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| La siesta de Alicia de Carmen Mansilla |
—Señoras,
¿bien?, ¿todo bien?, ¿sí?, ¿recojo esto? —Las dos asentimos sonrientes—. Vale,
vale, vamos a cerrar, ¿sí? Aquí dejo yo la cuenta —y el joven depositó sobre la
mesa un pequeñito baúl de madera. Lo abrí y le dije a Olivia que pagaría yo,
que era el beneficio de venir de visita a mi tierra. Le devolví al camarero el
baúl con mi tarjeta de crédito.
—Pensaba
que eras de Bilbao —dijo Olivia riéndose.
—Tú lo
has dicho: lo era. Poco me queda allí, por no decir nada.
Sostuvimos
la mirada con una frágil sonrisa. No eran muchas las personas con las que podía
entenderme sin hablar: Joan, Almudena y a veces, depende del día, Enrique. La
llamaba Olivia “Reliquia”. La conocí hace 16 años, en mi primer trabajo en Madrid,
una escuela de idiomas en la que explotaban a sus profesoras sin contrato, ingresándonos
una cantidad irrisoria mensualmente y pagándonos el resto metido en un sobre.
De la misma manera actuaban cuando formabas parte del tribunal examinador del
DELE, al día siguiente te preguntaban las horas trabajadas, después Ramiro, el
gestor, metía 12€ por cada una de ellas en un sobre amarillo sin cerrar y te
pedía que lo contaras, lo hacías, salías de su despacho y entraba la siguiente.
Hoy en día las cosas no han cambiado, hace muchos años que no soy examinadora
del DELE en España porque el Instituto Cervantes prefiere mirar para otro lado,
si no lo hiciera, tendría que cerrar todos sus centros asociados y eso
económicamente no compensa. Maltratar laboralmente a las profesoras de español
les sale más rentable. Olivia “Reliquia” y yo duramos cuatro meses en esa
situación, denunciamos, nos echaron, ella regresó a Salamanca y yo entré en el
circuito de la docencia universitaria donde las cosas no terminan de ser
mejores, pero en otros términos. Hacemos por vernos, una vez cada dos o tres
años. Aunque reconozco tener facilidad para olvidarme de la gente, con ella me
esfuerzo y le insisto cada cierto tiempo en que debemos reencontrarnos, no soy tan
idiota como para perder a una mujer así, no invertir en cabalidad es
perder tu tiempo social.
El
camarero regresó y volvió a depositar el baúl en la mesa. Lo abrí, saqué mi
tarjeta y dejé la copia del recibo dentro. Miré a Olivia y las dos nos
levantamos a la vez. Nos despedimos de los camareros y el más mayor, con un
fuerte acento senegalés, insistió en que nos lleváramos las sobras que ya había
preparado en dos bolsitas de plástico. Acelerado salió de detrás de la barra y
nos dio una a cada una. Mañana vais a tener hambre, nos dijo. Nos reímos
agradecidas, era muy cierto, mañana tendríamos hambre.
Tomamos la
calle Mesón de Paredes dirección Tirso de Molina. A pesar de ser casi medianoche,
Lavapiés seguía igual de bullicioso que a mediodía. Agarré del brazo a Olivia y
me apreté contra ella, hacía frío.
Pasamos
por una cafetería que anunciaban brunch a 56€ de martes a viernes y 64€
el finde semana. Nos paramos frente a su pequeño y delicado escaparate dándonos
cuenta de que había otra muy similar en Fuencarral, otra en Pez, otra en
Embajadores, otra en Noviciado, otras dos cerca de Quevedo y tres en la calle
de la Palma. Y mil más que no supimos ubicar, pero que inundaban el nuevo
Madrid de matcha y tostadas de aguacate. Un centro de ciudad regalado
a turistas consumistas y carentes de criterio. Emprendimos de nuevo la marcha y
hablamos del triste cierre de Tipos Infames y de una capital abocada al vacío
cultural. Hablamos de que la conciencia de mi gato Tomás nada tenía que envidiar
a la del perro de Augusto Pérez. Hablamos de los muñecos de Jacinto Grau y del
suicidio colectivo en Numancia a través de Cervantes en pleno Concilio de
Trento. Hablamos de los que siguen las normas, de los que no y de los que fingen
hacerlo ridiculizando a quienes las impusieron. Hablamos de la culpa que supone
admitir querer más a tu hija menor que a la mayor. Decidimos llegar hasta Callao,
así que seguimos hablando y hablamos de lo conservador y clasista que era
Bilbao, de lo habitual de confundir privilegios con derechos. Hablamos del circo en las
universidades privadas, donde la profesionalidad y la cualificación eran
ignoradas mientras que el mamoneo y pasillismo se premiaban. Hablamos de la
sequedad de la piel con la perimenopausia. Hablamos del alto precio de los
libros con un único beneficiario: las distribuidoras. Hablamos de la ruidosa
mediocridad de David Uclés y la silenciosa brillantez de Nuria Bendicho. Y
llegamos a Callao, por lo que pensamos avanzar hasta San Bernardo, así que
seguimos hablando y hablamos de los amantes de nuestras madres y de los
nuestros propios. Hablamos del todavía machismo imperante en los hombres de
nuestra generación que seguían viendo a la mujer como débil elemento elegible y
no con poder de elección. Hablamos del cansancio psíquico constante, de la
soledad de una ceguera imparable e incomprensible a ojos del resto. Hablamos del frío en Salamanca, no solo en invierno. Hablamos de mi último viaje
a China y del próximo en unos meses, hablamos de su Yan Lianke y de su Yu Hua frente
al analfabetismo de Estados Unidos. Hablamos del suicidio como elección
soberana y no como acto enajenado. Hablamos de nosotras, de vernos más, de
seguir reconstruyendo un mundo al que parece que no perteneciéramos, de promesas
que sabíamos que se quedarían en la boca del metro.
Olivia
pasó la tarjeta por el torno de la estación y desde el otro lado me lanzó un
beso, la miré hasta que, al girar el pasillo, mi reliquia desapareció.

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