12 may 2024

El regreso

 

Frida Kahlo de María Hesse

—¿Y ese flequillo?

Levanté la cabeza de la cómoda donde estaba guardando unas toallas y vi a mi madre en mitad del pasillo. Llevaba el huipil que su amiga Camila le trajo de México, blanco bordado de flores. Le gustaba llevarlo en verano. En aquella casa, la de la playa, la recordaba yendo de un lado a otro con ese vestido.

Me toqué el flequillo y la sonreí.

—Lo llevo desde hace tres o cuatro años —dije.

—No sé si es buena idea con lo grasiento que tienes el pelo. La coleta te hace a pobre, ¿no ves que lo tienes muy lacio?

Me di la vuelta para seguir guardando las toallas. Me supuse que al voltearme ya no estaría, me supuse que habría vuelto al país de los difuntos. Sin embargo, al cerrar el último cajón de la cómoda y girarme, allí seguía, con su tradicional vestido, sus chanclas y su moño en alto.

—¿Has venido a enterrar a tu padre?

—Si vas a quedarte, haré café para las dos.

Entró en la cocina detrás de mí.

—Siempre me encantó esta cocina —dijo—, en cambio ahora con tanta construcción enfrente no hay monte que ver, qué pena, qué pena…

Preparé la cafetera italiana. Me senté en un taburete frente al suyo. Ella tenía las piernas cruzadas y balanceaba la chancla en el aire.

—Te veo como siempre —dije.

—Sin embargo, tú estás muy avejentada.

—Diez años son muchos.

—Una eternidad… Bien, ¿y a qué has venido? Porque parece que reniegas de tu familia.

—Gerardo baja mucho a Madrid.

—Tu hermano… Menos mal que lo tuve a él, solo me dio alegrías, qué hijo, qué hijo, inteligente, guapo, y una bellísima persona. —A mi madre le encantaba pronunciar ‘bellísima’ con opulencia—. El único que me ha querido en esta familia, ¡el único! Tú una egoísta y tu padre, ¿qué voy a decir de tu padre?

Escuché el gorgoteo del café al fuego. Lo retiré y lo serví en dos tazas. Una la dejé sobre la mesa de la cocina y la otra la sostuve entre las manos.

—He venido para ver a mis amigas, a algunas no las veo desde tu funeral —dije.

—Una eternidad… —Miró por el ventanal—. Siempre fuiste muy independiente, demasiado. Nunca te ha importado la gente. —Volvió a mirarme—: ¿Me echas de menos?

—No me lo pusiste fácil, ama.

—Jamás asumirás tu culpa.

—Asumo la culpa de mi vida, no la de la tuya.

—Entonces, ¿no me echas de menos?

Sorbí un poquito de café, demasiado agrio, me había acostumbrado a nuestra cafetera express de Madrid. Sorbí otro poquito y apoyé la taza sobre las rodillas.

La puerta de la calle se abrió y entró mi hermano sacudiendo el paraguas.

—¿No has salido a dar una vuelta? —gritó desde la entrada.

—Con esta lluvia ¿a dónde querías que fuera? —respondí.

La puerta de la cocina estaba abierta y lo vi descalzarse. Entró con los zapatos en la mano.

—Sí, está cayendo una buena. ¿Estás sola?

—Sí, en este pueblo no hay nadie —contesté y lo vi señalar con la barbilla la taza de café sobre la mesa—. Ah, es mía, me gusta hacerme dos, primero me tomo uno y luego el otro, así no me levanto.

—Siempre pensé que el experto en logística era yo. —Nos reímos. Dejó los zapatos mojados junto a la puerta de la terraza y después se sentó en el taburete de mamá—. ¿Cuándo has quedado con tus amigas?

—Mañana, cenamos en Ledesma.

—Bien, ¿no? Lo pasaréis muy bien, supongo que irán todas, Blanquita, Marieta, Saioa, Carolina… Sois tantas.

Me vi treinta años atrás, en aquella misma cocina, con un hermano mayor amenazándome con decirle a mamá que no había llegado a las dos sino a las dos y media de la mañana.

—Si vuelvo tarde no se lo digas a mamá. —Mi hermano sonrió. Luego me dijo que su mujer me mandaba un beso, que no podía venir porque en su empresa no le permitían teletrabajar—. No pasa nada, la verá cuando vuelva.

—¿Y cuándo será eso?

—Ya sabes que no me gusta esto, Gerardo. Me cuesta venir, demasiados fantasmas. Puedes quedarte con esta casa, no la quiero.

—Pronto para repartirse la herencia, ¿no?, papá sigue vivo.

—Ya, bueno, ya me entiendes. Y con la de Bilbao. Puedes quedarte con las dos casas, no las quiero.

—Algo querrás, ¿no?

—Los libros, los libros de la biblioteca son para mí. Joan y yo vamos a comprar una casita en la Mancha. Tendremos gallinas. Comeremos huevos y leeremos libros.

—Parece un buen plan. Ningún parámetro por ajustar.

Se levantó y me dijo que se iba a duchar.

—¿Tú te sientes culpable? —pregunté.

—¿Culpable de qué? —respondió desde la puerta—. ¡Eres tú quien no quiere las casas!

Me hizo reír, mucho. Sí, era una bellísima persona.



 

13 abr 2024

Terror en la Mancha (II)

 

Fotograma de Los tres cerditos de Walt Disney

Nota: Este relato es la continuación de Terror en la Mancha (I)

Me acomodé la almohada bajo la cabeza y estiré el brazo sobre el pecho de Joan. Quería cosquillitas. Por lo blanco y en círculos, le indiqué. Con la primera caricia ya tenía piel de pollo, él se rio no sin recriminarme que lo trataba como a un esclavo. Los dos, boca arriba sobre la cama, mirábamos las enromes vigas de madera que por alguna mala decisión habían sido pintadas de blanco.

—¿Por qué? —pregunté—. Me asusta la incapacidad de la gente para valorar lo original. Creo que la belleza de lo genuino es insustituible y, sin embargo, mira el desprecio constante que se ejerce sobre la propia pieza de arte. Sí, es una viga, ahora es una viga, ahora. Aunque sabemos que eso no es cierto en origen, el arte es una mentira que nos acerca a la verdad, ¿fue Picasso quien dijo esto?, creo que sí, ¿y a qué se refería? A la narrativa. Narrativa, Joan. ¿Qué es la vida si no pura narrativa? Ocultamos la esencia de nuestra existencia bajo falacias encajadas a martillazos en una sociedad que nos empuja a ello. ¿Por qué mostrarnos tal y como somos?, ¿qué sentido tendría?, ¿a quién le interesan los oleos en blanco? Bueno, sí, al Guggenheim, pero dime, dime, Joan, ¿cuántas vidas han sido pintadas de blanco cual cutres vigas de diseño escandinavo? ¿Cuántas?

Joan se incorporó sobre la cama y serio me preguntó:

Guess my fart?

—Prrr-prrrrff —contesté con la misma seriedad.

Joan se lo tiró y el sonido fue exacto al de mi interpretación. Los dos morimos de risa. Nuestra vida de pareja transcurría entre disertaciones filosóficas y pedos.

Sin embargo, la risa se nos cortó de cuajo al oír un fuerte golpe en la planta de abajo.

—¿Qué ha sido eso? —pregunté.

—No sé.

—Ve a ver.

—¿Yo? ¿Por qué yo?

—Porque eres el hombre.

—Y dijo la feminista quemando su sujetador.

—Vale, vamos los dos, pero tú delante.

—Cariño, pensemos. No es necesario bajar, habrá sido la madera crujiendo.

—¿Desde cuándo la madera cruje como si la estuvieran demoliendo?

El ruido se repitió. Me agarré del brazo de Joan quien se había colocado frente a la puerta.

Vale, llama a la policía —me ordenó.

—¿Cómo?, ¡si no hay cobertura!

—¡No grites!

—¡¡No grito!!

—Van a oírnos.

—¿Quién…? —pregunté esta vez susurrando.

—Bloqueemos la puerta —dijo.

—¿Para qué…?

—Para que no entren.

—¿Quién…?

—Los que están abajo.

—¿Los? ¿Cuántos crees que hay?

—Pondremos la cómoda y las dos mesillas y también esa butaca, ¡trae la butaca!

—Amor, no puedo coger peso, ya lo sabes, mi glaucoma… Tampoco debo estresarme.

—¿Pero qué haces ahí? —espetó al verme en el suelo.

—Tumbarme boca arriba con los brazos en cruz y las piernas un poquito en alto va bien para la tensión ocular.

—Cariño, cariño, cariño, cariño, por favor, escúchame, escúchame bien: vamos-a-morir.

—Amor, ya lo tenemos hablado, morirme no me importa, pero sí quedarme ciega, no puedo perder el ojo que me queda —dije y volví a mi postura en el suelo.

No fue un nuevo estruendo en el piso de abajo, sino dos, tres, cuatro y hasta cinco seguidos. Quien estuviera en el salón lo estaba destrozando. Me levanté tomando conciencia de la situación.

—Joan, vamos a morir… —musité.

Joan me abrazó e intentó tranquilizarme, me aseguró que si nos encerrábamos en la habitación no pasaría nada, lo repitió una y otra vez hasta que empecé a reaccionar. Acerqué la butaca y las mesillas. Joan las iba dejando sobre la cómoda que ya había colocado bloqueando la manilla. Los dos observamos el resultado, estábamos agarrados de la mano y en silencio pensando, muy probablemente ambos, que de una patada aquel parapeto se vendría abajo sin esfuerzo. Acabábamos de construir nuestra casita de paja, el lobo no tardaría en llegar y soplaré y soplaré y… La luz se fue. Grité. Me aferré a Joan. En bajito me dijo que teníamos que mover el armario. Con la linterna de su móvil me dio indicaciones. Los dos arrastramos el armario un par de metros. Después, alumbró la puerta y me pidió que retirara los muebles ya asentados, le obedecí mientras él seguía acercando el armario. Entre los dos le dimos la vuelta y lo empujamos contra la entrada de la habitación, luego pusimos de nuevo la cómoda y encima de ella la butaca y las mesillas. Así, los dos cerditos observaron su casita de madera, yo no le temo al lobo feroz…

En el coche sonaba Come to life de Arthur Russell. Hacía veinte minutos que Joan conducía de vuelta a Madrid.

—Sigo pensando que no debemos pagar nosotros los desperfectos del piso de abajo —dije.

Joan bajó la música y contestó:

—No voy a ser yo quien discuta con esa mujer. Pagaremos y ya está. Solo quiero olvidar esta noche.

—No nos lo dijo, Joan.

—No, no nos lo dijo, pero ella asegura que sí y no hay manera de probarlo. Ya está.

—¡Qué energúmena! ¡Menudos gritos! Como si fuera culpa nuestra, ¿qué quería que hiciéramos si no sabíamos nada? Claro que nos habló de las mantas, de las toallas, del café… ¡incluso del wifi cuando se lo pregunté!, ¡pero nada de la puerta trasera! Oh, sí, da a un jardín sin acotar, ¡cuidado con la Serranía! No, perdona, ¡cuidado con lo que hay en la Serranía!

Joan sonrió asintiendo con la cabeza.

—Cariño, ya está, si dice que nos advirtió de que no cerraba bien esa puerta, pues ya está. Si dice que nos avisó de que la Serranía estaba llena de jabalíes hambrientos, pues ya está. Y si dice que dos más dos son cuatro y que la culpa es nuestra, pues ya está. No lo voy a discutir, de verdad, no lo voy a discutir.

Joan además de tirarse pedos sabe vivir la vida apartando las piedras sin ni siquiera tocarlas. Yo, en cambio, soy de ir metiéndomelas una a una en la mochila.

—No nos lo dijo… —volví a alegar—. No pienso pagar, que lo haga su seguro privado que no dudo que tendrá uno como buena capitalista.

Joan soltó una carcajada.

—Bueno, entonces lo de mudarnos al campo lo retrasamos, ¿no?



 

18 feb 2024

Terror en la Mancha (I)

 

Hirce de Carmen Mansilla

En el coche sonaba Bury a friend de Billie Eilish. Hacía veinte minutos que Joan conducía por territorio manchego. Habíamos alquilado una casita en la Serranía de Cuenca. No trabajar los viernes me daba cierto margen para salir, sin prisas, de Madrid los fines de semana y retomar los lunes de la ciudad con otra perspectiva. Joan podía dibujar donde quisiera.

—Habrá que ir pensándolo —dijo.

Bajé la música.

—¿Pensar qué? —pregunté.

Sonrió sin dejar de mirar la carretera.

—Ya sabes qué.

—No tengo ni idea a qué te refieres —y subí la música de nuevo.

Dejar Madrid y trasladarnos a la sierra manchega, a una casita en mitad de la nada, era algo que nos rondaba la cabeza. Que Joan se dedicara a tiempo completo a sus dibujos y que mi ceguera me impidiera caminar cómodamente por una abarrotadísima ciudad, había plantado sobre la mesa unos planes que años atrás se concebían como una simple idea bucólica. Dar luz verde a la mudanza significaba asumir aspectos de mi vida a los que todavía no quería, o podía, enfrentarme. Prefería no abrir la caja, que el desorden dentro siguiera campando a sus anchas, no me importaba.

Joan aparcó el coche frente a una pequeña casa de dos pisos de piedra. Junto al portón de entrada había un todoterreno. Salí del coche y me estiré cual gato antes de ser cogido en brazos. “¿Hola?” dije acercándome al todoterreno. Eché un vistazo a su interior, no había nadie. Me di la vuelta e hice un gesto de incertidumbre a Joan, él me lo devolvió. Luego abrió el diminuto maletero y sacó las dos mochilas.

—Tenemos que comprar un coche, esté último que hemos alquilado no me convence —dije.

—Pensaba que eras comunista. —Comenzó a imitar mi voz—: Nada de propiedades, amor, nada-de-propiedades.

—¡Quiero el divorcio!

—No estamos casados, las comunistas tampoco creéis en la institución del matrimonio. 

Me reí y le solté cuatro improperios.

—¿Elvira?

Detrás de mí apareció una mujer menuda de apenas cuarenta años. Me cogió por los hombros y me dio dos besos.

—Sí —contesté desconcertada. Con disimulo me limpié las mejillas porque la sensación aberrante que se me impregnaba al ser tocada por desconocidos iba en aumento con los años.

—¿Un viaje largo? —preguntó acercándose esta vez a Joan.

—No, no, no ha llegado ni a dos horas. Venimos de Madrid.

La mujer le extendió la mano y Joan se vio obligado a dejar las mochilas en el suelo.

—Cierto, que vosotros sois la pareja de Madrid. Bien, ¿entramos?

La mujer empujó el portón y nos dejó pasar primero. A primera vista me recordó a la casa de Sabina, la madre de Almudena, aunque la suya era bastante más grande.

—He llegado esta mañana para abrir ventanas y airearla un poco. Hace casi tres semanas que no la alquilábamos. Olía a cerrado, ya me entendéis.

—Claro. —Sonreí.

—Bueno, es muy sencillo. Abajo: cocina, salón comedor y servicio; arriba: tres habitaciones y cuarto de baño. ¿Eres comunista?

—¿Perdón? —exclamé absolutamente contrariada.

—Antes. Os he oído.

—Ah, eso. Es una broma entre nosotros.

—Ya. —Ladeó la cabeza y me sonrió rígida—. Bromear con eso con la que está cayendo en este país hoy en día es peligroso, ¿no crees?

Eché una rápida mirada a Joan quien recogió el testigo y cambió de tema como buen Virgo que es.

—Veo que la cocina tiene puerta trasera.

—Así es. Conecta directamente con el jardín. La casa dispone de doscientos metros de terreno, pero como os habréis dado cuenta no están acotados. Dibujad los lindes en vuestra cabeza y respetad del resto de la Serranía.

—Por supuesto, lo haremos, no te preocupes —contestó Joan con esa candidez que enamora a todos.

La mujer nos explicó el funcionamiento de la chimenea. Nos mostró donde se guardaban las mantas y las toallas y nos aclaró que la cafetera era de cápsulas, las cuales estaban en el tarro grande de cristal junto a la máquina.

—¿Y el wifi? —pregunté.

—¿A qué te refieres?

—La contraseña del wifi, si nos la pudieras dar, pues...

—No hay wifi. —Hizo una mueca expresando obviedad y nos explicó que en la zona casi no había cobertura.

Saqué el móvil del bolsillo trasero del pantalón y efectivamente marcaba con una equis roja la línea de 4G.

Cuando la vi alejarse en su todoterreno respiré aliviada.

—¿No te ha parecido rara esta mujer? —Pero preguntar a Joan sobre aspectos humanos era como pedirle a un pez que subiera a un árbol.

Lo vi deshacer su mochila, meter la comida en la nevera y proponerme dar un paseo. Accedí, aunque caminar entre naturaleza no fuera uno de mis mayores placeres. Lo único que me seducía de vivir en una casa en la montaña era que podría mantenerme alejada del ser humano, sin embargo, rechazaba todo aquel beatus ille.

Al volver a la casa, sugerí hacer algo sencillo para cenar, pensaba en una ensalada de pasta o un picoteo rápido de quesos y embutidos. Entré en la cocina y me paré en secó.

—¿Joan? —Esperé a que me contestara, pero no lo hizo, lo escuché en el piso de arriba, permanecí quieta un rato y lo llamé una vez más. Bajó las escaleras y se colocó a mi lado—: ¿Has dejado tú la puerta trasera abierta?

No contestó, se limitó a cerrarla y sin mirarme me dijo que sí. Mentía.

 

(continuará)

 

1 ene 2024

Los Zaratrustas

Jacinto Benavente en su terturlia de Café Lisboa (Madrid, 1918), fotografía de Luis Ramón Marín


—El solo era para Rita, ¿verdad? ¿Y el cortado con leche de soja para Meli? —Dejo los cafés sobre la mesa, incluido el mío, y le digo a Bárbara que su té rojo se lo trae Matías.

Me siento junto a Meli y le pregunto cómo lo lleva. Suspira y me devuelve la pregunta. Las dos estamos supuestamente terminando nuestra tesis doctoral, un final que se eterniza. Solo quien se encuentra en este periodo sabe lo que conlleva: ganas de morirse. Hace un par de bromas sobre las innovadoras maneras de acabar con su vida, me río mientras Bárbara nos mira con lástima.

Matías llega con el té rojo y su cerveza. Toma asiento frente a nosotras y me explica que hoy conoceré a Monse, que tan solo lleva un par de años en Los Zaratrustas.

Los Zaratrustas nació, en principio, como club de lectura hará cosa de 10 años. Me uní a ellos poco después de la muerte de mi madre. Los encontré en una red social y la lectura que proponían para aquel mes era Memorias de la casa muerta de Dostoievski. En ese momento, tras lo vivido con mi madre, el existencialismo se implantó en mi vida. Pensé que intercambiar inquietudes personales camufladas en citas literarias podría calmar parte de mi dolor. Sin embargo, me equivoqué. Encontré a una docena de treintañeros ligados al mundo literario, pero con pocas ganas de reunirse para debatir sobre el sentido de la vida. Más bien se trataba de encuentros sociales de gente con varios puntos en común que buscaba una vía de escape a su monótona vida poniendo los libros como excusa. Así que mi psicólogo siguió haciendo su trabajo y Los Zaratrustas el suyo: entretenerme de vez en cuando.

Todos los allí presentes íbamos y veníamos, el club tenía la puerta abierta, no existía compromiso alguno y la flexibilidad de incorporarnos a uno u otro encuentro hacía que siempre que me encontraba con ellos fuera un momento verdaderamente agradable.

Rita coloca su bolso sobre la mesa y saca media docena de cuartillas grapadas tamaño A5.

—Chicos, este es mi último poemario. A ver, no tenéis ningún compromiso, pero si le queréis echar un vistazo aquí os dejo unas muestras. Bárbara, pásalos, por favor, a Meli y a Elvira.

—¿Cuánto cuesta? —pregunto.

—Cinco euros, pero no tenéis ningún compromiso, de verdad. La temática es el silencio en la urbe masificada.

—Qué interesante —exclama Meli con una sonrisa—. Yo te compro dos.

—Oh, gracias, amor, pero sin compromiso, por favor.

—A mí también dame dos, que en tres semanas es el cumpleaños de mi amiga Almudena y así ya tengo regalo —digo—. No tengo en metálico, te hago un Bizum, ¿vale?

Todos adoramos a Rita. Profesora de literatura en un instituto por el día, poeta por la noche. Su pareja murió de un infarto hacía tres años y, al no estar casados, no recibía pensión de viudedad. El sacar adelante a sus dos hijos con su único salario se le hacía difícil, por lo que vendía sus poemarios en cuartillas u organizaba recitales poéticos en el bar de su cuñado, solo una mujer como ella sabía romantizar la necesidad de aquella manera.

—¿Os leo uno? —pregunta.

¡Claro!, respondemos y todos la jaleamos. Rita se pone de pie y abre la pequeña cuartilla en la tercera página. Lee 24 versos sobre los empujones en la Línea 1 de metro, el cansancio en los hombros y la pena enroscada en intestinos vacíos. Termina, nos mira y tardamos en aplaudir, que su poesía vaya grapada a su vida nos deja cierto pesar. La animo a que presente su trabajo a alguna editorial, insisto en que su poesía es mucho mejor que lo que se publica últimamente.

—Gracias, Elvi, cariño mío, pero tengo 44 años, en Instagram tengo 253 seguidores y en Facebook 307; estos números no interesan a ninguna editorial.

Se abre un acalorado debate sobre si la industria editorial debe responsabilizarse sobre la calidad de sus obras o simplemente responder a la demanda de masas. Bárbara se desespera tanto con el tema que nos informa que lo que necesita es una caña doble, da un último trago a su té y se levanta a la barra, desde allí nos pregunta si queremos algo más, le pido otra para mí. Entretanto, Meli y Matías se acusan mutuamente de no entender el panorama literario actual, solo ellos pueden atacarse con citas bíblicas como si fueran flechas ardiendo, miro a Rita y me río.

—Vaya, parece que llego en el mejor momento. —Ante nuestra mesa una mujer de cuarenta y muchos o cincuenta y pocos, de pelo canoso largo y rizado, con una vieja gabardina beige y bolso bandolera de piel marrón.

 —¡Monse! —Matías se pone de pie y le da dos besos—. Si no me equivoco conoces a todas menos a Elvira, ¿verdad?

—Bueno a ella —señala a Rita— solo la he visto una vez y a ti —dirigiéndose a Meli— te vi de pasada en el encuentro de la Feria del Libro del año pasado.

—Sí, vengo poco.

—Ya. —Se acerca a mí y me da dos besos—. Tú también vienes poco, ¿no, Elvira?

—Sí, cierto. Entre mi estancia en China y que…

—Y que no has venido, sin más —sentencia.

Algo cortada miro a Matías que seguía de pie a su lado, pero no encuentro respaldo.

—Hola, Monse —Bárbara llega con las bebidas a la mesa.

—¿Ya hemos empezado con las cervecitas?

Nuevamente busco apoyo en Matías sin éxito.

Ya todos sentados en la mesa, Monse pregunta si hemos avanzado mucho con el análisis de la obra que nos ocupa hoy.

—¿Qué libro era? —pregunto.

Insolación de Pardo Bazán —contesta Meli sacando su libro del bolso—. Tengo que decir que no lo he terminado, pero lo poco que he leído me está gustando mucho.

—Yo tampoco lo he terminado —dice Rita—. Preparar el nuevo recital me está quitando muchísimo tiempo.

—¡Ay, qué bien! —exclama Bárbara—. ¿Cuándo es?

—Espero que el último viernes de este mes. A ver, a ver, porque quiero que Margarita Rojas y Fermín Esparta también participen, así que… a ver, a ver.

Todos aplaudimos y Bárbara y yo brindamos con nuestras cervezas.

—¿Podemos volver a Pardo Bazán? —pregunta Monse—. Haciendo un rápido recuento podemos decir que una no sabía ni de qué libro íbamos a hablar hoy, dos no se lo han terminado...

—Tres —interrumpe Bárbara con una risita.

—Tres no se lo han terminado. ¿Matías?

—Yo sí, yo sí —responde satisfecho, como si su profesora le fuera a poner un positivo.

—Y dos leídos. Muy bien. Muy bien. Veo que los estatutos del club siguen sin respetarse.

—¿Qué estatutos? —pregunto sin ocultar mi perplejidad.

—Los Zaratrustas tienen unos estatutos —responde Monse.

—¿Desde cuándo? —sigo sin cerrar la boca.

—A ver, Elvi, bueno son unas reglas —interviene Matías— para llevar un poquito el control de la asistencia.

—¿El control? —Si me pinchan no sangro.

—Pertenecer a un club de lectura conlleva un compromiso —explica esta vez Monse. Miro a Meli que prefiere esconderse tras su taza de café—. De las doce lecturas que se proponen analizar al año, se pide participar como mínimo en tres. Y cuando digo participar, no me refiero a llegar, pedirse una cerveza y hablar de nuestras vidas, sino de haber realizado una lectura profunda de la obra para tratar sobre ella la tarde que nos ocupe.

Matías asiente con la cabeza. Lo miro molesta y antes de hablar coloco los codos sobre la mesa:

—¿Y qué pasa si no cumples con estos estatutos?

—Que debes abandonar Los Zaratrustas —responde Monse tajante.

—¿Que debo abandonar Los Zaratrustas?

—Elvira, no puedes aparecer cuando te venga en gana sin tener la menor idea del libro que estamos leyendo. Debes ser considerada con el resto de los miembros del club, no nos puedes hacer perder el tiempo. Si no vienes, te vas. Así son las normas.

—Normas que, por lo que veo, has instaurado tú, Monse, porque has decidido erigirte como presidenta del club. Presidenta o dictadora, según se mire.

—¿Perdona?

—Te perdono. —La miro y sonrío con cinismo—. Bien, pues llegado a este punto solo me queda abandonar Los Zaratustras.

—Pero, Elvira, por favor, ¿cómo vas a abandonar? —Rita intenta establecer algo de cordura. Dirigiéndose a Monse—: Elvira no conocía los estatutos, así que lo podemos dejar pasar. Además, lleva más de 7 años en el grupo, no puede irse.

—Si somos flexibles con ella no sería justo para los otros 4 que ya han abandonado el club.

—¡Pero estamos locos! —grito. Me levanto, cojo mi bolso y abrigo y pido a Meli que me deje salir—. ¡Me voy!, ¡vaya si me voy! ¡¿Pero qué autocracia es esta?!

Salgo del bar completamente rabiosa. Me pongo el abrigo, lo consigo solamente de un brazo y el resto lo llevo arrastrando por la acera. Dos jóvenes se ríen al verme, me paro frente a ellos y los observo. No llegan a los 20, pienso que ni siquiera son jóvenes, son nuevos, originales. Originales. ¡Originales! Me doy media vuelta y regreso al bar. Me planto de nuevo frente a la mesa. Todos me miran en silencio. Mi aspecto crea incertidumbre.

—Me voy —empiezo diciendo—, abandono Los Zaratrustas, pero no sin antes anunciar la creación de un nuevo club, al que todos sois bienvenidos: Los Zoroastros, el original.

Me giro y, yendo hacia puerta arrastrando la mitad de mi abrigo, oigo las risas de Meli, Rita y Bárbara.