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La silla de Gauguin de Vicent van Gogh |
Jérôme me
abrió la puerta. Me dio un beso en la mejilla y me preguntó cómo estaba, no lo
hizo como un simple saludo, sino que aguardó a que respondiera sin dejar de
mirarme. Lo sonreí y le dije que bien. Era la primera vez que estaba en aquel
apartamento, Enrique y él lo acababan de alquilar en un barrio del sur de
Madrid. Es muy bonito, dije.
—Nesesitábamos
dos piesas. Y en el sentrgo… pouah!, c’est impossible!
Asentí con
implicación, sabía muy bien a qué se refería, y repetí lo bonito que era.
Entramos en la cocina, Enrique preparaba café.
—¿Qué
pasa, amiga? —Puso los brazos en jarra y esperó mi respuesta que no terminó de
llegar—. Vale, vamos al salón y me cuentas.
Me senté
en un peculiar sillón naranja chillón y Enrique frente a mí, en el sofá de ante
verde. Jérôme nos dijo que nos traería los cafés enseguida y se cercioró de que
yo lo tomara con leche sin lactosa. Lo vi marchar y le dije a Enrique lo atento que me parecía su chico.
—Ahora va
a resultar que te gustan los franceses. —Me reí. Él se encendió un cigarrillo,
apoyó los codos sobre las rodillas y espetó—: Empieza, ¿qué te dijeron esos
cabrones?
La novela
la envié haría cosa de cuatro meses. Me parecía una editorial especial. La
formaba un trío de editores jóvenes (argentino, chileno y español), que
apostaban principalmente por autores poco o nada conocidos que pudieran aportar
algo sugerente al mercado literario chino. Sí, lo llamativo de esta empresa, y
lo que me hizo enviarles mi texto, era que publicaban en China. A mi parecer
todo tenía sentido. Editorial pequeña e independiente que editaba novelas de autores
hispanohablantes con temática china. Perfecto. Mi lienzo se ajustaba a su marco.
No
tardaron en contestarme, me pidieron tiempo para valorar la novela, se pondrían
en contacto en unos meses. Cinco semanas después me escribieron un email pidiéndome
el teléfono, querían tener una reunión conmigo en línea. Por WhatsApp concretamos
el día y la hora. Hubo complicaciones por el desfase horario, ¿tus once o las
mías?, entonces, imposible, allí, si no me equivoco, serán las cuatro y media,
¿hora española?, sí, no, las cinco y media, ¿seguro? Tras un largo baile de
horas y fechas, se fijó la reunión dos días después a las siete de la tarde
hora española.
Llegaron
los dos días después y las siete de la tarde. Sin noticias en el frente. Esperé
diez minutos de cortesía y envié un mensaje por WhatsApp para informar que ya
estaba disponible. Silencio. Envié otro treinta minutos después, algo más
inquisitiva. Silencio. Una hora más tarde, les volví a escribir para confirmar
que la reunión quedaba cancelada. Un minuto después, uno de ellos me escribió
asegurándome que tenía anotado que la reunión era a las siete de la tarde hora
argentina. Leí el mensaje barajando tres opciones: 1. El tipo era lento o
directamente gilipollas, porque era de cajón que nunca habría aceptado una
reunión a medianoche (hora española). 2. El tipo manejaba la estrategia casposa
de creerse el fuerte y por lo tanto debía hacer esperar al débil. 3. El tipo
era un desorganizado, lo había olvidado, y estaba dotado de la incapacidad de
pedir disculpas.
Enseñé el
mensaje a Joan. Se tocó la nariz, huele mal, me dijo. Me piden diez minutos,
dicen que me llaman ahora. Joan levantó los hombros, si ya había esperado una
hora qué importaban unos minutos más. No fueron diez, fueron treinta y cinco.
Contesté la llamada con furia contenida. Lo dejé hablar, me explicó no sé qué
de su catálogo editorial, de sus próximos títulos para el 2025, me recalcó que
ya estaban todos seleccionados, pero que había un hueco para mi novela. Sin
embargo, al ser a última hora llevaría unos costes superiores y que, sin
problema, podría pasarme el presupuesto para que lo aceptara.
—¿Me
estás hablando de autoedición? —pregunté mientras mis orificios nasales ardían.
—Ya
tenemos el 2025 completo, asimismo tu novela encaja con lo que buscamos, pero
es imposible que nos hagamos cargo de su proceso de edición.
—Tajantemente
no. No puedo estar más en contra de la autoedición. Si yo escribo, y os gusta,
vosotros pagáis. Punto.
—En ese
caso me temo que tendrás que moverla tú sola.
Y el tipo
gilipollas, casposo e incapacitado colgó.
Enrique
se echó hacia atrás y dio una larga calada al cigarro. Cruzó las piernas, extendió
uno de los brazos sobre el respaldo del sofá y fijó la vista al frente. Después
de un largo silencio, habló:
—Bueno,
estafadores. El mundo editorial está lleno de ellos, no es nuevo. Editores
intelectualoides que dicen abrazar el mundo cultural alternativo mientras por
debajo de la mesa facturan como verdaderos trileros. —Me miró—. Elvira, tú
novela no es ninguna maravilla, pero te aseguro que es muy superior a toda la
morraña que se está vendiendo últimamente. Muy superior. Tus sesenta páginas
son buenas y publicables. Hay que esperar.
—Ya he
esperado tres años.
—Pues
esperaremos otros tres y otros tres y otros tres… Porque hay más tiempo que
vida, camarada. —Dio otra larga calada al cigarro y soltó el humo con trazo
lento. Miró a la puerta—: ¡Bebé!, ¿y esos cafés?