11 jul 2026

Exorcizando

 

The Exorcist de William Friedkin (1973)

—¿Elvira Rebollo? —preguntó una mujer corpulenta de unos sesenta y pocos años. Con la cabeza ladeada me apuntaba con el dedo—. ¿Elvira? —repitió. Asentí y dejó entonces su bolso sobre la mesa de la sala de profesores.

Era finales de junio y en un par de días empezaría a impartir un curso monográfico de cuatro semanas sobre teatro español del primer tercio del siglo XX. Lo más atractivo de la propuesta era que la universidad que me había contratado estaba a poco más de doscientos kilómetros de Madrid. Tenía treinta y cuatro días para oxigenarme de la capital, me lo iba a tomar como un divertido Summer Camp.

La mujer se sentó a mi lado y llevándose la mano al pecho dijo su nombre.

—Encantada, Alicia —respondí.

Se succionó los mofletes y a cámara lenta sacó la lengua como si estuviera relamiendo miel de su labio inferior.

—Elvira, voy a ser muy clara: a mí esa sonrisita irónica después de tu último email no.

Si mis pestañas fueran molinos de viento, todo el país tendría suministro eléctrico.

—Perdona, no te enti…

—No, no, no, Elvira, no, por favor, ya somos mayorcitas, creo que sabes perfectamente a qué me refiero. —Apoyó los codos en la mesa y sobre sus manos el mentón—. Que compartamos asignatura no significa que me prohíbas hacer modificaciones en el Syllabus.

—¡Ah! —Solté una carcajada buscando cierta comicidad, pero ella mantuvo la estática mirada—. No, en mi email, no prohíbo nada, solo pido que antes de realizar cualquier cambio en el programa, por favor, me avises. Has eliminado a Jacinto Grau y a Azorín que eran dos autores fundamentales en mi temario. No es un problema, pero lo podríamos haber discutido. Además, considero que los cambios nos afectan a las dos, así que mejor comunicarlo previamente, debatirlo y, después de llegar a un acuerdo, modificar el Syllabus.

Levantó la barbilla de las manos, y tomando cierta perspectiva visual, me preguntó:

—¿A ti lo que te molesta es la gente proactiva? Porque yo soy muy proactiva.

—En absoluto, de hecho, opino que puede ser una muy buena idea adelantarse a hacer ciertos cambios, pero es preferible estar informadas de todo con anterioridad. Impartimos la misma asignatura, debe estar coordinada.

Inspiró fuertemente por la nariz cerrando los ojos.

—Mira, Elvira, creo que he tenido mucha paciencia contigo. Me consta que la jefa de estudios te envió el programa en mayo y no has movido un dedo en todo este tiempo, ¡no sé ni se te lo leíste! Sin embargo, ahora me vienes con que mis propuestas no se ajustan a tus preferencias, vamos... ¡Pa’mear y no echar gota! Tú eres de las que se quejan ¿verdad?, de las que no hacen nada, pero exigen mucho, ¿no?, de las que piden, piden y piden buscándole las cosquillas a todo.

—Perdona, Alicia —me eché hacia atrás con los brazos cruzados y continué—, no te voy a consentir ese tono. Se trata de un desacuerdo en el temario, nada más, es algo sencillo de solucionar. Conque queda fuera de lugar cualquier valoración despectiva sobre mi persona. Espero haber sido clara.

—Pero ¿quién te crees que eres? ¡Que no me va a consentir, dice! ¡¿Cuándo te he faltado yo a ti el respeto?! —Del grito, una profesora sentada al fondo de la mesa levantó la cabeza y nos observó sin demasiada preocupación—. La guerra que nos vas a dar, hija, porque si con todo eres tan sentida y le pones tanta carga emocional, no vamos a llegar muy lejos. ¡Bendita paciencia! Está claro que lo de solucionar problemas no es lo tuyo, ¡es provocarlos! —Giró la cabeza y dirigiéndose a la mujer—: ¡Laura, que nos está pidiendo respeto! ¡Encima que le hacemos el trabajo…! —Regan MacNeil se contorsionó de nuevo—. ¡Los primeros comentarios irrespetuosos han venido de ti! Con esa risa que tienes tan cínica y malintencionada.

Apreté los labios y me alisé las cejas recitando las estaciones de metro de la línea 5: …Oporto, Urgel, Marqués de Vadillo, Pirámides, Puerta Toledo, La Latina, Ópera…

—¿Qué te crees, que a mí no me gustaría dar a Jacinto Grau en mis clases?, pero si lo hiciéramos, ¿cuántos estudiantes se matricularían? ¿A quién le interesa hoy en día el teatro de Grau? Debes pensar que una cosa es lo que nos imaginemos que pueda ocurrir en nuestras sesiones y otra, muy distinta, es la realidad. Y nuestros estudiantes tienen cero intereses por este autor. Es más, si me garantizas veinticinco matrículas, incorporamos a Grau de nuevo, ¿me las garantizas?

…Quintana, Pueblo Nuevo, Ciudad Lineal, Suanzes, Torre Arias…

—No, claro que no me lo garantizas, te tengo muy calada, a ti lo de trabajar te gusta muy poco, que trabajen y propongan cambios los demás.  —Se puso en pie y recogió su bolso, antes de colgárselo al hombro, añadió—: Ni las gracias has dado por trabajar en una universidad como esta y con unas compañeras como nosotras, pero eso sí, luego pides respeto ¡desagradecida!

Tras de mí oí cerrarse la puerta. Respiré contenida y bastante desorientada fingí ordenar los papeles de la mesa.

—Tienes todavía dos días —sentenció la mujer del fondo sin alzar la vista.

—¿Cómo?

—Que digo —la levantó y me miró seria—, que todavía te quedan dos días para modificar el Syllabus. Si quieres a Azorín y a Grau, vete a la tercera puerta de este pasillo, comunícaselo a Rosamari, la secretaria del departamento, y el cambio será automático.

—No sé… Buff... ¿Y Alicia?, no sé... —balbuceó mi desconcierto.

—Ya, Alicia. ¿No conoces el dicho más popular de esta universidad? —Negué con la cabeza. La mujer sonrió y dijo—: “Aquí quien no corre se autodenomina proactivo”. Bienvenida a la familia, Elvira.




 

 

21 may 2026

Indómita

 

Noche de luna de Ilya Repin (1896)

Dicen que digo que dices que el mal es solo mío.

Hoy tu cruz preside la mesa

de la que hace años me levanté.

Jamás me llevé el guiso reservado a Esaú

ni limpié el surco ocre que todos vimos

y solo yo señalé.

Dicen que digo que dices que la oscuridad es merecida.

Ayer tu alma quemaba la mía con agua bendita,

mientras tu ciega mirada contaba los pasos que el tiempo daba.

Atada a un muro de papel blanco

escribí colores y pinté palabras

para poder cortar la cuerda de abrojos

y desaparecer entre las leyes de mis tablas.

Así, indómita, digo que dices que dicen que el aire borrará mi sombra,

esa que hace días sonríe ante tu losa.


25 ene 2026

Olivia Reliquia

 

La siesta de Alicia de Carmen Mansilla

—Señoras, ¿bien?, ¿todo bien?, ¿sí?, ¿recojo esto? —Las dos asentimos sonrientes—. Vale, vale, vamos a cerrar, ¿sí? Aquí dejo yo la cuenta —y el joven depositó sobre la mesa un pequeñito baúl de madera. Lo abrí y le dije a Olivia que pagaría yo, que era el beneficio de venir de visita a mi tierra. Le devolví al camarero el baúl con mi tarjeta de crédito.

—Pensaba que eras de Bilbao —dijo Olivia riéndose.

—Tú lo has dicho: lo era. Poco me queda allí, por no decir nada.

Sostuvimos la mirada con una frágil sonrisa. No eran muchas las personas con las que podía entenderme sin hablar: Joan, Almudena y a veces, depende del día, Enrique. La llamaba Olivia “Reliquia”. La conocí hace 16 años, en mi primer trabajo en Madrid, una escuela de idiomas en la que explotaban a sus profesoras sin contrato, ingresándonos una cantidad irrisoria mensualmente y pagándonos el resto metido en un sobre. De la misma manera actuaban cuando formabas parte del tribunal examinador del DELE, al día siguiente te preguntaban las horas trabajadas, después Ramiro, el gestor, metía 12€ por cada una de ellas en un sobre amarillo sin cerrar y te pedía que lo contaras, lo hacías, salías de su despacho y entraba la siguiente. Hoy en día las cosas no han cambiado, hace muchos años que no soy examinadora del DELE en España porque el Instituto Cervantes prefiere mirar para otro lado, si no lo hiciera, tendría que cerrar todos sus centros asociados y eso económicamente no compensa. Maltratar laboralmente a las profesoras de español les sale más rentable. Olivia “Reliquia” y yo duramos cuatro meses en esa situación, denunciamos, nos echaron, ella regresó a Salamanca y yo entré en el circuito de la docencia universitaria donde las cosas no terminan de ser mejores, pero en otros términos. Hacemos por vernos, una vez cada dos o tres años. Aunque reconozco tener facilidad para olvidarme de la gente, con ella me esfuerzo y le insisto cada cierto tiempo en que debemos reencontrarnos, no soy tan idiota como para perder a una mujer así, no invertir en cabalidad es perder tu tiempo social.

El camarero regresó y volvió a depositar el baúl en la mesa. Lo abrí, saqué mi tarjeta y dejé la copia del recibo dentro. Miré a Olivia y las dos nos levantamos a la vez. Nos despedimos de los camareros y el más mayor, con un fuerte acento senegalés, insistió en que nos lleváramos las sobras que ya había preparado en dos bolsitas de plástico. Acelerado salió de detrás de la barra y nos dio una a cada una. Mañana vais a tener hambre, nos dijo. Nos reímos agradecidas, era muy cierto, mañana tendríamos hambre.

Tomamos la calle Mesón de Paredes dirección Tirso de Molina. A pesar de ser casi medianoche, Lavapiés seguía igual de bullicioso que a mediodía. Agarré del brazo a Olivia y me apreté contra ella, hacía frío.

Pasamos por una cafetería que anunciaban brunch a 56€ de martes a viernes y 64€ el finde semana. Nos paramos frente a su pequeño y delicado escaparate dándonos cuenta de que había otra muy similar en Fuencarral, otra en Pez, otra en Embajadores, otra en Noviciado, otras dos cerca de Quevedo y tres en la calle de la Palma. Y mil más que no supimos ubicar, pero que inundaban el nuevo Madrid de matcha y tostadas de aguacate. Un centro de ciudad regalado a turistas consumistas y carentes de criterio. Emprendimos de nuevo la marcha y hablamos del triste cierre de Tipos Infames y de una capital abocada al vacío cultural. Hablamos de que la conciencia de mi gato Tomás nada tenía que envidiar a la del perro de Augusto Pérez. Hablamos de los muñecos de Jacinto Grau y del suicidio colectivo en Numancia a través de Cervantes en pleno Concilio de Trento. Hablamos de los que siguen las normas, de los que no y de los que fingen hacerlo ridiculizando a quienes las impusieron. Hablamos de la culpa que supone admitir querer más a tu hija menor que a la mayor. Decidimos llegar hasta Callao, así que seguimos hablando y hablamos de lo conservador y clasista que era Bilbao, de lo habitual de confundir privilegios con derechos. Hablamos del circo en las universidades privadas, donde la profesionalidad y la cualificación eran ignoradas mientras que el mamoneo y pasillismo se premiaban. Hablamos de la sequedad de la piel con la perimenopausia. Hablamos del alto precio de los libros con un único beneficiario: las distribuidoras. Hablamos de la ruidosa mediocridad de David Uclés y la silenciosa brillantez de Nuria Bendicho. Y llegamos a Callao, por lo que pensamos avanzar hasta San Bernardo, así que seguimos hablando y hablamos de los amantes de nuestras madres y de los nuestros propios. Hablamos del todavía machismo imperante en los hombres de nuestra generación que seguían viendo a la mujer como débil elemento elegible y no con poder de elección. Hablamos del cansancio psíquico constante, de la soledad de una ceguera imparable e incomprensible a ojos del resto. Hablamos del frío en Salamanca, no solo en invierno. Hablamos de mi último viaje a China y del próximo en unos meses, hablamos de su Yan Lianke y de su Yu Hua frente al analfabetismo de Estados Unidos. Hablamos del suicidio como elección soberana y no como acto enajenado. Hablamos de nosotras, de vernos más, de seguir reconstruyendo un mundo al que parece que no perteneciéramos, de promesas que sabíamos que se quedarían en la boca del metro.

Olivia pasó la tarjeta por el torno de la estación y desde el otro lado me lanzó un beso, la miré hasta que, al girar el pasillo, mi reliquia desapareció.



4 jul 2025

Viejo, sordo y ciego

 

Viaggio alla fine de la notte  de Carmen Mansilla

Pegaba un sorbito de café con la mirada baja, fingía ser complaciente, era lo menos que podía hacer por él, a fin de cuentas, era el marido de mi amigo Enrique.

Me agradeció por octava vez haberlo invitado al Museo del Prado. Dejé la taza en el platito y lo sonreí.

—No, dáselas al Gobierno, que me concede la entrada gratuita… y de paso también al que me lleve del brazo. Maravillas del sistema: si eres ciega, puedes pasarte la vida yendo a ver cuadros gratis. Creo que lo hacen porque saben que no los desgastamos.

Évidemment. Con vosotrrgos no hasen gasto de mantenimiento.

Al final iba a resultar que el francés tenía sentido del humor. Me explicó que el martes debía visitar el Reina Sofía y el jueves y el viernes el Thyssen. Prometió compensarme, decía ser consciente del dineral que se estaba ahorrando en las entradas y de mi tiempo dedicado.

—No te preocupes, me encantan las cafeterías de los museos. —Levanté la tacita y mostré una artificiosa sonrisa—. Cuando termines tu TFM ya me invitarás a una buena cena, ¿no?

Au final, seremos buenos amis.

—Tampoco te pases, ¡ni amís ni amós! Seremos eternamente conocidos y ya.

—Ah, mais non! ¡Nous somos familia! Yo soy el esposo de tu hegmano, de tu mejog amigo.

Sonreí vanidosa.

—¿Eso dice Enrique?

Quoi?

Que soy su mejor amiga. —Me retiré el flequillo hacia un lado y después, con delicadeza, apoyé el codo sobre la mesa con la mano bajo la barbilla.

Me llamó infantil. Sí, claro que era infantil. Últimamente iba tirando amigas del tren deseándoles una buena caída; las que me quedaban se podían contar con los dedos de una mano y me sobraban cuatro. Así que, sí, elevar un camarada a la categoría de mejor amigo me daba la vida.

—¿Cómo está? —Debía preocuparme, eso hacen las mejores amigas.

Jérôme apretó los labios y supe que quizá debía ponerme seria.

—Bueno, tú sabes, él es así como él es. Habla poco de eso.

No añadió mucho más, me dejó intranquila. Así que, antes de despedirnos, le propuse que el martes, en vez de vernos en la entrada del museo, le iría a recoger a casa y que, con la excusa, me tomaría un café con Enrique. Le pedí que no le dijera nada, que pareciera todo improvisado.

Seis días más tardes Jérôme me abría la puerta de su casa.

Oh, Elviga, oh, oh, mais, oh, ¿cómo es posible? Mais, yo he pensado que nos encontrrrgamos en el museo, mais, ah, quelle surprise!!!, ¡Bebé, Elviga está aquí! Mon doudou, me escuchas?

Con la mirada le recriminé su terrible actuación. Entré al salón. En el precioso sofá de ante verde estaba Enrique con Vicente despeluchado en el regazo.

—Hola, camarada —dije.

—Hola, amiga.

Me senté a su lado y acaricié al perro.

—¿Cuántos años dices que tiene? ¿Setenta? —pregunté.

—Once.

—¿No había perro más viejo para adoptar?

Sí, había dos de trece y uno de catorce, pero Vicente es sordo y ciego de un ojo. Vamos, irresistible.

Enrique siempre ha sido complicado, seco, con ese encanto de persona que parece que te tolera por obligación. Pero luego va y rescata un fósil peludo…  Supongo que el cambio climático le afecta a cada uno de diferente manera.

Alargué la mano y acaricié el lomito de Vicente, dije que lo veía mucho mejor que la última vez; hacía tres meses tenía calvas, ahora el pelaje parecía algo más uniforme. Lo arrastré hacia mí y lo abracé, era pequeño y escuálido, lo que provocaba quererlo sin condición. Lo besé en la cabeza y le rasqué detrás de las orejas mientras lo llamaba “feo-feo-refeo-requetefeo” con voz de niña. Miré a Enrique y afirmé:

—Te estará ayudando mucho estás semanas. Tenerlo se te hará más fácil.

—¿A qué has venido, Elvira?

¡C’est qui que quiega café que se levantas el mano! —gritó Jérôme desde la puerta del salón.

—¿Tu marido nunca va a aprender español? —dije y levanté la mano—. Con leche sin lactosa, porfi.

Oui, bien sûr, je sais. Bebé, Elviga y yo ya somos súper amis.

—Me alegro, cariño, eso es todo un logro.

—¡No es cierto! ¡Jamás seré amiga de un francés!

—Tarde, ma chérie… —y regresó a la cocina tarareando Count on me de Bruno Mars.

Me reí, Jérôme tenía algo como Vicente, había que quererlo.

—Entiendo que te casaras con él no solo por ser un yogurín de treinta y tres años.

Enrique cogió de la mesita de café el tabaco de liar. Se hizo un cigarro, lo encendió y, sujetando el cenicero con la otra mano, saboreó la primera calada y exhaló el humo con calma. Aquella manera de sostener el cenicero me recordó a mi tío Dámaso, pensaba en él como en un viejo fumador, pero tendría la misma edad que Enrique ahora, cerca de los cincuenta. La perspectiva del tiempo te rejuvenece o avejenta a su antojo.

Cruzó las piernas y volvió a preguntarme que qué quería. En nuestra amistad no cabían los formalismos.

—Saber cómo estás.

Estoy bien. Tú andas bastante peor, tu ojo izquierdo empieza a fallar y ya no te quedan más flotadores, te hundes, Elvira.

Apreté a Vicente contra mi regazo, sentirlo me recordaba que Enrique no era un carroñero. No dije nada y mirando al frente esperé los cafés. Al poco, Jérôme llegó portándolos sobre una bandejita de cristal naranja. Los repartió y se sentó en el suelo, al otro lado de la mesita, frente a nosotros. Me aconsejó que dejara a Vicente en el suelo, me dijo que estaría más cómoda. Le hice caso y, con una sincera sonrisa, le agradecí el café, también le recordé que era mejor llegar antes de las cinco al museo, que si no habría demasiada gente. Me fijé en Enrique, parecía completamente ausente sosteniendo el cenicero con la colilla retorcida dentro.

***

Jérôme me dice que mi hermana ha llamado. Que tenga diecisiete años más que yo hace que sea una madre más que una hermana, que insista con su llamada mensual de rigor al teléfono fijo me enferma. El infantilismo con el que me trata se me atasca. Suspiro y me dejo caer en el sofá. Vicente me mira desde el suelo, lo ayudo a subir. Todos deberíamos ser así: viejos, sordos y ciegos, pocos problemas tendríamos con los demás, suficiente aguantarnos a nosotros mismos. Es tu padre, dice Jérôme. Me incorporo y le pido que me lo repita. Mi hermana se lo había dicho. El viejo ha muerto. En el coche de camino a Toledo, Jérôme me habla de una compañera del Máster, lo oigo y lo intento escuchar, sin embargo, las palabras se convierten en chicle, pegajosas se solapan unas a otras, quizá ya me esté quedando sordo, quizá siempre lo haya sido: sordo y perro. Aparco frente a la casa. Veo primero el coche de la funeraria, luego los dos de policía y después a mi hermana. A dónde vas, me pregunta. Quiero subir a casa. No puedes, me dice. Sí puedo, quiero subir. No puedes, Enrique, nadie puede, está la policía. La veo vieja, lo que es. El pelo corto le hace parecerse a mamá. Su forma de decirme las cosas le hace parecerse a mamá. Sus prohibiciones le hacen parecerse a mamá. ¡Sí puedo, voy a subir!

—Enrique… —Mi hermana me sujeta del brazo—. Llevaba muerto dos semanas.

***

Giró la cabeza y me miró con inmensa pena sin soltar su sucio cenicero, como mi tío Dámaso.

Perdóname, amiga —dijo—. Cuando siento dolor yo también me ciego.

 

 

2 jun 2025

Pestañas largas, puñales cortos

 

Ilustración creada por IA

Tener una amiga como Beatriz nunca ayuda, pero que fuera tu única compañía en San Isidro era como aceptar la invitación personal de Dante al séptimo círculo.

—Estás pálida.

—Soy así, Bea, gracias.

Sacó su abanico y comenzó a agitarlo a un centímetro de mi cara.

—¡Por favor, no se acerquen tanto! ¡Mi amiga está perdiendo la vista y la concentración de gente le provoca síncope vasovaginal!

—¡¿Vasovaginal…?!

—No hay más que verte la cara, Elvi. ¡Señora, deje el espacio de cortesía, hágame el favor! ¡No se puede andar en este país! ¡Apártense, apártense!

Cruzar el barrio de La Latina medio ciega, entre setecientos cincuenta mil millones de personas, mientras tu amiga de metro ochenta te lleva del cuello como si fueras su zombi-escudo en Walking Dead, no era lo que había previsto para aquel sábado por la mañana.

Llegamos a una calle más tranquila y Bea me recolocó el pañuelo de la cabeza atusándome el flequillo como si fuera una niña.

—Estás ideal.

—Parezco Doña Rogelia —dije.

Ella, en cambio, impecable, como si el viento le consultara antes de moverle un pelo. El mismo pañuelo que a mí me daba pinta de señora atracada en un bingo, a ella le marcaba las facciones con ese tipo de elegancia que una finge no notar. Impresionantes pestañas de catálogo de perfumería de aeropuerto, y una sonrisa color cereza que no era amable ni sincera, solo perfectamente colocada. Suspiré y pensé que si existía Dios, era un cabrón.

Me dejó aparcada en una esquina y fue a pedir a una de las barras que durante las fiestas improvisaban en la calle. Me ajusté las gafas como pude, porque el pañuelo me incomodaba y saqué el móvil, tenía varios mensajes de WhatsApp, los empecé a leer.

—Vale, aquí está tu zumito de piña —interrumpió Bea sin dejar esa mirada paternalista—. ¿Qué haces?  —Le mostré el móvil—. ¿Joan?

—No, mis amigas de Bilbao.

—¿Qué amigas? —Y pegó un sorbo rápido a su botellín de cerveza.

—Las de Bilbao —repetí.

Hizo lo de siempre: puso sus labios de pato y desvió la mirada hacia un lado buscando a esa testigo imaginaria para confirmar que yo estaba cu-cu. La odiaba, un poco más cada vez.

—¡¿Qué?!

—Nada, nada, Elvi, no he dicho nada. No te alteres, venga, que no es bueno para tu tensión ocular.

—Bea, tengo amigas, tengo muchas amigas en Bilbao.

—Sí, sí, lo sé, lo sé, ¿cómo lo llamas?, ¿cuadrilla?, que sois como una manifestación, ¿treinta, cuarenta?

—Somos catorce.

—Catorce, catorce, sí, catorce, que os vais a comer y habláis todas juntas, tú con las catorce, con lo que te gusta hablar a ti... Te imagino perfectísimamente.

—Tengo catorce amigas en Bilbao.

—Elvira, por favor, si cuando nos juntamos más de cinco ya te sale urticaria. Empiezas a echar a la gente de-mi-casa: ¡Aquí sobra gente, aquí sobra gente! ¡Tú, tú y tú fuera! No te rías, Elvi, porque sabes que es tal cual lo cuento. Odias a la humanidad, solo se salvan Almudenita y Joan y quien te conozca me dará la razón, al resto nos metes en un saco y nos tiras al Manzanares.

—Está seco.

—Ya no.

—Tengo catorce amigas por mucho que te pese.

—Ya. ¿Y quién te ha escrito?

—Una de ellas.

—Ya. ¿Y qué te ha dicho esa amiga tuya? —Labios de pato y desvío de mirada.

—Que se casa.

—Bueno, bueno, oye, pues es una información relevante, importante, quizá sí estemos ante una amiga real, de esas que dices que son de la infancia, igual no todo te lo inventas... ¿Y cuándo se casa?

—En tres semanas.

—Ya. Cariño, ¿te lo explico yo o tú solita vas atando cabos?

—Es amiga mía de toda la vida.

—Elvi, no tienes amigas y no me extraña. Eres intratable. Y esa chica te ha dicho que se casa porque alguien cercano le habrá comentado que te estás quedando ciega y le habrá dado penita y la compasión nos puede. Además, una ciega en una boda luce, luce porque la inclusividad está de moda, y tú, ahí sentadita en la mesa de las amigas le haces brillar a la novia por inclusivista e inclusividora. Elvi… que yo sé que te hace ilusión decir lo de la cuadrilla, lo de que si en Bilbao esto, que si en Bilbao lo otro, pero yo no veo muchas visitas por aquí… Vamos, tus amigas a Madrid ni se han acercado, ¡eso o las has escondido! A ver, pero entiéndeme, no estoy diciendo que te lo estés inventando. Si tú dices que tienes catorce amigas, yo te creo, porque eres muchas cosas: insoportable, maniática, egoísta, vinagres, huraña, antipática, sabelotodo, pero mentirosa no eres, esa es la verdad, no mientes, me jode porque de esta manera tendría muchas más cosas que achacarte, pero no mientes, eres un asco de mujer, pero un asco de mujer-sincera. Bien, así que yo sí te creo: tienes catorce amigas. Aunque quizá vaya siendo hora de admitir que en verdad CREES que tienes catorce amigas, esto nos encajaría con la realidad que vives, ¿no? Es decir, que Almudena y Joan son las dos únicas personas en este mundo que te aguantan. Bueno, vale, y yo cuando no tengo a nadie más, oseasé hoy. No sé, ¿tú qué piensas?

—Que creo que me está dando un síncope vasovaginal.

 

25 may 2025

Entre el bien y el yo

 

Cartel de la película: The integrity of Joseph Chambers (2022)

Son las 23.47 horas del viernes. Miro una película semi tumbada en el sofá de mi casa con las piernas de un Joan dormido en perpendicular sobre mi regazo. El protagonista está desenterrando al hombre que acaba de matar. Lo disparó por accidente en un remoto bosque de Alabama. Enterrarlo fue su primera opción, nadie podría encontrarlo. Los gusanos devorarían su pecado con cierta facilidad. Y negarse lo sucedido, ¿sería tan sencillo? ¿Cuál es la parte del cerebro capaz de sepultar nuestros actos atroces sin activar la alarma de culpa? Arrastró el cuerpo hasta su camioneta, lo colocó en la parte trasera y al llegar al pueblo se entregó a la policía. Decidió acatar las consecuencias de sus hechos y terminar con su idílica vida y la de su familia. ¿Qué habría hecho yo? Apago la televisión y, con cuidado de no despertar a Joan, me voy a la cama.

Son las 19.50 horas del viernes. Abstraída me observo las manos sobre la mesa del comedor. Joan pregunta desde la cocina por los cubiertos. Me pellizco los pulgares. Él repite la pregunta y respondo, esta vez, que sí, que está todo. Joan aparece con un enorme bol de ensalada de pasta. La coloca en el medio. Se hace un largo silencio, me observa, en realidad no lo sé, pero lo intuyo y termina diciendo:

Con mucho, mucho, mucho ajo.

Son las 16.10 horas del viernes. Doy vueltas a un café al que todavía no le he echado azúcar. El camarero me trae el cambio en un platillo de metal, lo deja sobre la mesa y con una sonrisa me da las gracias. A ti, le respondo. Saco el móvil, dudo si llamar o mandar un audio, pero termino llamándolo. Al otro lado Joan me escucha, no parece sorprendido y termina confesando que de mí se lo esperaba. Sonrío. Me promete hacerme una ensalada de pasta, como las que a mí me gustan, con mucho ajo y gambas. Sonrío de nuevo. Dejo el móvil a un lado y echo azúcar al café. Remuevo y bebo un sorbito. Llamo a dos compañeras de trabajo, también me escuchan, pero no me apoyan con un capricho gourmet, sino con consuelos de trámite: ya, ya, sí, claro, pasa mucho, es lo normal, bueno, si así te sientes mejor. ¿Mejor? ¿Busco mi higiene mental? ¿O de verdad pretendo cambiar algo, aunque solo esté soplando contra un muro que lleva años levantado?

Son las 15.35 horas del viernes. Me paro ante un semáforo en verde. Los transeúntes cruzan la carretera y los miro con mi móvil en la mano. Bajo la vista y presiono en la pantalla la opción de enviar. La denuncia ya está tramitada. Guardo el teléfono en el bolso y atravieso la calle.

Son las 13.05 horas del viernes. Acabo de entrar en el vestíbulo de un centro educativo. Voy a colaborar con ellos durante dos días, así me lo pidieron la semana pasada y a mí me pareció una gran idea. Por la mañana les he escrito para que preparen el contrato y firmarlo antes de empezar con los cursos. Detrás del mostrador aparece un hombre corpulento, de barba canosa, recriminándome, como si fuera una niña, por no haber dicho antes de cerrar el acuerdo verbal que quería un contrato.

—Los contratos laborales no se solicitan se dan —aclaro—, más que nada para que todo esté en regla y evitar cualquier problema legal o fiscal. —Añado con un sarcástico tono.

El hombre, que hasta ese momento me había tratado como a una discapacitada mental, cambia de registro y me asegura que al ser tan pocos días y tan poco dinero “no va a pasar nada”, de hecho, me explica que puede emitir un recibo, que todo el mundo lo hace así, ¡no pasa nada!, grita como si estuviera ante una histérica paranoica. Qué poco me gusta que me traten de loca, porque en el fondo lo estoy y mucho, así que, que me quiten la careta me violenta. Me acerco a él y le espeto sin ningún tacto que no minimice la ilegalidad, que naturalizar el fraude es parte del problema y que ningunear los derechos de los profesores no lo hace menos grave, sino más cómplice.

—¡Mira, chica, si no quieres trabajar, no trabajes! ¡La culpa es tuya buscando líos! ¡Pero qué teatro es este!

El teatro de la vida, pienso. Qué se le puede rebatir a un señor de casi sesenta años que lleva décadas despreciando la profesión docente y perpetuando malabares ilegales que solo afectan al trabajador porque, como empresa, conoce todas las estrategias para salir indemne. Qué se le puede rebatir a un señor que trata a las mujeres como niñas ignorantes en vez de respetarlas y respaldarlas como verdaderas profesionales. Qué se le puede rebatir a un imbécil. Lo miro y callo, porque no, no se le puede rebatir nada. Salgo.

Son las 00.27 horas del sábado. Saco una pierna de debajo del edredón y la agito en el aire. Empieza el calor en Madrid. Me acomodo en la almohada y cierro los ojos. Veo la fosa que acabo de cavar en mitad de un bosque de Alabama. Dentro hay un hombre muerto. Lo miro y pienso si mi conciencia podrá con ello. Lo tengo claro: depende del bando. Con la primera palada de tierra que arrojo al agujero, cubro parte de su corpulento cuerpo y algo de su barba canosa.