jueves, junio 20

De Kashgar a Tashkurgan



Lago Karakul, Xinjiang. Foto: Elvira Rebollo

—No pasar, no carretera, coche no pasar —dijo el hombre en un macarrónico inglés. Sujetaba el volante con ambas manos y me miraba esperando que le diera el visto bueno para darnos la vuelta y regresar a Kashgar pero no lo hice.
Era finales de septiembre de 2014, mi madre había muerto hacía tres meses. Nunca tuvo un especial aprecio por la vida, así que sabía que moriría joven, lo que era difícil de imaginar fue la forma tan cruel de hacerlo. Cuando mi hermano me llamó para decirme que ya había muerto, pensaba que el alivio no tardaría en llegarme, pensaba que ya había pasado todo, que se había acabado, pero pronto descubrí que aquello no había hecho más que empezar. Que el dolor y una pegajosa culpa no se irían jamás.
Carretera Karakórum, Xinjiang. Foto: Elvira Rebollo
—A Pakistán —dije. Señalé la carretera desde el asiento del copiloto y añadí—: 400 yuanes por llegar a Tashkurgan.
Voy a recorrerme Xinjiang, dije a Joan mes y medio antes, mientras nos tomábamos una caña en un céntrico barrio de Madrid. Pensé que meter 4 camisetas , 7 bragas, 2 pantalones y la Lonely Planet en una mochila y perderme en la provincia más desconocida de China me ayudaría a enmascarar algo del agotamiento anímico que llevaba arrastrando los últimos meses. Claro, amor, ve y disfruta, contestó Joan sabiendo que no era una buena idea.
Carretera Karakórum, Xinjiang. Foto: Elvira Rebollo
El hombre chasqueó la lengua y con desánimo puso en marcha el motor. Esperó un momento y arrancó. Me señaló con el dedo y dijo algo en uigur, estaba muy enfadado, mucho. Sonreí. Estábamos en la carretera de Karakórum, la única carretera que conectaba China con Pakistán, exactamente Kashgar con Islamabad, casi 1.400 km de una peculiar ruta. Todas las guías se referían a ella como una de las vías más famosas del mundo por tres razones: por ser la carretera internacional más alta del mundo, por pertenecer a la ruta de la seda y por tener una enorme belleza paisajística. Lo que perecían obviar todos aquellos libros viajeros era la descripción de las condiciones de dicha carretera, carretera que era inexistente en varios tramos.
—¡No, no, no, no! ¡No viajes por carretera Karakórum! ¡Gobierno prohíbe extranjeros, no viajes turistas, peligroso, no viajes ya! —me explicó con aspavientos el gerente del albergue en el que me hospedaba desde hacía dos días en Kashgar.
Yo le señalé mi Lonely Planet que para mí era la biblia.
—Aquí dice que sí, que se puede llegar a la frontera con Pakistán, a Tashkurgan, ¡no son ni 400 km!
—¡No, no!
—¡Aquí dice que sí!
—¡No!
—Mierda pa’ti… —dije en español y entre dientes. Y derrotada salí de su oficina arrastrando las chanclas.
Hostel Kashgar, Xinjiang. Foto: Elvira Rebollo
Pasé aquella tarde en el patio del albergue. Un grupo de italianos me desaconsejó la idea también, lo habían intentado el día anterior con un coche particular y a los 100 km se dieron la vuelta. Un noruego me recomendó que insistiera, que en China todo era cuestión de dinero, pero que estaba convencido de que aquella carretera no era tal como la pintaban, que él no arriesgaría su vida. ¿Arriesgar la vida? Me reí.
Miré al frente, el terreno era arenoso, llevábamos por lo menos 50 km de tramo sin asfaltar. La vía zigzagueaba por entre impresionantes surcos montañosos. El hombre conducía despacio por si nos encontrábamos con un coche de frente, ambos vehículos no cabrían a lo ancho de la carretera, y a un lado teníamos montaña rocosa, pero al otro el vacío. Y no fue un coche sino un camión cargando piedras lo que vimos que se acercaba surcando la montaña, en menos de 3 minutos lo tendríamos de frente. Aguanté la respiración y me llevé las dos manos a la tripa, me la aplasté con todas mis fuerzas, apreté los labios y cerré los ojos, iba a morir.
—¡Chica! —gritó el gerente del albergue que con una seña me pidió que me acercara.
Me despedí del grupo de chicos del patio y al llegar a su oficina me pidió que saliéramos fuera porque era más conveniente. Allí, en la calle, me presentó a un hombre que al igual que él era de la etnia uigur no han.
—Él mi amigo, hermano, amigo —dijo—. Él lleva tú mañana a Tashkurgan. Con coche.
—¡Gracias! —Estaba entusiasmada.
 —Bien. 320 km, 400 yuanes ¿sí?
—Sí.
—¿Problemas con carretera? Más yuanes, ¿sí?
—Sí. —¡Claro que sí, lost to the river!
Y yo y mi infinita inconsciencia nos fuimos a dormir. Al día siguiente a las 07:20 de la mañana el gerente del albergue me esperaba en la calle con su moto. Me llevó hasta las afueras de Kashgar, allí paramos en el arcén de la autovía y esperamos un rato. Pronto se paró delante de nosotros una pequeña furgoneta sin morro, de tan solo 5 plazas. Se bajó el amigo-hermano del gerente, se saludaron y después me miraron si decir nada. Asentí, abrí el bolsillo central de la pequeña mochila que traía conmigo y saqué la cartera. Extendí a modo de árbol los 4 billetes de 100 yuanes. Los cogió el gerente, los contó y después se los dio a su amigo-hermano. Este los guardó en su cartera, y me hizo un gesto de subir al coche-furgoneta. El gerente alzó la mano, supongo que sería su forma de despedirse. Ambos hombres hablaron algo más de rato. Desde mi asiento los veía mientras me preguntaba a dónde iba yo exactamente.
El coche paró, abrí los ojos y encontré el camión frente a nosotros también parado. El hombre se frotó la cara con las manos, suspiró y salió del coche. Del camión bajaron tres hombres. Los tres me miraron con curiosidad. Hablaron con el hombre, parecían discutir. Alzaban las manos hacia diferentes direcciones, supongo que dirían: el coche aquí, no, mejor aquí, no, allí, el barranco, piedras, vacío, muerte. Muerte. Y llegó la imagen de mi madre atada a la cama de aquel hospital.
 —¡Salir coche! —me gritó el hombre asomado a la ventanilla del piloto.
Carretera Karakórum, Xinjiang. Foto: Elvira Rebollo
Sobresaltada abandoné el hospital y salí del vehículo. Me pegué junto a la pared de la montaña. El hombre subió al coche y echó marcha atrás unos 20 metros, era un tramo recto y parecía que la inclinación hacia el barranco no era tan abrupta, el coche si no se resbalaba por la gravilla podría mantenerse allí hasta que pasara el camión, si no se resbalaba, claro. El camión avanzó lentamente y vi que el hombre no salía del coche, ya lo había estacionado por qué no se bajaba, ¡maldito imbécil! Y, entonces, me di cuenta de que no tenía manera de hacerlo, que quizá podría salir por la puerta del copiloto pero después, para subirse, cuanto menos se moviera el automóvil mejor. 
Carretera Karakórum, Xinjiang. Foto: Elvira Rebollo
Me llevé las manos al cuello y me giré, prefería no verlo, era cobarde, siempre lo había sido, mirar para otro lado se me daba mucho mejor. No sé cuándo mi madre empezó a decir cosas inconexas, no sé cuándo su cabeza dibujó otra realidad, tampoco sé cuándo dejó de comer, solo sé que para entonces yo ya estaba mirando para otro lado. Me acuclillé en la carretera y con rabia clavé las uñas en el suelo arenoso y de las entrañas me salió un gemido contenido. Contenido. Como siempre.
—¿Lo llevas todo?
—Sí —contesté a Joan antes de salir de casa. No quería que me acompañara al aeropuerto, porque para qué, nunca hemos sido de grandes despedidas—. Enseguida estoy de vuelta, 22 días pasan volando.
—Disfruta y no hables con desconocidos.
—¿Pues tú me dirás cómo lo voy a hacer si pretendo cruzar todo Xinjiang en 20 días y no conozco a nadie allí?
—Ah, amiga, ese es tu problema no el mío.
Me hizo reír. Lo abracé y en silencio le agradecí que no me dijera que aquello era una locura, que el dolor no se cura empaquetándolo en una mochila, que me quisiera tan libre y que me dejara amarlo sin decírselo, contenida.
El coche pitó frente a mí. Me levanté del suelo, me sacudí las manos sobre los pantalones y entré. Al sentarme en el asiento del copiloto tuve vergüenza de mirar al hombre. Por mi irresponsabilidad había estado a punto de perder la vida. Yo quería llegar a la frontera con Pakistán y era capaz de cualquier cosa.
—Lo siento —dije.
—Más yuanes. ¿Problemas? Más yuanes.
—Sí, más yuanes —contesté—. Lo siento —repetí esta vez mirándolo, él asintió.
La siguiente hora fue más o menos tranquila, los 320 km no se irían a recorrer en 4 ó 5 horas sino más bien en 8 ó 9. Las condiciones de la carretera hacían que no superásemos los 40 km/h en la mayoría de los tramos. Saqué de mi mochila dos manzanas, una se la ofrecí al hombre.
—¿Manzana?
La rechazó con vehemencia.
—¿Pín guo? —le pregunté esta vez en chino.
Carretera Karakórum, Xinjiang. Foto: Elvira Rebollo
El hombre se rio y me corrigió los tonos, después la tomó y me dio las gracias. Me hizo sentir un poco menos mal. Pero solo un poco.
Mientras nos comíamos nuestras respectivas manzanas yo iba enumerando palabras en chino, aquellas que me acordaba de cuando vivía en el norte de China. Amigo, fideos, profesor, dinero, libro, casa, y así. El hombre cuando me entendía me corregía el tono y cuando no, sacudía la mano enérgicamente y yo pasaba a la siguiente. Creo que fue cuando pronuncié la palabra “universidad” que el coche paró en seco. Con el golpe, la manzana se me atragantó. Comencé a toser y el coche inició la marcha atrás rápidamente. Nerviosa atiné a coger mi mochila y sacar el agua, no entendía qué pasaba, hasta que vi la polvareda que venía hacia nosotros. La polvareda cesó, el coche se detuvo y yo con cuidado bebí algo de agua, dejé de toser. Salimos del vehículo y lo vimos. El desprendimiento de rocas no había sido grande pero sí lo suficiente para bloquear la carretera. El hombre se quitó su chaqueta, la dejó en su asiento y se acercó a la montaña de piedras en el camino.  Y empezó a quitarlas una a una.
—¿Es broma? —grité desde el coche.
Carretera Karakorum, Xinjiang. Foto: Elvira Rebollo
Pero el hombre no paraba, y una y luego otra y otra y otra y otra. Me vino a la cabeza el proverbio chino: “Un viaje de diez mil kilómetros empieza por un solo paso” o por una sola piedra, pensé. Me reí, salí del coche, me arremangué el jersey y comencé a quitar piedras. Lo cierto es que cada vez que oíamos un ruido salíamos corriendo por miedo a un nuevo desprendimiento. Después yo esperaba su señal, porque a veces corríamos en direcciones opuestas, y regresábamos a la montaña de piedras y continuábamos con la labor. Al principio con los ruidos salía con verdadero miedo, en línea recta sin pensar en nada, ¡corre!, pero a partir de la quinta vez me entraba la risa, sobre todo porque a veces me llevaba conmigo una pesada piedra y no podía parecer más ridícula. Entre una cosa y otra tardamos casi una hora en despejar el camino. Cuando lo hicimos, el hombre no me dejó subir al coche, me pidió que lo esperara al otro lado, él corrió con todo el riesgo.
—¿Más yuanes? —pregunté ya una vez dentro.
—Más yuanes.
Y los dos nos reímos.
Carretera Karakórum, Xinjiang. Foto: Elvira Rebollo
Pasadas casi tres horas, el estrecho camino de gravilla, serpenteante entre montañas, se convirtió en una carretera semi-asfaltada entre la inmensidad de hermosos lagos a la derecha e infinitas cordilleras montañosas a la izquierda, aquello no podía ser más fastuoso. Bajé la ventanilla y respiré el aire húmedo, el hombre me miró y yo le sonreí.
—¿Foto? Lago Karakul. ¿Foto? —preguntó señalando el impresionante lago que teníamos a poco más de 300 metros.
—Sí, paramos, quiero tomar fotos.
Lago Karakul, Xinjiang. Foto: Elvira Rebollo
Paramos y bajé del coche con la cámara al cuello. Me acerqué a la orilla del lago. Me acuclillé y toqué el agua con las manos. Quizá fue el frescor o la belleza del lugar o superar la tensión de las últimas 7 horas, la cosa es que fue sumergir las manos en el agua y comenzar a llorar. Vi los ojos azules de mi madre fijos en mí, mamá, soy yo, le decía, no te oye, cariño, no te oye, me decían. ¿Cuándo dejaste de oírnos, mamá?, ¿cuándo te fuiste? Saqué las manos del agua y me las llevé a la cara, sentí el frío en las mejillas, me tranquilicé. Me levanté y tomé fotos del lugar que era  espectacular. Al poco tiempo llegó un grupo de hombres tayikos en moto y a caballo. Los observé desde lo alto de una pequeña colina donde habían levantado dos yurtas. Aquel paraje era un regalo. Después de media hora larga regresé al coche, allí, apoyado en él, estaba el hombre fumando un cigarro. Con paciencia y en su medio inglés-chino-uigur me explicó que era tarde, que no quería recorrer el camino de vuelta de noche porque la carretera no estaba iluminada y todas las dificultadas que nos habíamos encontrado al venir se multiplicarían al volver. Así que me propuso llegar a Tashkurgan y hacer noche allí, salir a Kashgar al día siguiente. Estuve completamente de acuerdo, creo que mi cupo de irresponsabilidad estaba cubierto hasta la fecha.
Al llegar a Tashkurgan, el hombre fue directo a un albergue, parece ser que también era de otro amigo-hermano suyo.  Nos ofrecieron para cenar una sopa con carne y cebolla y una especie de donuts duro, que cuando me lo llevé a la boca y le di un mordisco metí un grito de dolor porque aquello estaba más duro que una piedra, todos los que compartían la cena allí sentados, en las alfombras del suelo, se rieron. El hombre me mostró que debía meterlo en la sopa y luego, cuando ya estuviera blandito, comerlo. Lo cierto es que no recuerdo si la sopa estaba buena o mala o si el donuts terminó reblandeciéndose o no, solo que tenía tantísima hambre que en mi cuenco no quedó nada. La velada fue agradable, todos parecían conocer al hombre del coche y llegaron muchos de fuera a saludarlo. El saloncito donde habíamos cenado, se empezó a llenar de gente, todos eran uigur, así que comenzamos a colocarnos más apretaditos en el suelo para que cupiéramos todos. Hablaban animadamente, a veces parecían muy enfadados pero luego se reían a carcajadas. Yo no entendía nada pero les sonreía a todos, porque me gustaba estar allí, sentada en el suelo, sobre un cojín de fuertes colores, mirándolos y reconociéndome minúscula en un mundo inmenso. Cerré los ojos y vi a mi madre también en la sala, sentada sobre otro cojín, atusándose el pelo presumidamente como solo ella lo sabía hacer. Al rato, los abrí y alguien me dio un vasito rojo lleno de té, lo cogí y brindé aunque sin saber muy bien por qué.



Nota: Por favor, no utilices las fotografías sin mi permiso.


sábado, abril 13

Tormento


Elefante-jirafa de Salvador Dalí

Elvira se levantó a las 6:30. Aquella ciudad de China parecía que se había despertado con una espesa niebla. Era mediados de abril pero el invierno no había tomado la determinación de irse y la primavera pensó que allí, de momento, estaba de más.
Tras ducharse, Elvira se enroscó la toalla al cuerpo e hizo café. Con la mirada perdida a través del enorme ventanal de la cocina, pensó si hoy podría ponerse la falda por fin. No, descartó mentalmente. Se pondría los pantalones con la camiseta negra y el jersey de punto granate. Dejó el vaso en el fregadero y fue a su habitación. Abrió el armario. Al principio no se dio cuenta pero cuando intentó correr las perchas hacia la derecha comprobó que no podía, algo le hacía tope. Miró el fondo del armario y no vio nada. Lo intentó de nuevo pero fue imposible, las perchas no se movieron ni un centímetro. Optó, entonces, por abrir primero los cajones y sacar la camiseta de uno y el jersey de otro. Una vez que los hubo tirado sobre la cama, se dispuso a buscar otra vez sus pantalones. Sin embargo por más fuerza que hacía, las perchas se mantenían inmóviles. Estiró una mano hacia la zona oscura del armario y notó una superficie rugosa. Extrañada sacó la mano, se acarició los dedos intentando descifrar qué es lo que había palpado y repitió el proceso. Esta vez pudo adivinar que se trataba de una masa bastante grande, tan grande como para ocupar todo el fondo del armario, y áspera, áspera o rugosa, no sabría precisar. Finalmente se decantó por la falda que también la tenía guardada en los cajones y decidió no darle más importancia al asunto.
Esa misma noche desde la cama oyó un ruido. Se dio la vuelta y vio como la puerta del armario se abría poco a poco. Encendió la luz de la mesilla y se incorporó. Del hueco de la puerta parecía salir lo que era la trompa de una bestia: gris, larga y rugosa. Se levantó. Abrió el armario de par en par pero no pudo ver nada. Tan solo la oscuridad que caracterizaba al fondo del armario. Estiró la mano y palpó la negrura, ahí estaba, nuevamente, esa masa  áspera. Esta vez, además escuchó como una especie de rugido.
―¿Qué eres? ¿Por qué estás en mi armario?
Silencio.
A la mañana siguiente, el invierno seguía siendo la estación estrella de abril y Elvira, con la toalla enroscada al cuerpo, bebía su café en la cocina repitiendo en bucle el rugido que había escuchado anoche.
Llegó a la habitación. Con decisión abrió el armario y la vio allí sentada. Bajo las perchas. Podía ver aquella masa claramente, con sus partes poco definidas pero diferenciadas, su color y textura, estaba allí, en su armario. Lo cerró con cierta brusquedad y llamó a su compañera de trabajo Beatriz, que al mismo tiempo era su vecina de puerta de al lado. Beatriz llegó en 5 minutos, Elvira la hizo pasar hasta la habitación donde se sentaron en la cama.
―¿Estás preparada? ―le preguntó Elvira.
―Sí, abre.
Elvira se levantó, abrió las puertas del armario y con lentitud se volvió a sentar junto a su amiga.
―¿Lo ves?
―Sí… ―respondió Beatriz.
―¿Qué es?
―No estoy segura ―contestó su vecina―. ¿Por qué no llamas a los de mantenimiento del edificio?, quizá ellos puedan ayudarte.
Elvira estuvo de acuerdo con la idea y pidió a su amiga que le ayudara a comunicarse con ellos porque tan solo hablaban chino. Así que en poco más de 15 minutos llegaron dos hombres vestidos con pantalones y chaquetas azules. Uno llevaba en la mano un destornillador y el otro un cable. Beatriz les explicó el problema. Elvira, que seguía con la toalla enroscada al cuerpo, les mostró el camino. Allí, los dos hombres inspeccionaron el armario y dijeron no ver nada.
―Al fondo, muy al fondo, hay que fijarse bien ―anotó Beatriz en chino.
Uno de ellos pareció encontrar algo. Empujó a su compañero y este, dejando el destornillador en la mesilla, puso casi medio cuerpo dentro del armario. Después acordaron algo entre ellos, cerraron las puertas y se dirigieron a Beatriz en chino. Sin más se fueron.
―Pero ¿qué han dicho?
Beatriz se sentó en la cama e hizo un gesto a Elvira para que hiciera lo mismo.
―Dicen que es un elefante.
―¿Un elefante?
―Sí, dicen que es muy probable que te lo trajeras de España, quizá en la maleta, sin darte cuenta. Dicen que seguro que no es chino, chino no es.
―No recuerdo haberlo traído.
―Bueno, no le des más vueltas, Elvi, no es más que un elefante, todos tenemos uno tarde o temprano.
Elvira la miraba intentando entender la situación.
―Pero, ¿cómo es posible que no lo haya visto hasta hoy?
―Uy, hay gente que no lo ve nunca. ―Y levantó los hombros―. En fin, ¿tienes clase a las 8:30?
―Sí…
―Vale, pues date prisa que andas muy justa, nos vemos allí, ¿vale?
Elvira la vio salir desde el pasillo. Después regresó a la habitación y abrió ambas puertas del armario. El elefante, sentado sobre las toallas, la miró, ella lo miró a él y así, con enorme temor, comenzó el primero de sus días más tristes.


domingo, marzo 31

China, maravilloso teatro


Ópera gatuna por Javi Avi

Me desperté a las 5:30 de la mañana y no por vicio precisamente. Vivir en el este de China significaba no que clareciera sobre las 5, sino que el sol ya estaba descojonándose con fuerza de todos nosotros a esas horas. Calenté agua en el termo que me había regalado Beatriz, vecina y compañera del departamento, porque lo habitual cuando llegaba un profesor nuevo al campus era abastecerlo, para que fuera tirando, con lo que entre unos y otros se había ido acumulando y sobrando. En mi caso, Beatriz y Rober me dieron la bienvenida con dos platos, tres cucharillas, un tenedor, un cuchillo, un túper, una sartén pequeña, un secador y el termo. Vertí el agua caliente en el vaso y disolví el café instantáneo, todavía no había encontrado un supermercado donde vendieran café molido. Rober ya me había dicho que en el centro de la ciudad había uno con productos extranjeros, pero bajar a la ciudad desde el campus suponía una hora y media de bus y, sinceramente, por el momento no había encontrado el día oportuno para semejante expedición. Salí a uno de los balcones que tenía mi apartamento a beberme el café. Las vistas no eran ninguna maravilla. Edificios del campus, más edificios del campus y algún que otro edificio del campus. Sin embargo, a la derecha, allá a lo lejos podía ver el mar, y con ese poquito me conformaba. “Sí, muy bien, tengo vistas al mar”, dije a mi hermano la primera vez que me llamó. Mentira lo que desde dice mentira no era, ¿no?, y es que, aunque hubiéramos pasado de los 40, el ‘y yo más’ seguía siendo nuestro juego favorito.
Pensé en Joan, pensé en nuestro gato Tomás, pensé en mi ex universidad de Madrid, pensé en mis ex compañeras, pensé en mi tesis sobre teatro, pensé en las vueltas que da la vida y pensé si debía depilarme el bigote hoy o mejor dejarlo para el fin de semana. Sí, levantándote a las 5:30 de la mañana puedes arreglar el mundo aunque sea con café instantáneo.
Me metí en la ducha casi una hora más tarde. Dejé esperar el tiempo suficiente para que el agua saliera caliente, pero aquello no dejaba de estar congelado. Después de tres ‘joder’ y un ‘me cago en la mierda del chocho-ano’, cogí mi móvil y mandé un mensaje de voz al grupo de profes y, a su vez, vecinos.
―No me lo creo, ¡¿no hay agua caliente?!
El primero en contestar fue Rober también con un audio.
―A ver, mendruga, no hay hasta el día 23, están de obras. Hay una notificación en el portal.
―¡¡¡¿Te refieres al papel pegado en la puerta que está en chinoooo?!!!
Rober y Beatriz hablaban chino perfectamente. Beatriz se había especializado en Lingüística Aplicada tanto de la enseñanza del chino como del español, y Rober, a pesar de haber hecho la tesis sobre cultura china, se había decantado finalmente por la Literatura Hispanoamericana.
―¡¡¡Pero no me chilles!!!
―¡¡¡Rober, no te estoy chillando!!!
―¡¡¡Pero si te estoy oyendo a través de la pared, mequetrefe!!!
Me dio tal ataque de risa que tuve que apoyarme en la lavadora (sí, tengo la lavadora dentro de la ducha, pero eso se merece otro relato). También oí reírse a Beatriz. Y es que compartíamos tabiques, porque los tres vivíamos en el sexto piso del bloque 4, bloques reservados únicamente a profesores extranjeros. Rober ocupaba el apartamento 1, yo el 2 y Bea el 3. Así que oírles a ambos en estéreo estaba siendo lo mejor de aquella mañana.
Después de una refrescante ducha, salí de casa con el tiempo suficiente para pasarme por el despacho de la decana antes de empezar con las clases. Me había citado. Y debo reconocer que andaba bastante nerviosa. Hacía tan solo 4 semanas que había llegado a trabajar a la Universidad y no consideraba que mis clases estuvieran dando problemas, aun así me inquietaba que quisiera comentarme algo. Toqué a la puerta de su despacho.
―¿Profesora Wang? ―pregunté con timidez. Oí algo en chino desde el otro lado así que abrí la puerta y entré.
―Oh, Elvira.
La Decana Wang se levantó de su escritorio al fondo de la habitación y se acercó a la puerta, me estrechó la mano con las dos suyas y me invitó a sentarme en el sofá. No sabría calcularle la edad, con los chinos es difícil, pero supongo que estaría cerca de los 60, no tanto por su aspecto sino por su larga trayectoria como hispanista.
―¿Te estás adaptando bien, Elvira?
―Sí, muy bien, no hay ningún problema.
―Bueno, tú además ya habías vivido en China, así que es un punto a tu favor.
―Sí, lo es.
―Me alegro. ¿Y las clases?
―¿Las clases? ―Necesitaba tiempo para pensar. Tragué saliva―. ¿Las clases en su conjunto o… o… las clases, así, una por una?
―Sí, los estudiantes comentan que eres muy divertida y veo que es cierto ―dijo riéndose tapándose la boca con la mano. Yo también me reí aunque sin entender por qué y mostrando toda mi dentadura cual caballo―. Bien, hay algo que debo comentarte.
―Comprendo ―contesté inquietándome otra vez.
―¿Conoces al Profesor Huang?
―No ―contesté con cierta vergüenza.
―Bien, el Profesor Huang es el decano de la facultad de japonés.
―Oh.
―Y sabes que esta Universidad es reconocida por tener la mejor facultad de japonés no de China, sino del mundo.
―Oh, del mundo…
―Bien. Hace años, el Profesor Huang levantó el grupo de teatro de su facultad. Y ha cosechado muchos éxitos. ¿Conoces Talent Show?
―No. ―En realidad me vino a la cabeza Risto Mejide, pero seguro que no iba por ahí la cosa.
―Bien, es un programa de televisión con mucha repercusión en el país y lo ganaron en 2010, 2014 y 2016, gracias a sus representaciones.
―Oh.
Creo que el trabajo del Profesor Huang es admirable, porque no solamente incorpora nuevas técnicas de enseñanza de la lengua japonesa, sino que además sabe promocionar la facultad a nivel nacional.
―Oh, sí, es maravilloso…
―Bien, por eso Elvira, hemos pensado que la facultad de español debería abrir su propio grupo de teatro, es muy conveniente, y queríamos saber tu opinión.
―¡Uy! ¡Pues me parece una idea genial!, no veo mejor manera para incentivar a los chicos.
―¿De verdad? Qué alegría tan enorme, muchísimas gracias. ―La Decana Wang se levantó y fue a su mesa, cogió unos papeles y me los entregó con ambas manos―. Bien, tienes 32 estudiantes matriculados en el Taller de Teatro, empiezas la próxima semana.
―¿Perdón? ¿Yo?
―Claro, Elvira, estamos muy contentos de tenerte en esta Universidad habiéndote especializado en teatro.
―¡Oh, no, no, no! ―Me reí―. ¡No, madre mía! Creo que está habiendo una confusión bastante grande. Lo siento pero yo no tengo ni idea de llevar un grupo de teatro. Mi especialidad son textos teatrales, literatura, y estoy muy contenta pero, de verdad, Profesora Wang, yo no sé cómo se monta una obra teatral, lo siento.
―Comprendo, no quieres hacerlo.
Utilizando aquel verbo, la Profesora Wang, muy amablemente, me había llevado al borde de un precipicio. La decisión era mía: un paso adelante o uno hacia atrás.
Reflexioné unos segundos, apreté los labios y finalmente contesté:
―Sí, sí quiero hacerlo. ―Y me alejé del vacío.
―Qué buena noticia, Elvira. Los alumnos van a estar muy contentos. Y además, no es importante, pero hoy voy a comer con el Profesor Huang y quiero decírselo.
Utilizando aquí el verbo, La Profesora Wang se había colocado el dorsal a la espalda y había tomado su posición en la pista de salida, la carrera estaba a punto de empezar.
Salí de su despacho con la lista de los estudiantes en la mano, la miré y suspiré. No tenía ni la menor idea de por dónde empezar. Y comprendí que el café instantáneo no era suficiente para arreglar el mundo, aquel mundo.

Continuará…



domingo, febrero 17

Despertares


Despertares de Javier Avi

A las 4 de la mañana eché a Joan de la cama. Quería dormir en diagonal. Siempre había dormido en diagonal y en ese momento me apetecía volverlo a hacer.
―No quepo ―dije.
―Mides un metro y medio… cabes perfectamente... ―contestó somnoliento, acariciándome la espalda como si fuera un bebé al que hubiera que tranquilizar a media noche.
―No, no quepo ―repetí.
Joan, resoplando cogió su almohada, se levantó y arrastrándose lo oí llegar al salón donde cayó peso muerto en el sofá. Yo, recuperando mi terreno, me expandí cual pulpo desperezándose. Al de unos minutos se subió Tomás, nuestro gato, a la cama y comenzó a hacerse un hueco apretándose junto a mi cadera.
―Tú, bicho, fuera, hoy la cama es solo mía.
El gato saltó al suelo no sin antes regalarme un zarpazo de los suyos.
Volví a abrir los ojos exactamente a las 8:47, según mi móvil. Me di la vuelta, miré al techo y me pregunté por qué seguía viva.
―¡¿Por qué?! ―grité y me incorporé en la cama suspirando.
―¿Por qué qué? ―preguntó Joan asomando la cabeza por la puerta de la habitación. Tenía un vaso de café en la mano y a Tomás en el hombro.
―¿Por qué no me he muerto ya…?
―Buenos días, mi dulce Fiona.
―¿Fiona? ¿Lo dices porque soy un ogro?
―No, amor, lo digo porque siempre te despiertas con ese tono verde de piel que tanto me enamora.
Me dio tal ataque de risa que caí de nuevo en la cama panza a arriba. Joan dejó el café en la mesilla y se unió a mis risas. Nos tiramos en la cama casi 20 minutos más intentando parar de reír pero era mirarnos y empezar de nuevo. Tomás nos observaba desde la mesilla, custodiando el café, y pensando que de entre todos los humanos había ido a caer a la casa de los más idiotas.
Ya en la cocina y después de haber desayunado, Joan dijo que se duchaba primero. Era domingo y queríamos aprovechar las primeras horas de la mañana para trastear tranquilamente por el barrio. Pero antes de entrar al baño, me abrazó.
―Te voy a echar de menos ―me dijo.
―¿Cuando me muera?
―Sí, cuando te mueras ―y se rio apretándome mucho más fuerte.
Lo cierto es que llevaba muerta mucho tiempo y por eso me marchaba.

Hacía seis meses me llegó la oferta de una universidad en el extranjero en la que valoraban principalmente mi especialidad en textos teatrales, y me propusieron un proyecto difícil de rechazar.
―Pero ¿a China? ―preguntó Joan un tanto incrédulo cuando le conté la llamada que acababa de recibir aquella tarde.
―Sí, a China.
―¿Eso te hace feliz?
―Mucho… ―y comencé a llorar porque no entendía cómo el ser tan feliz podía doler tanto.

Empezar una nueva vida sola a mis casi 42 años no era lo que había planeado. Tampoco marcharme cargando con una enfermedad crónica y degenerativa. Tampoco dejar al amor de mi vida junto a un gato vengativo. De hecho, creo que no había planeado nada porque nunca pensé que llegaría a los 42 años, siempre me había imaginado metiendo la cabeza en un horno mucho antes. Pero quién habría adivinado que el amor me ataría a esta vida, un amor al que ahora abandono para seguir estando viva.
Y allí, en la cocina, a una semana de irme, Joan me tenía sujeta por un poco más de tiempo.

martes, febrero 12

El mal de Cósimo


Ilustración: 'Café literario' por Javier Avi

―Antes de empezar, para que no perdáis el tiempo, me acabo de leer el audiolibro de El rey recibe de Mendoza y me ha decepcionado bastante.
―José, por el amor de dios, los audiolibros no se leen, se escuchan. Se escuchan, José.
―No sé, Marga, el concepto es el mismo.
―No puede ser el mismo, hijo de mis amores, cuando no se realiza el ejercicio de leer. Leer es leer y escuchar es escuchar. Es muy simple, lo dice la RAE.
Rebobinemos. A las 18:10 de la tarde del domingo pasado, los 5 miembros del club de lectura ‘El mal de Cósimo’ se sentaron en la mesa del fondo de una moderna cafetería en el centro de Malasaña. Pidieron tres cafés y dos tés y Elvira, además, quiso probar la tarta de zanahoria que terminaría compartiendo con Ángela, como siempre. Tras 20 minutos diciendo lo ocupadísimos que estaban todos con sus respectivas vidas, y lo mucho que se habían echado de menos, comenzó la tertulia literaria, no sin antes lanzar algunas recomendaciones:
―Antes de empezar, para que no perdáis el tiempo, me acabo de leer el audiolibro de El rey recibe de Mendoza y me ha decepcionado bastante.
―José, por el amor de dios, los audiolibros no se leen, se escuchan. Se escuchan, José.
―No sé, Marga, el concepto es el mismo.
―No puede ser el mismo, hijo de mis amores, cuando no se realiza el ejercicio de leer. Leer es leer y escuchar es escuchar. Es muy simple, lo dice la RAE.
 Él, José. 34 años. Dependiente de una librería madrileña, en la que los visten a todos con chalecos verdes. Licenciado en Historia del Arte y terminando su tesis doctoral: “Traslación de la pintura a la literatura en la Europa de los siglos XII al XIV”. Ella, Marga. 38 años. En paro. Graduada en Magisterio. Obtuvo un 9,5 en su TFG, lo dice siempre que puede.
―Hombre, creo que Marga tiene razón, leer, lo que se dice leer no es.
Él, Luis María. 43 años. Dependiente de una librería madrileña, en la que los visten a todos con chalecos naranjas. Licenciado en Filología Inglesa. Dejó su tesis doctoral al comprobar que le pagaban casi el doble como dependiente que como profesor asociado en la Universidad Autónoma
―Ay, que me ahogo. ¡Agua!
Ella, Elvira. 41 años. Experta en atragantarse. Las multitareas nunca fueron lo suyo. Licenciada en Filología Hispánica. Su especialidad en textos teatrales le han llevado a practicar ante el espejo, desde hace años, su discurso para cuando gane el Premio Pulitzer por escribir la mejor Obra de Teatro. “Gracias”, dirá y lanzará un beso al aire, acompañado de un sobreactuado llanto. “Gracias, gracias, gracias”.
―Gracias.
―De nada, pero bebe despacio no te vaya volver a pasar.
Ella, Ángela. 44 años. Su tesis doctoral sobre la novela breve del Siglo de Oro le hizo un hueco como profesora asociada en la Universidad Complutense. No se casó ni quiso tener hijos para disfrutar de su libertad e independencia. Ahora con los 700€ brutos que gana al mes, vive compartiendo piso con 3 desconocidos.
―A ver, Luis María, no me vengas tú con esas, mi querido filólogo. Todos sabemos que la tradición oral fue vital en la conservación de la literatura antes del siglo XV, pero ahora los audiolibros están mal vistos ―explicó José algo exaltado. Después tomó aire e hizo amago de llevarse su taza de café a la boca, pero justo en el momento en el que sus labios la iban a tocar, la apartó y la volvió a dejar sobre la mesa con un provocativo choque de platillos―. Y una cosa más te voy a decir, a mí esta condescendencia no me mola un pelo.
―¿Yo condescendiente?
―No, tú no, Luismari, creo que el muchachito se está refiriéndose a mí ―aclaró Marga―. Aunque mi TFG fuera sobre el tema y sacara un 9,5, parece ser que algunos piensan que poco puedo aportar y no saben debatir sin insultar; pandilleros los llaman en mi casa.
Ángela le dio un disimulado codazo a Elvira. Elvira la miró. Ángela levantó las cejas, Elvira también. Ángela negó disimuladamente con la cabeza, Elvira también y quiso añadir el torcer la boca. Ángela la torció un poco también, cerró dos veces los ojos y se pasó la lengua lentamente por dentro del mentón. Elvira ya no supo qué hacer porque llevaba un buen rato perdida. Como decíamos antes, lo suyo no eran las multitareas y todavía estaba intentando tragar el trozo de tarta de zanahoria que con el agua se le había hecho bola. Ángela al ver que Elvira dejaba de interactuar puso los ojos en blanco y le espetó:
―¡Pero quieres tragar de una puñetera vez!
De inmediato Elvira se llevó las manos a la boca para intentar evitarlo pero no pudo, explotó en una enorme carcajada y esparció por toda la mesa, a modo de misiles, una desagradable masa pastosa.
―¡Será marrana la tía! ―gritó Ángela sin poder contener la risa. No entendía cómo su amiga podía ser tan fina hablando de Unamuno y su trágico sentido vital, y luego tener unas maneras alimenticias tan discutibles. Sea como fuera siempre terminaban tronchadas de la risa.
―Chicas, siempre estáis igual ―dijo Marga mientras cogía una servilleta para limpiar su parte de la mesa―. Y os recuerdo que no nos reunimos una vez al mes para el jijí jajá. Porque si es así, ya no contéis más conmigo, que una tiene muchísimas cosas que hacer.
Repetimos. Ella, Marga. 38 años. En paro.
―Tienes razón, lo siento ―dijo con cinismo Elvira tramando, acto seguido, la manera de torturarla―. Bueno y cambiando de tema, ayer terminé la novela de Luna de Miguel, qué buena, esta chica es portentosa. ―Mintió. Ni se la había leído ni se la iba a leer, no por nada sino por falta de tiempo en esta vida, había que elegir. Sin embargo sabía que, diciendo lo dicho, acababa de soltar la granada sobre la mesa.
―¡La mamarracha esa no escribe una mierda!
¡Boom!, explotó y por supuesto fue Marga quién tiró de la anilla. Era tan simple como eso. Y continuó:
―¿Qué puede contar una veinteañera que  se pasa el día sacándose selfies con cara de susto?
Todos rieron aquella ocurrencia. No le faltaba razón.
Y después de discutir media hora más sobre lo que es literatura y lo que no y sobre la mercantilización instagramera a la que estaban sometidas la gran mayoría de editoriales de este país, comenzó la charla sobre el tema que los había reunido: si la obra de Gorki fue o no el germen de la llamada literatura soviética. José decía que sí, sí y sí aun habiendo leído tan solo un par de libros suyos. Ángela que no, no, y no, acusando directamente a Stalin de estrategia propagandística, conocía la obra completa. Marga que eso nunca se podría saber, no se había leído nada de Gorki. Luis María que Marga tenía razón, decía que quizá había leído algo suyo, hace años, pero que ya no se acordaba. Y Elvira, tras haberse atragantado dos veces más mientras los escuchaba, les aseguró que el teatro de Gorki parecía estar escrito por un ser sobrenatural.
―Ese no es el tema, Elvi ―apuntilló José.
―El teatro siempre es el tema ―respondió ella, y miró a Ángela para compartir el triunfo de aquel zasca. Su amiga solo pudo abrazarla muerta de la risa mientras la llamaba tonta del culo.
Una hora después pidieron la cuenta. Durante 15 minutos hubo bailes de números, y tráfico de billetes que iban y venían con monedas sobre la mesa que parecía que nadie quería coger como cambio. Algo no encajaba, faltaban 3 euros. Vuelta a empezar. Que si tú qué has tomado y qué has puesto, que si yo como le pongo a ella me cojo esto, pero si le pones por qué te coges, que cada uno ponga lo suyo. Faltan 2 euros. Vuelta a empezar.
―¡Pero, chicos, no puede ser tan complicado! ―gritó Marga harta de estar rodeada de aquellos animales―. Ángela, por favor, pásame la cuenta que quiero ver lo que dice.
―¡Uy, uy, uy, uy, uy, uy! ―exclamó José poniéndose de pie. Levantó el brazo y fingió tocar una campana estrepitosamente―. ¡Prrrrrrrrrrr! ¡Campana y se acabó! Si Marga de la cuenta ver lo que dice quiere / del audiolibro, José,  leer sugiere.
Todos aplaudieron muertos de la risa.
―¡Bravo! ―gritó Elvira, y es que al final no le faltaba razón: el teatro siempre es el tema, por suerte.
  

jueves, enero 10

¿Quién dijo empatía?


Ilustración de Javier Avi

Hace un tiempo, cuando vivía en Francia, no sé, tendría unos 29 años, decidí pasar un fin de semana largo en Bilbao. Por alguna razón, que ya no recuerdo, el martes era fiesta en Lyon así que el lunes lo pedí libre en el trabajo.  Pensé que ver a mis amigas y atender a la demanda de continua atención con la que me acribillaba mi madre, no sería mala idea. El sábado al volver a casa después de tomarme el aperitivo con Marieta y Blanquita, me encontré a mi madre sentada en la mesa de la cocina, mirando al frente mientras se pasaba una mandarina, rodando por la mesa, de una mano a otra.
―Ama, ¿estás bien?
No contestó, así que preferí no insistir y me senté en otra de las 6 sillas que rodeaban la mesa. Sabía que mi madre necesitaba su tiempo, no tanto para empezar a expresarse sino porque los focos estaban hacia su persona, nada ni nadie debía robarle ese momento de protagonismo.
―Merceditas ―dijo al fin.
―Merceditas ―repetí. Dejé pasar un tiempo prudente y pregunté―: ¿Quién es Merceditas?
Recogió la mandarina con su mano derecha y ya no la soltó.
―Merceditas, la de la tintorería. La cierra.
―¿Qué cierra?, ¿la tintorería?
Con enfado dejó la mandarina de nuevo en el frutero.
―¡Sí, hija, sí! La tintorería, ¿qué si no? ―Luego me miró―. Lo de ponerse tanto colorete ¿es una moda francesa? ―No sé si molesta pero sí algo avergonzada me pasé la mano por ambos pómulos―. La vende porque dice que tiene que ayudar a su hijo, no sé en qué estará ahora ese chico, siempre fue un tarambana. No pudo hacer carrera con él, que si ahora abre un taller de motos, que lo cierra; que si ahora abre un bar, que lo cierra; que si ahora quiere probar suerte en el extranjero, que si págale el billete y los 3 primeros meses de alquiler hasta que encuentre trabajo, que al cuarto se vuelve… En fin, le ha sacado hasta el higadillo a la pobre Merceditas, ¿y ahora?, vete tú a saber qué. Pobre Mercedes, no me la quito de la cabeza, 56 años y sin nada más que un hijo que la vuelve loca además de arruinarla.
Se llevó las manos al pecho.
―Ya… Tiene que ser difícil, sí.
―Ni te lo imaginas. Es absolutamente imposible que sepas lo que es sufrir por un hijo.
―Bueno, mamá, Gerardo y yo no te hemos dado muchos problemas precisamente.
―No se sufre por los problemas que te dan, se sufre simplemente por haberlos parido, por tenerlos. Es un sufrimiento constante. Siempre te lo he dicho, no tengas hijos, Elvirilla, nunca tengas hijos porque los hijos te arruinan la vida.
―Ya… ―Me rasqué la frente con lentitud intentando trocear sus palabras para tragarlas mejor.
―Siempre, desde que te levantas, con esa obsesión de protegerlos, de hacer que no sufran con nada. Fíjate que sabía lo de Merceditas hacía ya dos semanas y no te quise decir nada, para no preocuparte. Allí en Lyon, qué podías hacer.
―Mamá, yo es que a Merceditas no la conocía.
―¿Cómo no la vas a conocer?, ¿eh?, ¿cómo no la vas a conocer? ¡Pero si lleva la tintorería de la vuelta de la esquina desde hace 23 años!
―Sí, sí, ‘La tintorería Merce’, pero, ama, nunca he tenido trato con ella.
―¿Cómo lo vas a tener?, dime, ¡cómo lo vas tener si he hecho lo imposible para que no te falte de nada, para que vivas  siempre entre algodones! Ya me encargaba yo de llevarte los abrigos y las blusas donde Merceditas, ¿o te creías que aparecían en tu armario limpios como la patena por arte de magia?
Esta vez fui yo la que cogió una mandarina del frutero, pero no sabía si para juguetear con ella o tirársela directamente a la cabeza.
―¡Y deja la fruta en paz que siempre que la va a comer tu padre dice que está pocha!
Sí, se la tenía que haber tirado.
―Mamá, te entiendo, pero…
―¡No entiendes nada! ¿Qué vas a entender? Llevo dos semanas casi sin comer por esta pobre mujer, ni te imaginas por lo que estoy pasando. ¿Qué va a ser de ella? Tengo un come-come en la cabeza que está acabando con mis nervios. No puedo evitar no sufrir por los demás, soy así. ―Se retiró el pelo hacia atrás con ambas manos y resopló tres veces fuertemente, como si fuera a parir―. Nada me quita esta angustia por ti, allí en Lyon que vete tú a saber, rodeada de tanto francés, y ¡tu hermano!, allí en Berlín…
―Rodeado de tanto alemán… ―Ni me oyó, ella estaba a lo suyo, en su mantra victimista.
―…siendo tan sensible, porque tu hermano es muy inteligente pero muy torpe emocionalmente y sufro por él lo que no está escrito, y ¡ahora Merceditas! ―Hizo una larga pausa―. No puedo con todo yo sola, no puedo, me supera. ―Y comenzó a llorar.
Me levanté y la abracé porque mi madre era así, su realidad era igual a la mía pero su percepción estaba un pelín distorsionada.
―Mamá, debes relativizar las cosas. Gerardo y yo estamos bien y Merceditas seguro que sale adelante, es una mujer fuerte, lo ha demostrado. Hay cosas peores. ―Cogí el servilletero y se lo ofrecí para que se sonara los mocos con una servilleta de papel, luego me volví a sentar―. Mira, acabo de estar con Marieta y Blanquita y me han contado que el padre de Nerea tiene cáncer de pulmón, en fase terminal, no hay nada que se pueda hacer. Imagínate.
―¡Coño! ―Exclamó mientras se restregaba la servilleta por la nariz―. ¡Es que ese hombre fumaba como un carretero!
―¡Mamá, por favor!, que le han dado 4 meses. Te puedes imaginar cómo estará Nerea.
―¿Nerea? ¡No me vengas con Nerea ni Nereo! ¿Qué, le vienen ahora las penas? Pues dile a tu amiguita que ya puede ir dejando el vicio, que siempre que la veo tiene el cigarrito en la mano, que si no, terminará como su padre.
¡Booom!
No dije nada, no se podía decir nada, chasqueé la lengua y me levanté.
―Oye, antes de que te vayas ―dijo―, ¿quieres la carne empanada o prefieres vuelta y vuelta?, que voy a empezar a preparar la comida y luego no quiero líos, que te conozco.
―Vuelta y vuelta. ―Y me marché.

Doce años después de aquella escena, yo vivía en Madrid desde hacía 8 y mi madre había muerto hacía poco más de 4. Un día bajando por la calle Fuencarral alguien metió un grito y luego boceó mi nombre.
―¡Elvira!, ¡Elvira!
Me giré y vi a Nuria Mardones, detrás de mí, con los brazos abiertos. No me lo podía creer, nos abrazamos como si no hubiera un mañana. No nos veíamos quizá desde hacía tres años, desde que me mudé de barrio. Trabajaba en la biblioteca municipal de aquel distrito y lo que empezó siendo un trato cordial comentando los libros que pedía en préstamo, pasó a convertirse en una divertida amistad. Y digo divertida porque siempre estábamos entre risas, cualquier cosa nos hacía gracia. A veces nos reíamos tan fuerte que su compañera nos pedía que saliéramos fuera, que nos tomáramos un café o que hiciéramos lo que quisiéramos pero que, por favor, dejáramos de molestar. Nos tenía envidia, decíamos las dos tomando ese café y ja, ja, ja, ja, ja, vuelta a empezar.
―¡No me lo puedo creer! ¡Ay, Nuria!, pero ¿qué es de tu vida?
―Nada, chica, todo igual, como siempre. No sabes lo que te echo de menos en la biblio.
―Y yo a ti, a la que voy ahora son majos pero no saben reírse. ―Y las dos empezamos a hacerlo como hacía tres años, hace falta ser simples―. Lo que tenemos que hacer es quedar un día estas Navidades, tengo mucho tiempo, estoy de baja.
―Ay, cariño, ojalá pudiera, pero van a ser unas fiestas muy duras ―dijo, y se llevó las manos al pecho respirando fuertemente.
―No me asustes, ¿qué pasa?
―Murió mi cuñado, te puedes imaginar cómo están mis sobrinas.
―Vaya, Nuria, cuánto lo siento, ¿y tu hermana?
―Estaban divorciados, desde hacía tiempo, vamos, que él se casó de nuevo hace algo más de 6 años.
―Ya, bueno…
―Pero que había sido su marido, ¿sabes lo que te digo?
―Claro, claro.
―Y esas niñas, yo no me las puedo quitar de la cabeza.
―No me extraña, madre mía, siendo todo tan reciente y en estas fechas.
―Sí, eso es, bueno, murió en febrero, pero van a ser las primeras Navidades que no están juntos.
―En febrero, ya…
―He tenido que empezar a ir a terapia, no te quiero contar más, porque no consigo superarlo.
―Ya…
―Lo de mis sobrinas me quita el sueño, y hasta las ganas de vivir, de verdad te digo. ―Y se tapó la boca con una de sus manos como si no lo hubiera querido decir.
―Venga, tranquila, seguro que la terapia te viene bien, a veces es necesario, vital diría yo.
Busqué en mi bolso el paquete de kleenex y se lo ofrecí.
―Gracias. ―Cogió uno y me devolvió el paquete―. Son tan jóvenes y que estén pasando por esto, a mí me destroza, me destroza.
―Sí, tiene que ser duro, además al estar acostumbradas a tener a su padre siempre cerca.
―Exacto, bueno, ya sabes que él era piloto, y como su mujer era de Florencia, vivían en Roma desde que se casaron.
―En Roma, ya…
―Pero las Navidades eran sagradas, siempre juntos. No quiero ni pensar cómo van a ser estas sin él. Me descompongo de solo imaginármelo.
Le froté el brazo. No sabía qué decir.
―Y tú ―me dijo guardándose el kleenex en el bolsillo del abrigo―, ¿de baja?, ¡qué suertuda!
―Sí, bueno, me operaron. Por la enfermedad de Paget, ya sabías, ¿no?
―No, ni idea, pero suena súper exótica, chica.
Me reí aunque sin ganas.
―Es de huesos, empezó afectándome a algunos huesecillos del oído y comencé a no oír demasiado bien y, bueno, pero desde hace dos años está afectando a la columna y ya se me ha complicado  más el tema.
―Chica, pues yo te veo divinamente, imagino que con la operación te has quedado como nueva, ¿no? Y es que hoy en día la medicina es magia, magia, Elvira.
―Sí, bueno, la enfermedad es crónica e incurable, la operación era para dar mayor flexibilidad a las vértebras y reducir un poco el dolor.
―Mira ―comenzó diciendo sujetándome de las solapas del abrigo―, hoy en día los médicos no se quieren pringar y siempre te ponen en lo peor, no quieren marrones, pero te digo yo que con lo que ha avanzado la medicina, hoy, una enfermedad como esa, que suena tan bien, con tanto glamour, se cura sí o sí.
―Sí, bueno, no estoy del todo segura que sea así, es un poco más complicado que eso. Te va mermando tu día a día, Nuria, ya no puedo pasar tiempo sentada, no puedo preparar las clases, mi vida está cambiando.
―¡Pues las preparas de pie! ¡Hay que adaptarse! Además, yo te veo estupenda, lo que necesitas es hacer ejercicio, te enfundas las mallas y sales a correr, ya verás que bien te hace a la espalda. Y perdóname, pero te tengo que dejar ―añadió y suspiró largamente―, que vienen mis sobrinas a cenar y les he prometido que les hacía pizza casera. Anímicamente, como te imaginarás, no tengo ganas ni de levantar un tenedor, pero por ellas hago cualquier cosa, cualquier cosa.
Me dio dos besos y se fue.
Llegué a casa y me encontré a Joan en su mesa de dibujo. Me acerqué y lo besé en la cabeza.
―Amor ―dijo mirándome―, pensaba que ibas a llegar antes, te he estado esperando pero como no venías ya he comido, te he dejado los macarrones preparados en el micro.
―Gracias, vida. Sí, es que me he encontrado con una vieja conocida.
Y de camino a la habitación fui quitándome el abrigo.
―Ah, ¿sí?, ¿con quién?
―Con mi madre.