viernes, septiembre 27

Rodando un mundo

 Piratas de barrio de Javier Avi

Nena, no. Gael es amigo tuyo, así que vas tú, te diviertes y luego me lo cuentas.
Por favor, por favor, por favor...
Era un jueves. Acabábamos de comer. Mientras Joan fregaba yo, abrazada a su espalda, le suplicaba una y otra vez que se viniera a cenar esa noche a casa de Gael. El conflicto que había surgido últimamente entre mi buen amigo Gael y yo se llamaba Raúl, su novio. Hasta ahora había tenido bastante suerte. La gran mayoría de mis amigas son de Bilbao, y allí no hay problema porque los hombres van por un lado y las mujeres por otro. Cuando hay cena de la cuadrilla, la mesa se divide en dos, en un extremo los chicos y en otro las chicas, las amigas, las de siempre. Este apartheid sexista me ha permitido relacionarme con ellos de manera muy cordial, dado el mínimo nivel de interacción. Todos contentos.
Pero en Madrid las cosas son muy diferentes. Lo normal es que las parejas se sienten juntas y compitan por el título de a ver quién se quiere más. Si a eso le añadimos que la pareja de tu amigo te cae como el culo, tenemos el resultado de una velada insufrible.
Te lo suplico, Joan, por favor, por favor...
Para seguir entendiendo esta situación, debería explicar que la socialización a Joan y a mí nos da un pelín de alergia. Ambos disfrutamos de un mundo interior bastante cómodo y, desde hace casi dos años, mucho más diáfano, puesto que decidimos tirar el tabique que los separaba y formamos un único mundo tranquilo y autosuficiente.
Por favor, no aguanto a Raúl, es un escritor pedante, solo habla de su libro, de él, yo, yo, yo... Porfi, porfi... ¡Friego el resto de la semana! ¡Del mes!, ¿del año...?
Joan cerró el grifo, se dio media vuelta y apoyó los brazos sobre mis hombros, dejando que las manos gotearan a un palmo de mi espalda.
Bueno, lo del año entero era broma, ¿eh? —dije arrepentida temiéndome lo peor.
Cinco polvos.
¿Qué?
Cinco polvos esta noche.
¡Venga ya! ¿Cómo puedes traficar con algo como eso? ¡Es denigrante! ¡Eres lo peor!
Seis polvos.
¡Dos!
Cuatro.
¡Tres y se acabó!
¡Yeah! ¡Gracias, Raúl!

A las 10 de la noche, después de tomarnos unas cañas por Malasaña, estábamos los cuatro sentados en la enorme mesa de comedor que Gael tenía en su impresionante salón de su espectacular dúplex del centro de Madrid. Porque la homosexualidad no es una orientación sexual, es una secta de ricos y triunfadores, hablemos con propiedad.
Ay, Joan, cómo me alegro de que hayas venido. Tengo que decirte que tenía mis dudas, esta tarde se lo decía a Raúl, ay, nene, que este hombre se nos queda en casa dibujando y a ver qué hacemos con tanto muslito de pavo. Pero qué bien que Elvi te haya convencido.
Sí, bueno, todo tiene un precio —Y se tapó la sonrisilla con la servilleta mientras me miraba. Cabrón.
¿Y exactamente qué dibujas? —preguntó Raúl.
Pues me han salido un par de curros pintando murales en bares. A un colega le acabo de terminar la fachada, ha quedado guapa. Y al otro ando con los bocetos, el lunes se los paso y si le mola, la próxima semana me vuelvo a Barcelona un par de semanas. De aquí a allí, donde vayan saliendo cosillas.
¡Un Banksy en potencia! —exclamó Gael dando palmaditas—. ¡Por el arte hoy y siempre! —Y todos levantamos nuestras copas imitándolo.
Y por mi libro —añadió Raúl.
Claro, cómo no, su libro.
No seas modesto, nene, por tu nuevo libro —aclaró Gael.
¿Otro, ya? —pregunté bebiéndome la copa de trago.
Ha sido un verano horrible, lo tengo que decir. He vomitado todo lo que tenía. Del vacío a la nausea perpetua. Brutal. Escritura automática.
Orgánica —dije sirviéndome más vino.
Sí, exacto —afirmó sin darse cuenta de mi ironía—. Han sido tres meses muy duros, muy difíciles. Escribir es un proceso doloroso. La aniquilación de tu propio yo. Dejas de existir para convertirte en las voces de un nuevo monstruo creativo. Sinceramente, lo he pasado mal, pero creo que Gael mucho peor. El que está a tu lado es el que verdaderamente sufre la alienación a la que eres sometido. Bueno, ¿qué te voy a contar a ti Joan si vives con Elvira?
Joan alzó los hombros y dijo:
Pues ni idea. Elvi escribe viendo la tele.

Nos despidieron desde el quicio de la puerta. Se besaron, nos repitieron que deberíamos repetirlo, se volvieron a besar, nos lo volvieron a repetir, se volvieron a besar y el ascensor llegó.
Gracias por los muslitos de pavo —dije alzando la bolsa con el túper dentro. No me escucharon, se estaban besando.
De regreso a casa confesé a Joan que la noche no había sido tan terrible como me la había imaginado, que me gustaba ver a Gael tan contento, que no soportaba a Raúl pero me había reído mucho a su costa.
Así que, como nos lo hemos pasado muy bien, se suspende el precio a pagar.
Joan soltó una carcajada.
No, nena, me debes tres polvos.
Vale, te pagaré, pero con un helado. Tarrina mediana de Mascarpone con dulce de leche.
Tarrina grande de Mascarpone y dos polvos —negoció.
Tarrina grande de Mascarpone y un polvo.
Tarrina grande de dos sabores: Mascarpone y Apple Pie, y polvo y medio.
¿Polvo y medio? ¿Y qué es ese medio?
Dímelo tú, monstruo creativo...
Ganamos. No sé si el título de a ver quién se quiere más, pero, en nuestro único mundo tranquilo y autosuficiente, sexo con helado es un triunfo se mire por dónde se mire.

viernes, septiembre 13

Vigilia

  Creepy de Javier Avi

Me di la vuelta en la cama, y me apreté contra la espalda de Joan.
Otra vez está aquí —susurré sin despegar los labios de su cuello.
No está. Estás dormida —contestó.
No lo estoy, estamos hablando.
No lo estamos, estamos dormidos. Duerme.
Mi psicólogo me abrió la puerta de la consulta con su semblante templado. Me preguntó por la semana, le dije que bien, al igual que él lo hizo cuando le pregunté por la suya.
¿Una mujer? —preguntó, casi veinte minutos después de que hubiera empezado a relatarlo.
Sí —respondí—. Joan dice que duermo.
¿Y tú crees que estás dormida?
No lo sé.
La ves. La ves claramente junto a tu cama.
Sí.
¿Habla contigo?
No.
¿Qué hace exactamente?
Me mira. Me mira directamente, sin moverse, sólo me mira.
¿Qué haces tú?
La miro también. Paralizada. Muerta de miedo.
Pánico... —dijo. Respiró profundamente y apoyó las manos entrelazadas debajo de su barbilla—. El sueño es complejo. Hay algo denominado parálisis del sueño que puede producir...
Lo sé. Lo he leído. Alucinaciones entre la vigilia y el sueño.
Asintió y con calma extendió las manos sobre el reposabrazos de sus sillón.
¿Crees que a esa mujer la hayas podido ver sentada en el metro? —No respondí, él tardó unos minutos en hacerme la segunda pregunta—. ¿Es posible que la hayas visto sentada en un banco de una plaza, un parque o quizá sentada en una cafetería? ¿Crees que es posible?
Sentada... —dije agachando la cabeza, luego la levanté y respondí—: Es posible.
Esa noche no era especialmente calurosa. Atraje hacia mí la sábana y me tapé. Abrí los ojos y la vi. Junto a la cama. Una cama sin somier, al ras del suelo. Y la mujer estaba allí, como siempre, mirándome, arrodillada frente a mí.

lunes, septiembre 2

Noche de café y poemas

Los parasoles de Afrodita de Sofía Serra Giráldez

Y subo las escaleras del portal de dos en dos. Como una niña entusiasmada. Porque hoy ha sido mi primer día de trabajo después de volver de vacaciones. ¿Depresión postvacacional? ¿Qué es eso? Adoro mi profesión y todo lo que ahora mismo la rodea. La universidad todavía estaba semidesierta. La clase llena de caras nuevas con gesto un tanto perdido. La máquina de café en erogación. Y yo con mis compañeros, sin fundamento, riéndonos con los chistes cortos del repertorio de Kiko.
¡Otro! Dice: Cariño, te quiero. Y le contesta: Mira, a mí no me cuentes tus problemas.
Y me vuelvo a reír llegando al segundo piso.
¡Elvira!
Ay, Guillermina, que me meo.
¿Pero qué te ha dado, mujer?
Cojo aire y le doy un beso a mi vecina que acaba de abrir la puerta.
Anda, pasa. Que esta mañana al bajar a por el correo había un sobre enorme con tu nombre sobre los buzones, y te lo he cogido porque no me fío. Que sí, que aquí nos conocemos todos pero nunca se sabe, hija, nunca se sabe. Pasa, que te lo doy.
Entro hasta la cocina y dejo la bolsa con los libros sobre la mesa.
¿Café? —me pregunta.
Sí, ya lo preparo yo, no se preocupe.
Pues te voy a buscar el sobre que seguro que es algo importante y no quiero que te falte, hija.
Regresa Guillermina y me ofrece un sobre amarillo tamaño folio, acolchado. Lo miro sorprendida, coloco la cafetera en el fuego y me seco las manos con un trapo.
¿Qué es esto? —me pregunto tomándolo con ambas manos.
Venga, ábrelo, ábrelo.
Lo abro por uno de los extremos y miro en su interior. Meto la mano y saco un libro.
Los parasoles de Afrodita. Sofía Serra Giráldez —leo emocionada. Me lo llevo a la nariz y lo olisqueo—. Huele a nuevo, a nuevo y a tesón.
Me apoyo en la mesa y leo la dedicatoria. Levanto la cabeza y sonrío a Guillermina que me mira ofreciéndome, en silencio, una servilleta de papel para sonarme los mocos.
Que me emociono, Guillermina...
Claro, mujer, ¿qué sería de esta vida sin las emociones? Anda, siéntate que te pongo el café.
Me siento. Aparto mi bolsa con los libros y me apoyo en la mesa. Llega Guillermina y coloca frente a mí una taza de café.
Es un poemario de una amiga —le digo.
Se sienta a mi lado con otra taza de café y me pide que lea algo, que siempre le gustaron los poemas.
Vale —digo abriendo el libro al azar, porque sé que no es necesario buscar para encontrar ese poema, ese, el que hoy necesito, porque Sofía tiene ese don para transcribir tu requisito, tu pensamiento, en cada uno de ellos—. Las telarañas neuronales hacen más por el olvido / que cualquier viento huracanado. / La aspiradora de mis sienes / absorben el polvo: más agua y luz, / brota el verde. / Paz del suelo por el que camino / quebrando el aire / ando quebrando / como ente relativo / entre las formas y las alquimias (…)
Le leo cuatro poemas que escucha mi vecina sorbito a sorbito. Cierro el libro y bebo el café. La miro y nos sonreímos.
Me marcho —digo poniéndome en pie.
¿Y adónde vas?
A tomarme un café.
¿Otro?
Me he quedado con ganas de más.
Guillermina me acerca la bolsa de los libros. Juntas llegamos a la puerta.
Y esta noche saldrás con tus amigos, ¿verdad?
No, hoy no. Mi amigo Gael se escapa de fin de semana romántico. Se nos ha enamorado, nadie es perfecto.
Nos reímos.
Pues podrías venirte un ratito a leerme más de esos poemas. Y te prometo que te hago café, ¡un perolo entero de café!
Mmm..., qué bien suena: noche de café y poemas.

miércoles, agosto 28

Bodas, análisis y otros males

Espanta-males de Javier Avi
Elvira lo miró buscando una solución. Gael, sin decir nada, cogió su móvil y llamó a su amiga Leticia.
Cielo, mira, te cuento: tengo aquí a mi amiga Elvi, que es pobre..., sí, sí, pobre de sin dinero. Resulta que de aquí a diciembre tiene tres bodas, y no hay cosa más horrible que invitar a un pobre a una boda, porque en vez de disfrutar del evento lo convierten en una hoja excel de contabilidad..., ¡Ja, ja, ja!, ni que lo digas, ¡terrible!, la tengo a mi vera sin parar de hacer numeritos. Pero espera, que ahora viene lo mejor, va y me dice que tiene pensado llevar el mismo modelito a tres bodas, ¡y las amigas son del mismo grupo!...., ¡Te lo juro, reina! ¡Sigo en shock!
Marica mala...
¡Te he oído!..., No, a ti no, cielo. Así que a ver si le puedes prestar algo. Tendréis la misma talla, tú más menudita, claro, a ella le pierden las palmeras de chocolate..., ¿Zapatos? Sí, creo que también, espera un segundo. Cari, ¿qué pie tienes?
El cinco.
Un 35..., ¿el 36?, perfecto, le metemos algodón y listo..., ¡Genial!, pues te llamo en unos días para que te vengas a casa y hacemos probaturas, ¡te adoro, reina!
Gael dejó el móvil sobre la mesa de la cocina y miró a Elvira esperando su agradecimiento.
Viva el marxismo —dijo ésta con el puño en alto.
Cari, ahí tienes el baño, vete a cagar un rato.
Elvira cogió una cerveza de la nevera y fue al salón donde se dejó caer en el sillón de piel de vaca. Miraba al infinito mientras se mordisqueaba el labio inferior.
Me superan las bodas... —dijo.
Gael, también con cerveza en mano, se sentó sobre la mesita de café, frente a ella. Le acarició la rodilla.
Elvi, tengo que contarte algo.
Elvira lo miró de golpe.
¡No!, ¡no me digas que te casas porque no! ¡No me invites! —Se levantó—. ¡No!, no quiero tu banquete y ¡mucho menos tu número de cuenta bancaria!, ¡no! ¡Basta ya! ¡No-a-las-bodas-capitalistas!
Elvi...
Vale, iré... pero no me cobres la entrada, porque con tres tengo más que suficiente... —Y se tumbó en el sofá dejando la cerveza en el suelo.
No, no me caso.
¿Ah, no? ¿Y entonces? —Al reincorporarse vio la cara de su amigo desencajada. Se levantó y se sentó junto a él, en la mesita de café—. ¿Qué pasa, amor?
Es Raúl.
¿Qué Raúl, vida?
Raúl Perella. El escritor. Que fuimos juntos a la presentación de su libro hará cosa de dos meses.
¿El orgánico?
¡Elvi!
Perdón.
Bueno, pues nos liamos.
Sí, claro, para eso fuimos a la presentación, ¿no?
La verdad que estamos muy bien. Bien de verdad. Es un tío genial, estoy súper a gusto con él, no sé, como que la cosa ha empezado a ir un poco en serio, un poco bastante.
Ay, me encanta, ¡pero no os caséis!
Elvi... —Poco quedaba del chico que pedía a Leticia, con energético sarcasmo, vestidos de boda para su amiga la pobre. Estaba cabizbajo y tembloroso. Elvira se juntó más a él y con un gesto de cabeza le animó a que hablara—. Me ha pedido que tengamos relaciones sin condón porque, claro, estamos limpios y claro, es mejor, y claro, él está muy seguro y claro, yo también le he dicho que sí, que estoy seguro, que estoy limpio —Pausa—. Elvira, estoy acojonado, no me he hecho nunca los análisis.
¿Qué? Tienes 33 años y ¿nunca te has hecho los análisis? Vale, no pasa nada, el VIH no sé coge así como así, si siempre has tenido sexo seguro no pasa nada. ¿Gael?
No sé, a veces... Yo... Joder, Elvira, estoy acojonado. No quiero morir. ¡No quiero morir!
No vas a morir.
Elvi, ¿qué voy a hacer?
Los análisis.
No puedo, te lo juro, no puedo, he ido varias veces y no puedo, me rajo, no puedo. Vete tú...
¡Yo ya me los he hecho unas 10 veces! Es lo primero que te hacen cuando aterrizas en un país extranjero para trabajar en una entidad pública, si no olvídate del visado. Y desde que estoy en España dos veces, una porque pedí análisis de tiroides y otra de diabetes tipo 1. Ambos médicos me aconsejaron hacerme una serología completa, no sé, debo tener cara de promiscua irresponsable.

Al día siguiente por la mañana, fueron al centro de salud del barrio de Gael.
Hola —dijo Elvira agachándose, en el puesto de Información, para que su voz saliese por el hueco de la ventanilla—. Venía para unos análisis.
Muy bien, dime el nombre de tu médico, por favor.
Sí, un momento —Elvira se dio la vuelta. A su espalda Gael con las manos apretándose los ojos mientras gimoteaba una y otra vez que no podía—. Sí puedes. Venga, el nombre de tu médico.
Aguilar Sáinz de Buruaga.
Aguilar Sanz de Luaga —dijo agachándose de nuevo.
Aguilar Sáinz de Buruaga —repitió Gael destapándose los ojos.
Sí, perdón, Aguimar Sáinz de Luaga —dijo esta vez con la cabeza casi metida en el hueco y lo repitió por si acaso—. Luaga, Sáinz de Luaga, Aguimar.
Joder... —Y Gael volvió a tapárselos.
¿Aguilar Sáinz de Buruaga? —preguntó la recepcionista.
¡Sí! —gritó Gael saltándose a la intermediaria.
Te puedo dar cita para hoy a las 4:22 de la tarde. ¿Está bien?
Elvira se dio la vuelta esperando respuesta de su amigo.
Sí...
Sí —repitió ella a la recepcionista, y le dio la tarjeta de salud de Gael.
Al salir del centro, Elvira devolvió a Gael su tarjeta sanitaria.
Hoy a las 4:22. Te espero en la puerta a y cuarto, ¿vale? Y apunta bien el nombre de tu médico: Aguilar Sáinz de Buruaga, no te vayas a volver a equivocar.

A las 5.10 de la tarde Gael y Elvira seguían sentados en la sala de espera del centro de salud.
¿Por qué tardan tanto? —preguntó Gael a su amiga que deslizaba el dedo índice por la pantalla de su móvil mientras se reía a cada rato.
Me encanta Facu Díaz.
¿Por qué...?
Porque es un genio. Tiene a todo twitter revolucionado. ¡Mira! —Y estampó el móvil en la cara de su amigo.
Elvira...
Venga, que le voy pedir que salude a todas las víctimas de la Seguridad Social, ya vas a ver qué risas.
Me troncho...
5:27, 5:32 y a las 5:46...:
¿Gael Álvarez Carrillo? —preguntó la enfermera ante la puerta del médico.
¡Aquí! —gritó Elvira como si llevara tres días perdida en el Amazonas y la acabaran de encontrar.
Se sentaron ante la mesa, y esperaron a que Aguilar Sáinz de Buruaga dejara de revisar algo en el ordenador y les prestara un poco de atención. Elvira cogió la mano de Gael y asintió cerrando los ojos. Gael se desprendió de su mano abriéndolos mucho.
Perdonad, que ando liadillo con esto —dijo el médico y, dejando a un lado el ordenador, masculló sonriendo—: Este Facu Díaz es la hostia... Bien, Gael, cuéntame.
Quería unos análisis.
¿Una analítica completa?
Sí, para lo del colesterol que lo llevo fatal y eso... —Elvira lo miró de golpe—. Y, bueno, para lo otro también.
¿Lo otro?
VIH —contestó la resabionda de la clase.
Me estoy mareando —dijo Gael sujetándose la frente.
El médico se rió y le dio un papel.
Entrégalo en recepción, allí te darán cita para hacerte los análisis. Siendo verano, imagino que mañana por la mañana tendrás hueco. En diez días estarán los resultados.
¡Diez días! —Gael colocó su cabeza entre las rodillas—. Me estoy mareando mogollón... ayuda...

Efectivamente tuvo hueco al día siguiente. A las 8:13 de la mañana, Elvira colocaba las pequeñas pegatinas rojas, que le había dado una de las enfermeras, bajo el clip de las hojas de la analítica. Luego le explicó a Gael que, según lo que le habían dicho, debía esperar en la cola. La línea de unas 7 personas se cortaba ante una puerta cerrada. Detrás, cinco mujeres, tras cinco pequeñas mesas, extraían sangre como si de una central lechera se tratara. Cuando le tocó el turno a Gael, fueron los dos quienes cruzaron la puerta.
Lo siento, sólo puede entrar uno —dijo la mujer de la primera mesa apretando la goma del brazo de su ternerita.
Por favor, es que soy muy aprensivo —dijo Gael.
Y yo —dijo Elvira.
Y si tú también eres aprensiva ¿para qué lo acompañas?
Dos aprensivos mejor que uno.
La mujer se rió y los mano a la mesa del fondo. Y los dos, como niños, corrieron al final de la sala no fuera a ser que la ganadera cambiara de idea.
Media hora más tarde Elvira se terminaba su café en el bar de al lado y Gael no dejaba de mirar el papel con la nueva cita para recoger los análisis.
Diez días... —decía—. No lo voy a soportar.
Pasan en seguida —mintió Elvira.
Y si me da positivo, ¿qué voy a hacer?
Eso no va a pasar.
¡Y si pasa! —El camarero los miró desde la barra.
¡Pues si pasa, pasa! ¡No te vas a morir! —Después, Elvira bajó el tono de voz—: Tener los anticuerpos del VIH no significa que vayas a desarrollar la enfermedad. Gael, por favor, no me hagas darte una clase de sexualidad ahora, pero creo que ser más responsable y tener un poquito más de cabeza, no te vendría mal.
Gael bajó la vista. Elvira se percató de que lloraba. Se acercó a él. Lo abrazó.
Eres una amiga de mierda, cari...

Diez días más tarde.
Eran las 4:38 de la tarde y Elvira abanicaba a Gael con un folleto sobre la diabetes gestacional, en la sala de espera del centro de salud.
¿Tengo pulso?
Elvira le tocó la muñeca.
Sí, Gael, tienes pulso.
Me mareo...
Elvira lo abanicaba con más fuerza. De reojo miró el reloj de la pared: 4:53.
Nunca jamás voy a follar con nadie, se acabó, te lo juro, nunca más... Me están entrando nauseas.
Elvira dejó de darle aire.
Gael, tranquilo, respira por la nariz, por la nariz, fuerte, mira así, ¿ves?
Una mujer se fue a sentar junto a la chica, pero en el último momento prefirió hacerlo tres sillas más allá, por si las moscas.
¿Gael Álvarez Carrillo?
¡Aquí! —Y del Amazonas volvió a resurgir.
Una vez ya ante el médico esperaron en silencio. Éste revisaba de atrás a adelante las dos hojas que contenían los resultados de la analítica completa. Aguilar Sáinz de Buruaga, por fin, pareció decidido a hablar. Chasqueó la lengua y levantó la vista con gesto raro.
Ay, madre... —suspiró Elvira.
Creo que me estoy muriendo... —Gael.
Pues como no te cuides va a ser que sí. Chico, para lo joven que eres tienes el colesterol disparado.
Y tras un grito eufórico al unísono, los dos amigos se abrazaron ante la perpleja mirada del médico.
Al salir del centro con los análisis estrujados en la mano de Gael, Elvira propuso celebrarlo por todo lo alto.
Vale, pero a mi manera, cari. —Sacó del bolsillo su móvil y tras buscar en la agenda el nombre, esperó tono—. ¿Leti?, cielo, en 30 minutos en mi casa, no olvides traer los vestidos de boda, a mi amiga le gustan como muy de princesa..., sí, nos vamos a reír...
Marica mala...
¡Te he oído!..., No, cielo, a ti no.


martes, julio 30

You & I

 
 Yo leo a Palahniuk de Javier Avi

Elvira golpeaba con la uña el botellín de cerveza, al ritmo de You & I de Crystal Fhighters, que sonaba en su cabeza, mientras parecía buscar a alguien en el bar.
...no sleep, no chance, no need, forget about it... —canturreaba sin importarle que aquel no fuera el tono—, …you and me, no one else, nothing else, but us right now... —A pesar de hacerlo bajito, cantaba como un pollo desgañitado, y no, nada tiene que ver con su sordera, no nos pongamos melodramáticos, ya lo hacía fatal mucho antes de que la otosclerosis le dejara sin oído derecho, las cosas como son.
Se bajó con disimulo la minifalda. Lo cierto es que nunca sabía vestirse para esos eventos. Bueno, nunca sabía vestirse para nada. Joan, su novio, tenía bastante más sensibilidad a la hora de conjuntar la ropa que ella. Así que le aconsejó que llevara la minifalda negra de tubo, el blusón blanco con escote y manga campana, el cinturón ancho negro con tachuelas al igual que los zapatos Peep Toe, que según ella podían confundirse con unos Louboutin, pero el destello del plastiquete delataba, escandalosamente, que eran de Xti, comprados en rebajas por 19'90.
Cari, desde la puerta te veo las bragas —le espetó Gael nada más acercarse a ella. Y mientras la besaba, Elvira volvió a bajarse la falda—. ¡Ay, pero me encanta! El negro se lleva muchísimo este verano. ¿Es de Dolores Promesas?
No, ¡es mía!, me la compré en H&M, por 4'95.
Gael resopló y prefirió no contestarle. Luego le pidió un minuto para ir a pedir, así que ella siguió con lo suyo:
One life, live free, big dreams, we're all about them...
Gael regresó con una copa de vino blanco.
¿Joan ha venido? —Elvira negó con la cabeza—. ¿Por qué tu chico odia relacionarse con la gente?
Porque es un tío inteligente.
Gracias por lo que me toca.
De nada, amor.
Un hombre, desde lo alto de un pequeño escenario improvisado al fondo del bar, pidió un poco de silencio. Hizo un par de chistes sobre lo difícil que es callar a un público de barra libre, recibió las falsas carcajadas con vanidad y, por fin, presentó a Raúl Perella que subió con su libro en alto. Se apoyó en el taburete y se arrimó al micrófono. Por un momento, Elvira pensó que estaba en el Club de la Comedia.
Buenas noches a todos, gracias por venir a la presentación de mi último retoño —Risas—. Germinado hace tres años pero gestado en los últimos siete meses, con un parto rápido y sin dolor gracias a Antonio Resada, pocos editores saben poner la epidural como él. —Más risas. Sí, efectivamente Elvira estaba en el Club de la Comedia—. Antes de empezar quiero dejar claro que no me considero filósofo, empecemos por ahí, no lo soy. —¿Alguien tenía alguna duda?—. ¿Humanista?, es evidente que me mueve la parte humana de las cosas y escribo sobre ello, pero sin necesidad de pensarlo, porque me nace de manera orgánica. Soy orgánico. Cuando...
Perdona, ¿me pones otro tercio? —pidió Elvira al camarero. Con el nuevo botellín en la mano preguntó a Gael—: ¿Y esto cuánto dura?
Cari, no me seas coñazo. Te pido un poquito de paciencia. Conozco a Raúl desde el instituto, lo acaba de dejar con su novio y las cosas no están para perder oportunidades. En cuanto se ponga a firmar libros me acercaré a él, y tú ya te podrás largar.
¿Y cuánto tiempo es eso?
¡Y yo qué sé!
¡Sssht, silencio! —exclamó el camarero a sus espaldas.
Elvira agachó la cabeza y empezó a contar las tachuelas de sus zapatos.
¡Ostras, qué fuerte, Gael!, que el derecho tiene 4 más que el izquierdo. Menuda chapuza, ¿no? Es que, aunque lo parezcan, no son unos Louboutin.
¿No me digas? No me había dado cuenta...
El padre de la criatura terminó su monólogo y la gente, después de vitorearle, se empezó a dispersar por toda la sala. Gael trazó su camino directo a la conquista y, quedándose sola, Elvira pidió su tercera cerveza. Se apoyó en la barra, se sacó la braga del culo, se bajó la falda y retornó a su mundo:
... you and I, no one else, nothing else, but you and I...
¿Qué cantas? —le preguntó una mujer que, por su forma de vestir, se negaba a admitir que cumplió los 40 hace años—. ¿Tocas en un grupo?
¡Oh, no, no, no! —Y se rió.
¿Escribes?
Bueno, hago lo que puedo. Soy profesora.
Qué encanto. A mí siempre me gustaron los niños, pero lo mío es la escritura —¿Niños? Elvira prefirió beber y callar—. Perdona, soy Aurora Villés —Y esperó a que Elvira pusiera cara de asombro.
Yo Elvira Rebollo.
No, me refiero a que soy Aurara Villés, Vacas y coños —Elvira estuvo a punto de añadir: Toros y pollas, pero prefirió esperar—. Mi última novela —. Sí, hizo bien en esperar—. Segunda edición en menos de un año, para ser literatura erótica es todo un logro.
Bueno, Cincuenta sombras de Grey lleva unas cuantas más.
Sin comentarios. Eso no es erotismo es pornografía barata. Todo el mundo puede escribir pornografía, tú podrías escribir pornografía...
Gracias...
...pero hablo que para escribir literatura erótica te involucras en un compromiso valiente contigo misma. Por dos razones. Una: eres mujer y por ello te van a lapidar, y dos: la gente no conoce el sexo y por ello son pocos los que realmente entienden este género.
Ya...
Te desnudas y parece que es un acto permisivo para que te condenen. Para que te conviertan en objeto. Las mujeres que escribimos tenemos cerebro, lo demostramos en cada una de nuestras páginas, somos sujetos no objetos. La lucha de la mujer escritora...
Y en el interior de la cabeza de Elvira: ...happy, sppining, clapping, laughing, dancing...
...es para ser sujeto no objeto. La literatura erótica muestra a la mujer sujeto no solo en el sexo, también en el sexo...
...No sleep, no chance, no need, forget about it...
...es importante enfatizar el también. También. También.
Sí, sí, tan bien, tan bien. Con el calor que hace fuera y lo bien que estamos aquí.
Elvira no entendió por qué la de Vacas y coños se dio media vuelta sin ni siquiera despedirse. Poco le importó. Terminó su cerveza y con la vista buscó a Gael. Cuando sus miradas se encontraron, le explicó con gestos que se marchaba, él vocalizó un mudo gracias y le lanzó un beso.
Cuando llegó a casa, encontró a Joan dibujando en la mesa alta de la cocina. Lo miró y sonrió.
¡Ey, nena!, ¿cómo te ha ido?
Elvira se bajó de los 10 centímetros de tacón, se quitó el cinturón y el audífono del oído derecho y se acercó. Se sentó sobre él abrazándolo y escondiendo la cara en su cuello.
You and I, no one else, nothing else, but you and I...


domingo, julio 21

¿Bendita soledad?

 
Agosto de Javier Avi

El espacio.
El espacio es la extensión que contiene toda materia existente. ¿Qué significa esto? Que yo soy muy materia con mucha extensión. Es decir, no te acerques si no es estrictamente necesario. Los besos están sobrevalorados y los abrazos creo que deberían ser denunciables. A los que me llaman huraña les explico, mientras les pido que se alejen un poco, que es una simple cuestión de espacio.

Es verano, Madrid, 03:45 de la mañana, duermo, hace calor, mucho calor, mucho más calor. Oigo un plof que me despierta. Alargo la mano y Joan no está a mi lado, me asomo al borde de la cama y lo veo en el suelo.
¿Qué haces ahí...? —pregunto.
Aquí se está más fresquito...
Ya...
Y con una inevitable sonrisa me tumbo en mitad de la cama con los brazos y piernas extendidas. Sí, es toda mía, ¡toda mía! Y en mi cabeza retumba una carcajada malvada.

El miedo a la soledad.
El miedo a la soledad debe ser eso que la gente siente y que nunca he terminado de entender.
Esplendor en la soledad.
Esplendor en la soledad debe ser eso que yo siento y que nunca la gente ha terminado de entender.

Verano también, Madrid, 19:15 de la tarde, hablando con mi madre por teléfono, no hace tanto calor pero me arde la cabeza.
... que no, mamá, que no nos vamos a separar, solo que Joan... ¡No!... Carmina, ya... Pues si le ha salido curro en Barcelona, ¿qué quieres que haga yo?... No, cerró la granja de caracoles... ¿Pero quién es Carmina? Por favor, mamá, tengamos una única conversación... Ya... Sí, la crisis... No, no paso miedo sola en casa... Sí, siempre cierro la puerta... ¡A ver!, ¿qué hago yo allí?, ¡Joan no va a tener ni un minuto libre!, ¿sabes lo que se tarda en pintar toda la fachada de un bar?, ¡solo tiene tres semanas!... No, mamá, yo no le puedo ayudar... ¡Pues porque no sé pintar!... Colorear tampoco... Que no, que no nos vamos a separar... No, tampoco voy a subir a Bilbao... ¡Porque no!... ¿Quién?... Ya, se le escapó a Carmina, ya... ¿Castrado?... Ah... Ya... Ya... ¡Pues porque tengo muchas cosas que hacer en Madrid!... ¡¿Pero quién coño es Carmina?!

Manipulación.
Manipulación es aquello que niego hacer cada vez que utilizo la expresión “hay que” o “si no quieres no”.

Sigue siendo verano, Madrid, 21:30 de la noche, Joan y yo tumbados en el sofá ante la televisión, pegados por el calor. Alargo un piececillo que toca el suelo.
Ay... qué gusto... —digo.
¿El qué?
No, nada, el suelo, que está fresquito, muy fresquito...
Joan lo toca con la mano. Coge un cojín y plof. Estiro las piernas y sonrío. ¡JA-JA-JA...
Oye, nena.
¿Qué?
Que al final el Miquel me ha llamado, que se lo ha pensado y que no va a chapar el bar en agosto, así que el mural se lo pinto en septiembre. Por eso creo que me voy a quedar todo el mes, bueno, si no quieres no.
Enciende un cigarro y sonriendo acaricia al gato. Un momento, ¿de quién es ese gato? ¡De Carmina, hija!

domingo, junio 30

Locura parental

  Castigo divino de Javier Avi

Cuando crees que las cosas no pueden ir a peor, recibes esa llamada telefónica de tu madre:
Que vamos.
Que venís, ¿a dónde? —pregunto.
A Madrid, a verte.
Y es entonces, cuando se te empieza a nublar la vista y crees que un tumor cerebral está a punto de acabar con tu vida de forma inminente, pero no, no tienes esa suerte. Dos días más tarde te ves en la estación de tren esperando la llegada de tus padres con un cartel en la frente que dice: lo intenté pero sigo viva.
Dejamos las cosas en el hotel de al lado de mi casa. Mientras mi madre mea por quinta vez, mi padre me pregunta si ya he encontrado un trabajo serio. Salimos y nos sentamos en una terracita no muy lejos de allí.
Para mí una caña doble, por favor —pido al camarero.
Mi padre quiere un crianza, un Rioja, y mi madre un zumito de piña.
No hay, señora.
Ay, madre, que no hay, Elvira, que no hay. Si es que lo cuentas y no lo creen, no hay nada que me salga bien, oye...
Bueno, mamá, no pasa nada, ¿eh? ¿Tienen de melocotón?
Sí, de melocotón sí.
Mamá, ¿de melocotón entonces?
Pues qué le vamos a hacer, si no hay de piña pues será de melocotón. He aprendido en esta vida a resignarme, hija, otra cosa no, pero vivir con lo que me ha tocado es mi sino, nadie como yo para...
De melocotón, por favor —digo al camarero que se va agitando los hombros.
Tu hermano está bien —dice mi padre.
Lo sé, hablé ayer con él.
Su mujer también está bien.
Lo sé, que te digo que hablé ayer con Gerardo.
Y ¿tú estás bien?
¡Cuantos árboles tiene Madrid! —dice mi madre desde el país de Nunca Jamás.
Sí, papá, yo estoy bien.
Si necesitas algo, no tienes más que pedirlo —dice—, porque los dos sois iguales para nosotros, nunca hemos hecho ninguna diferencia. Nunca. Siempre os hemos tratado por igual. Tu hermano es inteligente, serio, responsable y su opción fue casarse con Anke, una mujer muy válida, e irse a vivir a Alemania llevando una vida impecable y tú, tú Elvira, eres nuestra hija igualmente, nadie es menos. Nadie. Vives aquí y tienes tus cositas. Y no por eso debes sentirte inferior, porque no lo eres, por lo menos no a nuestros ojos. Sois nuestros hijos, los dos, sois nuestros hijos. Pedid y se os dará.
Amén.
... 21, 22, 23, 24, 25... —Mi madre contando las hojas de los árboles.
Llegan las bebidas y mi padre cree que es buen momento para comer, así que le pide al camarero que espere y nos pregunta qué queremos. Miro la carta plastificada que hay sobre la mesa y pido ensalada César y unas alitas de pollo picantes.
Para mí, a ver —dice mi madre pensativa—. Mire, verá acabo de venir de Bilbao, ¿sabe?, entonces ando revueltilla, porque el tren es cómodo pero son muchas horas, hasta que no hagan el AVE, que sinceramente no entiendo cómo no lo han hecho, vamos para atrás, en vez de avanzar, es una cosa...
Mamá, que qué quieres.
Pues eso estoy diciendo, hija, que te entran las prisas y te pones muy digna y ni me dejas hablar, como tu padre, de verdad, que no me dejáis respirar, ¡ni respirar! Sois tal para cual, machacándome todo el día, y dale, dale, todo el día...
Mientras lo piensa la señora, a mí me va a traer el carpaccio de buey.
Muy bien, caballero.
... todo el día, y eso que tengo paciencia, pero cojo y me largo si quiero, pero no quiero porque a ver qué haríais sin mí. En fin, ni me molesto, porque sois dos egoistas que poco os importo y yo ya no estoy para perder el tiempo. Así que si es tan amable, me va a hacer una tortillita con espárragos, por favor, para que se me asiente el estómago.
Señora, solamente servimos lo que hay en la carta.
Lo que yo te diga, vamos, que hoy no es mi día, ¿no?
No sé cómo lo hago, pero la intento convencer y, finalmente, se pide un tartar de salmón.
Cojo aire y espero a que el mundo se acabe en ese momento, pero continúa, dando vueltas y vueltas y más vueltas.
Me llamaréis loca, pero en Bilbao no hay plaza con tanto árbol.
Loca —digo. Mi madre se ríe y me cuenta que la semana pasada vio en Indautxu a mi amiga Virginia embarazada.
Sí, del segundo —le confirmo.
¡Pero si es una niña!
¡Mamá, tiene 35 años!
Ay, ella, que tiene amiguitas mayores, mayores, mayores de verdad, casadas y con hijos.
¡Mamá, tengo 35 años!
No aparentas más de 13, ¿qué quieres que te diga?, mírate.
Pero es ya toda una mujercita —añade mi padre—. Una mujer adulta, ¿verdad?, que ha decidido vivir como una niña, y ojo, es muy lícito. Hay opciones en esta vida y ella ha decidido vivir así, su hermano tomó otro camino, ¿mejor o peor?, nadie es mejor o peor. Los dos sois nuestros hijos y os queremos por igual.
Pego un enorme trago a mi cerveza. Mi madre me coge de la mano y:
Ay, pitititititititi, ¿pititipotó?, no, no, no, ¡pitititititititi! ¿Pititipotó?
¿Pero qué dices, mamá?
Tienes que decir: ¡no, no, no, pitititititititi!
Empiezo a no poder respirar. Más que seguro, ahora sí, es un cáncer de pulmón fulminante, me muero, ya no estoy aquí...
Pues aquí está lo que han pedido, señores.
Pues no, no era cáncer.
Comemos. Sigue habiendo muchos árboles en Madrid, y mi padre sigue teniendo dos hijos iguales, los dos. Regresa el camarero y pregunta si queremos postre.
¿Postre? —vuelve a preguntar mi padre como si no lo hubiéramos oído.
Yo quiero un yogur natural, por favor.
Señora, solamente servimos lo que hay en la carta.
De verdad, que no es cosa mía, ¿no? Nunca, pero nunca de los jamases, en esta vida, he tenido lo que he querido, ¡nunca!, ni cuando...
Mientras lo piensa la señora, a mí me va a traer helado de pistacho.
Muy bien, caballero.
...o que me digas que mis padres me dieron lo que que quise, pero ¿de qué?, ¿de qué?, ¿eh? Si hubiera nacido ahora, las cosas serían muy diferentes, toda la mierda me tocó de golpe y es cuando...
Y tú, hija, ¿ya sabes qué quieres? Pide lo que quieras, con absoluta libertad. Nadie aquí es menos. ¿Ya lo sabes?
Sí —respondo sin titubear. Miro al camarero—. Un revólver, por favor.
¿Con tres balas, señorita?
No, con una es más que suficiente, gracias.