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Una bailarina exótica demuestra que su ropa interior era demasiado grande como para exponer sus partes íntimas. Desconocido |
Elvira sostenía un botellín de cerveza con una mano y con
la otra un libro. Desde el fondo de la librería estudiaba la situación. La
gente se agrupaba en pequeños círculos de conversación. Todos parecían
conocerse aunque no fuera así, se reían y se tocaban el brazo con fingida confianza.
La última vez que Elvira había asistido a la presentación de un libro fue hace
tres años, a la de Ernesto Garmendia. Y desde entonces, se había prometido a sí
misma no volver a ninguna, incluyendo de esta manera aquel acto en su lista de eventos
detestables: Bodas, funerales y presentaciones de libros.
Sin embargo, la culpa de su asistencia la tenía Enrique. Todo
comenzó un poco antes de diciembre, Elvira decidió dejar que su amigo leyera por
fin su tercera novela terminada. Habían sido varios amigos los que ya la habían
leído y en general había gustado, pero es cierto que la crítica a sus diálogos era
repetida. Así que si alguien sabía de diálogos era Enrique. Aunque no quisiera
enfrentarse a él, tenía claro que era el único que podría hablar con conocimiento
de causa.
—Es buena, Elvira —le dijo su amigo por teléfono hacía poco
más de tres semanas—. Es buena —repitió.
—Ya, ¿y los diálogos? —preguntó pellizcándose el labio
inferior con dos dedos.
—¿Los diálogos?, lo mejor de la novela.
—Hay gente que me ha dicho que no se entiende quien
habla.
—Esa gente no
lee teatro y por lo tanto no sabe descifrar la voz de los personajes si no
están debidamente acotados. No es tu problema.
—Entonces, ¿es buena?
—Es buena. —Hizo una pausa—. No es extraordinaria, Elvira,
no lo es. Pero los que escribieron de manera extraordinaria ya están muertos.
Todos. Tú escribes bien y tu novela es buena, es publicable. Necesitas un
editor.
—Necesito un editor…
Tres semanas después la volvió a llamar. A la
presentación de la última novela de un joven y popular escritor granadino acudiría
el editor. La editorial no era de las grandes pero sí había alcanzado un gran
prestigio en los últimos 12 años, a día de hoy todos los escritores españoles y
latinoamericanos querían lucir en su catálogo. Y que el editor se dejara ver
por estos saraos era poco habitual, así que no podría perder la oportunidad de
hablar con él.
—Yo no sé hablar con la gente —dijo Elvira a su amigo.
Enrique le quitó el botellín de la mano y lo dejó sobre
una estantería, hizo que cogiera el libro con las dos y le alzó las solapas del
abrigo.
—¿Por qué no te has puesto tacones? Parecerías más alta,
así no se te ve. Eres un desastre.
—¿Quién es? —preguntó intentado ver a través de su amigo.
Parecía una niña pequeña dejándose vestir por su madre.
—El canoso de la chaqueta de cuadros verdes y amarillos.
Sí, ser editor no significa tener buen gusto para la ropa, en algo os parecéis.
—La cogió por los hombros y la miró fijamente—. Escúchame, amiga. Te acercas,
le muestras el libro, le das la enhorabuena por su buen olfato a la hora de
editar nuevos autores y le dices que te ha encantado.
—No lo he leído.
—Nadie de los que estamos aquí lo ha leído y nadie lo
leerá. El mundo editorial consiste en vender libros no en que sean leídos,
¿entiendes? —Elvira asintió—. Después te presentas, le comentas que también
escribes y, como quien no quiere la cosa, sacas de tu bolso el maravillosos
manuscrito de tu tercera novela y se lo das. Se lo das. Les gusta el papel. Así
que se lo das. ¿Entiendes? —Elvira volvió a asentir—. Pues corre, ¡ve! Vamos,
ve, ¡ve!
—¿Así sin más? Es que, Enrique, yo no sé hablar con los
hombres, no sé relacionarme con ellos, yo… o los odio o me los follo, no tengo
término medio. Soy víctima de un padre abusivo.
—¡Los dramas para tus novelas! ¡Vete! —Y de un empujón la
lanzó al tumulto.
Elvira se abrió camino entre los grupitos de falsos
amigos. Apretando el libro contra su pecho iba pidiendo paso con sonrisa tensa.
Al llegar a la mesa del centro donde el escritor firmaba sus ejemplares se
paró, había perdido a su objetivo. Chaqueta de cuadros verdes y amarillos,
chaqueta de cuadros verdes y amarillos, murmuraba.
—¿Te lo firmo?
—¿Qué? —preguntó asustada.
—El libro, ¿quieres que te lo firme? —El joven escritor
se había puesto en pie y con amabilidad extendía el brazo para recoger el libro
que estrujaba Elvira.
—¿Eh? Oh, no, no, no, no quiero.
El escritor volvió a sentarse e hizo una mueca de asombro
a la mujer que tenía a su lado. Después ambos se rieron. Elvira los miró y les
sonrió, acto seguido les explicó que iba al baño.
—Esta es la fauna que tienes que aguantar en las
promociones de tus libros, nada es gratis, querido —susurró la mujer al
escritor.
De camino al baño, Elvira localizó la chaqueta de cuadros
verdes y amarillos.
—Chaqueta, chaqueta… Perdón, lo siento… Chaqueta,
chaqueta, por favor, déjeme pasar, gracias, chaqueta, chaqueta, chaqueta…
¡Hola! —exclamó frente a él.
—¿Hola? —respondió el editor algo contrariado por la
efusividad de Elvira, había hecho que la conversación que mantenía con otros tres
hombres se cortara de golpe y aquello pareció molestarle.
—Hola, hola, sí, ¡hola!, ¿qué tal?, ¿qué tal?, bueno,
¡hola! —exclamó de nuevo.
—Vaya, vaya, te dejamos solo ante el peligro, ¡suerte! —dijo
uno de los acompañantes entre carcajadas y los tres hombres se alejaron.
Elvira fue a abrir su bolso pero luego recordó que
primero tenía que hablar del libro del escritor granadino.
—Sí, bueno, bueno, enhorabuena —dijo mostrándole el
libro.
—No lo he escrito yo.
—Sí, sí, sí, bueno pero tu nariz, tu nariz es… mágica.
—¿Mi nariz?
—No, no, no la nariz —se rio nerviosa—, lo que sale de
dentro de la nariz, ya sabes, hablo de manera figurativa.
—¿Mocos mágicos?
—No, no, lo que hueles, quiero decir.
—¿El olfato?
—Exacto, exacto, exacto… Vale, y aunque no te lo creas
soy filóloga.
El editor abrió su chaqueta y colocó los brazos en jarras.
Después levantó las cejas y esperó a que continuara.
—Vale, mi nombre es Elvira Rebollo y me ha gustado mucho
este libro, mucho, mucho, y soy profesora, ¿sí?, bueno, si te digo la verdad no
lo he leído, pero voy a hacerlo, te lo prometo, Enrique dice que no, en realidad yo escribo,
¿sabes?, él me dijo que te lo dijera después de presentarme, sí, y aunque la
gente no entiende mis diálogos parece que son buenos, sí. Está en el bolso.
—¿Perdona?
—No sé, ¿follamos?
El editor se recolocó la chaqueta y, apartando a Elvira
con enfado, se marchó.
Elvira cerró los ojos y deseó la llegada del mismo meteorito que acabó con la vida de los dinosaurios. Diez, veinte o incluso treinta
minutos después, Enrique le tocó el hombro. Elvira, que había permanecido allí
quieta en todo ese rato, se dio la vuelta.
—¿Qué , amiga, cómo ha ido? ¿Qué te ha dicho cuando le
has dado el manuscrito? ¿Se lo va a leer?
—Sí, se lo va a leer —contestó con una plana sonrisa.
—Joder, ¿en serio?
—Sí.
—Amiga, amiga, esto es muy grande, ¡muy grande! Voy a por
dos cervezas para celebrarlo.
—Sí.
Elvira se apoyó en la pared. A lo lejos vio a la mujer
que había estado sentada en la mesa del centro junto al escritor, levantó la mano y
la saludó. La mujer le devolvió el saludo y tras comentar algo a la chica con
la que estaba, se empezaron a reír mirando a Elvira. Ella las sonrió.