![]() |
Joan Crawford, 1927 |
Era
domingo por la tarde y Enrique había invitado a casa a sus tres amigos ‘Teatreros’,
según su grupo de WhatsApp, para celebrar su despedida de soltero. Se
conocieron hace catorce años en un Máster en Estudios Teatrales del que todos creían
que saldrían triunfando en las artes escénicas. Para algunos fue así al principio,
pero todos, ahora, tenían sus propios trabajos alejados del espectáculo, aunque
seguían incurriendo en el mundo del teatro sin éxito alguno.
En ningún
momento se barajó la idea de salir de fiesta, ni siquiera de alquilar una
casita en la sierra madrileña para un fin de semana. Se sentían cuarentones
maniáticos y compartir habitación o baño no le ilusionaba en absoluto. Enrique
les propuso una tarde en su casa con cerveza y patatas de la Esteban y a los
teatreros les pareció perfecto.
Darío estaba
en pleno alegato contra la actriz Carmen Machi,
cuando de manera enérgica Beatriz lo mandó callar.
—Lo siento, Darío, es solamente que me estoy dando cuenta de que… —Hizo una pausa y se retiró su larga melena al
lado derecho. Se repasó los labios con la lengua y siguió—: ¿Qué hace Almudena
aquí?
—¿Y a ti qué
más te da? —preguntó Elvira alzando la barbilla.
—A mí me
da exactamente igual, pero si se dijo que iba a ser una reunión de los
teatreros, pues…
—Oye, no,
no, por favor, si queréis yo me voy —dijo Almudena intentando ponerse en pie,
pero Elvira la agarró de la muñeca y la volvió a sentar a su lado de un tirón.
—Tú de
aquí no te mueves. Si a Bea le molesta que hayas venido que se vaya ella.
Enrique
pidió calma y aseguró que nadie se iría a ningún sitio e inmediatamente después
añadió:
—Y sí,
bueno, Machi en cine tiene un pase, sin embargo, en teatro no vale nada.
Beatriz
se levantó, se sacudió con ímpetu los anchos pantalones y con paso decidido
fue a la cocina. Al entrar se apoyó en la mesa y cruzó los brazos. Enana asquerosa, murmuró. Dio una vuelta a la mesa y terminó apoyando los codos en
la encimera enterrando los dedos en el pelo. Elvira entró y Beatriz
sobresaltada se irguió. Al percatarse, Elvira se justificó:
—Quieren
más cervezas. —De la nevera sacó un pack de seis y se las mostró.
—No sé
cómo lo haces —dijo Bea.
—Cómo
hago el qué.
—Fingir
que no ha pasado nada.
—¿Qué ha
pasado? —preguntó y dejó las cervezas en la mesa, empezaban a pesarle, empezaba
a pesarle el domingo entero.
—Sabes
muy bien qué ha pasado. Llevas un año sin hablarme y ahora de repente llegas
aquí con tu amiguita del alma, a la que utilizas como parapeto, y a la carga
otra vez. A por Beatriz. Así funcionas. Primero castigas con el silencio y
cuando la presa vuelve a confiar en ti, ¡zas!, a la jaula y vuelta a empezar.
Elvira
sacó su móvil del bolsillo de atrás de sus vaqueros. Lo dejó sobre la mesa y lo
señaló.
—Ese
trasto tiene exactamente once años, de hecho, ya no existe su fabricante. Es un
BQ, míralo, cógelo, no me importa, cógelo. —Beatriz lo miró sin moverse—. Es un
ladrillo, solo tengo descargadas 12 aplicaciones porque no me caben más.
Suficiente para mí: mensajes, llamadas, internet y fotos.
—Muy
bien, precioso, ¿qué quieres?, ¿una medallita por anti consumista? ¿Hay que
aplaudirte? ¿Nos tenemos que postrar ante tu personalidad incorruptible? No sé,
dime qué quieres que haga con el discursito que te has marcado.
—Lo que te quiero explicar es que mi móvil me es suficiente porque es bidireccional. Puedo hacer llamadas y mandar mensajes, pero también los recibo. Muy práctico, ¿verdad? —Elvira lo recogió de la mesa, abrió la aplicación de WhatsApp y con el dedo parecía buscar algo concreto—. Nuestra última conversación es del fatídico 13 de octubre de 2023, dos mensajes. El mío, leo: “Loca, dice Almu que llega tarde. Hacemos tiempo en Malpica con un vinillo? En el metro ya, llego en 15 mins.”. Respuesta tuya, leo: “Ok, saliendo de casa, en 25’, sorry, pago yo, no enfadarse.” Y ya, nada más. Ni por mi parte, ni por la tuya. Nada más. Bidireccional. Yo no te he escrito en un año, cierto, pero tú tampoco. No obstante, no-obs-tan-te, por alguna extraña razón, tú has decidido coronarte como la víctima. Pues ya me explicarás, porque estoy un poco harta de que por ser la rara, la insociable, la huraña, la especialita..., se me carguen culpas que no tengo. Así que la pregunta te la hago yo a ti: ¿Por qué no me has escrito en un año?
Beatriz
salió de la cocina sin responder. Elvira cogió las seis cervezas y también
regresó al salón. Allí, Enrique mirando primero a una y luego a la otra les
preguntó si todo iba bien. A lo que respondieron que sí con sendas sonrisas.
El tema
Machi no daba más de sí, así que derivaron el debate al clan Larrañaga-Merlo y
su omnipresencia en la producción privada teatral de la capital. Uno decía que por
lo que había que luchar era por los teatros públicos, otro preguntó que por qué
lo llamaba “públicos” si las obras eran programadas por deditocracia, otra que si las patatas se habían acabado,
otro que las salas teatrales pequeñas se ahogaban en impuestos, otro que el
gazpacho de la Esteban no era tan bueno como las patatas, otra que por qué no
se representaba el teatro de Unamuno, otra que estaba pensando en pasar las
navidades en Túnez, otro que porque Unamuno no sabía escribir teatro, otra que quien
quisiera más cerveza que levantara la mano, otro que si la boda al estar tan llena
de franceses habría que llevar mascarilla, otra que no tenía claro si Tabarka o
Hammamet, otra que esas cuatro cervezas eran las últimas, otro que si se
callaban un poco podría recitar a Cossa, otra que hacía tres meses que no
follaba, otra que reconocía que su tesis de Unamuno era una mierda, otro que si
lo de no follar era porque no quería o no podía, otra que si Nayua Rinri era
así o se lo hacía, otro que si no había más cerveza habría que abrir el vino,
otra que solo un culín, otro que era Najwa Nimri, la otra que qué, el otro que
si quieres vino, la otra que si se lo hace o es así, otra pues lo que sea pero con Luis
Merlo te partes, otra que cuando se ríe tose, otra que también, que también
qué, que cuando como sandia me ahogo.
Era casi
medianoche y Elvira le servía otro culín a Almudena que no podía dejar el vaso
quieto. Enrique desparramado en el sofá se reía frente a Darío quien
interpretaba unas líneas de La Nona. Y Beatriz escribía un mensaje de WhatsApp.
—¡Almu,
me vibra el culo! —gritó Elvira y las dos se rieron como idiotas. Elvira sacó
su móvil del bolsillo trasero y leyó el mensaje en voz alta con cierta
dificultad—: “Cómprate otro móvil, tacaña de mierda.” —Elvira se giró hacia
Beatriz y sonriendo le mostró el móvil triunfante—: ¡Bidireccional!
—Bidireccional
—repitió Bea, y estiró el brazo para que también le sirviera más vino a ella.