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25 ene 2026

Olivia Reliquia

 

La siesta de Alicia de Carmen Mansilla

—Señoras, ¿bien?, ¿todo bien?, ¿sí?, ¿recojo esto? —Las dos asentimos sonrientes—. Vale, vale, vamos a cerrar, ¿sí? Aquí dejo yo la cuenta —y el joven depositó sobre la mesa un pequeñito baúl de madera. Lo abrí y le dije a Olivia que pagaría yo, que era el beneficio de venir de visita a mi tierra. Le devolví al camarero el baúl con mi tarjeta de crédito.

—Pensaba que eras de Bilbao —dijo Olivia riéndose.

—Tú lo has dicho: lo era. Poco me queda allí, por no decir nada.

Sostuvimos la mirada con una frágil sonrisa. No eran muchas las personas con las que podía entenderme sin hablar: Joan, Almudena y a veces, depende del día, Enrique. La llamaba Olivia “Reliquia”. La conocí hace 16 años, en mi primer trabajo en Madrid, una escuela de idiomas en la que explotaban a sus profesoras sin contrato, ingresándonos una cantidad irrisoria mensualmente y pagándonos el resto metido en un sobre. De la misma manera actuaban cuando formabas parte del tribunal examinador del DELE, al día siguiente te preguntaban las horas trabajadas, después Ramiro, el gestor, metía 12€ por cada una de ellas en un sobre amarillo sin cerrar y te pedía que lo contaras, lo hacías, salías de su despacho y entraba la siguiente. Hoy en día las cosas no han cambiado, hace muchos años que no soy examinadora del DELE en España porque el Instituto Cervantes prefiere mirar para otro lado, si no lo hiciera, tendría que cerrar todos sus centros asociados y eso económicamente no compensa. Maltratar laboralmente a las profesoras de español les sale más rentable. Olivia “Reliquia” y yo duramos cuatro meses en esa situación, denunciamos, nos echaron, ella regresó a Salamanca y yo entré en el circuito de la docencia universitaria donde las cosas no terminan de ser mejores, pero en otros términos. Hacemos por vernos, una vez cada dos o tres años. Aunque reconozco tener facilidad para olvidarme de la gente, con ella me esfuerzo y le insisto cada cierto tiempo en que debemos reencontrarnos, no soy tan idiota como para perder a una mujer así, no invertir en cabalidad es perder tu tiempo social.

El camarero regresó y volvió a depositar el baúl en la mesa. Lo abrí, saqué mi tarjeta y dejé la copia del recibo dentro. Miré a Olivia y las dos nos levantamos a la vez. Nos despedimos de los camareros y el más mayor, con un fuerte acento senegalés, insistió en que nos lleváramos las sobras que ya había preparado en dos bolsitas de plástico. Acelerado salió de detrás de la barra y nos dio una a cada una. Mañana vais a tener hambre, nos dijo. Nos reímos agradecidas, era muy cierto, mañana tendríamos hambre.

Tomamos la calle Mesón de Paredes dirección Tirso de Molina. A pesar de ser casi medianoche, Lavapiés seguía igual de bullicioso que a mediodía. Agarré del brazo a Olivia y me apreté contra ella, hacía frío.

Pasamos por una cafetería que anunciaban brunch a 56€ de martes a viernes y 64€ el finde semana. Nos paramos frente a su pequeño y delicado escaparate dándonos cuenta de que había otra muy similar en Fuencarral, otra en Pez, otra en Embajadores, otra en Noviciado, otras dos cerca de Quevedo y tres en la calle de la Palma. Y mil más que no supimos ubicar, pero que inundaban el nuevo Madrid de matcha y tostadas de aguacate. Un centro de ciudad regalado a turistas consumistas y carentes de criterio. Emprendimos de nuevo la marcha y hablamos del triste cierre de Tipos Infames y de una capital abocada al vacío cultural. Hablamos de que la conciencia de mi gato Tomás nada tenía que envidiar a la del perro de Augusto Pérez. Hablamos de los muñecos de Jacinto Grau y del suicidio colectivo en Numancia a través de Cervantes en pleno Concilio de Trento. Hablamos de los que siguen las normas, de los que no y de los que fingen hacerlo ridiculizando a quienes las impusieron. Hablamos de la culpa que supone admitir querer más a tu hija menor que a la mayor. Decidimos llegar hasta Callao, así que seguimos hablando y hablamos de lo conservador y clasista que era Bilbao, de lo habitual de confundir privilegios con derechos. Hablamos del circo en las universidades privadas, donde la profesionalidad y la cualificación eran ignoradas mientras que el mamoneo y pasillismo se premiaban. Hablamos de la sequedad de la piel con la perimenopausia. Hablamos del alto precio de los libros con un único beneficiario: las distribuidoras. Hablamos de la ruidosa mediocridad de David Uclés y la silenciosa brillantez de Nuria Bendicho. Y llegamos a Callao, por lo que pensamos en avanzar hasta San Bernardo, así que seguimos hablando y hablamos de los amantes de nuestras madres y de los nuestros propios. Hablamos del todavía machismo imperante en los hombres de nuestra generación que seguían viendo a la mujer como débil elemento elegible y no con poder de elección. Hablamos del cansancio psíquico constante, de la soledad de una ceguera imparable e incomprensible a ojos del resto. Hablamos del frío en Salamanca, no solo en invierno. Hablamos de mi último viaje a China y del próximo en unos meses, hablamos de su Yan Lianke y de su Yu Hua frente al analfabetismo de Estados Unidos. Hablamos del suicidio como elección soberana y no como acto enajenado. Hablamos de nosotras, de vernos más, de seguir reconstruyendo un mundo al que parece que no perteneciéramos, de promesas que sabíamos que se quedarían en la boca del metro.

Olivia pasó la tarjeta por el torno de la estación y desde el otro lado me lanzó un beso, la miré hasta que, al girar el pasillo, mi reliquia desapareció.



2 jun 2025

Pestañas largas, puñales cortos

 

Ilustración creada por IA

Tener una amiga como Beatriz nunca ayuda, pero que fuera tu única compañía en San Isidro era como aceptar la invitación personal de Dante al séptimo círculo.

—Estás pálida.

—Soy así, Bea, gracias.

Sacó su abanico y comenzó a agitarlo a un centímetro de mi cara.

—¡Por favor, no se acerquen tanto! ¡Mi amiga está perdiendo la vista y la concentración de gente le provoca síncope vasovaginal!

—¡¿Vasovaginal…?!

—No hay más que verte la cara, Elvi. ¡Señora, deje el espacio de cortesía, hágame el favor! ¡No se puede andar en este país! ¡Apártense, apártense!

Cruzar el barrio de La Latina medio ciega, entre setecientos cincuenta mil millones de personas, mientras tu amiga de metro ochenta te lleva del cuello como si fueras su zombi-escudo en Walking Dead, no era lo que había previsto para aquel sábado por la mañana.

Llegamos a una calle más tranquila y Bea me recolocó el pañuelo de la cabeza atusándome el flequillo como si fuera una niña.

—Estás ideal.

—Parezco Doña Rogelia —dije.

Ella, en cambio, impecable, como si el viento le consultara antes de moverle un pelo. El mismo pañuelo que a mí me daba pinta de señora atracada en un bingo, a ella le marcaba las facciones con ese tipo de elegancia que una finge no notar. Impresionantes pestañas de catálogo de perfumería de aeropuerto, y una sonrisa color cereza que no era amable ni sincera, solo perfectamente colocada. Suspiré y pensé que si existía Dios, era un cabrón.

Me dejó aparcada en una esquina y fue a pedir a una de las barras que durante las fiestas improvisaban en la calle. Me ajusté las gafas como pude, porque el pañuelo me incomodaba y saqué el móvil, tenía varios mensajes de WhatsApp, los empecé a leer.

—Vale, aquí está tu zumito de piña —interrumpió Bea sin dejar esa mirada paternalista—. ¿Qué haces?  —Le mostré el móvil—. ¿Joan?

—No, mis amigas de Bilbao.

—¿Qué amigas? —Y pegó un sorbo rápido a su botellín de cerveza.

—Las de Bilbao —repetí.

Hizo lo de siempre: puso sus labios de pato y desvió la mirada hacia un lado buscando a esa testigo imaginaria para confirmar que yo estaba cu-cu. La odiaba, un poco más cada vez.

—¡¿Qué?!

—Nada, nada, Elvi, no he dicho nada. No te alteres, venga, que no es bueno para tu tensión ocular.

—Bea, tengo amigas, tengo muchas amigas en Bilbao.

—Sí, sí, lo sé, lo sé, ¿cómo lo llamas?, ¿cuadrilla?, que sois como una manifestación, ¿treinta, cuarenta?

—Somos catorce.

—Catorce, catorce, sí, catorce, que os vais a comer y habláis todas juntas, tú con las catorce, con lo que te gusta hablar a ti... Te imagino perfectísimamente.

—Tengo catorce amigas en Bilbao.

—Elvira, por favor, si cuando nos juntamos más de cinco ya te sale urticaria. Empiezas a echar a la gente de-mi-casa: ¡Aquí sobra gente, aquí sobra gente! ¡Tú, tú y tú fuera! No te rías, Elvi, porque sabes que es tal cual lo cuento. Odias a la humanidad, solo se salvan Almudenita y Joan y quien te conozca me dará la razón, al resto nos metes en un saco y nos tiras al Manzanares.

—Está seco.

—Ya no.

—Tengo catorce amigas por mucho que te pese.

—Ya. ¿Y quién te ha escrito?

—Una de ellas.

—Ya. ¿Y qué te ha dicho esa amiga tuya? —Labios de pato y desvío de mirada.

—Que se casa.

—Bueno, bueno, oye, pues es una información relevante, importante, quizá sí estemos ante una amiga real, de esas que dices que son de la infancia, igual no todo te lo inventas... ¿Y cuándo se casa?

—En tres semanas.

—Ya. Cariño, ¿te lo explico yo o tú solita vas atando cabos?

—Es amiga mía de toda la vida.

—Elvi, no tienes amigas y no me extraña. Eres intratable. Y esa chica te ha dicho que se casa porque alguien cercano le habrá comentado que te estás quedando ciega y le habrá dado penita y la compasión nos puede. Además, una ciega en una boda luce, luce porque la inclusión está de moda, y tú, ahí sentadita en la mesa de las amigas le haces brillar a la novia por inclusivista e inclusividora. Elvi… que yo sé que te hace ilusión decir lo de la cuadrilla, lo de que si en Bilbao esto, que si en Bilbao lo otro, pero yo no veo muchas visitas por aquí… Vamos, tus amigas a Madrid ni se han acercado, ¡eso o las has escondido! A ver, pero entiéndeme, no estoy diciendo que te lo estés inventando. Si tú dices que tienes catorce amigas, yo te creo, porque eres muchas cosas: insoportable, maniática, egoísta, vinagres, huraña, antipática, sabelotodo, pero mentirosa no eres, esa es la verdad, no mientes, me jode porque de esta manera tendría muchas más cosas que achacarte, pero no mientes, eres un asco de mujer, pero un asco de mujer-sincera. Bien, así que yo sí te creo: tienes catorce amigas. Aunque quizá vaya siendo hora de admitir que en verdad CREES que tienes catorce amigas, esto nos encajaría con la realidad que vives, ¿no? Es decir, que Almudena y Joan son las dos únicas personas en este mundo que te aguantan. Bueno, vale, y yo cuando no tengo a nadie más, oseasé hoy. No sé, ¿tú qué piensas?

—Que creo que me está dando un síncope vasovaginal.

 

22 dic 2023

"Este no es nuestro muerto"

 

El jardín de la muerte de Hugo Simberg

Almudena nos había dejado frente al Tanatorio Sur de Madrid con el único cometido de encontrar la sala 304. Tras aparcar el coche, ella se reuniría con nosotros. A priori el objetivo era fácil. Sin embargo, teniendo en cuenta que el equipo lo formábamos: su madre demente, su hijo botarate y su amiga mongola, la cosa no podía salir bien.

El ascensor se paró en el tercer piso y ordené a Abel que le diera la mano a su abuela. Giramos a la izquierda porque simplemente la derecha nunca me gustó.

—¿Es por aquí?  —me preguntó Abel.

—Sí, es por aquí. No sueltes a tu abuela, hay mucha gente.

La puerta de la tercera sala estaba abierta. No quise hacerlo, pero me pudo la curiosidad así que eché un rápido vistazo a su interior.

—Hay huevos rellenos —dije parándome frente a la puerta.

—¿Qué? —preguntó Abel.

—Huevos rellenos. Esos cocidos que se hacen con bonito y mayonesa, aunque yo los prefiero de chatka y gamba. Hay una mesa entera ahí dentro.

—Pero no es la sala 304.

—No, es la 321. Sala 321 con huevos rellenos. Cogemos uno y nos vamos.

—Vale. ¿Abuela tienes hambre?

Los tres entramos en la sala. No era especialmente grande pero allí podría haber 50 personas. Supuse que el difunto sería un ser querido, algo que me hizo reflexionar sobre mi último adiós; estaría a regañadientes mi hermano con su mujer y Almudena consolando a Joan, haciéndole entender que la defenestración había sido la mejor opción de entre todas las que baraja, por lo menos la casa se quedaba limpia.

Nos acercamos a la mesa y me di cuenta de que también había pulguitas de tomate con anchoa y triangulitos de queso untable con salmón. Cogí una servilleta y coloqué un huevo relleno encima, qué suerte, tenía gamba. Sonreí a Abel y le pedí que diera un triangulito a su abuela, era blando y lo podría comer bien.

—Hola, hola… Gracias por venir.

Frente a mí tenía una mujer menuda de avanzada edad que sonreía con languidez. Ladeó la cabeza y extendió sus brazos. Apreté el huevo en la servilleta y ladeé también la cabeza, porque si no empatizas con el dolor, imítalo.

—Sí…, cómo no iba a venir. ¿Qué tal…? ¿Qué tal…?

Me preguntó si el viaje se me había hecho largo. Apretando los labios negué con la cabeza. Siempre me habían dicho que tenía una cara bastante estándar por lo que podría pasar por la cuñada o prima o sobrina o tía lejana de alguien. Así que allí estaba yo recibiendo el profundo pésame de aquella mujer desconocida, mientras mi huevo relleno se me chafaba entre celulosa.

—¿Lo has visto ya? —me preguntó.

—¿A quién?

—A tu tío. —Y lanzó la mirada a la vitrina del fondo donde pude ver el féretro con la tapa abierta rodeado de coronas de flores—. Lo han dejado guapísimo.

Que la muerte y yo fuéramos íntimas amigas no significaba que lo fuera también de los muertos. Eran cosas muy diferentes. Aquella veneración por los seres inertes nunca la había entendido.

—No, todavía no, ahora enseguida voy a verlo… —dije y frotándole el brazo derecho me di media vuelta.

—Venga, nos vamos… —susurré al reencontrarme de nuevo con Abel—. Coge un par de pulguitas para tu madre y vámonos.

Abel obediente, envolvió los bocadillos en servilletas y se metió cada uno de ellos en los bolsillos de la cazadora. Mientras se lo veía hacer, era consciente de que algo no correspondía con lo que supuestamente tendría que ser. Di un paso atrás para ver la escena con mayor perspectiva y fue entonces cuando me di cuenta.

—Abel, ¿dónde está tu abuela?

Abel, a modo de periscopio, hizo un rápido recorrido a su alrededor.

—Estaba aquí —dijo—. La he soltado un minuto para que comiera mejor el triangulito.

—¡¡¡Abeeeel…!!! —grité sin hacerlo—. Te doy un nanosegundo para que la encuentres.

El bolso me vibró. Mientras veía desaparecer a Abel entre los sentidos familiares, saqué el móvil: Almudena.

—Ya he aparcado.

Tragué saliva, dejé en la mesa la servilleta con el huevo espachurrado e intenté aclararme la voz carraspeando.

—Fantástico, Almudena, eso es genial, ¡genial!, ¡bravo!, ¡bra-vo!

—…

—…

—¿Qué pasa, Elvi?

—¿Qué pasa de qué?

—Elvira, ¿estáis en la sala 304? ¿Has visto a mi tía?

—La he visto. La he visto, sí. Aunque no era exactamente tu tía.

—…

—Digamos que era otra tía. Muy maja también, muy atenta y considerada. Me ha preguntado por el viaje.

—¡¡¿Qué viaje?!!

Me derrumbé.

—Ha sido problema del ascensor, Almu, yo quería ir hacia la derecha, pero nos guiaban hacia la izquierda y luego, tu hijo, ya sabes, está en una edad tan difícil…, y los huevos, Almu, han sido los huevos.

—¡¡Elvira!!

—Estamos en la sala 321 —y colgué.

Localicé la cabeza de Abel entre el tumulto.

—¿La has encontrado?

—No.

—Pues tu madre viene hacia acá. A ver cómo le explicas la que has liado.

—¿Yo? ¡Ha sido culpa tuya! Se lo pienso decir a mamá. ¡Tú y tus huevos!

—¡Mis huevos!

—Sandra… pero Sandra, oh, Sandra, oh, cariño. —Un hombre octogenario me estaba abrazando—. Cariño mío, estando tan lejos y has venido. ¿Raúl está contigo? —Atónita miré a Abel, el viejo también lo hizo—. ¡Mecachis en la mar salada! Raúl, hijo, no te hubiera reconocido en la vida, mírate, qué mayor, ¿diecisiete, dieciocho?

—Mmm… Dieciocho.

—¡Mecagüen la leche! ¡Meca…! —Y lo abrazó con fuerza—. ¿Ya has visto a tu abuelo? ¿Ya lo habéis visto? —preguntó está vez mirándome a mí.

—No, ahora vamos —contesté.

—Id, porque transmite mucha paz. Se fue como era él, sin dar guerra y eso se nota. Es como si estuviera dormidito, plácido. Además, le hemos puesto el traje militar. —Abel y yo abrimos los ojos cual tarseros amarrados a un árbol—. Imponente, está imponente.

—¿Hola? —Almudena—. De la frase “Sala 304”, ¿qué no entendéis?

El viejo miró a Almudena. Almudena a Abel. Abel a mí y yo al viejo. Y esta vez, todos estábamos en el árbol.

—¿Dónde está tu abuela?

—Le han puesto el traje militar —contestó Abel.

—Imponente —añadí yo.

—¿Dónde-está-mi-madre?

—¿Eres hija de María Asunción? —el viejo.

—¡¡¿Dónde… —Abel se la llevó antes de que pudiera terminar su alarido.

 —Está muy afectada —expliqué al octogenario de quien me despedí inmediatamente después.

Intenté buscarlos por la sala. No daba con ellos. Pensé que desde la esquina del fondo tendría buena visibilidad. Allí, con los dedos pegados a la vitrina, encontré a Sabina. Miraba fijamente el féretro.

—Sabina, te estábamos buscando, anda, ven. —Le cogí una de las manos e intenté separarla del cristal.

—Lo han vestido como a un payaso —dijo.

—Sabina, este no es nuestro muerto. Vámonos —dije.

 

4 nov 2023

La mesa de la discordia

 

Pelea en la taberna, grabado de Gaetano Gandolfi (Museo del Prado)

En una mesa de un conocido restaurante de Malasaña están comiendo las tres amigas: Almudena, Beatriz y Elvira. En realidad, todavía no han empezado. Un joven camarero con el cutis esculpido en cera les toma nota.

—Perdone, señora, pero menestra ya no nos queda.

Elvira gira la cabeza y lo mira seria.

—Cada vez que me llaman señora se muere un gatito —dice.

—Lo siento, señora.

—Dos gatitos… —Vuelve la vista a su móvil donde ha descargado el menú—. Revuelto de gulas.

—Bien.

—Con mucho ajo.

—De acuerdo.

—Y ¿le echáis guindilla?

—Sí, ¿con mucha guindilla también?

—No, sin guindilla. Es decir, con guindilla al cocinar, pero al emplatar me la quitáis y…

—Elvira… —le corta Beatriz—. Para mí ensalada de queso de cabra.

—Vale, ¿la quieres con rúcula o con hojas de espinacas?

—¡Perdona! —espeta Elvira—. Cómo que “la quieres”. ¿A ella no la llamas señora?

—No, a ella no, señora.

—Tres gatitos…

Almudena se ríe y pide otra ensalada de queso de cabra también con rúcula. Cuando el camarero se marcha, les cuenta que ha conocido a alguien, Elvira sorprendida le pregunta por Eudald. Almudena resopla y le recuerda que lo dejaron hace casi dos meses.

—¿Y yo cómo iba a saberlo?

—Porque te llamé llorando al enterarme de que mantenía otra relación paralela.

—Ya… igual me quiere sonar, sí.

El camarero se acerca y deja sobre la mesa una botella de Navaherreros abierta y dos entrantes. Beatriz va llenando las copas:

—Almudena, que no te importe, ya conocemos a Elvira.

—¿Qué quieres decir con eso? —pregunta la aludida.

—Que no destacas precisamente por tu empatía ni por tu generosidad con las amigas.

—Ya —contesta seca—. Me lo dice la mujer que se metió en una secta de yoga dos años mientras tenía a sus padres en vilo y a sus amigos desesperados.

—Bien, vale, vale, bueno, pues lo he conocido por Tinder, se llama Luisfer, vamos, Luis Fernando, pero yo, bueno, todos: sus amigos, familia…

—¡Sucia tarada! —gritó Beatriz.

—… colegas del trabajo le dicen Luisfer. Así que yo también, Luisfer. Y es…

—¿Tarada yo? Me lo dice la que desaparecía durante meses dejando a unos padres poniendo denuncias en la policía días sí y días también, pero resulta que la niña se había ido a hacer yoga en medio del Sahara, flipando porque estaba encontrando la verdad, ¡descubriendo el sentido de su vida! ¡Oh, Osho, muéstrame el camino ante esta inmensidad de arena! ¿Tarada yo? ¿Ta-ra-da-yo?

—…matemático, es matemático, trabaja en un instituto dando clases y bueno, es así como bajito, a ver, más alto que yo, claro, un poco gordo, no suena bien, pero es muy guapo, vale, no, guapo no, pero eso que lo ves y dices, bueno, si me preguntan digo que ni guapo ni feo, o sea que...

—Elvira, eres una persona tan podrida por dentro que necesitas…

—¿Las ensaladas eran para? —El camarero ante la mesa. Almudena y Beatriz levantan la mano—. Estupendo, entonces las gulas para la señora.

—¡Cuatro gatos!

—¿Disculpe, señora?

—¡Y cinco!

Almudena intercede y el camarero se va. Se hace un largo silencio. Elvira toma el tenedor y enrosca algo del sucedáneo.

—Elvira —comienza Beatriz en un tono pausado—, estás tan llena de mierda, que con tan solo abrir un poquito la boca la esparces cual aspersor. Eres retorcida. Eres un ser negro y despreciable.

Elvira deja el tenedor en el plato con delicadeza y responde imitando con ironía su sosegada voz:

—Y tú eres una pija malcriada con demasiado tiempo libre para mirarse el ombligo. Que mientras sollozabas embriagada de emoción al ver la vastedad del desierto, a pocos kilómetros se estarían muriendo cientos de subsaharianos cruzándolo para intentar escapar de la cárcel en la que África se ha convertido gracias a Europa. ¿En serio soy yo la retorcida? Háztelo mirar, Beatriz.

Beatriz se levanta y sin decir nada coge su chaqueta y bolso y sale del restaurante.

—Ay, Elvi, te has pasado… —Almudena.

—¿Yo? ¿Por qué siempre soy yo la mala?

—No eres la mala, pero tienes esa forma de hablar que… Anda, vete a buscarla.

—¡No voy a ir!

—¿Todo bien por aquí? ¿Más vino? —El camarero de nuevo ante la mesa.

—No, está todo bien, gracias —responde Almudena.

—¿Suficiente ajo, señora?

—Si lo que pretendes es un genocidio felino, lo estás consiguiendo.

Una vez más Almudena intercede y se quedan solas. Elvira la mira y sonríe, admira con envidia lo buena persona que es. Le pide que le cuente sobre su nuevo novio, cómo se llama, le pregunta.

—Luisfer, ya te lo he dicho.

—¿Cuándo me lo has dicho?

—No importa. ¿Quieres un poco de ensalada?

—No, ¿y tú gulas?

—No me gusta el ajo.

—Ya. ¿Tú crees que volverá?

—¿Beatriz?

—Sí.

—No.