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Mujer y playa de Carmen Mansilla |
Elvira lo
miraba desde la puerta. El viejo profesor estaba en su butaca con la cabeza torcida,
la sien le tocaba casi el hombro. Babeaba como un niño. El brazo izquierdo también lo tenía encogido, la mano parecía un muñón.
—Pasa,
pasa, preciosa, no te quedes ahí —dijo Dolores, después siguió limpiándole al
viejo la saliva que le caía por la barbilla.
Elvira se
acercó y se sentó en la butaca de al lado, como de costumbre.
—No sabía
que estaba tan mal.
Dolores asintió
afligida. Le explicó que el segundo ictus le había afectado a la movilidad del
lado izquierdo, pero que no se había quedado tonto, eso no, que no se preocupara, que
entendía todo, todo, todo.
—¿A qué
sí, señor Agustín? ¡Claro que sí! Y por eso hoy nos hemos puesto tan guapo,
¿verdad? Porque venía Elvira, ¿eh? Qué preciosa está, ¿eh? Como usted, que si no
fuera por esa babilla, ¡cochinote! Pero yo se la limpio, así, así, ve qué bien…
Elvira la
agarró del brazo y le pidió que parara. La miró un instante y con contenida
agitación le dijo que se fuera, que ella se ocuparía. Dolores salió del salón algo molesta y
Elvira arrimó un pequeño taburete de piel y lo colocó frente a la butaca del
profesor. Lo observó primero, le costaba reconocerlo. Después le cogió la mano,
la que estaba retorcida y le estiró los dedos con delicadeza. Se los acercó a su mejilla y lo sonrió.
—Hola,
Agustín.
El viejo
con esfuerzo giró la cabeza y abrió la boca.
—Hola,
querida —pronunció con dificultad—. ¿Decepcionada?
—¿Por
verte todavía vivo?
—Soy un
saco de carne tullida.
Elvira le
besó la mano y agachó la cabeza. Le dijo que quería haber ido a verlo al
hospital pero que había estado fuera de Madrid, que el verano parecía tener muchos días
pero que después se queda en nada, le dijo que había llamado a Dolores varias
veces, que esperaba que le hubiera dado los besos que le había estado mandando.
—¿Te los
dio?
El viejo
la miró y ella lloró, lloró agarrada a él toda la tarde.