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| Painting (1946). Francis Bacon |
Blog sobre una loca vida novelada around the world...
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| Painting (1946). Francis Bacon |
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| The Exorcist de William Friedkin (1973) |
—¿Elvira
Rebollo? —preguntó una mujer corpulenta de unos sesenta y pocos años. Con la
cabeza ladeada me apuntaba con el dedo—. ¿Elvira? —repitió. Asentí y dejó
entonces su bolso sobre la mesa de la sala de profesores.
Era
finales de junio y en un par de días empezaría a impartir un curso monográfico
de cuatro semanas sobre teatro español del primer tercio del siglo XX. Lo más
atractivo de la propuesta era que la universidad que me había contratado estaba
a poco más de doscientos kilómetros de Madrid. Tenía treinta y cuatro días para
oxigenarme de la capital, me lo iba a tomar como un divertido Summer Camp.
La mujer
se sentó a mi lado y llevándose la mano al pecho dijo su nombre.
—Encantada,
Alicia —respondí.
Se succionó
los mofletes y a cámara lenta sacó la lengua como si estuviera relamiendo miel
de su labio inferior.
—Elvira,
voy a ser muy clara: a mí esa sonrisita irónica después de tu último email no.
Si mis
pestañas fueran molinos de viento, todo el país tendría suministro eléctrico.
—Perdona,
no te enti…
—No, no,
no, Elvira, no, por favor, ya somos mayorcitas, creo que sabes perfectamente a
qué me refiero. —Apoyó los codos en la mesa y sobre sus manos el mentón—. Que
compartamos asignatura no significa que me prohíbas hacer modificaciones en el Syllabus.
—¡Ah! —Solté
una carcajada buscando cierta comicidad, pero ella mantuvo la estática mirada—.
No, en mi email, no prohíbo nada, solo pido que antes de realizar cualquier
cambio en el programa, por favor, me avises. Has eliminado a Jacinto Grau y a Azorín
que eran dos autores fundamentales en mi temario. No es un problema, pero lo
podríamos haber discutido. Además, considero que los cambios nos afectan a las
dos, así que mejor comunicarlo previamente, debatirlo y, después de llegar a un
acuerdo, modificar el Syllabus.
Levantó
la barbilla de las manos, y tomando cierta perspectiva visual, me preguntó:
—¿A ti lo
que te molesta es la gente proactiva? Porque yo lo soy y mucho.
—En
absoluto, de hecho, opino que puede ser una muy buena idea adelantarse a hacer ciertos
cambios, pero es mejor estar informadas de todo con anterioridad.
Impartimos la misma asignatura, nos guste o no hay que hablar para coordinarse. Y, por supuesto, se habla antes de la toma de cualquier decisión.
Inspiró
fuertemente por la nariz cerrando los ojos.
—Mira,
Elvira, creo que he tenido mucha paciencia contigo. Me consta que la jefa de
estudios te envió el programa en mayo y no has movido un dedo en todo este tiempo, ¡no
sé ni si te lo leíste! Sin embargo, ahora me vienes con que mis propuestas no se
ajustan a tus preferencias, vamos... ¡Pa’mear y no echar gota! Tú eres de las
que se quejan ¿verdad?, de las que no hacen nada, pero exigen mucho, ¿no?, de
las que piden, piden y piden buscándole las cosquillas a todo.
—Perdona,
Alicia —me eché hacia atrás con los brazos cruzados y continué—, no te voy a
consentir ese tono. Se trata de un desacuerdo en el temario, nada más, es algo
sencillo de solucionar. Conque queda fuera de lugar cualquier valoración despectiva
sobre mi persona. Espero haber sido clara.
—Pero ¿quién
te crees que eres? ¡Que no me va a consentir, dice! ¡¿Cuándo te he faltado yo a
ti el respeto?! —Del grito, una profesora sentada al fondo de la mesa levantó
la cabeza y nos observó sin demasiada preocupación—. La que ha empezado con un tonito provocador has sido tú, para ahora hacerte la víctima. La guerra que nos vas a
dar, hija, porque si con todo eres tan sentida y le pones tanta carga emocional, no vamos a llegar muy lejos. ¡Bendita paciencia! Está claro que lo de solucionar problemas no es lo tuyo, ¡es provocarlos! —Giró la cabeza y dirigiéndose
a la mujer—: ¡Laura, que nos está pidiendo respeto! ¡Encima que le hacemos el
trabajo…! —Regan MacNeil se contorsionó de nuevo hacia mí—. ¡Los primeros comentarios
irrespetuosos han venido de ti! Y demasiado me estoy conteniendo para no convertir esto en una escalada de reproches sin fin.
Apreté
los labios y me alisé las cejas recitando mentalmente las estaciones de metro de la línea
5: …Oporto, Urgel, Marqués de Vadillo, Pirámides, Puerta Toledo, La Latina,
Ópera…
—Escúchame bien, Elvira, que mi especialidad sea los autores de finales de tercio no significa que no esté interesada en impartir a Jacinto Grau, pero si lo
hiciéramos, ¿cuántos estudiantes se matricularían? ¿A quién le interesa hoy en
día el teatro de Grau? Debes ser realista y no tan ingenua. Nuestros
estudiantes tienen cero intereses por este autor. Es más, si me garantizas
veinticinco matrículas, incorporamos a Grau de nuevo, ¿me las garantizas?
…Quintana,
Pueblo Nuevo, Ciudad Lineal, Suanzes, Torre Arias…
—No,
claro que no me lo garantizas. Te tengo muy calada, a ti lo de trabajar te
gusta muy poco, que trabajen y propongan cambios los demás. —Se puso en pie y recogió su bolso, antes de colgárselo
al hombro añadió—: Ni las gracias has dado por trabajar en una universidad
como esta y con unas compañeras como nosotras, pero eso sí, luego pides respeto
¡desagradecida!
Tras de
mí oí cerrarse la puerta. Respiré contenida y bastante desorientada fingí
ordenar los papeles de la mesa.
—Tienes
todavía dos días —sentenció la mujer del fondo sin alzar la vista.
—¿Cómo?
—Que digo
—la levantó y me miró seria—, que todavía te quedan dos días para modificar el Syllabus.
Si quieres a Azorín y a Grau de vuelta en el programa, vete a la tercera puerta de este pasillo, comunícaselo
a Rosamari, la secretaria del departamento, y el cambio será automático.
—No sé… Buff... ¿Y Alicia?, no sé... —balbuceó mi desconcierto.
—Ya,
Alicia. ¿No conoces el dicho más popular de esta universidad? —Negué con la
cabeza. La mujer sonrió y dijo—: “Aquí quien no corre es proactivo”.
Bienvenida a la familia, Elvira.
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| Noche de luna de Ilya Repin (1896) |
Dicen que
digo que dices que el mal es solo mío.
Hoy tu
cruz preside la mesa
de la que
hace años me levanté.
Jamás me
llevé el guiso reservado a Esaú
ni limpié
el surco ocre que todos vimos
y solo yo
señalé.
Dicen que
digo que dices que la oscuridad es merecida.
Ayer tu
alma quemaba la mía con agua bendita,
mientras tu
ciega mirada contaba los pasos que el tiempo daba.
Atada a
un muro de papel blanco
escribí colores
y pinté palabras
para
poder cortar la cuerda de abrojos
y
desaparecer entre las leyes de mis tablas.
Así,
indómita, digo que dices que dicen que el aire borrará mi sombra,
esa que hace
días sonríe ante tu losa.
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| La siesta de Alicia de Carmen Mansilla |
—Señoras,
¿bien?, ¿todo bien?, ¿sí?, ¿recojo esto? —Las dos asentimos sonrientes—. Vale,
vale, vamos a cerrar, ¿sí? Aquí dejo yo la cuenta —y el joven depositó sobre la
mesa un pequeñito baúl de madera. Lo abrí y le dije a Olivia que pagaría yo,
que era el beneficio de venir de visita a mi tierra. Le devolví al camarero el
baúl con mi tarjeta de crédito.
—Pensaba
que eras de Bilbao —dijo Olivia riéndose.
—Tú lo
has dicho: lo era. Poco me queda allí, por no decir nada.
Sostuvimos
la mirada con una frágil sonrisa. No eran muchas las personas con las que podía
entenderme sin hablar: Joan, Almudena y a veces, depende del día, Enrique. La
llamaba Olivia “Reliquia”. La conocí hace 16 años, en mi primer trabajo en Madrid,
una escuela de idiomas en la que explotaban a sus profesoras sin contrato, ingresándonos
una cantidad irrisoria mensualmente y pagándonos el resto metido en un sobre.
De la misma manera actuaban cuando formabas parte del tribunal examinador del
DELE, al día siguiente te preguntaban las horas trabajadas, después Ramiro, el
gestor, metía 12€ por cada una de ellas en un sobre amarillo sin cerrar y te
pedía que lo contaras, lo hacías, salías de su despacho y entraba la siguiente.
Hoy en día las cosas no han cambiado, hace muchos años que no soy examinadora
del DELE en España porque el Instituto Cervantes prefiere mirar para otro lado,
si no lo hiciera, tendría que cerrar todos sus centros asociados y eso
económicamente no compensa. Maltratar laboralmente a las profesoras de español
les sale más rentable. Olivia “Reliquia” y yo duramos cuatro meses en esa
situación, denunciamos, nos echaron, ella regresó a Salamanca y yo entré en el
circuito de la docencia universitaria donde las cosas no terminan de ser
mejores, pero en otros términos. Hacemos por vernos, una vez cada dos o tres
años. Aunque reconozco tener facilidad para olvidarme de la gente, con ella me
esfuerzo y le insisto cada cierto tiempo en que debemos reencontrarnos, no soy tan
idiota como para perder a una mujer así, no invertir en cabalidad es
perder tu tiempo social.
El
camarero regresó y volvió a depositar el baúl en la mesa. Lo abrí, saqué mi
tarjeta y dejé la copia del recibo dentro. Miré a Olivia y las dos nos
levantamos a la vez. Nos despedimos de los camareros y el más mayor, con un
fuerte acento senegalés, insistió en que nos lleváramos las sobras que ya había
preparado en dos bolsitas de plástico. Acelerado salió de detrás de la barra y
nos dio una a cada una. Mañana vais a tener hambre, nos dijo. Nos reímos
agradecidas, era muy cierto, mañana tendríamos hambre.
Tomamos la
calle Mesón de Paredes dirección Tirso de Molina. A pesar de ser casi medianoche,
Lavapiés seguía igual de bullicioso que a mediodía. Agarré del brazo a Olivia y
me apreté contra ella, hacía frío.
Pasamos
por una cafetería que anunciaban brunch a 56€ de martes a viernes y 64€
el finde semana. Nos paramos frente a su pequeño y delicado escaparate dándonos
cuenta de que había otra muy similar en Fuencarral, otra en Pez, otra en
Embajadores, otra en Noviciado, otras dos cerca de Quevedo y tres en la calle
de la Palma. Y mil más que no supimos ubicar, pero que inundaban el nuevo
Madrid de matcha y tostadas de aguacate. Un centro de ciudad regalado
a turistas consumistas y carentes de criterio. Emprendimos de nuevo la marcha y
hablamos del triste cierre de Tipos Infames y de una capital abocada al vacío
cultural. Hablamos de que la conciencia de mi gato Tomás nada tenía que envidiar
a la del perro de Augusto Pérez. Hablamos de los muñecos de Jacinto Grau y del
suicidio colectivo en Numancia a través de Cervantes en pleno Concilio de
Trento. Hablamos de los que siguen las normas, de los que no y de los que fingen
hacerlo ridiculizando a quienes las impusieron. Hablamos de la culpa que supone
admitir querer más a tu hija menor que a la mayor. Decidimos llegar hasta Callao,
así que seguimos hablando y hablamos de lo conservador y clasista que era
Bilbao, de lo habitual de confundir privilegios con derechos. Hablamos del circo en las
universidades privadas, donde la profesionalidad y la cualificación eran
ignoradas mientras que el mamoneo y pasillismo se premiaban. Hablamos de la
sequedad de la piel con la perimenopausia. Hablamos del alto precio de los
libros con un único beneficiario: las distribuidoras. Hablamos de la ruidosa
mediocridad de David Uclés y la silenciosa brillantez de Nuria Bendicho. Y
llegamos a Callao, por lo que pensamos avanzar hasta San Bernardo, así que
seguimos hablando y hablamos de los amantes de nuestras madres y de los
nuestros propios. Hablamos del todavía machismo imperante en los hombres de
nuestra generación que seguían viendo a la mujer como débil elemento elegible y
no con poder de elección. Hablamos del cansancio psíquico constante, de la
soledad de una ceguera imparable e incomprensible a ojos del resto. Hablamos del frío en Salamanca, no solo en invierno. Hablamos de mi último viaje
a China y del próximo en unos meses, hablamos de su Yan Lianke y de su Yu Hua frente
al analfabetismo de Estados Unidos. Hablamos del suicidio como elección
soberana y no como acto enajenado. Hablamos de nosotras, de vernos más, de
seguir reconstruyendo un mundo al que parece que no perteneciéramos, de promesas
que sabíamos que se quedarían en la boca del metro.
Olivia
pasó la tarjeta por el torno de la estación y desde el otro lado me lanzó un
beso, la miré hasta que, al girar el pasillo, mi reliquia desapareció.
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| Viaggio alla fine de la notte de Carmen Mansilla |
Pegaba un
sorbito de café con la mirada baja, fingía ser complaciente, era lo menos que
podía hacer por él, a fin de cuentas, era el marido de mi amigo Enrique.
Me
agradeció por octava vez haberlo invitado al Museo del Prado. Dejé la taza en
el platito y lo sonreí.
—No,
dáselas al Gobierno, que me concede la entrada gratuita… y de paso también al
que me lleve del brazo. Maravillas del sistema: si eres ciega, puedes pasarte
la vida yendo a ver cuadros gratis. Creo que lo hacen porque saben que no los
desgastamos.
—Évidemment.
Con vosotrrgos no hasen gasto de mantenimiento.
Al final
iba a resultar que el francés tenía sentido del humor. Me explicó que el martes
debía visitar el Reina Sofía y el jueves y el viernes el Thyssen. Prometió compensarme,
decía ser consciente del dineral que se estaba ahorrando en las entradas y de
mi tiempo dedicado.
—No te
preocupes, me encantan las cafeterías de los museos. —Levanté la tacita y mostré
una artificiosa sonrisa—. Cuando termines tu TFM ya me invitarás a una buena
cena, ¿no?
—Au
final, seremos buenos amis.
—Tampoco
te pases, ¡ni amís ni amós! Seremos eternamente conocidos y ya.
—Ah, mais
non! ¡Nous somos familia! Yo soy el esposo de tu hegmano, de tu
mejog amigo.
Sonreí
vanidosa.
—¿Eso
dice Enrique?
—Quoi?
—Que soy su mejor amiga. —Me retiré el flequillo hacia un lado y después,
con delicadeza, apoyé el codo sobre la mesa con la mano bajo la barbilla.
Me llamó
infantil. Sí, claro que era infantil. Últimamente iba tirando amigas del tren
deseándoles una buena caída; las que me quedaban se podían contar con los dedos
de una mano y me sobraban cuatro. Así que, sí, elevar un camarada a la
categoría de mejor amigo me daba la vida.
—¿Cómo
está? —Debía preocuparme, eso hacen las mejores amigas.
Jérôme
apretó los labios y supe que quizá debía ponerme seria.
—Bueno,
tú sabes, él es así como él es. Habla poco de eso.
No añadió
mucho más, me dejó intranquila. Así que, antes de despedirnos, le propuse que
el martes, en vez de vernos en la entrada del museo, le iría a recoger a casa y
que, con la excusa, me tomaría un café con Enrique. Le pedí que no le dijera nada,
que pareciera todo improvisado.
Seis días
más tardes Jérôme me abría la puerta de su casa.
—Oh, Elviga, oh, oh, mais, oh, ¿cómo es posible? Mais, yo he
pensado que nos encontrrrgamos en el museo, mais, ah, quelle surprise!!!,
¡Bebé, Elviga está aquí! Mon doudou, me escuchas?
Con la
mirada le recriminé su terrible actuación. Entré al salón. En el precioso sofá
de ante verde estaba Enrique con Vicente despeluchado en el regazo.
—Hola,
camarada —dije.
—Hola,
amiga.
Me senté
a su lado y acaricié al perro.
—¿Cuántos
años dices que tiene? ¿Setenta? —pregunté.
—Once.
—¿No
había perro más viejo para adoptar?
—Sí, había dos de trece y uno de catorce, pero Vicente es sordo y ciego de
un ojo. Vamos, irresistible.
Enrique
siempre ha sido complicado, seco, con ese encanto de persona que parece que te
tolera por obligación. Pero luego va y rescata un fósil peludo… Supongo que el cambio climático le afecta a
cada uno de diferente manera.
Alargué
la mano y acaricié el lomito de Vicente, dije que lo veía mucho mejor que la
última vez; hacía tres meses tenía calvas, ahora el pelaje parecía algo más
uniforme. Lo arrastré hacia mí y lo abracé, era pequeño y escuálido, lo que provocaba
quererlo sin condición. Lo besé en la cabeza y le rasqué detrás de las orejas
mientras lo llamaba “feo-feo-refeo-requetefeo” con voz de niña. Miré a Enrique
y afirmé:
—Te
estará ayudando mucho estás semanas. Tenerlo se te hará más fácil.
—¿A qué
has venido, Elvira?
—¡C’est qui que quiega café que se levantas el mano! —gritó Jérôme
desde la puerta del salón.
—¿Tu
marido nunca va a aprender español? —dije y levanté la mano—. Con leche sin
lactosa, porfi.
—Oui, bien sûr, je sais. Bebé, Elviga y yo ya somos súper amis.
—Me
alegro, cariño, eso es todo un logro.
—¡No es
cierto! ¡Jamás seré amiga de un francés!
—Tarde, ma
chérie… —y regresó a la cocina tarareando Count on me de Bruno Mars.
Me reí, Jérôme tenía algo como Vicente, había que quererlo.
—Entiendo
que te casaras con él no solo por ser un yogurín de treinta y tres años.
Enrique
cogió de la mesita de café el tabaco de liar. Se hizo un cigarro, lo encendió y,
sujetando el cenicero con la otra mano, saboreó la primera calada y exhaló el
humo con calma. Aquella manera de sostener el cenicero me recordó a mi tío
Dámaso, pensaba en él como en un viejo fumador, pero tendría la misma edad que Enrique
ahora, cerca de los cincuenta. La perspectiva del tiempo te rejuvenece o avejenta
a su antojo.
Cruzó las
piernas y volvió a preguntarme que qué quería. En nuestra amistad no cabían los
formalismos.
—Saber cómo
estás.
—Estoy bien. Tú andas bastante peor, tu ojo izquierdo empieza a fallar y ya
no te quedan más flotadores, te hundes, Elvira.
Apreté a
Vicente contra mi regazo, sentirlo me recordaba que Enrique no era un carroñero.
No dije nada y mirando al frente esperé los cafés. Al poco, Jérôme llegó portándolos sobre una bandejita de
cristal naranja. Los repartió y se sentó en el suelo, al otro lado de la
mesita, frente a nosotros. Me aconsejó que dejara a Vicente en el suelo, me
dijo que estaría más cómoda. Le hice caso y, con una sincera sonrisa, le
agradecí el café, también le recordé que era mejor llegar antes de las cinco al
museo, que si no habría demasiada gente. Me fijé en Enrique, parecía
completamente ausente sosteniendo el cenicero con la colilla retorcida dentro.
***
Jérôme me
dice que mi hermana ha llamado. Que tenga diecisiete años más que yo hace que
sea una madre más que una hermana, que insista con su llamada mensual de rigor
al teléfono fijo me enferma. El infantilismo con el que me trata se me atasca.
Suspiro y me dejo caer en el sofá. Vicente me mira desde el suelo, lo ayudo a
subir. Todos deberíamos ser así: viejos, sordos y ciegos, pocos problemas
tendríamos con los demás, suficiente aguantarnos a nosotros mismos. Es tu
padre, dice Jérôme. Me incorporo y le pido que me lo repita. Mi hermana se lo
había dicho. El viejo ha muerto. En el coche de camino a Toledo, Jérôme me
habla de una compañera del Máster, lo oigo y lo intento escuchar, sin embargo,
las palabras se convierten en chicle, pegajosas se solapan unas a otras, quizá
ya me esté quedando sordo, quizá siempre lo haya sido: sordo y perro. Aparco
frente a la casa. Veo primero el coche de la funeraria, luego los dos de policía
y después a mi hermana. A dónde vas, me pregunta. Quiero subir a casa. No puedes, me
dice. Sí puedo, quiero subir. No puedes, Enrique, nadie puede, está la policía.
La veo vieja, lo que es. El pelo corto le hace parecerse a mamá. Su forma de
decirme las cosas le hace parecerse a mamá. Sus prohibiciones le hacen
parecerse a mamá. ¡Sí puedo, voy a subir!
—Enrique…
—Mi hermana me sujeta del brazo—. Llevaba muerto dos semanas.
***
Giró la cabeza y me miró con inmensa pena sin soltar su sucio cenicero, como mi
tío Dámaso.
—Perdóname, amiga —dijo—. Cuando siento dolor yo también
me ciego.
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| Ilustración creada por IA |
Tener una
amiga como Beatriz nunca ayuda, pero que fuera tu única compañía en San Isidro
era como aceptar la invitación personal de Dante al séptimo círculo.
—Estás
pálida.
—Soy así,
Bea, gracias.
Sacó su
abanico y comenzó a agitarlo a un centímetro de mi cara.
—¡Por
favor, no se acerquen tanto! ¡Mi amiga está perdiendo la vista y la concentración
de gente le provoca síncope vasovaginal!
—¡¿Vasovaginal…?!
—No hay
más que verte la cara, Elvi. ¡Señora, deje el espacio de cortesía, hágame el
favor! ¡No se puede andar en este país! ¡Apártense, apártense!
Cruzar el barrio de La
Latina medio ciega, entre setecientos cincuenta mil millones de personas, mientras
tu amiga de metro ochenta te lleva del cuello como si fueras su zombi-escudo en
Walking Dead, no era lo que había previsto para aquel sábado por la mañana.
Llegamos
a una calle más tranquila y Bea me recolocó el pañuelo de la cabeza atusándome
el flequillo como si fuera una niña.
—Estás
ideal.
—Parezco
Doña Rogelia —dije.
Ella, en
cambio, impecable, como si el viento le consultara antes de moverle un pelo. El
mismo pañuelo que a mí me daba pinta de señora atracada en un bingo, a ella le
marcaba las facciones con ese tipo de elegancia que una finge no notar. Impresionantes
pestañas de catálogo de perfumería de aeropuerto, y una sonrisa color cereza
que no era amable ni sincera, solo perfectamente colocada. Suspiré y pensé que
si existía Dios, era un cabrón.
Me dejó
aparcada en una esquina y fue a pedir a una de las barras que durante las
fiestas improvisaban en la calle. Me ajusté las gafas como pude, porque el
pañuelo me incomodaba y saqué el móvil, tenía varios mensajes de WhatsApp, los empecé
a leer.
—Vale,
aquí está tu zumito de piña —interrumpió Bea sin dejar esa mirada paternalista—.
¿Qué haces? —Le mostré el móvil—. ¿Joan?
—No, mis
amigas de Bilbao.
—¿Qué
amigas? —Y pegó un sorbo rápido a su botellín de cerveza.
—Las de
Bilbao —repetí.
Hizo lo
de siempre: puso sus labios de pato y desvió la mirada hacia un lado buscando a
esa testigo imaginaria para confirmar que yo estaba cu-cu. La odiaba, un poco
más cada vez.
—¡¿Qué?!
—Nada,
nada, Elvi, no he dicho nada. No te alteres, venga, que no es bueno para tu
tensión ocular.
—Bea,
tengo amigas, tengo muchas amigas en Bilbao.
—Sí, sí,
lo sé, lo sé, ¿cómo lo llamas?, ¿cuadrilla?, que sois como una manifestación,
¿treinta, cuarenta?
—Somos
catorce.
—Catorce,
catorce, sí, catorce, que os vais a comer y habláis todas juntas, tú con las catorce,
con lo que te gusta hablar a ti... Te imagino perfectísimamente.
—Tengo
catorce amigas en Bilbao.
—Elvira,
por favor, si cuando nos juntamos más de cinco ya te sale urticaria. Empiezas a
echar a la gente de-mi-casa: ¡Aquí sobra gente, aquí sobra gente! ¡Tú, tú y tú
fuera! No te rías, Elvi, porque sabes que es tal cual lo cuento. Odias a la
humanidad, solo se salvan Almudenita y Joan y quien te conozca me dará la razón,
al resto nos metes en un saco y nos tiras al Manzanares.
—Está
seco.
—Ya no.
—Tengo
catorce amigas por mucho que te pese.
—Ya. ¿Y
quién te ha escrito?
—Una de
ellas.
—Ya. ¿Y
qué te ha dicho esa amiga tuya? —Labios de pato y desvío de mirada.
—Que se
casa.
—Bueno,
bueno, oye, pues es una información relevante, importante, quizá sí estemos
ante una amiga real, de esas que dices que son de la infancia, igual no todo te
lo inventas... ¿Y cuándo se casa?
—En tres semanas.
—Ya.
Cariño, ¿te lo explico yo o tú solita vas atando cabos?
—Es amiga
mía de toda la vida.
—Elvi, no
tienes amigas y no me extraña. Eres intratable. Y esa chica te ha dicho que se
casa porque alguien cercano le habrá comentado que te estás quedando ciega y le
habrá dado penita y la compasión nos puede. Además, una ciega en una boda luce,
luce porque la inclusividad está de moda, y tú, ahí sentadita en la mesa de las
amigas le haces brillar a la novia por inclusivista e inclusividora. Elvi… que
yo sé que te hace ilusión decir lo de la cuadrilla, lo de que si en Bilbao esto,
que si en Bilbao lo otro, pero yo no veo muchas visitas por aquí… Vamos, tus
amigas a Madrid ni se han acercado, ¡eso o las has escondido! A ver, pero
entiéndeme, no estoy diciendo que te lo estés inventando. Si tú dices que
tienes catorce amigas, yo te creo, porque eres muchas cosas: insoportable,
maniática, egoísta, vinagres, huraña, antipática, sabelotodo, pero mentirosa no
eres, esa es la verdad, no mientes, me jode porque de esta manera tendría
muchas más cosas que achacarte, pero no mientes, eres un asco de mujer, pero un
asco de mujer-sincera. Bien, así que yo sí te creo: tienes catorce amigas.
Aunque quizá vaya siendo hora de admitir que en verdad CREES que tienes
catorce amigas, esto nos encajaría con la realidad que vives, ¿no? Es decir,
que Almudena y Joan son las dos únicas personas en este mundo que te aguantan. Bueno, vale, y
yo cuando no tengo a nadie más, oseasé hoy. No sé, ¿tú qué piensas?
—Que creo
que me está dando un síncope vasovaginal.