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La mujer barbuda de José de Ribera (Museo del Prado) |
—Puedes
dejar la bolsa bajo el asiento.
Enrique,
al volante, le señala el lugar.
—Voy bien
así —explica Elvira que se aferra a la bolsa de papel. Está llena de libros,
los acaba de comprar en la Feria del Libro de Madrid. Aunque ahora, en el viejo
coche de Almudena, vayan de camino a Toledo.
Enrique
suspira y le pregunta a su amiga los años que tiene el coche. Elvira duda, cree
que veinte o más. Explica que era de su ex.
—¿Del
padre de Abel?
—Sí, lo
dejó cuando huyó al norte o donde quiera que esté ahora.
Enrique
suspira de nuevo. Le pide a Elvira que le dé las gracias de su parte, que sin
el coche no sabría cómo podría recoger las cosas de la casa de su padre. Elvira
asiente y se aprieta más la bolsa contra ella. Cruje. Después pregunta.
—Lo que
no entiendo es por qué me traes a mí, ¿y Jérôme? —Enrique no contesta y finge
tocar algo de la cabecera—. No lo sabe, tu padre no lo sabe.
Enrique
suspira de nuevo con más fuerza y alterado se echa el pelo hacia atrás.
—¿Qué te
has comprado?
—Libros —contesta
Elvira sabiendo que colocar en una misma frase Jérôme y padre no es
buena idea.
—Ya,
libros, joder, pero ¿cuáles?
—De
muerte, desesperanza, sinsentido existencial, tragedia, suicidio… Nada nuevo.
Enrique
sonríe y la mira con complicidad. Le pide que cuando se los lea le preste los
que más le hayan gustado. Ella niega rotunda y le recuerda lo caros que son los
libros en este país.
—Eres una
tacaña de mierda.
Elvira se
ríe y le ofrece un servicio bibliotecario a treinta euros mensuales.
—Lo peor
de todo, Elvi, es que lo dices en serio.
—Completamente
—y rompe a reír.
Treinta
minutos después, tras la repetitiva discusión sobre el negocio editorial,
llegan a Toledo. Enrique aparca el viejo Citroën Xsara verde metalizado en un
pequeño descampado. Le pide a Elvira que lo acompañe al portal, que lo espere abajo que
no cree que tarde, y que irá bajando las cajas, ella las puede ir llevando al
coche, que lo deja abierto, que allí no pasa nunca nada.
—¿Se lo
vas a decir? —pregunta Elvira. Enrique
no contesta.
Llegan a
una pequeña casa de piedra de tres pisos. Elvira, obediente, se sienta en el
poyo de la entrada y Enrique sube hasta el segundo. Toca al timbre. Un hombre
robusto, a pesar de ser casi octogenario, abre la puerta y lo abraza. Enrique
le repite hasta en dos ocasiones que no lo quiere molestar, que coge las cajas
y regresa a Madrid.
—Acabo de
hacer café, te pongo una taza.
—No, una
amiga me está esperando abajo.
—¿Amiga?
Bueno, eso está bien, pues dile a tu amiga que suba, la quiero conocer.
—Ya hemos
hablado de esto.
—No,
hijo, no hemos hablado de esto ni de nada, contigo no se puede hablar de nada,
solo dices bobadas, anda, siéntate.
Enrique
se coloca frente a su padre, lo mira y despacio le explica que va a casarse con
Jérôme, que es el hombre francés del que ya le ha hablado en alguna ocasión, que lo
quiere, que lo quiere mucho, que será en octubre en Madrid, y que, por supuesto,
está invitado, él mismo vendrá a recogerlo en coche.
—Da
gracias de que tu madre no esté viva para escuchar semejante majadería. Eres un enfermo,
un tarado mental, un desviado, un sucio, das asco…
Elvira se
levanta de golpe al escuchar el portazo del segundo. Espera. Del portal sale Enrique.
—¿Y las
cajas? —pregunta.
—No hay
cajas, vámonos.
—¿Cómo
que no hay cajas?
Enrique
la empuja y le grita que no hay cajas, que qué es lo que no entiende, que si es
subnormal, que lo parece, que siempre parece idiota redomada, que se calle la
boca, que se calle la puta boca, joder, ¡joder!
Elvira
entra en el coche poco después de que él ya lo hubiera hecho. Se sienta con
cuidado y de debajo del asiento coge la bolsa de papel con los libros, se la
coloca en el regazo.
—Lo
siento.
—No pasa
nada —contesta ella. Se pone el cinturón de seguridad y se aprieta la bolsa—.
No llores, Enrique, no llores... Claro que voy a prestarte los libros cuando
los lea.
2 comentarios:
Buff, muy duro lo de Enrique... Pero a ti que no te hable de esa manera, porque casi supera al energúmeno del padre. No le dejes los libros!!!!
Jajjajaja! Bueno, creo que es importante no confundir ficción con realidad. De lo contrario resultaría difícil terminar con esta ola moralista y censora que cubre la literatura de nuestros días.
Y sí, estoy totalmente de acuerdo contigo, los libros jamás se prestan.
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