27 ene 2021

Felicidad en tiempos de pandemia

 

Miss Carlyle & Miss Clarke. Autor desconocido

Seamos sinceros, no hay nada que represente mejor la felicidad que un profesor de vacaciones. Es decir, yo. Hoy, lunes, estaba oficialmente de vacaciones y las cosas no me podían ir mejor. Amaba mi trabajo y, ahora, amaba mis vacaciones.

Me había levantado a las 5.20 de la mañana y durante cuatro horas había escrito parte del primer capítulo de mi nueva novela que nadie querría publicar por lo que nadie nunca leería y, lejos de frustrarme, lo disfruté como cuando, de madrugada, te levantas para comer algo y ese momento se convierte en la más pura intimidad entre tú y la nevera. El pecado nunca requirió de público.

A media mañana, en la librería de mi barrio a la que visitaba una o dos veces por semana, me explicaron que todavía no había llegado el libro de Yan Lianke que había pedido tres días atrás, así que me llevé el Teatro Completo de Valle-Inclán, en un único tomo de kilo y medio. Lo que me recordó a mi amiga Ane de Bilbao, quien al entrar en un supermercado y no tener sándwich vegetal, se llevó un pollo.

En la calle, sujetando a mi ternerito encuadernado con ambas manos, sentí el móvil vibrar. Con dificultad leí el escueto mensaje de Almudena: “Estoy en el Café de Abril, vente, xfa.” Así que, Valle-Inclán, mi felicidad y yo pusimos rumbo a la cafetería a la que solíamos acudir.

—Hola, Abril —dije al entrar.

—Hola, tesoro, ¿un café con leche fría?

—Sí, pero fría, fría.

Al fondo, junto al ventanal vi a Almudena. La saludé desde la barra, ella me sonrió. Cogí el café y me acerqué a la mesa. Al sentarme, Almu se colocó la mascarilla mientras que yo me la quité para beber el café.

—No hay manera, la leche ardiendo —dije.

—Pues dile que te la ponga fría. —Amigas con grandes ideas—. ¿Qué tal estás?

Podría decirle que bien, muy bien, porque estaba de vacaciones, porque cada vez me resultaba más cómodo trabajar con jefes chinos, porque dedicaba mi tiempo a leer y a escribir, porque Joan después de 9 años juntos me seguía haciendo reír como nadie en este mundo, porque las arrugas me estaban empezando a salir en la comisura de los labios y con la mascarilla no se notaba nada de nada, y porque en mi banco siempre había dinero para comprarme buenos libros. Vale, es cierto que me estaba quedando ciega a pasos agigantados, pero era una simple minucia si lo comparábamos con el resto, ¿no?

—Bueno, pues mal, como todo el mundo, esto de la pandemia está siendo terrible… —opté por decir.

—Sí, verdad, es todo tan terrible, tan, tan, tan, no sé, así de mal siempre todo, no se acaba nunca, ¿no?

Sí, ella estaba igual de feliz que yo pero el pudor pandémico no le permitía expresarlo.

—Es así, interminable. Aunque claro, no todo es malo —apuntalé.

 —No, no, no, no todo es malo, no.

—Hay cosas buenas.

—Sí, sí, sí, sí, hay cosas buenas, sí.

—Bastante buenas.

—¡Buenísimas! —gritó.

Me reí tanto que los chicos de la mesa de atrás se dieron la vuelta y nos sonrieron.

Almudena me lo contó.

—¿Tinder? ¿Cómo te has metido en Tinder, golfa? —pregunté alucinada.

—De allí salió Markus. Yo también quiero un Markus en mi vida: joven, guapo y divertido.

—¡¿Y Carlos?!

—¿Carlos?

—Sí, tu novio, el coach. El de los consejitos y las listas. El pesado. El cargante. El inaguantable. El que caga unicornios de colores. Tu mierda-coach.

—Qué mala eres, Elvi.

—¿Yo? ¡Eres tú la del Tinder!

—Con Carlos todo sigue igual. Esto es solo un complemento. Todo suma.

Del nuevo año me esperaba muchas cosas, pero aquello nunca podría habérmelo imaginado. Almu y yo siempre habíamos encajado a la perfección precisamente por eso, porque nos complementábamos. Mientras que yo era la amiga amoral (por no decir inmoral) con pensamientos psicopáticos y sin filtro a la hora de tratar con la gente, Almu era la amiga de perfectos y pulidos valores éticos, además de una enorme empatía y una amabilidad y dulzura para con los demás que le hacían ganarse el título de “gente-bonita” a pulso.

—Se llama Álvaro —dijo y me enseñó sus fotos en la aplicación.

—¡Match, match, dale al match, Almu! ¡Strike, súper strike, doble estrella! ¡Triplete arcoíris, por dios! —grité arrancándole el móvil de las manos.

Y es que aquel Álvaro no merecía menos. No se trataba de un yogurín como Markus, tenía un aspecto de hombre maduro realmente atractivo. Cuando nos tranquilizamos y los chicos de atrás dejaron de aplaudirnos también entre risas, Almu me contó que tenía 47 años, estaba divorciado con un niño de 11, era cocinero en un restaurante de la Castellana, y que desde hacía tres semanas tenían una relación muy morbosa virtual: mensajes, audios y videollamadas subidas de tono.

—Elvi, mi vida ha cobrado luz. —Me decía bajito, como un secreto—. No te imaginas cuánta adrenalina me aporta esta tontería. Sé que no es una relación, es simplemente un juego. Es lo que es y ya. Pero, madre mía, Elvi, llevo el corazón a mil todo el santo día. Es como cuando estaba en el colegio y la profesora decía: “¡examen sorpresa!”, y sin darte cuenta te ponías histérica pero al mismo tiempo te daba la risa mirando a tu mejor amiga y, en ese momento, te dabas cuenta de lo intenso que era todo. Elvi, vuelvo a vivir con intensidad, no sabía que a mis 44 años podía volver a sentirme así, con tanta ilusión.

—Con tanta ilusión… —repetí ensimismada.

Nos pedimos otro café y hablamos, con deliciosa complicidad, hasta la hora de comer.

Al salir de la cafetería, nos encontramos con la madre de un amigo de Abel a la que Almu hacía, por lo menos, un par de años que no veía.

—¡Menuda sorpresa, Leonor, encontrarte en mi barrio! —exclamó Almudena.

—Sí, es que han reducido plantilla y a los demás nos han trasladado a este edificio —dijo y señaló el portal de enfrente—. Dime, ¿cómo estás? ¿Y Abel?

—Muy bien, ¡todo muy bien! Bueno, a ver —reculó—, bien, bien, tampoco.

—Claro, es que bien nadie está.

—Nadie, nadie.

—Es todo tan difícil, ¿verdad?

—Sí, sí, es difícil, es un momento…

—Terrible, es un momento terrible para todos.

—Sí, para todos, para todos —dijo Almudena sin poder evitar una inocente sonrisa.

 

23 ene 2021

Maniac

 

Fotograma de Flashdance de Adrian Lyne

Entré en casa de Bea. La puerta estaba abierta. Silencio absoluto. ¿Bea?, pregunté pasando al salón. La encontré en uno de los extremos del sofá hecha una pelota. No me miró.

—¿Has cerrado la puerta de la calle? —preguntó.

—Sí —respondí.

Me apoyé en el mueblecito de la tele. Me quité el abrigo y las manoplas que me había hecho una amiga de Bilbao. Las observé y con cariño las metí en el bolso.

—Son bonitas —dijo al darse cuenta de mi celo.

—Lo son.

Dejé al abrigo y el bolso en el suelo y esperé.

—Me ha dejado, Elvira. Markus se ha ido.

Respiré profundamente, el 2021 acababa de empezar pero ya se me estaba haciendo largo. Me atusé el flequillo y me masajeé las sienes. ¿Qué podía decir?

—Nana, nananá, nanananananá, mmmmm… In the real time world, no one sees her at all, they all says she’s crazy… nananá, nana, nanananananá, naaaaaaaa…

—¿Qué dices?

—Canto —respondí.

—Cantas. ¿Y qué cantas si se puede saber?

—… nananá, nana, mmmmm, nanananá, she’s a maniac, maniac on the floor!

Y plantándome en medio del salón hice una pirueta con los brazos en cruz. He de decir que en mi cabeza lo ejecuté mejor.

Bea y yo teníamos una peculiar forma de consolarnos, seguramente porque ninguna de las dos lo sabía hacer mejor. A principios de 2018, Bea me llamó para tomarnos unas cervezas. Hacía más de 6 años que no la veía, desde que se fue a Berlín a probar suerte en el teatro. Me hizo ilusión. Madrid es un intercambiador. Siempre obligada a despedirte de gente que nunca sabes si volverás a ver.

—Te veo bien —me dijo.

Ella estaba espectacular. Ceñida en unos vaqueros oscuros, con una camiseta blanca, una larguísima melena ondulada y unos labios rojos que marcaban su potente sonrisa. Era una bomba de energía.

—Sí, estoy bien —contesté un poco abrumada por su vitalidad.

—¿Tienes un orzuelo? —preguntó señalándome el ojo derecho.

—¿Eh?, oh, no, no, no, es así, a veces se me cae el párpado. Va a días —Sonreí—. Es que, el año pasado, me quedé ciega de este ojo y me lo han operado 3 veces. Es una enfermedad.

—Coño, qué movida, ¿no? No te queda mal, tienes un aire a Whitaker, al actor, ¿sabes? Pero tú en guapa, claro. Bueno, piensa que todavía tienes otro ojo.

—Sí, aunque también lo perderé, pero dentro de unos años. Es una enfermedad —repetí.

—¿Ciega? Joder con la puta enfermedad, para eso es mejor tener un cáncer terminal y morirte en unos meses, ¿no? Vamos, pienso yo, porque a mí me pasa lo que a ti y me pego un tiro.

—Sí, yo lo estoy sopesando…  ¿Y tú? —pregunté.

—¿Yo? Pues tengo los dos ojos intactos y además sigo follando como una perra, siempre se me dio bien.

Sonreí.

—Lo de tener pareja estable no va contigo, ¿no? —dije.

Dio un trago largo a su cerveza y después me miró.

—No, no va conmigo. —Sacó el móvil de su bolso y me mostró una fotografía. Salía con un chico recostada en un sofá. Eran pura sonrisa—. Es Pablo, mi chico, vivíamos juntos. Casi un año viviendo juntos. Se mató hace 6 meses en un accidente de moto.

Cogí mi cerveza y la sostuve entre las manos.

—Lo siento —dije—. La viuda y la ciega podría ser el título de una obra de teatro, ¿no?

Nos miramos y rompimos a reír como dos locas. Acabábamos de encajar de nuevo. Esa noche confirmamos que seguíamos concurriendo el mismo universo amoral que tanto nos había unido hacía 8 años.

—Bea, ¿sabes qué canción es? She’s maniac, maniaaaaac on-the-floor!

Beatriz levantó la cabeza.

—No he sido la mejor persona del mundo, pero creo que tampoco me he portado tan mal como para sentirme tan sola.

—Es la de Flashdance

—No quiero seguir viviendo, Elvi, no así. Ya no tengo ilusión por nada. Es como si me hubieran vaciado por dentro.

Me arrodillé en el suelo y acaricié la alfombra. Era de pelo gordo. Escondí los dedos de la mano derecha entre sus nudos. Parecían lombrices. Sonreí. Apoyé las nalgas en mis talones, como una japonesita. Me acaricié las rodillas y me di cuenta de que tenía manchado el pantalón. Es café, pensé.

—Elvira…

Podía tratar mis propios deseos de morir, lo hacía cada día, pero qué difícil era enfrentarse a los de alguien a quien quieres con locura.

—También me sé la de Street of Fire, ¿te la canto?

—Vale.

Lying in your bed and on a Saturday night, mmmmm, nana, nananá, na-na-na…

La vi sonreír y yo también lo hice.

1 ene 2021

Múnich, tenemos un problema

 

Brindis con distancia social, de Javier Avi

Mierda. Me acababa de quemar la lengua con el café. Siempre lo pido frío. Por favor, un café con leche fría, gracias. Y no hay día que el café no esté ardiendo.

—¿Entiendes? —me preguntó Darío.

Pestañeé rápidamente. Sí, dije. No sabía de qué me estaba hablando, me acababa de quemar la lengua, estaba abstraída.

—No tiene sentido —añadió.

No, contesté. Eran las 08.00. Darío parecía tener prisa por contarme algo, así que habíamos quedado para desayunar. Me toqué la punta de la lengua y con dos dedos me la estiré con la intención de vérmela.

—¿Qué haces?

Lo miré con la lengua fuera sujeta por mi dedo índice y pulgar. No dije nada. No podía. Esperó a que guardará la sin hueso y me secará la mano con una servilleta para preguntármelo:

—¿Hablarás con ella?

—¿Con quién?

—Elvira, joder… ¿Dónde has estado todo este tiempo mientras te lo contaba? —Resopló y dio vueltas a su taza de café vacía—. Escúchame, ¿vale?

Ese escúchame me sonaba. Me lo había dicho Joan hacía día y medio. Escúchame, no hemos comprado nada para Navidad, me dijo. Lo sé, le respondí. Entonces, ¿no nos vamos a comprar ningún regalo?, preguntó. Por supuesto que no, contesté, ¡rechazamos el consumismo!, ¡rechazamos esta sociedad capitalista!, no somos lo que tenemos, somos lo que somos. Ya, dijo él, somos-somos. Exacto: somos, puntualicé. Vale, y para mi cumpleaños ¿seguiremos siendo somos o te podré pedir una PS5?

—…Múnich porque él tiene un apartamento que se lo deja su tía. Y como Beatriz es incapaz…

—¿Qué?

—Que Beatriz es incapaz…

—No, antes.

—Que el apartamento es de su tía.

—No, antes.

—Múnich.

—¿Múnich? —¡Zas! de un manotazo me zafé de todos mis entrometidos pensamientos.

—Elvi, que Bea se muda a Múnich con Markus a finales de enero.

—¡¿Pero cómo no me lo has contado nada más llegar?!

Darío se echó hacía atrás frotándose la cara desesperado. Después, con infinita paciencia me lo volvió a explicar. Markus tenía una tía que se mudaba a Wiesbaden, así que le dejaba su apartamento de Múnich a cambio de que se lo cuidara y corriera con los gastos de suministros, ojalá Joan tuviera una tía así, ¿no?, aunque estoy encantada de ser somos-somos. Bien, sigamos: Markus le propuso a Beatriz marcharse juntos en cuanto la situación del Covid-19 les diera un respiro, ella aceptó y dos días más tarde llamó a Darío para contárselo.

Pegué un sorbito a mi café ya templado y respiré profundamente. Muchas cosas no me encajaban.

—¿Vas a hablar con ella? —preguntó.

—Es su decisión, Darío, poco le puedo decir.

—Elvira, no se puede ir, es su sentencia de muerte. ¿Múnich? ¿Qué hay en Múnich?

—Hombres con pantaloncitos cortos y tirantes, borrachos de Paulaner.

—Elvira, hablo en serio. No podemos dejar que se vaya, no está bien. Es incapaz de tomar decisiones en su estado. Berlín es teatro pero Múnich… ¿Múnich? Hay tres capitales del teatro: Buenos Aires, Nueva York y Berlín. ¡Punto! —Le pedí que se tranquilizara—. Entiéndeme, a mí me da igual, yo tengo una vida aquí con Eva, las clases de Expresión Corporal funcionan bien online, la gente ya no quiere salir. Estoy bien, estamos bien. Pero me preocupo por Beatriz. ¿La has visto últimamente? —Asentí—. No está bien. No parece ella. ¿Es que Markus no se da cuenta?, ¿no entiende que en cuanto Bea pongo un pie en una ciudad como esa se va a morir de pena? Múnich no es Berlín. No es Berlín. ¡Múnich no es Berlín!

—Sí, Darío, ya te he entendido, no es Berlín, no es Berlín, ¿y?

—Beatriz ama Alemania por el teatro y Múnich no es teatro, hay tres capitales del teatro: Buenos Aires…

Nueva York y Berlín. Buff, adoraba a Darío, pero podía ser repetitivo hasta la extenuación.

—…Beatriz no va a sobrevivir al invierno de Múnich y mucho menos en pandemia. Frío, oscuridad y alejada de lo que más le gusta. Markus la va a matar.

Para estar tan bien con Eva creo que su rechazo hacia Markus era cuanto menos significativo.

—¿No crees que estás exagerando un poquito? Markus es un tío encantador y muy divertido, no parece alemán. —Esperé a que se riera pero no lo hizo—. Está bien. Oye, mira, comparto tu opinión, Alemania no es el país más alegre de este mundo, es cierto, si no no tendríamos España llena de viejos alemanes jubilados disfrutando de sus últimos días. Los pobres vienen buscando un poquito de sol y caras sonrientes. No estoy diciendo que Alemania sea el país de La invasión de los ultracuerpos, pero todavía no entiendo cómo son capaces expresar emociones sin mover un ápice las cejas. —Conseguí hacer reír a Darío y le sonreí cómplice—. Markus es genial y, en serio, habrá sopesado mucho la situación para proponer a Bea, en su estado, mudarse a Múnich. Markus la quiere con locura.

—Y Beatriz, ¿lo quiere a él?

Esa reflexión me desmarcó. Sabía lo que sentía por Darío, me lo dejó claro la última vez que fui a verla, pero ¿y por Markus, qué sentía? ¿Y si aquello de mudarse a Múnich era solo una treta para darle celos a Darío? ¿Y si solo quería llamar su atención? Claro, sí, por eso a mí no me había comentado nada, porque sería mentira, qué tonta había sido. Únicamente pretendía agitar a Darío para que reaccionara, quizá Bea también se había dado cuenta de que algo no marchaba bien con Eva, si no ¿por qué tanta preocupación por su amiga?

No dije nada. Calmé a Darío y le prometí que hablaría con ella. Y así lo hice, pero para disimular una situación tan incómoda, le pedí a Almudena que me acompañara. Le conté la conversación con Darío y mi teoría sobre la estrategia de Bea, así que nosotras solamente íbamos a su casa a tomar café y a desenmascararla entre risas. Todo iba a ser muy, muy, muy divertido.

—Importante —dije a Almudena en el ascensor justo antes de llegar al piso de Beatriz—: nosotras no hemos hablado con Darío.

—Sí.

—¡No!

—Ay, que sí, que no hemos hablado. Nosotras no hemos hablado con Darío.

—Eso es. Nosotras no hemos hablado con Darío.

Todo estaba yendo sobre ruedas. El café estaba templado, Beatriz tenía bastante buen ánimo, se reía sin parar de las últimas trastadas que Almudena contaba de su hijo, y Markus acababa de anunciar que salía a correr. Nos íbamos a quedar solas y Bea podría hablarnos sin tapujos sobre su plan para reconquistar a Darío. Todo era perfecto.

—Me marcho a vivir a Múnich —dijo. Almudena y yo reaccionamos como dos suricatas observando el Kalahari—. Me lo propuso Markus, creo que es una buena idea. Nos vamos a finales de enero o en febrero, depende de la situación del coronavirus.

—Oh, oh, oh, Múnich, qué bien, Bea, ¿verdad, Elvi? Qué buena idea.

—Sí, sí, sí, Múnich, muy buena idea, sí, sí, porque Múnich tiene, tiene, tiene…

—¡Salchichas! —gritó Almu.

—Sí, salchichas de Múnich, ¡uy, qué ricas!

—Salchichas bávaras.

—¡Ay, Almu, me encantan las salchichas bávaras!

—Y a mí, rositas…

—Blanditas…

—¡Salchichas!

—¡¡Salchichas!!

—¿Qué mierda os pasa? —preguntó Bea.

—Nada —contesté.

—Nada, nada. Nosotras no hemos hablado con Darío.

Y con el ano contraído me pregunté por qué, de los 7 mil millones de habitantes en el mundo, había elegido a Almudena como mi persona favorita.

Beatriz cogió una manta del sofá se la colocó sobre los hombros y salió a la terraza. Un minuto más tarde volvió a entrar, se sentó frente a nosotras y comenzó a hablarme muy despacio.

—Sé, Elvira, que tienes una vida muy aburrida y de verdad que lo siento, pero eso no te da derecho a entrometerte en la mía.

—No es tan aburrida...

—Elvi lo hace porque está muy preocupada por ti. Sabemos por lo que has pasado y no terminamos de entender que quieras refugiarte en Múnich.

Ahí sí comprendí por qué Almudena era mi persona favorita. Me quedé mirándola embobada. Bonita, pensé.

—No voy a refugiarme. Huyo. Así de claro. Huyo de Madrid, de vosotras, de... Huyo de Darío. No tengo la capacidad de escuchar un no. Otro no. No puedo volverme a ilusionar con él. Se acabó. Desperté. Tiene su vida y yo la mía. Y nunca serán la misma. Markus me ha ofrecido un sí y lo he aceptado, es lo que necesito, alguien que organice mi vida en estos momentos, porque estoy agotada. La vida me ha superado. Me sigue superando. Markus me ofrece una nueva alternativa y necesito creer que eso va a cambiar algo las cosas. Anhelo el yo que era antes y quizá Múnich me lo devuelva, pero si no es así siempre podré echar la culpa a la ciudad, a un Múnich frío y despersonalizado, no a mí misma. Necesito un verdugo en la recámara para atreverme a tener esperanza.

No dijimos nada. Nada más se podía decir.

Tres días más tarde tenía la lengua dentro de un vaso de agua.

—¿Qué haces? —preguntó Darío.

—En esta cafetería no entienden el concepto de leche fría.

—¿Hablaste con ella?

Dejé a un lado el vaso de agua y apoyé toda la espalda en la silla.

—Sí, hablé con ella —dije. Hice una pausa apretando los labios y continué—: Se va porque está enamorada de Markus y lo quiere intentar.

—Lo sabía. Lo sabía pues, es verdad, es un buen tío. —Nos miramos un instante—. ¿Alguna vez has sentido que eres la persona que más boicotea tu propia vida? Que sabes lo que quieres pero, por alguna extraña razón, haces lo contrario. ¿Nunca has sido infiel a tus sentimientos o ideas conscientemente?

—¿Yo? Nunca. Soy completamente consecuente con lo que digo y hago. —Darío agachó la cabeza—. Por cierto, ¿después del café me puedes acompañar a hacer un recado? Tengo que ir a PcComponentes a reservar una PS5.


26 dic 2020

Cerebro fraternal

 

Emociones abstractas por Agnes Cecile

Esta pandemia no está siendo nada fácil, no nos vamos a engañar, pero lo que más duro me está resultando es fingir que echo de menos a la gente.

—Ay, Elvi, ni te imaginas las ganas que tengo de abrazarte —me decía alguien por teléfono.

—Sí, y yo, y yo, y yo…

Mi sistema límbico nunca había funcionado acorde a lo establecido.

—Cuando todo esto termine vamos a organizar una gran cena, ¡todos juntos, bien juntos! —me decía otro alguien por teléfono.

—Sí, sí, juntos, juntos…

No le daba demasiadas vueltas, había nacido sin la amígdala cerebral. La incapacidad absoluta de sentir empatía por alguien que aseguraba echarme de menos era cuanto menos curiosa.

Cuidado, por favor, no equivoquemos el mensaje: quiero a la gente, quiero mucho, muchísimo a la gente, pero no tengo ninguna necesidad de verla. Y la pandemia me brinda la oportunidad de relacionarme, aparentemente normal, con la sociedad. Y esta es para mí la tan codiciada normalidad de la que la gente no para de hablar.

Cuando me di cuenta de que hacía algo más de año y medio que no veía a mi hermano y de que ninguno de los dos lo acusábamos, entendí que mi malformación cerebral era una cuestión genética.

—¿Me has llamado? —dije por teléfono tras ver dos llamadas perdidas de mi hermano.

—Sí, esta mañana.

—¿Dos veces? ¿Me has llamados dos veces?

—Sí, te digo que he sido yo.

—¿Y eso? ¿Se ha muerto papá?

—No, no se ha muerto papá.

—¿Seguro? ¿No se ha muerto?

—No, no se ha muerto.

—Ya. Vale.

—Te llamé hace mes y medio y no me cogiste el teléfono así que…

—Ah, pensaste que la que se había muerto era yo.

—No, no he pensado eso.

—¿Por qué no? Podría estar muerta.

—Sí, podrías pero nos hubiera avisado Joan.

—Sí, es cierto. Ya. ¿Y todo bien?

—Sí, todo bien. ¿Tú?

—¿Yo?

—Sí, tú, ¿todo bien?

—Sí, todo bien.

—Vale, pues a ver si nos vemos pronto.

—Sí, a ver, pero con la pandemia es muy difícil.

—Sí, es muy difícil. Oye, y Feliz Navidad por si no hablamos la próxima semana.

—Ah, vale, sí, eso, Feliz Navidad.

Mi hermano era un pilar fundamental en mi vida. Saber que estaba vivo y saber que estaba bien era esencial para mí, pero no necesitaba nada más y, aunque nunca me lo hubiera dicho, intuía que era algo recíproco. Y con esto aclaro que mi hermano es solo un ejemplo del conglomerado social que configura mi vida. Desde hace casi un año estoy exultante de tener a todos mis seres queridos lejos. La pandemia había materializado las idílicas relaciones sociales con las que tanto había soñado durante toda mi existencia. Te quiero pero no te acerques.

—¡La vacuna ya está aquí! —gritó Joan desde el salón.

Salí de la cocina.

—¿A qué te refieres? —pregunté, Joan no apartaba la vista del televisor.

—A que en 6 meses más del 70% estaremos vacunados y todo volverá a ser como antes, volveremos a la normalidad.

—¿A qué normalidad…?

Sentí cómo la parte vacía de mi cerebro, la interna del lóbulo temporal medial, se agitaba con fuerza y solo me calmó figurarme a mi hermano en la misma situación.

9 dic 2020

La última lista

 

Jack y la muerte de María Rosario Pita Villares

Dreizehntausendzweihundertachtunddreißig —repitió Markus por tercera vez.

Elvira se volvió a desplomar sobre el sofá muerta de risa.

—Por favor, otra vez, otra vez, otra vez… —suplicaba.

Dreizehntausendzweihundertachtunddreißig —dijo por cuarta vez.

Beatriz entró en el salón con un vasito de café para su amiga. Lo dejó sobre la mesita y se sentó en el sillón frente a ellos. Los miraba sin entender muy bien de qué se reían. Quizá por sentirse desplazada o ausente, no lo sabía. Hacía casi dos meses que no veía a Elvira. Terminó la quimio en noviembre y todo parecía estar bien o eso era lo que le habían dicho. Lo cierto es que pocas ganas tenía de salir a la calle y hacer vida normal, la pandemia estaba siendo la excusa perfecta para no ver a nadie, presentía que las cosas no volverían a ser como antes. Algo se había roto dentro de ella.

—Ahora di: cuarenta y cinco mil setecientos cincuenta y cinco —dijo Elvira.

Fünfundvierzigtausendsiebenhundertfünfundfünfzig —tradujo obediente Markus.

Elvira esta vez se dejó caer boca arriba sobre el sofá, se ahogaba con su propia risa. Markus también se echó a reír.

—Vale, ahora di —dijo Elvira recobrando un poquito de aire—: ciento sesenta y nueve mil…

—No, ya está bien. Ya está bien, son números, son solo números —interrumpió Beatriz—, ya vale.

Elvira se incorporó en el sofá sin decir nada. Markus se levantó y le explicó a Beatriz, en alemán, que bajaba a hacer unas compras. En silencio las dos amigas oyeron la puerta de la calle cerrarse, estaban solas.

—¿Tiene azúcar? —preguntó Elvira levantando el café.

—¿Eh? Sí, tres cucharadas.

—Vale, gracias por la diabetes.

Aunque no quería, a Beatriz se le escapó la risa.

—Markus me ha hecho la pregunta, ¿sabes? —dijo Beatriz. Se levantó y se sentó en el sofá, junto a su amiga, aunque con un espacio en medio.

—¿Qué pregunta?

Beatrgggis, ¿qué somos?

—¡Ah, la pregunta! ¿Y?

—Bueno, no quiero entrar en conflictos ni en definiciones sentimentales, no quiero nada que me exija pensar demasiado, así que… bueno, él me explicó que consideraba que llevábamos tiempo suficiente para tener algo más serio y que bueno, que me quería y que bueno… que veía un futuro conmigo y entonces me habló de formalizar lo nuestro y yo le dije que vale.

—Vale.

—Vale.

—Ajá. Se te ve contenta. Muy contenta.

—Elvi…

—Bea, vamos, míralo por el lado positivo, ¡es un tío de 32 añitos que puede decir 100 consonantes seguidas sin ahogarse! ¡Vivan los cunnilingus alemanes!

Y las dos se empezaron a reír como adolescentes. Después Elvira sacó un papelito doblado del bolsillo del pantalón y dijo:

—Es más, con tu permiso me lo voy a anotar en mi lista: Cosas que hacer antes de morir.

—¿De verdad tienes una lista así?

—La idea me la diste tú en aquella fatídica videollamada.

De la mesita  cogió un lápiz y empezó a señalar el papelito mientras decía en voz alta:

—Cunnilingus con un alemán mientras me recita los números del uno al cien mil.

Beatriz se rio tanto que le pidió que le leyera la lista entera. Elvira al principio se negó, le explicó que era algo muy íntimo, pero después de un par de minutos empezó a leerla, parecía que lo estuviera deseando.

—Uno: viajar a Svalbard y ver un oso polar. Dos: quemar una tienda de vestidos de novia. Tres: pasar una noche con Jake Gyllenhaal para que me explique el final de Donnie Darko. Cuatro: celebrar con una fiesta loca la separación de Almudena y su mierda-coach. Cinco: recorrer todos los pueblos españoles en caravana con Joan durante un año. Seis: disolver laxante para caballos en la cerveza de Ernesto Garmendia. Siete: cunnilingus con un alemán mientras me recita los números del uno al cien mil. ¿Qué te parece?

Beatriz aplaudió y gritó que ella también quería una lista, así que Elvira fue a la cocina y rebuscó en el primer cajón de la encimera, sabía que su amiga siempre dejaba allí post-it y bolígrafos. Al regresar al salón le dio un boli negro y un papelito verde y mientras se bebía el café, ya frío, dejó a su amiga anotar sus últimas voluntades.

Después de un rato, Bea le avisó de que había terminado.

—De acuerdo, dime.

—¿Empiezo así sin más?

—Claro, mujer, ¿cómo quieres empezar? Venga, lee tu lista.

—Vale, pero son solo tres tonterías.

—Vale.

—Vale, ¿empiezo?

—¡Beatriz!

—De acuerdo, de acuerdo, vale. Uno: interpretar un papel protagonista en la Hebbel am Ufer. Lo forman tres salas de teatro alternativo de Berlín, ¿sabes? Pero, bah, es una tontería, es imposible, es… qué idiota soy...

—¡Oye! ¿Idiota? Te recuerdo que yo voy a pasar una noche con Jake Gyllenhaal. Sigue.

—Vale —y se retiró un cortito mechón de la frente—. Dos: visitarte en China y follarme a chino.

Y las dos amigas rompieron a reír como tontas. Beatriz se tapaba la cara con el papelito verde mientras que Elvira la señalaba entre carcajadas. Cuando se tranquilizaron, Beatriz retomó la lista.

—Y la última. Tres —cogió aire y lo mantuvo unos segundos antes de hablar—. Tres. Tres… Tres: casarme con Darío.

Elvira la miró sosteniendo una triste sonrisa. Quería abrazarla pero sabía que no podía. Se contuvo pero se le saltaron las lágrimas, quizá porque no reconocía en aquella mujer tan delgada, de pelito tan corto y tan insegura a su amiga. No reconocía a la amiga que tan solo ocho meses atrás estaba tan llena de vida. Ahora, a pesar de estar limpia, poco quedaba de ella.

—Bea…

 —Elvi…

—Te estoy abrazando.

—Lo sé. Lo sé…

Lloraron juntas, en silencio y a metro y medio de distancia.

Al llegar Markus, Elvira pensó que debía marcharse, así que se despidió de su amiga y le prometió llamarla al día siguiente. Markus la acompañó a la puerta y le regaló un breve siebenhundertvierunddreißig, Elvira sonrió y con un gracias entró en el ascensor.

De vuelta al salón Markus se sentó junto a Bea en el sofá y, al ir a retirar el vaso de café, encontró el papelito doblado de Elvira.

—¿Qué es esto? —preguntó mientras lo desdoblaba.

—Nada, nada, es la lista de… Venga, no lo leas, es muy íntimo, cosas de Elvira, no lo leas.

Pero ya era demasiado tarde y Markus empezó:

—Dos cajas de leche, ½ docena de huevos, tranchetes, pasta (dos de espaguetis y una de macarrones), atún… ¿En serio que para los españoles la lista de la compra es algo íntimo?

Beatriz empezó a reírse y a llamarse a sí misma idiota.

—A veces sí… —contestó.