domingo, marzo 3

Eufemismo gimnástico

GYM de Javier Avi


Los años pasan. Y en poco tiempo estaré más cerca de los 40 que de los 30 y eso, por mucho que hayas invertido en terapia, acojona. Me miro en el pequeño espejo del baño. Cada vez que encuentro una cana la escondo tras un mechón de pelo que coloco encima. Salgo del baño.
—Nena, ¿por qué llevas todo el pelo sobre la cara?
Me lo aparto, abriéndolo lentamente en canal.
—Estrategia.
Y con un Ah, Joan vuelve a clavar la vista en su ordenador. Está terminando una ilustración que le encargaron la semana pasada.
—¿El dinosaurio pequeño queda mejor en naranja o verde?
—En verde —contesto sin mirar a la pantalla.
—¿En verde? No sé… Hombre, en naranja tiene que quedar chulo también, si le pongo…
—Estoy gorda.
—O verde, sí, igual tienes razón, verde…
—Estoy gorda.
—Si le meto tonos más claros…
—¡Que estoy gorda!
Por fin, Joan levanta la cabeza del ordenador y me hace un gesto para que me acerque.
—¿Dónde estás gorda? —me pregunta.
—Aquí —respondo sujetando una lorza de vientre con ambas manos.
—No estás gorda.
—Ah, ¿no?, ¿y esto qué es?
—¿Eso? Nutella reciclada, y esto —añade dándome un pellizco en el culo—, pasta a la carbonara reciclada, y esto, Doritos jalapeños reciclados. Vamos, que estás riquísima.
Pongan un creativo en su vida. Es adorable cómo difuminan la realidad. Según Joan, yo no soy egoísta sino independiente. No soy desorganizada sino bohemia. No soy mandona sino profesora en casa. No soy gruñona sino vehemente. Y ahora resulta que no estoy gorda sino que soy un reciclaje calórico nuevamente comestible. ¿No se han enamorado de él? Yo sí, pero gracias a mi vehemencia bohemia, sé que un hombre que dibuja dinosaurios verdes no puede entender el mundo de los complejos. Y ahí empieza mi lucha.

—Con matricula se te queda en 47 euros, los meses próximos se te cobraría sólo 40. Tienes 12 pases al mes, tanto para clases como para la sala de máquinas o musculación.
—¿A cualquier hora? —pregunto al encargado.
—Sí, pero solamente una sesión por día.
Me da mi carnet ya plastificado y me indica que debo pasarlo por la puerta giratoria. Tras el bip, la puerta se abre y entro en el gimnasio. Pregunto por la clase de yoga. Me dicen que es la sala del fondo pero que hasta dentro de 15 minutos no empieza. Recorro el pasillo fijándome en todas las clases. Las paredes son de cristal. Me paro en la de Spinning. Unas 20 personas montadas en una bicicleta, pedaleando al ritmo de Afrojack con el corazón entre los dientes.
Y la clase de yoga empieza. Somos 10 mujeres. Arrodilladas sobre una  esterilla. Formamos tres líneas. De cara a los espejos. Frente a nosotras un hombre treintañero, con el torso desnudo y unos pantalones de hilo blanco, estilo ibicenco. De fondo suenan unas campanillas. Inspiramos y espiramos con los ojos cerrados. Bueno, yo hago como que los tengo cerrados, pero estando en grupo nunca he podido cerrarlos del todo, me da cosita. Siento que alguien siempre se queda mirando y se descojona del resto. Lo cierto es que lo hago muy bien, lo de fingir que los tengo cerrados, si no fuera porque giro la cabeza de un lado a otro para ver cómo están los demás, sí, eso me delata. El de los pantalones blancos nos pide que nos pongamos de pie. Saludo al sol. Imito al resto. Levanto los brazos juntando las palmas en alto y me inclino un poquito hacia atrás. El de los pantalones de hilo se acerca y me dice que tenga cuidado con la espalda. Se coloca delante y me estira los brazos y comienza a empujarlos suavemente hacia atrás. Hace lo mismo con mi compañera de la izquierda y es cuando me doy cuenta de: ¡Madre mía, no lleva calzoncillos!, ¡no lleva, no lleva!, ¡todo al aire, todo al aire! Y como si nunca hubiera visto unos genitales desprendidos de cualquier sujeción, me empieza a entrar la risa quinceañera. Solo puedo pensar en las risas que me voy a echar con Marieta cuando se lo cuente. Polla, pollita, pollón y jajajajajaja. Recojo la esterilla y salgo de la clase disculpándome.
Despliego mi lista mental de modalidades y marco una equis junto a yoga.
Segundo intento: Body Combat.
Al día siguiente, me meto en una sala algo más grande que la de yoga. 8 tías y 4 tíos, esperan en silencio. Algunos de ellos llevan unos semiguantes, sin dedos. Empiezo a dudar si golpear al aire termina doliendo. Al de unos minutos entra un joven rubio y bajito, también con semiguantes, y al llegar al final de la clase levanta los brazos y grita:
—¿Cómo están mis guerreros?
—¡Bieeeeen! —contesta la clase entera y empiezan a aplaudir. Los miro y aplaudo también, pero con esa medio sonrisa de no sé por qué lo hago, pero no me excluyáis del grupo, por favor.
La clase empieza con Rammstein a todo volumen, y allí todo el mundo empieza a dar saltitos como si estuviera en un ring y golpea al aire con la derecha, con la izquierda, con la derecha-derecha, izquierda-izquierda, patada-patada, salto alto con rodillas contra el pecho, saltitos, saltitos, salto alto, puñetazo, puñetazo, patada delante-detrás, salto alto, patada de lado y:
—¡Jay! —gritan.
—Jay… —grito en diferido.
Han pasado tres minutos y estoy agotada.
—¡Muy bien! —exclama el rubio y bajito—, ¡quiero que aplastéis a vuestros ex, a vuestros jefes, al que os insulta, al que os jode! ¡Guerreros!
—¡Jay!
—Jay…
Body Combat: equis.
Tercer intento: Aerolatino.
Sala amplia. La más grande de las tres. Unas 20 mujeres de todas las edades. La profesora, una veinteañera, de melena castaña impecable hasta la cintura. Música: Los hermanos Rosario.
—¡Derecha, doble paso! ¡Eso es, muy bien! ¡Paso cruzado! ¡Izquierda, doble giro, arañita baja, y twist con la izquierda! ¡Twist derecha! ¡Repetimos! ¡Hermosuuuura!
Y sí, voy de derecha a izquierda, y perdón a la de la derecha y perdón a la de la izquierda y levanto los brazos cuando el resto los baja, y me cruzo, cuando dan paso al frente, y giro cuando toca paso rumba, y ¡hermosuuuura!
—¡Sin parar! —grita la del pelo hasta el culo—. ¡Paso repetido y: 5, 7, 8, 1-2-3, y 9, 4, 6, 1-2-3!
Pero, ¿por qué no me cuentas en orden? Si los números van para arriba o para abajo, o de dos en dos, o cómete tres si lo prefieres, pero sigue la frecuencia, ¡sigue la frecuencia, mujer! ¿5, 7, 8?, ¿9, 4, 6?, ¿qué es eso? ¡Un poco de orden! Y golpe a la derecha y a la izquierda. Tropezón delante y tropezón detrás. Clase terminada y frustración anclada a los talones.
Abro la puerta de casa.
—¿Qué tal esta vez? —pregunta Joan.
Me acerco arrastrando los pies y lo abrazo.
—No tengo coordinación…, había mujeres de 50 años que lo hacían mejor, no he dado ni una…, ni una…, no tengo coordinación, no sé seguir al grupo, un desastre… Al revés de toda la clase, al revés… ¡Iba siempre al revés!
—No es que fueras al revés, lo que pasa es que te gusta innovar.
Lo dicho, pongan a un creativo en su vida que dibuje dinosaurios verdes.

martes, diciembre 18

¿Felices fiestas?

    Al mal tiempo, buena cara de Javier Avi

    El blog al completo, es decir, el genio del ilustrador Javier Avi y yo, os deseamos ¡Feliz Navidad!
    Vale... sí, lo reconozco, odio estas fiestas, pero la postal es tan bonita que, este año, no me he podido resistir a implicarme un poco en el tema de las felicitaciones. (Es que ¡me encanta....!!)
    Disfrutad de la comida, del buen vino, y a ver, si con un poquito de suerte y, sobre todo, con una gran rebelión (que parece que estemos atontaos), el 2013 nos trae un nuevo gobierno.
    Y como siempre, ¡muchas gracias por seguir el blog!

viernes, diciembre 7

De otro planeta



 Los marcianos de Javier Avi

Era domingo por la noche. Estaba tumbada en el sofá de mi pequeña buhardilla madrileña. A mí lado Joan y enfrente un hombre en la televisión que aseguraba haber visto a los extraterrestres. Según su versión, apareció una gran nave espacial tras la colina en la que estaba acampado. De la nave bajaron tres seres luminosos de más de dos metros de altura, con cabeza en forma de balón de rugbi. Largos brazos hasta la rodilla y de enormes ojos negros. Sin orejas, nariz y boca. Los seres se acercaron a él y emitieron un fuerte sonido agudo que lo dejó inconsciente.
—¿Esquizofrenia? —pregunté.
—Hongos alucinógenos —contestó Joan.  
A la mañana siguiente comenté a mis alumnos lo que había visto en la televisión y les pedí su opinión. Enseguida se formó un gran debate desordenado, así que decidí organizar la clase en dos grupos asignándoles un rol forzado, uno a favor y otro en contra de este tipo de avistamientos. Debían defender su postura, la creyeran o no. El resultado fue divertidísimo, con ingeniosos comentarios y originales puntos de vista. Lo curioso fue comprobar cómo, después de 20 minutos de discusión, la opinión pareció unificarse. Todos estaban de acuerdo en que existían otros planetas. Que los extraterrestres nos hubieran visitado era algo muy discutible, pero que existían y que eran muy diferentes a nosotros era, según ellos, incuestionable. La clase terminó y me despedí agradeciéndoles su enorme participación. En el metro de vuelta a casa, dibujé mentalmente a unos supuestos extraterrestres visitando mi buhardilla.
—¡Son granates y bajitos! —grité al abrir la puerta. Joan levantó la cabeza de su ordenador y se rió, la loca acababa de llegar a casa—. Los extraterrestres de Chamberí —aclaré—. Están a puntito de aterrizar con su nave espacial en nuestro tejado.
—Nena, pues, de momento, los únicos que te visitarán son los de la Agencia Tributaria. Toma —dijo ofreciéndome una carta—, nueva notificación de Hacienda.
—¿Otra vez? No me jodas…, pero ¿qué coño quieren de mí si no tengo un euro?

Mes y medio atrás, me había llegado una primera notificación en la que me explicaban que el proceso de la devolución de mi renta se paralizaba hasta que no comprobaran de nuevo los papeles del alquiler del piso. Me pedían que entregara, otra vez, antes de diez días hábiles, el contrato de alquiler, las mensualidades y la copia del Ivima en la que se verificaba que el arrendador había declarado la fianza.
—Jacobo, oye, soy Elvira, tu inquilina.
—Hola, Elvira, ¿cómo estás?
—Muy bien, pero te llamo para ver si me puedes hacer una copia del Ivima. Del papelito que te dieron cuando declaraste la fianza. No sé por qué, pero Hacienda me la pide para la deducción del alquiler.
—No, no la declaré.
—Ya…
—Intenta solucionarlo sin que tenga que declararla. En el Ivima se forman colas interminables y me da mucha pereza ir allí. Venga, Elvira, pasa un buen día.
Click.
Así que pasados tres días, metí en un sobre la copia del contrato de alquiler, las mensualidades y un justificante en el que se indicaba que el arrendador no había declarado la fianza en el Ivima, y lo mandé a la oficina de la Agencia Tributaria de Madrid.

—¡¿Qué?! —exclamé al leer la nueva notificación.
Según el artículo 8 del Derecho Legislativo 1/2010, si no se ha efectuado el depósito de la fianza no puede aplicarse la deducción por arrendamiento de la vivienda habitual, aunque el arrendatario haya satisfecho la fianza del arrendador.  De tal manera se penaliza al arrendatario con un importe que asciende a 467’82 euros.
—¡¿Me están tomando el pelo?! ¡¿En qué país vivimos?! ¡¿Me penalizan a mí por el pufo de otro?! ¡Esto es inmoral! ¡INMORAL! ¡IN-MO-RAL!
Aunque pareciera imposible, conseguí tranquilizarme, y en cuanto lo hice llamé a Ángeles, una amiga que es abogada y lleva una gestoría. Me pidió un par de días para intentar averiguar qué se podía hacer.
—Nada —me dijo, por teléfono, dos días después.
—Ángeles, es una broma, ¿verdad...? —contesté desplomándome en el sofá.
—Lo he intentado todo, pero nada. El arrendador sale de rositas y el arrendatario carga con la penalización por ley. Supongo que tu casero ya lo sabía y te cargó con el muerto.
—Pero ¿qué me estás contando…? —Del sofá me desplomé al suelo.
—Elvi, mira, mi único consejo es que le propongas que esta penalización te la descuente de tu próximo mes de alquiler. Es lo más justo y lo tiene que entender. No se me ocurre nada más, lo siento, cariño.
Esa misma noche le escribí un email a mi casero informándole de la última notificación de Hacienda y le propuse la idea de Ángeles.
Con cierto optimismo me fui a la cama. Tenía razón mi amiga, mi casero lo iba a entender. Claro, era de cajón, si Jacobo es un poco refunfuñón pero es un buen tío. Lo iba a entender, seguro. Es una persona, una persona con capacidad de entendimiento, entonces no había nada de qué preocuparse, Jacobo descontaría la penalización del alquiler, era de cajón, lo iba a entender, es una persona.
A la mañana siguiente bebía mi primera taza de café, mientras Joan se duchaba, cuando mi móvil sonó. Pude ver en la pantalla Jacobo ksero, e ilusionada atendí la llamada.
—Hola, Jacobo, buenos días.
—Vamos a ver, Elvira, vamos a ver... Acabo de leer tu email y no sé si me estás tomando el pelo, porque me estás tomando el pelo, ¿verdad?
—¿Cómo…? —pregunté mientras miraba desencajada a Joan que, en ese momento, salía del baño.
—¡Tú te crees que yo soy idiota! ¿Cómo te voy a descontar 467 euros del alquiler del próximo mes?
—Pues, bueno, considero que es injusto porque fue tu culpa cuando…
—¿Mi culpa? ¿Tú crees que la ley te va a penalizar a ti si la culpa es mía? Aquí la única responsable eres tú, y por eso la Agencia Tributaria decide que seas la que pague. No hay nada más de qué hablar. Se acabó el tema. Venga, Elvira, pasa un buen día.
Click.
Atónita dejé el móvil sobre mi escritorio y, con lentitud, me di la vuelta y miré a Joan. Al verme tan alucinada, me preguntó preocupado:
—Pero, nena, ¿quién era?
—Los extraterrestres…

jueves, noviembre 29

Paraguas bajo la lluvia



 Con gusto no moja de Javier Avi

Escucho: “no debes esperar a que escampe, tienes que aprender a caminar bajo la lluvia”. Me doy la vuelta disimuladamente, llevándome la taza de café a la boca, y las veo. Son dos amigas sentadas en la mesa de al lado. No creo que lleguen a los treinta, pero por ahí andan. Una con gafas y la otra con pendientes colgaderos XXL. La de gafas escucha a la de los pendientes, que utiliza frases con las que yo adornaba mi carpeta del colegio. Y pienso, qué pereza.
Por suerte, nunca he tenido este tipo de amigas, es decir, gurús espirituales. Quizá haya conocido a alguna, pero está claro que la tiré del tren a tiempo. Yo tengo a Marieta, que cuando quedo con ella, da un trago a su cerveza y dice “qué asssco de vida” y yo le digo “¿te acuerdas de Willy, el profesor de intercambio?, pues me lo he tirado”, las dos gritamos, nos abofeteamos los brazos y seguimos, atacadas de risa, bebiendo cañas, así que cuando salimos del bar, no caminamos bajo la lluvia sino que nos arrastramos. También tengo a Blanquita que, en vez de cerveza, bebe kalimotxo. Y supongo que ellas me tienen a mí, que bebo de todo.
—Tienes que motivarte. Saber qué quieres, e ir a por ello. Y si ves que no sale ¡zas!, ¡cambio!, ¿eh? ¡Zas!, ¡cambio!, ¿entiendes?
Zas-cambio. Me pregunto si la psicología humanista se sabe este truco: zas-cambio. La panacea para los suicidas.
Saco el móvil porque me está entrando la risilla floja. Miro la pantalla y entonces me río relajada, es como tirarte un pedo aprovechando el ruido de la cisterna, crees que los de fuera no te oyen, pero estás muy equivocada. El de la mesa de delante me mira, hace gesto raro y vuelve a su periódico.
—Y tienes que entender que hay que mojarse —continúa la de los pendientes—, arriesgarse, porque es agua. Agua.
—Claro… —asiente la de gafas.
—Te llevarás una pulmonía. Sí. Estarás fastidiada, no digo que no, pero es agua.  Nada más. ¡No hay paraguas que te proteja! ¡Mójate!
Y me viene a la cabeza, como hace 6 años. Blanquita, Marieta y yo, en Bilbao, regresábamos a casa andando en una noche de perros. No paraba de llover, y el frío de diciembre no perdonaba. Salimos del Casco Viejo. Cruzábamos el puente del Arenal con un único paraguas. Yo intentaba apretarme a ellas, mientras Marieta me empujaba hacia afuera al grito de “¡la enana necesita crecer!”. Blanquita, a carcajada limpia, retorcía las piernas para no mearse y yo amenazaba a Marieta con cantarle “El Pavo Real” si no me dejaba mi porción de paraguas. Blanquita se meó, Marieta odió, una vez más, al Puma y yo me mojé.
—Sí… agua… —y la de gafas sigue flipando.
Y yo me sigo riendo mirando a la pantalla negra de mi móvil.
—Perdona, ¿está libre? —Un treintañero con barba desaliñada me pregunta por la silla que hay junto a mí. Le miro con una sonrisita. Se agacha y me besa el cuello—. Tontaca… —dice.
—Tontaco… —y le muerdo la boca. La de los pendientes se calla y siento que nos mira. Me giro y le digo—: Tranquila, es Joan, mi paraguas.