14 sept 2024

Domingo bidireccional

 

Joan Crawford, 1927

Era domingo por la tarde y Enrique había invitado a casa a sus tres amigos ‘Teatreros’, según su grupo de WhatsApp, para celebrar su despedida de soltero. Se conocieron hace catorce años en un Máster en Estudios Teatrales del que todos creían que saldrían triunfando en las artes escénicas. Para algunos fue así al principio, pero todos, ahora, tenían sus propios trabajos alejados del espectáculo, aunque seguían incurriendo en el mundo del teatro sin éxito alguno.

En ningún momento se barajó la idea de salir de fiesta, ni siquiera de alquilar una casita en la sierra madrileña para un fin de semana. Se sentían cuarentones maniáticos y compartir habitación o baño no le ilusionaba en absoluto. Enrique les propuso una tarde en su casa con cerveza y patatas de la Esteban y a los teatreros les pareció perfecto.

Darío estaba en pleno alegato contra la actriz Carmen Machi, cuando de manera enérgica Beatriz lo mandó callar.

—Lo siento, Darío, es solamente que me estoy dando cuenta de que…  —Hizo una pausa y se retiró su larga melena al lado derecho. Se repasó los labios con la lengua y siguió—: ¿Qué hace Almudena aquí?

—¿Y a ti qué más te da? —preguntó Elvira alzando la barbilla.

—A mí me da exactamente igual, pero si se dijo que iba a ser una reunión de los teatreros, pues…

—Oye, no, no, por favor, si queréis yo me voy —dijo Almudena intentando ponerse en pie, pero Elvira la agarró de la muñeca y la volvió a sentar a su lado de un tirón.

—Tú de aquí no te mueves. Si a Bea le molesta que hayas venido que se vaya ella.

Enrique pidió calma y aseguró que nadie se iría a ningún sitio e inmediatamente después añadió:

—Y sí, bueno, Machi en cine tiene un pase, sin embargo, en teatro no vale nada.

Beatriz se levantó, se sacudió con ímpetu los anchos pantalones y con paso decidido fue a la cocina. Al entrar se apoyó en la mesa y cruzó los brazos. Enana asquerosa, murmuró. Dio una vuelta a la mesa y terminó apoyando los codos en la encimera enterrando los dedos en el pelo. Elvira entró y Beatriz sobresaltada se irguió. Al percatarse, Elvira se justificó:

—Quieren más cervezas. —De la nevera sacó un pack de seis y se las mostró.

—No sé cómo lo haces —dijo Bea.

—Cómo hago el qué.

—Fingir que no ha pasado nada.

—¿Qué ha pasado? —preguntó y dejó las cervezas en la mesa, empezaban a pesarle, empezaba a pesarle el domingo entero.

—Sabes muy bien qué ha pasado. Llevas un año sin hablarme y ahora de repente llegas aquí con tu amiguita del alma, a la que utilizas como parapeto, y a la carga otra vez. A por Beatriz. Así funcionas. Primero castigas con el silencio y cuando la presa vuelve a confiar en ti, ¡zas!, a la jaula y vuelta a empezar.

Elvira sacó su móvil del bolsillo de atrás de sus vaqueros. Lo dejó sobre la mesa y lo señaló.

—Ese trasto tiene exactamente once años, de hecho, ya no existe su fabricante. Es un BQ, míralo, cógelo, no me importa, cógelo. —Beatriz lo miró sin moverse—. Es un ladrillo, solo tengo descargadas 12 aplicaciones porque no me caben más. Suficiente para mí: mensajes, llamadas, internet y fotos.

—Muy bien, precioso, ¿qué quieres?, ¿una medallita por anti consumista? ¿Hay que aplaudirte? ¿Nos tenemos que postrar ante tu personalidad incorruptible? No sé, dime qué quieres que haga con el discursito que te has marcado.

—Lo que te quiero explicar es que mi móvil me es suficiente porque es bidireccional. Puedo hacer llamadas y mandar mensajes, pero también los recibo. Muy práctico, ¿verdad? —Elvira lo recogió de la mesa, abrió la aplicación de WhatsApp y con el dedo parecía buscar algo concreto—. Nuestra última conversación es del fatídico 13 de octubre de 2023, dos mensajes. El mío, leo: “Loca, dice Almu que llega tarde. Hacemos tiempo en Malpica con un vinillo? En el metro ya, llego en 15 mins.”. Respuesta tuya, leo: “Ok, saliendo de casa, en 25’, sorry, pago yo, no enfadarse.” Y ya, nada más. Ni por mi parte, ni por la tuya. Nada más. Bidireccional. Yo no te he escrito en un año, cierto, pero tú tampoco. No obstante, no-obs-tan-te, por alguna extraña razón, tú has decidido coronarte como la víctima. Pues ya me explicarás, porque estoy un poco harta de que por ser la rara, la insociable, la huraña, la especialita..., se me carguen culpas que no tengo. Así que la pregunta te la hago yo a ti: ¿Por qué no me has escrito en un año?

Beatriz salió de la cocina sin responder. Elvira cogió las seis cervezas y también regresó al salón. Allí, Enrique mirando primero a una y luego a la otra les preguntó si todo iba bien. A lo que respondieron que sí con sendas sonrisas.

El tema Machi no daba más de sí, así que derivaron el debate al clan Larrañaga-Merlo y su omnipresencia en la producción privada teatral de la capital. Uno decía que por lo que había que luchar era por los teatros públicos, otro preguntó que por qué lo llamaba “públicos” si las obras eran programadas por deditocracia,  otra que si las patatas se habían acabado, otro que las salas teatrales pequeñas se ahogaban en impuestos, otro que el gazpacho de la Esteban no era tan bueno como las patatas, otra que por qué no se representaba el teatro de Unamuno, otra que estaba pensando en pasar las navidades en Túnez, otro que porque Unamuno no sabía escribir teatro, otra que quien quisiera más cerveza que levantara la mano, otro que si la boda al estar tan llena de franceses habría que llevar mascarilla, otra que no tenía claro si Tabarka o Hammamet, otra que esas cuatro cervezas eran las últimas, otro que si se callaban un poco podría recitar a Cossa, otra que hacía tres meses que no follaba, otra que reconocía que su tesis de Unamuno era una mierda, otro que si lo de no follar era porque no quería o no podía, otra que si Nayua Rinri era así o se lo hacía, otro que si no había más cerveza habría que abrir el vino, otra que solo un culín, otro que era Najwa Nimri, la otra que qué, el otro que si quieres vino, la otra que si se lo hace o es así, otra pues lo que sea pero con Luis Merlo te partes, otra que cuando se ríe tose, otra que también, que también qué, que cuando como sandia me ahogo.

Era casi medianoche y Elvira le servía otro culín a Almudena que no podía dejar el vaso quieto. Enrique desparramado en el sofá se reía frente a Darío quien interpretaba unas líneas de La Nona. Y Beatriz escribía un mensaje de WhatsApp.

—¡Almu, me vibra el culo! —gritó Elvira y las dos se rieron como idiotas. Elvira sacó su móvil del bolsillo trasero y leyó el mensaje en voz alta con cierta dificultad—: “Cómprate otro móvil, tacaña de mierda.” —Elvira se giró hacia Beatriz y sonriendo le mostró el móvil triunfante—: ¡Bidireccional!

—Bidireccional —repitió Bea, y estiró el brazo para que también le sirviera más vino a ella.

 

25 ago 2024

Veranos muertos


Mujer y playa de Carmen Mansilla

Elvira lo miraba desde la puerta. El viejo profesor estaba en su butaca con la cabeza torcida, la sien le tocaba casi el hombro. Babeaba como un niño. El brazo izquierdo también lo tenía encogido, la mano parecía un muñón.

—Pasa, pasa, preciosa, no te quedes ahí —dijo Dolores, después siguió limpiándole al viejo la saliva que le caía por la barbilla.

Elvira se acercó y se sentó en la butaca de al lado, como de costumbre.

—No sabía que estaba tan mal.

Dolores asintió afligida. Le explicó que el segundo ictus le había afectado a la movilidad del lado izquierdo, pero que no se había quedado tonto, eso no, que no se preocupara, que entendía todo, todo, todo.

—¿A qué sí, señor Agustín? ¡Claro que sí! Y por eso hoy nos hemos puesto tan guapo, ¿verdad? Porque venía Elvira, ¿eh? Qué preciosa está, ¿eh? Como usted, que si no fuera por esa babilla, ¡cochinote! Pero yo se la limpio, así, así, ve qué bien…

Elvira la agarró del brazo y le pidió que parara. La miró un instante y con contenida agitación le dijo que se fuera, que ella se ocuparía. Dolores salió del salón algo molesta y Elvira arrimó un pequeño taburete de piel y lo colocó frente a la butaca del profesor. Lo observó primero, le costaba reconocerlo. Después le cogió la mano, la que estaba retorcida y le estiró los dedos con delicadeza. Se los acercó a su mejilla y lo sonrió.

—Hola, Agustín.

El viejo con esfuerzo giró la cabeza y abrió la boca.

—Hola, querida —pronunció con dificultad—. ¿Decepcionada?

—¿Por verte todavía vivo?

—Soy un saco de carne tullida.

Elvira le besó la mano y agachó la cabeza. Le dijo que quería haber ido a verlo al hospital pero que había estado fuera de Madrid, que el verano parecía tener muchos días pero que después se queda en nada, le dijo que había llamado a Dolores varias veces, que esperaba que le hubiera dado los besos que le había estado mandando.

—¿Te los dio?

El viejo la miró y ella lloró, lloró agarrada a él toda la tarde.


27 jul 2024

Más tiempo que vida

 

La silla de Gauguin de Vicent van Gogh

Jérôme me abrió la puerta. Me dio un beso en la mejilla y me preguntó cómo estaba, no lo hizo como un simple saludo, sino que aguardó a que respondiera sin dejar de mirarme. Lo sonreí y le dije que bien. Era la primera vez que estaba en aquel apartamento, Enrique y él lo acababan de alquilar en un barrio del sur de Madrid. Es muy bonito, dije.

—Nesesitábamos dos piesas. Y en el sentrgo… pouah!, c’est impossible!

Asentí con implicación, sabía muy bien a qué se refería, y repetí lo bonito que era. Entramos en la cocina, Enrique preparaba café.

—¿Qué pasa, amiga? —Puso los brazos en jarra y esperó mi respuesta que no terminó de llegar—. Vale, vamos al salón y me cuentas.

Me senté en un peculiar sillón naranja chillón y Enrique frente a mí, en el sofá de ante verde. Jérôme nos dijo que nos traería los cafés enseguida y se cercioró de que yo lo tomara con leche sin lactosa. Lo vi marchar y le dije a Enrique lo atento que me parecía su chico.

—Ahora va a resultar que te gustan los franceses. —Me reí. Él se encendió un cigarrillo, apoyó los codos sobre las rodillas y espetó—: Empieza, ¿qué te dijeron esos cabrones?

 

La novela la envié haría cosa de cuatro meses. Me parecía una editorial especial. La formaba un trío de editores jóvenes (argentino, chileno y español), que apostaban principalmente por autores poco o nada conocidos que pudieran aportar algo sugerente al mercado literario chino. Sí, lo llamativo de esta empresa, y lo que me hizo enviarles mi texto, era que publicaban en China. A mi parecer todo tenía sentido. Editorial pequeña e independiente que editaba novelas de autores hispanohablantes con temática china. Perfecto. Mi lienzo se ajustaba a su marco.

No tardaron en contestarme, me pidieron tiempo para valorar la novela, se pondrían en contacto en unos meses. Cinco semanas después me escribieron un email pidiéndome el teléfono, querían tener una reunión conmigo en línea. Por WhatsApp concretamos el día y la hora. Hubo complicaciones por el desfase horario, ¿tus once o las mías?, entonces, imposible, allí, si no me equivoco, serán las cuatro y media, ¿hora española?, sí, no, las cinco y media, ¿seguro? Tras un largo baile de horas y fechas, se fijó la reunión dos días después a las siete de la tarde hora española.

Llegaron los dos días después y las siete de la tarde. Sin noticias en el frente. Esperé diez minutos de cortesía y envié un mensaje por WhatsApp para informar que ya estaba disponible. Silencio. Envié otro treinta minutos después, algo más inquisitiva. Silencio. Una hora más tarde, les volví a escribir para confirmar que la reunión quedaba cancelada. Un minuto después, uno de ellos me escribió asegurándome que tenía anotado que la reunión era a las siete de la tarde hora argentina. Leí el mensaje barajando tres opciones: 1. El tipo era lento o directamente gilipollas, porque era de cajón que nunca habría aceptado una reunión a medianoche (hora española). 2. El tipo manejaba la estrategia casposa de creerse el fuerte y por lo tanto debía hacer esperar al débil. 3. El tipo era un desorganizado, lo había olvidado, y estaba dotado de la incapacidad de pedir disculpas.

Enseñé el mensaje a Joan. Se tocó la nariz, huele mal, me dijo. Me piden diez minutos, dicen que me llaman ahora. Joan levantó los hombros, si ya había esperado una hora qué importaban unos minutos más. No fueron diez, fueron treinta y cinco. Contesté la llamada con furia contenida. Lo dejé hablar, me explicó no sé qué de su catálogo editorial, de sus próximos títulos para el 2025, me recalcó que ya estaban todos seleccionados, pero que había un hueco para mi novela. Sin embargo, al ser a última hora llevaría unos costes superiores y que, sin problema, podría pasarme el presupuesto para que lo aceptara.

—¿Me estás hablando de autoedición? —pregunté mientras mis orificios nasales ardían.

—Ya tenemos el 2025 completo, asimismo tu novela encaja con lo que buscamos, pero es imposible que nos hagamos cargo de su proceso de edición.

—Tajantemente no. No puedo estar más en contra de la autoedición. Si yo escribo, y os gusta, vosotros pagáis. Punto.

—En ese caso me temo que tendrás que moverla tú sola.

Y el tipo gilipollas, casposo e incapacitado colgó.

 

Enrique se echó hacia atrás y dio una larga calada al cigarro. Cruzó las piernas, extendió uno de los brazos sobre el respaldo del sofá y fijó la vista al frente. Después de un largo silencio, habló:

—Bueno, estafadores. El mundo editorial está lleno de ellos, no es nuevo. Editores intelectualoides que dicen abrazar el mundo cultural alternativo mientras por debajo de la mesa facturan como verdaderos trileros. —Me miró—. Elvira, tú novela no es ninguna maravilla, pero te aseguro que es muy superior a toda la morraña que se está vendiendo últimamente. Muy superior. Tus sesenta páginas son buenas y publicables. Hay que esperar.

—Ya he esperado tres años.

—Pues esperaremos otros tres y otros tres y otros tres… Porque hay más tiempo que vida, camarada. —Dio otra larga calada al cigarro y soltó el humo con trazo lento. Miró a la puerta—: ¡Bebé!, ¿y esos cafés?



 

21 jun 2024

Pater Noster

 

La mujer barbuda de José de Ribera (Museo del Prado)

—Puedes dejar la bolsa bajo el asiento.

Enrique, al volante, le señala el lugar.

—Voy bien así —explica Elvira que se aferra a la bolsa de papel. Está llena de libros, los acaba de comprar en la Feria del Libro de Madrid. Aunque ahora, en el viejo coche de Almudena, vayan de camino a Toledo.

Enrique suspira y le pregunta a su amiga los años que tiene el coche. Elvira duda, cree que veinte o más. Explica que era de su ex.

—¿Del padre de Abel?

—Sí, lo dejó cuando huyó al norte o donde quiera que esté ahora.

Enrique suspira de nuevo. Le pide a Elvira que le dé las gracias de su parte, que sin el coche no sabría cómo podría recoger las cosas de la casa de su padre. Elvira asiente y se aprieta más la bolsa contra ella. Cruje. Después pregunta.

—Lo que no entiendo es por qué me traes a mí, ¿y Jérôme? —Enrique no contesta y finge tocar algo de la cabecera—. No lo sabe, tu padre no lo sabe.

Enrique suspira de nuevo con más fuerza y alterado se echa el pelo hacia atrás.

—¿Qué te has comprado?

—Libros —contesta Elvira sabiendo que colocar en una misma frase Jérôme y padre no es buena idea.

—Ya, libros, joder, pero ¿cuáles?

—De muerte, desesperanza, sinsentido existencial, tragedia, suicidio… Nada nuevo.

Enrique sonríe y la mira con complicidad. Le pide que cuando se los lea le preste los que más le hayan gustado. Ella niega rotunda y le recuerda lo caros que son los libros en este país.

—Eres una tacaña de mierda.

Elvira se ríe y le ofrece un servicio bibliotecario a treinta euros mensuales.

—Lo peor de todo, Elvi, es que lo dices en serio.

—Completamente —y rompe a reír.

Treinta minutos después, tras la repetitiva discusión sobre el negocio editorial, llegan a Toledo. Enrique aparca el viejo Citroën Xsara verde metalizado en un pequeño descampado. Le pide a Elvira que lo acompañe al portal, que lo espere abajo que no cree que tarde, y que irá bajando las cajas, ella las puede ir llevando al coche, que lo deja abierto, que allí no pasa nunca nada.

—¿Se lo vas a decir?  —pregunta Elvira. Enrique no contesta.

Llegan a una pequeña casa de piedra de tres pisos. Elvira, obediente, se sienta en el poyo de la entrada y Enrique sube hasta el segundo. Toca al timbre. Un hombre robusto, a pesar de ser casi octogenario, abre la puerta y lo abraza. Enrique le repite hasta en dos ocasiones que no lo quiere molestar, que coge las cajas y regresa a Madrid.

—Acabo de hacer café, te pongo una taza.

—No, una amiga me está esperando abajo.

—¿Amiga? Bueno, eso está bien, pues dile a tu amiga que suba, la quiero conocer.

—Ya hemos hablado de esto.

—No, hijo, no hemos hablado de esto ni de nada, contigo no se puede hablar de nada, solo dices bobadas, anda, siéntate.

Enrique se coloca frente a su padre, lo mira y despacio le explica que va a casarse con Jérôme, que es el hombre francés del que ya le ha hablado en alguna ocasión, que lo quiere, que lo quiere mucho, que será en octubre en Madrid, y que, por supuesto, está invitado, él mismo vendrá a recogerlo en coche.

—Da gracias de que tu madre no esté viva para escuchar semejante majadería. Eres un enfermo, un tarado mental, un desviado, un sucio, das asco…

Elvira se levanta de golpe al escuchar el portazo del segundo. Espera. Del portal sale Enrique.

—¿Y las cajas? —pregunta.

—No hay cajas, vámonos.

—¿Cómo que no hay cajas?

Enrique la empuja y le grita que no hay cajas, que qué es lo que no entiende, que si es subnormal, que lo parece, que siempre parece idiota redomada, que se calle la boca, que se calle la puta boca, joder, ¡joder!

Elvira entra en el coche poco después de que él ya lo hubiera hecho. Se sienta con cuidado y de debajo del asiento coge la bolsa de papel con los libros, se la coloca en el regazo.

—Lo siento.

—No pasa nada —contesta ella. Se pone el cinturón de seguridad y se aprieta la bolsa—. No llores, Enrique, no llores... Claro que voy a prestarte los libros cuando los lea.



 

12 may 2024

El regreso

 

Frida Kahlo de María Hesse

—¿Y ese flequillo?

Levanté la cabeza de la cómoda donde estaba guardando unas toallas y vi a mi madre en mitad del pasillo. Llevaba el huipil que su amiga Camila le trajo de México, blanco bordado de flores. Le gustaba llevarlo en verano. En aquella casa, la de la playa, la recordaba yendo de un lado a otro con ese vestido.

Me toqué el flequillo y la sonreí.

—Lo llevo desde hace tres o cuatro años —dije.

—No sé si es buena idea con lo grasiento que tienes el pelo. La coleta te hace a pobre, ¿no ves que lo tienes muy lacio?

Me di la vuelta para seguir guardando las toallas. Me supuse que al voltearme ya no estaría, me supuse que habría vuelto al país de los difuntos. Sin embargo, al cerrar el último cajón de la cómoda y girarme, allí seguía, con su tradicional vestido, sus chanclas y su moño en alto.

—¿Has venido a enterrar a tu padre?

—Si vas a quedarte, haré café para las dos.

Entró en la cocina detrás de mí.

—Siempre me encantó esta cocina —dijo—, en cambio ahora con tanta construcción enfrente no hay monte que ver, qué pena, qué pena…

Preparé la cafetera italiana. Me senté en un taburete frente al suyo. Ella tenía las piernas cruzadas y balanceaba la chancla en el aire.

—Te veo como siempre —dije.

—Sin embargo, tú estás muy avejentada.

—Diez años son muchos.

—Una eternidad… Bien, ¿y a qué has venido? Porque parece que reniegas de tu familia.

—Gerardo baja mucho a Madrid.

—Tu hermano… Menos mal que lo tuve a él, solo me dio alegrías, qué hijo, qué hijo, inteligente, guapo, y una bellísima persona. —A mi madre le encantaba pronunciar ‘bellísima’ con opulencia—. El único que me ha querido en esta familia, ¡el único! Tú una egoísta y tu padre, ¿qué voy a decir de tu padre?

Escuché el gorgoteo del café al fuego. Lo retiré y lo serví en dos tazas. Una la dejé sobre la mesa de la cocina y la otra la sostuve entre las manos.

—He venido para ver a mis amigas, a algunas no las veo desde tu funeral —dije.

—Una eternidad… —Miró por el ventanal—. Siempre fuiste muy independiente, demasiado. Nunca te ha importado la gente. —Volvió a mirarme—: ¿Me echas de menos?

—No me lo pusiste fácil, ama.

—Jamás asumirás tu culpa.

—Asumo la culpa de mi vida, no la de la tuya.

—Entonces, ¿no me echas de menos?

Sorbí un poquito de café, demasiado agrio, me había acostumbrado a nuestra cafetera express de Madrid. Sorbí otro poquito y apoyé la taza sobre las rodillas.

La puerta de la calle se abrió y entró mi hermano sacudiendo el paraguas.

—¿No has salido a dar una vuelta? —gritó desde la entrada.

—Con esta lluvia ¿a dónde querías que fuera? —respondí.

La puerta de la cocina estaba abierta y lo vi descalzarse. Entró con los zapatos en la mano.

—Sí, está cayendo una buena. ¿Estás sola?

—Sí, en este pueblo no hay nadie —contesté y lo vi señalar con la barbilla la taza de café sobre la mesa—. Ah, es mía, me gusta hacerme dos, primero me tomo uno y luego el otro, así no me levanto.

—Siempre pensé que el experto en logística era yo. —Nos reímos. Dejó los zapatos mojados junto a la puerta de la terraza y después se sentó en el taburete de mamá—. ¿Cuándo has quedado con tus amigas?

—Mañana, cenamos en Ledesma.

—Bien, ¿no? Lo pasaréis muy bien, supongo que irán todas, Blanquita, Marieta, Saioa, Carolina… Sois tantas.

Me vi treinta años atrás, en aquella misma cocina, con un hermano mayor amenazándome con decirle a mamá que no había llegado a las dos sino a las dos y media de la mañana.

—Si vuelvo tarde no se lo digas a mamá. —Mi hermano sonrió. Luego me dijo que su mujer me mandaba un beso, que no podía venir porque en su empresa no le permitían teletrabajar—. No pasa nada, la verá cuando vuelva.

—¿Y cuándo será eso?

—Ya sabes que no me gusta esto, Gerardo. Me cuesta venir, demasiados fantasmas. Puedes quedarte con esta casa, no la quiero.

—Pronto para repartirse la herencia, ¿no?, papá sigue vivo.

—Ya, bueno, ya me entiendes. Y con la de Bilbao. Puedes quedarte con las dos casas, no las quiero.

—Algo querrás, ¿no?

—Los libros, los libros de la biblioteca son para mí. Joan y yo vamos a comprar una casita en la Mancha. Tendremos gallinas. Comeremos huevos y leeremos libros.

—Parece un buen plan. Ningún parámetro por ajustar.

Se levantó y me dijo que se iba a duchar.

—¿Tú te sientes culpable? —pregunté.

—¿Culpable de qué? —respondió desde la puerta—. ¡Eres tú quien no quiere las casas!

Me hizo reír, mucho. Sí, era una bellísima persona.



 

13 abr 2024

Terror en la Mancha (II)

 

Fotograma de Los tres cerditos de Walt Disney

Nota: Este relato es la continuación de Terror en la Mancha (I)

Me acomodé la almohada bajo la cabeza y estiré el brazo sobre el pecho de Joan. Quería cosquillitas. Por lo blanco y en círculos, le indiqué. Con la primera caricia ya tenía piel de pollo, él se rio no sin recriminarme que lo trataba como a un esclavo. Los dos, boca arriba sobre la cama, mirábamos las enromes vigas de madera que por alguna mala decisión habían sido pintadas de blanco.

—¿Por qué? —pregunté—. Me asusta la incapacidad de la gente para valorar lo original. Creo que la belleza de lo genuino es insustituible y, sin embargo, mira el desprecio constante que se ejerce sobre la propia pieza de arte. Sí, es una viga, ahora es una viga, ahora. Aunque sabemos que eso no es cierto en origen, el arte es una mentira que nos acerca a la verdad, ¿fue Picasso quien dijo esto?, creo que sí, ¿y a qué se refería? A la narrativa. Narrativa, Joan. ¿Qué es la vida si no pura narrativa? Ocultamos la esencia de nuestra existencia bajo falacias encajadas a martillazos en una sociedad que nos empuja a ello. ¿Por qué mostrarnos tal y como somos?, ¿qué sentido tendría?, ¿a quién le interesan los oleos en blanco? Bueno, sí, al Guggenheim, pero dime, dime, Joan, ¿cuántas vidas han sido pintadas de blanco cual cutres vigas de diseño escandinavo? ¿Cuántas?

Joan se incorporó sobre la cama y serio me preguntó:

—Guess my fart?

—Prrr-prrrrff —contesté con la misma seriedad.

Joan se lo tiró y el sonido fue exacto al de mi interpretación. Los dos morimos de risa. Nuestra vida de pareja transcurría entre disertaciones filosóficas y pedos.

Sin embargo, la risa se nos cortó de cuajo al oír un fuerte golpe en la planta de abajo.

—¿Qué ha sido eso? —pregunté.

—No sé.

—Ve a ver.

—¿Yo? ¿Por qué yo?

—Porque eres el hombre.

—Y dijo la feminista quemando su sujetador.

—Vale, vamos los dos, pero tú delante.

—Cariño, pensemos. No es necesario bajar, habrá sido la madera crujiendo.

—¿Desde cuándo la madera cruje como si la estuvieran demoliendo?

El ruido se repitió. Me agarré del brazo de Joan quien se había colocado frente a la puerta.

—Vale, llama a la policía —me ordenó.

—¿Cómo?, ¡si no hay cobertura!

—¡No grites!

—¡¡No grito!!

—Van a oírnos.

—¿Quién…? —pregunté esta vez susurrando.

—Bloqueemos la puerta —dijo.

—¿Para qué…?

—Para que no entren.

—¿Quién…?

—Los que están abajo.

—¿Los? ¿Cuántos crees que hay?

—Pondremos la cómoda y las dos mesillas y también esa butaca, ¡trae la butaca!

—Amor, no puedo coger peso, ya lo sabes, mi glaucoma… Tampoco debo estresarme.

—¿Pero qué haces ahí? —espetó al verme en el suelo.

—Tumbarme boca arriba con los brazos en cruz y las piernas un poquito en alto va bien para la tensión ocular.

—Cariño, cariño, cariño, cariño, por favor, escúchame, escúchame bien: vamos-a-morir.

—Amor, ya lo tenemos hablado, morirme no me importa, pero sí quedarme ciega, no puedo perder el ojo que me queda —dije y volví a mi postura en el suelo.

No fue un nuevo estruendo en el piso de abajo, sino dos, tres, cuatro y hasta cinco seguidos. Quien estuviera en el salón lo estaba destrozando. Me levanté tomando conciencia de la situación.

—Joan, vamos a morir… —musité.

Joan me abrazó e intentó tranquilizarme, me aseguró que si nos encerrábamos en la habitación no pasaría nada, lo repitió una y otra vez hasta que empecé a reaccionar. Acerqué la butaca y las mesillas. Joan las iba dejando sobre la cómoda que ya había colocado bloqueando la manilla. Los dos observamos el resultado, estábamos agarrados de la mano y en silencio pensando, muy probablemente ambos, que de una patada aquel parapeto se vendría abajo sin esfuerzo. Acabábamos de construir nuestra casita de paja, el lobo no tardaría en llegar y soplaré y soplaré y… La luz se fue. Grité. Me aferré a Joan. En bajito me dijo que teníamos que mover el armario. Con la linterna de su móvil me dio indicaciones. Los dos arrastramos el armario un par de metros. Después, alumbró la puerta y me pidió que retirara los muebles ya asentados, le obedecí mientras él seguía acercando el armario. Entre los dos le dimos la vuelta y lo empujamos contra la entrada de la habitación, luego pusimos de nuevo la cómoda y encima de ella la butaca y las mesillas. Así, los dos cerditos observaron su casita de madera, yo no le temo al lobo feroz…

En el coche sonaba Come to life de Arthur Russell. Hacía veinte minutos que Joan conducía de vuelta a Madrid.

—Sigo pensando que no debemos pagar nosotros los desperfectos del piso de abajo —dije.

Joan bajó la música y contestó:

—No voy a ser yo quien discuta con esa mujer. Pagaremos y ya está. Solo quiero olvidar esta noche.

—No nos lo dijo, Joan.

—No, no nos lo dijo, pero ella asegura que sí y no hay manera de probarlo. Ya está.

—¡Qué energúmena! ¡Menudos gritos! Como si fuera culpa nuestra, ¿qué quería que hiciéramos si no sabíamos nada? Claro que nos habló de las mantas, de las toallas, del café… ¡incluso del wifi cuando se lo pregunté!, ¡pero nada de la puerta trasera! Oh, sí, da a un jardín sin acotar, ¡cuidado con la Serranía! No, perdona, ¡cuidado con lo que hay en la Serranía!

Joan sonrió asintiendo con la cabeza.

—Cariño, ya está, si dice que nos advirtió de que no cerraba bien esa puerta, pues ya está. Si dice que nos avisó de que la Serranía estaba llena de jabalíes hambrientos, pues ya está. Y si dice que dos más dos son cuatro y que la culpa es nuestra, pues ya está. No lo voy a discutir, de verdad, no lo voy a discutir.

Joan además de tirarse pedos sabe vivir la vida apartando las piedras sin ni siquiera tocarlas. Yo, en cambio, soy de ir metiéndomelas una a una en la mochila.

—No nos lo dijo… —volví a alegar—. No pienso pagar, que lo haga su seguro privado que no dudo que tendrá uno como buena capitalista.

Joan soltó una carcajada.

—Bueno, entonces lo de mudarnos al campo lo retrasamos, ¿no?