domingo, junio 30

Locura parental

  Castigo divino de Javier Avi

Cuando crees que las cosas no pueden ir a peor, recibes esa llamada telefónica de tu madre:
Que vamos.
Que venís, ¿a dónde? —pregunto.
A Madrid, a verte.
Y es entonces, cuando se te empieza a nublar la vista y crees que un tumor cerebral está a punto de acabar con tu vida de forma inminente, pero no, no tienes esa suerte. Dos días más tarde te ves en la estación de tren esperando la llegada de tus padres con un cartel en la frente que dice: lo intenté pero sigo viva.
Dejamos las cosas en el hotel de al lado de mi casa. Mientras mi madre mea por quinta vez, mi padre me pregunta si ya he encontrado un trabajo serio. Salimos y nos sentamos en una terracita no muy lejos de allí.
Para mí una caña doble, por favor —pido al camarero.
Mi padre quiere un crianza, un Rioja, y mi madre un zumito de piña.
No hay, señora.
Ay, madre, que no hay, Elvira, que no hay. Si es que lo cuentas y no lo creen, no hay nada que me salga bien, oye...
Bueno, mamá, no pasa nada, ¿eh? ¿Tienen de melocotón?
Sí, de melocotón sí.
Mamá, ¿de melocotón entonces?
Pues qué le vamos a hacer, si no hay de piña pues será de melocotón. He aprendido en esta vida a resignarme, hija, otra cosa no, pero vivir con lo que me ha tocado es mi sino, nadie como yo para...
De melocotón, por favor —digo al camarero que se va agitando los hombros.
Tu hermano está bien —dice mi padre.
Lo sé, hablé ayer con él.
Su mujer también está bien.
Lo sé, que te digo que hablé ayer con Gerardo.
Y ¿tú estás bien?
¡Cuantos árboles tiene Madrid! —dice mi madre desde el país de Nunca Jamás.
Sí, papá, yo estoy bien.
Si necesitas algo, no tienes más que pedirlo —dice—, porque los dos sois iguales para nosotros, nunca hemos hecho ninguna diferencia. Nunca. Siempre os hemos tratado por igual. Tu hermano es inteligente, serio, responsable y su opción fue casarse con Anke, una mujer muy válida, e irse a vivir a Alemania llevando una vida impecable y tú, tú Elvira, eres nuestra hija igualmente, nadie es menos. Nadie. Vives aquí y tienes tus cositas. Y no por eso debes sentirte inferior, porque no lo eres, por lo menos no a nuestros ojos. Sois nuestros hijos, los dos, sois nuestros hijos. Pedid y se os dará.
Amén.
... 21, 22, 23, 24, 25... —Mi madre contando las hojas de los árboles.
Llegan las bebidas y mi padre cree que es buen momento para comer, así que le pide al camarero que espere y nos pregunta qué queremos. Miro la carta plastificada que hay sobre la mesa y pido ensalada César y unas alitas de pollo picantes.
Para mí, a ver —dice mi madre pensativa—. Mire, verá acabo de venir de Bilbao, ¿sabe?, entonces ando revueltilla, porque el tren es cómodo pero son muchas horas, hasta que no hagan el AVE, que sinceramente no entiendo cómo no lo han hecho, vamos para atrás, en vez de avanzar, es una cosa...
Mamá, que qué quieres.
Pues eso estoy diciendo, hija, que te entran las prisas y te pones muy digna y ni me dejas hablar, como tu padre, de verdad, que no me dejáis respirar, ¡ni respirar! Sois tal para cual, machacándome todo el día, y dale, dale, todo el día...
Mientras lo piensa la señora, a mí me va a traer el carpaccio de buey.
Muy bien, caballero.
... todo el día, y eso que tengo paciencia, pero cojo y me largo si quiero, pero no quiero porque a ver qué haríais sin mí. En fin, ni me molesto, porque sois dos egoistas que poco os importo y yo ya no estoy para perder el tiempo. Así que si es tan amable, me va a hacer una tortillita con espárragos, por favor, para que se me asiente el estómago.
Señora, solamente servimos lo que hay en la carta.
Lo que yo te diga, vamos, que hoy no es mi día, ¿no?
No sé cómo lo hago, pero la intento convencer y, finalmente, se pide un tartar de salmón.
Cojo aire y espero a que el mundo se acabe en ese momento, pero continúa, dando vueltas y vueltas y más vueltas.
Me llamaréis loca, pero en Bilbao no hay plaza con tanto árbol.
Loca —digo. Mi madre se ríe y me cuenta que la semana pasada vio en Indautxu a mi amiga Virginia embarazada.
Sí, del segundo —le confirmo.
¡Pero si es una niña!
¡Mamá, tiene 35 años!
Ay, ella, que tiene amiguitas mayores, mayores, mayores de verdad, casadas y con hijos.
¡Mamá, tengo 35 años!
No aparentas más de 13, ¿qué quieres que te diga?, mírate.
Pero es ya toda una mujercita —añade mi padre—. Una mujer adulta, ¿verdad?, que ha decidido vivir como una niña, y ojo, es muy lícito. Hay opciones en esta vida y ella ha decidido vivir así, su hermano tomó otro camino, ¿mejor o peor?, nadie es mejor o peor. Los dos sois nuestros hijos y os queremos por igual.
Pego un enorme trago a mi cerveza. Mi madre me coge de la mano y:
Ay, pitititititititi, ¿pititipotó?, no, no, no, ¡pitititititititi! ¿Pititipotó?
¿Pero qué dices, mamá?
Tienes que decir: ¡no, no, no, pitititititititi!
Empiezo a no poder respirar. Más que seguro, ahora sí, es un cáncer de pulmón fulminante, me muero, ya no estoy aquí...
Pues aquí está lo que han pedido, señores.
Pues no, no era cáncer.
Comemos. Sigue habiendo muchos árboles en Madrid, y mi padre sigue teniendo dos hijos iguales, los dos. Regresa el camarero y pregunta si queremos postre.
¿Postre? —vuelve a preguntar mi padre como si no lo hubiéramos oído.
Yo quiero un yogur natural, por favor.
Señora, solamente servimos lo que hay en la carta.
De verdad, que no es cosa mía, ¿no? Nunca, pero nunca de los jamases, en esta vida, he tenido lo que he querido, ¡nunca!, ni cuando...
Mientras lo piensa la señora, a mí me va a traer helado de pistacho.
Muy bien, caballero.
...o que me digas que mis padres me dieron lo que que quise, pero ¿de qué?, ¿de qué?, ¿eh? Si hubiera nacido ahora, las cosas serían muy diferentes, toda la mierda me tocó de golpe y es cuando...
Y tú, hija, ¿ya sabes qué quieres? Pide lo que quieras, con absoluta libertad. Nadie aquí es menos. ¿Ya lo sabes?
Sí —respondo sin titubear. Miro al camarero—. Un revólver, por favor.
¿Con tres balas, señorita?
No, con una es más que suficiente, gracias.

sábado, junio 8

Celebrating

Celebraciones de Javier Avi

Es más que sabido por todos los que me conocen que detesto las celebraciones. Todas. Sin excepción. El top 5 sería el siguiente:

      5. Cumpleaños.
      4. Inauguración de casas.
      3. Navidad.
      2. Bodas.
      Y en la cima, en el nº1, la celebración más detestable es...:
      1. Las despedidas de soltera.

Seamos sinceros, no hay necesidad. No la hay. Reconozco que se establecen una serie de tradiciones sociales pero que quizá, con el paso del tiempo, habría que revisar. Porque repito, no hay necesidad, ¿una despedida de soltera?, ¿para qué?, demasiado tiene la novia con casarse, ¿no?
Lo cierto es que siempre he sido felizmente huraña con este concepto. Nunca había conocido nada más atroz que una despedida de soltera hasta que...:
Era jueves y, aunque eran las cinco de la tarde, me preparaba algo de comer porque acababa de llegar de la universidad. Cuando estaba dispuesta a hincarle el diente a la pechuga de pollo, el portero automático sonó. Era Gael. Estaba borracho.
Mi cari, mi cari... Que te echo de menos, que te enamoras y me abandonas, mi cari..., que ya no te veo, que no me haces caso, ay, mi cari...
Había tenido comida con los del trabajo y se estaban tomando una copa debajo de mi casa. Me pedía que me uniera a ellos. En realidad no conocía a nadie y me daba bastante pereza, pero también es verdad que desde que había empezado a salir con Joan no quedaba tanto con Gael y lo extrañaba mucho. Le pedí media hora para comer. Un poco antes de las seis bajé y los encontré en una de las terracitas de la plaza. Gael, al verme, se levantó y me estrujó hasta hacerme crujir la columna. Me presentó a todos con una sonrisa descomunal. Serían unos quince. Muy diseñadores de interiores sin serlo. Pro Malasaña reeducada. Tansgresores pasados por agua. Vamos, muy hipsters. Me senté junto a Gael y éste se me amarró al brazo y lo acariciaba como si fuera un perro, ay, mi cari...
Habían pasado casi dos horas. Me había tomado unas 4 cervezas y me estaba riendo como hacía tiempo. Sobre las ocho, se empezaron a reorganizar, parece que la fiesta iba a continuar pero no allí. No me enteraba de mucho porque tenía a Gael baboseándome la oreja.
¡Pues que se venga Elvira también! —exclamó una de las chicas, que creo que se llamaba Eli o Leti.
Genial —dije—. ¿A dónde?
Al Náufrago, no está lejos de aquí. Es un karaoke, ¿sabes? Bueno, se puede cantar o hacer lo que quieras. Supongo que mi marido ya habrá llegado. Es que hemos alquilado la parte de atrás para estar más cómodos y a nuestro aire. Celebramos nuestro primer aniversario.
¿Que celebráis qué? —Mi cara era un poema.
Ha sido un año increíble, Elvira. A ver, sí, lleno de dificultades, pero por eso mismo queríamos celebrarlo con todo el mundo que nos quiere. Alex y yo nos casamos hace un año, y hoy seguimos juntos y ¡eso ya es mucho! ¡Y qué menos que celebrarlo con todos nuestros amigos!
Pero ¿qué clase de carencia afectiva tenía esa chica? O ¿qué tipo de complejo protagonista le estaba carcomiendo por dentro? Sinceramente, ¿a quién coño le importan los aniversarios de boda de sus amigos? Si habéis llegado al año, compraos una pizza e id a casa a follar como monos, pero ¡dejadnos en paz!
Y mentalemnte taché del nº1 Las despedidas de soltera y coloqué: Aniversarios de bodas de amigos. Así que todas las celebraciones bajaron un puesto, cayéndose de la lista Los cumpleaños, lo que no quería decir que dejara de detestarlos.
Me terminé la caña absolutamente indignada, pero qué manía con confundir mi felicidad es tu felicidad, ¿a quién se le ocurrió semejante engaño empático? Tu felicidad es tuya y no me la pases, ¡no la quiero, gracias! Y digo yo, ¿tanto se aburría esta mujer con su marido que quería compartirlo con una veintena de amigos?, ¿tan lamentable era su situación?, ¿tan poco la habían querido en su infancia? Y no, decididamente no iba a ir al Náufrago, estaba claro. La gente debía empezar a querer individualmente. Si te casas, lo haces con tu pareja, no con doscientos invitados. Si te compras una casa, lo haces con el banco, no con una docena de amigos. Y si es navidad, ¡te metes en la cama hasta que nazca un nuevo mesias! ¡Y no, no iba a ir al karaoke ése!, claro que no, qué manía con celebrarlo todo, ¡qué manía!
Tres horas más tarde estaba subida a hombros del tal Alex, en el Náufrago, sujetando con ansia viva el micrófono mientras berreaba Cien gaviotas de Duncan Dhu, y gritaba lo mucho que quería a Eli o Leti.
Pues eso, que detesto profundamente las celebraciones.


lunes, mayo 27

Psicopatizando

  Futuro de Javier Avi

El padre lanzaba al medio del mar, desde una pequeña barca de pescador, al violador y asesino de su hija, un chaval maniatado de no más de 16 años que suplicaba perdón. La pantallá se volvió negra y, todavía con el rumor de las olas de fondo, aparecieron los créditos de la película. Me quedé inmóvil en mi sofá con la vista fija en el televisor y con la certeza de que yo hubiera hecho lo mismo. ¿En qué me convertía aquello? Me levanté con torpeza, apagué la televisión y me preparé un café a pesar de ser casi las dos de la mañana. Con la cafetera sobre la vitro pensé en Joan y en lo mucho que lo echaba de menos, su vuelta a Barcelona me estaba costando, sobre todo que la decisión la hubiera tomado una crisis que poco tenía que ver con nosotros, un criador de caracoles y una profesora.
Lo mataría —dije en voz alta—. Al mar.
Aunque supongo que no lo ataría, no, que tuviera la oportunidad de nadar, de nadar a ninguna parte, con su traje y con esas gafas que le hacen la cara todavía más de tonto. Desde la barca lo saludaría con ceremoniosidad, nada, idiota, le diría, nada, a ver si consigues llegar a alguna parte. Pondría en marcha el motor de la barca y me alejaría sin dejar de saludarlo.
Se está riendo de todos nosotros —volví a decir en voz alta.
Él y toda su tropa de corruptos farsantes, de necios inmorales, de asesinos impolutos. Hace ya tiempo que nos tiraron al mar y a quí estamos, yendo a ninguna parte, tan agotados que ni gritar podemos.
Hijos de puta...
El gorjeo del café me sacudió la imagen de golpe. Me serví un vaso y, después de leer cerca de una hora, me metí en la cama.
A la mañana siguiente salí de casa cargada con el denso sueño del que tan solo ha dormido tres horas. Bajé las escaleras y al pasar por el segundo piso, la puerta de mi vecina Guillermina se abrió.
Ay, hija mía, sabía que eras tú por esa manera tan torpe que tienes de bajar las escaleras.
Guillermina tenía 84 años. Le sacaba la basura y le hacía los recados, porque sus hinchadas piernas poco le permitían moverse.
Anda, guapa, que te voy a dar 5 euros y cuando te vuelvas de trabajar me traes una botellita de aceite, ¿eh?
Guillermina abrió su monedero y me ofreció el billete.
Que no, mujer, que no gaste dinero, guárdelo, que le voy a dar yo una. ¿No ve que el fin de semana pasado fui para Bilbao y mi madre me carga de aceite, café y embutidos? Es muy triste pero como están las cosas, siempre me prepara una bolsa para que me traiga, así ahorro en súper.
¡Oye, que no!, ¿eh? ¡Faltaría más! Que eso tu madre te lo da para que lo gastes , no la vieja del segundo.
Pero, Guillermina, si desde que se fue Joan no gasto nada. Él sí, con sus croquetas, pero yo ni sé hacerlas. No se preocupe, de verdad, cuando vuelva de la uni le bajo una botella.
Bueno, bueno, pues..., gracias, hija, qué buena eres, un sol, eres un sol...
No se crea, ¿eh?, que últimamente me afloran deseos asesinos.
¡Uy, uy, uy, no te preocupes, bonita! Mira, yo desde que está este gobierno —dijo bajando el tono de voz casi a un susurro—, a más de uno lo tiraría al mar...
La besé con media sonrisa y bajé las escaleras. Al salir del portal abrí el paraguas, porque últimamente no paraba de llover en Madrid.


lunes, abril 29

De lo cotidiano al teatro hay un paso

Nota: Para contextualizar esta entrada, te recomiendo que leas la anterior: Amo, amas, amat...

 Retratando una vida de dos de Javier Avi

PRIMER ACTO
Personajes:
Joan
Elvira
Susana

La escena transcurre en una diminuta buhardilla. Las paredes llenas de bocetos. Al fondo una cocina, a la derecha un escritorio, en el centro una mesa y un sofá, y a la izquierda, detrás de un biombo, una cama. Elvira (treintañera y menuda) sentada en el escritorio frente al ordenador. Joan (treintañero y de aspecto despreocupado) en el sofá, dibujando sobre un papel. 21:00 horas.

JOAN: Devuélveme el dibujo.
ELVIRA: A ver, Joan, ¿cómo te lo voy a devolver?
JOAN: Te hago dibujos para que ilustres tus relatos siempre y cuando digas cosas bonitas, ¡no eso! Elvira, devuélveme el dibujo.
ELVIRA: Nunca me llamas Elvira.
JOAN: Siempre hay una primera vez.
ELVIRA: ¿Has arreglado la ducha? Esta mañana me llegaba el agua hasta los tobillos.
JOAN: Sí. El dibujo.
ELVIRA: ¿Ah, sí? ¿Y cómo la has arreglado?
JOAN: Un tornillito, lo he soltado y ha corrido el agua. El dibujo.
ELVIRA: Vamos, Joan, lo que te pasa es que no has entendido el relato.
JOAN: ¡Lo he entendido perfectamente: no me quieres! ¡No-me-quieres! Y lo has publicado en tu blog y ahora lo sabe todo el mundo. ¡Devuélveme el dibujo!
ELVIRA: Joan, el relato dice lo contrario. Al decir que no, quiere decir que sí, porque rompió la lista como símbolo de evitar sufrir por las personas que realmente quiere.
JOAN: ¿Entonces es sí?
ELVIRA: ¡Sí! (resoplando) Creo que me voy a volver a duchar, dicen que va bien para el estrés.
(Elvira se levanta. Abre la puerta del baño, al fondo. Desaparece de escena y se oye agua correr. Joan la sigue y grita junto a la puerta cerrada.)
JOAN: Y si es que sí, ¿por qué dices que no?, ¿por qué te lías tanto?, ¿por qué tanta angustia así por así? ¡Ni que fueras la Coixet!
(Elvira vuelve a escena envuelta en una toalla y con el cepillo en alto amenazando a Joan.)
Se sigue oyendo el agua correr.
ELVIRA: Ahí te has pasado, te has pasado, Joan, tío. ¡Retíralo! ¡Que lo retires!
JOAN: Oh, tristeza ven a mí. Lluvia, café, lágrimas, soledad, sofá, cielo, pan de molde…
ELVIRA: ¿Pan de molde?
JOAN: Por cierto, hay que comprar.
ELVIRA (furiosa): ¡GRRRRR!
(Elvira sale de escena por la puerta del baño.)
Se sigue oyendo el agua correr.
JOAN (hablando apoyado en la puerta del baño cerrada): Nena, te pones muy intensa, muy intensa. Intensa. Si me quieres, di: te quiero. Ni listas, ni infancias mal queridas. Joan, te quiero. Intensa que eres una intensa.
ELVIRA (gritando fuera de escena): ¡Habla trucho que no te escucho! ¡Oye, esto funciona, el agua ya no se queda estancada!
JOAN: ¡De nada! Sí, no hay de qué. De verdad, no me las des. Bah, tontaca, déjalo. No ha sido para tanto. ¡Digo que no ha sido para tanto!
ELVIRA: ¿Qué?
JOAN: ¡Que te quiero!
ELVIRA: ¿Qué?
JOAN: ¡A cagar!
(Elvira sale envuelta en una toalla y otra en la cabeza.)
ELVIRA: A cagar te vas tú, ¿vale?
JOAN: Mira qué bien has escuchado eso.
Suena el timbre de la puerta.
JOAN: ¿Quién será a estas horas?
ELVIRA: No sé. Abre a ver.
(Joan abre la puerta, detrás, muy pegada a él, Elvira. En la puerta Susana. Treintañera. Alta, delgada y vestida formal. Joan la mira extasiado, Elvira, con un codazo, lo adelanta.)
SUSANA (con arrogancia): Hola. Susana, la vecina de abajo. ¡Tenemos un problema! ¡Me está chorreando el salón!
ELVIRA: ¿Cómo?
JOAN: Que le está chorreando el salón.
ELVIRA: Ya lo he oído.
JOAN: ¿Entonces..?, bah.
SUSANA: Me acabo de mudar, ¡y estoy muy harta! Primero que la cerradura se atrancaba, luego que la lavadora no aclaraba, después que la nevera más que enfriar congelaba, ¿y ahora esto? ¡Me estoy cubriendo de gloria!
JOAN: Coixet, apunta, un nuevo drama.
ELVIRA: Pues, quizá sea cosa de la ducha, es cierto que los últimos días no tragaba bien. Pero hoy mismo lo hemos solucionado.
JOAN: Lo he solucionado.
SUSANA: ¡Pues ha sido desde hoy cuando mi techo ha empezado a sudar!
ELVIRA: No sé, en ese caso habría que avisar al propietario por si hubiera un problema en las cañerías. Nosotros somos inquilinos.
SUSANA: Ya. ¡Pero los que estáis haciendo un mal uso de la ducha sois vosotros!
ELVIRA: ¿Cómo?
JOAN: Que los que estamos haciendo…
ELVIRA: Pregunta retórica, Joan.
JOAN: Intensa.
SUSANA: ¡No voy a perder más el tiempo! ¡Quisiera ver la ducha, gracias!
ELVIRA: Claro, mujer. La puerta del fondo.
JOAN: ¡De nada!
(Cuando Susana entra en el baño, Joan coge del brazo a Elvira.)
JOAN (susurrando): A la de tres, salimos corriendo. Esta tía va a matarnos, Chamberín Psycho.
SUSANA: ¡Aquí falta un tornillo!
JOAN: Una, dos y… ¡tres!
(Elvira se acerca a la puerta del baño.)
ELVIRA: ¿Dónde?
SUSANA: ¡En el desagüe! Aquí debe ir un tornillo, porque si no el agua va fuera. Y fuera significa ¡a mí salón! ¡Soy abogada y esto os va a salir caro!
ELVIRA: Pero habrá un seguro de la casa, ¿no, Joan? ¿Joan?
JOAN (fuera de escena): ¡Corre!

Fin del primer acto.
***

SEGUNDO ACTO
Personajes:
Joan
Elvira

La escena transcurre en la buhardilla. El biombo está replegado y se ve a Joan y a Elvira dentro de la cama. 01:30 horas.

(Elvira ahueca la almohada con enfado mientras Joan la mira con cariño.)
JOAN: Vale, te perdono. Te puedes quedar con el dibujo. De verdad, te lo regalo. Lo entiendo y no me importa. Tuyo es.
ELVIRA: ¿Cómo?
JOAN: Retórica, ¿no?
ELVIRA: La bromita de pintarle el salón a la vecina nos va a costar 200 euros.
JOAN: Ya… Es una putada… Haz como yo.
ELVIRA: ¿Correr?
JOAN: Bueno, aproveché y compré pan de molde.
(Elvira se empieza a reír y se tapa con la sábana.)
JOAN: Te estás riendo, tontaca. ¡Que te veo!
ELVIRA: ¡No me estoy riendo! Para, no empieces. Venga y di, qué es lo que tengo que hacer como tú, a ver, explícamelo.
JOAN: Perdonar.
ELVIRA: Tócate los huevos Manolete.
JOAN: Que se los toque, pero yo te he perdonado.
ELVIRA: ¡Es que no tienes nada que perdonarme! ¿Qué es eso que tanto me perdonas?
JOAN: Que no me quieras…
(Joan se da la vuelta en la cama. Silencio prolongado. Pasado un momento Elvira lo abraza por detrás.)
ELVIRA: ¿Sabes? Estoy convencida de que la Coixet ha salido de mi cuerpo.
JOAN: ¿Sí?, ¿y cómo estás tan segura?
ELVIRA: Porque tengo la inmensa necesidad de decirte, claramente, lo mucho que te quiero. Te quiero, Joan.
(Suena Going where the wind blows de Mr. Big. Se apagan las luces y la música sube de volumen.)

Ovación. Cae el telón
FIN

domingo, abril 28

Amo, amas, amat...


Where is the love? de Javier Avi
—Te echo de menos, nena, cada día más. —Joan me acababa de llamar por teléfono. Había tenido que regresar a Barcelona, el negocio de los caracoles no marchaba bien—. Te quiero —Silencio—. Nunca me dices que me quieres, no sé, no me importa pero…

El que no haya tenido unos padres al uso, me hizo dosificar con cuentagotas el cariño hacia ellos. Esto te lleva a pensar, siendo una niña, en ¿a quién quiero yo? Todo el mundo parecía tenerlo claro. Todos en mi colegio querían a sus padres, los adoraban, pero a mí los míos no me terminaban de caer bien. Y esto me preocupaba. ¿A quién quiero yo?
En las películas la gente encontraba el amor cuando se hacía mayor. Así que sólo tenía que esperar a hacerme mayor para querer.
A los17 años lo tuve muy claro, amaba a mi mejor amigo. Él también lo tuvo claro, amaba a Lara. Aquello no pasaba en las películas, o no todo el rato, al final siempre se arreglaban.
Hice una lista de las personas a las que podía querer ilimitadamente sin provocarme dolor. Mi mejor amigo quedó descartado. A la cabeza escribí el nombre de mis abuelos, Vicente y Dolores. El de mi hermano, Gerardo. El de mis amigas, Blanquita, Marieta, Saioa, Carmen e Iratxe, bueno, el de Iratxe lo taché. La quería, claro, pero a ratos. A Iratxe hay que quererla a ratos para no odiarla.
Durante años mis abuelos fueron desbancados por Etienne, un francés del que me enamoré hasta volverme loca, completamente loca. Luego me dejó por otra mujer y volví a preguntarme una y otra vez: ¿y a quién quiero yo ahora? Pronto retomé el orden original de la lista y mis abuelos volvieron a estar a la cabeza. La abanderaban con orgullo. Sujetaban mi columna emocional. Traducían los sentimientos que muchas veces me brotaban como una masa amorfa y temida.
Pero un día mis abuelos murieron y sentí que amar sin límite era injustamente doloroso. Rompí la lista.

—Es porque no te quiero.