domingo, febrero 17

Despertares


Despertares de Javier Avi

A las 4 de la mañana eché a Joan de la cama. Quería dormir en diagonal. Siempre había dormido en diagonal y en ese momento me apetecía volverlo a hacer.
―No quepo ―dije.
―Mides un metro y medio… cabes perfectamente... ―contestó somnoliento, acariciándome la espalda como si fuera un bebé al que hubiera que tranquilizar a media noche.
―No, no quepo ―repetí.
Joan, resoplando cogió su almohada, se levantó y arrastrándose lo oí llegar al salón donde cayó peso muerto en el sofá. Yo, recuperando mi terreno, me expandí cual pulpo desperezándose. Al de unos minutos se subió Tomás, nuestro gato, a la cama y comenzó a hacerse un hueco apretándose junto a mi cadera.
―Tú, bicho, fuera, hoy la cama es solo mía.
El gato saltó al suelo no sin antes regalarme un zarpazo de los suyos.
Volví a abrir los ojos exactamente a las 8:47, según mi móvil. Me di la vuelta, miré al techo y me pregunté por qué seguía viva.
―¡¿Por qué?! ―grité y me incorporé en la cama suspirando.
―¿Por qué qué? ―preguntó Joan asomando la cabeza por la puerta de la habitación. Tenía un vaso de café en la mano y a Tomás en el hombro.
―¿Por qué no me he muerto ya…?
―Buenos días, mi dulce Fiona.
―¿Fiona? ¿Lo dices porque soy un ogro?
―No, amor, lo digo porque siempre te despiertas con ese tono verde de piel que tanto me enamora.
Me dio tal ataque de risa que caí de nuevo en la cama panza a arriba. Joan dejó el café en la mesilla y se unió a mis risas. Nos tiramos en la cama casi 20 minutos más intentando parar de reír pero era mirarnos y empezar de nuevo. Tomás nos observaba desde la mesilla, custodiando el café, y pensando que de entre todos los humanos había ido a caer a la casa de los más idiotas.
Ya en la cocina y después de haber desayunado, Joan dijo que se duchaba primero. Era domingo y queríamos aprovechar las primeras horas de la mañana para trastear tranquilamente por el barrio. Pero antes de entrar al baño, me abrazó.
―Te voy a echar de menos ―me dijo.
―¿Cuando me muera?
―Sí, cuando te mueras ―y se rio apretándome mucho más fuerte.
Lo cierto es que llevaba muerta mucho tiempo y por eso me marchaba.

Hacía seis meses me llegó la oferta de una universidad en el extranjero en la que valoraban principalmente mi especialidad en textos teatrales, y me propusieron un proyecto difícil de rechazar.
―Pero ¿a China? ―preguntó Joan un tanto incrédulo cuando le conté la llamada que acababa de recibir aquella tarde.
―Sí, a China.
―¿Eso te hace feliz?
―Mucho… ―y comencé a llorar porque no entendía cómo el ser tan feliz podía doler tanto.

Empezar una nueva vida sola a mis casi 42 años no era lo que había planeado. Tampoco marcharme cargando con una enfermedad crónica y degenerativa. Tampoco dejar al amor de mi vida junto a un gato vengativo. De hecho, creo que no había planeado nada porque nunca pensé que llegaría a los 42 años, siempre me había imaginado metiendo la cabeza en un horno mucho antes. Pero quién habría adivinado que el amor me ataría a esta vida, un amor al que ahora abandono para seguir estando viva.
Y allí, en la cocina, a una semana de irme, Joan me tenía sujeta por un poco más de tiempo.

martes, febrero 12

El mal de Cósimo


Ilustración: 'Café literario' por Javier Avi

―Antes de empezar, para que no perdáis el tiempo, me acabo de leer el audiolibro de El rey recibe de Mendoza y me ha decepcionado bastante.
―José, por el amor de dios, los audiolibros no se leen, se escuchan. Se escuchan, José.
―No sé, Marga, el concepto es el mismo.
―No puede ser el mismo, hijo de mis amores, cuando no se realiza el ejercicio de leer. Leer es leer y escuchar es escuchar. Es muy simple, lo dice la RAE.
Rebobinemos. A las 18:10 de la tarde del domingo pasado, los 5 miembros del club de lectura ‘El mal de Cósimo’ se sentaron en la mesa del fondo de una moderna cafetería en el centro de Malasaña. Pidieron tres cafés y dos tés y Elvira, además, quiso probar la tarta de zanahoria que terminaría compartiendo con Ángela, como siempre. Tras 20 minutos diciendo lo ocupadísimos que estaban todos con sus respectivas vidas, y lo mucho que se habían echado de menos, comenzó la tertulia literaria, no sin antes lanzar algunas recomendaciones:
―Antes de empezar, para que no perdáis el tiempo, me acabo de leer el audiolibro de El rey recibe de Mendoza y me ha decepcionado bastante.
―José, por el amor de dios, los audiolibros no se leen, se escuchan. Se escuchan, José.
―No sé, Marga, el concepto es el mismo.
―No puede ser el mismo, hijo de mis amores, cuando no se realiza el ejercicio de leer. Leer es leer y escuchar es escuchar. Es muy simple, lo dice la RAE.
 Él, José. 34 años. Dependiente de una librería madrileña, en la que los visten a todos con chalecos verdes. Licenciado en Historia del Arte y terminando su tesis doctoral: “Traslación de la pintura a la literatura en la Europa de los siglos XII al XIV”. Ella, Marga. 38 años. En paro. Graduada en Magisterio. Obtuvo un 9,5 en su TFG, lo dice siempre que puede.
―Hombre, creo que Marga tiene razón, leer, lo que se dice leer no es.
Él, Luis María. 43 años. Dependiente de una librería madrileña, en la que los visten a todos con chalecos naranjas. Licenciado en Filología Inglesa. Dejó su tesis doctoral al comprobar que le pagaban casi el doble como dependiente que como profesor asociado en la Universidad Autónoma
―Ay, que me ahogo. ¡Agua!
Ella, Elvira. 41 años. Experta en atragantarse. Las multitareas nunca fueron lo suyo. Licenciada en Filología Hispánica. Su especialidad en textos teatrales le han llevado a practicar ante el espejo, desde hace años, su discurso para cuando gane el Premio Pulitzer por escribir la mejor Obra de Teatro. “Gracias”, dirá y lanzará un beso al aire, acompañado de un sobreactuado llanto. “Gracias, gracias, gracias”.
―Gracias.
―De nada, pero bebe despacio no te vaya volver a pasar.
Ella, Ángela. 44 años. Su tesis doctoral sobre la novela breve del Siglo de Oro le hizo un hueco como profesora asociada en la Universidad Complutense. No se casó ni quiso tener hijos para disfrutar de su libertad e independencia. Ahora con los 700€ brutos que gana al mes, vive compartiendo piso con 3 desconocidos.
―A ver, Luis María, no me vengas tú con esas, mi querido filólogo. Todos sabemos que la tradición oral fue vital en la conservación de la literatura antes del siglo XV, pero ahora los audiolibros están mal vistos ―explicó José algo exaltado. Después tomó aire e hizo amago de llevarse su taza de café a la boca, pero justo en el momento en el que sus labios la iban a tocar, la apartó y la volvió a dejar sobre la mesa con un provocativo choque de platillos―. Y una cosa más te voy a decir, a mí esta condescendencia no me mola un pelo.
―¿Yo condescendiente?
―No, tú no, Luismari, creo que el muchachito se está refiriéndose a mí ―aclaró Marga―. Aunque mi TFG fuera sobre el tema y sacara un 9,5, parece ser que algunos piensan que poco puedo aportar y no saben debatir sin insultar; pandilleros los llaman en mi casa.
Ángela le dio un disimulado codazo a Elvira. Elvira la miró. Ángela levantó las cejas, Elvira también. Ángela negó disimuladamente con la cabeza, Elvira también y quiso añadir el torcer la boca. Ángela la torció un poco también, cerró dos veces los ojos y se pasó la lengua lentamente por dentro del mentón. Elvira ya no supo qué hacer porque llevaba un buen rato perdida. Como decíamos antes, lo suyo no eran las multitareas y todavía estaba intentando tragar el trozo de tarta de zanahoria que con el agua se le había hecho bola. Ángela al ver que Elvira dejaba de interactuar puso los ojos en blanco y le espetó:
―¡Pero quieres tragar de una puñetera vez!
De inmediato Elvira se llevó las manos a la boca para intentar evitarlo pero no pudo, explotó en una enorme carcajada y esparció por toda la mesa, a modo de misiles, una desagradable masa pastosa.
―¡Será marrana la tía! ―gritó Ángela sin poder contener la risa. No entendía cómo su amiga podía ser tan fina hablando de Unamuno y su trágico sentido vital, y luego tener unas maneras alimenticias tan discutibles. Sea como fuera siempre terminaban tronchadas de la risa.
―Chicas, siempre estáis igual ―dijo Marga mientras cogía una servilleta para limpiar su parte de la mesa―. Y os recuerdo que no nos reunimos una vez al mes para el jijí jajá. Porque si es así, ya no contéis más conmigo, que una tiene muchísimas cosas que hacer.
Repetimos. Ella, Marga. 38 años. En paro.
―Tienes razón, lo siento ―dijo con cinismo Elvira tramando, acto seguido, la manera de torturarla―. Bueno y cambiando de tema, ayer terminé la novela de Luna de Miguel, qué buena, esta chica es portentosa. ―Mintió. Ni se la había leído ni se la iba a leer, no por nada sino por falta de tiempo en esta vida, había que elegir. Sin embargo sabía que, diciendo lo dicho, acababa de soltar la granada sobre la mesa.
―¡La mamarracha esa no escribe una mierda!
¡Boom!, explotó y por supuesto fue Marga quién tiró de la anilla. Era tan simple como eso. Y continuó:
―¿Qué puede contar una veinteañera que  se pasa el día sacándose selfies con cara de susto?
Todos rieron aquella ocurrencia. No le faltaba razón.
Y después de discutir media hora más sobre lo que es literatura y lo que no y sobre la mercantilización instagramera a la que estaban sometidas la gran mayoría de editoriales de este país, comenzó la charla sobre el tema que los había reunido: si la obra de Gorki fue o no el germen de la llamada literatura soviética. José decía que sí, sí y sí aun habiendo leído tan solo un par de libros suyos. Ángela que no, no, y no, acusando directamente a Stalin de estrategia propagandística, conocía la obra completa. Marga que eso nunca se podría saber, no se había leído nada de Gorki. Luis María que Marga tenía razón, decía que quizá había leído algo suyo, hace años, pero que ya no se acordaba. Y Elvira, tras haberse atragantado dos veces más mientras los escuchaba, les aseguró que el teatro de Gorki parecía estar escrito por un ser sobrenatural.
―Ese no es el tema, Elvi ―apuntilló José.
―El teatro siempre es el tema ―respondió ella, y miró a Ángela para compartir el triunfo de aquel zasca. Su amiga solo pudo abrazarla muerta de la risa mientras la llamaba tonta del culo.
Una hora después pidieron la cuenta. Durante 15 minutos hubo bailes de números, y tráfico de billetes que iban y venían con monedas sobre la mesa que parecía que nadie quería coger como cambio. Algo no encajaba, faltaban 3 euros. Vuelta a empezar. Que si tú qué has tomado y qué has puesto, que si yo como le pongo a ella me cojo esto, pero si le pones por qué te coges, que cada uno ponga lo suyo. Faltan 2 euros. Vuelta a empezar.
―¡Pero, chicos, no puede ser tan complicado! ―gritó Marga harta de estar rodeada de aquellos animales―. Ángela, por favor, pásame la cuenta que quiero ver lo que dice.
―¡Uy, uy, uy, uy, uy, uy! ―exclamó José poniéndose de pie. Levantó el brazo y fingió tocar una campana estrepitosamente―. ¡Prrrrrrrrrrr! ¡Campana y se acabó! Si Marga de la cuenta ver lo que dice quiere / del audiolibro, José,  leer sugiere.
Todos aplaudieron muertos de la risa.
―¡Bravo! ―gritó Elvira, y es que al final no le faltaba razón: el teatro siempre es el tema, por suerte.
  

jueves, enero 10

¿Quién dijo empatía?


Ilustración de Javier Avi

Hace un tiempo, cuando vivía en Francia, no sé, tendría unos 29 años, decidí pasar un fin de semana largo en Bilbao. Por alguna razón, que ya no recuerdo, el martes era fiesta en Lyon así que el lunes lo pedí libre en el trabajo.  Pensé que ver a mis amigas y atender a la demanda de continua atención con la que me acribillaba mi madre, no sería mala idea. El sábado al volver a casa después de tomarme el aperitivo con Marieta y Blanquita, me encontré a mi madre sentada en la mesa de la cocina, mirando al frente mientras se pasaba una mandarina, rodando por la mesa, de una mano a otra.
―Ama, ¿estás bien?
No contestó, así que preferí no insistir y me senté en otra de las 6 sillas que rodeaban la mesa. Sabía que mi madre necesitaba su tiempo, no tanto para empezar a expresarse sino porque los focos estaban hacia su persona, nada ni nadie debía robarle ese momento de protagonismo.
―Merceditas ―dijo al fin.
―Merceditas ―repetí. Dejé pasar un tiempo prudente y pregunté―: ¿Quién es Merceditas?
Recogió la mandarina con su mano derecha y ya no la soltó.
―Merceditas, la de la tintorería. La cierra.
―¿Qué cierra?, ¿la tintorería?
Con enfado dejó la mandarina de nuevo en el frutero.
―¡Sí, hija, sí! La tintorería, ¿qué si no? ―Luego me miró―. Lo de ponerse tanto colorete ¿es una moda francesa? ―No sé si molesta pero sí algo avergonzada me pasé la mano por ambos pómulos―. La vende porque dice que tiene que ayudar a su hijo, no sé en qué estará ahora ese chico, siempre fue un tarambana. No pudo hacer carrera con él, que si ahora abre un taller de motos, que lo cierra; que si ahora abre un bar, que lo cierra; que si ahora quiere probar suerte en el extranjero, que si págale el billete y los 3 primeros meses de alquiler hasta que encuentre trabajo, que al cuarto se vuelve… En fin, le ha sacado hasta el higadillo a la pobre Merceditas, ¿y ahora?, vete tú a saber qué. Pobre Mercedes, no me la quito de la cabeza, 56 años y sin nada más que un hijo que la vuelve loca además de arruinarla.
Se llevó las manos al pecho.
―Ya… Tiene que ser difícil, sí.
―Ni te lo imaginas. Es absolutamente imposible que sepas lo que es sufrir por un hijo.
―Bueno, mamá, Gerardo y yo no te hemos dado muchos problemas precisamente.
―No se sufre por los problemas que te dan, se sufre simplemente por haberlos parido, por tenerlos. Es un sufrimiento constante. Siempre te lo he dicho, no tengas hijos, Elvirilla, nunca tengas hijos porque los hijos te arruinan la vida.
―Ya… ―Me rasqué la frente con lentitud intentando trocear sus palabras para tragarlas mejor.
―Siempre, desde que te levantas, con esa obsesión de protegerlos, de hacer que no sufran con nada. Fíjate que sabía lo de Merceditas hacía ya dos semanas y no te quise decir nada, para no preocuparte. Allí en Lyon, qué podías hacer.
―Mamá, yo es que a Merceditas no la conocía.
―¿Cómo no la vas a conocer?, ¿eh?, ¿cómo no la vas a conocer? ¡Pero si lleva la tintorería de la vuelta de la esquina desde hace 23 años!
―Sí, sí, ‘La tintorería Merce’, pero, ama, nunca he tenido trato con ella.
―¿Cómo lo vas a tener?, dime, ¡cómo lo vas tener si he hecho lo imposible para que no te falte de nada, para que vivas  siempre entre algodones! Ya me encargaba yo de llevarte los abrigos y las blusas donde Merceditas, ¿o te creías que aparecían en tu armario limpios como la patena por arte de magia?
Esta vez fui yo la que cogió una mandarina del frutero, pero no sabía si para juguetear con ella o tirársela directamente a la cabeza.
―¡Y deja la fruta en paz que siempre que la va a comer tu padre dice que está pocha!
Sí, se la tenía que haber tirado.
―Mamá, te entiendo, pero…
―¡No entiendes nada! ¿Qué vas a entender? Llevo dos semanas casi sin comer por esta pobre mujer, ni te imaginas por lo que estoy pasando. ¿Qué va a ser de ella? Tengo un come-come en la cabeza que está acabando con mis nervios. No puedo evitar no sufrir por los demás, soy así. ―Se retiró el pelo hacia atrás con ambas manos y resopló tres veces fuertemente, como si fuera a parir―. Nada me quita esta angustia por ti, allí en Lyon que vete tú a saber, rodeada de tanto francés, y ¡tu hermano!, allí en Berlín…
―Rodeado de tanto alemán… ―Ni me oyó, ella estaba a lo suyo, en su mantra victimista.
―…siendo tan sensible, porque tu hermano es muy inteligente pero muy torpe emocionalmente y sufro por él lo que no está escrito, y ¡ahora Merceditas! ―Hizo una larga pausa―. No puedo con todo yo sola, no puedo, me supera. ―Y comenzó a llorar.
Me levanté y la abracé porque mi madre era así, su realidad era igual a la mía pero su percepción estaba un pelín distorsionada.
―Mamá, debes relativizar las cosas. Gerardo y yo estamos bien y Merceditas seguro que sale adelante, es una mujer fuerte, lo ha demostrado. Hay cosas peores. ―Cogí el servilletero y se lo ofrecí para que se sonara los mocos con una servilleta de papel, luego me volví a sentar―. Mira, acabo de estar con Marieta y Blanquita y me han contado que el padre de Nerea tiene cáncer de pulmón, en fase terminal, no hay nada que se pueda hacer. Imagínate.
―¡Coño! ―Exclamó mientras se restregaba la servilleta por la nariz―. ¡Es que ese hombre fumaba como un carretero!
―¡Mamá, por favor!, que le han dado 4 meses. Te puedes imaginar cómo estará Nerea.
―¿Nerea? ¡No me vengas con Nerea ni Nereo! ¿Qué, le vienen ahora las penas? Pues dile a tu amiguita que ya puede ir dejando el vicio, que siempre que la veo tiene el cigarrito en la mano, que si no, terminará como su padre.
¡Booom!
No dije nada, no se podía decir nada, chasqueé la lengua y me levanté.
―Oye, antes de que te vayas ―dijo―, ¿quieres la carne empanada o prefieres vuelta y vuelta?, que voy a empezar a preparar la comida y luego no quiero líos, que te conozco.
―Vuelta y vuelta. ―Y me marché.

Doce años después de aquella escena, yo vivía en Madrid desde hacía 8 y mi madre había muerto hacía poco más de 4. Un día bajando por la calle Fuencarral alguien metió un grito y luego boceó mi nombre.
―¡Elvira!, ¡Elvira!
Me giré y vi a Nuria Mardones, detrás de mí, con los brazos abiertos. No me lo podía creer, nos abrazamos como si no hubiera un mañana. No nos veíamos quizá desde hacía tres años, desde que me mudé de barrio. Trabajaba en la biblioteca municipal de aquel distrito y lo que empezó siendo un trato cordial comentando los libros que pedía en préstamo, pasó a convertirse en una divertida amistad. Y digo divertida porque siempre estábamos entre risas, cualquier cosa nos hacía gracia. A veces nos reíamos tan fuerte que su compañera nos pedía que saliéramos fuera, que nos tomáramos un café o que hiciéramos lo que quisiéramos pero que, por favor, dejáramos de molestar. Nos tenía envidia, decíamos las dos tomando ese café y ja, ja, ja, ja, ja, vuelta a empezar.
―¡No me lo puedo creer! ¡Ay, Nuria!, pero ¿qué es de tu vida?
―Nada, chica, todo igual, como siempre. No sabes lo que te echo de menos en la biblio.
―Y yo a ti, a la que voy ahora son majos pero no saben reírse. ―Y las dos empezamos a hacerlo como hacía tres años, hace falta ser simples―. Lo que tenemos que hacer es quedar un día estas Navidades, tengo mucho tiempo, estoy de baja.
―Ay, cariño, ojalá pudiera, pero van a ser unas fiestas muy duras ―dijo, y se llevó las manos al pecho respirando fuertemente.
―No me asustes, ¿qué pasa?
―Murió mi cuñado, te puedes imaginar cómo están mis sobrinas.
―Vaya, Nuria, cuánto lo siento, ¿y tu hermana?
―Estaban divorciados, desde hacía tiempo, vamos, que él se casó de nuevo hace algo más de 6 años.
―Ya, bueno…
―Pero que había sido su marido, ¿sabes lo que te digo?
―Claro, claro.
―Y esas niñas, yo no me las puedo quitar de la cabeza.
―No me extraña, madre mía, siendo todo tan reciente y en estas fechas.
―Sí, eso es, bueno, murió en febrero, pero van a ser las primeras Navidades que no están juntos.
―En febrero, ya…
―He tenido que empezar a ir a terapia, no te quiero contar más, porque no consigo superarlo.
―Ya…
―Lo de mis sobrinas me quita el sueño, y hasta las ganas de vivir, de verdad te digo. ―Y se tapó la boca con una de sus manos como si no lo hubiera querido decir.
―Venga, tranquila, seguro que la terapia te viene bien, a veces es necesario, vital diría yo.
Busqué en mi bolso el paquete de kleenex y se lo ofrecí.
―Gracias. ―Cogió uno y me devolvió el paquete―. Son tan jóvenes y que estén pasando por esto, a mí me destroza, me destroza.
―Sí, tiene que ser duro, además al estar acostumbradas a tener a su padre siempre cerca.
―Exacto, bueno, ya sabes que él era piloto, y como su mujer era de Florencia, vivían en Roma desde que se casaron.
―En Roma, ya…
―Pero las Navidades eran sagradas, siempre juntos. No quiero ni pensar cómo van a ser estas sin él. Me descompongo de solo imaginármelo.
Le froté el brazo. No sabía qué decir.
―Y tú ―me dijo guardándose el kleenex en el bolsillo del abrigo―, ¿de baja?, ¡qué suertuda!
―Sí, bueno, me operaron. Por la enfermedad de Paget, ya sabías, ¿no?
―No, ni idea, pero suena súper exótica, chica.
Me reí aunque sin ganas.
―Es de huesos, empezó afectándome a algunos huesecillos del oído y comencé a no oír demasiado bien y, bueno, pero desde hace dos años está afectando a la columna y ya se me ha complicado  más el tema.
―Chica, pues yo te veo divinamente, imagino que con la operación te has quedado como nueva, ¿no? Y es que hoy en día la medicina es magia, magia, Elvira.
―Sí, bueno, la enfermedad es crónica e incurable, la operación era para dar mayor flexibilidad a las vértebras y reducir un poco el dolor.
―Mira ―comenzó diciendo sujetándome de las solapas del abrigo―, hoy en día los médicos no se quieren pringar y siempre te ponen en lo peor, no quieren marrones, pero te digo yo que con lo que ha avanzado la medicina, hoy, una enfermedad como esa, que suena tan bien, con tanto glamour, se cura sí o sí.
―Sí, bueno, no estoy del todo segura que sea así, es un poco más complicado que eso. Te va mermando tu día a día, Nuria, ya no puedo pasar tiempo sentada, no puedo preparar las clases, mi vida está cambiando.
―¡Pues las preparas de pie! ¡Hay que adaptarse! Además, yo te veo estupenda, lo que necesitas es hacer ejercicio, te enfundas las mallas y sales a correr, ya verás que bien te hace a la espalda. Y perdóname, pero te tengo que dejar ―añadió y suspiró largamente―, que vienen mis sobrinas a cenar y les he prometido que les hacía pizza casera. Anímicamente, como te imaginarás, no tengo ganas ni de levantar un tenedor, pero por ellas hago cualquier cosa, cualquier cosa.
Me dio dos besos y se fue.
Llegué a casa y me encontré a Joan en su mesa de dibujo. Me acerqué y lo besé en la cabeza.
―Amor ―dijo mirándome―, pensaba que ibas a llegar antes, te he estado esperando pero como no venías ya he comido, te he dejado los macarrones preparados en el micro.
―Gracias, vida. Sí, es que me he encontrado con una vieja conocida.
Y de camino a la habitación fui quitándome el abrigo.
―Ah, ¿sí?, ¿con quién?
―Con mi madre.

domingo, julio 8

'Cositas' de mujeres


Mafalda "Basta!" por Quino

El viernes me llamó mi amiga Rosana para tomar algo. Es cierto que no quedamos muy a menudo pero desde que se fue Gael a vivir a Oviedo con Raúl, me sentía bastante sola y las pocas veces que me llamaba no solía rechazarla.
―No es la primera vez que pierde el trabajo, no me asusta ―dijo atusándose el pelo para airearse el cuello. Hacía bastante calor, julio había entrado con ganas en Madrid.
―Marcos tiene mucho talento, algo encontrará, mujer, no te preocupes ―contesté llevándome el botellín de cerveza a la boca.
―Qué quieres que te diga, siendo guionista ya sabes cómo va esto. En el gremio nunca han ido bien las cosas y en estos días todavía peor. Además ahora con el crío pues… te agobias más ―Y señaló con la mirada a su hijo Daniel de 7 años que de un salto mortal se había bajado del columpio y venía brincando a la mesa de la terraza.
―¡Hola, Dani! ¡Pedazo de salto! ―dije mientras le aplaudía.
―¿Te has comido el bocadillo? ―preguntó su madre.
―Sí.
―¿Y el zumo?
―Sí. Elvira, ¿sabes hacer esto? ―Estiró con ambas manos todo lo que pudo de sus mejillas hacia abajo intentando poner los ojos en blanco. Me entró la risa.
―¡No hagas eso, hijo, por favor, que te vas a quedar ciego!
Yo seguía riéndome.
―Elvira, mira, ahora junta las manos así ―Y las junté según sus indicaciones, como si fuera a rezar. Dani me las separó un poco y sopló en el interior y me las volvió a cerrar rápidamente, de golpe, ¡plas!―. ¡Corre, corre! ¡Tienes que olerte las manos y decir de qué era el bocadillo que me ha comido!
Mientras su madre le recriminaba lo cochino que era, yo me partía de risa. Aquel chico podía ser una mina de oro, si me lo llevara a casa podríamos escribir la comedia del año, nos forraríamos. Como no dejaba de reírme, Dani atacó esta vez con el baile.
―¿Y sabes bailar, Elvira?
―¿Bailar?
Esta vez las dos nos reímos.
―A ver, muéstranos, hijo, cómo se baila ―pidió su madre.
Dani se separó unos centímetros de la mesa, alzó los brazo, flexionó un poco las rodillas y comenzó a cantar:
―¡Dame tu cosita, uh, uh! ―Dio un salto y cambió de dirección―. ¡Dame tu cosita, uh, uh!
―¡Daniel! ―Su hijo paró en seco y la miró sin decir nada―. ¿Cuántas veces te hemos dicho que esas canciones en casa no nos gustan y como no nos gustan no se pueden cantar? ¡No se cantan esas canciones!
―Mujer…
―Elvira, cállate, por favor. Dani, ven aquí ―Su hijo se acercó―. ¿Quién te ha enseñado esa canción?
―Christian y Simón, y Alejandra también. ¡Pero mamá no es la canción es el baile! Mira, yo te lo enseño, es un extraterrestre verde que baila, déjame tu móvil.
―Dani, es el baile y es la canción, ya te hemos explicado muchas veces tu padre y yo que estas canciones hacen daño a las chicas, y nosotros no queremos canciones así.
―¡Pero si la canta Alejandra, mamá! ¡Y cuando se junta con Lucía y Rebe también la cantan!, ¡y son todo chicas!, ¿eh, mamá?, ¡ellas son chicas y no les pasa nada y la cantan muy fuerte y la bailan también!
―Mira, Dani, siempre te lo decimos, lo que hagan los demás no nos debe importar, papá y yo no queremos esa música en casa, esas canciones no son buenas y punto. Así que no vuelvas a cantarla, ni esa ni ninguna de reggeaton. Otro cosa no, pero tus padres te educaremos en el respeto a las mujeres nos cueste lo que nos cueste. Y ahora vete a los columpios, ¡venga!
―Pero a mí me gusta…
―No, no te gusta ―replicó su madre.
―Es divertida…
―No, no lo es, Dani. Vete a jugar.
Dani la miró con recelo y se marchó a los columpios.
―Rosana, igual es meterme donde no me llaman, pero Dani es un niño de 7 años, ¡no sabía ni lo que estaba cantando!
―Tienes razón, Elvira, es meterte donde no te llaman.
Cogí el botellín y pegué un enorme trago. No quería problemas.
―Siento si he sido borde, Elvi…
―Tranquila, tienes razón.
―Son muchas cosas, ¿sabes? Son muchas responsabilidades, pero como la de educar a un hijo ninguna, y creo sinceramente que lo estoy haciendo bastante bien, déjame por lo menos pensarlo.
―Claro, Rosana, nadie lo pone en duda.
―Con Marcos en el paro me siento presionada a sacarlo todo adelante y, bueno, ya lo ves, Dani, es un crack, mal no lo estoy haciendo.
―Sí, sí que lo es ―me reí.
―Y quiero que lo siga siendo pero respetando al máximo a las mujeres, que las valore con todo su potencial, no por su “cosita”. Con Marcos en esta situación a veces me siento sola, y creo que si Marcos hubiera tenido otra madre, que no digo que la suya… solamente digo… que si hubiera sido educado bajo la igualdad quizá yo, ahora mismo, no estaría tan agotada.
―Entiendo ―dije sintiéndome realmente mal.
―Yo comprendo que Marcos no está en un buen momento, pero sabes lo que es llegar de la oficina y encontrarme con que tengo que bañar al niño y preparar la cena para los tres porque Marcos ha tenido una idea y lleva toda la tarde escribiendo un guión que, según él, nos sacará de esta situación pero que tú y yo sabemos que no llegará ni a terminarlo porque ha perdido hasta la disciplina de la escritura diaria. Son todo chapuzas, una detrás de otra. Chapuzas que comete sabiendo que voy a estar yo ahí para arreglar todo lo demás, y lo consiente. No, Dani no. Dani no va a interiorizar por bazofias de canciones que las mujeres estamos ahí para lo que el hombre quiera. La mujer, por desgracia, tiene que demostrar con el doble de esfuerzo todo lo que vale, cada puesto de trabajo debe estar justificado y dentro de la familia parece que si no demostramos tener súper poderes debamos pedir perdón.
―Lo siento Rosana, siento no haberte entendido ―Me llevé las manos al pecho, porque sinceramente me sentía culpable por haber pensado mal de ella. La gente suele resaltar mi falta de empatía o lo egoísta que soy pero hasta ese día no me di verdadera cuenta de lo complejo que podía ser mi carácter y, ay, lo pasé mal―. Es cierto, que jamás se me ocurriría censurar nada en mi casa, bueno, con nada me refiero a ninguna expresión artística, ¡vale!, es cierto que el reaggeton es difícil considerarlo como tal, pero no deja de ser un estilo musical con un origen y una historia y… no sé, es difícil, sí, pero te entiendo y entiendo que tú lo hagas. Y perdóname, porque no sabía que las cosas con Marcos estaban tan mal.
―Encontrará trabajo pero se está haciendo cuesta arriba.
Miré a lo lejos y vi a Dani tirándose de cabeza por el tobogán. Me reí. Después volví a mirar a mi amiga abanicándose con una servilleta de papel. La admiré y sonreí.
―Oye ―dije de repente acordándome de una conversación con mi amigo Luisje―. Hará cosas de dos meses un amigo que trabaja en Telemadrid me dijo que por estas fechas saldría a concurso el puesto de directivo en contenidos audiovisuales en la cadena. Hombre, yo creo que Marcos habiendo trabajado en Bambú y Zebra Producciones
Rosana torció le morro.
―Sí, se presentó.
―Vaya, y ¿no ha habido suerte?
―Pues no, le han dado el puesto a una mujer, a Carola Fernández.
―No me suena.
―A nadie le suena. Pero es mujer.
―Cómo que es mujer.
―Pues chica, Elvi, mujer. Que Telemadrid quiere dejar atrás su imagen patriarcal, con el 90% de los puestos directivos ocupados por hombres, así que han dicho: pues venga, el próximo puesto se lo damos a una mujer, sea cual sea su CV. Carola Fernández, ¿mujer?, sí, mujer, pues hala, para adentro, con todo su coño.
―Perdona… ―empezaba a ver doble y no me había terminado ni la primera cerveza.
―Pues, chica, por lo mismo que Isabel Coixet se llevó el Goya. Ser mujer en un tiempo en el que el feminismo está de moda es sinónimo de éxito. Mujer. Punto. Su único mérito. Y ya ves, a mí plin, porque Coixet no le ha quitado el Goya a Marcos pero la tal Carola Fernández sí se ha quedado con el puestazo que le correspondería a mi marido.
Con lentitud me levanté de la silla y grité hacia los columpios:
―¡Dani, Dani, Dani! ―Cuando por fin el niño me miró, levanté los brazos, flexioné un poquito las rodillas y canté con todas mis fuerzas―: ¡Daaaaame tu cosiiiiitaaaa, uuuh, uuuh! ¡Daaaaame tu cosiiiiitaaaaa, uh, uuuh! ¡Daaaameeeee tu cosiiiiitaaaa, uh, uuuuh!


martes, febrero 13

Amistades peligrosas


Mi lindo gatito de Javier Avi

―Me has decepcionado ―espetó Lorenzo, y con un enérgico movimiento de cabeza se retiró el flequillo chuletero que le tapaba el ojo derecho.
―¿Yo? ―pregunté mirando detrás de mí, a la puerta del bar, por si alguien estuviera entrando en aquel momento a quien pudiera culpar.
―Sí, y sabes de lo que te hablo.
Pues no, no tenía ni idea. Quité la servilleta de papel enroscada a la boca de mi botellín de cerveza y le pegué un sorbito. Al volverlo a dejar sobre la mesa, comencé a despegarle la etiqueta, necesitaba estar entretenida mientras los latigazos continuaban.
―Éramos amigos, tía.
―¿Éramos? ―Quería volver a mirar a la puerta a ver si tenía ahora más suerte.
―Te marchaste sin más. No me dijiste nada. Esperé tu llamada al día siguiente, pero nada.
Abrí mucho los ojos. Mucho. Pero mucho, muchísimo. Porque por primera vez me estaba pareciendo que me había acostado con un tío y no recordaba nada. Bueno, vale, no era la primera vez, me había pasado alguna que otra vez. Vale, quizá sí, varias veces. ¡Pero nunca con un tío gay!
―Lorenzo, ¿de qué me estás hablando?
―Del teatro, del día del estreno.
―¿Qué estreno?
―El estreno de la obra.
―Pero Lorenzo, cariño, si no trabajas desde que interpretaste La tortuga de Darwin.
Silencio.
―¿Desde La tortuga de Darwin?
Silencio.
―Lorenzo, ¡pero si la estrenaste en diciembre de 2015!
Silencio.
―Jódete, que llevas enfadado conmigo desde diciembre de 2015.
―Me dirás que no te habías dado cuenta.
―Hombre, rarillo te notaba.
―¿Rarillo? ¡Elvira, no te llamo desde ese día!
Sí, bueno, es que yo, sinceramente, el tema de los amigos como que no lo gestiono muy bien. Es lo malo de haber nacido en Bilbao. Es decir, allí se te asigna una cuadrilla en el colegio y otra en el pueblo de veraneo, que con el tiempo terminan fusionándose en una bien grande. Es una amistad que te la tatúas al alma, serán tus amigos para el resto de tu vida pase lo que pase. Es tu cuadrilla, personal e intransferible. Y qué queréis que os diga, es cómodo. Así que forjar nuevas amistades duraderas nunca se me dio especialmente bien. No os voy a engañar, no sé cómo hacerlo.
―¿Tanto tiempo llevamos sin hablar…?
―¡Sí!
Y de repente me dio por pensar en mi amiga Nerea, de la cuadrilla de Bilbao, y recordé que quizá no hablábamos desde la boda de Saioa, hacía casi 4 años. Saqué el móvil de mi bolso y le mandé un emoticono, el que lanza un beso con corazón.
―¿Qué haces?
―Nada…  ―contesté guardando el móvil.
―La obra fue un desastre y necesitaba tu apoyo en ese momento.
―Te lo di, ¡fui al estreno!
―¡Elvira, coño, te faltó tiempo para salir corriendo!
No lo recuerdo. No os voy a mentir. Que la obra fue una mierda, sí. Que su interpretación fue de vergüenza ajena, también. Que me fuera rápido para evitar la temida preguntita “Elvi, ¿qué te ha parecido?”, también. Sin embargo, que lleváramos dos años sin hablarnos es algo de lo que ni me había dado cuenta. Dos años. Soy un monstruo, y como tal solo se me ocurrió decir:
―Bueno, no escribí reseña, estate tranquilo.
―¡Tus putas reseñas de mierda me dan por culo!
―Ajá…
Se hizo un silencio taaaaaaan largo que me dio tiempo a terminarme el botellín.
―Elvira, solamente quiero desearte lo mejor, no creo que seas una mala persona aunque a mí me hayas hecho mucho daño. Sé que no te das cuenta de todo el dolor que provocas. Así que te he llamado para decirte que no quiero volver a verte, se acabó, hasta aquí, tengo que cerrar esta herida.
Pero llevando dos años sin vernos y yo sin ni siquiera haberme dado cuenta ¿era necesario?
―Te entiendo ―mentí. Y bajé la mirada fingiendo arrepentimiento. Lo veía hacer mucho en las pelis, y los psicópatas necesitamos imitar constantemente las emociones de los demás para parecer menos monstruos, aunque actores se les llame a otros, a Lorenzo por ejemplo.
Se levantó, apretó mi antebrazo y salió del bar.
Yo me pedí otro botellín, y al ir a pagarlo saqué el móvil y vi que Nerea me había contestado no con uno sino con tres emoticonos que lanzan besos con corazón, sonreí y comencé a beberme la cerveza, me encantaba aquel bar.

lunes, diciembre 25

40 Navidades

Navidad '17 de Javier Avi

Me levanté y fui directa a la máquina de café.
―¿Ni un beso me vas a dar?
Joan se fumaba su primer cigarro del día asomado a la ventana de la cocina.
―¿No ibas a dejar de fumar? ―pregunté sirviéndome el café.
―Sí, es mi propósito para este 2018. ¿Cuál va a ser el tuyo?
―Morirme de un cáncer terminal.
Joan se rio y luego esperó a que me sentara en la mesa, y bebiera un par de sorbos para comunicármelo.
―No quiero chafarte esta maravillosa mañana de sábado pero tengo que decirte que mañana es Nochebuena ―lo miré como si me estuvieran haciendo una colonoscopia sin avisar―. No te pongas nerviosa, ¿vale?, pero ―abrió la nevera y con la cabeza dentro siguió―: como no quieras cenar una cuajada, dos tranchetes, salchichas, pavo de color sospechoso y kétchup, me temo que tendremos que ir hoy al súper.
Había tres cosas que odiaba comprar: comida, ropa y lotería.
―¿Y qué se supone que vamos a cenar? ―pregunté esta vez llevándome la taza a la frente en un vano intento de entender mejor así la situación, la situación general de mi vida, quiero decir.
―Había pensado, por hacer algo diferente, preparar una patita de cordero al horno.
―Pues va a ser que no… ―contesté mirando al horno con cierta vergüenza.
Joan abrió el horno y encontró lo menos un centenar de cajas de pizzas. Vale, un centenar no, pero aquello no estaba como para cocinar nada allí dentro.
―¡Jo, nena! ¿Cuántas veces te he dicho que esto es un horno no un contenedor?
Había tres cosas que odiaba hacer en casa: bajar la basura, recoger la ropa del tenderete y limpiar el retrete.
―Bueno, pues cordero descartado ―dije intentando desviar el tema de mis pésimas dotes como ama de casa.
―Claro, descartado… ¿Y unos canapés? Compramos un poquito de esto, de aquello y ya.
―Perfecto.
Perfecto iba a ser la segunda opción, dijera lo que dijera porque tenía claro que no me iba a pasar mi mañana de sábado discurriendo un menú.
En poco más de 35 minutos nos habíamos preparado y ya estábamos saliendo de casa con la lista de la compra en el bolsillo del pantalón de Joan.
―Pero antes un café, ¿no? ―dije nada más pisar la calle.
―Vale, pero rapidito.
Bueno, a ver, quien dice rapidito, dice hablemos un poco de la semana, de lo mucho que me gusta que te dejes la barba tan larga, de tomemos un caldo ahora que parece que hoy sí que hace frío, de qué majos son los camareros aquí que siempre nos sacan algo de picar, de oye pedimos otra cosa no vaya a ser que se nos haga tarde y pasemos hambre y no hay nada peor que ir a un súper con hambre, de paga tú que voy al baño, de ahora voy yo y espera tú, de pasemos un ratito por la tienda de vinilos que quiero ver si han traído lo último de Mr. BIG, de no lo han traído pero mira estos qué guapos de Blackberry Smoke, de si vas a seguir mirando discos me paso un momentín por la librería de segunda mano a echar un ojo, de vale pero rapidito.
Y quien dice rapidito, dice que a las 16:55 estábamos cogiendo un carrito a la entrada del súper.
Joan sacó la lista de su bolsillo del pantalón y comenzó a cantarla:
―Mayonesa, aceitunas, surimi, gambas congeladas, untables de paté y quesos, anchoas, salmón, panecillos…
―¡Mayonesa aquí! ¡Aquí, Joan, aquí la mayonesa! ¡Mayonesa!
Sí, esa histérica era yo, pero debo explicar que desde siempre me ha unido a la mayonesa un amor pasional tan irracional como sincero.
―Vale, pues tachamos mayonesa, y coge ese bote.
―No, este, Joan, el bote grande, el más grande que es Navidad ―Joan conocía mi idilio con la salsa así que prefirió no hacer ningún comentario.
―¡En dos minutos cerramos, señores! ¡Cerramos el establecimiento en dos minutos! ―Gritaba un corpulento hombre vestido de personal de seguridad―. ¡Diríjanse a las cajas, por favor! ¡Cerramos en dos minutos! ¡Abrimos mañana por la mañana!
Joan y yo nos miramos.
―¿Qué hacemos? ―preguntó.
―No sé.
―¿Volvemos mañana?
¿¿¿Mañana??? ¿¿¿Otra vez metida en un supermercado???
―No, no, creo, cariño, que nos da tiempo, ¡dividámonos la lista!
―¿Sí?
―¡Somos un equipo! ―Ahí, buena dosis de manipulación.
―Vale, ¡hagámoslo!, ¡dividamos la lista!, ¡equipo!
Y los dos salimos disparados. Uno para cada lado del supermercado. Qué decir que ninguno de los dos tenía ni idea de qué parte de la lista tenía que comprar.
Al juntarnos en la caja supe que aquello había sido un desastre, así que le dije que no se preocupara, que pagara, que yo me encargaba de meterlo todo en las bolsas.
Al llegar a casa se empeñó en hacer recuento.
―¿Recuento de qué? ―pregunté nerviosa.
―Venga, empecemos ―colocó las dos bolsas en la encimera y empezó a sacar uno por uno los productos―. ¡Mayonesa extra grande para mi niña! ―Y aplaudí como una idiota―. ¿Tampax? ―Volví a aplaudir, había que desviar el objetivo―. Compresas de noche… ―otro aplauso aunque con menos entusiasmo por la cara que se le estaba poniendo―. ¿Salva slips?, esto es una broma, ¿no, nena?
―¡Lo necesito!
―¡Sí, pero no para cenar!
―Los tíos sois unos egoístas…
―¿Egoísta? Pero… pero… pero… ¡Nena, que tenemos mayonesa, aceitunas, surimi y pan Bimbo! ¡Y menos mal porque lo he comprado yo!
Con los gritos, entró en la cocina nuestro gato Tomás con su parsimonia habitual y relamiéndose de que aquella bronca no la había provocado alguna de sus trastadas. Se sentó en el suelo y nos observó desde abajo.
―Joan, creo que no es para tanto, además…
―¡¿Además qué?!
No quería decirlo, pero estaba perdiendo a Joan…
―Mañana podemos volver…
Lo dije. Señor, llévame pronto.
―Sí, es verdad, lo siento… pues mañana volvemos.
―¡Fenomenal, amor! ―Y al salir de la cocina me tropecé con el gato― ¡Coño, Tomás, siempre en el medio, un día de estos te doy en adopción! ―El felino me miró desafiante con su cara de “aprende a gestionar tus emociones, humana, y yo que tú esta noche dormiría con los ojos abiertos…”.
Al día siguiente nos levantamos temprano, preparamos café en casa, Joan dijo que dejaría de fumar para el 2018 y que mi propósito de año nuevo sería morirme de un ictus cerebral. En poco más de 35 minutos nos habíamos preparado y ya estábamos saliendo de casa con la lista de la compra en el bolsillo del pantalón de Joan.
―Pero antes un café, ¿no? ―dije nada más pisar la calle.
―Vale, pero rapidito.
Bueno, a ver, quien dice rapidito, dice hablemos de lo poco que nos gusta enfadarnos, de lo divertido que fue ayer echar a correr en el supermercado sin rumbo fijo, de qué idiota eres, del pedazo equipo que hacemos, de no, no te estoy manipulando, de vale, hoy no me pido caldo pero un chocolate con churros sí que me entraría, de a mí también, de venga que nos da tiempo, de llegar al Chocolat del Barrio de las Letras y pedir dos chocolates, de regalarnos un chupito de Bayleis los camareros por ser Navidad, de qué barrio tan majo, de mudémonos aquí, de sí, claro, cuando nos toque la lotería con ese décimo que nunca quieres comprar, de pasemos por el Rastro un momentito para echar un ojo, de vale pero rapidito.
Y quien dice rapidito, dice que a las 15:45 estábamos mirando incrédulos la puerta cerrada del supermercado.
No dijimos nada de camino a casa. Al llegar, Joan se desplomó en el sofá. Tomás se subió sobre él y le lamió la frente, luego me miró desafiante con su cara de “él es bueno y tú no”.
Ya entrada la tarde intenté animar a Joan con un par de juegos de mesa y explicándole el menú de canapés minimalistas que se me había ocurrido, no coló pero cuando le llamó su familia les explicó a cada uno de ellos, con cierta fanfarronería, que este año íbamos a cenar al más puro estilo DiverXo, que ya les mandaría fotos. Parecía otro después de haber hablado con sus padres y la loca de su hermana.
A las 22:00 nos sentamos a cenar, y sin más lancé el móvil al sofá.
―Total, nadie me va a llamar.
Joan me miró con cierta preocupación.
―Tranquilo ―dije―, mi hermano me ha mandado un WhatsApp esta tarde deseándome una feliz noche.
―¿Cenaba con tu padre?
―Sí, cenaban los 5 juntos.
―¿Los 5?
―Sí, mi padre, mi hermano, su mujer y los dos bogavantes de tonelada y media cada uno.
Joan se rio a carcajadas y cogiendo el bote de mayonesa que estaba a un lado de la mesa, exclamó:
―¡No seas envidiosilla que tú estas navidades tienes el extra grande!
Me reí, lo agarré de las barbas y lo besé escondiendo, como siempre, mi amor infinito.