lunes, mayo 27

Psicopatizando

  Futuro de Javier Avi

El padre lanzaba al medio del mar, desde una pequeña barca de pescador, al violador y asesino de su hija, un chaval maniatado de no más de 16 años que suplicaba perdón. La pantallá se volvió negra y, todavía con el rumor de las olas de fondo, aparecieron los créditos de la película. Me quedé inmóvil en mi sofá con la vista fija en el televisor y con la certeza de que yo hubiera hecho lo mismo. ¿En qué me convertía aquello? Me levanté con torpeza, apagué la televisión y me preparé un café a pesar de ser casi las dos de la mañana. Con la cafetera sobre la vitro pensé en Joan y en lo mucho que lo echaba de menos, su vuelta a Barcelona me estaba costando, sobre todo que la decisión la hubiera tomado una crisis que poco tenía que ver con nosotros, un criador de caracoles y una profesora.
Lo mataría —dije en voz alta—. Al mar.
Aunque supongo que no lo ataría, no, que tuviera la oportunidad de nadar, de nadar a ninguna parte, con su traje y con esas gafas que le hacen la cara todavía más de tonto. Desde la barca lo saludaría con ceremoniosidad, nada, idiota, le diría, nada, a ver si consigues llegar a alguna parte. Pondría en marcha el motor de la barca y me alejaría sin dejar de saludarlo.
Se está riendo de todos nosotros —volví a decir en voz alta.
Él y toda su tropa de corruptos farsantes, de necios inmorales, de asesinos impolutos. Hace ya tiempo que nos tiraron al mar y a quí estamos, yendo a ninguna parte, tan agotados que ni gritar podemos.
Hijos de puta...
El gorjeo del café me sacudió la imagen de golpe. Me serví un vaso y, después de leer cerca de una hora, me metí en la cama.
A la mañana siguiente salí de casa cargada con el denso sueño del que tan solo ha dormido tres horas. Bajé las escaleras y al pasar por el segundo piso, la puerta de mi vecina Guillermina se abrió.
Ay, hija mía, sabía que eras tú por esa manera tan torpe que tienes de bajar las escaleras.
Guillermina tenía 84 años. Le sacaba la basura y le hacía los recados, porque sus hinchadas piernas poco le permitían moverse.
Anda, guapa, que te voy a dar 5 euros y cuando te vuelvas de trabajar me traes una botellita de aceite, ¿eh?
Guillermina abrió su monedero y me ofreció el billete.
Que no, mujer, que no gaste dinero, guárdelo, que le voy a dar yo una. ¿No ve que el fin de semana pasado fui para Bilbao y mi madre me carga de aceite, café y embutidos? Es muy triste pero como están las cosas, siempre me prepara una bolsa para que me traiga, así ahorro en súper.
¡Oye, que no!, ¿eh? ¡Faltaría más! Que eso tu madre te lo da para que lo gastes , no la vieja del segundo.
Pero, Guillermina, si desde que se fue Joan no gasto nada. Él sí, con sus croquetas, pero yo ni sé hacerlas. No se preocupe, de verdad, cuando vuelva de la uni le bajo una botella.
Bueno, bueno, pues..., gracias, hija, qué buena eres, un sol, eres un sol...
No se crea, ¿eh?, que últimamente me afloran deseos asesinos.
¡Uy, uy, uy, no te preocupes, bonita! Mira, yo desde que está este gobierno —dijo bajando el tono de voz casi a un susurro—, a más de uno lo tiraría al mar...
La besé con media sonrisa y bajé las escaleras. Al salir del portal abrí el paraguas, porque últimamente no paraba de llover en Madrid.


lunes, abril 29

De lo cotidiano al teatro hay un paso

Nota: Para contextualizar esta entrada, te recomiendo que leas la anterior: Amo, amas, amat...

 Retratando una vida de dos de Javier Avi

PRIMER ACTO
Personajes:
Joan
Elvira
Susana

La escena transcurre en una diminuta buhardilla. Las paredes llenas de bocetos. Al fondo una cocina, a la derecha un escritorio, en el centro una mesa y un sofá, y a la izquierda, detrás de un biombo, una cama. Elvira (treintañera y menuda) sentada en el escritorio frente al ordenador. Joan (treintañero y de aspecto despreocupado) en el sofá, dibujando sobre un papel. 21:00 horas.

JOAN: Devuélveme el dibujo.
ELVIRA: A ver, Joan, ¿cómo te lo voy a devolver?
JOAN: Te hago dibujos para que ilustres tus relatos siempre y cuando digas cosas bonitas, ¡no eso! Elvira, devuélveme el dibujo.
ELVIRA: Nunca me llamas Elvira.
JOAN: Siempre hay una primera vez.
ELVIRA: ¿Has arreglado la ducha? Esta mañana me llegaba el agua hasta los tobillos.
JOAN: Sí. El dibujo.
ELVIRA: ¿Ah, sí? ¿Y cómo la has arreglado?
JOAN: Un tornillito, lo he soltado y ha corrido el agua. El dibujo.
ELVIRA: Vamos, Joan, lo que te pasa es que no has entendido el relato.
JOAN: ¡Lo he entendido perfectamente: no me quieres! ¡No-me-quieres! Y lo has publicado en tu blog y ahora lo sabe todo el mundo. ¡Devuélveme el dibujo!
ELVIRA: Joan, el relato dice lo contrario. Al decir que no, quiere decir que sí, porque rompió la lista como símbolo de evitar sufrir por las personas que realmente quiere.
JOAN: ¿Entonces es sí?
ELVIRA: ¡Sí! (resoplando) Creo que me voy a volver a duchar, dicen que va bien para el estrés.
(Elvira se levanta. Abre la puerta del baño, al fondo. Desaparece de escena y se oye agua correr. Joan la sigue y grita junto a la puerta cerrada.)
JOAN: Y si es que sí, ¿por qué dices que no?, ¿por qué te lías tanto?, ¿por qué tanta angustia así por así? ¡Ni que fueras la Coixet!
(Elvira vuelve a escena envuelta en una toalla y con el cepillo en alto amenazando a Joan.)
Se sigue oyendo el agua correr.
ELVIRA: Ahí te has pasado, te has pasado, Joan, tío. ¡Retíralo! ¡Que lo retires!
JOAN: Oh, tristeza ven a mí. Lluvia, café, lágrimas, soledad, sofá, cielo, pan de molde…
ELVIRA: ¿Pan de molde?
JOAN: Por cierto, hay que comprar.
ELVIRA (furiosa): ¡GRRRRR!
(Elvira sale de escena por la puerta del baño.)
Se sigue oyendo el agua correr.
JOAN (hablando apoyado en la puerta del baño cerrada): Nena, te pones muy intensa, muy intensa. Intensa. Si me quieres, di: te quiero. Ni listas, ni infancias mal queridas. Joan, te quiero. Intensa que eres una intensa.
ELVIRA (gritando fuera de escena): ¡Habla trucho que no te escucho! ¡Oye, esto funciona, el agua ya no se queda estancada!
JOAN: ¡De nada! Sí, no hay de qué. De verdad, no me las des. Bah, tontaca, déjalo. No ha sido para tanto. ¡Digo que no ha sido para tanto!
ELVIRA: ¿Qué?
JOAN: ¡Que te quiero!
ELVIRA: ¿Qué?
JOAN: ¡A cagar!
(Elvira sale envuelta en una toalla y otra en la cabeza.)
ELVIRA: A cagar te vas tú, ¿vale?
JOAN: Mira qué bien has escuchado eso.
Suena el timbre de la puerta.
JOAN: ¿Quién será a estas horas?
ELVIRA: No sé. Abre a ver.
(Joan abre la puerta, detrás, muy pegada a él, Elvira. En la puerta Susana. Treintañera. Alta, delgada y vestida formal. Joan la mira extasiado, Elvira, con un codazo, lo adelanta.)
SUSANA (con arrogancia): Hola. Susana, la vecina de abajo. ¡Tenemos un problema! ¡Me está chorreando el salón!
ELVIRA: ¿Cómo?
JOAN: Que le está chorreando el salón.
ELVIRA: Ya lo he oído.
JOAN: ¿Entonces..?, bah.
SUSANA: Me acabo de mudar, ¡y estoy muy harta! Primero que la cerradura se atrancaba, luego que la lavadora no aclaraba, después que la nevera más que enfriar congelaba, ¿y ahora esto? ¡Me estoy cubriendo de gloria!
JOAN: Coixet, apunta, un nuevo drama.
ELVIRA: Pues, quizá sea cosa de la ducha, es cierto que los últimos días no tragaba bien. Pero hoy mismo lo hemos solucionado.
JOAN: Lo he solucionado.
SUSANA: ¡Pues ha sido desde hoy cuando mi techo ha empezado a sudar!
ELVIRA: No sé, en ese caso habría que avisar al propietario por si hubiera un problema en las cañerías. Nosotros somos inquilinos.
SUSANA: Ya. ¡Pero los que estáis haciendo un mal uso de la ducha sois vosotros!
ELVIRA: ¿Cómo?
JOAN: Que los que estamos haciendo…
ELVIRA: Pregunta retórica, Joan.
JOAN: Intensa.
SUSANA: ¡No voy a perder más el tiempo! ¡Quisiera ver la ducha, gracias!
ELVIRA: Claro, mujer. La puerta del fondo.
JOAN: ¡De nada!
(Cuando Susana entra en el baño, Joan coge del brazo a Elvira.)
JOAN (susurrando): A la de tres, salimos corriendo. Esta tía va a matarnos, Chamberín Psycho.
SUSANA: ¡Aquí falta un tornillo!
JOAN: Una, dos y… ¡tres!
(Elvira se acerca a la puerta del baño.)
ELVIRA: ¿Dónde?
SUSANA: ¡En el desagüe! Aquí debe ir un tornillo, porque si no el agua va fuera. Y fuera significa ¡a mí salón! ¡Soy abogada y esto os va a salir caro!
ELVIRA: Pero habrá un seguro de la casa, ¿no, Joan? ¿Joan?
JOAN (fuera de escena): ¡Corre!

Fin del primer acto.
***

SEGUNDO ACTO
Personajes:
Joan
Elvira

La escena transcurre en la buhardilla. El biombo está replegado y se ve a Joan y a Elvira dentro de la cama. 01:30 horas.

(Elvira ahueca la almohada con enfado mientras Joan la mira con cariño.)
JOAN: Vale, te perdono. Te puedes quedar con el dibujo. De verdad, te lo regalo. Lo entiendo y no me importa. Tuyo es.
ELVIRA: ¿Cómo?
JOAN: Retórica, ¿no?
ELVIRA: La bromita de pintarle el salón a la vecina nos va a costar 200 euros.
JOAN: Ya… Es una putada… Haz como yo.
ELVIRA: ¿Correr?
JOAN: Bueno, aproveché y compré pan de molde.
(Elvira se empieza a reír y se tapa con la sábana.)
JOAN: Te estás riendo, tontaca. ¡Que te veo!
ELVIRA: ¡No me estoy riendo! Para, no empieces. Venga y di, qué es lo que tengo que hacer como tú, a ver, explícamelo.
JOAN: Perdonar.
ELVIRA: Tócate los huevos Manolete.
JOAN: Que se los toque, pero yo te he perdonado.
ELVIRA: ¡Es que no tienes nada que perdonarme! ¿Qué es eso que tanto me perdonas?
JOAN: Que no me quieras…
(Joan se da la vuelta en la cama. Silencio prolongado. Pasado un momento Elvira lo abraza por detrás.)
ELVIRA: ¿Sabes? Estoy convencida de que la Coixet ha salido de mi cuerpo.
JOAN: ¿Sí?, ¿y cómo estás tan segura?
ELVIRA: Porque tengo la inmensa necesidad de decirte, claramente, lo mucho que te quiero. Te quiero, Joan.
(Suena Going where the wind blows de Mr. Big. Se apagan las luces y la música sube de volumen.)

Ovación. Cae el telón
FIN

domingo, abril 28

Amo, amas, amat...


Where is the love? de Javier Avi
—Te echo de menos, nena, cada día más. —Joan me acababa de llamar por teléfono. Había tenido que regresar a Barcelona, el negocio de los caracoles no marchaba bien—. Te quiero —Silencio—. Nunca me dices que me quieres, no sé, no me importa pero…

El que no haya tenido unos padres al uso, me hizo dosificar con cuentagotas el cariño hacia ellos. Esto te lleva a pensar, siendo una niña, en ¿a quién quiero yo? Todo el mundo parecía tenerlo claro. Todos en mi colegio querían a sus padres, los adoraban, pero a mí los míos no me terminaban de caer bien. Y esto me preocupaba. ¿A quién quiero yo?
En las películas la gente encontraba el amor cuando se hacía mayor. Así que sólo tenía que esperar a hacerme mayor para querer.
A los17 años lo tuve muy claro, amaba a mi mejor amigo. Él también lo tuvo claro, amaba a Lara. Aquello no pasaba en las películas, o no todo el rato, al final siempre se arreglaban.
Hice una lista de las personas a las que podía querer ilimitadamente sin provocarme dolor. Mi mejor amigo quedó descartado. A la cabeza escribí el nombre de mis abuelos, Vicente y Dolores. El de mi hermano, Gerardo. El de mis amigas, Blanquita, Marieta, Saioa, Carmen e Iratxe, bueno, el de Iratxe lo taché. La quería, claro, pero a ratos. A Iratxe hay que quererla a ratos para no odiarla.
Durante años mis abuelos fueron desbancados por Etienne, un francés del que me enamoré hasta volverme loca, completamente loca. Luego me dejó por otra mujer y volví a preguntarme una y otra vez: ¿y a quién quiero yo ahora? Pronto retomé el orden original de la lista y mis abuelos volvieron a estar a la cabeza. La abanderaban con orgullo. Sujetaban mi columna emocional. Traducían los sentimientos que muchas veces me brotaban como una masa amorfa y temida.
Pero un día mis abuelos murieron y sentí que amar sin límite era injustamente doloroso. Rompí la lista.

—Es porque no te quiero.

domingo, abril 14

A por la tercera...

El gran Mini Rey de Javier Avi

Me cuenta mi amiga que su hijo de cinco años quiere ser rey. Y su padre le dice que ésa es una casa de republicanos. Mi amiga le ha hecho una corona con papel de aluminio y una capa con una toalla roída de color azul verdoso porque le gusta Calamardo. Le pregunté quién era Calamardo y ella se rió.
Cuando entré en su casa, su hijo me apuntó con el filo de una espada de cartulina negra.
—¡Nombre y apellido!
Levanté las manos y lo pensé un instante.
—Eh… Elvira Rebollo.
—No, mujer, ¡qué sosa! —dijo mi amiga—. Tienes que decir algo más grandilocuente. A ver, cariño, pregúntamelo a mí.
—¡Nombre y apellido! —gritó esta vez apuntando a su madre.
—Doña Saioa Rivobella, esposa de Don Julen Tierrasantas del reino de Barakaldo Vizcainés.
—Vale, puedes pasar, ama. Pero ¡tú no! ¡Nombre y apellido!
—Doña Elvira Cantalapiedra, soltera, del reino de Madridés.
—Joder, tía, anda pasa. Quién diría que eres escritora, madre mía, qué poco arte…
Nos sentamos en la mesa de la cocina. Mi amiga preparaba café y su hijo me miraba cerrándose primero un ojo con una mano, y luego el otro con la otra. Yo iba poniendo caretos diferentes y él se reía.
—¡Con este ojo eres súper fea! —decía muerto de la risa.
—Y con el otro también, cariño —puntualizaba su madre frente a la encimera.
—A ver, cuéntame, ¿por qué quieres ser rey? —pregunté.
—Para salvar a todos los de los mundos.
—¿A todos los de los mundos? —repetí—. Pues chico, me temo que te has equivocado. Esos son los héroes no los reyes.
—Los reyes también… —dijo más bajito ladeando la cabeza.
—No.
—Sí…
—No.
—Ama, ¡a que sí!
—A que sí, ¿qué?
—Que los reyes pueden salvar a todos los de los mundos y más y más y más…
Pero mi amiga salía de la cocina sin apenas escucharlo. Así que su hijo se me quedó mirando con poca confianza.
—Sí…
—¿A cuántos reyes conoces?
—De por la tele, a muchos.
—¿Y cómo son? —El niño levantó los hombros—. Los reyes son seres malignos, con la lengua tan gorda, tan gorda, tan gorda que casi no les entra en la boca y por eso hablan como si masticaran siempre una pelota. Y tienen un pie más grande que otro por eso andan como los hipopótamos. Y se van con mujeres que son rubias y guapas por fuera, pero brujas por dentro. Y roban a las personas pobres para poder irse de viaje lejos, lejos, pero que muy lejos, y ¿sabes para qué? —Silencio—. Para matar elefantes…
—¡Elvira! —Mi amiga ya estaba de vuelta.
—Ha preguntado él —contesté rebotando la responsabilidad.
—Ama, yo ya no quiero ser rey…
—¿Cómo que no?, pero si eres un rey súper genial con tu corona y tu capa...
—Superman tiene capa, la podéis reciclar.
—Elvi, ¡¿por qué no te callas?!
—¡Ostras! —grité, y a las dos nos dio un ataque de risa. Su hijo nos miraba asustado mientras intentaba desanudarse la capa del cuello.
—¿Qué pasa aquí? —En la puerta apareció el marido de mi amiga.
—Tu hijo, que acaba de abdicar.
—¡Muy bien, campeón! ¡Esta es una casa de republicanos!