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21 jun 2024

Pater Noster

 

La mujer barbuda de José de Ribera (Museo del Prado)

—Puedes dejar la bolsa bajo el asiento.

Enrique, al volante, le señala el lugar.

—Voy bien así —explica Elvira que se aferra a la bolsa de papel. Está llena de libros, los acaba de comprar en la Feria del Libro de Madrid. Aunque ahora, en el viejo coche de Almudena, vayan de camino a Toledo.

Enrique suspira y le pregunta a su amiga los años que tiene el coche. Elvira duda, cree que veinte o más. Explica que era de su ex.

—¿Del padre de Abel?

—Sí, lo dejó cuando huyó al norte o donde quiera que esté ahora.

Enrique suspira de nuevo. Le pide a Elvira que le dé las gracias de su parte, que sin el coche no sabría cómo podría recoger las cosas de la casa de su padre. Elvira asiente y se aprieta más la bolsa contra ella. Cruje. Después pregunta.

—Lo que no entiendo es por qué me traes a mí, ¿y Jérôme? —Enrique no contesta y finge tocar algo de la cabecera—. No lo sabe, tu padre no lo sabe.

Enrique suspira de nuevo con más fuerza y alterado se echa el pelo hacia atrás.

—¿Qué te has comprado?

—Libros —contesta Elvira sabiendo que colocar en una misma frase Jérôme y padre no es buena idea.

—Ya, libros, joder, pero ¿cuáles?

—De muerte, desesperanza, sinsentido existencial, tragedia, suicidio… Nada nuevo.

Enrique sonríe y la mira con complicidad. Le pide que cuando se los lea le preste los que más le hayan gustado. Ella niega rotunda y le recuerda lo caros que son los libros en este país.

—Eres una tacaña de mierda.

Elvira se ríe y le ofrece un servicio bibliotecario a treinta euros mensuales.

—Lo peor de todo, Elvi, es que lo dices en serio.

—Completamente —y rompe a reír.

Treinta minutos después, tras la repetitiva discusión sobre el negocio editorial, llegan a Toledo. Enrique aparca el viejo Citroën Xsara verde metalizado en un pequeño descampado. Le pide a Elvira que lo acompañe al portal, que lo espere abajo que no cree que tarde, y que irá bajando las cajas, ella las puede ir llevando al coche, que lo deja abierto, que allí no pasa nunca nada.

—¿Se lo vas a decir?  —pregunta Elvira. Enrique no contesta.

Llegan a una pequeña casa de piedra de tres pisos. Elvira, obediente, se sienta en el poyo de la entrada y Enrique sube hasta el segundo. Toca al timbre. Un hombre robusto, a pesar de ser casi octogenario, abre la puerta y lo abraza. Enrique le repite hasta en dos ocasiones que no lo quiere molestar, que coge las cajas y regresa a Madrid.

—Acabo de hacer café, te pongo una taza.

—No, una amiga me está esperando abajo.

—¿Amiga? Bueno, eso está bien, pues dile a tu amiga que suba, la quiero conocer.

—Ya hemos hablado de esto.

—No, hijo, no hemos hablado de esto ni de nada, contigo no se puede hablar de nada, solo dices bobadas, anda, siéntate.

Enrique se coloca frente a su padre, lo mira y despacio le explica que va a casarse con Jérôme, que es el hombre francés del que ya le ha hablado en alguna ocasión, que lo quiere, que lo quiere mucho, que será en octubre en Madrid, y que, por supuesto, está invitado, él mismo vendrá a recogerlo en coche.

—Da gracias de que tu madre no esté viva para escuchar semejante majadería. Eres un enfermo, un tarado mental, un desviado, un sucio, das asco…

Elvira se levanta de golpe al escuchar el portazo del segundo. Espera. Del portal sale Enrique.

—¿Y las cajas? —pregunta.

—No hay cajas, vámonos.

—¿Cómo que no hay cajas?

Enrique la empuja y le grita que no hay cajas, que qué es lo que no entiende, que si es subnormal, que lo parece, que siempre parece idiota redomada, que se calle la boca, que se calle la puta boca, joder, ¡joder!

Elvira entra en el coche poco después de que él ya lo hubiera hecho. Se sienta con cuidado y de debajo del asiento coge la bolsa de papel con los libros, se la coloca en el regazo.

—Lo siento.

—No pasa nada —contesta ella. Se pone el cinturón de seguridad y se aprieta la bolsa—. No llores, Enrique, no llores... Claro que voy a prestarte los libros cuando los lea.



 

1 ene 2024

Los Zaratrustas

Jacinto Benavente en su terturlia de Café Lisboa (Madrid, 1918), fotografía de Luis Ramón Marín


—El solo era para Rita, ¿verdad? ¿Y el cortado con leche de soja para Meli? —Dejo los cafés sobre la mesa, incluido el mío, y le digo a Bárbara que su té rojo se lo trae Matías.

Me siento junto a Meli y le pregunto cómo lo lleva. Suspira y me devuelve la pregunta. Las dos estamos supuestamente terminando nuestra tesis doctoral, un final que se eterniza. Solo quien se encuentra en este periodo sabe lo que conlleva: ganas de morirse. Hace un par de bromas sobre las innovadoras maneras de acabar con su vida, me río mientras Bárbara nos mira con lástima.

Matías llega con el té rojo y su cerveza. Toma asiento frente a nosotras y me explica que hoy conoceré a Monse, que tan solo lleva un par de años en Los Zaratrustas.

Los Zaratrustas nació, en principio, como club de lectura hará cosa de 10 años. Me uní a ellos poco después de la muerte de mi madre. Los encontré en una red social y la lectura que proponían para aquel mes era Memorias de la casa muerta de Dostoievski. En ese momento, tras lo vivido con mi madre, el existencialismo se implantó en mi vida. Pensé que intercambiar inquietudes personales camufladas en citas literarias podría calmar parte de mi dolor. Sin embargo, me equivoqué. Encontré a una docena de treintañeros ligados al mundo literario, pero con pocas ganas de reunirse para debatir sobre el sentido de la vida. Más bien se trataba de encuentros sociales de gente con varios puntos en común que buscaba una vía de escape a su monótona vida poniendo los libros como excusa. Así que mi psicólogo siguió haciendo su trabajo y Los Zaratrustas el suyo: entretenerme de vez en cuando.

Todos los allí presentes íbamos y veníamos, el club tenía la puerta abierta, no existía compromiso alguno y la flexibilidad de incorporarnos a uno u otro encuentro hacía que siempre que me encontraba con ellos fuera un momento verdaderamente agradable.

Rita coloca su bolso sobre la mesa y saca media docena de cuartillas grapadas tamaño A5.

—Chicos, este es mi último poemario. A ver, no tenéis ningún compromiso, pero si le queréis echar un vistazo aquí os dejo unas muestras. Bárbara, pásalos, por favor, a Meli y a Elvira.

—¿Cuánto cuesta? —pregunto.

—Cinco euros, pero no tenéis ningún compromiso, de verdad. La temática es el silencio en la urbe masificada.

—Qué interesante —exclama Meli con una sonrisa—. Yo te compro dos.

—Oh, gracias, amor, pero sin compromiso, por favor.

—A mí también dame dos, que en tres semanas es el cumpleaños de mi amiga Almudena y así ya tengo regalo —digo—. No tengo en metálico, te hago un Bizum, ¿vale?

Todos adoramos a Rita. Profesora de literatura en un instituto por el día, poeta por la noche. Su pareja murió de un infarto hacía tres años y, al no estar casados, no recibía pensión de viudedad. El sacar adelante a sus dos hijos con su único salario se le hacía difícil, por lo que vendía sus poemarios en cuartillas u organizaba recitales poéticos en el bar de su cuñado, solo una mujer como ella sabía romantizar la necesidad de aquella manera.

—¿Os leo uno? —pregunta.

¡Claro!, respondemos y todos la jaleamos. Rita se pone de pie y abre la pequeña cuartilla en la tercera página. Lee 24 versos sobre los empujones en la Línea 1 de metro, el cansancio en los hombros y la pena enroscada en intestinos vacíos. Termina, nos mira y tardamos en aplaudir, que su poesía vaya grapada a su vida nos deja cierto pesar. La animo a que presente su trabajo a alguna editorial, insisto en que su poesía es mucho mejor que lo que se publica últimamente.

—Gracias, Elvi, cariño mío, pero tengo 44 años, en Instagram tengo 253 seguidores y en Facebook 307; estos números no interesan a ninguna editorial.

Se abre un acalorado debate sobre si la industria editorial debe responsabilizarse sobre la calidad de sus obras o simplemente responder a la demanda de masas. Bárbara se desespera tanto con el tema que nos informa que lo que necesita es una caña doble, da un último trago a su té y se levanta a la barra, desde allí nos pregunta si queremos algo más, le pido otra para mí. Entretanto, Meli y Matías se acusan mutuamente de no entender el panorama literario actual, solo ellos pueden atacarse con citas bíblicas como si fueran flechas ardiendo, miro a Rita y me río.

—Vaya, parece que llego en el mejor momento. —Ante nuestra mesa una mujer de cuarenta y muchos o cincuenta y pocos, de pelo canoso largo y rizado, con una vieja gabardina beige y bolso bandolera de piel marrón.

 —¡Monse! —Matías se pone de pie y le da dos besos—. Si no me equivoco conoces a todas menos a Elvira, ¿verdad?

—Bueno a ella —señala a Rita— solo la he visto una vez y a ti —dirigiéndose a Meli— te vi de pasada en el encuentro de la Feria del Libro del año pasado.

—Sí, vengo poco.

—Ya. —Se acerca a mí y me da dos besos—. Tú también vienes poco, ¿no, Elvira?

—Sí, cierto. Entre mi estancia en China y que…

—Y que no has venido, sin más —sentencia.

Algo cortada miro a Matías que seguía de pie a su lado, pero no encuentro respaldo.

—Hola, Monse —Bárbara llega con las bebidas a la mesa.

—¿Ya hemos empezado con las cervecitas?

Nuevamente busco apoyo en Matías sin éxito.

Ya todos sentados en la mesa, Monse pregunta si hemos avanzado mucho con el análisis de la obra que nos ocupa hoy.

—¿Qué libro era? —pregunto.

Insolación de Pardo Bazán —contesta Meli sacando su libro del bolso—. Tengo que decir que no lo he terminado, pero lo poco que he leído me está gustando mucho.

—Yo tampoco lo he terminado —dice Rita—. Preparar el nuevo recital me está quitando muchísimo tiempo.

—¡Ay, qué bien! —exclama Bárbara—. ¿Cuándo es?

—Espero que el último viernes de este mes. A ver, a ver, porque quiero que Margarita Rojas y Fermín Esparta también participen, así que… a ver, a ver.

Todos aplaudimos y Bárbara y yo brindamos con nuestras cervezas.

—¿Podemos volver a Pardo Bazán? —pregunta Monse—. Haciendo un rápido recuento podemos decir que una no sabía ni de qué libro íbamos a hablar hoy, dos no se lo han terminado...

—Tres —interrumpe Bárbara con una risita.

—Tres no se lo han terminado. ¿Matías?

—Yo sí, yo sí —responde satisfecho, como si su profesora le fuera a poner un positivo.

—Y dos leídos. Muy bien. Muy bien. Veo que los estatutos del club siguen sin respetarse.

—¿Qué estatutos? —pregunto sin ocultar mi perplejidad.

—Los Zaratrustas tienen unos estatutos —responde Monse.

—¿Desde cuándo? —sigo sin cerrar la boca.

—A ver, Elvi, bueno son unas reglas —interviene Matías— para llevar un poquito el control de la asistencia.

—¿El control? —Si me pinchan no sangro.

—Pertenecer a un club de lectura conlleva un compromiso —explica esta vez Monse. Miro a Meli que prefiere esconderse tras su taza de café—. De las doce lecturas que se proponen analizar al año, se pide participar como mínimo en tres. Y cuando digo participar, no me refiero a llegar, pedirse una cerveza y hablar de nuestras vidas, sino de haber realizado una lectura profunda de la obra para tratar sobre ella la tarde que nos ocupe.

Matías asiente con la cabeza. Lo miro molesta y antes de hablar coloco los codos sobre la mesa:

—¿Y qué pasa si no cumples con estos estatutos?

—Que debes abandonar Los Zaratrustas —responde Monse tajante.

—¿Que debo abandonar Los Zaratrustas?

—Elvira, no puedes aparecer cuando te venga en gana sin tener la menor idea del libro que estamos leyendo. Debes ser considerada con el resto de los miembros del club, no nos puedes hacer perder el tiempo. Si no vienes, te vas. Así son las normas.

—Normas que, por lo que veo, has instaurado tú, Monse, porque has decidido erigirte como presidenta del club. Presidenta o dictadora, según se mire.

—¿Perdona?

—Te perdono. —La miro y sonrío con cinismo—. Bien, pues llegado a este punto solo me queda abandonar Los Zaratustras.

—Pero, Elvira, por favor, ¿cómo vas a abandonar? —Rita intenta establecer algo de cordura. Dirigiéndose a Monse—: Elvira no conocía los estatutos, así que lo podemos dejar pasar. Además, lleva más de 7 años en el grupo, no puede irse.

—Si somos flexibles con ella no sería justo para los otros 4 que ya han abandonado el club.

—¡Pero estamos locos! —grito. Me levanto, cojo mi bolso y abrigo y pido a Meli que me deje salir—. ¡Me voy!, ¡vaya si me voy! ¡¿Pero qué autocracia es esta?!

Salgo del bar completamente rabiosa. Me pongo el abrigo, lo consigo solamente de un brazo y el resto lo llevo arrastrando por la acera. Dos jóvenes se ríen al verme, me paro frente a ellos y los observo. No llegan a los 20, pienso que ni siquiera son jóvenes, son nuevos, originales. Originales. ¡Originales! Me doy media vuelta y regreso al bar. Me planto de nuevo frente a la mesa. Todos me miran en silencio. Mi aspecto crea incertidumbre.

—Me voy —empiezo diciendo—, abandono Los Zaratrustas, pero no sin antes anunciar la creación de un nuevo club, al que todos sois bienvenidos: Los Zoroastros, el original.

Me giro y, yendo hacia puerta arrastrando la mitad de mi abrigo, oigo las risas de Meli, Rita y Bárbara.

 

 

9 ene 2023

Habilidades sociales

 

Una bailarina exótica demuestra que su ropa interior era demasiado grande como para exponer sus partes íntimas. Desconocido

Elvira sostenía un botellín de cerveza con una mano y con la otra un libro. Desde el fondo de la librería estudiaba la situación. La gente se agrupaba en pequeños círculos de conversación. Todos parecían conocerse aunque no fuera así, se reían y se tocaban el brazo con fingida confianza. La última vez que Elvira había asistido a la presentación de un libro fue hace tres años, a la de Ernesto Garmendia. Y desde entonces, se había prometido a sí misma no volver a ninguna, incluyendo de esta manera aquel acto en su lista de eventos detestables: Bodas, funerales y presentaciones de libros.

Sin embargo, la culpa de su asistencia la tenía Enrique. Todo comenzó un poco antes de diciembre, Elvira decidió dejar que su amigo leyera por fin su tercera novela terminada. Habían sido varios amigos los que ya la habían leído y en general había gustado, pero es cierto que la crítica a sus diálogos era repetida. Así que si alguien sabía de diálogos era Enrique. Aunque no quisiera enfrentarse a él, tenía claro que era el único que podría hablar con conocimiento de causa.

—Es buena, Elvira —le dijo su amigo por teléfono hacía poco más de tres semanas—. Es buena —repitió.

—Ya, ¿y los diálogos? —preguntó pellizcándose el labio inferior con dos dedos.

—¿Los diálogos?, lo mejor de la novela.

—Hay gente que me ha dicho que no se entiende quien habla.

—Esa gente no lee teatro y por lo tanto no sabe descifrar la voz de los personajes si no están debidamente acotados. No es tu problema.

—Entonces, ¿es buena?

—Es buena. —Hizo una pausa—. No es extraordinaria, Elvira, no lo es. Pero los que escribieron de manera extraordinaria ya están muertos. Todos. Tú escribes bien y tu novela es buena, es publicable. Necesitas un editor.

—Necesito un editor…

Tres semanas después la volvió a llamar. A la presentación de la última novela de un joven y popular escritor granadino acudiría el editor. La editorial no era de las grandes pero sí había alcanzado un gran prestigio en los últimos 12 años, a día de hoy todos los escritores españoles y latinoamericanos querían lucir en su catálogo. Y que el editor se dejara ver por estos saraos era poco habitual, así que no podría perder la oportunidad de hablar con él.

—Yo no sé hablar con la gente —dijo Elvira a su amigo.

Enrique le quitó el botellín de la mano y lo dejó sobre una estantería, hizo que cogiera el libro con las dos y le alzó las solapas del abrigo.

—¿Por qué no te has puesto tacones? Parecerías más alta, así no se te ve. Eres un desastre.

—¿Quién es? —preguntó intentado ver a través de su amigo. Parecía una niña pequeña dejándose vestir por su madre.

—El canoso de la chaqueta de cuadros verdes y amarillos. Sí, ser editor no significa tener buen gusto para la ropa, en algo os parecéis. —La cogió por los hombros y la miró fijamente—. Escúchame, amiga. Te acercas, le muestras el libro, le das la enhorabuena por su buen olfato a la hora de editar nuevos autores y le dices que te ha encantado.

—No lo he leído.

—Nadie de los que estamos aquí lo ha leído y nadie lo leerá. El mundo editorial consiste en vender libros no en que sean leídos, ¿entiendes? —Elvira asintió—. Después te presentas, le comentas que también escribes y, como quien no quiere la cosa, sacas de tu bolso el maravillosos manuscrito de tu tercera novela y se lo das. Se lo das. Les gusta el papel. Así que se lo das. ¿Entiendes? —Elvira volvió a asentir—. Pues corre, ¡ve! Vamos, ve, ¡ve!

—¿Así sin más? Es que, Enrique, yo no sé hablar con los hombres, no sé relacionarme con ellos, yo… o los odio o me los follo, no tengo término medio. Soy víctima de un padre abusivo.

—¡Los dramas para tus novelas! ¡Vete! —Y de un empujón la lanzó al tumulto.

Elvira se abrió camino entre los grupitos de falsos amigos. Apretando el libro contra su pecho iba pidiendo paso con sonrisa tensa. Al llegar a la mesa del centro donde el escritor firmaba sus ejemplares se paró, había perdido a su objetivo. Chaqueta de cuadros verdes y amarillos, chaqueta de cuadros verdes y amarillos, murmuraba.

—¿Te lo firmo?

—¿Qué? —preguntó asustada.

—El libro, ¿quieres que te lo firme? —El joven escritor se había puesto en pie y con amabilidad extendía el brazo para recoger el libro que estrujaba Elvira.

—¿Eh? Oh, no, no, no, no quiero.

El escritor volvió a sentarse e hizo una mueca de asombro a la mujer que tenía a su lado. Después ambos se rieron. Elvira los miró y les sonrió, acto seguido les explicó que iba al baño.

—Esta es la fauna que tienes que aguantar en las promociones de tus libros, nada es gratis, querido —susurró la mujer al escritor.

De camino al baño, Elvira localizó la chaqueta de cuadros verdes y amarillos.

—Chaqueta, chaqueta… Perdón, lo siento… Chaqueta, chaqueta, por favor, déjeme pasar, gracias, chaqueta, chaqueta, chaqueta… ¡Hola! —exclamó frente a él.

—¿Hola? —respondió el editor algo contrariado por la efusividad de Elvira, había hecho que la conversación que mantenía con otros tres hombres se cortara de golpe y aquello pareció molestarle.

—Hola, hola, sí, ¡hola!, ¿qué tal?, ¿qué tal?, bueno, ¡hola! —exclamó de nuevo.

—Vaya, vaya, te dejamos solo ante el peligro, ¡suerte! —dijo uno de los acompañantes entre carcajadas y los tres hombres se alejaron.

Elvira fue a abrir su bolso pero luego recordó que primero tenía que hablar del libro del escritor granadino.

—Sí, bueno, bueno, enhorabuena —dijo mostrándole el libro.

—No lo he escrito yo.

—Sí, sí, sí, bueno pero tu nariz, tu nariz es… mágica.

—¿Mi nariz?

—No, no, no la nariz —se rio nerviosa—, lo que sale de dentro de la nariz, ya sabes, hablo de manera figurativa.

—¿Mocos mágicos?

—No, no, lo que hueles, quiero decir.

—¿El olfato?

—Exacto, exacto, exacto… Vale, y aunque no te lo creas soy filóloga.

El editor abrió su chaqueta y colocó los brazos en jarras. Después levantó las cejas y esperó a que continuara.

—Vale, mi nombre es Elvira Rebollo y me ha gustado mucho este libro, mucho, mucho, y soy profesora, ¿sí?, bueno, si te digo la verdad no lo he leído, pero voy a hacerlo, te lo prometo, Enrique dice que no, en realidad yo escribo, ¿sabes?, él me dijo que te lo dijera después de presentarme, sí, y aunque la gente no entiende mis diálogos parece que son buenos, sí. Está en el bolso.

—¿Perdona?

—No sé, ¿follamos?

El editor se recolocó la chaqueta y, apartando a Elvira con enfado, se marchó.

Elvira cerró los ojos y deseó la llegada del mismo meteorito que acabó con la vida de los dinosaurios. Diez, veinte o incluso treinta minutos después, Enrique le tocó el hombro. Elvira, que había permanecido allí quieta en todo ese rato, se dio la vuelta.

—¿Qué , amiga, cómo ha ido? ¿Qué te ha dicho cuando le has dado el manuscrito? ¿Se lo va a leer?

—Sí, se lo va a leer —contestó con una plana sonrisa.

—Joder, ¿en serio?

—Sí.

—Amiga, amiga, esto es muy grande, ¡muy grande! Voy a por dos cervezas para celebrarlo.

—Sí.

Elvira se apoyó en la pared. A lo lejos vio a la mujer que había estado sentada en la mesa del centro junto al escritor, levantó la mano y la saludó. La mujer le devolvió el saludo y tras comentar algo a la chica con la que estaba, se empezaron a reír mirando a Elvira. Ella las sonrió.

 

7 jun 2022

Feria sectaria

 

La quema de los libros de Robert Smirke

Nota: Este relato es la tercera y última parte de Café sectario y Té sectario.

Me repasaba con el dedo una de mis cejas. Desde que me había quedado ciega de un ojo me resultaba difícil depilármelas con precisión, nunca atinaba a ver los pelitos más cortos y hasta que no empezaban a pincharme, cuando los tocaba con la yema de los dedos, no me daba cuenta del escandaloso desarreglo.

—¿Y entonces?

Dejé de acariciarme la ceja y miré a Almudena que me tenía cogida del brazo como si fuese una abuelita necesitada de ayuda.

—¿Entonces qué? —respondí.

—No hicisteis nada —dijo ella.

Estaban empezando a montar las casetas de la Feria del Libro en el parque. Una enorme hilera de planchas y tablones de madera desaparecían a lo largo del Paseo de Fernán Núñez.

—¿Cuándo empieza este año? —pregunté a un operario. El hombre levantó los hombros.

—El trabajo tiene que estar terminado para el 24 de mayo, lo que empiece o termine aquí ya no es cosa mía.

—Ya, gracias —contesté—. Vendremos, ¿no? —dije girándome a Almudena.

—No me lo vas a contar, ¿verdad?

Resoplé y me desquité de su brazo con bastante molestia. A veces Almudena era esa amiga que, sin darte cuenta, llevabas solapada a ti demasiado tiempo y por mucho que la quisieras sentías su peso en cada uno de tus movimientos. Qué quieres que te cuente, le dije. Lo intenté y no pudo ser. Lo intenté y no pudo ser. Y al decirlo por segunda vez en voz alta me di cuenta de la tristeza que me provocaba. Le conté las cosas como fueron. Que tras el primer arranque de furia, Beatriz decidió no delatarnos y seguir el juego. Fingió ser una sorprendida clienta de la peluquería. Le conté que Federico dijo que éramos tigres, animales poderosos que no esperaban a que una gacela pasase a nuestro lado sino que éramos hábiles cazadores a pesar de ser veganos. Le conté que nos llamaba seres de luz y que cada vez que hacíamos meditación me dormía. Le conté que nos repartían papelitos en los que valorábamos nuestro pasado y apuntábamos objetivos futuros que debían situarse en islas de paz. Le conté que la segunda vez que se me acercó una tal Marisa, administrativa y doula, hablándome de la importancia de abrazar a los pinos porque ellos te ayudan a filtrar la culpa y la exigencia, le contesté que tan solo estaba a favor de la prisión permanente revisable en dos casos: para coaches y doulas. No hubo un tercer acercamiento. Le conté que Federico insistía una y otra vez en que subiéramos el contenido en redes etiquetando al grupo, nos hostigaba a que compartiéramos la información con amigos y familiares. Le conté que nunca había comido tanta sandía y arándanos. Le conté que Geraldine estaba fascinada por las expresiones narcisistas de Federico y que escribiría un libro. Le conté las caminatas en que nos hacían fijarnos en las encinas como reflejo de mujer empoderada que necesitaba poner límites a una sociedad castigadora, y que el conocimiento no estaba en los libros sino en la ruta salvaje de la indagación personal a través de la naturaleza, a través de la pasión agreste que hacía abrir nuestros ojos a una verdad que la tiranía de lo meramente académico quería escondernos. Le conté que respiraba con fuerza y en cuclillas, dejando pasar al grupo de mentorís delante, rogaba para que todos aquellos seres huecos se desintegraran, sin dolor ni sufrimiento, solamente que desaparecieran de este mundo al que nada aportaban más que subnormalidad embutida. Le conté que por la noche, junto a la piscina jugábamos a “abrir nuestros corazones” y aquellas personas contaban episodios desoladores de sus vidas y que lloraban y se abrazaban y que yo les sonreía desde lejos y que con la mano estirada les pedía que no me tocaran, por favor, mientras Geraldine se tumbaba en el césped boca abajo para disimular su risa. Le conté que Beatriz habló de Pablo, de su muerte y de su culpa. Le conté que Beatriz lloró y que Marisa la abrazaba y que yo tan solo la miraba. Le conté que en su habitación intenté hablar con ella pero que tan solo repetía que yo no podía entenderla y sí que podía, claro que la entendía, por eso le dije que a la mañana siguiente me marcharía, que regresaría a Madrid con Geraldine, que no esperaríamos a la tarde, que se viniera con nosotras. Vente, Beatriz, le dije. Ella me abrazó y me auguró que algún día entendería la vida de otra manera.

—La vida solo tiene un sentido, Bea, le dije. Nosotras nos fuimos y ella se quedó.

Almudena frotó mi espalda con la palma de la mano abierta.

—Sí, vendremos a la Feria y compraremos muchos libros para que la tiranía académica termine con nuestras almas —dijo.

 

12 ago 2021

Psicopatía veraniega 2

 

"Christine de Pizan"


―Oye, perdona, perdona, oye, ¡oye! ―el chico chistó a su vera pero hasta que no chasqueó los dedos frente a su pantalla del portátil, Elvira no levantó la cabeza. Esta vio a un joven de pie junto a ella moviendo los labios, se quitó los auriculares y, disculpándose primero, le pidió que repitiera―. Que estás haciendo mucho ruido y molestas a toda la biblioteca.

―¿Se oye la música? ―preguntó mostrándole los auriculares.

―No, es tu teclado.

Elvira miró primero al teclado y riéndose volvió a mirarlo a él.

―Es una broma, ¿no?

―No. Tecleas muy fuerte. Molestas. Si quieres trabajar te vas al piso de arriba, esta es la sala de consulta.

―Estoy consultando ―levantó el libro que tenía sobre la mesa, junto a su ordenador, y se lo acercó―. ¿Lo ves? Consulto.

―Te aconsejo que te compres una funda de goma para tu teclado ―y señaló algo 4 sitios más a la derecha, Elvira se levantó un poco de la silla y vio un pequeño ordenador plateado con una alfombrilla de silicona sobre las teclas.

―Gracias, lo haré.

Elvira hizo amago del volverse a poner los auriculares creyendo que aquel gesto sería suficiente para terminar la conversación y volver a sus textos, sin embargo no fue así. El joven permaneció de pie sin dejar de mirarla.

―¡Así nos va y luego pasa lo que pasa! ―exclamó de pronto y luego, a grandes zancadas, regresó a su mesa.

La mujer se sintió incómoda y se agitó en su silla. Buscó un poco de apoyo pero era agosto y tan solo había otra joven en la sala tres filas más adelante que, además de tener puestos los auriculares, llevaba 3 horas de reloj sin levantar la vista de sus libros, Elvira llegó a pensar que era de atrezo.

Después del incidente le costó concentrarse, así que terminó por cerrar el portátil y mirar fijamente el libro que había solicitado en consulta. Acarició la portada y resopló, a pesar de estar resguardada bajo el aire acondicionado de la biblioteca sabía que Madrid ardía a 40°. Observó sus uñas, las tenía pintadas de negro, pensó que al llegar a casa las cambiaría por el granate cereza mate que le había regalado Almudena. Tamborileó la mesa y miró a su derecha, 4 sitios más allá localizó al tarado, calificativo con el que lo había fichado mentalmente. Pasaba las hojas con energía de atrás hacia adelante, revisaba cada una de ellas un par de veces. Las volteaba como si tuvieran prisa por ser seleccionadas. Elvira lo observó durante al menos diez minutos después, con decisión, se levantó y se dirigió hacia él.

―Oye, perdona, perdona, oye, ¡oye! ―exclamó entrometiendo su mano entre sus ojos y el libro. El chico levantó la cabeza y se quitó los tapones de las orejas. ¿Tapones?, cabrón, pensó Elvira dándole tiempo a guardarlos en la cajita transparente de plástico―. Que estás haciendo mucho ruido y molestas a toda la biblioteca.

―¿Perdona?

La mujer señaló desde arriba el libro.

―Las páginas. Las pasas muy fuerte. Molestas. Si quieres leer te vas al piso de arriba, esta es la sala de consulta.

―¿Perdo… perdona? ¡Estoy consultando!

Elvira ladeo la cabeza y levantó las cejas, sonrió pero con la mascarilla el joven no pudo verlo.

―Entiendo ―dijo―, en ese caso te aconsejo que la próxima vez solicites documentos digitales. ―Se giró y señaló algo 4 sitios más a la izquierda.

El chico alzó la cabeza y vio el portátil de la mujer. Sin añadir nada abrió su cajita transparente de plástico y se puso de nuevo los tapones. Elvira no se movió de su lado. El joven desconcertado la miró, se quitó uno de los tapones y preguntó:

―¿Qué?

―¡Así nos va y luego pasa lo que pasa!

Y, con pasitos cortos pero bien marcados, Elvira regresó a su mesa. Abrió el portátil y con energía comenzó a teclear de nuevo: “Son muchos los ejemplos que demuestran que la imitación es una manifestación característica de los personajes con rasgos psicopáticos en el teatro español de finales de…”.