4 feb 2023

Mesa para cuatro

Escena de Our realtions de Harry Lachman (1936)

Nuestros amigos dicen que somos una pareja rara, pero yo finjo no serlo y por eso se lo propuse a Joan aun sabiendo cuál sería su respuesta.

—No —contestó y volvió a su pantalla del ordenador.

—¿No? —insistí.

Joan se giró de nuevo y me miró. No, repitió.

—Yo lo haría por ti —dije.

—Tú no lo harías por mí, tú no lo harías por nadie.

—Soy buena —dije rodeándole el cuello con los brazos.

—No he dicho que no lo fueras. —Me dio un beso en el antebrazo y con un par de palmaditas en la muñeca me pidió que lo soltara. Lo hice y me volví a sentar en mi escritorio, junto al suyo.

—Es por Almudena, pobre, ha pasado por mucho… Sigue pasando por mucho: su hijo, su madre… —Le iba mirando de reojo, pero él mantenía la vista en su ordenador—. Y lo de Darío, ya sabes. —Seguía sin mirarme—. Muy fuerte lo de Darío, muy, muy, muy fuerte... —¡Me miró!

—¿Qué pasó con Darío?

—Que la dejó.

—Ya, ¿y qué es lo fuerte?

Joan y yo teníamos un extraño concepto del amor y un todavía más extraño concepto de la pareja. Que alguien rompiera, se volviera a juntar, saliera con varias personas a la vez, mantuviera relaciones sexuales con todo Madrid o fuera devoto del celibato era algo que, sinceramente, nos importaba más bien poco por no decir nada. Si en general la vida de los demás no nos creaba ningún tipo de interés, qué decir de ciertas parejas en particular. Así que me quité la careta, la manipulación con Joan no me serviría de nada en este campo.

—Vale, yo tampoco quiero ir, pero es Almudena. Lo ha conocido por Tinder, está emocionada y quiere que lo conozcamos. Será una cena rápida. Joan, te lo prometo, no pediremos ni postre.

—Hombre, si hay tarta de queso...

—Mesa para cuatro —dijo Almudena al camarero nada más entrar en el restaurante.

Habíamos quedado a las 20.00 para tomarnos unos vinos antes de cenar. En el caso de Joan, quien dice vinos dice… Pidió un Bitter Kas, al chico Tinder de Almudena no pareció cuadrarle así que le insistió en que se pidiera una cerveza, Joan amablemente la rechazó, pero el chico Tinder erre que erre. Soy abstemio, aclaró Joan.

—¡Joder! ¿Y eso? —preguntó.

Eso son las personas que no beben alcohol —contesté yo con una irónica sonrisa.

—Ya, pero ¿por qué? ¡Tómate una cerveza!

Hay dos tipos de personas a las que pondría contra un muro y las fusilaría: a las que les suena el móvil en el teatro y a las que insisten a un abstemio a beber alcohol. Bueno, también es cierto que fusilaría a los coach motivacionales y a las doulas. Y a los que andan despacio por la calle, y a los baristas que te explican que el café se toma sin azúcar, y a los que te dicen que tienes mala cara sin haberles preguntado nada, y a los que visten a sus mascotas, y a los que dicen que un padre es un padre, y a los que leen a David Foster Wallace creyéndose especiales, y a los que se pasan la lengua entre los dientes después de comer, y a los que, y a los que, y a los que… Sí, me cargaría a medio mundo, pero no tengo fusíl.

En el restaurante las cosas parecían haberse calmado.

—Y vosotros, ¿tenéis hijos?

Y a los que preguntan si tienes hijos o no.

—No —contesté.

—Ya, ¿y eso?

Y a los que preguntan por qué no.

—Teníamos miedo de que nos saliera preguntón —contestó Joan.

Llegaron los entrantes y el chico Tinder nos recalcó que se llamaba Eudald y no Eduard como la mayoría de las personas creían. Agradecí que lo aclarara porque hasta ese momento no lo había podido llamar de ninguna manera.

—Es de Girona, Joan —dijo Almudena mirándolo, luego se dirigió a Eudald—. Es que Joan es de Barcelona, cariño. Creo que vais a tener muchas cosas en común.

Almudena estaba pletórica. Reía de manera imparcial los comentarios de unos y otros sin entender que eran puñales. Nos acercaba los platos y nos instigaba a comer como si hubiera sido ella misma quien los hubiera preparado. Estaba contenta, muy contenta.

Cuando el camarero dejó frente a Joan la tarta de queso, Eudald volvió a la carga.

—Entonces te dedicas a hacer cómics, ¿no, Joan?

—No —contestó. Porque lo había explicado hasta en tres ocasiones a lo largo de toda la noche.

—¿No? ¿Y eso?

Y a los que pregunta con ¿y eso?

—Porque no hago cómics. Me dedico a la ilustración para grupos musicales.

—Ya, pero vamos, es lo mismo, me refiero a que te pasas el día haciendo dibujitos, ¿no?

—Joan tiene mucho talento —intervino Almudena.

—Si no lo niego, pero no es comparable a las 12 horas diarias que le dedico a la consultoría.

Y a los que presumen de hacer horas extras en negocios que ni siquiera son propios.

Fuera ya del restaurante, Almudena y yo nos abrazamos, me preguntó al oído por Eudald y le mentí, ella me sonrió emocionada y me prometió llamarme al día siguiente. Se subieron a un taxi y los despedimos desde la acera. Después, Joan me agarró por la cintura y encaminamos Gran Vía arriba.

—Simpático este Eduard —me dijo.

—Eudald —corregí.

—¿Eudald?

—Sí, Eudald, de Girona, con hijos y consultor.

—¿Y tú cómo sabes todo eso?

Y es que Joan podía haber estado cenando con una cabra verde con ukelele que le hubiera importado lo mismo. Le sonreí con admiración y le pregunté si quería escuchar la lista actualizada de la gente a la que me encantaría fusilar.


9 ene 2023

Habilidades sociales

 

Una bailarina exótica demuestra que su ropa interior era demasiado grande como para exponer sus partes íntimas. Desconocido

Elvira sostenía un botellín de cerveza con una mano y con la otra un libro. Desde el fondo de la librería estudiaba la situación. La gente se agrupaba en pequeños círculos de conversación. Todos parecían conocerse aunque no fuera así, se reían y se tocaban el brazo con fingida confianza. La última vez que Elvira había asistido a la presentación de un libro fue hace tres años, a la de Ernesto Garmendia. Y desde entonces, se había prometido a sí misma no volver a ninguna, incluyendo de esta manera aquel acto en su lista de eventos detestables: Bodas, funerales y presentaciones de libros.

Sin embargo, la culpa de su asistencia la tenía Enrique. Todo comenzó un poco antes de diciembre, Elvira decidió dejar que su amigo leyera por fin su tercera novela terminada. Habían sido varios amigos los que ya la habían leído y en general había gustado, pero es cierto que la crítica a sus diálogos era repetida. Así que si alguien sabía de diálogos era Enrique. Aunque no quisiera enfrentarse a él, tenía claro que era el único que podría hablar con conocimiento de causa.

—Es buena, Elvira —le dijo su amigo por teléfono hacía poco más de tres semanas—. Es buena —repitió.

—Ya, ¿y los diálogos? —preguntó pellizcándose el labio inferior con dos dedos.

—¿Los diálogos?, lo mejor de la novela.

—Hay gente que me ha dicho que no se entiende quien habla.

—Esa gente no lee teatro y por lo tanto no sabe descifrar la voz de los personajes si no están debidamente acotados. No es tu problema.

—Entonces, ¿es buena?

—Es buena. —Hizo una pausa—. No es extraordinaria, Elvira, no lo es. Pero los que escribieron de manera extraordinaria ya están muertos. Todos. Tú escribes bien y tu novela es buena, es publicable. Necesitas un editor.

—Necesito un editor…

Tres semanas después la volvió a llamar. A la presentación de la última novela de un joven y popular escritor granadino acudiría el editor. La editorial no era de las grandes pero sí había alcanzado un gran prestigio en los últimos 12 años, a día de hoy todos los escritores españoles y latinoamericanos querían lucir en su catálogo. Y que el editor se dejara ver por estos saraos era poco habitual, así que no podría perder la oportunidad de hablar con él.

—Yo no sé hablar con la gente —dijo Elvira a su amigo.

Enrique le quitó el botellín de la mano y lo dejó sobre una estantería, hizo que cogiera el libro con las dos y le alzó las solapas del abrigo.

—¿Por qué no te has puesto tacones? Parecerías más alta, así no se te ve. Eres un desastre.

—¿Quién es? —preguntó intentado ver a través de su amigo. Parecía una niña pequeña dejándose vestir por su madre.

—El canoso de la chaqueta de cuadros verdes y amarillos. Sí, ser editor no significa tener buen gusto para la ropa, en algo os parecéis. —La cogió por los hombros y la miró fijamente—. Escúchame, amiga. Te acercas, le muestras el libro, le das la enhorabuena por su buen olfato a la hora de editar nuevos autores y le dices que te ha encantado.

—No lo he leído.

—Nadie de los que estamos aquí lo ha leído y nadie lo leerá. El mundo editorial consiste en vender libros no en que sean leídos, ¿entiendes? —Elvira asintió—. Después te presentas, le comentas que también escribes y, como quien no quiere la cosa, sacas de tu bolso el maravillosos manuscrito de tu tercera novela y se lo das. Se lo das. Les gusta el papel. Así que se lo das. ¿Entiendes? —Elvira volvió a asentir—. Pues corre, ¡ve! Vamos, ve, ¡ve!

—¿Así sin más? Es que, Enrique, yo no sé hablar con los hombres, no sé relacionarme con ellos, yo… o los odio o me los follo, no tengo término medio. Soy víctima de un padre abusivo.

—¡Los dramas para tus novelas! ¡Vete! —Y de un empujón la lanzó al tumulto.

Elvira se abrió camino entre los grupitos de falsos amigos. Apretando el libro contra su pecho iba pidiendo paso con sonrisa tensa. Al llegar a la mesa del centro donde el escritor firmaba sus ejemplares se paró, había perdido a su objetivo. Chaqueta de cuadros verdes y amarillos, chaqueta de cuadros verdes y amarillos, murmuraba.

—¿Te lo firmo?

—¿Qué? —preguntó asustada.

—El libro, ¿quieres que te lo firme? —El joven escritor se había puesto en pie y con amabilidad extendía el brazo para recoger el libro que estrujaba Elvira.

—¿Eh? Oh, no, no, no, no quiero.

El escritor volvió a sentarse e hizo una mueca de asombro a la mujer que tenía a su lado. Después ambos se rieron. Elvira los miró y les sonrió, acto seguido les explicó que iba al baño.

—Esta es la fauna que tienes que aguantar en las promociones de tus libros, nada es gratis, querido —susurró la mujer al escritor.

De camino al baño, Elvira localizó la chaqueta de cuadros verdes y amarillos.

—Chaqueta, chaqueta… Perdón, lo siento… Chaqueta, chaqueta, por favor, déjeme pasar, gracias, chaqueta, chaqueta, chaqueta… ¡Hola! —exclamó frente a él.

—¿Hola? —respondió el editor algo contrariado por la efusividad de Elvira, había hecho que la conversación que mantenía con otros tres hombres se cortara de golpe y aquello pareció molestarle.

—Hola, hola, sí, ¡hola!, ¿qué tal?, ¿qué tal?, bueno, ¡hola! —exclamó de nuevo.

—Vaya, vaya, te dejamos solo ante el peligro, ¡suerte! —dijo uno de los acompañantes entre carcajadas y los tres hombres se alejaron.

Elvira fue a abrir su bolso pero luego recordó que primero tenía que hablar del libro del escritor granadino.

—Sí, bueno, bueno, enhorabuena —dijo mostrándole el libro.

—No lo he escrito yo.

—Sí, sí, sí, bueno pero tu nariz, tu nariz es… mágica.

—¿Mi nariz?

—No, no, no la nariz —se rio nerviosa—, lo que sale de dentro de la nariz, ya sabes, hablo de manera figurativa.

—¿Mocos mágicos?

—No, no, lo que hueles, quiero decir.

—¿El olfato?

—Exacto, exacto, exacto… Vale, y aunque no te lo creas soy filóloga.

El editor abrió su chaqueta y colocó los brazos en jarras. Después levantó las cejas y esperó a que continuara.

—Vale, mi nombre es Elvira Rebollo y me ha gustado mucho este libro, mucho, mucho, y soy profesora, ¿sí?, bueno, si te digo la verdad no lo he leído, pero voy a hacerlo, te lo prometo, Enrique dice que no, en realidad yo escribo, ¿sabes?, él me dijo que te lo dijera después de presentarme, sí, y aunque la gente no entiende mis diálogos parece que son buenos, sí. Está en el bolso.

—¿Perdona?

—No sé, ¿follamos?

El editor se recolocó la chaqueta y, apartando a Elvira con enfado, se marchó.

Elvira cerró los ojos y deseó la llegada del mismo meteorito que acabó con la vida de los dinosaurios. Diez, veinte o incluso treinta minutos después, Enrique le tocó el hombro. Elvira, que había permanecido allí quieta en todo ese rato, se dio la vuelta.

—¿Qué , amiga, cómo ha ido? ¿Qué te ha dicho cuando le has dado el manuscrito? ¿Se lo va a leer?

—Sí, se lo va a leer —contestó con una plana sonrisa.

—Joder, ¿en serio?

—Sí.

—Amiga, amiga, esto es muy grande, ¡muy grande! Voy a por dos cervezas para celebrarlo.

—Sí.

Elvira se apoyó en la pared. A lo lejos vio a la mujer que había estado sentada en la mesa del centro junto al escritor, levantó la mano y la saludó. La mujer le devolvió el saludo y tras comentar algo a la chica con la que estaba, se empezaron a reír mirando a Elvira. Ella las sonrió.

 

21 dic 2022

Little Sin

Vieja mesándose los cabellos de Jan Massys

                              

    —¿Con muerto te refieres a muerto, muerto? —Al escucharlo, Almudena clavó la vista en su amiga Elvira que estaba a su lado con un café hablando por el móvil—. Claro, pues sí, muerto entonces. —Almudena cruzó los brazos sobre la mesa y la observó intrigada—. Uy, no, no, el mío sigue vivo, habrá que esperar. —Elvira rio con ganas, se despidió de su interlocutor con un beso y dejó el móvil en la mesa—. Mi amiga Débora, encontraron a su padre muerto en casa, un infarto o vete a saber qué. ¿Pedimos algo de comer?

     —Nunca me acostumbraré, eres un monstruo.

    —Es lo que hay. ¡Perdona! —exclamó al camarero levantando el brazo—. ¡Una tostada Little Sin, por favor!

    —¿Con jamón o salmón? —gritó el chico desde la barra.

   —¡Salmón, gracias! Qué mono es… —añadió levantando las cejas. Después se fijó en Almudena que tenía la cabeza baja y estrujaba con lentitud el sobre del azucarillo—. Vamos, Almu, no te pongas así. Spoiler: todos vamos a morir. —Se rio y frotó la espalda de su amiga.

    —En serio, ¿no tienes miedo?

    —¡¿A morirme?! Nunca pensé que llegaría a los 40 y, mira, llevo 5 años extras. En realidad me sobran, no tengo más narrativa que añadir a mi existencia. Mis días hace tiempo que se convirtieron en una sucesión repetitiva de hechos sin sentido, vida lo llaman. Vida. Pues para quien la quiera. Yo ya he tenido suficiente.

    —Y aquí llega su Little Sin, señora, y no tenga cuidado, el pan está tierno —dijo el camarero depositando el plato con la tostada en la mesa.

    —Gracias, qué buena pinta. —Lo vio regresar a la barra y añadió—: Tú piensas en tirártelos y ellos solo ven a una vieja con problemas dentales. La vida, Almu, la vida. La mierda de vida.

    —A la muerte no, pero a la vejez sí. Estás acojonada, Elvi.

    Elvira sonrió. Volvió a frotarle la espalda con mimo y después miró su plato. Acarició con el cuchillo el huevo poché. Presionó sobre él y dejó que la yema se desparramara sobre el aguacate y la fina loncha de salmón.

    —Y pensar que por esto voy a pagar 12,70 €. La vida.

   —La vida en el centro de Madrid, sí —dijo Almudena—, esa vida. Pronto nos echaran a todos. Nos mandaran al extrarradio. Dejarán el centro solo para turistas y ricos. Y nosotras no somos ni lo uno ni lo otro.

   —Sí que lo estoy. —Almudena la miró contrariada—. Acojonada. Lo estoy. Si soy incapaz de atar una soga a la viga de mi salón, ¿cómo no me va a aterrar la vejez?

    —Elvira… —dijo su amiga agarrándole de la mano—, no pierdas la esperanza, siempre pueden diagnosticarte un cáncer terminal.

   Los dos mujeres se miraron un instante antes de romper a reír. Eran tal para cual. Compartieron la tostada, se terminaron los cafés, pagaron a medias y salieron de la cafetería cogidas del brazo.

    De camino a casa de Almudena, Elvira se apretó a su amiga para camuflar el frío y dijo:

    —Quizá no esté tan mal eso de hacerse viejas. No sé. Es posible que conserve algo de vista, que las tetas no me cuelguen más allá del ombligo, que el extrarradio me encante… —Almudena rio—. Mira a tu madre, ¿78?

    —¡Ochenta y tres años!

    —Madre mía, y ¡mírala! Desde que la tienes en casa Abel está mucho más sereno.

    —Sí, es una muy buena influencia para él.

    —Lo es, es extraordinaria. Se encarga de todo.

    —Cada vez menos, porque últimamente la veo un poco flojita pero sí, me ayuda mucho, la verdad. Sé que echa de menos la casona del pueblo, pero allí sola no podía quedarse, son muchos años los que tiene por muy bien que esté.

    —Claro, claro, mejor en Madrid. Aquí está bien, firmaría por llegar a su edad así. Tu madre resta temor a lo que se nos viene. Es admirable.

    Llegaron al portal de la casa de Almudena y Elvira se apoyó en la fachada.

    —Te espero aquí, bájame los libros —dijo.

    —No, mujer, sube. Así saludas a mi madre que le hará ilusión.

    Al abrir la puerta de casa, Almudena voceó un hola que fue respondido por su madre e hijo desde el salón. Ambos estaban sentados en el sofá, Abel más bien tumbado. Elvira al entrar besó la cabeza del chico quien la miró con asco.

    —Hola, Sabina, ¿cómo estás? —preguntó acercándose a la vieja y besándola en la sien.

    —Bien, hija, bien, cómo iba a estar. Bien, bien.

    Elvira le frotó el brazo y la miró con cierta lástima.

    —Echas de menos el pueblo, ¿verdad?

    —Pues bueno, a días. Días un poco más, días un poco menos.

    Almudena entró en el salón con tres libros en la mano.

    —Toma —dijo ofreciéndoselos a Elvira—. Te pueden servir. No tengas prisa, me vale con que me los devuelvas después de año nuevo.

    Elvira se lo agradeció y los metió  en el bolso. Después ayudó a Sabina a levantarse del sofá.

    —Gracias, hija, las rodillas no son lo que eran, una ya está mayor.

    —¿Mayor? Estás estupenda, Sabina. Lo comentábamos viniendo para acá.

    —Pues no tanto. Oye, dime, ¿pasarás las navidades con tus padres?

    Elvira apretó los labios y sonrió con cierto nerviosismo.

    —Bueno, bueno… las pasaré con la familia de mi marido, sí. Yo no tengo padres, Sabina. Mi madre murió hace ya 8 años y mi padre… Yo no tengo padres.

   —Vaya, cielo, cuánto lo siento, cuánto lo siento. Te has tenido que sentir muy sola, pobrecita… ¿Y tú? —preguntó acercándose a Almudena—, ¿tú tienes padres, bonita?

    Almudena palideció, se apretó el vientre con las manos y dijo bajito:

    —Sí… Tengo madre, vive conmigo…

    —Oh, eso está bien, muy bien —dijo y con una serena sonrisa salió del salón.

 

27 nov 2022

Que por qué te quiero

     

Shakin' Hands With The Holy Gosht de Balckberry Smoke


    Me desperté con la cara de Tomás a 5 centímetros de la mía. Parpadeé y él acortó la distancia un centímetro más. Tumbado sobre la almohada parecía estar poniendo huevos. Hola, gato, le dije. Saqué una mano de debajo del edredón y le acaricié las orejas. Hola, gato. Me olisqueó la nariz y se bajó de la cama de un salto. Me puse una vieja sudadera de la Trinity College y descalza me asomé al salón. Joan estaba sentado en su escritorio con los auriculares puestos. Hola, feo, le dije. No se giró, no se movió, no me escuchó. Me miré los pies desnudos y apreté los dedos contra el suelo. Hace frío, feo. Lo observé dibujar impasible y entré en la cocina. Alcé los brazos y fingí ser Tomás desperezándose. Pensé en los días que tenía una vida, una vida sin terminar y eran muchos, demasiados. Apreté el botón de la máquina de café. Joan siempre me dejaba preparada la dosis y el vaso, con tan solo una pequeña presión del dedo índice mi día daba comienzo. Vi salir el oro negro, me acerqué a la cafetera e inspiré con fuerza. Dejé el café sobre la mesa y fui al baño. No reconocí a la mujer del espejo. Me senté en el váter y me enrosqué papel higiénico sobre los dedos a modo de ovillo. Tiré de la cadena, Tomás apareció como alma que lleva el diablo. ¿Por qué te gusta tanto el agua si luego no puedes ni acercarte a ella? Me lavé las manos y saludé a la mujer que tenía enfrente. La llamé vieja y acabada. Sentada a la mesa, bebí el primer sorbo de café, cerré los ojos y deseé que el día estuviera acabando. Me gustaba descontarlos, uno menos. Uno menos. Tomás se sentó sobre mis pies desnudos y eso me reconfortó. Agaché la cabeza por debajo de la mesa y lo vi mirándome. Gracias, gato. Joan entró en la cocina dando una palma, ¿qué pasa aquí?, y se rio a carcajadas. Dime que es un chiste que sigamos vivos, le dije. Se colocó en el medio de la cocina y empezó a mover el culo de un lado a otro. Ven, me dijo. Me levanté sacudiendo a Tomás. Joan me agarró de las manos y me apretó contra él. Empezó a tararear Shakin’ Hands with the Holy Gosht de Blackberry Smoke. Me reí. Mi chico sabía dibujar pero no cantar. Nos balanceábamos de un lado a otro sin ningún ritmo, parecíamos dos sombras trastornadas en mitad de un pasillo abandonado. Me soltó y dio un par de palmas subiendo el tono. Sabía que su alma estaba en Atlanta. Cogí a Tomás del suelo y, levantándolo hacia los cielos, jaleé a Joan. El pobre animal se columpiaba en el aire mientras los dos gritábamos everybody knows, baby take it slow! Tomás se zafó y huyó de la cocina. Yo me acuclillé para verlo correr mientras me reía agarrada al pijama de Joan. Con un último grito, Joan se calló y con los brazos en cruz dio las gracias a la turba que había llegado desde tan lejos para oírlo cantar. Me ayudó a levantarme y cuando me tuvo frente a él, me sacudió el cabello de un lado a otro y después, con toda esa maraña de pelo sobre la cara, me beso. ¡Buenos días, nena!, dijo.

 

6 nov 2022

No es cosa de dos

 

Raíces de Frida Kahlo

Hace 8 semanas

Almudena giró el botellín de cerveza sobre la barra y después, con una sonrisa forzada, se recolocó en el taburete.

—¿Tú no piensas lo mismo? —preguntó Darío.

—Me encanta que los bares hayan recuperado las barras. La pandemia se ha hecho eterna pero otra vez estamos aquí —dijo ella sin quitar el ojo de su bebida.

—Almudena, hace tiempo que no estamos bien, yo no sé, pero no estamos bien.

—Yo sí estoy bien.

—Almu, no, no es verdad. Son muchas cosas: tu madre viviendo contigo, tu hijo que no es fácil, son muchas cosas. No estamos bien. Los dos lo sabemos.

 Almudena levantó el botellín, lo sostuvo un tiempo en el aire y luego lo volvió a dejar sobre la barra. Se giró y miró a Darío.

—Yo sí estoy bien.

—No, no los estás, ninguno de los dos lo estamos.

Hace 6 semanas

—Son unos cobardes. Todos. Son unos cobardes. ¿Qué fila tenemos? —preguntó Elvira.

—La sexta —contestó Almudena que la seguía por el pasillo central del teatro con el móvil en la mano.

—Disculpe, señor, esa butaca es nuestra, tenemos la 13 y la 15, ¿lo ve? —Elvira quitó el teléfono a Almudena y se lo mostró al caballero de la sexta fila.

El hombre resopló, con pereza recogió su chaqueta posada en la butaca de delante y se levantó. Las dos amigas se apartaron para que el señor pudiera salir al pasillo.

—¿Y cuál es mi butaca entonces? —preguntó con desgana.

Elvira lo miró y sin contestar entró en la fila seis. Hizo un gesto a su amiga y ambas se sentaron en sus asientos.

—Cobardes e inútiles —dijo Elvira inclinándose sobre el oído de Almudena—. A partir de cierta edad los hombres deberían desintegrarse automáticamente. Puff, game over.

Hace 4 semanas

—Yo no sé, Darío…

—Sí, Almu, sí… los dos queremos…

—Ya bueno, yo quería un café… yo… hablar….

—Los dos sabíamos que esto iba a pasar si subía a tu casa…

—Yo… Yo… Espera, me hago daño en la espalda, en la cama mejor...

—Lo deseábamos… tanto, tanto, Almu… Lo estábamos deseando los dos… ¡Oh, Dios!

—No grites, mi madre está en el salón… En salón, mi madre… Darío…

—Hacía un mes que lo estábamos deseando… Así, oh, Almu, así, los dos…

Hace 3 semanas

—¡¿Qué?!

—No grites, Elvira, te lo pido por favor. Demasiado tengo encima como para aguantar tu furia.

—¿Ya saben lo que van a pedir las señoras? —Un joven camarero, sosteniendo una libretita, las señalaba con un bolígrafo y una cínica sonrisa.

—De momento con que nos dejes de llamar señoras me conformo —contestó Elvira.

—Oh, disculpen, por supuesto, pero pensaba que a su edad llamarlas chicas sería una falta de respeto.

Elvira, sin dejar de mirar al joven, comenzó a juguetear con los cubiertos de la mesa. Cogió la cucharilla de postre y la golpeó repetidas veces contra la mesa formando un molesto repiqueteo, después la dejó junto al cuchillo y con una enorme sonrisa dijo:

—Para mí, rabo de toro, por favor.

Hace 12 días

—No sé, solo digo que, que, que, ¡no sé, Darío! —gritó Almudena en su tercer intento de abrocharse el sujetador—. Pensaba que, que lo estábamos intentando, yo, no sé ni qué decir.

—Toma —dijo Darío ofreciéndole las bragas que estaban en el suelo sobre sus calcetines.

—Gracias. Darío, no entiendo nada. —Se puso las bragas y se sentó en la cama.

—Los dos teníamos claro que esto podía pasar, Almu. Somos adultos, estaba claro. Era cuestión de tiempo. Hemos roto hace casi dos meses pero hace más de un año que no estábamos bien y los dos lo sabíamos. Lo raro es que no nos haya pasado antes.

—¿Antes?

—Que haya aparecido Claudia en mi vida y que nos estemos conociendo era lo más normal, esto iba a pasar sí o sí.

—Pero, ¡¿por qué te sigues acostando conmigo?!

—¡Porque los dos lo queremos!

Hace 4 días

Almudena se empezó a reír al ver a su amiga Elvira sentada en un banco del parque de El Retiro con una larga gabardina y unas enormes gafas de sol.

—Pareces una pervertida —le dijo al acercarse. La besó y se sentó a su lado—. ¿Llevas algo debajo?

—Claro que no, voy desnuda. Me encanta asustar a los hombres mostrándoles el cuerpo de una mujer de casi 50 años sin operar. ¿Qué tal estás?

Almudena se recostó en el banco, echó la cabeza hacia atrás y se detuvo observando el lento baile de las copas de los árboles.

—Me gustaría ser así de flexible —dijo. Alzó una mano y comenzó a seguir el ritmo del vaivén de las ramas.

Elvira se recostó también, pegó la cabeza a la de su amiga y alzó de igual manera la mano.

—Lo eres —dijo—. El mundo no quiebra por la flexibilidad de la mujer.

 

8 sept 2022

Besos hay que no te doy

 

Bésame mucho. Tercer acto de Camila López

Entré en casa de Almudena. Dejé sobre la mesa de la cocina el pan y los huevos que me había pedido comprar. Le pregunté a Abel por su madre. El chico veía la tele en el salón. No me contestó. Su abuela, en cambio, me sonrió sentada a su lado. Ha subido donde la vecina un momentín, me dijo. Me acerqué a ella y la besé en la cabeza. Solo mirarla me provocaba lástima. Hacía 6 semanas que vivía en Madrid y no entendía muy bien por qué. Era mayor y quizá estar sola no era lo más conveniente pero Madrid la estaba matando. Le pregunté si echaba de menos su casa en la Mancha. Cada día, me dijo. Me senté en el reposabrazos del sofá y le dije que a mí me pasaba lo mismo con Singapur. Ella se sorprendió. Le conté que allí conocí al hombre más espectacular del mundo. Se rio con pudor y luego me llamó sinvergüenza. Me levanté y abracé por detrás del sofá a Abel, aspiré con todas mis fuerzas el olor de su cuello y lo besé en la oreja. De una cachetada me apartó. Oí la puerta de casa. Corrí y desde el pasillo saludé a Almudena. Se ladeó y mostrándome una mejilla me pidió un beso. Se lo di y cogidas del brazo entramos en la cocina.

—¿Has traído los huevos? —preguntó. Señalé la mesa—. Gracias. Voy a hacer una tortilla, quédate a cenar.  

—No, solo quería daros un beso. ¿Estás bien?

Almudena asintió con la cabeza pero con los labios apretados. Sonreí, besé la punta de los dedos de mi mano y luego se los estampé en la frente.

Llegué a la calle Princesa. Me paré en el número 33 y alcé la vista al edificio de enfrente. Las cortinas del quinto piso estaban echadas. Caminé 10 pasos calle arriba, me detuve y los desanduve. Volví a mirar el edificio. Crucé la carretera y plantada ante el portal 38, piqué el quinto derecha. La voz de Dolores, preguntando quién era, se escuchó cansada.

—Soy yo, Dolores, abre —dije, ella gritó.  

—Está ya acostado —me dijo al abrir la puerta de casa, como si de un secreto se tratara—. Pero ya sabes que tarda en dormirse. Pasa, anda, cielo, que le va a hacer mucha ilusión verte. No dice nada, pero ya le conozco, se ha quedado como un pajarito. Te echa de menos.

Dolores encendió la luz del largo pasillo por lo que al abrir la puerta del dormitorio se iluminó parte de la estancia. Me confundió con ella y pidió que saliera, que lo dejara solo.

—Agustín, soy yo —dije bajito.

—¿Yo? ¿Qué yo?

Me coloqué al lado de la cama. Él estaba recostado sobre tres grandes almohadones.

—Yo —repetí. Encendí la luz de la mesilla y nos miramos.

—Si has venido a que te pida perdón, ya puedes irte.

—No he venido a eso.

—¿A qué entonces?

—A darte un beso.

—Tú no das besos.

—Ahora sí. —Me incliné hacia él y lo besé en la mejilla. Lo sentí estremecerse.

—Perdóname…

—Tú no pides perdón.

—Ahora sí…

Llegué a casa y encontré a Joan en la misma postura en la que lo había dejado cuatro horas antes. Sentado en su escritorio con la cabeza gacha sobre unos dibujos y un lápiz en la mano derecha.  Me apoyé en su mesa y le quité los auriculares, no pareció sobresaltarse.

—¿No te he asustado? —pregunté.

—Te he oído llegar. ¿Vas a cenar algo?

Le estiré de la barba y lo besé en los labios.