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Jacinto Benavente en su terturlia de Café Lisboa (Madrid, 1918), fotografía de Luis Ramón Marín |
—El solo
era para Rita, ¿verdad? ¿Y el cortado con leche de soja para Meli? —Dejo los
cafés sobre la mesa, incluido el mío, y le digo a Bárbara que su té rojo se lo
trae Matías.
Me siento
junto a Meli y le pregunto cómo lo lleva. Suspira y me devuelve la pregunta.
Las dos estamos supuestamente terminando nuestra tesis doctoral, un final que
se eterniza. Solo quien se encuentra en este periodo sabe lo que conlleva:
ganas de morirse. Hace un par de bromas sobre las innovadoras maneras de acabar
con su vida, me río mientras Bárbara nos mira con lástima.
Matías
llega con el té rojo y su cerveza. Toma asiento frente a nosotras y me explica
que hoy conoceré a Monse, que tan solo lleva un par de años en Los
Zaratrustas.
Los
Zaratrustas nació, en principio, como club de lectura hará cosa de 10 años. Me
uní a ellos poco después de la muerte de mi madre. Los encontré en una red
social y la lectura que proponían para aquel mes era Memorias de la casa
muerta de Dostoievski. En ese momento, tras lo vivido con mi madre, el existencialismo
se implantó en mi vida. Pensé que intercambiar inquietudes personales
camufladas en citas literarias podría calmar parte de mi dolor. Sin embargo, me
equivoqué. Encontré a una docena de treintañeros ligados al mundo literario,
pero con pocas ganas de reunirse para debatir sobre el sentido de la vida. Más
bien se trataba de encuentros sociales de gente con varios puntos en común que
buscaba una vía de escape a su monótona vida poniendo los libros como excusa.
Así que mi psicólogo siguió haciendo su trabajo y Los Zaratrustas el suyo:
entretenerme de vez en cuando.
Todos los
allí presentes íbamos y veníamos, el club tenía la puerta abierta, no existía
compromiso alguno y la flexibilidad de incorporarnos a uno u otro encuentro hacía
que siempre que me encontraba con ellos fuera un momento verdaderamente
agradable.
Rita
coloca su bolso sobre la mesa y saca media docena de cuartillas grapadas tamaño
A5.
—Chicos,
este es mi último poemario. A ver, no tenéis ningún compromiso, pero si le
queréis echar un vistazo aquí os dejo unas muestras. Bárbara, pásalos, por
favor, a Meli y a Elvira.
—¿Cuánto
cuesta? —pregunto.
—Cinco
euros, pero no tenéis ningún compromiso, de verdad. La temática es el silencio
en la urbe masificada.
—Qué
interesante —exclama Meli con una sonrisa—. Yo te compro dos.
—Oh,
gracias, amor, pero sin compromiso, por favor.
—A mí
también dame dos, que en tres semanas es el cumpleaños de mi amiga Almudena y así
ya tengo regalo —digo—. No tengo en metálico, te hago un Bizum, ¿vale?
Todos
adoramos a Rita. Profesora de literatura en un instituto por el día, poeta por
la noche. Su pareja murió de un infarto hacía tres años y, al no estar casados,
no recibía pensión de viudedad. El sacar adelante a sus dos hijos con su único
salario se le hacía difícil, por lo que vendía sus poemarios en cuartillas u
organizaba recitales poéticos en el bar de su cuñado, solo una mujer como ella
sabía romantizar la necesidad de aquella manera.
—¿Os leo
uno? —pregunta.
¡Claro!,
respondemos y todos la jaleamos. Rita se pone de pie y abre la pequeña
cuartilla en la tercera página. Lee 24 versos sobre los empujones en la Línea 1
de metro, el cansancio en los hombros y la pena enroscada en intestinos vacíos.
Termina, nos mira y tardamos en aplaudir, que su poesía vaya grapada a su vida nos
deja cierto pesar. La animo a que presente su trabajo a alguna editorial, insisto
en que su poesía es mucho mejor que lo que se publica últimamente.
—Gracias,
Elvi, cariño mío, pero tengo 44 años, en Instagram tengo 253 seguidores y en
Facebook 307; estos números no interesan a ninguna editorial.
Se abre
un acalorado debate sobre si la industria editorial debe responsabilizarse sobre
la calidad de sus obras o simplemente responder a la demanda de masas. Bárbara
se desespera tanto con el tema que nos informa que lo que necesita es una caña
doble, da un último trago a su té y se levanta a la barra, desde allí nos
pregunta si queremos algo más, le pido otra para mí. Entretanto, Meli y Matías
se acusan mutuamente de no entender el panorama literario actual, solo ellos pueden
atacarse con citas bíblicas como si fueran flechas ardiendo, miro a Rita y me
río.
—Vaya,
parece que llego en el mejor momento. —Ante nuestra mesa una mujer de cuarenta
y muchos o cincuenta y pocos, de pelo canoso largo y rizado, con una vieja
gabardina beige y bolso bandolera de piel marrón.
—¡Monse! —Matías se pone de pie y le da dos
besos—. Si no me equivoco conoces a todas menos a Elvira, ¿verdad?
—Bueno a
ella —señala a Rita— solo la he visto una vez y a ti —dirigiéndose a Meli— te
vi de pasada en el encuentro de la Feria del Libro del año pasado.
—Sí, vengo
poco.
—Ya. —Se
acerca a mí y me da dos besos—. Tú también vienes poco, ¿no, Elvira?
—Sí,
cierto. Entre mi estancia en China y que…
—Y que no
has venido, sin más —sentencia.
Algo
cortada miro a Matías que seguía de pie a su lado, pero no encuentro respaldo.
—Hola,
Monse —Bárbara llega con las bebidas a la mesa.
—¿Ya
hemos empezado con las cervecitas?
Nuevamente
busco apoyo en Matías sin éxito.
Ya todos
sentados en la mesa, Monse pregunta si hemos avanzado mucho con el análisis de
la obra que nos ocupa hoy.
—¿Qué
libro era? —pregunto.
—Insolación
de Pardo Bazán —contesta Meli sacando su libro del bolso—. Tengo que decir
que no lo he terminado, pero lo poco que he leído me está gustando mucho.
—Yo
tampoco lo he terminado —dice Rita—. Preparar el nuevo recital me está quitando
muchísimo tiempo.
—¡Ay, qué
bien! —exclama Bárbara—. ¿Cuándo es?
—Espero
que el último viernes de este mes. A ver, a ver, porque quiero que Margarita
Rojas y Fermín Esparta también participen, así que… a ver, a ver.
Todos
aplaudimos y Bárbara y yo brindamos con nuestras cervezas.
—¿Podemos
volver a Pardo Bazán? —pregunta Monse—. Haciendo un rápido recuento podemos
decir que una no sabía ni de qué libro íbamos a hablar hoy, dos no se lo han
terminado...
—Tres —interrumpe
Bárbara con una risita.
—Tres no
se lo han terminado. ¿Matías?
—Yo sí,
yo sí —responde satisfecho, como si su profesora le fuera a poner un positivo.
—Y dos
leídos. Muy bien. Muy bien. Veo que los estatutos del club siguen sin
respetarse.
—¿Qué
estatutos? —pregunto sin ocultar mi perplejidad.
—Los
Zaratrustas tienen unos estatutos —responde Monse.
—¿Desde
cuándo? —sigo sin cerrar la boca.
—A ver,
Elvi, bueno son unas reglas —interviene Matías— para llevar un poquito el
control de la asistencia.
—¿El
control? —Si me pinchan no sangro.
—Pertenecer
a un club de lectura conlleva un compromiso —explica esta vez Monse. Miro
a Meli que prefiere esconderse tras su taza de café—. De las doce lecturas que
se proponen analizar al año, se pide participar como mínimo en tres. Y cuando
digo participar, no me refiero a llegar, pedirse una cerveza y hablar de nuestras
vidas, sino de haber realizado una lectura profunda de la obra para tratar
sobre ella la tarde que nos ocupe.
Matías
asiente con la cabeza. Lo miro molesta y antes de hablar coloco los codos
sobre la mesa:
—¿Y qué
pasa si no cumples con estos estatutos?
—Que
debes abandonar Los Zaratrustas —responde Monse tajante.
—¿Que debo
abandonar Los Zaratrustas?
—Elvira,
no puedes aparecer cuando te venga en gana sin tener la menor idea del libro
que estamos leyendo. Debes ser considerada con el resto de los miembros del
club, no nos puedes hacer perder el tiempo. Si no vienes, te vas. Así son las
normas.
—Normas
que, por lo que veo, has instaurado tú, Monse, porque has decidido erigirte como
presidenta del club. Presidenta o dictadora, según se mire.
—¿Perdona?
—Te
perdono. —La miro y sonrío con cinismo—. Bien, pues llegado a este punto solo
me queda abandonar Los Zaratustras.
—Pero,
Elvira, por favor, ¿cómo vas a abandonar? —Rita intenta establecer algo de
cordura. Dirigiéndose a Monse—: Elvira no conocía los estatutos, así que lo
podemos dejar pasar. Además, lleva más de 7 años en el grupo, no puede irse.
—Si somos
flexibles con ella no sería justo para los otros 4 que ya han abandonado el
club.
—¡Pero
estamos locos! —grito. Me levanto, cojo mi bolso y abrigo y pido a Meli que me
deje salir—. ¡Me voy!, ¡vaya si me voy! ¡¿Pero qué autocracia es esta?!
Salgo del
bar completamente rabiosa. Me pongo el abrigo, lo consigo solamente de un brazo
y el resto lo llevo arrastrando por la acera. Dos jóvenes se ríen al verme, me
paro frente a ellos y los observo. No llegan a los 20, pienso que ni siquiera
son jóvenes, son nuevos, originales. Originales. ¡Originales! Me doy media
vuelta y regreso al bar. Me planto de nuevo frente a la mesa. Todos me miran en
silencio. Mi aspecto crea incertidumbre.
—Me voy —empiezo
diciendo—, abandono Los Zaratrustas, pero no sin antes anunciar la creación de
un nuevo club, al que todos sois bienvenidos: Los Zoroastros, el original.
Me giro y, yendo hacia puerta arrastrando la mitad de mi abrigo, oigo las risas de Meli, Rita y Bárbara.