podía ver el sendero con claridad. Se apoyó en un árbol y sollozó sin temor a que lo escucharan, porque allí no parecía haber nadie.
―¿Por qué llorasss?
Beto sacó la cabeza de entre sus rodillas, y vio a una diminuta serpiente frente a él ladeando la cabeza esperando su respuesta. El pequeño castor le contó su drama: sus deseos de volar y el rechazo por parte de los castores y de los pájaros.
―No esss un problema el rechassso, amigo… No nesssesssitas la aprovasssión de nadie. Utilisssa tu propio medio para hassser lo que anhelasss. Fíjate sssi no en mí.
―Eres una serpiente.
―Fíjate bien…
Beto se acercó y con cuidado la tomó en su mano. De tan cerca pudo ver que aquella diminuta serpiente tenía muchos pies, algo así como unos cien, y que su piel era en realidad una larga hoja de avellano untada en sudor pegajoso de sapo, con una pequeña piñata anudad detrás, a modo de cascabel.
―¿Un ciempiés?
―¡Yesss! ―dijo agitando la piñata con un golpe de bata de cola―. Sssiempre quissse modelar, pero un sssiempiésss no esss lo demasssiado hermossso para passsarela, ¿me comprendesss?, me rechasssaron en la essscuela de ssserpientesss, ¡viborasss! No importó. Mi entorno me ofresssía todo aquello que haría de mí una modelo… et voilà! Mírame, amigo, aquí essstoy yo. Con un poquito de maquillaje y un essstudiado asssento, consssigo hassser ver a losss demásss como yo verdaderamente me sssiento. Tu entorno, amigo, no lo olvidesss, aprovecha tu entorno para realisssar tus dessseosss…
Beto masticó las palabras del extraño serpiés durante días, sin encontrarle demasiado sentido. Y además tras el fracaso en la escuela de pájaros, había decido empezar a trabajar con su padre, porque tampoco se veía con fuerzas para regresar a la escuela de castores. Así que su padre llevaba semanas enseñándole cómo hacer presas, mientras su madre los observaba, royendo tronquitos, desde el porche con los pies a remojo.
Pasaron dos años y el pequeño castor se convirtió en un joven castor trabajador, experto en presas y diques, introvertido y caracterizado por su enorme apatía. En sus ratos libres le gustaba tumbarse en el porche y mirar hacia el cielo, y cuando un pájaro aparecía en su campo de visión, cerraba los ojos con fuerza para que las lágrimas no llegaran a caer, porque él era un castor y los castores hacen presas.
Un día, trabajando en el río, su padre le ordenó que deshiciera toda la parte izquierda de una presa. Era vieja y la madera se había retorcido por la humedad, ya no servía, había que reconstruirla de nuevo. El joven castor fue retirando las ramas curvadas, y las fue amontonando en la orilla. Cuando terminó, alineó toda aquella madera para que se secase y aprovecharla para hacer una enorme hoguera y calentarse con ella. Mientras esperaba sentado junto a ellas, un pajarillo se posó sobre la orilla del río y estiró sus alas, qué hermosura, pensó Beto. El pajarillo las plegó y después las volvió a abrir por largo tiempo, y fue entonces cuando Beto se percató en la curvatura de su forma. Giró rápidamente la cabeza hacia las ramas que estaban a su lado secándose y recordó lo que, años atrás, alguien le dijo: aprovecha tu entorno para realisssar tus dessseosss…  
Beto recogió todas aquellas ramas y corrió a casa. Se encerró en su habitación. Sus padres preocupados le picaban la puerta pero no obtenían respuesta. Hasta que, tres días más tarde, lo vieron salir con dos piezas grandes triangulares hechas de trozos de madera curvados y enlazados con tallos de plantas. Sus padres lo acompañaron intrigados al exterior. Allí Beto se colocó las dos piezas sobre sus brazos y los agitó. Su madre se llevó la mano a la boca emocionada, al darse cuenta de lo que aquello significaba. Beto atravesó el bosque corriendo, sus padres detrás pidiéndole que no hiciera locuras. Los gritos provocaron que los vecinos del bosque lo siguieran también. Corría Beto y detrás toda una multitud de Las Masas. Subió una colina y por fin, allí, se detuvo. Los vecinos también, y expectantes esperaron en silencio. Beto se arrimó a la pendiente, miró hacia atrás y vio a sus padres.
―Hijo, no lo hagas, los castores sólo saben hacer presas… ―suplicó su padre, sosteniendo la mano temblorosa de su mujer.
Beto dio un paso al frente, y la multitud coreó un largo: ¡¡Aaaaaay!!, cuando lo vieron desaparecer, para después convertirlo en un: ¡Ooooooh!, al verlo resurgir del vacío y planear sobre la colina como un pájaro.
Beto, sin dejar de sonreír, agitaba con fuerza aquellos trozos de madera retorcidos y anudados unos a otros, aquellos troncos que habían sido herramienta de su trabajo, y ahora se habían convertido en su anhelado deseo, en sus alas.
―¡Yesss! ―se oyó entre las hierbas de aquella colina.