1 oct 2021

La otra

 

Desconocido

Nada más verla, en medio del descomunal hall de la Biblioteca Nacional, me supuse que era ella. Llevaba unos holgados pantalones blancos de lino y una vaporosa blusa azulada a juego de sus finas bailarinas. No era demasiado alta pero sí delgada, bastante, y con un bonito flequillo desfilado que capitaneaba una lisa melena castaña por debajo de los hombros. Parecía estar viendo a la Françoise Hardy de los años 60. Levantó la mano, supongo que sonreía, se le achicaron los ojos, pero con la mascarilla no estoy segura.

—Elvira, oh, Elvira, oh, oh…  —dijo cogiéndome una mano entre las dos suyas—. No sabes cuántas ganas tenía de conocerte. Agustín Pardos me ha hablado maravillas de ti.

—Está muy mayor —dije con una incómoda sonrisa. Y es que nunca sabía reaccionar ante ese tipo de situaciones. En primer lugar, su elegancia me aplastaba como una prensa en un desguace y, en segundo lugar, recibía los halagos como patatas calientes en la boca, rico pero duele; es lo que pasa cuando tu madre solo te ha estado llamando retrasada mental durante años.

Terminamos los trámites para acceder al interior de la biblioteca. Marcaron nuestros dispositivos electrónicos con una pegatina y un código y nos ofrecieron una cinta de la que colgaba una tarjeta de plástico identificativa. Las dos nos la colocamos en el cuello y cruzamos las puertas de cristal que daban al viejo pasillo de suelos de madera.  Crujían a cada paso, a ella no parecía importarle pero yo me ruborizaba con cada chasquido, quería ser invisible. Habían sido muchas las veces que había recorrido ese pasillo pero era la primera que lo hacía con un claro sentimiento de impostora.

—¡Disculpen! —exclamó una mujer de mediana edad que sostenía con los dos brazos una pila de revistas, nos estaba viendo subir las escaleras—. Eso es acceso restringido.

—Investigación —dijo ella mostrando su identificación del cuello.

—Investigación —repetí yo creyéndome Willows de CSI. Lo dicho, impostora.

Llegamos, dos pisos más arriba, a la Sala Larra. Y ella, marcando el paso como lo había hecho hasta ese momento, se sentó en una larga mesa del centro de la estancia.

—Antes de pasar a la hemeroteca, podemos charlar un poquito, ¿verdad? —Su acento era imperceptible. Echó un vistazo a su alrededor—. Y como no hay nadie por aquí, no creo que pase nada por quitarnos las mascarillas.

Se quitó la suya, una FFP2 azul oscura, la dobló con cuidado y la metió en un sobre de papel que dejó sobre la mesa. Sentí vergüenza al meter la mía, una quirúrgica blanca, hecha un gurruño en mi tote-bag. Sonreí.

—Podemos trabajar juntas. Agustín Pardos me ha hablado de tu interés en el proyecto de la Universidad de Toulouse. ¿Conoces Toulouse?

—Solo he estado una vez.

—Pero viviste en Francia, n’est-ce pas?

Me agarré del cuello con delicadeza disimulando una incontrolable agresividad pasiva.

—Sí.

Où?

—Lyon —contesté sonriendo de nuevo. Impostora.

—Oh, Lyon, Lyon, qué hermosa, ¡qué hermosa!

—Sí. Hermosa.  —Sonrisa.

El karma. Quien al cielo escupe…

—Toulouse tiene otra belleza, más natural.

—Natural. —Sonrisa.

—Y no es porque trabaje allí pero creo que la Universidad de Toulouse en Estudios Hispánicos aporta una diversidad difícil de encontrar en otras universidades, no sé si decir, más convencionales. ¿Entiendes a lo que me refiero? —Asentí con la cabeza—. Ahora, Elvira, nuestras líneas de investigación se cruzan y sería imperdonable dejar pasar esta oportunidad. Tratar el suicidio en literatura, bueno, en cualquier ámbito, sigue teniendo gruesas líneas de censura, apenas hay publicaciones, no es fácil, pero juntas, en un mismo proyecto… ¿Estás de acuerdo?

Madame Lemoine, yo…

—Oh, Elvira, s'il te plaît! Geraldine, Geraldine.

—Geraldine —dije nerviosa mientras me apartaba un pelo imaginario del medio de la cara—. Sé que Agustín solo quiere ayudarme y es cierto que estuve a punto de mudarme a Toulouse hace algo más de un año al conocer ese proyecto, eran otras circunstancias: la pandemia, la cercanía, algunas desavenencias con China… Pero ahora mismo, mi objetivo está en Madrid hasta finales del año próximo. Aun así podemos trabajar a distancia, por mi parte estaría encantada.

Se echó hacia atrás ajustándose la blusa a los hombros. Se repasó el labio inferior con la punta de la lengua y después dijo ladeando la cabeza:

—Tarde o temprano tendrás que instalarte en Toulouse. —Coloqué los dedos en el borde de la mesa, como si fuera a tocar un piano y apreté con fuerza—. Cuando termines tu periodo de investigación deberás dar clases, ¿entiendes esto?

Cuando termine mi periodo de investigación, me compraré una casa en medio de la sierra extremeña y viviré junto a Joan. Cuando termine mi periodo de investigación, es posible que esté completamente ciega. Por ello, cuando termine mi periodo de investigación, dedicaré los días, lejos de cualquier atisbo de vida humana, a intentar entender una existencia en obligada oscuridad y gestionaré mi odio a la humanidad empezando por Francia. Pero hasta entonces, Geraldine, trabajaremos juntas los tres meses que has venido a colaborar con mi universidad en Madrid, hasta entonces fingiré interés en tus proyectos y hasta entonces, Geraldine, seré impostora de mi propia vida.

—Claro, entiendo —dije. Sonrisa—. Ahora es mejor que entremos en la hemeroteca si queremos aprovechar la mañana. —Me puse en pie y sin ya vergüenza saqué la mascarilla de mi bolso, como si de un kleenex usado se tratase, y me la coloqué.

Por la tarde, bajaba la cuesta de Mesón de Paredes, en Lavapiés, hasta llegar al portal de Enrique. Subí el pequeño peldaño y presioné el portero automático.

—¿Sí? —preguntó su voz.

—Enrique, soy yo —contesté e inmediatamente después oí un clic. Volví a tocar, oí de nuevo el clic y silencio—. Enrique, voy al café de enfrente, te espero, baja, por favor. —Clic.

Pedí un café solo y me senté junto a la ventana. Saqué del bolso la última novela de Franz Werfel que había comprado. Acaricié la portada y la dejé sobre la mesa. Vertí un sobrecito de azúcar en el café y removí largo rato.

—¿Está libre?

—¿Qué?

—Esta, ¿está libre? —Una chica de poco más de 20 años sujetaba el respaldo de una de mis sillas.

—Sí, esa sí. La otra no.

Acerqué la silla que quedaba y puse mi bolso encima. Abrí el libro y empecé a leer. Al cabo de un rato sentí el bolso depositarse sobre la mesa. Giré la cabeza y vi a Enrique sentándose en la silla con las piernas abiertas y los codos apoyados sobre las rodillas.

—Hola —dije.

—No voy a pedirte perdón —dijo con la vista baja—, no me hubiera importado matarte.

—Hola —volví a decir. Levantó la cabeza y me miró—. ¿Quieres un café, camarada?


23 sept 2021

Noche de petunias rojas

 

Daisy de Flower Pop Art

Almudena y Elvira cruzaban la Plaza de la Paja. Hacia arriba, dirección a sus casas. Eran las dos de la mañana. Caminaban despacio, cogidas del brazo como dos viejas a la cola de un cortejo fúnebre. Almudena llevaba un pequeño tiesto con petunias rojas, lo sostenía con fuerza en su brazo izquierdo. Elvira cabizbaja se frotaba el cuello dolorido intentando entender lo que había sucedido aquella noche. Miró a su amiga buscando respuestas y se percató de las petunias. Sorprendida paró el paso.

 

—¿Estás segura de que no le importa que vaya yo? —preguntó Almudena.

—No, no le importa —contestó Elvira.

Almudena y Elvira cruzaban la Plaza de la Paja. Hacia abajo, dirección a la casa de Beatriz. Eran las nueve de la noche. Caminaban con brío, decididas. Su amiga celebraba una fiesta en su nueva casa para despedir el verano.

—¿Vive en un palacio? —preguntó Almudena empujando el portón de la calle.

—Algo así… —Elvira alzó la vista a los altísimos techos escayolados de la entrada.

El pequeño palacete de mediados del s.XIX había sido reformado y convertido en tres casas independientes. El padre de Beatriz había alquilado la del primero, con jardín privado. Algo absolutamente prohibitivo en pleno centro de Madrid.

—¿Qué hace esta aquí? —espetó Beatriz al abrirles la puerta.

—Tienes una casa preciosa, Bea —dijo con rapidez Elvira y, de medio lado, se coló dentro.

—Yo si quieres me voy, yo…

Pero antes de que Almu pudiera seguir victimizándose, Elvi la agarró del brazo y la empujó hacia adentro.

—¡¿Qué hace esta aquí?! —exclamó Enrique apareciendo por el pasillo.

—¿Yo? —preguntó indignada Elvira que seguía sosteniendo el brazo a Almudena—. ¡Soy amiga de Beatriz!

 —Bea, lo siento, pero si ella se queda nosotros nos vamos.

Y es que después de aquel accidentado ménage à trois, hacía más de un mes, no habían vuelto a tener contacto.

—¡¡¿Qué hace este aquí?!! —gritó esta vez Elvira al ver a Markus en la puerta del fondo con una cerveza en la mano.

—¡Te recuerdo que es mi novio! —Bea.

—¡Creo que él no piensa lo mismo! —Elvi.

—¡Si ella se queda nosotros nos vamos! —Enrique.

—No, si la que se va soy yo… —Almu.

—¡De eso nada, que se vaya Markus! —Elvi.

—¡Es mi casa! —Bea.

—¡Jèrôme, nos vamos! —Enrique.

—¡Silencio! —Darío entró en el hall dando palmas—. ¡Basta ya! ¡Centrémonos! Hemos pasado por una pandemia, nevadas históricas, inundaciones, incendios, volcanes y China está a punto de meternos en la Tercera Guerra Mundial. Señores, centrémonos, así que: ¿quién quiere vino y quién cerveza?

Elvira estaba sola sentada en uno de los taburetes altos de la isla de la cocina, sostenía una copa de vino. Llevaba mirando los imanes de la nevera más de 20 minutos.

—Dice un parajo que hablas alemán.

Elvira giró la cabeza y vio a Markus en la puerta.

—¿Un parajo? —Se rio.

—Sí, dice un parajo, dice eso un parajo.

—Pájaro. Pero no es correcto, se dice “me ha dicho un pajarito que…”.

—Me ha dicho un parajito que…

Elvira empezó a reírse. Dejó el vino sobre la isla y lo miró.

—¿Amigos? —preguntó él.

—Yo no tengo amigos.

—¿Enemigos?

—Enemigos —contestó ella. Extendió la mano y se la ofreció. Markus la apretó con firmeza.

—Ay, que nos van a oír… —susurraba Almudena a Darío sentada en la encimera del baño, tenía las piernas abiertas, con el vestidito subido hasta los muslos, y él estaba perfectamente encajado—. No, no… Darío, las bragas no, no… no me las quites, aquí no…

—Nadie nos oye… están el jardín…  

—Ay… esto no está bien… —Las bragas terminaron deslizándose hasta sus tobillos.

—Pues a mí me parece que no puede estar mejor....

—¿Dónde está Darío? —pregunto Beatriz meciéndose en el balancín con una sola pierna.

—Creo que en la cocina —contestó Enrique.

—¿Y Almudena? —volvió a preguntar.

—Ella no lo sé.

—¿La chica de gafas gojas? Crgeo que al baño —explicó Jérôme.

—En el baño, ya… —Al ver aparecer a Elvira en el jardín le preguntó—: ¿Darío está en la cocina?

Elvira se sentó en el borde de una enorme maceta que parecía hospedar a una extraña palmera raquítica y, mirándolos a todos, asintió con la cabeza, después añadió:

—Son granates, Jèrôme, las gafas de Almudena son granates, no son rojas.

—¿Pog cuá odias como así a los frganseses?

—No los odio. —Bebió un sorbito de vino y luego dejó la copa en el suelo. Cruzó las piernas y se atusó el flequillo hacia un lado—. Simplemente creo que su existencia no es del todo necesaria en este mundo.

—¡Gasista!

—¿Racista yo? No os culpo por alimentaros de queso y beber cerveza con sirope de fresa, no os culpo por considerar a Carrère como lo mejor que tenéis en literatura, no os culpo por no entenderos al hablar en cualquier otro idioma. No os culpo. No te culpo, Jèrôme, por ser francés. No es tu culpa, naciste así. No soy racista, soy benevolente. Comprendo tu dolor.

—¡Yo la mato, yo la mato! —Enrique se puso en pie y decidido cogió a Elvira de la camiseta y la levantó en el aire—. ¡Te voy a matar!

Bébé, oh, là là!, ¡no, no! ¡Trgganquilo, mon bébé!, ¡vas a matag a ella, vas a matag a ella!

—¡Eso quiero!

En el momento en que Markus quiso interceder, Beatriz regresó al jardín gritando que Darío no estaba en la cocina. Su novio se acercó y sujetándola por el brazo le dijo en alemán al oído:

—Deja de buscar a tu amigo. Yo estoy aquí. He venido. No me avergüences.

—¡Pues vete! —gritó ella en español zafándose con rabia—. ¡Vete!

—¡Me matan! —gritaba Elvira desde el aire.

—¿Qué pasa aquí? —Darío salió corriendo del baño con la camiseta en la mano.

—¡Cabrón! —gritó Beatriz al verlo.

—¡¿Qué pasa?! —Detrás Almudena—. ¡La vais a matar! ¡Ay, Elvira! ¡Bajadla!

—¡Diles que no me maten, Almudena! Que por caridad. Así diles. ¡Diles que no me maten!

Darío no vio venir el golpe. El puño de Markus apareció de la nada. Sintió que el labio se le reventaba y que el azulejo del jardín le helaba la mejilla.

Mais, qu'est-ce que c'est?!!!

Backpfeifengesicht!!!

—¡Animal!

—¡Me matan!

—¡Te mato!

—Cabrones… —Beatriz cayó de rodillas al suelo y bramó con fuerza—: ¡Cabrones! ¡A vuestra puta casa todos! ¡Todos!

 

—Almu, cariño, ¿de quién es ese tiesto?

—¿Este? De Beatriz —dijo y lo sujetó frente a ellas con las dos manos. Ambas amigas ladearon la cabeza para verlo mejor—. Son bonitas, ¿verdad? Petunias creo que son.

—Petunias, ya. Y Almu, cariño, ¿por qué te has llevado un tiesto con petunias de la casa de Beatriz?

Almudena levantó los hombros y volvió a rodear el tiesto con tan solo su brazo izquierdo.

—Porque me he puesto tan nerviosa al no encontrar las bragas que he cogido lo primero que he visto.


27 ago 2021

Francia, revista musical

 

Lina Morgan en La tonta del bote, 1970

Elvira bajaba la escalinata exterior de la Biblioteca Nacional de Madrid como si de una vedette se tratara. Enrique, al pie de las escaleras, puso los brazos en jarras y resopló. Era la primera vez que alguien la iba a buscar y eso le hizo tanta ilusión como para sacar su dotes teatrales.

—A que me parezco a Norma Duval —dijo terminando con los últimos tres escalones de un salto.

—Más bien a Lina Morgan —contestó Enrique. Le pasó el brazo por los hombros y emprendiendo el paso la besó en la cabeza—.  ¿Qué tal, amiga?

—Muy bien, camarada.

—¿Cómo va tu visión de Unamuno?

—Con niebla, mucha niebla.

Al salir del recinto ajardinado de la biblioteca, Enrique se separó de su amiga y con un tono serio le agradeció que quisiera conocer a su nueva pareja.

—De verdad que no entiendo esta manía que tenéis todos de buscar la aprobación de los demás sobre vuestras parejas. Si te gusta a ti, pues ya está, ¿qué más dará lo que piense el uno o el otro?

—Tu opinión me importa muy poco, pero en dos días estreno en Plasencia la obra que he dirigido, vamos a ir todos juntos y quiero que sea un viaje tranquilo.

—¡¿Acaso yo no soy una mujer tranquila?! ¡Dime!, ¿eh?, ¡¡¡¡¡¿no lo soy?!!!!!

Dos jóvenes que iban delante se dieron la vuelta. Enrique los miró y señaló a Elvira gesticulando como si de una loca se tratara.

—Solo te pido que lo conozcas y que seas amable con él. Nada más. En Plasencia necesito tener un ambiente agradable. Conócelo y sé amable. Fácil.

—¡Siempre soy amable!

Entraron en una pequeña cafetería del barrio de Las Letras. Enrique señaló una mesita del fondo. En ella un hombre atractivo, de poco más de 30 años, alzó la mano.

—Uy, es monísimo —masculló Elvira acercándose.

—Vale, aquí estamos —dijo Enrique algo nervioso—. Bien, esta es mi amiga Elvira —ella se quitó la mascarilla y sonrió ampliamente—, vale, bueno, bien… y… este es mi chico: Jérôme.

—¿Cómo? —A Elvira se le acababa de borrar la sonrisa de un plumazo.

—Jérôme —repitió Enrique fingiendo no saber que un huracán le acababa de arrancar la cabeza.

—¿Cómo que Jérôme? —insistió ella.

Mais, sí, sí, Jérôme, Jerôme —dijo esta vez el propio chico.

Elvira giró con lentitud la cabeza para mirarlo, sus vertebras crujieron acompasadas. Esbozó una siniestra sonrisa y preguntó:

—¿Y de dónde eres, Jérôme?

—De Frgggansia.

—¿De Frgggansia? —repitió abriendo los ojos como un tarsero filipino—. ¿Eres de Frgggansia, Jérôme?

Mais, oui, de Frgggansia, Frgggansia.

—Bien, vale, fenomenal, ahora que ya os habéis localizado en el mapa, decidme qué queréis beber, voy a pedir.

Su novio dijo que nada, tenía la cerveza recién empezada y su amiga:

—Por favor, para mí una tila —y arrastrando la silla, provocando un ruido bastante molesto en todo el local, se sentó.

Al quedarse solos, el joven Jérôme intentó sacar algo de conversación. Le contó lo mucho que le gustaba Madrid y lo curioso que había sido empezar una relación con Enrique, después le preguntó si conocía Francia. Elvira cerró los ojos y contuvo la respiración, ni Belén Esteban en sus mejores tiempos.

—Un poco, sí —contestó.

Enrique llegó. Dejó las bebidas sobre la mesa y notando la tensión en el ambiente decidió sacar el tema Covid que siempre es muy socorrido.

—Oh, teggible, teggible, en Frgggansia más de cien mil muergtos.

—Bueno, ya quedáis menos —dijo Elvira y aleteando las pestañas bebió un sorbito de tila.

Al día siguiente, Elvira bajaba concentrada la escalinata de la Biblioteca Nacional cuando vio en el jardín a Enrique. Automáticamente se giró y apresuró el paso escaleras arriba.

—¡Elvira!

Elvira paró en seco y de espaldas gritó:

—¡Se ha equivocado, señor, me confunden mucho pero no soy ella!

—¡Baja!, ¡ya!

Se dio la vuelta y empezó a bajar los escalones con lentitud, de uno en uno. Al terminar se acercó a su amigo y moldeando su tono de pura inocencia le explicó:

—Es que como soy ciega, ya sabes… mi horrible enfermedad… Así que debo tener mucho cuidado con las escaleras, siempre me caigo...

—¿Sí? Pues ayer bien que las bajabas como Norma Duval.

—Uy, uy, uy, Norma Duval dice, no, no, como mucho a lo Lina Morgan.

—Estoy enfadado, Elvira.

—Su obra que más me gusta es Celeste… no es un color.

—No quiero que vengas a Plasencia, no quiero que me estropees un fin de semana tan importante para mí y lo vas a hacer.

Elvira se agarró de los pulgares, se los apretaba con fuerza.

—También me gusta mucho la de Dame coco, Darío.

—Y después, hasta que no soluciones tus problemas y dejes de apuntar con ellos a la gente que te rodea prefiero no verte más. Hasta aquí, Elvi, hasta aquí. No fue justa esa manera de cargar contra Jérôme toda la tarde, fuiste cruel, es muy buen tío y no voy a dudar si tengo que elegir entre él o tú. Lo tengo claro. Reflexiona un poco porque me parece que te vas a quedar muy sola, ¿lo entiendes?

Elvira lo miró y cogiendo un poquito de aire dijo:

—Aunque en realidad mi favorita es La tonta del bote.

 

21 ago 2021

China talibán

 

Reunión en Tianjing de Wang Yi, ministro de Asuntos Exteriores de China, y Abdul Ghani Baradar, cofundador de los talibanes y jefe de su comisión política.


―Es un Gobierno deshumanizado ―dijo Elvira apoyada en el escritorio que el viejo profesor Pardos tenía en su estudio―. Siento una enorme decepción.

―Querida ―dijo él desde su butaca―, la decepción no es más que la mala percepción que tenemos a priori de las cosas. China es un monstruo capaz de devorar a sus propias crías. El que tú lo estés descubriendo ahora no significa que no lo haya sido siempre.

Elvira agachó la cabeza y acarició la vieja madera del escritorio con delicadeza.

―El mundo se acaba ―dijo.

―El mundo acabó hace tiempo. Llevamos siglos dejándonos arrastrar por movimientos temporales cíclicos, repetitivos, previsibles y sin embargo, con cada nuevo acontecimiento, fingimos sorpresa y lo hacemos, mi querida alma, porque si no qué sentido tendría seguir respirando, quién soportaría lo absurdo de una existencia ya vivida, para qué.

―Para qué…

―Dame un beso. ―Elvira alzó la cabeza y lo miró con ternura, se acercó y se acuclilló junto a la butaca―. Tonta idealista de besos dosificados. ―Acariciándole la mano, Elvira se levantó.

―Siento dolor.

―Porque todavía no estás muerta. ¡Dolores, Dolores, Dolores! ―gritó el viejo. La puerta del estudio se abrió con ímpetu y Dolores apareció con un trapo entre las manos.

―Pero ¿qué pasa, qué pasa, qué es lo que pasa? Tanto grito, tanto grito.

―No lo repita todo, que parece el corifeo. Tráigale sandia a Elvira, haga el favor.

―¿Sandía? Pues sandía, sandia, sandía se traerá.

―¡Y dale con el repiqueteo!

―No, no quiero sandia, gracias, Dolores ―intervino Elvira.

―Sí quiere, sí, tráigale sandia.

―Sí quiere, sí quiere, sí, sí, pues sandía, sandía se traerá.

―¡Paciencia, señor!

Elvira se rio y Dolores agitando el trapo al aire salió de la estancia repitiendo paciencia, paciencia, paciencia.

La antigua estudiante del profesor se acercó a la biblioteca, a una de las tres paredes de aquel enorme estudio que estaba forrada por estanterías que iban del suelo al techo. Los libros se amontonaban sin ningún tipo de orden, aunque ella conocía a la perfección su disposición. Examinó el estante que más cerca le quedaba a la vista.

―Tengo en casa cuatro libros tuyos, te los devolveré en la próxima visita.

―Voy a cumplir 80 años, no creo que haya próxima visita.

―Entonces te los llevaré a tu tumba.

―¡La sandía! ―exclamó Dolores entrando en la sala. Dejó un plato con la fruta troceada sobre el escritorio―. ¡Hala, que con este calor es mano de santo! ―y dirigiéndose a Elvira añadió―: ¿Te quedas a comer, preciosa?

―No, Dolores, gracias, hoy no puedo.

―No, no puede, debe adornar de flores mi lápida.

―¡Oy, oy, oy, qué cosas, qué cosas, qué cosas, señor Agustín, qué cosas! ―y con un baile de aspavientos salió.

Elvira se acercó a la mesa y observó el plato. El profesor Pardos la miraba desde su butaca.

―Ojalá pudiera templar tu dolor pero solo tengo fruta ―dijo.

 

12 ago 2021

Psicopatía veraniega 2

 

"Christine de Pizan"


―Oye, perdona, perdona, oye, ¡oye! ―el chico chistó a su vera pero hasta que no chasqueó los dedos frente a su pantalla del portátil, Elvira no levantó la cabeza. Esta vio a un joven de pie junto a ella moviendo los labios, se quitó los auriculares y, disculpándose primero, le pidió que repitiera―. Que estás haciendo mucho ruido y molestas a toda la biblioteca.

―¿Se oye la música? ―preguntó mostrándole los auriculares.

―No, es tu teclado.

Elvira miró primero al teclado y riéndose volvió a mirarlo a él.

―Es una broma, ¿no?

―No. Tecleas muy fuerte. Molestas. Si quieres trabajar te vas al piso de arriba, esta es la sala de consulta.

―Estoy consultando ―levantó el libro que tenía sobre la mesa, junto a su ordenador, y se lo acercó―. ¿Lo ves? Consulto.

―Te aconsejo que te compres una funda de goma para tu teclado ―y señaló algo 4 sitios más a la derecha, Elvira se levantó un poco de la silla y vio un pequeño ordenador plateado con una alfombrilla de silicona sobre las teclas.

―Gracias, lo haré.

Elvira hizo amago del volverse a poner los auriculares creyendo que aquel gesto sería suficiente para terminar la conversación y volver a sus textos, sin embargo no fue así. El joven permaneció de pie sin dejar de mirarla.

―¡Así nos va y luego pasa lo que pasa! ―exclamó de pronto y luego, a grandes zancadas, regresó a su mesa.

La mujer se sintió incómoda y se agitó en su silla. Buscó un poco de apoyo pero era agosto y tan solo había otra joven en la sala tres filas más adelante que, además de tener puestos los auriculares, llevaba 3 horas de reloj sin levantar la vista de sus libros, Elvira llegó a pensar que era de atrezo.

Después del incidente le costó concentrarse, así que terminó por cerrar el portátil y mirar fijamente el libro que había solicitado en consulta. Acarició la portada y resopló, a pesar de estar resguardada bajo el aire acondicionado de la biblioteca sabía que Madrid ardía a 40°. Observó sus uñas, las tenía pintadas de negro, pensó que al llegar a casa las cambiaría por el granate cereza mate que le había regalado Almudena. Tamborileó la mesa y miró a su derecha, 4 sitios más allá localizó al tarado, calificativo con el que lo había fichado mentalmente. Pasaba las hojas con energía de atrás hacia adelante, revisaba cada una de ellas un par de veces. Las volteaba como si tuvieran prisa por ser seleccionadas. Elvira lo observó durante al menos diez minutos después, con decisión, se levantó y se dirigió hacia él.

―Oye, perdona, perdona, oye, ¡oye! ―exclamó entrometiendo su mano entre sus ojos y el libro. El chico levantó la cabeza y se quitó los tapones de las orejas. ¿Tapones?, cabrón, pensó Elvira dándole tiempo a guardarlos en la cajita transparente de plástico―. Que estás haciendo mucho ruido y molestas a toda la biblioteca.

―¿Perdona?

La mujer señaló desde arriba el libro.

―Las páginas. Las pasas muy fuerte. Molestas. Si quieres leer te vas al piso de arriba, esta es la sala de consulta.

―¿Perdo… perdona? ¡Estoy consultando!

Elvira ladeo la cabeza y levantó las cejas, sonrió pero con la mascarilla el joven no pudo verlo.

―Entiendo ―dijo―, en ese caso te aconsejo que la próxima vez solicites documentos digitales. ―Se giró y señaló algo 4 sitios más a la izquierda.

El chico alzó la cabeza y vio el portátil de la mujer. Sin añadir nada abrió su cajita transparente de plástico y se puso de nuevo los tapones. Elvira no se movió de su lado. El joven desconcertado la miró, se quitó uno de los tapones y preguntó:

―¿Qué?

―¡Así nos va y luego pasa lo que pasa!

Y, con pasitos cortos pero bien marcados, Elvira regresó a su mesa. Abrió el portátil y con energía comenzó a teclear de nuevo: “Son muchos los ejemplos que demuestran que la imitación es una manifestación característica de los personajes con rasgos psicopáticos en el teatro español de finales de…”.