26 jun. 2020

Cuestión de formas


La lección de Pablo Picasso

—No se te pueden renovar estos dos libros  —dijo el hombre con el carnet de la biblioteca de Elvira en la mano.
—Perdona, ¿qué significa eso? —preguntó ella.
El hombre levantó la vista de su ordenador y repitió tras el mostrador.
—Que no se te pueden renovar estos dos libros.
—¿Por qué no?
—Porque tienes una multa. Debiste haberlos devuelto hace tres semanas. Podrás volver a retirar libros en préstamo el 25 de julio.
—Perdona, perdona —Elvira se retiró el pelo detrás de la oreja y se apoyó en el mostrador—, no sé si te has enterado de que ha habido una pandemia mundial. Todos los servicios llevan cerrados desde el 16 de marzo.
—No sé si te has enterado tú de que el servicio de préstamo de libros, en todas las bibliotecas públicas de la Comunidad de Madrid, se abrió en la tercera semana de la Fase 0 de desescalada. Y, por favor, respeta la distancia de seguridad.
Elvira levantó los brazos del mostrador y dio un paso atrás. Abrió su bolso, sacó la cartera y buscó un nuevo carnet. Se lo mostró al bibliotecario.
—Mi carnet de investigadora y me llevo estos dos libros.
—Ese carnet no es válido para esta biblioteca.
—¿Me estás tomando el pelo? ¿Lo es para el CDT y la Biblioteca Nacional y no lo es para la municipal? ¿En serio?
—En serio.
Elvira apretó los labios y se ajustó las gafas.
—Menuda chapuza de red de bibliotecas… ¿Cómo podéis hacer las cosas tan mal? Es una vergüenza. —El hombre la miraba sin inmutarse—. Está bien, seremos flexibles por ambas partes. La culpa la tenéis vosotros por tan poca información, aun así asumo parte de responsabilidad, por eso yo me llevaré solamente un libro, este. —Cogió el más grande del mostrador y se lo metió en su tote bag—. Tú te quedas con ese.
—Haz el favor de sacar el libro de tu bolso inmediatamente si no quieres que llame a seguridad.
—Necesito este libro… —dijo, esta vez, en tono desesperante.
—Te repito: el próximo 25 de julio podrás llevarte seis libros.
—Lo necesito hoy.
—Saca el libro de tu bolso y, por favor, abandona la biblioteca.
Elvira lo sacó y con un fuerte golpe lo dejó sobre el mostrador.
—¡Vergüenza! ¡Vergüenza! ¡Vergüenza! —Y salió de la biblioteca creyendo estar en “el paseo de la vergüenza” de Cersei Lannister.
Entró en la cafetería de la calle de enfrente. Pidió un café solo y llamó a su amiga Beatriz. Le contó el problema y le suplicó que fuera ella quien sacara los libros con su propio carnet.
—Porque lo tienes, ¿verdad?
—¡Claro que tengo el carnet de las bibliotecas de Madrid! ¿Crees que eres la única que lee?
Cuarenta minutos más tarde, Beatriz apareció en la cafetería. Se acercó a la barra y se sentó en el taburete junto a Elvira.
—Vale —dijo ésta dándole una servilleta—, aquí te he anotado los libros que debes coger, si todavía no los han recolocado en las estanterías se lo pides al señor del mostrador. Es un idiota, no le hagas mucho caso, tú se los pides, él te los da, tú me los das y todos contentos.
—Bien. Oye, ¿como cuánto de idiota es ese señor? —Elvira la miró esperándose lo peor—. Verás, es que lo que es el carnet físico-material de la biblioteca no lo tengo.
—¡¿Y cuál tienes, el espiritual?!
—Elvi, no te pongas nerviosa, que nos conocemos. El carnet lo tengo segurísimo porque me acuerdo de que una vez saqué un libro y lo devolví. Así que, bueno, me tendrán fichada, no te preocupes, déjame a mí.
—No me lo puedo creer…
Beatriz se fue y Elvira pidió al camarero que le cobrara. Sacó de su cartera la tarjeta de crédito y se la ofreció.
—Lo siento, no aceptamos tarjetas de UnionPay.
—Perdona, ¿qué significa eso? —preguntó ella.
—Que no aceptamos tarjetas de UnionPay.
—Perdona, perdona —Elvira se retiró el pelo detrás de la oreja y se apoyó en la barra—, no sé si te has enterado de que ha habido una pandemia mundial. Todos los establecimientos estáis obligados a aceptar tarjetas de crédito.
—Las aceptamos pero UnionPay no.
—¡Es una vergüenza! Demasiado complicada está la vida como para que nos la compliquéis más. Y me atrevería a decir que es totalmente ilegal que no aceptéis ciertas tarjetas de crédito, ¿bajo qué criterio si se puede saber?
—Bajo el criterio de mis cojones, ¿te vale?
—Ajá, vale, bueno… Pues vamos a esperar a que vuelva mi amiga, ¿sí?
Mientras en la biblioteca, Beatriz cargaba con los dos libros escritos en la servilleta y caminaba hacia el mostrador. Allí vio al señor. El idiota, pensó.
—¡Hola! —dijo con una enorme sonrisa. Dejó los libros sobre el mostrador y se retiró su larga melena hacia un lado—. Me voy a llevar estos dos libros.
—Bien, ¿me dejas tu carnet de la biblioteca, por favor?
—Claro —Y fingió buscar en su bolso—. No me lo puedo creer… —dijo con el monedero en la mano. El hombre la miró—. Qué idiota soy… No me lo puedo creer. He cambiado de bolso y he olvidado meter la cartera, solamente he pillado el monedero. ¿Cabe ser más tonta? Ya puedes perdonar que te haga perder el tiempo de esta manera, seguro que estáis a tope de trabajo, porque ponerse en marcha después de este parón tiene que ser horrible. Ni me lo quiero imaginar, os aplaudo, de verdad, os aplaudo. A los sanitarios y a todos los del sector público porque bendita la paciencia, bendita la paciencia que tenéis, ¡y más con usuarios como yo! Lo siento de verdad. —Sonrió de nuevo y se colocó el pelo hacia el otro lado—. Pero no te preocupes, yo misma coloco los libros de vuelta en su estantería.
—Bueno, mujer, pero tienes carnet, ¿verdad?
—Sí, sí, por supuesto, cada semana cojo libros en préstamo, no en esta biblioteca sino en la de Chamberí porque me pilla cerca del trabajo.
—Vale, en ese caso, no te preocupes, dame tu DNI, por favor.
Beatriz le dio su DNI, el hombre la buscó en la base de datos, le registró los libros y con un “tienes un mes para devolverlos” se los ofreció de vuelta.
—¿Cómo lo has hecho? —preguntó Elvira cuando Beatriz, ya en la cafetería, le dio los libros.
—¡Magia! —exclamó alzando los brazos y dirigiéndose al camarero le pidió un café solo.
Cuando se lo trajo Bea le preguntó por el negocio.
—Pues qué quieres que te cuente, chica. A la gente se la ve con miedo, con miedo o con pocas ganas de gastar, yo ya no sé. Se acumulan las deudas. Una situación compleja.
—Los autónomos sois los verdaderos héroes, yo os aplaudo, a los sanitarios y a los autónomos, porque menudo esfuerzo, de verdad, ¡menudo esfuerzo! Me quito el sombrero.
—Gracias, preciosa.
—Gracias a vosotros que sois unos luchadores. Sin la hostelería yo no soy nada, porque si me quitas mi café en barra de por la mañana, me matas, si me quitas mi cañita de mediodía en terracita, me matas, si me quitas el vino de las siete de la tarde, ¡me matas! —Los dos se rieron—. Y cóbrame ya, por favor.
—No, mujer, estáis invitadas.
—¡Por favor, no! ¡Cóbrame!
—¡Mujer, que dos cafés no me van a sacar de pobre!
—Muchísimas gracias, de verdad.
—A ti, preciosa.
Y con una sonrisa Bea volvió a su amiga que la miraba perpleja.
—Bea, en serio, ¿cómo lo haces?
Su amiga después de reírse le contestó:
—Mira, Elvi, utilizo una cosita que es probable que no la conozcas porque nunca te he visto usarla. Se llama amabilidad. Funciona. Tú eres amable con una persona y esa persona después lo es contigo, no falla. Ponlo en práctica, te sorprenderá.
—Ja-ja-ja-ja, me parto y me mondo. Yo soy amable, soy muy amable con todo el mundo.
—Elvi, yo te quiero con mi vida, pero amable, lo que se dice amable, no eres. Afrontas todos los conflictos poniéndote el chaleco blanco, como dicen los alemanes, liberándote de toda responsabilidad y culpando a quien tengas enfrente. Si algo no sale como tú crees que debería haber salido machacas a la otra parte a quien automáticamente ya habías tachado de “enemigo”. Te pasas la vida luchando en batallas que no existen. Amabilidad, punto. ¡Sé amable, tonta del culo!
Al día siguiente Elvira entró en la biblioteca para estudiar. Al pasar por el mostrador vio al señor, se acercó.
—Siento lo de ayer —dijo. El bibliotecario levantó la cabeza y la miró—. No es excusa pero estaba un poco nerviosa. Hoy he venido a estudiar.
—Bien. —Sonrió—. Debes dejar una mesa libre entre usuarios y antes de marcharte limpiarla con desinfectante, que encontrarás en un carrito al fondo de la sala, junto con gel hidroalcohólico, guantes y mascarillas, por si necesitaras.
—De acuerdo.
Se dio la vuelta y escuchó al hombre decir en bajito:
—¡Vergüenza…! ¡Vergüenza…! ¡Vergüenza…!
Elvira se rio y subió las escaleras hacia la sala de estudio.

18 jun. 2020

Encuentros en Tercera Fase


Close Encounters of the Third Kind

Antes de contar lo que ocurrió debo decir que la idea no fue mía. Sé que muchos me conocéis y sabéis de mi pasión por los muertos tanto de este lado de la línea como del otro, pero no, aquella noche demasiado tenía con asegurarme de que el vino cayera dentro de mi copa y no fuera.
—¿Qué tipo de ruidos? —preguntó Almudena.
—Ruidos —contestó Beatriz.
—Perdona, ¿el vino lo tienes en la cocina? —Yo. Siempre preocupada por los problemas de mis amigas.
Salí de la terraza y fui directa a la cocina. Desde allí oí gritar a Almudena que prefería cerveza. Así que cogí una botella de vino, dos copas, un sacacorchos y 4 San Miguel. Regresé y empecé a repartir la mercancía.
—Pero a ver, muchas veces creemos oír cosas fuera de nuestra cabeza y en realidad están dentro —explicó Almudena.
—Ya te digo, mi cabeza está llena de voces —dije mientras señalaba a Bea que abriera el vino.
—¡La mía también! No paran de decirme: “tírate a ese, y a ese también, y a ese, y a ese, y a ese también, ¡tíratelo!”.
—Vale, chicas, os lo tomáis a chiste pero es verdad. Nuestro cerebro hace ruido —dijo Almudena, después dio un primer sorbo al botellín.
—Pero, ¡¿no vamos a brindar?! —se molestó Bea—. ¡Por un verano lleno de noches de chicas!
—¡Por Fernando Simón!  —Almudena.
—¡Por el chisporrotear de nuestros cerebros! —Yo.
Después Bea nos empezó a contar sus conquistas por Tinder. Todas virtuales. No quería arriesgarse.
—¿El vikingo?
—No, Almu, cielo, el vikingo descartado. Estaba como un tren pero, chica, no se puede mantener relaciones online con un hombre que te pide que te toques las tetas sabiendo que con la otra mano sujetas el móvil, ¡a ver!, ¿y cómo me rasco el toto? Me lo hizo dos veces. La primera, vale, bueno, lo excusas porque es de otra cultura, es brutote, se come los jabalíes a bocados y el pobre no debe entender que el sexo es cosa de DOS. Pero ya la segunda vez, dije: mira, troglodita, regresa a la cueva.
Y fue en ese momento, en que las tres estábamos a carcajada limpia, cuando un sonido sordo se oyó dentro de la casa. Nos miramos en absoluto silencio, la risa se nos cortó de cuajo.
—¿Qué ha sido eso? —pregunté.
—Los ruidos —contestó Bea—. ¡Esos son los ruidos! Almu, te aseguro que un cerebro no suena así.
Me levanté.
—¿A dónde vas?
—Bea, mujer, tendremos que saber de dónde viene.
—De la habitación. Los ruidos llegan de la habitación.
—Bueno, aun así voy a ver, ¿vienes, Almu?
—No, gracias.
Abrí con cuidado la puerta de su dormitorio. Una cama de matrimonio en el centro; una mesilla con una pila de libros, un botellín de agua y una caja de kleenex; un armario empotrado con puertas de espejo en la pared de la derecha, y en la pared de la izquierda una gran ventana que daba a la terraza. Subí el estor y saludé a mis amigas. Ellas me miraron con pánico. Almudena chilló.
—¡Sal de ahí, sal de ahí! —gritó Bea.
De una zancada abandoné la habitación y corriendo llegué a la terraza. Me abracé a Almudena muerta de miedo. Y no fue, hasta pasados unos dos minutos, que me di cuenta de que ellas estaban completamente rotas de la risa.
—¡Qué cabronas sois! —exclamé. Me senté, no sin cierta vergüenza, y me serví mi tercera copa.
Fue entonces cuando Almudena, tras fracasar culpando al cerebro de aquel ruido, decidió elaborar una nueva teoría.
—¿Fantasmas? —pregunté.
—¡Hombre, qué si no!
Really, George? —Bea tampoco daba crédito.
Ya me había bebido la cuarta copa, entonces no me preguntéis de dónde salieron todas esas fichitas del Scattergories puestas en semicírculo sobre la mesa de cristal de la terraza, con un vasito en el medio.
—Diez letras: métemelaya —Bea llevaba 5 copas por lo menos.
—Mil millones de letras: dejaquemetoqueeltotovikingo. —Y ja, ja, ja, ja, ja, ja, tronchadas de la risa. Empecé a sujetar mi copa con las dos manos, síntoma de una verdadera desescalada.  
—Chicas, esto es muy serio. Es una Ouija. Bromas las justas porque se nos puede volver en contra.
Y ja, ja, ja, ja, ja, ja.
—¡Dejad de reíros y concentraos!
Yo apreté los ojos. Era lo único que sabía hacer cuando me pedían concentración, y mirar hacia el suelo cuando me pedían que pensara. En ambos casos siempre terminaba imaginándome a Jake Gyllenhaal entre mis piernas, pero daba el pego.
—Pensemos preguntas, chicas.
—¿Christian Gálvez lleva peluquín? —Bea.
Y ja, ja, ja, ja, ja, ja.
—¡Con vosotras no se puede hacer nada serio!
—¿Hola, Buffy? —Bea.
Y ja, ja, ja, ja, ja, ja.
Almu nos ordenó que pusiéramos nuestro dedo índice de la mano derecha sobre el vaso invertido. Me hice un poco de lío al soltar una mano de la copa, porque dudé de cuál era la derecha.
—¡Con la que escribes, tonta del culo!
—Escribo con las dos en el ordenador.
—¡Pues con la que te tocas el toto!
Y ja, ja, ja, ja, ja, ja.
Almudena empezó a preguntar. La recuerdo muy seria en su tarea, así que yo fingía asintiendo con la cabeza a cada rato. En un momento dado, Bea y Almu se enzarzaron en una fuerte discusión, las veía a cámara lenta. ¿La segunda botella?, pregunté. Pero ellas no me oían, seguían abriendo mucho la boca y levantando los brazos como si quisieran echarse aire. La encontré. ¿Y mi copa? Seguían sin oírme. ¿Mi copa, locas?, la había dejado aquí, es que… ya tengo la botella, pero me falta la copa. La encontré. Y no sé, pasó algo de tiempo, dos, tres, diez, quince minutos, no lo sé, la cuestión es que mis amigas habían dejado de discutir entre ellas para hacerlo conmigo. Almu me señalaba, no la oía y eso que la tenía muy cerca. Qué bonita eres, Almu. No parecía contenta con mis palabras. Bonita. Milana, bonita. Me apuntaba y me apuntaba con rabia. Bea también. Yo las quería, por qué ellas a mí no... Hasta que me di cuenta de qué es lo que estaban señalando. Ah, la copa, ¿queréis mi copa?
—¡No es tu copa! ¡Es el puto vaso de la Ouija, tonta del culo!
Y en ese momento volvimos a escuchar el golpe sordo que venía de la habitación. Nos miramos. Me apreté el vaso contra el pecho.
—¡Ey, guapas!
Miramos a la terraza de al lado y el vecino de Bea nos saludaba entre sus setos. Yo agité mi mano como si le conociera de toda la vida aunque era la primera vez que lo veía. Quizá porque me hacía ilusión tenerlo cerca, si íbamos a morir cuantos más fuéramos mejor.
Beatriz se puso de pie y se acercó a los setos.
—Oye, guapa, que jhsjhsjsh  hisuytscc, hhskoouuvc. ¡Bczxtrsdw! ¡Ja, ja, ja, ja! Gfswqqsn, xxvpñklçvbn, ¡fghbn!
—¡Ja, ja, ja, ja! —Bea.
—¡Ja, ja, ja, ja! —Almu.
—¿Ca’dicho?, ¿ca’dicho?, ¿ca’dicho? —Yo.
—Nada, misterio resuelto, que jhsjhsjsh  hisuytscc, hhskoouuvc. ¡Bczxtrsdw! Gfswqqsn, xxvpñklçvbn, ¡fghbn!
Y os prometo que me concentré en escuchar a Almudena como nunca, pero quién puede negarse a Jake Gyllenhaal.

11 jun. 2020

Óscar Geller

Girl on cliff de Rockwell Kent


—Nunca me había fijado en lo mucho que te pareces a Chandler —dije.
—Chandler, ¿el de Friends? —preguntó Óscar. Asentí desde la butaca de enfrente—. Nunca me lo habían dicho.
—Pero en viejo, claro. Aunque supongo que tienes más de Ross.
—Ross, ¿el de Friends?
—Ross el de Friends.  
—¿Por algo en especial?
—Porque es paleontólogo.
—Ajá. Yo soy psicólogo.
—Lo sé, pero podrías haber sido paleontólogo y podrías haber sido Ross. —Sonreí. Después miré por la ventana de su despacho—. Es terrible que la única ventana de la habitación esté enrejada. Nos hace más locos.
—Es un chalé, toda la primera planta tiene rejas, por seguridad. Nada tiene que ver con mis clientes.
No me gustaba que se refiriera a mí como cliente. Siempre he preferido paciente, porque nunca he dejado de sentirme enferma.
—¿Cuándo vas a mudarte al centro de la ciudad? Venir hasta aquí atenta contra mi salud física, la mental ya la tengo destrozada.
—Me gusta este lugar.
—Óscar, llevo viniendo 10 años, creo que deberías tener alguna consideración conmigo. Qué sé yo, por ejemplo, tener nuestros encuentros en una cafetería del centro o no cobrarme las sesiones si se hacen aquí. Ya que soy clienta, propongo ser clienta Vip. Mis años contigo lo merecen.
—Elvira, el dinero nunca ha sido un impedimento para vernos, eres bienvenida siempre. Pagues o no. Y si consideras que hoy no debes pagarme, no lo hagas, está bien, no es un problema porque me gusta tenerte aquí.
—Sabes cómo hacer sentir mal a las personas, ¿verdad?
—Soy psicólogo.
—Ah, ¿sí?, pensaba que eras paleontólogo.
—No, pero podría serlo. —Sonrió y cruzando las manos sobre sus piernas respiró fuertemente.
Nos quedamos en silencio. A veces pasaba. Ocurría cuando me evadía, cuando mi cabeza buscaba algún pensamiento con el que entretenerse porque los silencios con Óscar siempre eran agradables. Me imaginé a sus diferentes pacientes/clientes merodeando por su despacho. Como hacen en las películas que se levantan, se acercan a la estantería y repasan con el dedo índice los lomos de los libros y dicen algo así: Vaya, Moby Dick: ‘No está en ningún mapa. Los lugares verdaderos nunca lo están’. Después se vuelven a sentar comentando que siempre quisieron ser cazadores de ballenas.
—Nunca he podido terminar de leer Moby Dick.
—¿Perdona? —Así reaccionaba Óscar siempre que rompía el silencio con un pensamiento extraviado en la mano.
—Herman Melville y su ballena. Mucha agua, mucho cachalote y mucha polla —Óscar se rio, creo que no se esperaba aquello—. Ayer, en cambio, terminé un libro delicioso. El duelo de Elías Gro. Una lectura para amasar la tristeza con mimo y deleite. La historia me dio una idea. Es posible que abandone la ciudad y me pierda en una cabaña en medio de las montañas, allá, en ninguna parte para dejarme morir rodeada de nada.
—¿Te gustaría?
—Me gustaría irme, sí.
—¿Irte?
—Sí, irme.
—¿Qué es lo que no te gusta de estar aquí?
—Tus rejas. —Él sonrió con los labios apretados.
—¿Cómo morirías?
—Me metería piedras en los bolsillos de mi abrigo y me hundiría en el río Ouse.
—¿El río Ouse pasaría cerca de tu cabaña?
—Sí, muy cerca.
—¿Y después?
—Después abriría los ojos y lamentaría haberme dormido en el sofá de mi buhardilla del centro de Madrid. Lejos de la cabaña y lejos del río. Supongo que no es fácil hacer lo que hizo ella. Es más sencillo quedarse dormida y dejar que los días pasen, ¿verdad?
—¿Te gustaría que los días dejaran de pasar?
Miré de nuevo a la ventana enrejada.
—Y, ¿tú?, ¿has leído Moby Dick? —pregunté.
—Lo leí hace años, sí.
—Sí, me gustaría que los días dejaran de pasar. —Agaché la cabeza y observé mis parisinas plateadas—. Son muy horteras, ¿verdad?
—¿Perdona?
—Mis zapatos. Son horteras.
—A mí me gustan, me gustan mucho.
—¿En serio? Eres muy raro.
—Soy paleontólogo.

3 jun. 2020

Ovejas verdes

Por GwensArt

Enrique vio llegar a Elvira por la Plaza de la Paja. Levantó la mano para saludarla. Ella sonrió y se acercó a la terraza, hasta su mesa.
—Hola, camarada —dijo y se sentó a su lado.
—Hola, amiga. ¿Me lo has traído?
—Aquí está. —Señaló su bolso que colocó sobre la mesita.
Los dos se miraron.
—¿Estás nerviosa? —preguntó él.
—Hombre, contigo nunca se sabe.
—Tranquila, voy a ser piadoso. No te preocupes.
—No necesito piedad.
—Sí la necesitas, amiga mía.
Elvira sonrió.
—¿Qué vas a tomar? —preguntó el camarero a metro y medio de distancia.
—¿Me lo preguntas a mí o a los de la otra mesa?
El camarero se rio.
—¡Puta distancia de seguridad! —dijo y después apuntó una caña para ella y otro terció para él.
Solos otra vez, Elvira sacó de su bolso los 54 folios impresos a letra Times New Roman 12, doble espacio y márgenes justificados. Los dejó frente a Enrique.
—Aquí está —dijo él.
—Ahí está —dijo ella.
Enrique cogió la primera página y leyó el título.
—Lo cambiarás, ¿verdad? Los títulos que resumen la novela son un chiste.
—¿Y cómo quieres que la llame?
—“Hipopótamo azul”, por ejemplo. La gente se volvería loca buscando la conexión entre el título y la novela.
El camarero apareció de nuevo. Dejó las bebidas sobre la mesa. Elvira hizo hueco entre los folios y su bolso. Luego pagó con tarjeta y el camarero se fue. Pegó un trago a su caña y dijo:
—El título es lo de menos, quiero que me digas qué te parecen esos 4 primeros capítulos.
—¿Ya les has mandado algo a tus ojeadores?
—No, cuando esté terminada.
—Bien, pues la leeré. Hablamos este fin de semana.
—No, léela ahora, Enrique. Ahora.
—Elvi, coño, ¿por qué estás tan nerviosa? —Elvira giró la cabeza, miró a la pareja de la mesa de al lado y se acarició los labios como si buscara un pellejito que arrancar—. Está bien, está bien. La leo ahora, pero dame tiempo, joder.
Elvira lo miró y sonrió.
—Claro, voy a dar una vuelta. Vuelvo en una hora.
Se puso en pie, bebió la caña de trago, cogió su bolso y, levantándose su veraniega falda, le enseñó las bragas a su amigo. Él se rio y ella se marchó.
63 minutos después, Enrique dejó los folios sobre la mesa y levantó la mano para avisar al camarero, que estaba apoyado en la puerta del bar, de que quería otro tercio.
Mientras pegaba el segundo trago al botellín vio aparecer a Elvira. No se saludaron. Ella se sentó, se acomodó el bolso en el regazo, lo miró y esperó.
—Está bien escrita —dijo.
—Siempre dices lo mismo cuando lo que te enseño no te gusta.
—Es que escribes muy bien. El problema es que lo que cuentas no le interesa a nadie. Escribes tonterías.
Elvira con gesto cansado se ajustó las gafas.
—Está bien —dijo.
—Elvira, escucha. A esa gente no le puedes enviar esto porque te estarías lapidando.
—¿Tan mala es?
—Es una mierda y de las gordas.
A Elvira le dolió pero hizo por reírse. Enrique se dio cuenta, no hacía falta conocer demasiado a su amiga para percatarse de semejante trampantojo. Intentó acariciarle el brazo pero ella se apartó molesta. Luego hubo silencio. Un silencio largo.
—¿Entonces?
—Hipopótamo azul, amiga.
Ella apretó los labios. Levantó la mano y pidió al camarero la última cerveza antes de volver a casa y empezar de nuevo.

26 may. 2020

De terraceo pandémico

Terraza de café por la noche de Vicent Van Gogh

—Sentaos más separados, he sacado sillas para todos. Coged cada uno vuestra cerveza del cubo, no toquéis el resto. No hay vino, porque lo de compartir las botellas no terminaba de verlo claro. Darío, por favor, no te quites la mascarilla. —Beatriz daba instrucciones sin parar, parecía nerviosa, muy nerviosa—. Bueno, y me alegro mucho de que estéis aquí otra vez. —Extendió los brazos y, sinceramente, no supimos cómo reaccionar a ese gesto, así que nos quedamos en nuestro sitio esperando el pistoletazo de salida—. Vale, podéis coger ya las cervezas. —Los 5 nos levantamos a la vez—. ¡De uno en uno! ¡La distancia de seguridad, por favor! ¡Dos metros! ¡Dos metros!
—Bea, tu casa entera mide 40 metros cuadrados —dije volviéndome a sentar.
—Vamos a morir todos…
Beatriz había desarrollado un pánico incontrolado a ser contagiada. Durante la Fase 0.5 Almudena y yo habíamos hecho por encontrarnos fortuitamente en nuestros paseos nocturnos o incluso a la salida de alguna librería, pero Beatriz nunca quiso salir de casa. De hecho, en un primer momento decidimos celebrar la llegada a la Fase 1 en una terracita en la Plaza de la Paja, pero “para estar en una terraza estamos en la mía”, y así fue. Fuimos llegando a las 20.30 a su casa y según cruzábamos la puerta nos obligaba a descalzarnos y nos untaba de arriba abajo con solución hidroalcohólica.
—Es normal que te sientas así, Beatriz, es una reacción habitual ante la incertidumbre de los cambios y eres valiente expresándolo, eres muy valiente. Que no te quepa duda que todos padecemos ese temor y gracias a ti nos sentimos menos solos ante nuestro miedo.
—Qué bien que hayas venido, Carlos —dije con mi sonrisa de cartón.
La noche transcurría sin demasiada alegría por describirlo de alguna manera. Beatriz pulverizaba con desinfectante todas las superficies que íbamos tocando. La teníamos pegada a cada uno de nosotros con el Sanytol en la mano.
—¡Bea, no me sigas! —grité desesperada.
—¿A dónde vas?
—¡A mear!
—Vale, pero no te sientes en la taza.
No había pasado ni una hora y aquello parecía de todo menos un reencuentro de amigos tras sobrevivir a una pandemia. Además Enrique nos contó que no había conseguido la financiación de la productora que había organizado el concurso al que presentó su corto.
—Joder, lo siento, macho —dijo Darío—. Era bueno, de verdad, el final me costó entenderlo pero era bueno.
—Cagüen dios, Darío, no había que entender nada, era lo que era, ¡punto!, que a veces pareces idiota —le espetó Enrique.
—Pues… menos mal que no llueve, ¿verdad? —dulcificó Almudena.
—Sí, sí, sí, menos mal —todos.
Beatriz, con cara de agobio, entró en casa. Hice un gesto a Almudena para seguirla. La encontramos en su habitación, sentada al borde de la cama con la cabeza entre las manos y murmurando que todo se acababa.
—Hombre, de momento la cerveza sí, solo quedan 3 botellines —dije y luego me senté a su lado.
—¡Elvira, a dos metros de distancia!
A Almudena le entró la risa. Me levanté y me apoyé en la pared junto a ella que me contagió la risa.
—¡No os riais, perras! El mundo se acaba y os da igual…
—Bea, por favor, es solo una pandemia mundial. —Ahí estaba yo sentando cátedra.
—Perdona, Elvira, por no desear la muerte tanto como tú, perdóname por no entender el ciclo de la vida, perdóname por sentirme aterrada por los 30 mil muertos de coronavirus, perdóname por darme cuenta de que ya empiezo a envejecer, perdóname por la angustia de sentir que soy incapaz de parar el tiempo, por darme cuenta de que estoy en un momento de mi vida en el que ya solo puedo perder cosas… Ya perdí a Pablo, ¿voy a perder a mis padres ahora?, ¿a los dos a la vez? Todo se acaba… Todo…
Almudena y yo nos dimos la mano, apoyé la cabeza en su hombro y ella luego lo hizo en la mía. Y así, con las cabezas amontonadas, Almudena le dijo que nosotras no nos acabaríamos nunca. Beatriz contestó con un tímido  gracias y levantó despacito la cabeza.
—¡Joder, pero dejaos de sobar! ¡A dos metros! ¡El virus con vosotras se está retroalimentando, es inagotable! —Y salió de la habitación como si le quemara el culo.
Almudena y yo nos tiramos en la cama muertas de la risa, hasta que la vimos entrar de nuevo con… ¿una aspiradora? Le quitó la boquilla aplanada y con tan solo el tubo comenzó a aspirar… ¿el aire?
—¡Está por todas partes! —gritaba.
Almu y yo no supimos reaccionar, la situación se nos escapaba de las manos. Darío llegó alarmado por los gritos. Al ver a Bea nos miró desencajado, y luego intentó quitarle la aspiradora.
—¡No me toques! ¡Que nadie me toque! Necesito ducharme, necesito ducharme… —Comenzó a quitarse la ropa con asco.
—Está bien, está bien, no pasa nada —dije intentando controlar la situación—. Darío, vete a la terraza, seguro que el coach tiene muchas cosas interesante que decir, corre, vete, nos quedamos nosotras con ella, no pasa nada, aquí no pasa nada. —Darío, muy poco convencido, salió de la habitación y yo cerré la puerta.
Almudena me ayudó a levantar del suelo a Bea y la sentamos en la cama. No dejaba de llorar. Me acuclillé frente a ella, a una distancia prudente para no ponerla nerviosa. Almu se volvió a apoyar en la pared.
—No quiero morir… —dijo bajándose un poco la mascarilla y secándose la nariz con el borde del dedo índice.
—Pues vas a morir, de eso estoy segura —dije.
—¿Sabes que eres una puta mierda de amiga? —preguntó y Almu se rio.
—Lo sé —contesté—. ¿Os podéis creer que el otro día les dije a mis amigas de toda la vida de Bilbao que las quería lejos?
—Qué bestia, ¿por qué les dijiste algo así? —preguntó Almu y se acercó un poquito.
—Estábamos chateando todas en el grupo de WhatsApp y tuvieron típico momento de exaltación de la amistad con una canción de Jarabe de Palo que mandó una de ellas. Así que empezaron a decir que si os quiero, que si tengo los pelos de punta, que si muero por volver a abrazaros, que si no puedo parar de llorar, que si amigas para siempre, que si, que si, que si… Que vamos, que yo quería ser como ellas, una persona con sentimientos, una persona que se emociona con canciones de Jarabe de Palo. Entonces me lancé y les mandé un audio expresándome… pero ya sabéis que no sé hablar del amor, así que me puse nerviosa, me bloqueé y en vez de decirles que desde lejos las quería, terminé diciendo: “¡Os quiero lejos!”. Y luego me entró la risa y no pude ni arreglarlo. Ahora ellas sí que me quieren y mucho.
Almudena y Bea estaban tronchadas de la risa y por una vez me alegré de ser tan inútil con mis sentimientos, no hay mal que por bien no venga.
Beatriz se tranquilizó bastante. Nos habló con calma de lo que una situación así le estaba haciendo sentir, de lo vulnerable que se había descubierto al no saber gestionar todo aquello sin ansiedad, de lo triste que era recordar la vida sin Pablo, de asustarse por quererse muerta más pronto que tarde y del placer que era comer la Nocilla a cucharadas.  Después se duchó y Almudena y yo regresamos con el resto.
Todavía nos dio tiempo, antes del toque de queda de las 23.00, a compartir las 3 cervezas que quedaban y a reírnos un ratito más en la terraza. Estaba siendo todo muy raro, no fue el encuentro esperado, no fue la exaltación prevista de quien no se ve en mucho tiempo, fue más bien un ya estamos de vuelta y ¿ahora qué?

15 may. 2020

Disociados

Autor desconocido


—Te vas a quedar muerta. Esta es una vajilla en porcelana de San Claudio. ¿Ves los ribetes dorados? Estampada en greca de rocalla. Una joya de 1956. La encontré en el Rastro por 60 euros, ¡todo el juego! 20 platos llanos, 12 soperos, 3 fuentes, ensaladera, entremesera y salsera, ¡60 euros!, ¿qué te parece?
PAUSA
Agosto de 2015. Casa de Sergio y Raquel. Sergio era amigo de la infancia de Joan. Raquel su mujer. No puedo olvidar la pasión con la que aquella mujer, a la que acababa de conocer, me enseñaba su casa. Vivían en un chalecito en el norte de Madrid. Raquel me mostraba con entusiasmo cada uno de los rincones. Yo intentaba buscar con la mirada a Joan pero Sergio se lo había llevado al jardín a preparar la barbacoa, porque en aquella casa los roles de género estaban bien definidos: los hombres al fuego y las mujeres a los platos.
Lo cierto es que nos habíamos pensado muy mucho el ir. La pareja se había mudado a Madrid desde Barcelona hacía algo más de dos años y llevaban tiempo invitándonos y siempre poníamos excusas. Debo explicar que Joan y yo no nos sabemos relacionar. Interactuar con otros seres humanos no es lo nuestro. Todos nos aburren. Sin excepción. Nosotros nos bastamos solos. Uno le mira al otro y le dice “cara pan” y el otro contesta “cara pitilín”, entonces es probable que uno se empiece a reír primero, el otro le siga, después a uno se le escape un pedo y ya tenemos la tarde echada. La profundidad de nuestra relación se basa en esto. Así que cuando nos plantan delante de otra pareja no tenemos nada de lo que hablar. Sin embargo, Joan creyó que si en aquella ocasión aceptábamos la invitación, dejarían de pedírnoslo y así podríamos volver a nuestra maravillosa vida de absoluto aislamiento social.
REBOBINEMOS
—… ¡60 euros!, ¿qué te parece?
—Mágico.
Sí, dije mágico. Mágico. Cuando no sé qué contestar me pongo nerviosa y digo palabras que no he utilizado jamás en mi vida y luego sonrío. También es cierto que podría haber sido peor y responder cosas como “glande” o “maremoto”, lo he hecho. La profesora Wang al poco de conocerme me invitó a comer y me preguntó cuál era mi plato favorito. “Glande”, le respondí. Luego recé para que además de china fuera sorda.
—¿Ves el tapizado de esta butaca? Lo hice yo misma. Tócalo, es de ante. —Ahora estábamos en el salón—. Tócalo, no tengas miedo. ¿Qué te parece?
—Asteroide.
En el cuarto de baño de invitados, de la planta baja, me subrayó la gran idea de haber empapelado las paredes.
—Me costó mucho tomar una decisión. El alicatado es éxito asegurado, pero le quería dar un ambiente más cálido, y eso solo lo podía ofrecer el papel pintado. Lo mejor es utilizar papel de vinilo por su resistencia al agua. Y cuando lo tuve claro me decanté por este, es hermoso, ¿verdad? Las margaritas y las espigas de trigo convierten el baño en luz y oro, todo un acierto. Es uno de mis lugares favoritos.
—Sí —dije.
—Perdona, ¿sí qué?
—¿Eh?, sí, sí a todo. —Y sonreí. Me estaba coronando como la novia retrasada del amigo de su marido.
Una vez sentados a la mesa, Sergio empezó a alagar a su mujer. Lo cuidadosa y detallista que era con todo. Decía que se levantaba como un torbellino a las 6 de la mañana, organizaba perfectamente la casa y después se iba al banco a trabajar, que no entendía cómo podía hacerlo todo y todo tan bien.
—Es maravillosa —dijo. Se miraron y se dieron un pico mientras Joan y yo sonreíamos como quien lo hace a su médico tras darle  cita para una colonoscopia.
Para cortar aquel merengue se me ocurrió decir algo.
—Tenéis una casa preciosa.
—Bueno, la cambiaría por vuestra buhardilla en pleno centro de Madrid, vivir en esa calle es un lujo. Tenéis mucha suerte —dijo Sergio.
—¡Qué bohemio! Vivir en una buhardilla de una gran ciudad. Seguro que la tienes puesta ideal, Elvira —dijo Raquel antes de preguntar—: ¿El suelo lo tenéis porcelánico, tarima flotante o madera natural?
—Chispeante —contesté y cogí la copa de vino a punto de llorar.
—Me gustan las lentejas con kétchup —añadió Joan ¿para echarme un cable?
—Vaya, pero hoy tenemos hamburguesas a la barbacoa, Joan —aclaró Raquel.
—Sí, las hamburguesas también me las como con kétchup.
Apreté los labios, veía imposible justificarnos como personas normales en aquel momento.
El postre nos lo tomamos en el jardín. Raquel empezó a contarnos que plantaba no sé qué tipo de flores porque eran resistentes al calor seco de Madrid, y que los arbustos tan altos del fondo estaban abonados con no sé qué caca que traían de Albacete. Mientras, yo me apuñalé el corazón con una daga, me ahorqué 2 veces en el árbol más alto del jardín y me arranqué los ojos con la cucharilla del postre.
Cuatro horas después nos despedían en la puerta de su casa.
—Debemos repetirlo —dijo Sergio.
—Claro, cualquier día de estos —contestó Joan.
Yo, con disimulo, mientras decía adiós con la mano a los anfitriones, le pellizqué el culo a Joan, me sentía liberada, él  me dio un manotazo en el muslo, yo le estiré de la camiseta y él me torció el dedo meñique, grité entre risitas. Y sí, así fue como nos vieron marchar de su casa. Los amigos raros, a los que por supuesto no iba a volver a llamar, se iban por fin.
Al llegar a nuestra destartalada buhardilla, nos quitamos los zapatos y nos tiramos en el sofá.
—¡Cara pitilín! —grité.
—¡Cara chispeante!  
Y los dos empezamos a reírnos como verdaderos idiotas. El pedo, esta vez, se me escapó a mí.