viernes, diciembre 30

Ellos de Marte y ¿ellas de Venus?


Esperaba sentada en la barra del Artajo a Iker, un amigo de la universidad a quien hacía, lo menos, tres años que no veía. Me encantaba volver a Bilbao por Navidad y reencontrarme con viejas leyendas.
Lo vi entrar. Lo saludé con la caña en alto y haciendo una ridícula mueca con la boca. Riéndose levantó los brazos imitando mi mueca. Era nuestra pequeña contraseña desde que teníamos 20 años. Pero antes de que pudiéramos abrazarnos, un sonriente chico le cortó el paso.
—¡Hostias, Iker!
—¡Nacho! ¡Cabrón!
Se abrazaron golpeándose la espalda fuertemente.
—¡Joder, puto gordo! —exclamó Iker cacheándole la cintura.
—¡No me jodas, calvo de mierda!
—Se nos va cayendo todo, tío…
—¡Maricoooooón!
Y sin parar de reír, se volvieron a abrazar.
—Qué puta casualidad, tío, que ayer estuve con Ángel y nos preguntamos qué sería del picha floja de Nacho. Joder, tenemos que quedar los tres.
—¡Hostias Angelito!, que le cortaron los cojones nada más casarse y no le he vuelto a ver, tío.
—¡Otro puto calzonazos!, ¡que sois unos mierdas!
—A mí no me metas, ‘jo puta, que yo me casé, pero sigo vivo, ¡no me jodas!
—¡Cabrón!
—¡Putoooo!
Se dieron el tercer abrazo.
Y tras mencionarse a sus respectivas madres, abofetearse la cara, descojonarse y abrazarse por cuarta vez, se despidieron.
—Es que este tío es la polla —empezó a explicarme Iker después de besarme y hacerme un par de carantoñas—. Es de la cuadrilla de Lekeitio. Qué buena gente es. De verdad, Elvi, de esos pavos majos que pasan los años y andan igual. A ver si llamo a Ángel y es cierto que quedamos los tres, sería el descojono, es que son de puta madre... —Pidió una caña al camarero, luego me miró y  dijo con media sonrisa—: Y tú, enana, tan fea como siempre.
Me reí y lo miré con cariño infinito.

Tres días más tarde, entraba en el Bitoque de Albia, porque había quedado para comer con Lorena, la única amiga que me habían dejado mis clases de ballet.
La vi sentada en una de las mesas altas del fondo, estaba hablando con una chica, de unos treinta años, igual un poco más. Ella estaba de pie y la escuchaba con una sonrisa. Me acerqué y saludé.
—¡Elvirísima! —gritó Lorena exigiendo un abrazo con sus manos. Di la vuelta a la mesa y la abracé—. Mira, ésta es Ainara trabajábamos juntas en la BBK de Urquijo —Y mientras yo le daba dos besos, Lorena le explicó quién era yo y que nos conocíamos desde pequeñas.
—Oye, pues nada, chicas, entonces os dejo que comáis tranquilas —dijo Ainara cogiéndome del brazo, y de verdad, Lorena, que me ha encantado verte, sigues igual que siempre, estupenda.
—¡Estupenda tú, que cualquiera diría que acabas de tener un hijo!
—Que me quieres mucho, porque por lo demás…
—Pero mírate, si estás ideal, además me encanta la chaqueta, te sienta como un guante.
—Uy, pues la tengo hace más años… A ver si un día me acompañas de compras, que siempre has tenido mucho gusto. Es que, chica, tengo el armario desolado.
—Cuando quieras, pégame un toque. Y, oye, ni caso a los de la oficina, que vales mucho, todo lo que te digan, que te entre por un oído y te salga por el otro, ¡vamos, con la experiencia que tienes tú! ¡Ni caso!
—Gracias, cielo.
Se besaron y se despidieron con la promesa de llamarse sin falta.
—Madre mía, pobre mujer… —suspiró Lorena, mientras me sentaba en la mesa frente a ella—. Además de haberse puesto como una vaca después de parir, ahora resulta que la quieren echar, y mira, no me extraña, porque no he visto una tía más incompetente. De verdad, Elvi, era una cosa de sacarte de quicio. Pues que apechugue, porque como vaya a la calle, dime tú, con esa cara, dónde va a encontrar trabajo —Volvió a suspirar, esta vez cerrando los ojos. Cuando los abrió, me miró y, ladeando la cabeza, me dijo—: Me encanta tu camisa, te sienta como un guante.
Tragué saliva y la miré con temor infinito.

martes, diciembre 6

Reasignando roles

 Lioness and cub de Paul McKenzie
—Oye, ¿entonces cuándo vienes?
—No, ama, por eso te llamo que…
—Mierda de teléfono, es que no se oye nada, ¿hija?
—A ver, ama, que te digo que al final me quedo en Madrid porque…
—Nada, nada, que no se oye nada.
—¡Ama, cambia el auricular de oreja! ¡Con la izquierda!
—Sí, sí, ¡mierda, mierda!
No había nada más patético que dos sordas hablando por teléfono.
—¡No cuelgues, cariño! ¡No cuelgues que te cojo en el de la cocina, que el inalámbrico es un asco! Qué asco, de verdad, de verd —Clic.
Mientras esperaba a que volviera a coger el teléfono me recosté en el sofá. Cuando escuché su voz de nuevo, intenté explicarle  por cuarta vez que el fin de semana no iría a Bilbao, porque me habían surgido planes con Min y Gael. La verdad era que no tenía ánimo suficiente para pasarme 5 horas en un autobús ni 48 en casa de mis padres.
—¿Que qué?, ay, espera, que anda Elsa con la aspiradora y… ¡Elsa, apague eso!, ¡apáguelo!, que tengo a la tolola al teléfono y para una vez que llama pues… A ver, dime.
Tolola. Yo era la tolola. Hola, Elvira Rebollo, escritora y tolola. Inspiré profundamente, tan profundamente que hasta creí meterme para dentro. Después, apretándome la boca con el puño, solté el aire por la nariz lentamente.
—Mamá, que te decía que me quedo en Madrid —Hice una pausa, mientras cavilaba la venganza—. Porque el psicoanalista me ha aconsejado no ir. Dice que estoy avanzando mucho y que tú, ahora mismo, no serías una buena influencia para mí.
Se hizo el silencio. Y es que mi madre es incapaz  de llevar la contraria a los curas, los profesores y los médicos.
—Bueno… oye, pues no sé, si te lo ha dicho, ¿verdad?, habrá que hacerle caso porque… Pero, oye, este señor estará colegiado, ¿no? —Se me escapó la risa—. ¡Serás mala! Ya me extrañaba a mí, ¡qué sinvergüenza eres! ¡Pocas madres como yo, muy pocas! Pero claro, me odias tanto que a saber las barbaridades que le habrás contado sobre mí, aunque si es un buen profesional se habrá dado cuenta de que detrás de ti está el trabajo de una madre coraje. Que si no llega a ser por mí, Dios mío, no terminas ni el colegio…
—Ama, no empieces, además no te odio.
—Sí, sí, sí me odias, claro que me odias, que me pones a parir en tu blog, pero mira, una cosa te voy a decir, prefiero que me pongas a parir, que no como a tu padre ¡que ni lo nombras!
Me reí. Qué tía, imagino que de ella habría heredado la falta absoluta de empatía.
—Bueno, entonces, no vienes porque no te da la gana, ¿no?
—Más o menos —contesté.
—Bien, pues hablando en serio, ¿qué dice tú psicoanalista?
—Nada, no habla.
—Ya. No será judío, ¿no?
—No, es gallego.
—¿Gallego judío?
—¡No, mamá!, ¡gallego-gallego!
—Cómo te pones, hija, de verdad, no se te puede decir nada. Es que los judíos son muy peseteros y, con tal de seguir cobrando, es capaz de alargar la terapia. Una cosa te voy a decir, la crisis de este país ya sabes por qué es, ¿no? Porque echaron a los judíos —Cerré los ojos y resoplé—. Escúchame, tú ahora llenas el país de judíos y la economía se levanta echando virutas. Estos son de ojo por ojo, euro por euro. Están todos forrados, dime, ¿tú conoces algún judío pobre?
—Y yo qué sé, mamá, el único judío que conozco en este país es Jon Juaristi.
Las carcajadas de mi madre me hicieron sonreír.
—Ay, la cosa es —empezó diciendo retomando el aire— que aunque tu psicoanalista no hable, en algo te estará ayudando, porque yo te veo mucho mejor que el año pasado, madre mía, ¡ni punto de comparación!
—Sí, no sé, es todo muy largo y…
—¡Ya estás, ya estás, la inmediatez!, ¡como tu padre, el aquí y ahora! Hay cosas que necesitan su tiempo. De todas formas, si quieres mi opinión, creo que lo tuyo es un clarísimo complejo de Electra, por lo de tu padre, el estar pero no, ya me entiendes.
—Ama, todas mis parejas han sido más jóvenes que yo.
—Ya, bueno, pues entonces debe ser algo de complejo de Micro.
Estallé en una carcajada. Conocía a esta mujer hacía más de 30 años y seguía sorprendiéndome con sus ocurrencias. Cuando conseguí estar un poco más seria le conté que lo había dejado con Rafa, y que sin más.
—Claro que sin más, muy bien. Si no estabas a gusto, es lo mejor que has podido hacer. Porque una cosa te voy a decir —cuánto odio esa frase suya—: yo antes pensaba que eras muy golfa.
—¡Mamá!
—Hija, es que compréndeme, que si uno, que si el otro, ahora el alemán, el gabacho, que vengo, que voy con el calvo, que te vas a Pakistán, que no, que el americano, el Pedro ¡por favor! Pero, mira, ahora te envidio, porque he cambiado aunque no te lo creas —Sí, claro que me lo creía—. He cambiado mucho, mucho, mucho, muchísimo, y ahora te miro y me pregunto por qué coño me tuve que quedar yo con el primero —Me reí, ella hizo una pausa y con tono serio continuó diciendo—: No quiero que te sientas sola, es solo un tiempo, aparca tu inmediatez dichosa y relájate. No me cabe ninguna duda que sabes lo que quieres y, a diferencia de tu madre, lucharás por conseguirlo.
Se me cayeron las lágrimas, y fingiendo prisa colgué el teléfono, con la enorme culpa de no saber decirle lo mucho que la quiero. 

martes, noviembre 22

Distorsión

 Sin título de Ana María Pérez

―Cari, de verdad, qué coñazo eres. Mira, qué solete tan rico hace, ¿eh? Noviembre y este solete, aquí sentaditos los dos, terracita, Plaza Dos de Mayo, cervecitas… Ay, si es que Madrid cuando quiere da…
―Odio el sol… ―respondo a Gael, secándome las lágrimas con un kleenex.
―Joder, menos mal que Dios, sabiendo que le salía marica, me dio paciencia.
Lo miro escondiendo la risa en el pañuelo. Porque cuando estoy triste me gusta estarlo 24 horas al día, con sus 1.440 minutos y sus 86.400 segundos. Firme en mi desidia, sin tregua, angustiada hasta la médula, no hay lugar para las risas. Pero Gael se da cuenta y me achucha con fuerza, mientras repite una y otra vez que doy mucha guerra. Después, acunada en sus brazos, le oigo criticar a Rafa, alabar mi nuevo corte de pelo, menospreciar el gusto de todos aquellos que han criticado mi novela, piropear mi risa y lamentarse de no ser hetero para poder disfrutar, en ese momento, del roce de mis tetazas en su pecho.
Reconfortada como una niña que acaba de creerse la falsa realidad dibujada, me termino la cerveza y le digo a Gael que entro al bar a pedir otras dos y, de paso, a mear. Cuando salgo con los dos botellines en la mano, veo a Gael hablando con una pareja. Me acerco, saludo, dejo las cervezas en la mesa y me presento. Ella, Marta, es hermana de Ramón, el ex de Gael. Él, Quique, es el recién marido de Marta. Nos sentamos los cuatro.
―Y ¿a qué te dedicas? ―me pregunta Marta.
―Soy profe.
―Anda, qué chulo, ¿de niños?
―Sí, niños de 22 añitos ―respondo con rabia contenida. Y es que el que midiera un metro y medio y pesara 45 kilos, no significaba que mis pupilos tuvieran que ser pitufos.
Gael entra en el bar para pedir sus consumiciones. Marta aprovecha y me pregunta por él, por cómo lo veía tras la separación de Ramón. Le contesto que muy bien, que es un tío optimista y que se pone el mundo por montera. Me pide que lo cuide, porque en el fondo se trata de una persona muy sensible y un poco débil. Bebo para evitar mirarla con asco. Llega Gael con un té para ella y una Cocacola para él. Amargados.
―Gracias, guapo. Le estaba contando a Elvira lo de la empresa de catering que hemos montado Quique y yo.
¿Ah, sí?, ¿me estabas hablando de eso?
―Es un lujo trabajar desde casa. Por la mañana recogemos pedidos, y a eso de mediodía nos ponemos en marcha con la cocina, y a las siete salimos con la furgo a servir las cenas.
―Suena bien eso de estar juntos todo el… santo día ―digo. Gael carraspea.
―Un lujo, ya te digo, un lujo. Bueno, es que Quique y yo es como si fuéramos una sola persona. Pensamos lo mismo. La idea fue de él, y es verdad que yo le di forma, pero estamos de acuerdo en todo, es muy fuerte, pero es verdad.
Quique la mira y con una sonrisa le toca el pelo con cariño.
Como un acto reflejo me toco el mío, parece estropajo.
Joder, y yo me pregunto qué es lo que hago mal. Mi último novio había pretendido durante un año convencerme de que era retrasada mental, estaba paranoica, además de ser una verdadera putonga.
―Oye, ¿sabéis lo que podemos hacer? ―dice después de haber pegado un sorbito a su té―. Organizar una cena en nuestra casa. Y así podéis criticar nuestras dotes culinarias. Elvi, puedes traer a tu chico.
―Elvira ―corrijo. Siempre he odiado que desconocidos abreviaran mi nombre con obscena confianza. Gael carraspea de nuevo―. No tengo chico, vamos, que lo acabamos de dejar, sin más.
―Ostras..., bueno, sin más no, claro, tienes que estar pasándolo mal. Digo yo que será duro, muy duro ―afirma ella ¿empatizando?―.  Es que es una edad complicada. Los treintañeros es lo que tenemos, que encuentras a esa persona que se identifica con tus proyectos de vida o… vamos, estás condenado a pasar  por un indefinido tiempo de soledad que asusta, ¿no?
―¿Qué…? ―digo mordiéndome los carrillos por dentro, porque estoy a punto de llorar. Me coloco el bolso sobre mi regazo y lo aprieto.
―¡Hostia, Marta!, ¡qué dramática eres! ―exclama Quique dándole un cachete en el muslo, ella se ríe. Después me mira y dice―. Tranquila, Elvira, es difícil que alguien pase por alto esa sonrisa tan guapa que tienes.
Los había juzgado mal. Pensaba que ella era la típica pedorra y él el típico calzonazos. Pero no. Son reales. Ella segura de sí misma, con energía para iluminar la peor de las tinieblas. Él sensible cocinero, creativo y enamorado. Se llevan bien. Funcionan a la perfección como equipo, y seguro que en la cama saltan chispas.
Con enorme esfuerzo sonrío a Quique y le agradezco su comentario.


Dos semanas más tarde, al fondo de un bar de Lavapiés, me seco las lágrimas con un kleenex mientras le digo a Gael que odio la lluvia. Él se ríe y me achucha. Mira al frente y me suelta de golpe. Con nerviosismo me espeta que nos larguemos. Se levanta, recoge sus cosas y deja sobre la mesa un billete de 5 euros.
―¿Qué pasa…? ―pregunto imitando su susurrante tono de voz.
―Nada, que nos vamos, ¡corre…!
Gael me tira de la manga del abrigo para que salga por la puerta lateral,  no por la principal. Eso hace fijarme en las mesas de delante, y es cuando también lo veo. Quique se la está comiendo a besos. No es Marta. Miro a Gael. Éste abre la puerta y salimos sin decir nada. Aprieto los labios para no sonreír, porque me asusta comprobar cómo el mal ajeno resulta, en este momento, tan placentero.

domingo, noviembre 20

Cría cuervos

La niña y los cuervos de Luz María Santecchia

La chica del fondo de la barra tiene 27 años. Menuda. Pelo a lo garçon. Pantalones grises pitillos, camiseta de los Ramones, y, a pesar de ser febrero en Madrid, lleva unas finas bailarinas granates sin calcetines. Mientras pega un trago a su segunda cerveza, garabatea en un pequeño cuaderno.
Un hombre de 55 años entra en el bar. Delgado. Abrigo marrón tres cuartos y gorro de lana negro. Camina hacia el fondo de la barra.
―¿Mónica Verdejo Real?
La chica levanta la vista de su cuaderno. El hombre se apoya en el taburete de al lado y extiende su mano.
―Federico Vildósola, asesino a sueldo, he venido a matarte.
―¿Quieres tomarte algo?
―Antes, estas cosas te hacían gracia.
―Pues ya no, tengo casi treinta años, papá.
El hombre pide un café a la camarera, y se quita el gorro.
―Papá, verás, necesito dinero.
―¿Y el trabajo aquel?
―El jefe era un cretino y sabes que lo mío no es ser dependienta, soy diseñadora.
―Hemos hablado de eso y… Oh, gracias ―dice a la camarera que deja el café frente a él―. Puedo pagarte los estudios. En Barcelona hay muy buenas escuelas de diseño, pero me parece una locura invertir en crear tu propia colección de moda, no tienes experiencia de nada, no has…
―¡Nunca confías en mí!
―Cariño, escúchame, te veo muy poco centrada. Empezaste derecho y lo dejaste, después periodismo y que tampoco, después que arte dramático en Londres, nada, en menos de dos años estabas de vuelta. No sé, de verdad, no sé si fue el divorcio con tu madre o qué, pero…
―¡A ver, papá, no soy una niña! ―Se frota la cara con las manos y continúa más calmada―. No es fácil ser la hija perfecta, ¿sabes?
―Mi vida, no quiero que seas perfecta, sólo que estudies algo y aproveches tu talento. Eres lo único que tengo en esta vida y no quiero ver cómo malgastas tu tiempo. Luego, cuando me muera, puedes hacer con tu vida lo que quieras.
―¿Me vas a dar ese dinero o no?
El hombre bebe un trago de café, se limpia la mancha del labio superior con el inferior y, tras una pausa, le pregunta cuánto necesita.
―Seis mil.
El hombre la mira y cruza los brazos.
―En septiembre te ingresé dos mil quinientos para un supuesto curso de diseño que nunca has empezado. En diciembre otros tantos mil, porque tu compañera de piso se había ido y tenías que hacerte cargo de pagar su parte. Así que dime para qué quieres tanto dinero ahora.
―Para un seminario de nuevas tendencias en la Universidad de Nueva York. Dos semanas en mayo. Acaban de abrir la matrícula. Es importante. Confía en mí, papá, por favor, por favor…
―Mañana haré la transferencia ―dice el hombre suspirando mientras se levanta―. Con tantos disgustos, me vas a matar, hija mía…
La abraza y sale del bar.

La chica sentada en la mesa junto a la ventana tiene 27 años. Pantalones pitillos verdes, camiseta Custo y, a pesar de ser marzo en Madrid, lleva unas bambas azules. Pega un trago a su primera cerveza mirando al frente.
Un hombre de 33 años entra en el bar. Corpulento. Chaqueta negra de cuero. Camina hacia la mesa junto a la ventana. La chica de 27 años lo mira. Saca de su bolso un sobre y se lo da.
―Ahí van once mil. El resto te lo daré dentro de dos semanas. Sabes lo que tienes que decir, ¿verdad?
―Sí.
Se guarda el sobre bajo la chaqueta y sale del bar.

Un hombre de 55 años entra en el portal 112 de la calle madrileña Arturo Soria. Delgado. Abrigo marrón tres cuartos y con un gorro de lana negro en la mano. Abre el buzón, coge las tres cartas del banco y lo cierra. Camina hacia el ascensor.
El hombre que lo mira desde las escaleras tiene 33 años. Corpulento. Chaqueta negra de cuero. Camina hacia él con la mano bajo su chaqueta.
―¿Alonso Verdejo?
―Sí.
―Soy Federico Vildósola.
 

viernes, noviembre 11

Con dos narices

 Retrato de Dora Maar de Pablo Picasso

Me enamoró su presencia. Bueno, no, quizá fue su dulzura o su manera de retirarse la melena hacia un solo lado. La cuestión es que Virginia me cautivó desde el primer momento. Después de informarme sobre los cursos, me preguntó cuál era exactamente mi interés en el mundo del vino.
―Esa angustia, ¿sabes? ―decía, 20 minutos antes, a mi psicoanalista―, es la que me hace preguntarme qué va a ser de mí si vivo más de los 40 años. Sorda, depresiva, artrítica. Tengo que morirme antes, Óscar, tengo que morirme antes…
―Creo que es una reflexión interesante, Elvira. Te propongo que la retomemos en nuestra próxima sesión, porque hoy se nos terminó el tiempo.
Y con una patada en el culo me mandó para mi casa. Y es que, lo de desmenuzar tus miserias en 60 minutos, te recordaba a cuando eras pequeña y tu madre venía la primera a buscarte a una fiesta de cumpleaños, sabías que te ibas a perder lo mejor. Volvías a casa cabizbaja con esa frustración punzante.
Casualidad, aquel día levanté la cabeza y me topé con la escuela de Cata de Vinos.
―No lo sé ―contesté tímidamente  a Virginia―. Quizá su lado sensorial, o que estoy tan perdida que no sé a qué agarrarme.
―Bueno, dicen que beber es bueno para olvidar ―dijo arqueando las cejas.
Me reí.

―¿Un curso de Sumiller? ¿Sumiller profesional? ―preguntó Rafa sorprendido mientras meaba.
―¡Sí! ―contesté desde su cocina, preparaba pasta―. Sumiller Internacional.
Rafa entró en la cocina subiéndose la bragueta, y se lavó las manos en la fregadera. ¿Por qué no lo hacía en el baño? Odiaba eso de él. ¡Guarro!
―¿Internacional? ―volvió a preguntar mientras se las secaba con un trapo―. Elvi, eso es la polla, ¿tú sabes lo que vas a tener que estudiar? Esos tíos tienen una memoria de elefante. Estamos hablando de todos los vinos del mundo, denominación de origen, bodegas, añadas, esencias… Pff, no eres capaz de eso.
―¿Cómo…?
―Chiquitina, vamos, no pongas esa cara. A ver ―Me cogió por la cintura con ambas manos y ladeó la cabeza―. Inteligente, lo que se dice inteligente, no eres. Digamos que apañada. Porque las cosas como son ―Me soltó y bajó la potencia de la vitro―. Eres una tía que sabe sacarse todo el provecho. Ahí estás con tus cuentitos y tu librito publicado, vamos, tus cositas.
¿Mis cositas? Me llevé una mano al cuello y con la otra me apreté la tripa.
―A veces pienso ―continuó―, que si fueras tan inteligente como tu hermano Gerardo, no sé hasta dónde habrías llegado.
Dije que ahora volvía. Fui al baño. Cerré con pestillo. Me apoyé en el lavabo y, tapándome la boca con ambas manos, lloré hasta agotarme. Me lavé la cara. Me miré al espejo y conté hasta cincuenta. Salí.
―¿Qué has estado haciendo ahí dentro?
Cogí la chaqueta, le di un beso en la mejilla y le dije que me iba, que no me encontraba bien.
Desde la puerta, mientras me veía subir las escaleras, me preguntó si estaba molesta por lo que me había dicho.
―No ―dije―, es solo que tengo mal las tripas, ya sabes…
―Jo, chiquitina, vete al médico, porque te pasas el día con cagalera.
―Sí, me paso el día cagando… ―Y mordiéndome los labios por dentro, seguí subiendo las escaleras.
Al día siguiente volví a la escuela y se lo conté a Virginia. No lo de Rafa, pero sí mis inseguridades sobre mi capacidad, y que quizá el curso me quedaba grande. Virginia, sentada en un alto taburete tras una mesa blanca, me escuchaba con verdadera pasión, frunciendo el ceño y asintiendo cada palabra que decía. Cuando terminé, estiró la cara y me sonrió. Me pidió que la esperara un minuto. Al de un rato regresó con una caja. La dejó sobre la mesa y me instó a que la abriera. Tuvo que insistir dos veces, porque yo estaba paralizada, no sabía a dónde quería llegar. Miré la caja. Era de madera. En realidad era como un pequeño armario de dos puertas. Lo abrí, tirando de los dos pequeñitos pomos, y por un momento me imaginé que volvería a ver los vestidos de mi Nancy. Pero me encontré decenas de diminutos frascos de cristal, con tapón negro, y con un amarillento líquido dentro. Levanté la cabeza y miré a Virginia con cierta fascinación.
―Ahí tienes 54 esencias de vino. Capturadas, guardadas y clasificadas para educar tu olfato. Quiero que te las lleves a casa y las memorices. En cuatro días te examinaré de memoria olfativa. 5 esencias, solo puedes cometer dos errores. ¿Aceptas el reto?
No sé, me parecía demasiado fácil. La sordera me había otorgado de un olfato fuera de lo común, parecía la mujer biónica. No podía dormir cerca de materiales de cuero: bolsos, zapatos, chaquetas; ni de papeles de plásticos o por supuesto productos de limpieza. Incluso antes de comprar un libro, me lo llevaba a la nariz y si consideraba que el olor de su hojas era demasiado fuerte, pedía otra edición. Y no era una cuestión de manías, si no que la intensidad del olor llegaba a ahogarme. Así que memorizar 54 aromas y asignarles un nombre no me parecía una acrobacia plausible.
―Mi temor es otro, Virginia. Los nombres, años, bodegas... No la nariz.
Se retiró el pelo hacia un lado con una feminidad inalcanzable, y me pidió que cogiera un frasquito al azar y leyera su etiqueta. Tomé el cuarto de la octava fila.
―Higo, 60-J-14B.
―Todas las esencias tienen un código de 6 caracteres, cifras y letras, a veces separados por guiones, otras veces no. Estos códigos también debes memorizarlos y el lugar exacto de sus guiones, si los tienen, claro.
―¡Imposible! ―grité.
―Bien, creo que ahora sí he conseguido picarte ―Y con una triunfante sonrisa, me despidió hasta dentro de cuatro días.

Dejé la caja abierta sobre mi escritorio. Parecía el San Antonio que tenía mi abuela. El santo estaba metido, con su ramillete de laurel, en una caja con la parte de delante de cristal, a modo de vitrina. Y bajo sus pies una ranura donde mi abuela iba metiendo monedas por cada petición que le hacía, “Ay, San Antonio bendito, que encuentre el botón de nácar de la blusa blanca, que caérseme, se me debió de caer por el salón”. El botón aparecía y mi abuela lo recompensaba con una moneda de 25 pesetas. Cuando veía que el santo pesaba demasiado, lo vaciaba y se lo jugaba todo a la brisca.
Miraba la caja desde el sofá, no me atrevía ni a acercarme. 54 códigos, 324 caracteres, imposible. Así que alcancé el móvil y le supliqué a Gael que viniera. Cuarenta minutos después apareció en mi casa con seis botellines de San Miguel. Le conté lo del curso de Sumiller, lo de Rafa, lo de Virginia y su reto. Sin decir nada abrió dos cervezas. Me ofreció una. Se sentó junto a mí en el sofá y miró la caja de las esencias de la misma manera que seguía haciéndolo yo.
―Cari, ¿estás segura de que no prefieres admitir que eres apañada?
Negué con la cabeza.
Gael me dio su cerveza. Se levantó. Cogió la caja. La dejó sobre la mesita frente al sofá. Se arremangó el jersey de lino. Me pidió su cerveza con un enérgico gesto de mano  y dijo:
―Empecemos.
Así que empezamos. Gael abría un frasquito, me lo daba a oler, manzana verde, decía, ¡piña, animal!, me contestaba. Y a partir de ahí empezaban sus trucos de memoria nemotécnica:
―La piña no tiene hojas, son rabos verdes arriba, pues la forma del rabo es el 1, pero son dos, así que 11, ¿vale? ¿Dónde hay piñas?, ¡en las islas!, islas, tesoros, tesoros, mapas, mapas, pasos, pasos, cruces. 5 pasos y una cruz,  es decir: X. Tesoro encontrado, entonces pausa, un guión, más descanso: un 0, nos comemos la piña, no queda nada, solamente un rabo: 1. Por lo tanto: 115X-01, ¡repite!
―Piña, 115X-01.
Me ofreció otro, fácil: coco.
―Vale, ¿dónde hay cocos?, ¡en las islas!, islas, tesoros, tesoros, mapas, mapas, pasos…
Madre mía, San Antonio bendito…
Tres días después, habíamos encontrado 53 tesoros, porque el azufre apareció en el volcán de El Hierro, auxilio entre flotadores, y un rabito de piña flotando en el agua: VF-8S8-1. Sin comentarios.
Al cuarto día, Virginia me sentó en su taburete alto y me dio una especie de antifaz para dormir. Me lo puse. Me preguntó si estaba preparada. Asentí. Me acercó el primer frasquito. Inspiré profundamente. Lo retiró. Le pedí repetir. Me dijo que estuviera tranquila. Lo acercó de nuevo. Volví a inspirar: Ciruela, 6YCCR6. Chasqueé la lengua. Me había equivocado. No era así, pero no sabía corregirlo. Llegó el segundo, tercero, cuarto y quinto frasquito.
Me quité el antifaz. Virginia no paraba de sonreírme.
El resultado fue horrible. En cuanto a esencias solamente un error. Confundí la grosella con el lichi. Y en cuanto a códigos sólo había dicho dos correctamente, el de la piña y el del membrillo. Aun así, Virginia me dio la enhorabuena, y me convenció de que la memoria era un animal vivo, si la alimentaba crecería.

Subí las escaleras de casa y me paré en el tercero. Toqué a la puerta y esperé. Rafa abrió, y me besó. Ya me he matriculado, le dije. ¿Para Sumiller?, preguntó. Sí. Al final siempre te sales con la tuya, ¿eh?, me alegro si es lo que quieres, dijo. Es lo que quiero, respondí, y creo que también quiero estar sola. ¿Cómo sola?, preguntó. Sola, respondí. Lo besé y subí las escaleras. Hasta que no metí las llaves en mi cerradura, no oí cerrar su puerta. El portazo me hizo encogerme de hombros.
Entré en casa arrastrando los pies, tenía la pena encadenada a mis tobillos.
Abrí la nevera y saqué un par de huevos. Antes de cerrarla, cogí medio limón, que estaba sobre los yogures, y me lo llevé a la nariz.
―Limón, 5555-MZ.

martes, octubre 18

Otra forma de amar

Nota: Para contextualizar este relato, te recomiendo leer los dos anteriores: Saliendo del corral y Llamadas...


Llevaba 47 días siendo soltera. Y empezaba a encontrarle su lado positivo. La cama volvía a ser mía. Las comidas volvían a no entrar en ninguna franja horaria normal. Trasnochar ante el ordenador volvía a convertirse en una costumbre placentera. Y el reggaetón se volvía a escuchar en mi casa. Sí, reggaetón. Porque: Hola, mi nombre es Elvira, soy depresiva y llevo 112 días sin llorar. Te queremos, Elvira. Odio a los psicólogos que se les llena la boca hablando de las propiedades terapéuticas de la música de Erik Satie, ¡coño, ponle a tus pacientes Don Omar y déjate de tanto pianito a dos revoluciones por minuto, que me los vas a matar, madre de Dios!
Así que era sábado, cuatro de la tarde, acababa de desayunar, y movía el culo en medio del salón al ritmo de Danza Kuduro. El timbre de la puerta sonó. Mi culo paró. Me acerqué hasta la entrada y, desde dentro, pregunté quién era. Entonces se me paró el aparato respiratorio cuando Rafa contestó. Morada abrí la puerta.
―Hola… ―dijo con media voz―. Tenemos que hablar.

Dudo mucho que tuviéramos algo más que decirnos. Hacía 47 días, arrodillado y flagelándose, me confesó que sí, que se había tirado a aquella tía mientras yo estaba en París. No importa, le dije, porque yo también me tiré a alguien, bien, estamos en paz, volvamos a amarnos sin darle más vueltas.  Pero la cosa no fue tan fácil. Se reincorporó y me pasó el látigo para que me fustigara ahora yo, mientras me preguntaba con cierto nerviosismo ascendente: ¿que has hecho queeêêêEEÉ??!
Bueno, sí, la infidelidad. Tema delicado. El hombre es infiel, la mujer lo entiende. La mujer es infiel, el hombre la despelleja. Así que muy poquitas posibilidades tenía de salir bien parada en esta situación, porque: Hola, mi nombre es Elvira, y soy infiel por naturaleza. Te queremos, Elvira. Mi madre siempre me dice que no hable con desconocidos, pero, mamá, si no hablo con desconocidos, ¡sólo me los tiro! Me gustan los tíos. Todos. Altos, bajos, cachas, gorditos, carnívoros o veganos. A esto se le pueden dar muchas explicaciones. Freud, por ejemplo, si levantara la cabeza, achacaría mi promiscuidad a la falta de cariño en mi infancia. Pues es posible pero, vamos, que aquí lo que nos importa es que si levantara la cabeza también me lo tiraría.
Rafa no me despellejó exactamente. Únicamente me llamó falsa, cínica, planificadora, mentirosa, zumbada, y putonga. ¿Putonga?
―¿Putonga? ¿Me has llamado putonga?
―¡Sí! ¡Putonga!
Pues que me entró la risa oírselo decir por segunda vez, porque: Hola, mi nombre es Elvira y no tengo ética ni moral. Te queremos, Elvira. Rafa me echó de su casa, mientras me gritaba que volviera a terapia y tomara medidas, porque estaba fatal de la cabeza. Yo subía las escaleras muerta de la risa, porque cuando empiezo ya no puedo parar.

―La próxima semana empiezo con la terapia. Ya he hablado con Óscar, si es de eso de lo que quieres hablar. Prometo curarme ―dije levantando la mano derecha a modo de juramento.
Rafa suspiró un joder entre dientes y me miró  con cara de “tú no tienes cura, tarada”. Yo me reí, por supuesto. Él se frotó la cara y colocándose las manos en la cintura me explicó, mirando al suelo, que tenía que acompañarle a la boda de Carlos y Regina. Que esperaban que yo estuviera allí, que no les podía hacer ese feo. Que era cierto que la culpa fue suya por no avisarles de que habíamos roto, pero que tenía que ir, que mi plato ya estaba pagado y no les podía hacer ese feo. Repitió lo del feo unas 40 veces, como si, a una anti-ética como yo, aquello le pudiera ablandar. Y, lo cierto, es que imaginarme yendo a una boda de la mano de un ex… ¡me fascinaba!
 ―Sí, sería un feo ―dije mientras me regocijaba en mi propia inmoralidad.
Una semana más tarde. Íbamos camino al Castillo de Batres: Rafa, Germán, Homer y yo, en el pequeño Ford Fiesta, propiedad del primero. Al llegar, Rafa se separó de mí como si tuviera la peste, llevándose a Germán. Así que Homer y yo decidimos darnos al vino, porque todavía faltaban 20 minutos para que la boda civil, oficiada por el concejal Augusto Laguna, diera comienzo en aquel medieval paraje. Sentía que la gente empezaba a mirarme y no tenía muy claro de por qué. Quizá porque no eran las 12 de la mañana y yo ya iba por el tercer crianza, o porque tenía a mi lado un Gran Danés de casi tres metros de altura, o porque la faja-Spanx-de-mis-cojones me estaba cortando la circulación de las piernas y empezaba a tenerlas azuladas. La cuestión era: Hola, mi nombres Elvira,y no tengo amigos. Te queremos, Elvira.
La ceremonia comenzó. Era la única en la pequeña sala que estaba con una copa de vino, mi cuarta. Así que cada vez que el concejal decía algo, yo emitía un “uuu-uuuu-uuuh!!”, al más puro estilo José Luis Moreno. La madre de la novia, una doble de Pitita Ridruejo, me miraba con cara de estar viendo al mismísimo demonio. Al quinto “uuu-uuuu-uuuh!!”, dos chicos me sacaron de la sala, porque: Hola, mi nombre es Elvira y soy alcohólica. Te queremos, Elvira.
Sentada en las escaleras de la entrada del castillo, me descalcé. Llevaba unos peep-toe negros con la punta abierta, por eso me había comprado unas medias también con la punta abierta. Se me salían los dedillos del pie, que movía cual gusanos de tierra.  Germán llegó con un botellín de agua. Se sentó a mi lado, me quitó la copa y me ofreció el botellín. Después miró mis pies.
―¿Quién te ha mordido las medias?
―¡Son así!
―¿Las compraste ya rotas?
No había dos como Germán. Lo adoraba. Al de un rato, y tras haberme terminado casi toda el agua, me levanté con cierta torpeza, y le pedí a Germán que me dijera si realmente se me marcaba la faja. Me coloqué frente a él. Estiré mi ceñido vestido negro de cuello barco, y largo hasta la media rodilla. Ladeó la cabeza y me dijo que sí, que aquí. Aquí, era la nalga.
―Ah, pero eso no es la faja, es la braga, ¿ves? ―dije levantándome el vestido―. Llevo las medias, la faja y encima la braga, que hace de barrera para que no se me caiga la faja, ¿ves?
―Después de ver esto, sólo me queda por decir: ¡Uuu-uuuu-uuuh!
Durante el coctel, el fotógrafo organizaba los grupos para ir posando con los novios. Intenté salir junto a Rafa, pero en todas me apartaba con un manotazo, así que, al final, opté por la esquina junto a Homer y mi sexta o séptima copa de vino. Eso sí, la sonrisa todavía nadie me la había quitado.
Ya sentados en la mesa, Rafa no tuvo más remedio que estar a mi lado, aunque me ignoró en toda la comida. Gesto que no me importó, porque tenía la boca tan acartonada y pastosa que, si alguien me hubiera hecho hablar, le habría podido escupir  pelotillas de polvorón.
Cuando la tarta llegó, las luces se bajaron y empezó a sonar I’m yours de Jason Mraz. Los novios se levantaron e hicieron una pequeña coreografía muy popera. Me emocioné tanto que además de tres “uuu-uuuu-uuuh!!”, empecé a zarandear los brazos en alto como un girasol ciego. Carlos y Regina cogieron los pequeños novios que adornaban lo alto de la tarta y, sin perder el ritmo de la música, recorrieron el pasillo del amplio salón hasta llegar a nuestra mesa, y nos ofrecieron, a Rafa y a mí, los novios.
―¡Nos han tocadoooooo! ¡Uuu-uuuu-uuuh! ―grité levantándome de golpe, mientras daba palmadas como una histérica.
Rafa tomó los muñecos con cara de circunstancia, y besó a los novios agradeciéndoles el detalle. Enseguida llegó el fotógrafo que nos pidió que nos juntáramos los cuatro para la foto. Justo antes del flash, Rafa colocó los muñequitos delante de mi cara. Bonito recuerdo sin rostro, pero, eso sí, mi sonrisa seguía intacta detrás.
Con el baile llegaron los cubatas y el dolor de pies. A las 9 de la noche estaba en el baño de señoras abanicándome los pies descalzos, con una pequeña toalla. En ese momento llegó Regina con un séquito de 8 amigas, para ayudarla a mear. Le empezaron a desmontar el vestido por aquí y por allá. Le subieron la cola que se la engancharon a la espalda y le quitaron el casquete de la cabeza que iba unido al velo. No sabían qué hacer con él, así que una de ellas me pidió que lo sostuviera. ¡Claro!, exclamé encantada de servir, por fin, para algo en aquella boda. Me vi delante del espejo con el casquete en la mano y no me pude contener. Me calcé los zapatos y, con cierta ceremonia, me coloqué el velo y… ¡Madre mía, era una novia! No podía dejar de mirarme al espejo. Me tocaba el velo sobre mis hombros y sonreía desde diferentes ángulos.
―¿Qué haces…?
Me di la vuelta y vi a Rafa apoyado en la puerta del baño. Me sonreía, quizá por los cubatas, por lo que fuera, pero me sonreía desde la puerta.
Se señaló, con el dedo índice, el oído y me preguntó:
―¿La oyes? ¿Oyes la música?
Negué con la cabeza.
―Suena U2, With or without you.
Con la mano me pidió que me acercara. Me acerqué. Me acarició la cara. Y susurrándome la canción en el oído izquierdo, la bailamos en el baño.
Hola, mi nombre es Elvira y estoy perdidamente enamorada de ti.

Memoria selectiva

El sol y la vida de Frida Kahlo
Me acuerdo de las tostadas con mantequilla, Nutella y una pizquita de sal. Me acuerdo del Martini rojo compartido. Me acuerdo de las bolsas de Haribo para celebrar los reencuentros. Me acuerdo de las carreras hasta la ducha. Me acuerdo del sushi en Matsuri y del mónaco en Paserelle. Me acuerdo de los maratones de Prision Break bajo la manta. Me acuerdo de los aeropuertos. Me acuerdo de las obscenidades en voz bajita. Me acuerdo que primero fue el Messenger y después llegó el Skype. Me acuerdo de la estantería torcida de Ikea. Me acuerdo del aguacate plantado en la terraza. Me acuerdo de la moto amarilla. Me acuerdo de los escandalosos orgasmos. Me acuerdo de las cápsulas doradas de Nespresso. Me acuerdo de las despedidas por las mañanas en el garaje de casa. Me acuerdo del fondant de chocolate de los domingos. Me acuerdo de los besos robados. Me acuerdo de la competición de empujones por la calle. Recuerdo que me llamabas princesa, porque sólo me acuerdo de cuando me querías.

lunes, octubre 3

El gallo, las gallinas y la lombriz

Dos gallinas y un gallo de Emilio Lanza




La  lombriz Boj estaba en mitad del corral. Miles de ojos gallináceos la querían picotear, pero sabían que debían esperar al rango superior.
La puerta del corral se abrió y el rango superior entró, capitaneado por el gallo Aleto, y sus incondicionales: las gallinas nº1 y nº2. Llegaron hasta el fondo del lugar, se dieron la vuelta y entonces dijo Aleto: “Haya silencio” y hubo silencio. Vio Aleto que el silencio estaba bien, y apartó las gallinas ponedoras de las no ponedoras, alertando que no pisaran a la lombriz del centro.
Una vez instaurado el orden por encima del caos y la confusión, preguntó Aleto: “¿De qué se le acusa?”. “De agujerear nuestra tierra, señor”, contestó la gallina nº1. “No la agujereo. Remuevo, aireo y enriquezco el suelo, contribuyendo a que se mantenga fértil, señor”, aclaró el propio Boj.
Aleto levantó la cabeza, la ladeó y mirando a la lombriz con un único ojo, el izquierdo, dijo: “Pareces un buen complemento, Boj”.
“¡No!”, irrumpió la gallina nº2, “Señor, has bendecido su labor y por tanto te teme en balde, pero critica su obra y verás cómo, en pocos días, destrozará tu corral”.
Bajó Aleto la cabeza y dijo a sus incondicionales: “Bien, ahí tenéis a vuestra lombriz. Cuidad sólo de no matarla”. Y las incondicionales, saliendo de la presencia de Aleto, se abalanzaron sobre Boj y la picotearon por largo tiempo. Terminada la tortura, se alejaron. Y, colocándose nuevamente tras las plumas de Aleto, vieron retorcerse a Boj, hinchada en protuberancias sobre su viscosa y, ahora, sangrante piel.
“¿Quién es este gallo que puede tratar así a una criatura de su corral?”, dijo la lombriz, recuperando algo de aliento.
“¿Lo ve, señor?”, exclamaron nº1 y nº2. 

“¡Arrepiéntete, Boj, arrepiéntete y sella los agujeros de este lugar que tanto mal han provocado al no servir, absolutamente, para nada!”, bramó Aleto ofendido por sus palabras.
En ese momento, un zorro entró en el corral enfermo de hambre. Boj, se escurrió en uno de sus agujeros. Aleto, nº1, nº2, las ponedoras y las no ponedoras corrieron histéricos por todo el gallinero pidiendo clemencia, pero el zorro terminó por devorarlos a todos.
Aquella noche, la lombriz, algo recuperada, salió de su agujero, y, observando semejante imagen desoladora, dijo: “Produzca la tierra vegetación”. Y así fue. La tierra produjo vegetación.

martes, septiembre 27

Futuro frutal


Elvira caminaba sobre el bordillo de la acera. Feng Min a su lado. Las dos llevaban una pequeña bolsa de plástico llena de fruta. Elvira, cerezas. Feng Min, lichis. La primera emulaba ser una trapecista en la cuerda floja. La segunda la miraba preguntándose si todos los españoles serían igual de idiotas. Min era de Xi’an. Elvira de Bilbao. Ambas tenían 25 años y eran profesoras de español en una universidad al noreste de China.
―Y… ¡Doble salto mortal de Elvirova Reboskaya!

Y Elvirova cogió carrerilla para su arriesgada bajada de bordillo. El salto no fue mortal, pero sí un tanto accidentado. La bolsa salió disparada y ella quedó incrustada en el asfalto. Min la ayudó a levantarse mientras la llamaba idiota, y juntas empezaron a recoger las cerezas del suelo. Las metieron en la misma bolsa de los lichis.
―¿Se enfadará? ―preguntó Elvira.

―¿Quién?
―El Buda ―contestó señalando la bolsa.

Min negó con la cabeza, pero lo cierto es que tenía sus dudas. En silencio y preocupadas llegaron a la peluquería. Atravesaron la cortinilla de flecos con bolitas, que adornaba la puerta de la entrada. Una vez dentro, esperaron a que alguien les dijera qué hacer ahora. Pero nadie se les acercó. Había cuatro sillas alineadas frente a un largo espejo. En una, una mujer con rulos leyendo una revista. En otra, una joven con papel de aluminio en la cabeza depilándose las cejas a un milímetro de distancia del espejo. Otra estaba vacía, y en la última había un gato blanco.
―¿Estás segura de que era aquí…? ―preguntó Elvira en un susurro a su amiga. Ésta levantó los hombros sin contestar, y se pegó la bolsa de fruta contra el pecho.

―¿Xiaosong Zhu? ―se atrevió a preguntar en alto, apretándose cada vez más la bolsa.
―¿Xiaosong Zhu? ―repitió la chica de la plata en la cabeza, sin despegarse del espejo―. ¿Buscáis a Xiaosong Zhu?

Las dos profesoras, que no se habían movido de la entrada y que cada vez estaban más pegadas la una de la otra, asintieron con la cabeza.
―¡¡¡¡¡Xiaosoooooong Zhuuuu!!!! ―gritó la chica. Y es que el chino, como el pingüino emperador, es capaz de encontrar a su compañero de entre un millón con un solo grito, pero qué grito.

Al fondo de la peluquería, se corrió una cortina de tela amarilla, y apareció una mujer de mediana edad, que se acercó a las dos amigas y, después de mirarlas de arriba abajo, les preguntó si eran ellas las que venían a que el Buda les predijera el futuro. Las chicas dijeron que sí, así que la mujer las llevó a una habitación aparte. Era pequeña. Tenía una camilla de masajes contra la pared, un vaporizador junto a la puerta y bajo la ventana había un Buda de madera, de casi un metro de altura. Rodeándolo: mandarinas, ciruelas rojas y uvas.
―Hemos traído la ofrenda como nos pidió ―dijo Feng Min dándole la bolsa de la fruta.
―Dile lo de las cerezas ―dijo Elvira en español.
―Se nos cayeron las cerezas al suelo ―explicó Min en chino.
―Dile que si el Buda se va a enfadar, podemos comprar otras.
Min lo iba a traducir, pero pensó lo ridículo que sonaba aquello, así que miró a Elvira y le pidió que se callara.
La mujer colocó la fruta frente al Buda, no sin antes haberse inclinado ante él tres veces. Después pidió a las chicas que tomaran, cada una de ellas, un incienso, lo prendieran e, inclinándose ante el Buda, formularan en silencio tres preguntas sobre su futuro. Cuando terminaron, clavaron en incienso prendido sobre un tiesto de tierra, y se sentaron en la camilla. La mujer lo hizo en una silla, al lado de ellas. Abrió un enorme libro de pastas de cuero rojo y les preguntó la fecha de nacimiento. Cerró el libro, juntó las manos sobre él, alzó la cabeza y empezó a vocear frases sueltas en tibetano. Elvira pellizcó la mano de Min y Min pellizcó la de Elvira.
Al terminar de vocear, Xiaosong Zhu volvió a bajar la vista lentamente y, mirando a Elvira, le preguntó qué quería saber. Elvira carraspeó dos veces y sujetándose el cuello con ambas manos, como si se le fuera a caer, dijo finalmente:
―Dile que le pregunte al Buda sobre mi trabajo. Si me marcharé a Buenos Aires a terminar mi doctorado. Si falta mucho para casarme con Etienne, y dónde viviremos y cuántos hijos tendremos, y no sé, pues ¡todo!
Min lo tradujo al chino. La mujer, después de escucharla, levantó la cabeza y con los ojos cerrados, volvió a bramar un sinfín de frases en tibetano. Quedó en silencio un momento, y, sin bajar la vista, abrió el libro y comenzó a garabatear la última página.
―¡Hostia…!, ¡que ha entrado en trance, Min, que me cago…!
―¡Calla…!
―Vamos a morir…
Xiaosong Zhu paró de repente. Clavó la vista sobre el Buda. Cerró el libro. Y en chino explicó a Min lo que dos minutos después traduciría a Elvira. Que no, que no se marcharía a Buenos Aires, porque se quedaría en China por tres años. Que tras este periodo, viviría en un país vecino al suyo, pero que el dolor la llevaría a su ciudad natal en menos de un año. Y no, no se casaría nunca con Etienne ni tendría hijos con él. Lo haría con un hombre, de una notable diferencia de edad. Y tendría dos hijos pasados ya los 40.
―¡Pero qué mierda es esa!, ¡yo quiero vivir en Argentina con Etienne!

Min le tradujo su malestar. La mujer chasqueó la lengua, abrió de nuevo el libro y, tras repasar los garabatos, les confirmó que Elvira viviría en países muy diferentes, pero nunca en Argentina y que su destino final sería su propio país, donde se dedicaría a escribir.

―¡¿A escribir qué?!, ¡yo no sé escribir! ¡Yo quiero irme a Buenos Aires, terminar mi doctorado y bailar el tango con Etienne el resto de mi vida!

―Pues el Buda no dice eso ―dijo Min intentándola calmar.
Pero 30 minutos más tarde, era Elvira la que intentaba calmar a Min ya en plena calle.
―Pero, Min, seguro que se ha equivocado, imagino que…
―¡Claro que se ha equivocado! ¿Cómo me voy a casar con un extranjero? ¡Me parece una falta de respeto! ¡Llevo 11 años con Dong! ¡¿Quién puede pensar que no nos vayamos a casar?! ¡Con un extranjero, dice! ¿YO?
―Min, yo creo que esto ha sido cosa de las cerezas…
―¡Cállate!



Casi 10 años más tarde. Elvira se reía leyendo, en el sofá de su pequeña buhardilla madrileña, la última novela de Pablo Tusset. Su móvil sonó. Estiró la mano y lo alcanzó en la mesita.
―Dime, loca ―dijo.
―¿Hot Pot el viernes a las 3? Donde siempre. Hermosilla.
Poco quedaba de aquella ingenua Min, profesora de español. Ahora se había convertido en una rompedora ejecutiva de una gran empresa de Madrid.
―Vale, me lo apunto.
―Ah, acuérdate de bajarme dos ejemplares firmados de tu novela. Para Bo Zhang y Fanghui Sun. El lunes se los quiero enviar sin falta a Pekín. ¿Te acordarás?
―Me acordaré.
―Ah, y otra cosa. Javier y yo nos casamos.
Elvira soltó una risotada loca. Después la felicitó con sorna, y le dijo:
―Está claro que al final el Buda no se enfadó con nosotras.