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| Painting (1946). Francis Bacon |
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| Painting (1946). Francis Bacon |
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| The Exorcist de William Friedkin (1973) |
—¿Elvira
Rebollo? —preguntó una mujer corpulenta de unos sesenta y pocos años. Con la
cabeza ladeada me apuntaba con el dedo—. ¿Elvira? —repitió. Asentí y dejó
entonces su bolso sobre la mesa de la sala de profesores.
Era
finales de junio y en un par de días empezaría a impartir un curso monográfico
de cuatro semanas sobre teatro español del primer tercio del siglo XX. Lo más
atractivo de la propuesta era que la universidad que me había contratado estaba
a poco más de doscientos kilómetros de Madrid. Tenía treinta y cuatro días para
oxigenarme de la capital, me lo iba a tomar como un divertido Summer Camp.
La mujer
se sentó a mi lado y llevándose la mano al pecho dijo su nombre.
—Encantada,
Alicia —respondí.
Se succionó
los mofletes y a cámara lenta sacó la lengua como si estuviera relamiendo miel
de su labio inferior.
—Elvira,
voy a ser muy clara: a mí esa sonrisita irónica después de tu último email no.
Si mis
pestañas fueran molinos de viento, todo el país tendría suministro eléctrico.
—Perdona,
no te enti…
—No, no,
no, Elvira, no, por favor, ya somos mayorcitas, creo que sabes perfectamente a
qué me refiero. —Apoyó los codos en la mesa y sobre sus manos el mentón—. Que
compartamos asignatura no significa que me prohíbas hacer modificaciones en el Syllabus.
—¡Ah! —Solté
una carcajada buscando cierta comicidad, pero ella mantuvo la estática mirada—.
No, en mi email, no prohíbo nada, solo pido que antes de realizar cualquier
cambio en el programa, por favor, me avises. Has eliminado a Jacinto Grau y a Azorín
que eran dos autores fundamentales en mi temario. No es un problema, pero lo
podríamos haber discutido. Además, considero que los cambios nos afectan a las
dos, así que mejor comunicarlo previamente, debatirlo y, después de llegar a un
acuerdo, modificar el Syllabus.
Levantó
la barbilla de las manos, y tomando cierta perspectiva visual, me preguntó:
—¿A ti lo
que te molesta es la gente proactiva? Porque yo lo soy y mucho.
—En
absoluto, de hecho, opino que puede ser una muy buena idea adelantarse a hacer ciertos
cambios, pero es mejor estar informadas de todo con anterioridad.
Impartimos la misma asignatura, nos guste o no hay que hablar para coordinarse. Y, por supuesto, se habla antes de la toma de cualquier decisión.
Inspiró
fuertemente por la nariz cerrando los ojos.
—Mira,
Elvira, creo que he tenido mucha paciencia contigo. Me consta que la jefa de
estudios te envió el programa en mayo y no has movido un dedo en todo este tiempo, ¡no
sé ni si te lo leíste! Sin embargo, ahora me vienes con que mis propuestas no se
ajustan a tus preferencias, vamos... ¡Pa’mear y no echar gota! Tú eres de las
que se quejan ¿verdad?, de las que no hacen nada, pero exigen mucho, ¿no?, de
las que piden, piden y piden buscándole las cosquillas a todo.
—Perdona,
Alicia —me eché hacia atrás con los brazos cruzados y continué—, no te voy a
consentir ese tono. Se trata de un desacuerdo en el temario, nada más, es algo
sencillo de solucionar. Conque queda fuera de lugar cualquier valoración despectiva
sobre mi persona. Espero haber sido clara.
—Pero ¿quién
te crees que eres? ¡Que no me va a consentir, dice! ¡¿Cuándo te he faltado yo a
ti el respeto?! —Del grito, una profesora sentada al fondo de la mesa levantó
la cabeza y nos observó sin demasiada preocupación—. La que ha empezado con un tonito provocador has sido tú, para ahora hacerte la víctima. La guerra que nos vas a
dar, hija, porque si con todo eres tan sentida y le pones tanta carga emocional, no vamos a llegar muy lejos. ¡Bendita paciencia! Está claro que lo de solucionar problemas no es lo tuyo, ¡es provocarlos! —Giró la cabeza y dirigiéndose
a la mujer—: ¡Laura, que nos está pidiendo respeto! ¡Encima que le hacemos el
trabajo…! —Regan MacNeil se contorsionó de nuevo hacia mí—. ¡Los primeros comentarios
irrespetuosos han venido de ti! Y demasiado me estoy conteniendo para no convertir esto en una escalada de reproches sin fin.
Apreté
los labios y me alisé las cejas recitando mentalmente las estaciones de metro de la línea
5: …Oporto, Urgel, Marqués de Vadillo, Pirámides, Puerta Toledo, La Latina,
Ópera…
—Escúchame bien, Elvira, que mi especialidad sea los autores de finales de tercio no significa que no esté interesada en impartir a Jacinto Grau, pero si lo
hiciéramos, ¿cuántos estudiantes se matricularían? ¿A quién le interesa hoy en
día el teatro de Grau? Debes ser realista y no tan ingenua. Nuestros
estudiantes tienen cero intereses por este autor. Es más, si me garantizas
veinticinco matrículas, incorporamos a Grau de nuevo, ¿me las garantizas?
…Quintana,
Pueblo Nuevo, Ciudad Lineal, Suanzes, Torre Arias…
—No,
claro que no me lo garantizas. Te tengo muy calada, a ti lo de trabajar te
gusta muy poco, que trabajen y propongan cambios los demás. —Se puso en pie y recogió su bolso, antes de colgárselo
al hombro añadió—: Ni las gracias has dado por trabajar en una universidad
como esta y con unas compañeras como nosotras, pero eso sí, luego pides respeto
¡desagradecida!
Tras de
mí oí cerrarse la puerta. Respiré contenida y bastante desorientada fingí
ordenar los papeles de la mesa.
—Tienes
todavía dos días —sentenció la mujer del fondo sin alzar la vista.
—¿Cómo?
—Que digo
—la levantó y me miró seria—, que todavía te quedan dos días para modificar el Syllabus.
Si quieres a Azorín y a Grau de vuelta en el programa, vete a la tercera puerta de este pasillo, comunícaselo
a Rosamari, la secretaria del departamento, y el cambio será automático.
—No sé… Buff... ¿Y Alicia?, no sé... —balbuceó mi desconcierto.
—Ya,
Alicia. ¿No conoces el dicho más popular de esta universidad? —Negué con la
cabeza. La mujer sonrió y dijo—: “Aquí quien no corre es proactivo”.
Bienvenida a la familia, Elvira.
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| Noche de luna de Ilya Repin (1896) |
Dicen que
digo que dices que el mal es solo mío.
Hoy tu
cruz preside la mesa
de la que
hace años me levanté.
Jamás me
llevé el guiso reservado a Esaú
ni limpié
el surco ocre que todos vimos
y solo yo
señalé.
Dicen que
digo que dices que la oscuridad es merecida.
Ayer tu
alma quemaba la mía con agua bendita,
mientras tu
ciega mirada contaba los pasos que el tiempo daba.
Atada a
un muro de papel blanco
escribí colores
y pinté palabras
para
poder cortar la cuerda de abrojos
y
desaparecer entre las leyes de mis tablas.
Así,
indómita, digo que dices que dicen que el aire borrará mi sombra,
esa que hace
días sonríe ante tu losa.
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| La siesta de Alicia de Carmen Mansilla |
—Señoras,
¿bien?, ¿todo bien?, ¿sí?, ¿recojo esto? —Las dos asentimos sonrientes—. Vale,
vale, vamos a cerrar, ¿sí? Aquí dejo yo la cuenta —y el joven depositó sobre la
mesa un pequeñito baúl de madera. Lo abrí y le dije a Olivia que pagaría yo,
que era el beneficio de venir de visita a mi tierra. Le devolví al camarero el
baúl con mi tarjeta de crédito.
—Pensaba
que eras de Bilbao —dijo Olivia riéndose.
—Tú lo
has dicho: lo era. Poco me queda allí, por no decir nada.
Sostuvimos
la mirada con una frágil sonrisa. No eran muchas las personas con las que podía
entenderme sin hablar: Joan, Almudena y a veces, depende del día, Enrique. La
llamaba Olivia “Reliquia”. La conocí hace 16 años, en mi primer trabajo en Madrid,
una escuela de idiomas en la que explotaban a sus profesoras sin contrato, ingresándonos
una cantidad irrisoria mensualmente y pagándonos el resto metido en un sobre.
De la misma manera actuaban cuando formabas parte del tribunal examinador del
DELE, al día siguiente te preguntaban las horas trabajadas, después Ramiro, el
gestor, metía 12€ por cada una de ellas en un sobre amarillo sin cerrar y te
pedía que lo contaras, lo hacías, salías de su despacho y entraba la siguiente.
Hoy en día las cosas no han cambiado, hace muchos años que no soy examinadora
del DELE en España porque el Instituto Cervantes prefiere mirar para otro lado,
si no lo hiciera, tendría que cerrar todos sus centros asociados y eso
económicamente no compensa. Maltratar laboralmente a las profesoras de español
les sale más rentable. Olivia “Reliquia” y yo duramos cuatro meses en esa
situación, denunciamos, nos echaron, ella regresó a Salamanca y yo entré en el
circuito de la docencia universitaria donde las cosas no terminan de ser
mejores, pero en otros términos. Hacemos por vernos, una vez cada dos o tres
años. Aunque reconozco tener facilidad para olvidarme de la gente, con ella me
esfuerzo y le insisto cada cierto tiempo en que debemos reencontrarnos, no soy tan
idiota como para perder a una mujer así, no invertir en cabalidad es
perder tu tiempo social.
El
camarero regresó y volvió a depositar el baúl en la mesa. Lo abrí, saqué mi
tarjeta y dejé la copia del recibo dentro. Miré a Olivia y las dos nos
levantamos a la vez. Nos despedimos de los camareros y el más mayor, con un
fuerte acento senegalés, insistió en que nos lleváramos las sobras que ya había
preparado en dos bolsitas de plástico. Acelerado salió de detrás de la barra y
nos dio una a cada una. Mañana vais a tener hambre, nos dijo. Nos reímos
agradecidas, era muy cierto, mañana tendríamos hambre.
Tomamos la
calle Mesón de Paredes dirección Tirso de Molina. A pesar de ser casi medianoche,
Lavapiés seguía igual de bullicioso que a mediodía. Agarré del brazo a Olivia y
me apreté contra ella, hacía frío.
Pasamos
por una cafetería que anunciaban brunch a 56€ de martes a viernes y 64€
el finde semana. Nos paramos frente a su pequeño y delicado escaparate dándonos
cuenta de que había otra muy similar en Fuencarral, otra en Pez, otra en
Embajadores, otra en Noviciado, otras dos cerca de Quevedo y tres en la calle
de la Palma. Y mil más que no supimos ubicar, pero que inundaban el nuevo
Madrid de matcha y tostadas de aguacate. Un centro de ciudad regalado
a turistas consumistas y carentes de criterio. Emprendimos de nuevo la marcha y
hablamos del triste cierre de Tipos Infames y de una capital abocada al vacío
cultural. Hablamos de que la conciencia de mi gato Tomás nada tenía que envidiar
a la del perro de Augusto Pérez. Hablamos de los muñecos de Jacinto Grau y del
suicidio colectivo en Numancia a través de Cervantes en pleno Concilio de
Trento. Hablamos de los que siguen las normas, de los que no y de los que fingen
hacerlo ridiculizando a quienes las impusieron. Hablamos de la culpa que supone
admitir querer más a tu hija menor que a la mayor. Decidimos llegar hasta Callao,
así que seguimos hablando y hablamos de lo conservador y clasista que era
Bilbao, de lo habitual de confundir privilegios con derechos. Hablamos del circo en las
universidades privadas, donde la profesionalidad y la cualificación eran
ignoradas mientras que el mamoneo y pasillismo se premiaban. Hablamos de la
sequedad de la piel con la perimenopausia. Hablamos del alto precio de los
libros con un único beneficiario: las distribuidoras. Hablamos de la ruidosa
mediocridad de David Uclés y la silenciosa brillantez de Nuria Bendicho. Y
llegamos a Callao, por lo que pensamos avanzar hasta San Bernardo, así que
seguimos hablando y hablamos de los amantes de nuestras madres y de los
nuestros propios. Hablamos del todavía machismo imperante en los hombres de
nuestra generación que seguían viendo a la mujer como débil elemento elegible y
no con poder de elección. Hablamos del cansancio psíquico constante, de la
soledad de una ceguera imparable e incomprensible a ojos del resto. Hablamos del frío en Salamanca, no solo en invierno. Hablamos de mi último viaje
a China y del próximo en unos meses, hablamos de su Yan Lianke y de su Yu Hua frente
al analfabetismo de Estados Unidos. Hablamos del suicidio como elección
soberana y no como acto enajenado. Hablamos de nosotras, de vernos más, de
seguir reconstruyendo un mundo al que parece que no perteneciéramos, de promesas
que sabíamos que se quedarían en la boca del metro.
Olivia
pasó la tarjeta por el torno de la estación y desde el otro lado me lanzó un
beso, la miré hasta que, al girar el pasillo, mi reliquia desapareció.