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14 sept 2024

Domingo bidireccional

 

Joan Crawford, 1927

Era domingo por la tarde y Enrique había invitado a casa a sus tres amigos ‘Teatreros’, según su grupo de WhatsApp, para celebrar su despedida de soltero. Se conocieron hace catorce años en un Máster en Estudios Teatrales del que todos creían que saldrían triunfando en las artes escénicas. Para algunos fue así al principio, pero todos, ahora, tenían sus propios trabajos alejados del espectáculo, aunque seguían incurriendo en el mundo del teatro sin éxito alguno.

En ningún momento se barajó la idea de salir de fiesta, ni siquiera de alquilar una casita en la sierra madrileña para un fin de semana. Se sentían cuarentones maniáticos y compartir habitación o baño no le ilusionaba en absoluto. Enrique les propuso una tarde en su casa con cerveza y patatas de la Esteban y a los teatreros les pareció perfecto.

Darío estaba en pleno alegato contra la actriz Carmen Machi, cuando de manera enérgica Beatriz lo mandó callar.

Lo siento, Darío, es solamente que me estoy dando cuenta de que…  —Hizo una pausa y se retiró su larga melena al lado derecho. Se repasó los labios con la lengua y siguió—: ¿Qué hace Almudena aquí?

—¿Y a ti qué más te da? —preguntó Elvira alzando la barbilla.

—A mí me da exactamente igual, pero si se dijo que iba a ser una reunión de los teatreros, pues…

—Oye, no, no, por favor, si queréis yo me voy —dijo Almudena intentando ponerse en pie, pero Elvira la agarró de la muñeca y la volvió a sentar a su lado de un tirón.

—Tú de aquí no te mueves. Si a Bea le molesta que hayas venido que se vaya ella.

Enrique pidió calma y aseguró que nadie se iría a ningún sitio e inmediatamente después añadió:

—Y sí, bueno, Machi en cine tiene un pase, sin embargo, en teatro no vale nada.

Beatriz se levantó, se sacudió con ímpetu los anchos pantalones y con paso decidido fue a la cocina. Al entrar se apoyó en la mesa y cruzó los brazos. Enana asquerosa, murmuró. Dio una vuelta a la mesa y terminó apoyando los codos en la encimera enterrando los dedos en el pelo. Elvira entró y Beatriz sobresaltada se irguió. Al percatarse, Elvira se justificó:

—Quieren más cervezas. —De la nevera sacó un pack de seis y se las mostró.

—No sé cómo lo haces —dijo Bea.

—Cómo hago el qué.

—Fingir que no ha pasado nada.

—¿Qué ha pasado? —preguntó y dejó las cervezas en la mesa, empezaban a pesarle, empezaba a pesarle el domingo entero.

—Sabes muy bien qué ha pasado. Llevas un año sin hablarme y ahora de repente llegas aquí con tu amiguita del alma, a la que utilizas como parapeto, y a la carga otra vez. A por Beatriz. Así funcionas. Primero castigas con el silencio y cuando la presa vuelve a confiar en ti, ¡zas!, a la jaula y vuelta a empezar.

Elvira sacó su móvil del bolsillo de atrás de sus vaqueros. Lo dejó sobre la mesa y lo señaló.

—Ese trasto tiene exactamente once años, de hecho, ya no existe su fabricante. Es un BQ, míralo, cógelo, no me importa, cógelo. —Beatriz lo miró sin moverse—. Es un ladrillo, solo tengo descargadas 12 aplicaciones porque no me caben más. Suficiente para mí: mensajes, llamadas, internet y fotos.

—Muy bien, precioso, ¿qué quieres?, ¿una medallita por anti consumista? ¿Hay que aplaudirte? ¿Nos tenemos que postrar ante tu personalidad incorruptible? No sé, dime qué quieres que haga con el discursito que te has marcado.

—Lo que te quiero explicar es que mi móvil me es suficiente porque es bidireccional. Puedo hacer llamadas y mandar mensajes, pero también los recibo. Muy práctico, ¿verdad? —Elvira lo recogió de la mesa, abrió la aplicación de WhatsApp y con el dedo parecía buscar algo concreto—. Nuestra última conversación es del fatídico 13 de octubre de 2023, dos mensajes. El mío, leo: “Loca, dice Almu que llega tarde. Hacemos tiempo en Malpica con un vinillo? En el metro ya, llego en 15 mins.”. Respuesta tuya, leo: “Ok, saliendo de casa, en 25’, sorry, pago yo, no enfadarse.” Y ya, nada más. Ni por mi parte, ni por la tuya. Nada más. Bidireccional. Yo no te he escrito en un año, cierto, pero tú tampoco. No obstante, no-obs-tan-te, por alguna extraña razón, tú has decidido coronarte como la víctima. Pues ya me explicarás, porque estoy un poco harta de que por ser la rara, la insociable, la huraña, la especialita..., se me carguen culpas que no tengo. Así que la pregunta te la hago yo a ti: ¿Por qué no me has escrito en un año?

Beatriz salió de la cocina sin responder. Elvira cogió las seis cervezas y también regresó al salón. Allí, Enrique mirando primero a una y luego a la otra les preguntó si todo iba bien. A lo que respondieron que sí con sendas sonrisas.

El tema Machi no daba más de sí, así que derivaron el debate al clan Larrañaga-Merlo y su omnipresencia en la producción privada teatral de la capital. Uno decía que por lo que había que luchar era por los teatros públicos, otro preguntó que por qué lo llamaba “públicos” si las obras eran programadas por deditocracia,  otra que si las patatas se habían acabado, otro que las salas teatrales pequeñas se ahogaban en impuestos, otro que el gazpacho de la Esteban no era tan bueno como las patatas, otra que por qué no se representaba el teatro de Unamuno, otra que estaba pensando en pasar las navidades en Túnez, otro que porque Unamuno no sabía escribir teatro, otra que quien quisiera más cerveza que levantara la mano, otro que si la boda al estar tan llena de franceses habría que llevar mascarilla, otra que no tenía claro si Tabarka o Hammamet, otra que esas cuatro cervezas eran las últimas, otro que si se callaban un poco podría recitar a Cossa, otra que hacía tres meses que no follaba, otra que reconocía que su tesis de Unamuno era una mierda, otro que si lo de no follar era porque no quería o no podía, otra que si Nayua Rinri era así o se lo hacía, otro que si no había más cerveza habría que abrir el vino, otra que solo un culín, otro que era Najwa Nimri, la otra que qué, el otro que si quieres vino, la otra que si se lo hace o es así, otra pues lo que sea pero con Luis Merlo te partes, otra que cuando se ríe tose, otra que también, que también qué, que cuando como sandia me ahogo.

Era casi medianoche y Elvira le servía otro culín a Almudena que no podía dejar el vaso quieto. Enrique desparramado en el sofá se reía frente a Darío quien interpretaba unas líneas de La Nona. Y Beatriz escribía un mensaje de WhatsApp.

—¡Almu, me vibra el culo! —gritó Elvira y las dos se rieron como idiotas. Elvira sacó su móvil del bolsillo trasero y leyó el mensaje en voz alta con cierta dificultad—: “Cómprate otro móvil, tacaña de mierda.” —Elvira se giró hacia Beatriz y sonriendo le mostró el móvil triunfante—: ¡Bidireccional!

—Bidireccional —repitió Bea, y estiró el brazo para que también le sirviera más vino a ella.

 

27 ago 2021

Francia, revista musical

 

Lina Morgan en La tonta del bote, 1970

Elvira bajaba la escalinata exterior de la Biblioteca Nacional de Madrid como si de una vedette se tratara. Enrique, al pie de las escaleras, puso los brazos en jarras y resopló. Era la primera vez que alguien la iba a buscar y eso le hizo tanta ilusión como para sacar su dotes teatrales.

—A que me parezco a Norma Duval —dijo terminando con los últimos tres escalones de un salto.

—Más bien a Lina Morgan —contestó Enrique. Le pasó el brazo por los hombros y emprendiendo el paso la besó en la cabeza—.  ¿Qué tal, amiga?

—Muy bien, camarada.

—¿Cómo va tu visión de Unamuno?

—Con niebla, mucha niebla.

Al salir del recinto ajardinado de la biblioteca, Enrique se separó de su amiga y con un tono serio le agradeció que quisiera conocer a su nueva pareja.

—De verdad que no entiendo esta manía que tenéis todos de buscar la aprobación de los demás sobre vuestras parejas. Si te gusta a ti, pues ya está, ¿qué más dará lo que piense el uno o el otro?

—Tu opinión me importa muy poco, pero en dos días estreno en Plasencia la obra que he dirigido, vamos a ir todos juntos y quiero que sea un viaje tranquilo.

—¡¿Acaso yo no soy una mujer tranquila?! ¡Dime!, ¿eh?, ¡¡¡¡¡¿no lo soy?!!!!!

Dos jóvenes que iban delante se dieron la vuelta. Enrique los miró y señaló a Elvira gesticulando como si de una loca se tratara.

—Solo te pido que lo conozcas y que seas amable con él. Nada más. En Plasencia necesito tener un ambiente agradable. Conócelo y sé amable. Fácil.

—¡Siempre soy amable!

Entraron en una pequeña cafetería del barrio de Las Letras. Enrique señaló una mesita del fondo. En ella un hombre atractivo, de poco más de 30 años, alzó la mano.

—Uy, es monísimo —masculló Elvira acercándose.

—Vale, aquí estamos —dijo Enrique algo nervioso—. Bien, esta es mi amiga Elvira —ella se quitó la mascarilla y sonrió ampliamente—, vale, bueno, bien… y… este es mi chico: Jérôme.

—¿Cómo? —A Elvira se le acababa de borrar la sonrisa de un plumazo.

—Jérôme —repitió Enrique fingiendo no saber que un huracán le acababa de arrancar la cabeza.

—¿Cómo que Jérôme? —insistió ella.

Mais, sí, sí, Jérôme, Jerôme —dijo esta vez el propio chico.

Elvira giró con lentitud la cabeza para mirarlo, sus vertebras crujieron acompasadas. Esbozó una siniestra sonrisa y preguntó:

—¿Y de dónde eres, Jérôme?

—De Frgggansia.

—¿De Frgggansia? —repitió abriendo los ojos como un tarsero filipino—. ¿Eres de Frgggansia, Jérôme?

Mais, oui, de Frgggansia, Frgggansia.

—Bien, vale, fenomenal, ahora que ya os habéis localizado en el mapa, decidme qué queréis beber, voy a pedir.

Su novio dijo que nada, tenía la cerveza recién empezada y su amiga:

—Por favor, para mí una tila —y arrastrando la silla, provocando un ruido bastante molesto en todo el local, se sentó.

Al quedarse solos, el joven Jérôme intentó sacar algo de conversación. Le contó lo mucho que le gustaba Madrid y lo curioso que había sido empezar una relación con Enrique, después le preguntó si conocía Francia. Elvira cerró los ojos y contuvo la respiración, ni Belén Esteban en sus mejores tiempos.

—Un poco, sí —contestó.

Enrique llegó. Dejó las bebidas sobre la mesa y notando la tensión en el ambiente decidió sacar el tema Covid que siempre es muy socorrido.

—Oh, teggible, teggible, en Frgggansia más de cien mil muergtos.

—Bueno, ya quedáis menos —dijo Elvira y aleteando las pestañas bebió un sorbito de tila.

Al día siguiente, Elvira bajaba concentrada la escalinata de la Biblioteca Nacional cuando vio en el jardín a Enrique. Automáticamente se giró y apresuró el paso escaleras arriba.

—¡Elvira!

Elvira paró en seco y de espaldas gritó:

—¡Se ha equivocado, señor, me confunden mucho pero no soy ella!

—¡Baja!, ¡ya!

Se dio la vuelta y empezó a bajar los escalones con lentitud, de uno en uno. Al terminar se acercó a su amigo y moldeando su tono de pura inocencia le explicó:

—Es que como soy ciega, ya sabes… mi horrible enfermedad… Así que debo tener mucho cuidado con las escaleras, siempre me caigo...

—¿Sí? Pues ayer bien que las bajabas como Norma Duval.

—Uy, uy, uy, Norma Duval dice, no, no, como mucho a lo Lina Morgan.

—Estoy enfadado, Elvira.

—Su obra que más me gusta es Celeste… no es un color.

—No quiero que vengas a Plasencia, no quiero que me estropees un fin de semana tan importante para mí y lo vas a hacer.

Elvira se agarró de los pulgares, se los apretaba con fuerza.

—También me gusta mucho la de Dame coco, Darío.

—Y después, hasta que no soluciones tus problemas y dejes de apuntar con ellos a la gente que te rodea prefiero no verte más. Hasta aquí, Elvi, hasta aquí. No fue justa esa manera de cargar contra Jérôme toda la tarde, fuiste cruel, es muy buen tío y no voy a dudar si tengo que elegir entre él o tú. Lo tengo claro. Reflexiona un poco porque me parece que te vas a quedar muy sola, ¿lo entiendes?

Elvira lo miró y cogiendo un poquito de aire dijo:

—Aunque en realidad mi favorita es La tonta del bote.

 

12 ago 2021

Psicopatía veraniega 2

 

"Christine de Pizan"


―Oye, perdona, perdona, oye, ¡oye! ―el chico chistó a su vera pero hasta que no chasqueó los dedos frente a su pantalla del portátil, Elvira no levantó la cabeza. Esta vio a un joven de pie junto a ella moviendo los labios, se quitó los auriculares y, disculpándose primero, le pidió que repitiera―. Que estás haciendo mucho ruido y molestas a toda la biblioteca.

―¿Se oye la música? ―preguntó mostrándole los auriculares.

―No, es tu teclado.

Elvira miró primero al teclado y riéndose volvió a mirarlo a él.

―Es una broma, ¿no?

―No. Tecleas muy fuerte. Molestas. Si quieres trabajar te vas al piso de arriba, esta es la sala de consulta.

―Estoy consultando ―levantó el libro que tenía sobre la mesa, junto a su ordenador, y se lo acercó―. ¿Lo ves? Consulto.

―Te aconsejo que te compres una funda de goma para tu teclado ―y señaló algo 4 sitios más a la derecha, Elvira se levantó un poco de la silla y vio un pequeño ordenador plateado con una alfombrilla de silicona sobre las teclas.

―Gracias, lo haré.

Elvira hizo amago del volverse a poner los auriculares creyendo que aquel gesto sería suficiente para terminar la conversación y volver a sus textos, sin embargo no fue así. El joven permaneció de pie sin dejar de mirarla.

―¡Así nos va y luego pasa lo que pasa! ―exclamó de pronto y luego, a grandes zancadas, regresó a su mesa.

La mujer se sintió incómoda y se agitó en su silla. Buscó un poco de apoyo pero era agosto y tan solo había otra joven en la sala tres filas más adelante que, además de tener puestos los auriculares, llevaba 3 horas de reloj sin levantar la vista de sus libros, Elvira llegó a pensar que era de atrezo.

Después del incidente le costó concentrarse, así que terminó por cerrar el portátil y mirar fijamente el libro que había solicitado en consulta. Acarició la portada y resopló, a pesar de estar resguardada bajo el aire acondicionado de la biblioteca sabía que Madrid ardía a 40°. Observó sus uñas, las tenía pintadas de negro, pensó que al llegar a casa las cambiaría por el granate cereza mate que le había regalado Almudena. Tamborileó la mesa y miró a su derecha, 4 sitios más allá localizó al tarado, calificativo con el que lo había fichado mentalmente. Pasaba las hojas con energía de atrás hacia adelante, revisaba cada una de ellas un par de veces. Las volteaba como si tuvieran prisa por ser seleccionadas. Elvira lo observó durante al menos diez minutos después, con decisión, se levantó y se dirigió hacia él.

―Oye, perdona, perdona, oye, ¡oye! ―exclamó entrometiendo su mano entre sus ojos y el libro. El chico levantó la cabeza y se quitó los tapones de las orejas. ¿Tapones?, cabrón, pensó Elvira dándole tiempo a guardarlos en la cajita transparente de plástico―. Que estás haciendo mucho ruido y molestas a toda la biblioteca.

―¿Perdona?

La mujer señaló desde arriba el libro.

―Las páginas. Las pasas muy fuerte. Molestas. Si quieres leer te vas al piso de arriba, esta es la sala de consulta.

―¿Perdo… perdona? ¡Estoy consultando!

Elvira ladeo la cabeza y levantó las cejas, sonrió pero con la mascarilla el joven no pudo verlo.

―Entiendo ―dijo―, en ese caso te aconsejo que la próxima vez solicites documentos digitales. ―Se giró y señaló algo 4 sitios más a la izquierda.

El chico alzó la cabeza y vio el portátil de la mujer. Sin añadir nada abrió su cajita transparente de plástico y se puso de nuevo los tapones. Elvira no se movió de su lado. El joven desconcertado la miró, se quitó uno de los tapones y preguntó:

―¿Qué?

―¡Así nos va y luego pasa lo que pasa!

Y, con pasitos cortos pero bien marcados, Elvira regresó a su mesa. Abrió el portátil y con energía comenzó a teclear de nuevo: “Son muchos los ejemplos que demuestran que la imitación es una manifestación característica de los personajes con rasgos psicopáticos en el teatro español de finales de…”.

 

1 ene 2021

Múnich, tenemos un problema

 

Brindis con distancia social, de Javier Avi

Mierda. Me acababa de quemar la lengua con el café. Siempre lo pido frío. Por favor, un café con leche fría, gracias. Y no hay día que el café no esté ardiendo.

—¿Entiendes? —me preguntó Darío.

Pestañeé rápidamente. Sí, dije. No sabía de qué me estaba hablando, me acababa de quemar la lengua, estaba abstraída.

—No tiene sentido —añadió.

No, contesté. Eran las 08.00. Darío parecía tener prisa por contarme algo, así que habíamos quedado para desayunar. Me toqué la punta de la lengua y con dos dedos me la estiré con la intención de vérmela.

—¿Qué haces?

Lo miré con la lengua fuera sujeta por mi dedo índice y pulgar. No dije nada. No podía. Esperó a que guardará la sin hueso y me secará la mano con una servilleta para preguntármelo:

—¿Hablarás con ella?

—¿Con quién?

—Elvira, joder… ¿Dónde has estado todo este tiempo mientras te lo contaba? —Resopló y dio vueltas a su taza de café vacía—. Escúchame, ¿vale?

Ese escúchame me sonaba. Me lo había dicho Joan hacía día y medio. Escúchame, no hemos comprado nada para Navidad, me dijo. Lo sé, le respondí. Entonces, ¿no nos vamos a comprar ningún regalo?, preguntó. Por supuesto que no, contesté, ¡rechazamos el consumismo!, ¡rechazamos esta sociedad capitalista!, no somos lo que tenemos, somos lo que somos. Ya, dijo él, somos-somos. Exacto: somos, puntualicé. Vale, y para mi cumpleaños ¿seguiremos siendo somos o te podré pedir una PS5?

—…Múnich porque él tiene un apartamento que se lo deja su tía. Y como Beatriz es incapaz…

—¿Qué?

—Que Beatriz es incapaz…

—No, antes.

—Que el apartamento es de su tía.

—No, antes.

—Múnich.

—¿Múnich? —¡Zas! de un manotazo me zafé de todos mis entrometidos pensamientos.

—Elvi, que Bea se muda a Múnich con Markus a finales de enero.

—¡¿Pero cómo no me lo has contado nada más llegar?!

Darío se echó hacía atrás frotándose la cara desesperado. Después, con infinita paciencia me lo volvió a explicar. Markus tenía una tía que se mudaba a Wiesbaden, así que le dejaba su apartamento de Múnich a cambio de que se lo cuidara y corriera con los gastos de suministros, ojalá Joan tuviera una tía así, ¿no?, aunque estoy encantada de ser somos-somos. Bien, sigamos: Markus le propuso a Beatriz marcharse juntos en cuanto la situación del Covid-19 les diera un respiro, ella aceptó y dos días más tarde llamó a Darío para contárselo.

Pegué un sorbito a mi café ya templado y respiré profundamente. Muchas cosas no me encajaban.

—¿Vas a hablar con ella? —preguntó.

—Es su decisión, Darío, poco le puedo decir.

—Elvira, no se puede ir, es su sentencia de muerte. ¿Múnich? ¿Qué hay en Múnich?

—Hombres con pantaloncitos cortos y tirantes, borrachos de Paulaner.

—Elvira, hablo en serio. No podemos dejar que se vaya, no está bien. Es incapaz de tomar decisiones en su estado. Berlín es teatro pero Múnich… ¿Múnich? Hay tres capitales del teatro: Buenos Aires, Nueva York y Berlín. ¡Punto! —Le pedí que se tranquilizara—. Entiéndeme, a mí me da igual, yo tengo una vida aquí con Eva, las clases de Expresión Corporal funcionan bien online, la gente ya no quiere salir. Estoy bien, estamos bien. Pero me preocupo por Beatriz. ¿La has visto últimamente? —Asentí—. No está bien. No parece ella. ¿Es que Markus no se da cuenta?, ¿no entiende que en cuanto Bea pongo un pie en una ciudad como esa se va a morir de pena? Múnich no es Berlín. No es Berlín. ¡Múnich no es Berlín!

—Sí, Darío, ya te he entendido, no es Berlín, no es Berlín, ¿y?

—Beatriz ama Alemania por el teatro y Múnich no es teatro, hay tres capitales del teatro: Buenos Aires…

Nueva York y Berlín. Buff, adoraba a Darío, pero podía ser repetitivo hasta la extenuación.

—…Beatriz no va a sobrevivir al invierno de Múnich y mucho menos en pandemia. Frío, oscuridad y alejada de lo que más le gusta. Markus la va a matar.

Para estar tan bien con Eva creo que su rechazo hacia Markus era cuanto menos significativo.

—¿No crees que estás exagerando un poquito? Markus es un tío encantador y muy divertido, no parece alemán. —Esperé a que se riera pero no lo hizo—. Está bien. Oye, mira, comparto tu opinión, Alemania no es el país más alegre de este mundo, es cierto, si no no tendríamos España llena de viejos alemanes jubilados disfrutando de sus últimos días. Los pobres vienen buscando un poquito de sol y caras sonrientes. No estoy diciendo que Alemania sea el país de La invasión de los ultracuerpos, pero todavía no entiendo cómo son capaces expresar emociones sin mover un ápice las cejas. —Conseguí hacer reír a Darío y le sonreí cómplice—. Markus es genial y, en serio, habrá sopesado mucho la situación para proponer a Bea, en su estado, mudarse a Múnich. Markus la quiere con locura.

—Y Beatriz, ¿lo quiere a él?

Esa reflexión me desmarcó. Sabía lo que sentía por Darío, me lo dejó claro la última vez que fui a verla, pero ¿y por Markus, qué sentía? ¿Y si aquello de mudarse a Múnich era solo una treta para darle celos a Darío? ¿Y si solo quería llamar su atención? Claro, sí, por eso a mí no me había comentado nada, porque sería mentira, qué tonta había sido. Únicamente pretendía agitar a Darío para que reaccionara, quizá Bea también se había dado cuenta de que algo no marchaba bien con Eva, si no ¿por qué tanta preocupación por su amiga?

No dije nada. Calmé a Darío y le prometí que hablaría con ella. Y así lo hice, pero para disimular una situación tan incómoda, le pedí a Almudena que me acompañara. Le conté la conversación con Darío y mi teoría sobre la estrategia de Bea, así que nosotras solamente íbamos a su casa a tomar café y a desenmascararla entre risas. Todo iba a ser muy, muy, muy divertido.

—Importante —dije a Almudena en el ascensor justo antes de llegar al piso de Beatriz—: nosotras no hemos hablado con Darío.

—Sí.

—¡No!

—Ay, que sí, que no hemos hablado. Nosotras no hemos hablado con Darío.

—Eso es. Nosotras no hemos hablado con Darío.

Todo estaba yendo sobre ruedas. El café estaba templado, Beatriz tenía bastante buen ánimo, se reía sin parar de las últimas trastadas que Almudena contaba de su hijo, y Markus acababa de anunciar que salía a correr. Nos íbamos a quedar solas y Bea podría hablarnos sin tapujos sobre su plan para reconquistar a Darío. Todo era perfecto.

—Me marcho a vivir a Múnich —dijo. Almudena y yo reaccionamos como dos suricatas observando el Kalahari—. Me lo propuso Markus, creo que es una buena idea. Nos vamos a finales de enero o en febrero, depende de la situación del coronavirus.

—Oh, oh, oh, Múnich, qué bien, Bea, ¿verdad, Elvi? Qué buena idea.

—Sí, sí, sí, Múnich, muy buena idea, sí, sí, porque Múnich tiene, tiene, tiene…

—¡Salchichas! —gritó Almu.

—Sí, salchichas de Múnich, ¡uy, qué ricas!

—Salchichas bávaras.

—¡Ay, Almu, me encantan las salchichas bávaras!

—Y a mí, rositas…

—Blanditas…

—¡Salchichas!

—¡¡Salchichas!!

—¿Qué mierda os pasa? —preguntó Bea.

—Nada —contesté.

—Nada, nada. Nosotras no hemos hablado con Darío.

Y con el ano contraído me pregunté por qué, de los 7 mil millones de habitantes en el mundo, había elegido a Almudena como mi persona favorita.

Beatriz cogió una manta del sofá se la colocó sobre los hombros y salió a la terraza. Un minuto más tarde volvió a entrar, se sentó frente a nosotras y comenzó a hablarme muy despacio.

—Sé, Elvira, que tienes una vida muy aburrida y de verdad que lo siento, pero eso no te da derecho a entrometerte en la mía.

—No es tan aburrida...

—Elvi lo hace porque está muy preocupada por ti. Sabemos por lo que has pasado y no terminamos de entender que quieras refugiarte en Múnich.

Ahí sí comprendí por qué Almudena era mi persona favorita. Me quedé mirándola embobada. Bonita, pensé.

—No voy a refugiarme. Huyo. Así de claro. Huyo de Madrid, de vosotras, de... Huyo de Darío. No tengo la capacidad de escuchar un no. Otro no. No puedo volverme a ilusionar con él. Se acabó. Desperté. Tiene su vida y yo la mía. Y nunca serán la misma. Markus me ha ofrecido un sí y lo he aceptado, es lo que necesito, alguien que organice mi vida en estos momentos, porque estoy agotada. La vida me ha superado. Me sigue superando. Markus me ofrece una nueva alternativa y necesito creer que eso va a cambiar algo las cosas. Anhelo el yo que era antes y quizá Múnich me lo devuelva, pero si no es así siempre podré echar la culpa a la ciudad, a un Múnich frío y despersonalizado, no a mí misma. Necesito un verdugo en la recámara para atreverme a tener esperanza.

No dijimos nada. Nada más se podía decir.

Tres días más tarde tenía la lengua dentro de un vaso de agua.

—¿Qué haces? —preguntó Darío.

—En esta cafetería no entienden el concepto de leche fría.

—¿Hablaste con ella?

Dejé a un lado el vaso de agua y apoyé toda la espalda en la silla.

—Sí, hablé con ella —dije. Hice una pausa apretando los labios y continué—: Se va porque está enamorada de Markus y lo quiere intentar.

—Lo sabía. Lo sabía pues, es verdad, es un buen tío. —Nos miramos un instante—. ¿Alguna vez has sentido que eres la persona que más boicotea tu propia vida? Que sabes lo que quieres pero, por alguna extraña razón, haces lo contrario. ¿Nunca has sido infiel a tus sentimientos o ideas conscientemente?

—¿Yo? Nunca. Soy completamente consecuente con lo que digo y hago. —Darío agachó la cabeza—. Por cierto, ¿después del café me puedes acompañar a hacer un recado? Tengo que ir a PcComponentes a reservar una PS5.


25 oct 2020

Noches de bohemia

 

Fotografía de Brassaï. París, 1933.

Miércoles tarde. Bar de Yassir. Lavapiés, Madrid.

Ernesto, desde la mesa, siguió el camino de Enrique al baño.

—¡Yassir, otras 3 cañas! —gritó. Se recolocó en su silla y mirando a Elvira le preguntó por la novela.

—¿Qué novela? —contestó ella mordisqueando un cacahuete.

—La mía, la última, ¿ya la has leído?

—No, ni pienso. —Y se rio con sorna.

—Creía que habíamos hecho las paces.

—Y las hemos hecho, pero me estoy quedando ciega y tengo un tiempo muy limitado para seguir leyendo, así que no puedo perderlo con Seix Barral, hace años que dejó de publicar calidad literaria.

Ernesto se echó hacia atrás, cogió un cacahuete del tarrito blanco y se lo lanzó a la cara. Ella se rio.

—Las cervezas, amigo.

—Gracias, Yassir. —Ernesto cogió los tres vasos en bloque y los dejó sobre la mesa. Después ofreció uno a Elvira y él se acercó otro—. Vuelvo a México el lunes.

Elvira levantó los hombros y se llevó otro cacahuete a la boca. Ernesto la observó, sonrió y se inclinó sobre la mesa.

—Digo que me voy el lunes a México y antes de irme me gustaría pasar una última noche contigo.

Elvira paró en seco de mordisquear y agitó los dedos como si los estuviera limpiando en el aire.

—No sé —dijo.

—¿No te atreves?

—¿Yo? Te recuerdo que el que acababa siempre mal eras tú.

—Bueno, pase lo que pase a lo largo de la noche, sé que no puedo perder nada, en todo caso ganar, solo-puedo-ganar. —Hizo una pausa muy meditada y luego siguió con otro registro—: Vamos, pitufa, no hay nada de malo en recordar viejos tiempos. Una noche, otra vez tú y yo.

Ella sonrió. Se atusó el flequillo y con la lengua se quitó resquicios de una muela del fondo, luego lo miró y asintió.

—Está bien, hagámoslo, una última noche.

Ernesto levantó su vaso, ¡brindemos!, gritó.

—¿Y a éste qué le pasa? —preguntó Enrique de nuevo en la mesa.

Claramente le explicaron que iban a pasar una última noche juntos. Enrique se empezó a reír como un loco y, negando con la cabeza, repetía una y otra vez que no se lo creía.

—No me lo creo…¿Una noche? ¿Cuándo?

Ernesto, como si ya lo tuviera todo planeado, respondió que el sábado.

—No, no, no, el sábado imposible —contestó Elvira—. Lo paso con Joan, los fines de semana son sagrados, son nuestros, de nadie más.

Entre los dos amigos la convencieron: que si vivía con Joan, que si podía estar con él cada día, que si eran unos pesados con sus fines de semana sagrados, que si eran dos sociópatas, que si no había que amar tanto a los maridos y que si compartir era vivir. Así que terminó por aceptar. El sábado noche. Además, Enrique les ofreció su casa, era lo mejor porque en el hotel de Ernesto resultaría demasiado impersonal y tenían claro que el ambiente era muy importante, siempre lo había sido.

Jueves mediodía. Casa de Joan y Elvira. Centro de Madrid.

—Cariño, si no hay ninguna obra de teatro que realmente quieras ver, yo este sábado me decantaría por ir al cine, hay una peli que… —Pero antes de que Joan pudiera terminar Elvira lo cortó.

—Ay, no, no, que no te he dicho. Este sábado no puedo.

—¿Y eso?

—Es que no duermo en casa.

—Ya… No sé, ¿debo preocuparme?

—No, para nada, es solo que voy a pasar la noche con Ernesto.

—¿Tu ex? Ah, pues me quedo mucho más tranquilo.

El sábado por la tarde Joan despedía a su chica en la puerta de casa.

—¿Llevas todo? —preguntó.

—Sí —contestó ella—, no te preocupes.

—¿Y vais a desayunar juntos o…?

—¡Oye, no te pases! En cuanto termine, cada uno a su casa, ¡yo no regalo mi tiempo!

Joan se rio. Se despidieron con un largo beso y no cerró la puerta hasta que no la oyó bajar dos pisos por lo menos.

Sábado noche. Casa de Enrique. Lavapiés, Madrid.

Cuando Elvira llegó a la casa de su amigo, Ernesto ya estaba allí. Se lo encontró en la barra americana de cocina con una cerveza en la mano.

—¿Estás bebiendo?

—No hay nada de malo —respondió él.

—Hombre, no sé… No creo que el alcohol te haga funcionar bien. En fin, haz lo que quieras, no soy tu madre, pero si no te importa, yo me voy a preparar un café. ¡Enrique! —gritó asomando la cabeza hacia el baño—, ¿dónde tienes la cafetera?

Veinte minutos después, estaban los tres amigos sentados en el sofá. Discutían. Elvira no terminaba de entender por qué Enrique había invitado a Darío y a Eva.

—Es que si lo llego a saber también le digo a Joan que se venga.

—¡Joder, Elvi, no es lo mismo! ¿Qué iba a hacer Joan?, ¿mirar? Darío y Eva son pareja, es diferente, además ellos entienden de esto —explicó Enrique.

Elvira parecía realmente molesta. Esto va aparecer un circo, murmuraba entre dientes.

—Anda, pitufa, bébete una cerveza y relájate, estás muy tensa y así las cosas no van a fluir.

Ella lo miró con rabia.

Cuarenta minutos más tarde llegaron Darío y su novia. Todos se saludaron y por fin rodearon la mesa comedor que estaba a un lado del salón.

—Bien —dijo Enrique—, lo haréis aquí. Creo que es una buena superficie. Tenéis mucha luz de la lámpara del techo.

—Yo necesito luz directa, Enrique, lo sabes —reclamó Elvira.

—Sí, es verdad. Ernesto, ¿algún problema con que Elvira utilice un flexo? Tiene baja visibilidad, sería lo justo para estar en igualdad de condiciones.

Ernesto levantó los brazos y negó con la cabeza. Ningún problema por mi parte, dijo.

—Bien, pues preparad vuestras cosas, mientras busco el flexo para Elvi.

—¿Te ayudo, Elvira, mientras te traen la luz? —preguntó Darío.

—No, no te preocupes, gracias —y lo miró con cariño.

—Tranquilo, Darío, a Elvira le queda todavía algo más del 60% de un ojo, se las puede apañar muy bien solita, porque aquí se necesita más imaginación que otra cosa, ¿no?

Elvira agitó molesta la cabeza pero no contestó. Cuando llegó Enrique con la luz extra, ya tenían todo preparado sobre la mesa: los portátiles encendidos, los móviles y los auriculares. Ellos sentados uno frente al otro. Junto a ella una jarra de agua, junto a él dos cervezas. Enrique los miró y se apartó. Pidió a Darío y a Eva que hicieran lo mismo. Y desde una distancia prudente comenzó a hablar ceremoniosamente.

—Bienvenidos al sexto encuentro...

—Séptimo —corrigió Ernesto.

Elvira sonrió cómplice tras su portátil.

—¿En serio? Pues en alguno debí de terminar tan borracho que no me acuerdo. En fin, bienvenidos al séptimo encuentro de Noches de Bohemia. Nuestro ya conocido duelo de creación de obras teatrales en una sola noche. Os recuerdo que he apagado el router, no podéis hacer llamadas ni enviar mensajes con el móvil pero sí escuchar música guardada en vuestro ordenador o móvil o escucharla en Spotify utilizando vuestros datos. Bien, los aquí presentes hemos decidido que las obras sean de corte clásico: un título; tres actos; 5 escenas en el primero, 7 en el segundo y 4 en el tercero; y con un mínimo de 9 personajes.

—¡¡¡¿Nueve personajes?!!! —gritaron los dos.

—No me miréis a mí —se excusó Enrique—, la idea ha sido de Eva. —La chica se reía tapándose la boca y pidiendo perdón—. El duelo, o comúnmente llamado “la noche”, comenzará en 7 minutos, es decir, a media noche. Los participantes podrán ir al baño siempre que lo necesiten, lo mismo que los descansos, pero debo recordar que ganará aquel que termine primero. Su obra se enviará, vía email, a todos los aquí presentes para comprobar que cumple con los requisitos establecidos en esta séptima noche y si su texto es coherente. Si llegados a las 8 de la mañana ninguno de los participantes ha terminado, el combate quedará anulado. ¿Lo habéis entendido?

Domingo por la mañana. Casa de Joan y Elvira. Centro de Madrid.

Elvira se quitó los botines junto a la cama y luego se deslizó, todavía vestida, bajo el nórdico hasta tropezar con el cuerpo de Joan.

—Oso hormiguero, ¿estás dormido?  —le susurró a la oreja.

Joan esbozó una sonrisa y le preguntó por la hora.

—Las 7.43 de la mañana —contestó ella.

—¿Y quién ha ganado?

—¿Quién crees? —Y de un brinco se puso de rodillas sobre la cama haciendo el gesto de victoria—. ¡Dime que soy la mejor, carapitilín!

—Eres la mejor, carapitilín… —Y desperezándose se sentó apoyando la espalda en el cabecero—. ¿Y no tienes miedo?

—¿A qué? —preguntó despreocupada mientras seguía haciendo gestos de triunfadora.

—A que utilice tu obra, ¿o esta vez has tenido cuidado y no se la has dado?

—¿Qué…? —Elvira bajó los brazos con lentitud.

Domingo tarde. Hotel Palacios. Retiro, Madrid.

—Sí, sí, con ganas ya, la verdad… —Ernesto hablaba por teléfono con su novia—. No, todavía no he comido, me ducharé y saldré ahora… Bufff, sí, sí, algo así, ayer fue una noche muy larga… Claro, muero por verte… Por cierto, tengo que mirar horarios, pero creo que el avión aterriza el martes a las 9.20 de la mañana… eso es… no, no, no quiero que vengas a buscarme, espérame en casa… ¡ja, ja, ja!, ¿en serio?, ¡qué ganas, qué ganas de llegar!... Claro, unos días a la playa, sí, me parece bien, necesito descansar un poco… Por supuesto, me pondré a escribir en unas semanas, tengo muchas ideas nuevas, pero necesito desconectar un tiempo... Eso es… ¡Ja, ja, ja!, ¿qué dices?... Está bien, sí… yo también… vale, vale, yo también, mi amor, nos vemos en dos días… y yo.

Colgó el teléfono y siguió leyendo, por tercera vez, el texto de Elvira. Al terminar, guardó el documento cambiando el título de la obra. Apagó el portátil y se metió en la ducha.