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Emociones abstractas por Agnes Cecile |
Esta pandemia no está siendo nada fácil, no nos vamos a
engañar, pero lo que más duro me está resultando es fingir que echo de menos a
la gente.
—Ay, Elvi, ni te imaginas las ganas que tengo de
abrazarte —me decía alguien por teléfono.
—Sí, y yo, y yo, y yo…
Mi sistema límbico nunca había funcionado acorde a lo
establecido.
—Cuando todo esto termine vamos a organizar una gran cena,
¡todos juntos, bien juntos! —me decía otro alguien por teléfono.
—Sí, sí, juntos, juntos…
No le daba demasiadas vueltas, había nacido sin la
amígdala cerebral. La incapacidad absoluta de sentir empatía por alguien que
aseguraba echarme de menos era cuanto menos curiosa.
Cuidado, por favor, no equivoquemos el mensaje: quiero a
la gente, quiero mucho, muchísimo a la gente, pero no tengo ninguna necesidad
de verla. Y la pandemia me brinda la oportunidad de
relacionarme, aparentemente normal, con la sociedad. Y esta es para mí la tan
codiciada normalidad de la que la
gente no para de hablar.
Cuando me di cuenta de que hacía algo más de año y medio
que no veía a mi hermano y de que ninguno de los dos lo acusábamos, entendí que
mi malformación cerebral era una cuestión genética.
—¿Me has llamado? —dije por teléfono tras ver dos
llamadas perdidas de mi hermano.
—Sí, esta mañana.
—¿Dos veces? ¿Me has llamados dos veces?
—Sí, te digo que he sido yo.
—¿Y eso? ¿Se ha muerto papá?
—No, no se ha muerto papá.
—¿Seguro? ¿No se ha muerto?
—No, no se ha muerto.
—Ya. Vale.
—Te llamé hace mes y medio y no me cogiste el teléfono
así que…
—Ah, pensaste que la que se había muerto era yo.
—No, no he pensado eso.
—¿Por qué no? Podría estar muerta.
—Sí, podrías pero nos hubiera avisado Joan.
—Sí, es cierto. Ya. ¿Y todo bien?
—Sí, todo bien. ¿Tú?
—¿Yo?
—Sí, tú, ¿todo bien?
—Sí, todo bien.
—Vale, pues a ver si nos vemos pronto.
—Sí, a ver, pero con la pandemia es muy difícil.
—Sí, es muy difícil. Oye, y Feliz Navidad por si no hablamos
la próxima semana.
—Ah, vale, sí, eso, Feliz Navidad.
Mi hermano era un pilar fundamental en mi vida. Saber que
estaba vivo y saber que estaba bien era esencial para mí, pero no necesitaba
nada más y, aunque nunca me lo hubiera dicho, intuía que era algo recíproco. Y
con esto aclaro que mi hermano es solo un ejemplo del conglomerado social que configura
mi vida. Desde hace casi un año estoy exultante de tener a todos mis seres
queridos lejos. La pandemia había materializado las idílicas relaciones
sociales con las que tanto había soñado durante toda mi existencia. Te quiero
pero no te acerques.
—¡La vacuna ya está aquí! —gritó Joan desde el salón.
Salí de la cocina.
—¿A qué te refieres? —pregunté, Joan no apartaba la vista
del televisor.
—A que en 6 meses más del 70% estaremos vacunados y todo
volverá a ser como antes, volveremos a la normalidad.
—¿A qué normalidad…?
Sentí cómo la parte vacía de mi cerebro, la interna del lóbulo temporal medial, se agitaba con fuerza y solo me calmó figurarme a mi hermano en la misma situación.
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