lunes, febrero 22

Adivina quién viene a cenar esta noche (Segunda Parte)

El coche tomó una de las salidas de la autovía. Subíamos Bukit Timah, la colina más alta de la isla. Desde la carretera podía ver pequeños chalets unifamiliares rodeados de vegetación, pero a medida que ascendíamos por la colina, las casas eran más grandes. Parecían pequeños palacetes y estaban realmente escondidos entre la naturaleza, censurando miradas indiscretas, como la mía.
De mi pequeño bolso de mano saqué el móvil, no me pude resistir, tenía que mandarle un mensaje: “Loca, cena en casa de Abid con su padre y amigos, todo esto parece sacado de un cuento, hablamos, muaaaa!”.
El coche se paró frente a una enorme verja negra. Me incliné hacia adelante. No veía la casa, sólo un inmenso jardín de árboles, parecía un bosque. La verja se abrió automáticamente y el coche siguió un caminito que parecía cruzar el frondoso jardín. Me desabroché impaciente el cinturón de seguridad y me apoyé sobre el asiento del copiloto, pero seguía sin ver la casa. Bip, bip. Me di la vuelta para coger el bolso. Marieta me había contestado: “QUÉ? Yo también quiero ir!! Dile al jeque que me venga a recoger, en la Plaza Indautxu puede aparcar su helicóptero, llámame ya!!!”. Reventé en una carcajada, qué idiota, repetía una y otra vez en voz alta, qué idiota es.
El coche por fin paró. Me llevé la mano a la boca al ver el palacio frente al que habíamos aparcado. Con timidez abrí la puerta y salí. Levanté la vista de mi vestido, quería cerciorarme de que no se me había arrugado demasiado durante el viaje, y vi a Abid en lo alto de las escaleras de la puerta principal. El chófer bajó del coche y me señaló con la mano extendida el camino a seguir. Ya era de noche, el jardín estaba poco iluminado y temía que pudiera tropezar, así que me acompañó hasta el primer escalón. Desde abajo miré a Abid. Me sonreía sin despegar los labios, con esa sonrisa seria que tanto me gustaba de él. Iba descalzo, vestía un salwar kameez de pantalones blancos y túnica grisácea, nunca antes lo había visto con ropa pakistaní. Estaba guapísimo. Llevaba revuelta su espesa mata de pelo negro, le daba un aire a chaval despreocupado. Me dio un vuelco el corazón, era tan atractivo. Me asusté de mi propio ritmo cardiaco, no sabía si podría fingir tranquilidad durante toda la cena.

Al llegar al último escalón, Abid, me cogió de la mano. Fui a besarlo pero él dio paso atrás y con una risa nerviosa me dijo en voz baja:
—No, aquí no podemos, no delante de la gente.
Asentí con la cabeza, lo entendía. Le solté de la mano y crucé los brazos con el bolsito pegado al pecho. Entré en la casa siguiendo la invitación de su brazo.
Del hall, donde me descalcé y dejé el bolso, pasamos al salón que se dividía en tres amplias estancias escalonadas. De la más alta, bajó su padre al vernos. Me tomó por los hombros, bienvenida, Elvira, dijo sonriendo. Después tomó mis manos y las estrujó entre las suyas. Miré a Abid porque no sabía qué decir, pero él miraba orgulloso a su padre, así que me decanté por lo primero que me vino a la cabeza.
—Bienvenido, señor Mir.
Abid giró rápidamente la cabeza y me miró extrañado. Me mordí el labio, arqueé las cejas y agaché la cabeza avergonzada.
—No, bienvenido no… lo siento, quiero decir…
—Tranquila, Elvira, siéntete en casa —dijo el padre de Abid interrumpiendo mis disculpas entre risas. Después alzó el brazo y uno de los sirvientes se acercó donde nosotros portando una bandeja llena de copas de vino. Shah Tadjar Mir me ofreció una, la tomé con gesto de gratitud.

Al dejarnos solos, Abid, apoyando su gruesa mano sobre mi espalda, empezó a recorrer el salón presentándome a todos los invitados. Habría casi cuarenta personas. La mayoría eran hombres de entre cincuenta y sesenta años que hablaban de sus negocios sin cesar. Las pocas mujeres parecían más jóvenes, se mantenían en un segundo plano en las conversaciones. Algunas eran indias y llevaban coloridos saris. Otras llamaban la atención, simplemente, por la espectacular belleza de sus rasgos asiáticos.
—Así que eres profesora, ¿verdad? —me preguntó Jagdish Kumar, uno de los directivos del banco Barclays Capital de Singapur.
—Sí, sí, soy profesora de español —contesté sujetando la copa de vino con ambas manos.
—Oh, bueno, es interesante y ¿a qué piensas dedicarte en el futuro?
¿En el futuro?, ¿cómo?, no estaba entendiendo la pregunta porque en un futuro seguiría siendo profesora de español. Miré confundida a Abid y dejé que él hablara.
—Se trata de algo más profundo —empezó diciendo—. Elvira lleva más de siete años trabajando como profesora en muy diferentes países, lo que le permite analizar la situación sociocultural de cada región.
¡¿Analizo la situación sociocultural de cada región?! Pensé abriendo los ojos como platos.
—Además —continuó diciendo—, colabora con varios periódicos españoles y de América Latina escribiendo ensayos sobre las consecuencias de las carencias en los sistemas educativos. Hablamos de Asia, señores, donde no podemos negar que, aun habiendo buenas universidades, la mayoría de nosotros hemos estudiado en Estados Unidos y Europa, entonces ¿cuál es el problema?
¿Soy investigadora de las carencias en los sistemas educativos de Asia?, y ¿escribo ensayos? , yo pensaba que eran cuentos… Estaba atónita.
—Me debes una —susurró Abid a mi oído mientras nos alejábamos de aquel grupo sumido ya en un profundo debate sobre las mejores universidades del mundo.
—¿Te avergüenzas de mí? —pregunté a Abid dándome la vuelta muy despacio.
—¿Qué?, loca, claro que no.
—Porque mi trabajo consiste en enseñar el abecedario español, diferenciar el ser y el estar, indicativo-subjuntivo, por y para. Y nunca en mi vida he escrito un ensayo porque odio la investigación. Yo escribo cuentos, cuentos que me ayudan a reírme de mí misma, y ésa es mi vida, Abid, es mi vida ahora y en un futuro. No tienes por qué humillarme de esta manera, Abid... —dije empezando a llorar, aunque intenté evitarlo vanamente, demasiada tensión a lo largo de toda la noche.
Abid me agarró por debajo del brazo y abriéndose camino entre la gente me sacó del salón casi a volandas. Subimos por unas escaleras hasta el primer piso. Recorrimos un amplio pasillo y entramos en uno de los baños para invitados. Abid cerró la puerta con pestillo, parecía enfadado, ni siquiera se dio la vuelta. Se llevó las manos a la cabeza desordenándose aun más el pelo. Me alejé de él. Me quedé de pie junto a la bañera, no sabía lo que iba a pasar y he de reconocer que tenía miedo. Sujeté la copa de vino, que todavía llevaba, con fuerza como si pudiera defenderme de algo. Me di cuenta de que no conocía a aquel hombre.

Abid se dio la vuelta y muy lentamente se acercó a mí. Respiré hondo y tragué saliva mirándolo fijamente. Se paró frente a mí. Me miró serio y, sin decir nada, agarró mi cara con ambas manos, me besó con tanta pasión que no recuerdo ni el momento en que la copa se me escurrió de las manos y cayó al suelo rompiéndose en mil pedazos. Loca… gimió cogiéndome en brazos. Me enganché a su cintura y dejé llevarme hasta la encimera del lavabo. Loca… repetía hundido entre mi pecho. Metió las manos por debajo de mi vestido, levantó la cabeza y mirándome a los ojos dijo:
—Nunca te humillaría, pero sí puedo equivocarme porque somos diferentes… —dijo mordisqueándome sensualmente los labios—, pero yo te amo, loca, y tu vida es mi vida ahora… no hay nada que me avergüence de ti, nada… nada, porque ahora somos uno… —y apretó mis muslos con esas manos tan enormes de jugador de polo.
Nunca había entendido antes el concepto de feromona hasta conocer a Abid. Era vernos, susurrarnos, rozarnos y empezar un baile carnavalesco de sustancias químicas a nuestro alrededor, que hacía que perdiéramos la cabeza completamente, completamente, completamente…

Toc-toc-toc.
Al oír la puerta, Abid me tapó la boca con una mano y con la otra me hacía el gesto de silencio colocando su dedo en el labio. Se separó un poquito de mí, giró la cabeza y mirando hacia la puerta preguntó:
—¿Sí?
—Abid, abre la puerta, por favor.
—Padre, sí, un momento.
¿Padre? ¿Su padre? ¿Shah Tajdar Mir? Empecé a agitar los brazos en el aire y no dejaba de poner cara de pánico. ¿Qué íbamos a hacer?
Abid me pedía con gestos que me calamara. Me volvió a coger en brazos y me volví a enganchar a su cintura, pero aquello ya no era nada sexy, parecíamos Tarzán y la mona Chita buscando un escondite en una jungla de apenas dos metros cuadrados. Me entraba la risa con tanto meneo. Abid me suplicaba silencio. Le señalé la bañera. Sorteó los cristales del suelo y me dejó dentro de la bañera. Me pidió que me agachara todo lo posible porque no había cortinas ni mampara con las que poder taparme. Así que me hice faquir, me contorsioné todo lo posible, convirtiendo mi metro y medio de altura en tan sólo veinte centímetros de bulto. Abid me colocó una toalla por encima. Su padre no podría sospechar nada, solamente que había crecido un champiñón gigante en la bañera.
Abid nervioso abrió la puerta.
—Padre.
—Abid, el bufé se está sirviendo en la terraza del ala este, los invitados ya están allí, pero no encuentro a Elvira.
—¿Elvira? La he notado muy nerviosa así que la he acompañado al jardín hace un rato, debe estar todavía allí.
—Pero ¡¿qué es eso?! —gritó su padre.
Al champiñón se le paralizó el corazón bajo la toalla.
—¿Qué? —preguntó Abid faltándole el aire.
—¡Eso! —dijo por fin señalando los cristales rotos esparcidos por el suelo.
—Ahhhh… —respondió Abid aliviado—. Lo siento, padre, tiré la copa.
—Bien, no pasa nada, diré que vengan a limpiarlo pero ten cuidado de no cortarte y, por favor, no tardes en bajar, la gente está esperando.
Oí cerrarse la puerta, pero aun así no me moví. Abid, con cuidado, me quitó la toalla de encima y me besó el cuello tronchándose de risa al verme tan poca cosa, pero qué poco ocupas… me decía.
No me dejó salir de la bañera por mi propio pie. Tenía miedo de que me cortara con la copa rota, así que nuevamente me pidió que me agarrara a él.
—Pero… ¿qué haces, loca? ¡No!, pasa las manos por mi cuello, a ver…
—¡Sujétame! ¡Si me vas a tirar!
Al saltar sobre él, le dio tiempo a cogerme sólo por una pierna, me tenía de medio lado, el otro medio se le estaba escurriendo de entre los brazos. Le entró la risa, y si a Abid le entraba la risa flojeaba por todos los lados, se convertía en un muñeco de trapo sin casi fuerza. Yo no podía oírlo reír porque me contagiaba automáticamente, si él se reía yo me reía. En eso se basaba principalmente nuestra relación. Loca, intenta y jajajajaja. ¿Que intente qué…?, pero si me, jajajaja, si me estás tirando, jajajaja, idiota… le decía yo con el ojo ya torcido del ataque que llevaba encima. Abid a media genuflexión intentó ponerme derecha, pero ya era demasiado tarde, mi cabeza estaba casi rozando el suelo. A ver, espera, si te agarro de aquí… me dijo agarrándome de ahí, sí, de ahí, de la media manga y estiró, estiró tanto que de la fuerza, no sólo me desabrochó todos los botones del vestido, sino que me los arrancó.
Le oí gritar tanto de risa que fui incapaz de recriminarle nada, solo podía seguirle en semejantes carcajadas.
Pero nos callamos de golpe al oír la puerta del baño abrirse de repente.
—¡Pero, Abid!
—¡Padre!
Y recolectando la poca dignidad que me quedaba, al estar semidesnuda y retorcida entre los brazos de su hijo, encontré la única frase oportuna para ese momento, ahora sí:
—Bienvenido, señor Mir.

lunes, febrero 15

Adivina quién viene a cenar esta noche (Primera Parte)

Primero me puse los pantalones negros con la blusita granate, sin mangas y de escote en pico, pero al verme ante el espejo decidí quitármelo. Probé con la minifalda negra, camiseta blanca de tirantes y rebequita gris abierta. No, minifalda no, claro que no. Pantalones de lino rosados, misma camiseta blanca de tirantes y torerita ceñida. Me miré al espejó. ¿Eso que se me ve es la tanga?, genial, se me transparentaban los pantalones de lino… buff, no, no, a ver, no, otra cosa. Falda tubo azul oscura, justo por encima de las rodillas, niqui de cuello barco de rayas azules y blancas. Fue el propio espejo quien me dijo que sólo me faltaba el gorrillo para ser una marinerita. ¡Ay, qué desesperación! ¡Taitan! Grité. ¡Taitaaaaaaaaaaaaaaaan! Volví a gritar más fuerte acercándome a la puerta de la entrada. Mi vecino salió al descansillo en traje de baño.
En Singapur vivía en un precioso condominio con todos los lujos que jamás me podía haber imaginado tener: dos piscinas, jacuzzi, cancha de tenis, gimnasio y un apartamento decorado con un gusto exquisito, no por mí, claro, sino por su propietario que me lo había alquilado por un módico precio, singapurensemente hablando, por supuesto.
—¿Te vas a la mar? —dijo Taitan tapando su escandalosa risa con la mano izquierda mientras bofeteaba el aire con la derecha.
No tardó en salir su novio Awen a ver qué pasaba. Los dos eran de Malasia y desde que llegué al apartamento fueron como mis hermanos mayores, protectores pero al mismo tiempo cariñosísimos.
—¿Qué me pongo? —pregunté un tanto molesta porque Taitan seguía sin parar de reír y, sinceramente, aquel conjunto no me parecía tan horrible, de hecho ya me lo había puesto varias veces.
—¿Adónde vas, cariño? —preguntó Awen serio, haciéndose cargo de la situación. De un manotazo apartó a Taitan del medio y cogiéndome de la mano me llevó hasta mi propia habitación.
Delante del armario le expliqué que un amigo organizaba una cena informal con varia gente de aquí y de allá pero lo más importante es que iba a estar su padre, porque bueno… en realidad, o sea, la fiesta iba a ser algo así como una excusa para presentarme en sociedad, en su sociedad.
—¿En sociedad? —preguntó abrumado Taitan que ya había entrado en mi habitación—. ¿Qué sociedad?, pero ¿de qué amigo estamos hablando?
—De… Abid Shah Mir —dije fingiendo la mayor naturalidad posible pero, lo cierto, es que ni siquiera me atrevía a mirarlos.
—¡Madre mía! —exclamó Awen con las manos sobre el rostro.
—¡Oh-my-my-my-GOOOOOD! —berreó el histérico de Taitan.
Empezaron a dar vueltas nerviosos por la habitación hablando en malayo y sin parar de hacer gestos extraños. Por fin se detuvieron, y me amenazaron diciéndome que si no les contaba la verdad sobre mi relación con el jeque, no me ayudarían con el vestuario. Así que resoplando me senté sobre la cama, y les conté todo, que fue Ankit quien nos presentó para que le ayudara con el español porque se iba a Argentina a una competición de polo en septiembre. ¡Polo, me encanta…! Dijo Taitan derritiéndose sobre la cama, al imaginárselo cabalgando.
—Pues eso… vamos, que enseguida empezó el tonteo, los primeros besos y…
—¡Pasión paquistaní! ¡Me encantaaaaaaaaaaaa! —gritaba Taitan sin parar de dar palmas.
Awen con rictus serio le mandó callar y después me dijo en tono comprensivo y muy lentamente:
—Cariño, Abid Shah Mir, el jeque paquistaní Abid Shah Mir, está comprometido con la no menos millonaria y hermosa Anilah Raza, cariño, lo siento pero están comprometidos.
—Estaban. Abid ha roto el compromiso, y hace dos semanas me presentó a su padre… —dije.
Taitan se levantó de la cama de golpe y empezó a revolotear por toda la casa como una mosca cojonera, sin parar de gritarme que escribiera una novela contando todo aquello porque me haría de oro.
—Cariño, rompes moldes —dijo Awen rebuscando ya algo dentro del armario para mí.

Salí de casa con un vestidito provenzal, muy del estilo de Carolina de Mónaco poco después de enviudar. Era azul con florecitas rojas muy diminutas, de manga corta, cuello redondo, podría escotarse más porque tenía botones desde arriba hasta abajo, pero Awen me aconsejó no desabrocharme ninguno, daba mejor imagen. Taitan me convenció para llevar las sandalias rojas de sólo una tira ancha sobre los dedos, eran de tacón bajo, muy finas. Awen no aprobó el calzado hasta que no me vio con todo el conjunto puesto.
Me acompañaron hasta la entrada del condominio donde ya me esperaba un chófer dentro de un elegante coche negro de cristales tintados.
—Esto es igualito que Pretty Woman… —musitó Taitan a puntito de llorar.
—Taitan, Julia Roberts era prostituta —dije soltando una carcajada, enseguida me siguió Awen muerto de risa que, a pesar de conocer a su novio desde hacía años, nunca dejaba de sorprenderlo.
Los besé y me metí en el coche diciéndoles adiós con la mano. Una vez dentro, el chófer me saludó agachando cortésmente la cabeza y, sin decir nada, arrancó. Me hundí en el asiento de atrás. Estaba nerviosa, muy nerviosa.

(continuará...)

miércoles, febrero 3

Decepción

¿No lo has probado todavía? No, todavía no, tendré que ir. Vete, de verdad, no sabes lo que te pierdes. Vale, ¿New York?, ¿se llama el New York? Sí, el New York, increíble, en serio. ¿De qué habláis? De nada, que Elvira no ha probado el New York. ¿El New York de Jeannie’s? Sí. Oh, ¡demonios!, ¡no me lo puedo creer! Bueno, siempre que voy se ha terminado así que al final me pido lo mismo, un Cherry Pie. Claro, no llega al lunes, lo sacan el domingo y para el lunes al mediodía ya se ha terminado. Es que es como un orgasmo, ¿a que sí, Kayla? Sí, mira, Elvira, cariño, con el primer pellizquito que le des con el tenedor ya vas a sentir ese contorneo tan cremoso. ¡Uy, uy, uy!, y cuando lo tengas en la boca ni te quiero contar, es un orgasmo de los grandes, de los de mi Terry en sus buenos tiempos. Ya… como un orgasmo… ¿no? Elvira, chica, ¡con más entusiasmo! Déjala que a ésta se le han olvidado lo que son los orgasmos. ¡Ja, ja, ja, ja!, ¡ay, Kayla, qué mala!, pobre chica. Bien, pues iré este lunes antes de clase, a las nueve, y ¡claro que me acuerdo de los orgasmos!

—Hola, Jeannie.
—Hola, abejita.
—Bueno, quiero un trozo del New York.
—Cariño, no queda.
—Pero, Jeannie —dije mirando mi reloj—, es lunes y no son ni las nueve de la mañana.
—Lo siento, cuenquito de miel, se terminó ayer, vino Edna con un grupo de amigas y no dejaron nada.

Esperé junto a la puerta. Era domingo, las diez de la mañana. La cafetería seguía cerrada, sería la primera en entrar y la primera en probar el maravilloso New York. Vi a Jeannie acercarse.
—Abejita, ¿qué haces aquí?
—No quiero que nadie se coma mi porción de New York.
—¿El New York, dices? Hoy no es posible, Shannon lleva toda la semana enferma, no tenemos nada de repostería, ya sabes que es la única que sabe de esto. Ninguna otra se atreve a meterse en la cocina y competir con ella. ¡Ven la próxima semana!, te guardaré un trozo, te lo prometo.
—No Jeannie… —dije desmoralizada—, me voy a España por navidades, no volveré hasta enero.
—Oh, cariño, lo siento, bueno, pues en enero tendrás tu porción de New York, el mejor pastel que jamás hayas comido.

Bueno, ¿qué te pareció? Pero si todavía no lo he probado. ¿Cómo que no? ¿De qué habláis? De nada, que Elvira sigue sin conocer el orgasmo del New York. ¡Ay, dios mío!, ¡puro pecado!, ¿a qué esperas, chica? Si yo quiero comerlo pero no he tenido suerte hasta el momento, además me pillaron las vacaciones de navidad por medio. Vale, pero estamos casi a febrero, cariño. Lo sé, lo sé, Kayla, pero como es un poco caro quiero esperar a un momento realmente especial. ¡Ja, ja, ja, ja!, esta chica, es un encanto. Boba, diría yo. ¡Son casi doce dólares de trozo de pastel! Dentro de tres meses y medio es tu cumpleaños, ¿te parece razón suficientemente especial, cariño? ¡Uy!, a mí me lo parecería, chica, ¡vete!

Eran las cuatro de la tarde, miré por la ventana del salón. Había dejado de nevar. Al ser domingo las carreteras estaban cubiertas de nieve, casi no había movimiento de coches que las despejaran, así que decidí ir andando. Me calcé las botas de oso y el forro polar, me encasqueté el gorro y me metí, en el bolsillo de los apretados jeans, los quince dólares que había separo para la ocasión.
—Hola, Jeannie.
—Hola, abejita.
Me senté en la barra. Saqué de mi bolsillo los quince dólares y los coloqué en el mostrador, frente a ella.
—Un-New-York, por favor —dije muy lentamente, vocalizando a la perfección el nombre.
Jeannie, tras reírse burlona un rato, se dio media vuelta y acercándose a la neverita giratoria me preguntó con misterio:
—¿Estás segura de que quieres probarlo…?
—¡Jeannie, tráelo de una vez! —grité impaciente porque me moría de ganas, salivaba como el perro de Pávlov. Llevaba meses esperando aquel momento, mi New York y yo nos íbamos a ver las caras por fin.
Jeannie se acercó con un platito, lo portaba ceremoniosamente con ambas manos, y tarareaba una facilona melodía de intriga.
—Y… ¡Ta-chaaaaaán! —exclamó Jeannie dejando el plato en el mostrador, bajo mi depredadora mirada.
Lo miré, lo volví a mirar, me acerqué el platito un poco más por si no lo estaba viendo bien y finalmente dije:
—Pero… Jeannie, tiene crema…
—Claro, abejita, el secreto del pastel New York es su crema.
—Jeannie, no me gusta la crema… —dije bajándome del taburete y con paso lento llegué hasta la puerta.
—Pero, abejita, ¡¿adónde vas?!
—A mi casa, a comerme un yogur.