jueves, noviembre 29

Paraguas bajo la lluvia



 Con gusto no moja de Javier Avi

Escucho: “no debes esperar a que escampe, tienes que aprender a caminar bajo la lluvia”. Me doy la vuelta disimuladamente, llevándome la taza de café a la boca, y las veo. Son dos amigas sentadas en la mesa de al lado. No creo que lleguen a los treinta, pero por ahí andan. Una con gafas y la otra con pendientes colgaderos XXL. La de gafas escucha a la de los pendientes, que utiliza frases con las que yo adornaba mi carpeta del colegio. Y pienso, qué pereza.
Por suerte, nunca he tenido este tipo de amigas, es decir, gurús espirituales. Quizá haya conocido a alguna, pero está claro que la tiré del tren a tiempo. Yo tengo a Marieta, que cuando quedo con ella, da un trago a su cerveza y dice “qué asssco de vida” y yo le digo “¿te acuerdas de Willy, el profesor de intercambio?, pues me lo he tirado”, las dos gritamos, nos abofeteamos los brazos y seguimos, atacadas de risa, bebiendo cañas, así que cuando salimos del bar, no caminamos bajo la lluvia sino que nos arrastramos. También tengo a Blanquita que, en vez de cerveza, bebe kalimotxo. Y supongo que ellas me tienen a mí, que bebo de todo.
—Tienes que motivarte. Saber qué quieres, e ir a por ello. Y si ves que no sale ¡zas!, ¡cambio!, ¿eh? ¡Zas!, ¡cambio!, ¿entiendes?
Zas-cambio. Me pregunto si la psicología humanista se sabe este truco: zas-cambio. La panacea para los suicidas.
Saco el móvil porque me está entrando la risilla floja. Miro la pantalla y entonces me río relajada, es como tirarte un pedo aprovechando el ruido de la cisterna, crees que los de fuera no te oyen, pero estás muy equivocada. El de la mesa de delante me mira, hace gesto raro y vuelve a su periódico.
—Y tienes que entender que hay que mojarse —continúa la de los pendientes—, arriesgarse, porque es agua. Agua.
—Claro… —asiente la de gafas.
—Te llevarás una pulmonía. Sí. Estarás fastidiada, no digo que no, pero es agua.  Nada más. ¡No hay paraguas que te proteja! ¡Mójate!
Y me viene a la cabeza, como hace 6 años. Blanquita, Marieta y yo, en Bilbao, regresábamos a casa andando en una noche de perros. No paraba de llover, y el frío de diciembre no perdonaba. Salimos del Casco Viejo. Cruzábamos el puente del Arenal con un único paraguas. Yo intentaba apretarme a ellas, mientras Marieta me empujaba hacia afuera al grito de “¡la enana necesita crecer!”. Blanquita, a carcajada limpia, retorcía las piernas para no mearse y yo amenazaba a Marieta con cantarle “El Pavo Real” si no me dejaba mi porción de paraguas. Blanquita se meó, Marieta odió, una vez más, al Puma y yo me mojé.
—Sí… agua… —y la de gafas sigue flipando.
Y yo me sigo riendo mirando a la pantalla negra de mi móvil.
—Perdona, ¿está libre? —Un treintañero con barba desaliñada me pregunta por la silla que hay junto a mí. Le miro con una sonrisita. Se agacha y me besa el cuello—. Tontaca… —dice.
—Tontaco… —y le muerdo la boca. La de los pendientes se calla y siento que nos mira. Me giro y le digo—: Tranquila, es Joan, mi paraguas.

sábado, noviembre 24

De tal palo...



 Tiempo de Javier Avi

¿Qué es una marica mala heterosexual? Un tío al que le gustan las mujeres, pero da por culo hasta hartar. Es decir: Aitor Goian Aramburu. ¿Que por qué escribo su nombre completo? Para hacerles un favor. Si se lo encuentran, corran. Y es que toda mi vida me he preguntado cómo es posible generar un ser tan insufrible, que lo único que provoque sea correr en dirección contraria. Mi madre me dio la respuesta y hoy lo cuento.

Hará cosa de mes y medio, pedí dos días libres en la universidad y subí a Bilbao, porque operaban a mi madre de juanetes. Dicho así parece que no implicaba demasiado riesgo, pero estamos hablando de mi madre, una mujer que sólo es capaz de hacer una  cosa al día: “mamá, ¿mañana nos vamos a comer?”, “¿mañana?, imposible tengo que ir al banco”, “ya, bueno, pues pasado”, “¿pasado?, imposible tengo que ir a Correos”, y al otro ya les adelanto que tampoco, porque se tenía que lavar el pelo. Es así. Por lo tanto, una operación de juanetes iba a suponer un antes y un después en su vida.
—Qué mala suerte tengo, de verdad te digo… —gimió mi madre mientras yo intentaba concentrarme en la Cuore. Estábamos en la cama de su habitación. Ella con los pies enfundados en vendas y yo enterrada bajo la prensa rosa—. Cuando salgo de una, me meto en otra. Pero una cosa te voy a decir, si me muero, me da igual, ¡una menos! Sois todos una panda de egoístas que seguro que ni os enteráis.
—Que si nos enteramos… —Y pasé la hoja rechupeteándome el dedo.
—No conozco persona que dé tanto y reciba menos. De lo buena que soy, soy hasta tonta. ¡Tonta!
—No eres tonta… —Y una hoja menos.
—Sacrificada toda mi vida, para que tu hermano y tú tengáis de todo, y ahora que me tenga que pasar esto… ¡A mí! Si es que me lo veía venir, voy a terminar como la tía Justina…
Harta levanté la cabeza de la revista:
—Mamá, la tía Justina murió de un tumor cerebral, ¡y a ti te han operado de unos puñeteros juanetes!
Mi madre me miró girando la cabeza de un lado a otro, en claro gesto de desaprobación. Después paró y dijo:
—¿Cuántas veces te he dicho que una melenita corta te queda mejor? Esas greñas te hacen a sucia.
Suspiré y me levanté de la cama. Ordené las revistas y las dejé amontonadas en la mesilla.
—Me voy —dije—. He quedado con Iker, ¿quieres algo?
—¡Morirme!
—Pues hala, ¡buen viaje! —Levanté la mano a modo de saludo y salí de la habitación.

Entré en el Gozatu de García Rivero. Iker estaba apoyado en la barra. Me acerqué a él y lo abracé con ganas. Habíamos estudiado juntos en la universidad y, a día de hoy, los dos luchábamos en el difícil mundo del profesor de español. Bilbao, por extraño que parezca, se mantenía al margen de la crisis, por lo menos mi grupo de amigas, quienes vivían en casas valoradas entre 300 mil y 500 mil euros y llevaban a sus hijos a colegios privados, sin que su economía se tambaleara. Bilbao se había convertido en una burbuja de bienestar y calidad de vida, un abismo comparado con lo que yo estaba viviendo, en estos momentos, en Madrid. Supongo que el ser una apasionada de la enseñanza y el haberme enamorado de un criador de caracoles con alma de artista, me habían encaminado hacia un futuro, en cuanto menos, incierto, muy incierto. Por eso, abrazar a Iker era volver a sentir una realidad de la que ya Bilbao, lamentablemente para mí, carecía.
Iker me contó que seguía tirando de la academia de idiomas en la que estaba contratado, pero que necesitaba de estudiantes particulares para llegar a fin de mes. Lo escuché con atención mientras bebía un Baigorri 2008, que dejaba bastante que desear. Iker quedó en silencio y yo coloqué la copa de vino sobre la barra con gesto agrio. Después lo miré y me dijo:
—Y no sabes lo peor. Amaia me ha dejado.
—¿Quieres un pintxo? Yo es que tengo hambre.
Mi psicoanalista andaba últimamente muy preocupado con respecto a una hipersensibilidad, que aseguraba, que yo estaba teniendo ante cualquier elemento externo, lo que me generaba, según él, una angustia difícil de llevar. Imagino que si me hubiera visto pedir el pintxo de queso de cabra gratinado con confitura de frambuesa tras conocer la separación de uno de mis mejores amigos, habría llamado al colegio de psicólogos para anunciar su dimisión.
—Elvi, Amaia, que me ha dejado —repitió.
—¡Está que te cagas! ¿Quieres probar? —y le ofrecí el pintxo. Negó con la cabeza y me miró con desazón—. Que sí… que te ha dejado y que el mundo se acaba.
—¡Joder, Elvi!
Ferzón —dije con la boca llena intentando disculparme.
—Que soy un puto desastre, tía. No sé, que lo debo hacer todo mal, que se ha cansado, tía. No sé... Que es verdad que yo también me quiero casar, pero ahora no, y por eso dice que me acomodo, y que se ha cansado. Dice que no cambio, no sé, ¡pero si yo me quiero casar! Pero le han entrado unas prisas ahora y, tía, Elvi, que soy un puto desastre, que me lo llevaba diciendo mucho tiempo, que había que dar un paso más, pero ya sabes, yo que sí, y que sí, y que al final no. Y mira ahora, que me ha echado y que he vuelto a la casa de mis padres, soy lo peor, lo peor… Jodeeeeer… Que se ha cansado y no me extraña… Puta mierda…
Levanté los hombros y le dije que no se preocupara y que intentara estar lo más tranquilo posible, que disfrutara del momento.
—¿Disfrutar? Elvira, ¿tú me has oído?
Contesté que sí agitando rápidamente la cabeza hacia arriba y hacia abajo. Iker se rió. No me gusta dar consejos, pero sí me atreví a decirle que dejara de tener esa manía de culpabilizarse tanto, más que nada porque se ponía muy pesado, se volvió a reír. Sacamos otras dos copas de vino, aunque esta vez me cubrí las espaldas y pedí Marqués de Arienzo 2007. También cuatro pintxos y muchas risas. La noche del viernes estaba siendo una auténtica delicia, parecía como si Bilbao me hubiera permitido entrar en su burbuja para disfrutar de aquel momento y hacerlo cómplice de mi realidad paralela. Pero todo se chafó cuando Iker, tras leer un mensaje en su móvil, me dijo:
—Es Aitor, que dice que viene.
—¿Aitor Goian Aramburu?
—Sí.
¡Corran!
A mí no me dio tiempo, así que lo vi entrar en el bar con su sonrisa tan artificial.
—¡Hola, guapa! —Regla número uno: si un amigo te llama “guapa”, es que no es amigo. Creo que no hay apelativo más manoseado y con menos identidad.
—¡Hola, guapo! —Y con una sonrisita me llevé la copa de vino a la boca. Y llegados a este momento, mi psicoanalista se estaría haciendo el harakiri.
Para nuestra sorpresa, Aitor nos contó que acababa de estar con Amaia tomando unas cañas.
—Y, macho, Iker, está de puta madre —puntualizó.
Me di la vuelta y pedí al camarero otra copa de vino, necesitaba beber algo, porque este chico acababa de llegar pero a mí ya se me había atragantado.
—¿Y tú qué coño hacías con Amaia tomándote unas cañas? —pregunté tirando al suelo la diplomacia junto a la servilleta de papel.
—Hombre, Elvira, no me jodas, Amaia es amiga mía y lo está pasando mal.
—Pensaba que estaba de puta madre —respondí.
—Se acaba de separar, ¿sabes?
—Perfectamente, ¡me lo acaba de contar el tío al que ha dejado!
—Vale, chicos, creo que… —Primer intento fallido de Iker por calmarnos.
—¡Necesitaba hablar con alguien, me ha llamado y hemos quedado!, ¿dónde está el error?
—¡Que eres el mejor amigo de Iker! ¡Y que Amaia te la pela!
—¡Oye, que yo a Amaia la quiero mucho!
—No, de verdad, chicos… —Segundo intento fallido.
—¡Pero si lo único que te importa es chafardear! Que has quedado con Amaia y te he faltado tiempo para buscar a Iker y contárselo. ¡El correveydile! ¡Qué asco!
—¡He venido para estar con él porque sé que lo está pasando mal, pero no le voy a contar nada!
—¡Qué considerado!
—Chicos, que yo… —Tercer intento fallido.
—¡Elvira, que la gente no es tan puta como tú!
Silencio.
—Bueno, me voy —dije al fin—. Os dejo para que habléis de nada.
—Elvira, con puta he querido decir maquiavélica —Dejé la copa en la barra y cogí el bolso—, pero con maquiavélica me refiero a tía lista, a alguien que piensa —Besé a Iker y le susurré paciencia al oído—, porque Elvira tú eres una tía muy inteligente y como tú pocas.
—Aitor, guapo, vete un poquito a la mierda.

—¿Mamá? —pregunté al entreabrir la puerta de su habitación. Estaba sobre la cama leyendo un libro. Al verme, se quitó las gafas—. ¿Te has muerto ya?
Se rió y me pidió que le hiciera un poco de compañía. Entré y me tumbé junto a ella. Le conté que el Baigorri es un asco de vino, que Iker se había separado, que el pintxo de queso gratinado lo preparan mejor en el Gozatu que en El Globo, y que Aitor es insoportable.
—¿Qué Aitor? —me preguntó.
—Aitor Goian.
—¿No será hijo de Carmelo Goian, que se casó con Lola Aramburu? —Asentí—. Buuf, mira, conozco a su padre desde cría, y te aseguro que es un hombre para echar a correr —Solté una carcajada, me era familiar eso de correr—. Así que si es hijo suyo, ¡no me digas más! Es bien sencillo: ¡de tal palo, tal astilla!
—Ya… —dije mirándola, con angustia, desde la cabeza hasta la punta de los pies vendados.
Se volvió a colocar las gafas y cogió de nuevo el libro. Yo alargué la mano y alcancé una revista de la mesilla.
—Entonces, ¿mañana vas a ir a que te corten el pelo? —preguntó sin levantar la vista de la página. Dejé la revista, otra vez, en la mesilla y salí de la cama—. Pero ¿a dónde vas?
—¡A morirme! —contesté desde la puerta.
—Pues hala, ¡buen viaje!

martes, octubre 16

Creatividad pastelera



                                                      Creatividad de Javier Avi

Estaba tumbada en el sofá con una cerveza, viendo a Joan dibujar en su mesa. Sonreí, levanté el botellín y brindé:
―¡Por nuestra panadería, amor!

Llegué a Madrid de Estados Unidos con 6 mil euros ahorrados que fueron a parar, a toca teja, a IMEC, Instituto Moderno de Escritura Creativa. Me había tirado 2 años en la América profunda dando clases en una universidad y, sobrellevando el duro invierno, escribiendo relatos. Una editorial se interesó por ellos y, tras firmar un contrato, mi primer libro iba a ser publicado en poco más de 6 meses. Estaba contenta, muy contenta. Además IMEC me daría las pautas para abrir mi mente, reflexionar y ahondar en temas que pudieran dar a mis escritos cierta profundidad. Estaba contenta, muy contenta.
El primer día, el profesor Cañamares explicó que debíamos organizarnos porque cada semana, uno de nosotros, se encargaría de traer vino y algo de comer.
―¿Perdón? ―pregunté ojiplática―. ¿Quieres decir que vamos a organizar merendolas y además nosotros tenemos que correr con los gastos? Pensaba que era una escuela de escritura, no una asociación para hacer amigos.
―Vaya, tenemos una rebelde entre nosotros. ―La clase rió y yo vi caer mis 6 mil euros por el retrete.
Poco tiempo después, me enteré de que Cañamares estaba casado con una ex alumna, 35 años más joven que él, y que ahora también por supuesto era profesora de la escuela. Mi profesora. Poco tiempo después, me enteré de que mi profesora había expulsado a mí compañera, porque se había tirado a Cañamares después de una de las merendolas. Poco tiempo después, mi novela salió publicada y Cercas, otro profesor, se olvidó de darme la enhorabuena, pero sí me invitó a abandonar la escuela alegando ser carne de taller, dijo que IMEC me quedaba grande. Poco tiempo después, mi compañero me dijo que Cercas le había tirado los trastos. Poco tiempo después, mi profesora arrojó mis escritos sobre su mesa y dijo algo sobre que los relatos eran cerillas y que sólo tenemos una para encender, que alguien le dé lumbre a esta pobre mujer, por favor. Poco tiempo después, mi otra compañera me enseñó un email subidito de tono de Aguinaga, mi otro profesor. Poco tiempo después, se lo tiró. Poco tiempo después, Cercas, que nunca había publicado nada, nos contó que Pedro Almodóvar le había robado el guión de Hable con ella, aunque en primera instancia Cercas lo había titulado Susúrrale. Poco tiempo después, Aguinaga tras decirme que mis relatos le hacían perder el tiempo, me pidió que lo abrazara, que te abrace tu puta madre, le contesté. Poco tiempo después, Cañamares, Cercas, Aguinaga y mi profesora, evaluaron con un no apto mi proyecto de fin de máster, lo justificaron con un no estás preparada, Elvira.
Me marché a París. Alguien me habló de un excelente curso de creación literaria en La Sorbona. El primer día, el profesor Rubaud exigió puntualidad y prohibió cualquier tipo de comida y bebida en clase. Suspiré aliviada. Dos días después, tras la sesión, me acerqué a él y vomité toda mi frustración. El profesor Rubaud me ofreció su pañuelo y me aconsejó que pintara. ¿Pintar? Pinte, y mañana tráigame lo que haya hecho. Compré témperas, una cartulina y pinté. Al día siguiente se lo llevé.  El profesor Rubaud lo observó. Es algo así como abstracto, intenté explicarme al ver que su rictus era serio.
―Su creatividad está muerta ―dijo finalmente―. Mire, lo único que ha hecho usted ha sido trasladar la paleta de colores a la cartulina, en perfecto orden, sin mezclarlos, ¿a qué tiene miedo?
―¿Yo?, a nada, pero no sé pintar.
―No hablo de pintura, sino de creatividad. Un panadero desborda más creatividad haciendo sus brioches cada mañana, que usted intentando escribir 4 palabras. ―El profesor Rubaud volvió a prestarme su pañuelo―. Potencialmente todos los seres humanos somos capaces de crear, así que no se preocupe y, ande, devuélvame el pañuelo.
El profesor Rubaud me dio una lista de recetas que debía preparar en casa, de autores que debía leer, de lugares que debía observar, de conversaciones que debía encontrar, de vinos que debía catar y de texturas que debía tocar. Sin embargo no me obligó a escribir, solamente me aconsejó que siempre me acompañara la música y que, por favor, sonriera.
La última semana, al terminar la clase, me pidió que me acercara a su mesa. Me dio un folio y un bolígrafo y me ordenó que pintara. ¿Con esto?, pregunté. Pinte, contestó. Y pinté. Una hora más tarde, Rubaud observó mi dibujo. Enhorabuena, mi querida pastelera, dijo.
Al regresar a Madrid, Cañamares, Cercas, Aguinaga y mi profesora me estaban esperando para darme una segunda oportunidad. Expuse un nuevo proyecto en el que defendí la naturaleza creativa del ser humano. Tras deliberar, Cercas me informó que estaba aprobada, pero que mi tesis no tenía ni pies ni cabeza porque:
―¡No todo el mundo es capaz de escribir una novela!
―Por supuesto que no ―contesté―, pero entonces serán capaces de crear deliciosos brioches.