viernes, junio 24

Stop Glaucoma


Stop Glaucoma de Javier Avi

Hola, me llamo Elvira Rebollo y mi vida con glaucoma es una puta mierda.
Todos los testimonios de afectados, que corren por la red, son tan positivos y heroicos que hasta te apetece tener la enfermedad para poder participar de esos súper poderes anímicos que parece que te otorga el ir quedándote ciego.
No sé, a mí no me pasa, la ceguera lejos de aportarme algo provechoso, me está arruinando la vida. Además el glaucoma no solo reduce tu campo visual, sino que se come el contraste de colores, las tonalidades dejan de existir, el color crema lo inunda todo, es decir, es como si miraras a través del filtro Gingham o Valencia de Instagram. Hombre, hay que reconocer que es bastante cool mirarte al espejo y verte siempre tan de postureo sin el menor esfuerzo. El problema empieza cuando entras en espacios que barajan una misma gama de colores, en los que te resulta imposible determinar dónde acaba el suelo y comienza la pared, o si esa mesa está más o menos cerca de la otra que es del mismo color. Y no digamos lo que supone que uno de esos espacios sea tu lugar de trabajo.
Sí, me resulta muy difícil ser positiva y no, no me tomo esta enfermedad como una batalla a la que deba superar. Es simplemente una putada con la que me ha tocado vivir, convivir, un pésimo compañero de piso, nada más. Y sí, debo reconocer que las personas luchadoras (de cara a la galería) me dan alergia, y las personas que te dicen que debes ser luchadora me dan cagalera. Si tú quieres luchar, lucha y déjame en paz. Hasta el mismísimo centro de mi órgano sexual estoy de que me hablen del glaucoma como un reto, y normalmente te lo dice la gente que ve de puta madre… cuánto coach personal hay suelto y sin bozal.
Tengo glaucoma y ya es demasiada carga como para encima soportar la presión de una sociedad que entiende que la lucha es parte fundamental del juego, que quien no lucha es porque no ama la vida y qué equivocados están, precisamente la amamos tanto que vivirla de cualquier manera no nos vale. Así que lo siento, pero me niego a reconocer el glaucoma como un reto, un aprendizaje o un obstáculo que superar, el glaucoma es una enfermedad que hace de mi vida una puta mierda.


martes, octubre 6

Madrid

     
        Cielo de Madrid de Javier Avi

         Estoy profundamente enamorada de Madrid. Decir esto siendo de Bilbao es como ver a un diabético devorar un  tiramisú, lo entiendes, de hecho tú harías lo mismo, pero no se debe, no se debe y ya está.
        Pero sí, estoy hasta las ñañas. Me encanta por el sonido del metro al pararse en cada estación, es como un resoplido cansado. Me encanta preguntar a quien me acaban de presentar que de dónde es. Me encantan las tapas que te devuelven a casa cenada. Me encanta tirarme horas ante la infinita cartelera de teatro, nunca sé por cuál decantarme. Me encanta que los domingos siga siendo una ciudad y no un lugar de paseo. Me encanta que la lluvia sea motivo imperioso para cancelar cualquier tipo de plan. Me encanta ver a los hipsters y culturetas, por Malasaña o Lavapiés, con la firme convicción de ser especiales. Me encanta llevar sombrero, labios rojos, camisa de lunares y falda a rayas, y que nadie me mire. Me encanta que  "a 30-40 minutos” sea una distancia corta, y que esa anchura se mida por líneas de colores. Me encanta que mi buhardilla toque tu cielo. Me encanta que seas tan mía aun no siendo gato. Me encanta. Me encantas, tú, Madrid.

sábado, junio 6

Presentación Loca Novelife-2

Diseño cartel: Javier Avi


     Si hoy quieres evitar el calor madrileño, qué mejor que colarse en la presentación de "Loca Novelife-2", en el Bar-Librería "Vergüenza Ajena" a las 19:30, buen ambiente y sobre todo cervecitas frescas.
      ¡Allí nos vemos!

lunes, junio 1

LOCA NOVELIFE-2


LOCA NOVELIFE-2
Bueno, pues sí, ya está aquí, se ha hecho esperar pero "Loca Novelife-2" llegó.
Habrá que esperar un poquito más para verla en las librerías pero de momento os adelanto dos fechas de interés:

-2 de junio FERIA DEL LIBRO Madrid. Firma en la caseta nº 50, Librería Maidhisa de 18:00 a 19:30.
-6 de junio PRESENTACIÓN. En la librería "Vergüenza Ajena" (Madrid).

La portada e ilustraciones de su interior son del genio del lápiz: Javier Avi, que también andará mañana en la feria encantado de dibujaros algo si os acercáis.

Gracias y a disfrutar de las nuevas aventuras de la Loca.

miércoles, febrero 18

ConTacón Compañía

ConTacón Compañía de Javier Avi

Cuatro amigos, treintañeros, sentados en el salón de uno de ellos, de Elvira. Forman una pequeña compañía de teatro. Salón pequeño y abuhardillado, en el centro de una gran ciudad. Es de noche y el tráfico se oye fuera. El salón: un sofá y una mesita de café en el centro. Sobre la mesita dos cajas abiertas de pizza con alguna porción mordisqueada dentro. Una botella de vino, otra de agua, 6 botellines de cerveza, vasos y copas. Un escritorio al fondo a la derecha junto a dos grandes estanterías cargadas de libros y discos de vinillo. Al fondo a la izquierda una puerta cerrada. Los cuatro amigos son profesionales del teatro, pero deben dedicarse a trabajos complementarios para ganarse la vida. Luis: director teatral, sentado en una silla a la izquierda del sofá. Adán: actor, sentado en el sofá, en el lado más cercano a la silla de Luis. Elvira: dramaturga, sentada en el otro extremo del sofá. Ángela: escenógrafa, sentada en el suelo sobre un cojín. Todos tienen fotocopiado y encuadernado el último texto teatral de Elvira. En la primera página, en letra Wide Latin y a tamaño 80 se puede leer: “Olga en la azotea”.
Suena Let’s do it interpretada por Eartha Kitt mientras los cuatro parecen leer en silencio el texto. La iluminación es tenue. La música comienza a bajar el volumen hasta desaparecer y sube la luz.

ADÁN.― A ver, yo lo que veo aquí es que es una declaración de amor. Se supone que Marcos está viendo a Olga desde la ventana, ¿no?
ELVIRA.― Sí.
ADÁN.― Ya. (pausa) Entonces el monólogo se lo dice a ella.
LUIS.― ¿A Olga?
ELVIRA.― Bueno…
ADÁN.― Sí, claro, la ve allí arriba, desde su ventana y Marcos empieza a hablar. Un discurso interior que se toma como excusa para narrar la historia de los dos. Marcos es la voz de ambos.
LUIS.― Hombre, no. A ver… (pausa) yo lo que veo aquí, es que ya está muerta.
ELVIRA.― ¿Quién?
LUIS.― Olga.
ADÁN.― ¡¿Olga?!
ÁNGELA.― (Levantando la mano como pidiendo permiso para hablar) Perdón, Olga es la chica de la azotea, ¿verdad? (Adán lentamente cierra su cuadernillo y le enseña la primera página a Ángela, con el dedo subraya el título en letras enormes “Olga en la azotea”) Ah, vale… vale… o sea que sí que es, ¿no?
ELVIRA.― Ángela, cariño, ¿te preparo un café?
ÁNGELA.― Pues igual sí, el día de hoy en la tienda ha sido horroroso, ¿de dónde sacarán tanto dinero las adolescentes para gastar en ropa?
LUIS.― El dinero es lo de menos, lo preocupante de esas tiendas es la música.
ADÁN.― Dijo Ennio Morriconi.
Elvira se pone en pie, también Ángela precipitada.
ÁNGELA.― No, Elvi, ya me lo preparo yo (Ángela sale de escena por la puerta del fondo a la izquierda).
Elvira se vuelve a sentar pero sin dejar de mirar la puerta del fondo. Se oye un ruido fuerte en off.
ELVIRA.― ¡La otra puerta, Ángela, ése es el armario de las escobas!
ÁNGELA.― (off) ¡Gracias! (se escucha otro ruido. Todos en el salón permanecen atentos). ¡Estoy bien! (todos en el salón agachan a la vez la cabeza, vuelven al texto).
ADÁN.― Muerta, dices.
LUIS.―¿Olga? Sí. Eso está claro, yo es lo que veo aquí.
ADÁN.― Yo no lo veo.
LUIS.― Yo lo veo, sí. Vamos, es lo que veo yo.
ADÁN.― Ya. Yo no. No lo veo. Lo que yo veo es que la ve, la ve viva.
LUIS.― Viva no. Lo que yo veo es que lo que ve es su recuerdo. La Olga del pasado.
Elvira toma un trozo de pizza mordisqueada y lo come sin dejar de mirar a Luis y a Adán..
ADÁN.― ¿La Olga del pasado? ¿Su espíritu? Luis, por favor…
LUIS.― Es una alegoría del suicidio. Marcos se casca un monólogo de 70 minutos hablando de la muerte, de lo que fue, del dolor contenido y no del de Olga sino del del propio Marcos.
ADÁN.― (con los brazos en cruz) ¡Por favor, matadme! ¿Desde cuándo una tía caminando por una cornisa de una azotea es una alegoría del suicidio? ¡Eso se llama suicidio en estado puro!, ¡mariconadas las justas!
ELVIRA.― Bueno yo…
ADÁN.―¡Un suicidio que no necesita subtítulos! ¡Claro, transparente, material, orgánico! ¡Su-i-ci-dio!
LUIS.―¡Sui-ci-dio!
ADÁN.― Dijo María Moliner.
ELVIRA.― A ver…
LUIS.― Cría Cuervos, Carlos Saura. La madre muerta va recorriendo la casa, con ella el dolor y el sufrimiento de la hija que a su vez tiene un sentimiento intrínseco de muerte, muerte y asesinato.
ADÁN.― Entre fantasmas, Jennifer Love Hewitt.
Por la puerta del fondo asoma la cabeza Ángela.
ÁNGELA.― Elvi, ¿el azúcar?
ELVIRA.― En el armarito que está sobre la lavadora.
ÁNGELA.― Gracias. (Ángela se va cerrando la puerta, pero todos en el salón siguen mirándola. Se oye un fuerte ruido de cristal roto en off) ¿Elvi, la escoba está en el armario de las escobas?
ELVIRA.― ¡Sí!
ÁNGELA.― (off) ¡Gracias!
Todos en el salón permanecen atentos, se oyen ruidos de puertas abrirse y cerrarse pero sin percances. Agachan la cabeza a la vez, vuelven al texto.
LUIS.― Adán, voy a hacer cómo que no te he oído. (En voz baja) Así no se puede trabajar…
ADÁN.― Dijo José Luis Garci.
ELVIRA.― ¡Bueno basta! ¡No hay suicidio ni lo habrá! A ver, lo que yo veo… ¡No!, ¡lo que yo he escrito!, ¡he escrito yo! ¡yo! ¡Y-O!
LUIS.― Yo.
ELVIRA.―¡Ya! (pausa, más calmada). Olga es una chica que está en la azotea, no sabemos por qué, pero es una gran ciudad, puede ser Madrid, agosto, y hace un calor infernal, quizá intente buscar algo de brisa, pero las causas no nos interesan. Marcos la ve desde su ventana y fantasea con ella, la convierte en su personaje. Y él, a su vez, se transforma en narrador intradiegético omnisciente.
LUIS.― Eso es imposible, si el monólogo está en primera persona no puede ser omnisciente, a no ser que lo relate un muerto.
ADÁN.― Y dale con los muertos…
ELVIRA.― Pues en mi texto sí se puede.
LUIS.― Carece de verosimilitud.
ADÁN.― (Cantando y moviendo los brazos a modo de gogó) ¡Lars, Lars, Lars Von Trier, Lars Von Trier, Lars Von Trier, Trieeeeer!
Ángela entra por la puerta del fondo trayendo un café.
ELVIRA.― Es así y punto. Que para algo lo he escrito yo. (pausa) Vale, y ahora que estamos todos, ¿ideas para la puesta en escena?
ADÁN.― Posdramático.
LUIS.― Neorrealista.
ADÁN.― A ver, Rosellini, estamos en teatro, ¿sí?
ELVIRA.―¿Ángela?
ÁNGELA.― Uy, ¿yo?, no sé… Lo veo más como teatro naturalista. Escenografía realista. Salón de un chico joven soltero, desordenado y pelín sucio, en el centro-derecha. Y a la izquierda, la azotea. La iluminación se podría alternar. Claros y oscuros dependiendo del espacio que se quiera destacar.
ELVIRA.― Me gusta. ¿Y cómo harías la azotea?
ÁNGELA.― Habría que buscar un mecanismo para poner la superficie a otro nivel, una tarima quizá.
ELVIRA.― Sí, pero tengo miedo a que el público no reconozca que se trata de una azotea. (Adán lentamente cierra su cuadernillo y le enseña la primera página a Elvira, con el dedo subraya el título en letras enormes “Olga en la azotea”).
ÁNGELA.― O podríamos poner un cartelito colgado que dijera ‘azotea’.
ADÁN.― Qué mona ella, qué ilustrativa, sigue pensando, cari.
ELVIRA.― Me gusta la idea de Ángela, pero creo que el texto habla solo, sinceramente pienso que si colocamos a Marcos sentado en una silla, en un espacio oscuro y con un foco directo hacia él, podría funcionar.
ADÁN.― ¿Que el texto qué?
LUIS.― Hombre, Elvira, el monólogo está bien escrito, no digo que no pero…
ELVIRA.― Es un texto completo y redondo. No necesita adornos.
ADÁN.― ¿Yo soy un adorno? ¿Hola? (Brazos en cruz) ¡Por favor, matadme!
ELVIRA.― Adán, no he dicho eso, solamente que cuidemos el texto y no lo desmerezcamos.
ADÁN.― ¿Y un actor, una silla y un foco no es desmerecerlo? ¡Por favor, que alguien le diga a esta chica que hay vida más allá de Buero Vallejo! ¡Gracias!
ÁNGELA.― Elvira, ¿la ventana siempre ha estado ahí?
Elvira mira a Ángela y tarda en contestar.
ELVIRA.― ¿Te refieres a ‘siempre’ como a ‘desde la semana pasada’?
ÁNGELA.― Sí.
ELVIRA.― Sí, no la he movido. (pausa) ¿Necesitas otro café?
Ángela no contesta, sigue mirando la ventana del salón.
LUIS.― Elvira, no quiero ser borde, pero debes entender que tu trabajo en la compañía llega hasta aquí. Has escrito el texto y ya. El director soy yo. Quedamos en que mejor sólo una voz para dirigir. Así que si os parece bien, de la puesta en escena me encargo yo.
ELVIRA.― Pues…
ADÁN.― A mí me parece estupendo, dejemos a la de la ornamentación a un lado.
ELVIRA.― Pero…
LUIS.― Bien, pues en ese caso creo que lo más coherente es que dividamos el texto en 5 partes. La primera, Adán, la harás en proscenio, ¿vale? Rompemos la cuarta pared, te diriges al público. Tono neutro.
ADÁN.― ¿Neutro?
LUIS.― Neutro.
ELVIRA.― Aséptico.
ADÁN.― ¡Tú, calla!
ELVIRA.― Mala…
ADÁN.― ¡Te he oído!
LUIS.― Neutro, Adán, neutro.
ADÁN.― ¿Pero qué es neutro?
LUIS.― ¡Zas!, eso no es neutro. ¡Ras!, eso tampoco. Neutro es más “fusss, fussss”. ¿Oyes que la tonalidad cambia radicalmente? ¿Lo entiendes?
ADÁN.― “Fusss, fusss”, ya… creo que lo voy pillando. (Pausa larga) ¿Por qué no alguien trae más cerves de la cocina?, esto va para largo…
Ángela se levanta y sale por la puerta del fondo. Todos permanecen atentos. Se oye un fuerte ruido en off.
ELVIRA.― ¡La otra puerta, Ángela!, ¡ese es el armario de las escobas!
ÁNGELA.― (off) ¿Siempre ha estado este armario aquí?
ELVIRA.―¿Con ‘siempre’ te refieres a ‘hace 10 minutos’?
ÁNGELA.― (off) ¡Sí!
ELVIRA.― (Mira a Luis y Adán y les sonríe) Caballeros, la función ya ha comenzado.

Suena en bajo C’est si bon interpretada por Eartha Kitt.
Por la puerta del fondo aparece Ángela con las cervezas, las deja sobre la mesa y la música sube el volumen. El escenario poco a poco se funde en negro.
Ovación.


domingo, septiembre 28

Visita nocturna

Lectura de noche de Javier Avi

―¡Pero si no hay más café!
―¿Qué? ―pregunté levantando la cabeza del libro.
―Café, que no me has dejado ni una gota. Por cierto, ¿desde cuándo tienes esta mierda? ―preguntó esta vez dando golpecitos con su dedo índice a la máquina de café eléctrica.
―Pero, mamá, ¿qué haces aquí?
―Pues te lo estoy diciendo, mira que eres pesada, intentar tomarme un café, hija, no es tan difícil, ¡un café! Pero una cosa te voy a decir, donde esté el hecho en la italiana que se quite el de estas máquinas de porquería, que lo único que sacan es agua manchada. ¿Cuántos te tienes que tomar para espabilarte? ¡Una docena lo menos!
Me levanté de la mesa, saqué uno de los taburetes de debajo y lo coloqué frente a los armarios. Me subí a él y abrí el armarito más alto de la cocina. Todavía, teniéndome que poner de puntillas, alcancé la cafetera italiana.
―Aquí está ―dije.
―Bien, pero ten cuidado al bajar, no te vaya a pasar como a tu tía Angelines.
―¿Qué le pasó? ―pregunté dando un saltito al suelo.
―Que se dislocó el hombro.
―¿Se cayó de una silla?
―¿Eh? No, no. Siendo crías. Fuimos al río, quiso saltar desde el murillo, y saltó, vaya que si saltó pero el río no cubría mucho, y mira que nos lo advirtió tu abuelo: que lleva semana y media sin llover, pichines, cuidado. Pero nada, tu tía Angelines, que basta que le digas que saque el cascanueces para que se coma un melón.
―¿Cómo?
―¡Tu tía Angelines, que se rompió los dos tobillos!
―¿Pero no fue el hombro?
―No, no, eso fue otro día. ¡Tú no me escuchas!
―¡Pero mamá!
―¡Ni mamá, ni mamó! ¡Cuarenta veces te tengo que explicar las cosas, como a tu padre! ―Hubo un silencio incómodo y luego preguntó―: ¿Cómo está?
―¿Quién?
―Tu padre, ¿quién va a ser?
―La tía Angelines, por ejemplo. ―Me reí al ver su cara de poca paciencia―. Pues no sé, mamá, sé que sigue vivo y poco más.
―Hija… qué poca sangre tienes…
Llené la cafetera de agua y de café y la dejé sobre la vitro encendida. Me di la vuelta y vi a mi madre fisgoneándome los libros sobre la mesa.
―¿Estudiabas? ―preguntó.
―Sí, mirando alguna cosilla. Estoy escribiendo un artículo.
―¿Sobre?
―La locura y suicidio en la obra de Artaud.
―Vaya, siempre tan alegre, hija, siempre tan alegre.
―¿Cómo debería estar?
―¿Le has echado una pizquita de sal al café?
―No…
―Le da mucho sabor. Con una pizquita nada más, solo una pizquita, ¿eh? ―E hizo un gesto con los dedos como si echara esa sal al aire.
―Pues no, no se la he echado.
―A mí el que me gustaba era Jardiel Poncela. Y oye, también habla del suicidio pero de qué manera, te partes con sus obras, te partes. ¡Escribe sobre él!
―Ya…
La cafetera pitó y la retiré de la vitro.
―Tiene una muy buena, sobre la inmortalidad, ¿cómo se llama? Esa en la que toman una pócima y ya no se mueren, qué buena es esa, qué buena y qué divertida, mejor que el Artaud que estaba trastornado perdido. Un tarado. ―Silencio―. Elvira, ya sé que tienes ese carácter tan, no sé cómo, pero ya me entiendes... Habla con él.
―¿Una o dos de azúcar?
―Es tu padre.
―Que si una o dos de azúcar, mamá.
―Pues si tienes sacarina, sacarina. Ahora ya es una bobada, pero me acostumbré a ella. Venga, ¿te has enfadado?
―No me he enfadado, mamá.
―¡Ya, pero te quedas con esa cara que no sé! Hija, yo sólo quiero que no te sientas sola… ¿Sabes la obra de la que te hablo?
Cuatro corazones con freno y marcha atrás.
―¡Esa! ¡Esa es la que te digo! Sí, esa es… ¿Me entiendes?
―¿Y tú a mí, mamá? Déjame echarte de menos a mi manera. No me digas lo que tengo que hacer, no me lo pidas, por favor.
―Yo no te pido nada, sólo que estés bien, que no te sientas sola.
―No lo estoy ―le dije ofreciéndole el café ya preparado―, tengo a Joan, y tengo las noches.
―Yo no puedo venir siempre y debes dormir. Tienes que intentar dormir algo, hija.
―Se debió de ir él, no tú.
―No digas eso, no digas eso, cariño.
―Nena, ¿estás bien? ―me preguntó Joan entrando en la cocina y encontrándome de pie, frente a la vitro, aferrada a mi vaso de café―. Son casi las 5 de la mañana. Vamos, ven a la cama.
―Sí, ahora voy ―respondí sin darme la vuelta.
―¿Te has tomado el Noctamid?
―No.
―Nena ―dijo acercándose hasta abrazarme por detrás―, necesitas dormir.
―Sí, ya te he dicho que ahora voy.
Lo sentí alejarse y oí la puerta de la habitación cerrarse.
―Tienes mucha suerte de tenerlo ―dijo mi madre―, de que te quiera como te quiere, no es fácil encontrar a alguien que te quiera así, no es fácil, sé lo que digo...
―¿Vas a venir mañana?
―…
―¿Mamá, vas a venir mañana?
Me di la vuelta y mi madre ya no estaba allí. Dejé el vaso sobre el fregadero y me metí en la cama. Me apreté contra la espalda de Joan. Él me acarició el brazo que le pasaba sobre su pecho.
―¿Has terminado ya el artículo? ―me preguntó susurrando.
―No, voy a empezar de nuevo.
―¿Y eso?
―Porque quiero escribirlo sobre Jardiel Poncela.


domingo, julio 27

¿Normalidad teatral?



Creatividad cotidiana de Javier Avi

        La muerte de mi madre me ha llevado a entender, de manera clara, el tipo de vida que quiero llevar: normal. Sí, mi único objetivo es tener una vida normal. No estoy diciendo tranquila, no, quiero decir normal. Vamos, que cabría tener altibajos, pero que esos altibajos estuviesen en el baremo de acontecimientos potencialmente normales.
       —Yo así no puedo trabajar —dijo Pringao.
     Pringao es un tío de treintaypocos, moreno, bajito, con estudios en dirección e interpretación teatral y con un par de montajes a sus espaldas. Lo que no impide que se considere a sí mismo una perfecta mezcla entre Kubrick, Aronofsky, Scorsese, Ridley Scott, Tarantino y Lynch.
        —¿No?, ¿poca luz?, ¿enciendo la de arriba? —pregunté.
        —No, el texto lo leo perfectamente, lo que sucede es que es un poco molesto que, a cada rato, estés interrumpiendo, repito, así no puedo trabajar. Y llegado a este punto creo que lo mejor es que dirijas la obra. ¿Os gustaría que os dirigiera ella?
        Actor1 y Actor2, sentados en un sofá frente a él, con el texto en las rodillas, lo miraron y luego me miraron a mí y luego lo volvieron a mirar a él.
        —Yo… —dijo Actor1.
        —Bueno, yo… —dijo Actor2.
        —Sabes que no tengo experiencia en dirección —dije después de encender la luz de arriba porque la situación la quería ver bien clarita.
        —Ya, pero parece que conoces muy bien el texto —Pringao.
        —Es que lo he escrito yo.
        —Ya, pero yo soy el director y así no puedo trabajar.
        Me volví a levantar y apagué de nuevo la luz de arriba, allí no había mucho más que ver. Cuando me senté, les dije que dejaba el montaje, que les dejaba el texto, que lo respetaran, y que nos veríamos en el estreno. Me marché dispuesta a seguir siendo fiel a mi vida normal. Antes de llegar a casa, pasé por el Mercado de la Cebada y compré picotas, pero de las gordas, de las moradas. Cené una tortilla de pavo y, antes de meterme en la cama, llamé a mi amiga Saioa de Bilbao para que me contará cómo llevaba su segundo embarazo. Al día siguiente di clases en la universidad, fui al psicólogo y le hablé de mi madre, preparé las clases del día siguiente, tomé un par de cañas con Gael y su nuevo novio, eché de menos a Joan, hablé con mi hermano por teléfono, cené una tortilla de pavo y, antes de meterme en la cama, me llamó mi amiga Ana, de Segovia, para ver cómo estaba. Al día siguiente di clases en la universidad, fui al Mercado de la Cebada, volví a comprar más picotas, 200 gr de pavo y 150 gr de queso Cheddar en lonchas, me sonó el móvil y nerviosa hablé con Joan, me dijo que me echaba de menos, yo no le dije nada, me dijo que no quería agobiarme pero que había encontrado trabajo en Madrid y que se mudaba en dos semanas, yo no le dije nada, me dijo que se había enterado de lo de mi madre y que lo sentía mucho, y yo lloré. Al llegar a casa, preparé las clases del día siguiente, escribí un relato a mi madre, cené una tortilla de pavo y, antes de meterme a la cama, escribí un WhatsApp a Joan diciéndole que lo quería. Dos semanas después, di clases en la universidad, fui al psicólogo y le hablé de Joan, me tomé unas cañas con mi amiga Almudena, preparé las clases del día siguiente, cené verdura al horno con queso gratinado y salsa alioli, que había preparado Joan y, antes de meterme a la cama, me enseñó el cartel terminado para la obra de teatro, me encantó. Al día siguiente, hicimos el amor, di clases en la universidad, envié el cartel a Pringao, Actor1 y Actor2, dijeron que estaba bien pero que no era vistoso, me tomé unas cañas con Joan, Gael y su nuevo novio que se rieron al contárselo, preparé las clases del día siguiente y cené ensalada templada de merluza y gulas que había preparado Joan y, antes de meterme a la cama, pensé en mi madre. Una semana más tarde, di clases en la universidad, fui al psicólogo y le hablé del dolor, del de dentro, del que parece que nunca se irá, me tomé unas cañas con Ana que vino de Segovia, fui al teatro para ver los últimos ensayos y me encontré con una obra que no era mía.
        —Este no es mi texto —dije.
        Actor1 y Actor2 miraron al suelo.
        —Es que como dijiste que dejabas el montaje… —explicó Pringao.
        —Ya, y eso te daba derecho a hacer y deshacer lo que te diera la gana. ¿Sabes cuál es la diferencia entre dejar un montaje y ceder unos derechos de autor?
        Actor1 y Actor2 volvieron a mirar al suelo.
        —Tú te habías ido, y lo dejaste bien claro, ahora no puedes desdecirte —contestó mirando a los actores que seguían analizando el suelo.
        Lo miré y pensé que aquel tío era lo menos normal a lo que un ser humano podía parecerse, así que decidí salir corriendo no fuera a ser contagioso. Me tomé una tila en el bar de enfrente. Llamé a Joan, se lo conté y él no lo llamó A-normal sino otras muchas cosas, algunas tan gordas como las picotas moradas. Preparé las clases del día siguiente, cené espárragos trigueros con gambas salteadas que había preparado Joan y, antes de meterme a la cama, escribí un email a Pringao, Actor1 y Actor2, avisándoles de la ilegalidad de llevar esa obra, tal cual, a escena con mi nombre en cartel. Seis días después, di clases en la universidad, me tomé un café con la coordinadora para comentarme los cambios en el horario, hablé con mi hermano por teléfono, me dijo que él también soñaba mucho con mamá, preparé las clases del día siguiente y esperé a Joan y a un grupo de amigos en la puerta del teatro para ver el estreno. Vimos el estreno, comprobé que el texto se había respetado, aplaudí y di la enhorabuena a los actores, que esta vez miraban al frente. Cené con mis amigos unas tostas, nachos con queso y muchas cervezas, brindamos entre risas por el cartel tan poco vistoso y por lo huevos de Pringao. Y, antes de meterme a la cama, ajusté el despertador porque, con el nuevo horario, el día empezaría una hora antes, pero todo lo demás seguiría igual, normal.