viernes, noviembre 20

Rioja 33


—¿Señora Rebollo? —en la puerta de mi despacho tenía a un alumno del grupo 203, parecía muy nervioso.
Lo miré desde mi mesa. Me di cuenta enseguida de la situación. Hoy había habido examen pero ni rastro de este chico en todo el día.
—Es por el examen, señora Rebollo… —me hacía mucha gracia, sabían cuándo llamarme Elvira y cuándo señora Rebollo—. No he podido venir, porque he estado muy, muy enfermo.
—Y ¿ahora ya estás mejor?
—Sí, sí… hoy ya muy bien y quería venir pero el coche se me ha averiado esta mañana y además... cuando he ido al…
—¡Para, para!, está bien —dije riéndome— podrás repetir el examen mañana después de clase.
—¿De verdad? —mi estudiante no podía creérselo.
—Claro, y sigue disfrutando de tu Rioja 33, todo el mundo debería vivir uno —dije en español.
Mi alumno no entendió ni un apalabra pero prefirió no preguntar, por si acaso.


Oí desde la cama el portazo y los llantos de Lorena. Parecía que Marta intentaba consolarla. Me levanté, me puse mi enorme albornoz de girasoles y salí de mi habitación. Las tres vivíamos en la calle Rioja 33, muy cerca del campus, era nuestro último año en la universidad.
Pero ¿qué pasa?, pregunté en mitad del pasillo atándome el cinturón del albornoz. La Lore, que ha perdido el tren, maja… contestó Marta que estaba junto a la puerta de la calle abrazando a Lorena.
Lorena, al escucharlo en voz alta, sollozó todavía más. Se acuclilló dejando el violín con su funda a un lado y se tapó la cara con las manos, pobre, no dejaba de llorar. Miré perpleja a Marta pellizcándome el labio, no sabía ni qué decir. Marta, como si estuviera sacudiendo un termómetro, agitaba la mano en el aire con cara de: qué fuerte, qué fuerte, tía.
—Venga, mujer, que seguro que te pueden repetir el examen —dije en un intento vano por animarla.
—Cuarto de violín… tías, acabo de echar a la mierda cuarto de violín… —dijo Lorena a trompicones.
Marta volvió a agitar la mano en el aire, qué fuerte, qué fuerte, la oí pensar de nuevo.
—Y ¿un taxi? A ver, Martis, ¿cuánto hay hasta Donosti? Vitoria-Donosti, ¿en cuánto se hace? —no es porque fuera idea mía pero es que era buenísima.
—Buff, ni de coña, no llega ni de coña. Hora y media fijo. El examen empieza a las 10 y son casi las nueve. Y no puede llegar tarde, es el conservatorio, examen oficial, no valen excusas.
Abrí los ojos como platos para hacerla callar pero ni por esas.
—Tías, ¡me pasa a mí y me muero!, ¡me muero!, bueno, es que yo teniendo examen hoy a las diez me hubiera ido ayer, no sé, Lore, tía, muy fuerte… —y volvió a sacudir su termómetro imaginario.
Lorena terminó tumbándose en el suelo abrazada a su violín, cómo lloraba, a grito pelado.
Qué hacemos, pregunté a Marta, vocalizando en silencio de hombros encogidos. Marta no me hizo ni caso, miró detrás de mí y gritó:
—Pero, y éste ¿quién es?
De mi habitación salía un tío colocándose la sudadera y desordenándose el pelo con los dedos. Qué mono era.
Hola, dijo tímidamente al acercarse a nosotras. Yo ya me iba.
A las dos nos entró la risa al ver cómo intentaba sortear a Lorena, que estaba en el suelo, para poder salir de casa. Estaba atrapado. Así que se dio la vuelta y dijo la frase que sólo dices cuando no te queda otra. Te llamo, ¿vale, tía? Claro, dije tronchada de la risa.
—Lore, córrete un poco pa’llá, para que pueda salir éste —dijo Marta.
Lorena, sin soltar su violín y sin parar de llorar, se arrastró un metro más hacia allá dejando la entrada libre. El chico abrió la puerta y con un gracias y un falso te llamo, de verdad, se fue.
A Marta y a mí nos faltó tiempo para morirnos de la risa y a empujones entramos en la cocina.
En bajines, para no desmerecer el dolor de Lorena, le conté que se llamaba Iñigo. Iñigus, Iñigus, Iñigus, repitió ella a ritmo de samba. Le expliqué que era amigo de Amaia. No sabía quién era. Sí, la de Filología Francesa, la sin-cuello, que sí, a la que le crecen los hombros de las orejas. Ah sí, ya cayó quién era. Pues resulta que estando con Lorena y éstas en el Zelaia tomando unas cañas, apareció Amaia con Iñigo porque eran compañeros de piso. Y allí nos juntamos todos. Que si unas cervecillas por aquí, unos bailes por allá, unas babillas por acullá y luego… un poco de Rioja 33. ¡Iñigus, Iñigus, Iñigus!, gritó Marta con su ritmo sambero, yo la seguí zarandeando el culo de lado a lado. Bueno, y ¿qué?, me preguntó después. Puse cara arrugada. Sin más, respondí.
—Y ¿eso?
—Método desatascador.
—Ay ¡nooooo!
—Sí, maja —pero le hice gesto de silencio con el dedo en los labios para que Lorena no se molestara al escucharnos cotillear en la cocina. Continué susurrando—. No sé de dónde les viene la idea que con el mete-saca nos va de perlas.
Marta amortiguó su risa con las manos.
—Pero no sabes lo peor —Marta negó con la cabeza con cara de intriga—, el interruptor.
—¿El interruptor?
—El interruptor… —repetí con mucha pereza—. Ya sabes que lo tengo en la cabecera, ¿no? Pues con cada toma encendía la luz con mi cabeza —Marta rompió a reírse como una loca, intenté pedirle con gestos que se riera en bajo pero era imposible—. Martis, pero es que encima se paraba y me pedía perdón y volvía a apagar la luz, perdona, tía, perdona, tía, me decía y luego… ¡toma!, otra vez la luz encendida —Marta se tronchaba y recordándolo me empezó a entrar la risa de mala manera, ya casi no podía continuar—, pero calla, que falta lo mejor —y ja, ja, ja, ja, ja las dos—, que el tío cogió carrerilla, y: toma-daca, toma-daca, toma-daca, enciende-apaga, enciende-apaga, enciende-apaga automáticamente, te lo juro, ¡mira el chichón que tengo!
Martis se moría y yo con ella. De la risa nos dábamos hasta manotazos, no podíamos parar. Terminamos en el suelo, completamente deshechas.
—¿De qué os reís, perras…? —preguntó Lorena entrando muy lentamente en la cocina, arrastraba su violín de la correa de la funda, parecía que traía un perro degollado.
Marta y yo nos levantamos del suelo y nos tiramos encima de ella.
—¡Abrazo a tres de Rioja 33! —gritó Martis a modo de insignia del piso.
—¡Rioja 33! —grité yo absolutamente contagiada por su entusiasmo.
—Rioja… treinta y… tres… —dijo Lorena con muy poquitas ganas.

No fuimos a clase. Marta preparó café. Nos rifamos los pocos yogures de coco y vainilla que quedaban en la nevera, porque las tres queríamos los de coco. Pasamos toda la mañana en la cocina intentando arreglar nuestro pequeño mundo, que a los veintidós años era todo un universo de desafíos.

jueves, noviembre 12

Betty

The love between a Father and a Daughter, por Keith Burns

Betty se levantó a las seis y media de la mañana. Su madre le había preparado la cafetera la noche anterior, sólo tenía que apretar el botón verde para que empezara a funcionar y pudiera tener el café caliente. Estaba muy nerviosa. Se apretó el estomago cuando fue a coger una rebanada de pan de pasas con canela. La sostuvo un momento y la volvió a dejar. No tenía demasiada hambre. Estaba muy nerviosa. Se alisó el camisón y miró a su alrededor. Siempre tomaba una rebanada con mantequilla de cacahuete, pero si hoy no tenía hambre no sabía qué podría hacer. Se volvió a alisar el camisón. Se contó los dedos de la mano, tenía cinco en una y otros cinco en la otra, repitió la operación no fuera a haberse equivocado. No, realmente eran diez en total, tenía diez dedos. Estaba muy nerviosa. Saltó la lucecita verde de la máquina de café. Ya lo podía retirar, su madre se lo había explicado así. El café estaba preparado. Abrió el armario y buscó su taza amarilla con motas naranjas. A Betty le encantaban los colores fuertes y las motas. No la encontró. Su taza no estaba en el armario. Dónde estaba su taza. Se alisó el camisón. Estaba muy nerviosa. Con los nudillos de su mano derecha se golpeó la cabeza. Dónde, dónde, dónde, dónde está. Agitó las manos al aire y gritó. Su madre apareció en la cocina asustada. Betty no parecía verla. No parecía ver nada. Dónde, dónde, dónde. Se agarró de un mechón de pelo y estiró con rabia de él. Se lo arrancó. Su madre se apresuró a la fregadera. Al encontrarla la limpió y la secó. Se la dio. Aquí está, aquí está, cariño, dijo dándole la taza a su hija lamentándose de no haberla fregado por la noche. Se le olvidó. O quizá no la habría visto, sí, seguramente lo segundo, porque cómo se le podría haber olvidado sabiendo cómo se ponía Betty si no la encontraba en su sitio. Su madre la sentó junto a la mesa. Desayunaron juntas. Al terminar Betty se acarició la calva que se había dejado junto a la sien. No se te nota, cariño. Te voy a hacer una coleta, con el pelo hacia atrás. Su madre se levantó y peinó el pelo de su hija con las manos. Ves, no se te nota, estás preciosa.

Betty se levantó y contó hasta siete antes de dar el primer paso. Su madre la acompañó al dormitorio y le preparó sobre la cama el vestido que debía llevar. Era azul con florecillas rojas y blancas. Dejó junto a la puerta los mocasines rojos. Betty guardó los mocasines rojos y sacó los blancos con motas negras. Su madre guardó los mocasines blancos con motas negras y sacó de nuevo los rojos. Betty guardó los mocasines rojos y sacó los blancos con motas negras. Su madre, en absoluto silenció, volvió a tomar los mocasines blancos con motas negras para guardarlos. Betty se alisó el camisón. Se zarandeó de un lado a otro como si fuera un péndulo. Su madre abrió el armario y los guardó. Betty se golpeó el pecho y gimió. Está bien, dijo vencida su madre. Terminó de peinarla en la salita, junto al viejo piano de la abuela. Adornó la coleta con un llamativo lazo fucsia. La miró de frente. Con sus manos le aplastó el volumen. Era difícil manejar aquel pelo tan rizado.

Su madre, en el porche, le cruzó el bolso por el hombro. Siempre era más seguro llevarlo así. Le atusó la rebeca azulona y le dio la mano.
–¡Hey, Betty!, pero qué guapa estás hoy, ¿adónde vas? –preguntó la señora Butler desde su porche con una taza de café.
–Vamos a la estación de autobuses porque se va a Huntington, a ver su padre –contestó su madre sin poder ocultar cierto nerviosismo.
–Oh, ¡buen viaje, cariño!
Betty agitó la mano desde la acera de enfrente y gritó sin cesar: gracias, señora Butler, gracias, señora Butler, gracias, señora Butler.
Su madre miró el reloj y apretó el paso. Llegarían a la estación en poco más de veinte minutos. Casi con una hora de antelación. Pero la madre de Betty siempre sentía llegar tarde a todos los sitios.
Betty se despidió de su madre por la ventanilla del autobús. Su madre desde fuera le hacía el gesto de que comiera. Betty miró la bolsa que su madre le había dado. Había tres zanahorias, un huevo cocido y pelado con un poco de sal y mostaza. No había un sándwich. A Betty no le gustaban los sándwiches. No entendía por qué había que meter la comida entre pan. El autobús arrancó. La madre de Betty lo siguió unos metros saludando con la mano a su hija que no dejaba de mirarla por la ventanilla. Betty se alisó la falda del vestido. Con la punta de los dedos se daba golpecitos en la frente. Estaba nerviosa. No le gustaba ver a su madre llorar. El autobús salió de Parkersburg.
Por el camino Betty contó trecientos sesenta y siete coches rojos, doscientos cincuenta y cuatro amarillos y ciento ochenta y tres verdes. Vio muchos grises pero no los contó. No le gustaba el gris. Al cruzar Charleston empezó a contar los camiones. Pero sólo los camiones que trasportaban troncos. Los de vigas o líquidos inflamables no le gustaban. Comió sus zanahorias. El señor de la visera de los Mountaineers la miraba. Estaba sentado en la fila de atrás. Betty hacía mucho ruido comiendo porque Betty no cerraba la boca.
–Disculpe, señora, podría… ¿señora?, ¿señora?
Betty no se dio la vuelta. Su madre le había repetido muchas veces que no debía hablar con nadie. Dejó de comer. Miró al frente. Se alisó dos veces la falda de su vestido. No quería hacer ruido al respirar. Si no hacía ruido podría convertirse en invisible y así el señor de la visera dejaría de llamarla. Y sí, el hombre de la visera dejó de llamarla. Enseguida se dio cuenta de que Betty era diferente.
El autobús aparcó en la vieja estación de Huntington, parecía estar anclada en los años cincuenta. Betty bajó del autobús cruzándose el bolso. Recordó las palabras de su madre. Era más seguro llevarlo de aquella manera. Se quedó de pie junto al autobús. No le gustaba andar entre la gente. Eso la ponía muy nerviosa. Su padre la vio. Se acercó a ella y la abrazó. Su pequeña niña. Su pequeña niña de treinta y siete años. Betty estaba tan contenta. Le mostró su lazo fucsia y sus mocasines blancos de motas negras. A su padre le encantaron. Estaba emocionado. Hacía casi seis mese que no la veía, quizá por un poco todo. Se montaron en la camioneta. Betty abrió su bolsa y ofreció a su padre la mitad del huevo cocido con sal y mostaza.

Aparcaron frente a la casa. Al subir las escaleras del porche, se encontraron con Elvira que salía en ese momento.
–¡Buenos días, Fred! –dijo la joven vecina cerrando su puerta.
–Chica, déjame presentarte a Betty, mi hija, acaba de llegar de Parkersburg.
Betty agachó la cabeza, no le gustaban las personas nuevas. Se zarandeó hacia delante y hacia atrás. Se apretó el lóbulo de la oreja y se alisó dos veces la falda del vestido.
–Hola, Betty, ¿cómo estás? –dijo Elvira con su fuerte acento extranjero.
A Betty le gustó la voz de Elvira. Levantó la cabeza y seria le respondió.
–Hasta Charleston he visto setecientos noventa y cuatro coches de colores, pero no los grises porque el gris no me gusta. Después de Charleston, he visto once camiones de troncos.
–No le gustan los de vigas ni los de líquidos inflamables –explicó Fred a su vecina.
–No sabía que tuvieras una hija, Fred –dijo Elvira con cierta ternura.
–Sí, vive con su madre. Es mi princesa, mi verdadera princesita –dijo Fred besando a su hija en la cabeza–. Ella también es mi princesa, ¿sabes? –susurró al oído de Betty señalando a su vecina–, la adopté cuando vino de fuera para no echarte tanto de menos, mi vida…

On the road

Estábamos cruzando West Virginia en coche, pronto llegaríamos al estado de Virginia. No lo sabía con certeza pero habían pasado casi dos horas, así que seguro que estábamos cerca. Me quité las botas de oso como las llamaba él, y me senté a lo indio. Iba de copiloto, me encargaba de la música, del abastecimiento de agua y de chocolatinas y de leer los mapas. Nunca he sabido leer un mapa de carretera, aun él sabiéndolo no dijo nada cuando con entusiasmo le propuse que yo me encargaría de ellos.
—¿Cuándo dejamos la 64? —preguntó con una mano al volante y buscando ciego con la otra la botella de agua que le estaba ofreciendo.
—Uy, pues casi en Washington. De la 64 a la 66 que nos lleva directamente a la Avenida Constitución ya dentro de la ciudad.
Mentira. Aquello no era así, no iba a resulta tan fácil, y lo decían claramente los mapas. La 64 no se juntaba con la 66 en ningún punto de los Estados Unidos. Pero el ser una analfabeta de carreteras implicaba meter la pata hasta el fondo y terminar perdidos por la 95 dirección Miami, pero esto no lo supimos hasta casi tres horas más tarde.
—Oye, loco, ¿un café?
—Pues igual sí, ¿no?
—Vale, marca que a dos millas hay una estación de servicio —dije desdoblando un tercer mapa. Estaba enterrada entre líneas de colores que cruzaban estados, de los cuales no sabía ni sus nombres.
—¿Washington pertenece al estado de Viginia?, ¿no?
—¿Virginia? —pregunté con cierta duda—. No, al de Maryland, ¿no…? —lo cierto es que no lo tenía nada claro.
—Ni puta idea, Washington DC… —reflexionó en voz alta.
—DC, sí, Distrito Federal.
—¡Ostia, pava! —gritó muerto de la risa—, ¡¡ostia, qué graveeeeeeee!!! —seguía riéndose— ¡DC!, ¡de-ce, no efe o fe según tú! ¡Eso es México, México DF!
No le pudo contestar porque estaba hecha una bola en el asiento muriéndome de la risa. Esas meteduras de pata eran muy mías, y lo peor de todo es que me quedaba más ancha que larga después de soltar semejante barbaridad.
—Así que me sonaba fatal… —dije finalmente a modo de absurda justificación sin parar de reír—. Bueno, pues ¿qué es DC, listo?, ¿eh?, que eres un listo, ¿a ver?
—Distrito de Columbia —dijo fingiendo cierta soberbia porque sabía que me acaba de ganar por goleada—. Lo que no sé es si eso es un estado —y me miró con ganas de que le sacara de dudas.
—¿¿Y me lo preguntas a mí??
Los dos nos reímos de nuevo. Los mapas que tenía encima crujían al compás de mis carcajadas. Él pareció calmarse de repente y dijo con una fría sonrisa en los labios:
—He sido un amigo de mierda, ¿eh, chiquitina?, llevo años siendo un amigo de mierda, pero no pretendo compensarte con esta visita, con el viaje, digo, pero, no sé, tía, no sé... me gusta vernos así, descojonarnos por tonterías nuestras.


Conocí a Gaizka con trece años. Me acuerdo perfectamente de ese momento. Era junio y Jaime y yo nos íbamos a inscribir en el campamento de verano.
—Éste es Gaizka, mi amigo del equipo que te dije que vendría al campamento con nosotros —me dijo Jaime a modo de presentación—, y ésta —dijo, esta vez a Gaizka, señalándome a mí— es Elvira, amiga mía y, bueno, es maja.
¡¡¡¿Y, bueno, es maja?!!! ¿Ya? ¿Nada más? ¿Y qué pasaba con mis tetas? Tenía una noventa de pecho desde los once años, y apenas alcanzaba el metro y medio, ¡era el sueño de cualquier treceañero onanista!
En fin, si entonces hubiera analizado el concepto tan asexuado que Jaime tenía de mí, me habría ahorrado muchos disgustos.
Gaizka hizo un gesto como de saludo con la cabeza y luego se puso a explicar no sé qué cosas sobre fútbol a Jaime, los dos se partían de risa. Dejé de existir. Era una enana de tetas inmensas que forzaba la risa para no sentirse marginada.
Aproveché un segundo que Gaizka se acercó a la papelera para tirar el envoltorio de la palmera de chocolate, que se acaba de comer, para agarrar a Jaime por banda.
—Yo no quiero que este tío venga con nosotros —Jaime me puso cara rara—, es que es un poco chulito.
—No digas paridas, es un descojono de tío. Joder, cuando te pones en plan moñas no hay quién te aguante, qué chorra eres.
Cuando te pones en plan moñas no hay quién te aguante, qué chorra eres, creo que a este último concepto también le tendría que haber dado un par de vueltas mucho tiempo antes.
—¿Eres chorra? —me preguntó inocentemente Gaizka que ya estaba de vuelta.
—No, claro que no —dije muy poquito convencida.
—Pues yo soy mogollón de chorra, todo el mundo me lo dice, éste también —dijo dando un golpe en el pecho a Jaime— pues sí, soy un chorra pero es mejor que ser un vinagres como éste —y volvió a darle a Jaime en el pecho riéndose como un loco, después añadió—: Oye, tía, vaya tetas que tienes, ¿no?
Sí, señor, ahí empezó una larga y sincera amistad pero sincera de verdad.


Lo miré.
—Pero ¿tú qué dices, subnormal? —dije tirando al suelo del coche todos los mapas, empezaba a estar harta de ellos.
—Ya sabes a qué me refiero, no he estado ahí últimamente.
—Normal, llevo más de siete años dando tumbos por el mundo, si hubieses estado ahí serías el mismísimo espíritu santo convertido en paloma.
—Elvi, joder, ya sabes…
—¡Anda, calla! ¡No seas pesado! —grité.
Estaba más que convencida que las amistadas que no fallaban nunca era porque no habían durado lo suficiente para cagarla. Pero si tienes tiempo la cagas y bien además. Así que yo me quedaba con eso, con los casi veinte años de amistad, con la opción de hacerlo mal porque estadísticamente es lo que toca y porque sólo unos pocos privilegiados pueden cagarla. Y Gaizka y yo, se mire como se mire, éramos unos privilegiados.
—¿Preparado? —le pregunté cambiando de tema. Saqué el CD de Amaral y metí uno nuevo.
—¿Eh?, ¿para?
No le contesté, seleccioné la última pista del CD y empezó a sonar Tonight is what it means to be young.
—¡Ostias! ¡Ostiasssssssssss! ¡Street of fire!
Nos miramos y a los dos pareció poseernos un algo infernal. Gaizka aceleró, yo empecé a dar botecitos en el asiento con las manos en alto mientras intentaba ajustarme al estribillo con mi: guichi son for de night magic chubi yong. A Gaizka no pareció importarle mi carnicería con el inglés, incluso lo agradeció así él pudo empezar sin complejos con su: over, over bifor is nouguin to go to nait. Al ritmo de la frenética batería, saludaba como una loca a los camioneros que adelantábamos. Ellos me miraban desde sus colosales cabinas sin poder evitar reírse. Gaizka empezó con su singular coreografía de cuello, para‘lante y para’trás. Lo imité sin dejar de mover al libre albedrío mis brazos. Cómo gritábamos, qué histeria a dúo tan poco canalizada, qué gozada, realmente qué gloria de catarsis.
La canción terminó pero seguíamos riéndonos contagiados por la energía de Calles de Fuego.
—Jo, Gaizka, ¿qué me dices ahora?, ¿eh? Disfrutando de la carretera americana, a nuestro aire por la 95 —dije justo después de ver un cartel con el signo de autopista interestatal en blanco y azul con ese número—, camino a Washington…
—¿Cómo 95? —preguntó serio.
—No sé, ponía ahí 95.
—Richmond siete millas—leyó en voz alta al pasar por debajo de un enorme cartel que lo anunciaba—. Busca Richmond en el mapa, Elvi.
Me agaché para recoger todos los mapas que había tirado antes.
—¿Ruckersville?
—No, Richmond —corrigió Gaizka un tanto sorprendido de que hubiera confundido ambos nombres, no se parecían en nada, pensó.
Pasé mi dedo por la ruta que se suponía que teníamos que haber seguido, y pronuncié el siguiente pueblo.
—¿Culpeper?
—¡Noooooo! ¡Richmond! Elvi, ¿qué ostias andas? ¡Richmond!
Me entró la risa. Hay gente responsable pero no es mi caso, y me entró la risa porque tuve claro que no sabía ni dónde me daba el aire. Lejos de agobiarme me reí como una idiota zarandeando el mapa sin sentido.
—Lo siento, Gaizaka, lo siento, es que viene todo tan pequeñito que me lío al verlo… —intenté disculparme al ver su cara de pocas bromas.
Llegamos a una gasolinera y Gaizka cogió el mapa para aclararnos, por fin, dónde estábamos.
—Aquí, tía, estamos aquí, Richmond en la 95. ¡A tomar por culo de la ruta!, porque no era la 64 sino la 29 a la que debíamos habernos desviado, pavita pura, que eres un mito de puta madre, tía.
Lo miré fingiendo cara de afligida porque lo sentía un tanto cabreado, pero lo cierto es que me estaba costando mucho aguantarme la risa.
—Venga, Gaizka, bah, no me seas vinagres tú ahora, ¿eh? ¿Sabes lo que vamos a hacer? —hice una pausa para ver si su cara cambiaba de rictus, pero no lo estaba consiguiendo—, vamos a buscar un Motel al más puro estilo Norman Bates, con madre loca y todo.
—Bueno, loco él, porque su madre estaba muerta, la pobre.
—Ah, sí… entonces, ¿de quién era la madre loca?
—¿De Carrie? ¿Sthephen King?
—De ésa… —dije con gesto pensativo con los dedos en el mentón, rememorando la escena de la sangre de cerdo—, qué mala era, ¿eh?, qué mala…
—Estás como una puta cabra, tía —dijo riéndose y devolviéndome el mapa—. Anda, toma, guárdalo, que el viaje no ha hecho más que empezar…