domingo, julio 27

¿Normalidad teatral?



Creatividad cotidiana de Javier Avi

        La muerte de mi madre me ha llevado a entender, de manera clara, el tipo de vida que quiero llevar: normal. Sí, mi único objetivo es tener una vida normal. No estoy diciendo tranquila, no, quiero decir normal. Vamos, que cabría tener altibajos, pero que esos altibajos estuviesen en el baremo de acontecimientos potencialmente normales.
       —Yo así no puedo trabajar —dijo Pringao.
     Pringao es un tío de treintaypocos, moreno, bajito, con estudios en dirección e interpretación teatral y con un par de montajes a sus espaldas. Lo que no impide que se considere a sí mismo una perfecta mezcla entre Kubrick, Aronofsky, Scorsese, Ridley Scott, Tarantino y Lynch.
        —¿No?, ¿poca luz?, ¿enciendo la de arriba? —pregunté.
        —No, el texto lo leo perfectamente, lo que sucede es que es un poco molesto que, a cada rato, estés interrumpiendo, repito, así no puedo trabajar. Y llegado a este punto creo que lo mejor es que dirijas la obra. ¿Os gustaría que os dirigiera ella?
        Actor1 y Actor2, sentados en un sofá frente a él, con el texto en las rodillas, lo miraron y luego me miraron a mí y luego lo volvieron a mirar a él.
        —Yo… —dijo Actor1.
        —Bueno, yo… —dijo Actor2.
        —Sabes que no tengo experiencia en dirección —dije después de encender la luz de arriba porque la situación la quería ver bien clarita.
        —Ya, pero parece que conoces muy bien el texto —Pringao.
        —Es que lo he escrito yo.
        —Ya, pero yo soy el director y así no puedo trabajar.
        Me volví a levantar y apagué de nuevo la luz de arriba, allí no había mucho más que ver. Cuando me senté, les dije que dejaba el montaje, que les dejaba el texto, que lo respetaran, y que nos veríamos en el estreno. Me marché dispuesta a seguir siendo fiel a mi vida normal. Antes de llegar a casa, pasé por el Mercado de la Cebada y compré picotas, pero de las gordas, de las moradas. Cené una tortilla de pavo y, antes de meterme en la cama, llamé a mi amiga Saioa de Bilbao para que me contará cómo llevaba su segundo embarazo. Al día siguiente di clases en la universidad, fui al psicólogo y le hablé de mi madre, preparé las clases del día siguiente, tomé un par de cañas con Gael y su nuevo novio, eché de menos a Joan, hablé con mi hermano por teléfono, cené una tortilla de pavo y, antes de meterme en la cama, me llamó mi amiga Ana, de Segovia, para ver cómo estaba. Al día siguiente di clases en la universidad, fui al Mercado de la Cebada, volví a comprar más picotas, 200 gr de pavo y 150 gr de queso Cheddar en lonchas, me sonó el móvil y nerviosa hablé con Joan, me dijo que me echaba de menos, yo no le dije nada, me dijo que no quería agobiarme pero que había encontrado trabajo en Madrid y que se mudaba en dos semanas, yo no le dije nada, me dijo que se había enterado de lo de mi madre y que lo sentía mucho, y yo lloré. Al llegar a casa, preparé las clases del día siguiente, escribí un relato a mi madre, cené una tortilla de pavo y, antes de meterme a la cama, escribí un WhatsApp a Joan diciéndole que lo quería. Dos semanas después, di clases en la universidad, fui al psicólogo y le hablé de Joan, me tomé unas cañas con mi amiga Almudena, preparé las clases del día siguiente, cené verdura al horno con queso gratinado y salsa alioli, que había preparado Joan y, antes de meterme a la cama, me enseñó el cartel terminado para la obra de teatro, me encantó. Al día siguiente, hicimos el amor, di clases en la universidad, envié el cartel a Pringao, Actor1 y Actor2, dijeron que estaba bien pero que no era vistoso, me tomé unas cañas con Joan, Gael y su nuevo novio que se rieron al contárselo, preparé las clases del día siguiente y cené ensalada templada de merluza y gulas que había preparado Joan y, antes de meterme a la cama, pensé en mi madre. Una semana más tarde, di clases en la universidad, fui al psicólogo y le hablé del dolor, del de dentro, del que parece que nunca se irá, me tomé unas cañas con Ana que vino de Segovia, fui al teatro para ver los últimos ensayos y me encontré con una obra que no era mía.
        —Este no es mi texto —dije.
        Actor1 y Actor2 miraron al suelo.
        —Es que como dijiste que dejabas el montaje… —explicó Pringao.
        —Ya, y eso te daba derecho a hacer y deshacer lo que te diera la gana. ¿Sabes cuál es la diferencia entre dejar un montaje y ceder unos derechos de autor?
        Actor1 y Actor2 volvieron a mirar al suelo.
        —Tú te habías ido, y lo dejaste bien claro, ahora no puedes desdecirte —contestó mirando a los actores que seguían analizando el suelo.
        Lo miré y pensé que aquel tío era lo menos normal a lo que un ser humano podía parecerse, así que decidí salir corriendo no fuera a ser contagioso. Me tomé una tila en el bar de enfrente. Llamé a Joan, se lo conté y él no lo llamó A-normal sino otras muchas cosas, algunas tan gordas como las picotas moradas. Preparé las clases del día siguiente, cené espárragos trigueros con gambas salteadas que había preparado Joan y, antes de meterme a la cama, escribí un email a Pringao, Actor1 y Actor2, avisándoles de la ilegalidad de llevar esa obra, tal cual, a escena con mi nombre en cartel. Seis días después, di clases en la universidad, me tomé un café con la coordinadora para comentarme los cambios en el horario, hablé con mi hermano por teléfono, me dijo que él también soñaba mucho con mamá, preparé las clases del día siguiente y esperé a Joan y a un grupo de amigos en la puerta del teatro para ver el estreno. Vimos el estreno, comprobé que el texto se había respetado, aplaudí y di la enhorabuena a los actores, que esta vez miraban al frente. Cené con mis amigos unas tostas, nachos con queso y muchas cervezas, brindamos entre risas por el cartel tan poco vistoso y por lo huevos de Pringao. Y, antes de meterme a la cama, ajusté el despertador porque, con el nuevo horario, el día empezaría una hora antes, pero todo lo demás seguiría igual, normal.


sábado, junio 21

Agur, ama




Sobre el ring todo preparado para el combate. En una de las esquinas, en la categoría de peso pesado: Vitatis Fastus; en la de enfrente: mi madre, en la categoría de minimosca. Injusto, lo sé, pero las trampas en este juego las conocemos todos.
—Ama, solo debes estar tranquila, pero pon de tu parte porque esta mala bestia te va a machacar como te despistes —le dije desde el otro lado de las cuerdas mientras le daba un enérgico masaje de hombros.
—Hija, de verdad, estate quieta ya con las manitas, ¡que me vas a descoyuntar! Tanta mierda con el combate. Mira, me tienes, me tienes, ¡vamos!, ¡no te digo hasta dónde me tienes!, ¡pero cómo me tienes! ¡HARTA! Haz esto, ahora lo otro, así no, asá, que lo haces mal, tienes que… ¡Hasta la mismísima tolola! Todo el día con el consejito en la boca, eres la Doña yo sé, ¿eh? ¿Te digo yo cómo deberías hacer las cosas?, ¿eh?, ¿te lo digo? ¡No!, y que conste que sé que hago mal porque tu vida no tiene ni pies ni cabeza, perdiste el norte hace mucho tiempo, pero allá cuidados, ¡allá cuidados! Así que ¿sabes quién va a luchar?, ¿sabes?, ¡pues Rita la Pollera! ¿Que no la conoces?, pues te la presento un día de estos. Harta ya de tanta mierda, hija, de verdad. Te lo repito: déjame un poquito ya a mi aire, que yo también me merezco descansar, ¿o no? No voy a luchar, no voy a luchar y no voy a luchar. ¡Dame un respiro, por favor!, ¿eh?, ah, y una lima que me acabo de partir la uña, si es que me pones de los nervios...
Me bajé del ring mirándola. Sentada en el pequeño taburete sobre la lona, se ajustaba el albornoz con coquetería, como si todo aquello no fuera con ella.
De camino al vestuario a por la lima y un botellín de agua, me encontré con mi hermano Gerardo.
—¿Cómo la ves? —me preguntó dándome un abrazo.
—No hay nada que hacer, dice que no va a luchar y que no va a luchar y que no va a luchar, no hay manera, dice que la dejemos tranquila, creo que es lo mejor. Esa mole la va a machacar, no merece la pena, Gerardo, estamos hablando de Vitatis Fastus. Creo que es mejor anular el combate y que se vaya sin un golpe.
—Ah, fenomenal, así que tiras la toalla. Muy bien. El camino fácil. La huida. Creo que así no se hacen las cosas, Elvira.
Lo miré como se mira a un muro, con la certeza de que las palabras seguirían rebotando.
—Voy a coger una lima, se le ha roto una uña —y me marché.
—Pues luchará, ¿me has oído, Elvi?, ¡luchará como que me llamo Luis Gerardo Rebollo!
Amén.
Diez minutos después regresé al cuadrilátero. Mi hermano de cuclillas frente a mi madre le hablaba con una enorme sonrisa. Ella lo miraba embelesada, podría ser su hijo como el amor de su vida. Me acerqué.
—… así que no te preocupes, no vamos a atacar, lo importante es la defensa, evitar golpes. Eres muy ágil, mamá, sabrás escaquearte. Recorre la lona e intenta cansarlo, necesitamos ganar tiempo, ¿me has entendido? —mi madre asentía embobada—. Cuanto más tiempo consigamos mejor podremos invertirlo en una nueva estrategia, pero tú por eso no te preocupes, nos encargamos nosotros, ¿vale? Solamente sal ahí y defiéndete, sabrás hacerlo muy bien, vales mucho, ama. —Se abrazaron. Gerardo, al oído menos malo, le susurró un te quiero y luego haciéndome un gesto bajó del ring.
Me senté en la lona, junto a ella, apoyada sobre las cuerdas.
—Tienes un hermano maravilloso —dijo mirando al frente, directa a su oponente Vitatis Fastus—. Sé que no me lo merezco como hijo, es excepcional, tan inteligente, siempre supe que iba a ser ingeniero, el mejor de su promoción. Es único, como él no hay dos, eso te lo digo yo.
—¿Y entonces? —pregunté.
—Entonces , ¿qué?
—Que si vas a luchar.
—¡Y dale la burra al trigo! —gritó girando con rapidez la cabeza hacia mí—. ¿Tú qué es lo que no entiendes?, ¡porque no creo que sea tan difícil!
—Mamá, escúchame —dije levantándome y colocándome frente a ella—. Acabas de prometer a Gerardo que lucharías, ¿sí?, ¿te acuerdas?
—¿A Gerardo?
—A Gerardo.
—Gerardo… —se observó la uña rota y se la rozó con la yema del pulgar—. Tu hermano Gerardo es guapísimo, esos ojos verdes que tiene te dejan sin palabras, es guapo de verdad. —Derrotada me dejé caer sobre la lona y la seguí escuchando allí sentada, sintiéndome todavía más pequeña si cabe—. Los tuyos bonitos no son, eso ya lo sabes, no vamos a andar ahora con tonterías pero tienen ese brillito, un brillito que te hace ser muy especial.
Me levanté y la abracé, quería estrujarla completamente pero estaba tan delgadita que me daba la sensación que iría a romperla.
—¿Vas a luchar? —pregunté mirándola. Las dos llorábamos. Nos volvimos a abrazar, y se lo volví a preguntar—: Ama, ¿vas a luchar?
—Anda, dame la lima que esta uña me está dando mucha dentera.
De repente el estadio entero rugió. Al ring saltó el árbitro. Del techo bajó un micrófono de mano que alcanzó y pidió a los púgiles acercarse. Nerviosa ayudé a mi madre a quitarse el albornoz, salí del cuadrilátero y busqué a mi hermano. Llegaba corriendo por uno de los estrechos pasillos que daban al centro. Me cogió por el hombro y juntos observábamos la escena bajo las cuerdas de la esquina.
—Todo va a ir bien —me dijo Gerardo—. No te preocupes.
No pude mirarlo, abrí el botellín de agua y bebí despacio.
El árbitro presentó a los luchadores y cuando todo tendría que dar comienzo, mi madre se acercó a él y le dijo algo al oído. Luego, con calma y sin parar de sonreír, se dirigió a la esquina donde estábamos, se volvió a poner el albornoz y se atusó el pelo.
—Pero, mamá, ¿qué haces? —preguntó mi hermano desde abajo.
—¿Yo?, marcharme. El señor de la pajarita, que es encantador, me ha dicho que la puerta está allí —y señaló al fondo.
Antes de que mi madre pudiera bajar del ring, el árbitro alzaba el brazo de su contrincante y todo el estadio gritó enloquecido. Ya era oficial, Vitatis Fastus había ganado el combate. Me llevé el botellín de agua contra el pecho y me quedé así quieta hasta que me di cuenta de que mi hermano saludaba a alguien con la mano. Me di la vuelta y vi a mi madre ya en la puerta del fondo del estadio. Agitaba la mano y nos mandaba besos al aire. Parecía una reina. Nos hizo reír. Volvíamos a ser dos niños, sus dos niños. Abrió la puerta y se marchó.
—Agur, ama… —dije bajito.
—Agur, ama —dijo Gerardo con un poquito más de voz.

A mi ama

domingo, mayo 11

Si quieres, te hago tiempo


 Diseño del cartel: Javier Avi

Bueno, pues aquí está el misterio. El anterior post fue eliminido porque tomó vida, es decir que se estrenará como microteatro en julio.
Es una obrita íntima en la que los convencionalismos del amor es la lucha constante.
Dirigida por Raúl Rodríguez e interpretado por Andrés Alemán y Aída Mercadal.

Los que me conocéis sabéis que me cuesta mucho promocionar mis propios proyectos, pero  creo que éste es realmente bonito, porque la soledad de escribir una novela poco tiene que ver con el teatro, con la gratitud de trabajar en equipo.
Por todo ello, os animo a ir a verla y a dejaros sentir.

miércoles, marzo 12

(Suprimida: Si quieres, te hago tiempo...)

 
Forbidden de Icy and Sot 
Sí, el post Si quieres, te hago tiempo... voló, pero creo que nunca había estado tan contenta de eliminar una entrada, ya lo veréis ;-)
Lo único que siento es que los comentarios de Sofía, Glori y Gala se hayan borrado también. Gracias, chicas.

Bueno, y a seguir luchando con este miércoles.

lunes, diciembre 9

Percepción (monólogo)



Sobremesa de Javier Avi      

       Madre (sesenta y tantos) e hija (cuarenta y tantos) sentadas en la cocina de la casa de la madre con dos tazas de café. La hija hace el crucigrama del periódico, la madre habla sin descanso.

       MADRE―. Pues hija, qué quieres, he ido. Y deberías haber ido tú también, a fin de cuentas llevas su apellido. Y mira que me negué, ¿eh?, fue cosa de tu abuela, yo con 17 añitos no tenía ni voz ni voto, y menos en aquella época. Me dices después del 75, pues todavía, y vaya, vaya... Acuérdate de Isabelita, que al primero lo tuvo también de soltera y se supone que éramos ya todos muy modernos con Pepi, Luci y la Bum-Bum-Bum, pero la acribillaron en el barrio. Así que imagínate en el 68, vamos, hombre, yo callada como una muerta y lo que me dijera tu abuela iba a misa. Es cierto, estaba loca por él, pero el apellido te hubiera puesto el mío. Total, ¿qué ha hecho por ti?, ¿eh? Nada, pues eso, nada. Una que ha sido muy tonta y se lo permití. Pero es que ni te imaginas cómo era tu padre de guapo, ¡ni te lo imaginas! Una cosa es decirlo y otra verlo. Has sacado sus ojos, el mismo verde mar, pero el mar de aquí, no te hablo del Mediterráneo, ¿eh?, que eso ni es mar ni es nada, es una charca de meados. ¡Hija, qué asco tan caliente siempre! Tus ojos son del Cantábrico. Tus ojos son de él. Si es que era mirarlo y perdía la razón. Pero le tenías que haber visto hoy. Mira, de verdad, cielo, me he quedado, se me ha puesto una cosa así en el pecho de que ni pa’lante ni pa’tras, de que claro… Es que hará de la última vez 30 años, ¡o más! Pues fíjate, te lo voy a decir, fue el año que tu prima Yolanda se casó, me acuerdo pero perfectísimamente. Porque el día que le llevé a Dolores el vestido para que me lo arreglase, que me cogiese de aquí, de la sisa, pues me lo encontré en el paseo de la ría. ¡A tu padre, allí, como un pasmarote! Y te digo me encontré por decirte algo, que el muy sinvergüenza me estaba esperando. Vamos que si me estaba esperando. Para decirme que se mudaban a Valencia. Y antes no era como ahora, que te coges un avión y ya. Eso suponía un no verse más. ¡Un no verse más! Y que sí, que nunca se ocupó de ti, pero por lo menos una vez al mes te llevaba a Lekeitio a comer rabas. Y a mí eso de que, oye, tú lo tuvieras ahí, pues me gustaba. Pero decidió irse a Valencia… Qué guapo y qué sinvergüenza. Llevaba el traje azul oscuro, saldría del banco. El señorito como no tuvo que hacerse cargo de nada, pues estudió y su padre lo colocó en el banco. Dime, ¿dónde coño me iba a colocar tu abuela teniéndote a ti? Un desgraciado. Tanto él como su familia. Pero qué bien le sentaba ese traje. Hoy le habían colocado uno gris que yo nada más verlo, mira, de verdad, ¡vamos, con decirte que no lo conocía! Pensaba que me había equivocado de sala, con eso te digo todo. Y no, no, era la 12, y allí estaba él con ese traje, y gordo… Yo no sé si sería cosa de gases o qué, pero en plan gordo desagradable, de verdad te digo, ¿eh? Compungida me he quedado. Ni qué decirte del pelo porque, además de los ojos, tu padre de joven tenía un pelo onda, como el príncipe, igualito, oye, y el mismo porte aristocrático. Tu padre era de los hombres más elegantes de Bilbao, ¿eh? Eso te lo digo yo. Y esta mañana, hija, el poco pelo que tenía todo colocado hacia un lado, para parecer que tenía más. Punzadas en el corazón tenía de verlo así. ¡Claro!, tú imagínate, en mi cabeza me lo veía junto a la ría con ese traje, esos ojos, ese pelo y de repente encontrármelo así… De verdad… Me he tenido que sentar, fíjate tú. Y al rato ha llegado su hermana, con su prima Carmen y su marido, que es como el Almunia, y sin callar de lo maravilloso que era tu padre. Está claro que hay que morirse para que hablen bien de uno, porque si no, dime tú. En fin, ¿te meto unas croquetas en un túper y te las llevas para las crías?

lunes, noviembre 25

Sirenas en la noche



    
Adiós de Javier Avi
 
     ―¿Cuándo crees que lo superaré? ―preguntó Gael.
     ―Pronto ―contestó su amiga Elvira sin levantar  la vista del libro.
     ―Tu cama es un asco. Todavía no sé qué hago aquí. Será muy bohemio esto de vivir en una buhardilla, pero, hija, tenemos el techo a un palmo, ¡qué agobio! ―Ahuecó la almohada y posó la cabeza en ella con incomodidad. Volvió a ahuecarla y resopló tumbándose, finalmente, boca abajo.
     ―Gael, si no te gusta te vas. No me marees. Fuiste tú el que no quería dormir solo, el que se quiso venir por no estar en casa, porque resulta que al niño su casa le recuerda demasiado a él.
     ―Eres mala. Mala, mala, en plan amargadilla mala. ¡Bicho, fú!
     Elvira cerró el libro y lo miró.
     ―Gael, ¿me vas a tocar las narices toda la noche?
     ―¡Es que no lo entiendo! ¡No lo entiendo! Tenemos que apoyarnos, entendernos, consolarnos…. ¡Se supone que tenemos que sufrir juntos!
     ―¿Por qué voy a sufrir?
     ―¡Porque a ti también te han dejado!
     Elvira volvió a abrir el libro, bajó la vista y dijo en casi un susurro:
     ―A mí no me han dejado...
     ―¡Vaya que sí! Tu pintor está ahora en Montpellier, dibujando a francesitas de sobacos asilvestrados.
     ―Era una oportunidad, ¿cómo iba a rechazarlo?, estaría loco. No es cualquier cosa, es un estudio de ilustración, yo también me hubiera ido y tú, ¡qué coño! Que aquí todos somos muy generosos hasta que nos tocan lo nuestro y entonces nos olvidamos de los demás, pero la mala soy yo, ¿no?, la amargadilla soy yo, ¡claro que sí! ¿Quieres que te recuerde dónde está tu amado Raúl?
     ―Qué mala eres… Mira, mira, si hasta te brillan los ojos viéndome sufrir...
     ―¡En Oviedo con su agente!
      Gael se dio la vuelta dándole la espalda. Pasaron lo menos 5 minutos sin decirse nada.
     ―Vale, lo siento… ―dijo ella. Cerró el libro y lo dejó a un lado de la cama, luego se acercó a su amigo y le sopló la oreja.
     ―¿Te has dado cuenta de que ahora tienes a dos ex viviendo en Francia?
     ―Yo seré mala, pero tú eres perverso.
     ―Igual ya se han conocido. Hola. Hola. Yo soy ex de Elvi. ¿Qué?, yo también. ¡Vaya!, esto se merece un vino. Oh, claro, amigo mío. Sí, ¡brindemos por ella con un Château Pupufuá!
     ―¿Un Château Pupufuá?
     ―Ríete, pero ahora mismo tus ex están con copa en alto celebrando que se han deshecho de ti.
     Elvira se separó de Gael lentamente y se colocó boca arriba mirando a través de la claraboya.
     ―Pienso muchas veces en ello. En la cara de satisfacción que tenía Etienne cuando me dejó. Estaba tan aliviado, estaba tan contento… Tenía tantas ganas, pero tantas ganas de que me fuera de casa, de perderme de vista. Pasan los años y no puedo olvidar su mirada de “lárgate, tía, no puedo más”. Se moría por verme desaparecer de su vida. Imagínate durante cuánto tiempo lo tuvo que estar rumiando, y yo sin enterarme de nada, de nada, Gael… A veces intuyes que va a llover, pero aquello fue una galerna, sin aviso se volvió todo negro. Y ya. Me marché y tiró de la cadena, fui una mierda que se fue por el retrete, y él se quedó bien aliviado… Igual que Joan.
     ―Elvi, no quise decir eso. Sabes que Joan la ha cagado. Su proyecto termina en marzo y luego querrá volver, seguro que te echa de menos. No fueron maneras en cómo se marchó, creo que sólo buscaba una excusa para poder irse sin ataduras, que los tíos somos muy cómodos, cómodos y cobardes. Volverá con las orejas gachas, ya verás. Y Etienne, pff, ¿quién es Etienne? Ah, ¿ese gabacho con el que salías que se parecía a Robert Redford pero que seguro que ahora está gordo y calvo? ¿Ése que te dejó porque quería una vida loca y me apuesto el cuello a que ahora está casado y cargado de hijos? Y casado no con cualquiera, no. ¡Con la típica francesita adicta a la ropa y a los zapatos!, a los zapatos bailarinas para ser más exactos, seguro que los tiene de todos los colores: con brillantina, de charol, de leopardo, de ante… Y seguro que viste a sus hijos como repollos. Sinceramente, a un tipo así no me lo imagino casado con una Marie Curie, ¿qué quieres que te diga? Él es de los que necesita a una maruja en casa para sentirse alguien. Y vale, tú tampoco eres la Curie, pero seguro que ahora estará arrepentidísimo, porque por lo menos contigo tenía más espacio en el armario. Cari, seamos sinceros, aquí la única que hizo de vientre, y se quedó bien a gusto, fuiste tú. Y a Joan déjamelo a mí, que cuando vuelva le van a caer un par de collejas por atonta’o, ya verás ya, qué pronto va a espabilar. Y mientras tanto ¡a disfrutar! A ver, ¿cómo lo quieres?
     ―¿Cómo quiero el qué?
     ―Pues al tío-transición. Lo de tapiar con ladrillo puertas y ventanas se acabó con la Bernarda Alba, ¿eh? En esta casa que entre el viento de la calle y que sople bien fuerte. Nos vamos a poner moradas, cari… ¿Cómo lo quieres?
     ―Ay, pues no sé, bajito, moreno, tronchito, con barba, tímido…
     ―Cari, ése es Joan. Y no queremos a Joan.
     ―¿No lo queremos?
     ―¡Joan, caca. Caca, Joan! ―Bajando el tono de voz―. O por lo menos hasta marzo. ¡Bueno, mira, ya elijo yo por los dos! ―Gael se arrodilló sobre la cama y extendió los brazos en cruz. Alzó la vista hacia la claraboya y empezó a vocear―: ¡Oh, Eros, dios del amor, en ti confiamos y… Cari, arrodíllate ―Elvira lo miró incrédula pero obedeció―. Extiende los brazos, así, como yo. ―Elvira los extendió―. ¡Oh, Eros, dios del amor, de la potencia, de las feromonas! Apiádate de este par de almas que no tienen ná que llevarse a la boca. Envíanos a dos hombres, olvida, oh, señor, lo de tronchito, perdónala, porque no sabe lo que dice. Los queremos bien, con cuerpo y mango…
     ―¡Gael!
     ―¡Calla! Oh, Eros, envíanoslos con un 45 de pie, larga nariz y manos venosas…
     Se empezaron a escuchar sirenas de la calle.
     ―¿Qué es eso, Gael?
     ―Joder, ni puta idea, pero eso suena a movida, seguro… ¿Hoy qué manifestación había?
     ―No sé, pero si es casi la una de la mañana. Ay, Gael, me estoy acojonando, que las cosas andan muy revueltas. Si parece que llega todo un ejército. Están en esta calle, ha pasado algo gordo. Ay, Gael...
     Gael se levantó e intentó mirar por una de las claraboyas.
     ―¡No!, ¡mejor por el ventanuco del baño! ―gritó Elvira.
     Gael saltó de la cama y se asomó por la estrecha ventana. Elvira se acurrucó en la cama esperando noticias. Gael salió del baño con las manos en la boca.
     ―¿Qué ha pasado?
     ―Ay, cari, ay…
     ―¡Gael, por favor, qué pasa!
     ―Eros… que nos ha enviado dos camiones de bomberos, ¡dos camiones!, ¡uno para ti y el otro para mí!
     Gael cogió el abrigo, se calzó torpemente, abrió la puerta y corrió escaleras abajo.
     ―Pero ¿adónde vas, loco?
     ―¡Corre, cari, que hoy nos riegan!
     Elvira sonrió. Entornó la puerta y volvió  a la cama. Comprobó su móvil, ningún mensaje. Se acomodó la almohada y, cogiéndolo de uno de los lados de la cama, siguió leyendo La mujer justa.