viernes, diciembre 26

Mi querida China

No sé el tiempo que pasó, ni si había podido dormir algo o no, cuando de repente oí los cascabelitos de la puerta de la entrada. Me los había regalado Li Ni, para protegerme de los malos espíritus. Si los oía a media noche sonar significaba que los muertos habían entrado en casa y lo único que podía hacer, para protegerme, era no abrir los ojos. Bien, eran las tres de la tarde, y se me había olvidado preguntar a Li Ni si los muertos hacían visitas durante la siesta. Me quedé inmóvil pensando en si levantarme o no, por si acaso lo pensaba con los ojos cerrados, no fuéramos a tener un disgusto. Al oír un martillazo en la cocina decidí salir a ver, porque o era un muerto muy enfadado o un vivo que estaba destrozando mi cocina. En el hall comprobé que la puerta de casa estaba abierta de par en par. Sin dar un paso más, alargué el cuello hasta poder ver el interior de la cocina. Sí, había un hombre de cuclillas frente a los fuegos de gas.
Ni hao… —dije tímidamente intentando llamar su atención.
Quizá el primer año hubiera salido corriendo pero ya llevaba tres viviendo en China, y estaba más que acostumbrada a que los chinos entraran en mi apartamento sin pedir permiso y, sin mediar palabra, se pusieran a arreglar o cambiar algo de la casa.
Ey! Ni hao, ni hao!! Wo lái xiu ye hua qi.
Hao —dije entrando en la cocina buscando el calorcito del radiador.
El señor en cuestión era parte del personal de mantenimiento del edificio. El equipo lo formaban tres, la verdad es que eran muy, muy parecidos pero éste era el más joven y delgadito. Los tres llevaban pantalones de pinza negros, chaqueta y mocasines, y portaban un destornillador. Sí, nada más que un destornillador, así, en la mano, como el pica hielos de Sharon Stone pero en destornillador. No sé cómo se las arreglaban pero con él hacían todo el trabajo, fuera lo que fuese: chin chun chin y… ¡lámpara arreglada!, ¡tubería fijada!, ¡Internet conectado!, ¡baldosa pegada!, ¡ventanas tapiadas! Sí, esto último no es una exageración, cierto como la vida misma. Un día bajé a recepción quejándome del frío que entraba por los balcones. Tenía dos, uno en la habitación y otro en el salón. Prometieron hacer algo al respecto. Dicho y hecho. Al día siguiente llegó uno de los tres chinos con su traje, sus mocasines y su destornillador en la mano y me pidió que saliera por unas horas porque igual me molestaba el ruido. Uy, qué amable y considerado. Así que despreocupada me fui a tomar un largo café a una de esas cafeterías japonesas tan lujosas. Al volver me encontré con una masa de ladrillos tapando ambas puertas de los balcones. Fui a recepción encolerizada, pero ellos me tranquilizaron asegurándome que aquella obra de arte estaba sin terminar, todavía faltaba pintar pero antes debía secarse. Vaya, ¿gracias?
Sentí como el joven de mantenimiento se desviaba de su trabajo para mirarme atónito las piernas. Nuevamente digo que si fuera mi primer año en China pensaría que aquel hombre era un auténtico pervertido pero al ser el tercero podía asegurar que el pobre estaba perplejo ante tantos pelos. Y es que las chinas eran esos angelitos sin vello que tanto envidiábamos las occidentales.
—Pelos —le dije mientras yo misma me los miraba—. Antes me depilaba por lo menos una vez al mes, pero… desde que estoy en China sólo cuando viene mi novio.
El hombre me miraba sonriente sin entender una sola palabra pero parecía agradecido de que quisiera mantener conversación. Mientras me oía volvió a meter mano en el conducto de gas ayudado de su destornillador.
—Pues sí, es francés, mi novio, digo, es francés, faguórén, ¿eh? —y se lo volví a repetir más alto y despacio—, fran-cés, fa guó rén, ¿sí?
Hao, hao —me contestó sonriéndome divertido.
—Pues ya ve qué situación ¿no? Yo aquí Zhongguó y él allá, en Lyón. No es fácil, no. Pero lo que siempre digo, ¡oye!, ¡que puede ser mucho peor!
—¿Elvira...?
—Uy, loca, ¿cómo has entrado?
Frente a la puerta de la cocina estaba Feng Min mirándome alucinada. Feng Min también era profesora de español en la Universidad de Dalian, pero nunca pude tratarla como a una colega sino como a una hermana.
—La puerta estaba abierta, ¿qué haces con este señor? —me dijo.
—¡Ah! Es el de mantenimiento, ha venido a arreglar el gas, estábamos hablando.
—¡¿Hablando?! ¡¿En español?! —alargó la mano para invitarme a salir de la cocina y cambió su preocupante tono por uno muy cariñoso—. Ay, pobrecita, creo que pasas demasiado tiempo sola, ¿verdad?
Cogida de la mano me llevó hasta el salón y como a una niña pequeña me sentó en el sillón, me miraba preocupada.
—Feng Min, no estoy loca.
Ella ladeó la cabeza con duda.
—No, loca no, pero tan sola… ¿verdad? —me dijo cogiéndome las dos manos entre las suyas.
—Pues sí, y más si mi única amiga deja de hablarme durante una semana.
Por pequeños desacuerdos metodológicos en la enseñanza, habíamos dejado de hablarnos durante siete largos días.
—¡Oh!, ¿yo?, ¡¿yooo?! —empezó el teatro: se llevo las manos al pecho y abrió sus dos ojitos como platos, mientras gesticulaba con la boca sin terminar de decidirse por pronunciar ninguna palabra. Era como estar viendo a un personaje de la ópera de Pekín—. ¡Tú eres la que no me habla! —terminó por decir.
La miré con expresión tranquila y sonriendo. Cuando interpretaba al personaje de ofendida sabía que se sentía culpable y de algún modo quería solucionar aquello sin caer en cursis frases de perdón. Así que tomé un atajo.
—Bien, pues yo ya te hablo.
—Ah… y yo… ­—me dijo un tanto sorprendida.
—Vale.
Hao.
—¿Y?
—¿Y qué?
—Has venido a mi casa para…
—¡Aaaaaaaaaaaaaaaaaah! ¡Sí, sí, sí, sí! —Feng Min parecía excitadísima de repente, cambió de registro por completo y empezó a comportarse tan risueña como siempre—. Es que... ¡No sabes, no sabes, no sabes, no sabes! ¿no?
—Pues no… ni la menor idea.
—Te lo voy a decir ¿vale? —se retiró su larga melena negra hacia atrás y me miró llena de ilusión—. ¡Li Ni se casa!
Las dos de un golpe nos pusimos de pie, y empezamos a gritar dando saltitos como tontas cogidas de las manos por todo el salón. Después nos entró la risa y nos agachamos de cuclillas sujetándonos sendas barrigas para no estallar.
El hombre de mantenimiento entró en la sala y mirándonos, como si fuéramos dos setas crecidas en la moqueta, dijo algo.
—¿Qué ha dicho? —pregunté cogiendo un poquito de aire.
Feng Min me hizo un gesto de despreocupación con la mano y empezó a reírse.
—Bah… nada, que duermas con las ventanas abiertas porque todavía se escapa un poquito de gas.
Me desplomé panza arriba en el suelo completamente muerta de risa. China, mi querida China.

domingo, diciembre 14

Diálogo congelado

Enfundé el portátil en la mochila. Metí un yogur bebible y un plátano en el bolso. Guardé las llaves del despacho en el bolsillo del abrigo, para tenerlas a mano nada más llegar, y cerré la puerta de casa. ¡Ay, mierda!, ¡las llaves del coche! Volví a abrir la puerta haciendo malabarismos con la mochila y el plátano saliéndose del pequeño bolso. Entré en casa de nuevo y busqué con la vista las llaves. Repasé todas las superficies y nada. A ver, piensa, ¿dónde las has puesto? Rápido porque en menos de 40 minutos tus alumnos pretenden hacer un examen. Recordé mis últimos movimientos antes de salir de casa, lo que me llevó al baño y nada, a la habitación y nada, a la cocina y nada, ¡espera!, si has cogido el yogur quizá… Abrí la nevera y allí estaban las pobres, muertitas de frío, junto a los yogures y el tuper de pavo. Me miraban con cara de por qué nos haces esto si siempre nos pillas a mano cuando nos necesitas. Las cogí y me disculpé.
—Lo siento, chicas.
—Bueno, mientras no nos tires al retrete.
Nuevamente me equipé con todos los bártulos y salí de casa.
Estaba todo nevado. Bajé las escaleras del porche con cuidado, sería muy mío en aquellas condiciones bajarlas de culo, y no tenía ninguna gana. Me sujeté a la barandilla granate, vaya, se está descascarillando, pensé. Qué desastre, nuestro palacio se desmoronaba otra vez.
Frente al coche, metí la llave en la puerta y la giré. Tiré para abrirla pero aquello no se movía. A ver, otra vez. Nada. ¿Qué estaba pasando, habían intentado robarme? Me agaché y puse mis narices a la altura de la cerradura pero… si... ¡está congeladaaaaaaaaa!!!
El hielo había hecho efecto Loctite. La puerta estaba lapada al coche por una transparente masa fría.
¡¿Qué hago?! Empuñando las llaves en la mano, con el bolso de bandolera, la mochila en el antebrazo y dando saltitos para evitar caerme en la nieve, fui corriendo hasta la puerta del copiloto. ¡Congelada, también! Miré mi reloj, faltaban treinta minutos para el examen.
Vale, tranquilidad, pide ayuda, me dije. ¡¿A quién?¡, me respondí nerviosa. ¡No sé, mujer, pues… a Fred o a cualquiera, vives en un barrio residencial lleno de casas!, me grité intentando hacerme reaccionar. Seguí mi propio consejo, así que me coloqué en mitad de la estrecha carretera. Porque estaba todo nevado que si no hubiese dicho que era un desierto. Nunca había nadie por la calle. Era el pueblo fantasma.
Dando saltitos y cargada con mis cosas como un árbol de navidad, volví al coche. En un acto de desesperación intenté hacer la cosa más estúpida jamás pensada. Como si de un soplete me tratara, empecé a echar mi aliento a propulsión alrededor de la puerta.
—Buenos días.
Me erguí rápidamente y sin darme la vuelta le devolví los buenos días a ese alguien que pasaba por ahí. Estaba completamente abochornada.
—Mañana de frío tenemos hoy, ¿eh?
—Vaya… ya te digo —dije tiesa como un palo y con la mirada fija en el más allá.
Oí sus pasos alejarse y me relajé.

Es que eres tonta de remate, me increpé, ¿por qué no le has pedido ayuda? ¡Porque me ha visto echar estúpidamente el aliento a la puerta congelada de mi coche!, me contesté con rabia. Pues eso, más tonta y no naces. La lista, la que todo lo sabe, a ver, pues, ¿qué harías tú? Bueno, ya, chicas, dejad de discutir. ¿Quién ha dicho eso?, me pregunté asustada. Yo no, me respondí. Aquí hay tres voces y sé que dos son mías pero la tercera me sobra. ¿Quién está ahí?, me volví a preguntar. ¡Hey, soy yo!, la narradora. Uy… por si éramos pocos parió la abuela. Bueno, un poquito de respeto, ¿no? que como buena narradora debo poner orden en los diálogos y esto se nos está desmadrando. Pero ¿y ésta quién es?, me volví a preguntar sin enterarme de mucho. Mujer, ésta es la que va de escritora, la pobre… escribe como el culo pero nadie se lo dice y claro… se emociona, y ¡hala!, venga cuentos y tú y yo, vamos, quiero decir, yo y yo a pringarla. Chicas, os estoy oyendo, os recuerdo que soy narradora omnipresente. Ni caso, que ahora empezará con su rollo de soy como dios: creadora de mis personajes, déjala con su ego, tú dale al aliento que en menos de 20 minutos tienes examen y la puerta sigue congelada, dale, dale.
—¿Estás bien?
Estoy escuchando una cuarta voz, os lo juro, ¡soy cuadripolar!
—Princesa, ¿estás bien? —volvió a repetir la cuarta voz.
Me di la vuelta con entusiasmo, sabía que estaba salvada.
—¡Fred! Oh, menos mal. Mira cómo está el coche y en quince minutos tengo que hacerles un examen a mis alumnos y no llego, no llego, no llego...
Creo que pude trasmitir el dramatismo suficiente para que añadiese inmediatamente:
—Pues te llevo yo, vamos, princesa, sube a la camioneta.
Me monté con todos mis trastos. Fred arrancó.
—¿Con quién hablabas?
—¿Qué…? —respondí intentando evadir la pregunta.
—Cuando te he encontrado estabas hablando sola.
—Ah… ¡eso!, ¡ja, ja, ja! —forcé una falsa carcajada—, no, lo que pasa es que a veces hablo con mis personajes, cuando me encuentro con situaciones que pueden ser relatadas pues empiezo a crear un cuento —así, sin más, lo dejé caer.
—Ya… —dijo Fred absolutamente incrédulo.
Continuamos el camino sin hablar hasta llegar a la puerta principal del viejo edificio de la universidad.
—Oye, princesa, a las cinco ya se hace de noche y no quiero que andes sola por ahí, así que antes de salir llámame que te vengo a buscar.
—¡Oh, gracias, Fred! —agradecí su detalle mientras me bajaba de la camioneta.
—Y oye… —titubeó antes de empezar— y… ¿yo soy personaje de alguno de tus cuentos…?
—Tú eres el rey de mi palacio, Fred, y ¿sabes…? —continué ilusionada—, tenemos una barandilla granate en nuestro porche…
—¿Granate? —preguntó asombrado.
—Granate… —contesté.
Le dije adiós con la mano mientras le sonreía y cerré la puerta de su camioneta.

miércoles, diciembre 10

La culpa fue del café

Me acerqué hasta la cafetería de la biblioteca y pedí un expreso doble para llevar. Miré con envidia a la gente sentada en las mesas, me encantaría tomármelo allí pero todavía tenía que preparar las clases de mañana y me apetecía terminar pronto y marcharme a casa.
Un café para llevar —repitió la camarera imitando mi acento— me encanta tu acento, cariño, ¿de dónde eres?
—De España.
—Te lo dije, Jeannie —la camarera se dio la vuelta y golpeó el hombro de su compañera—, que turca no podía ser porque es muy bajita.
¿Turca? ¿No podía ser turca porque me faltaban centímetros?
Jeannie me miró y ladeó la cabeza.
—Bien… pero el pelo y sus ojos son de turca, pero sí, vale, cierto… demasiado baja.
—Es que su novio es turco, ¿sabes, cariño?, y ahora ve escrito Turquía en la frente de cualquiera.
—Ya… —¿y porque su novio fuera turco me tenían que llamar enana a la cara?
—¿Y el tuyo? —me preguntó Jeannie con la cabeza todavía ladeada.
—Mi, ¿qué? —respondí confusa.
—Tu novio, cariño ¿de dónde es? —repitió la pregunta la primera camarera sin nombre.
No se conformaban con recordarme que no llegaba al metro cincuenta y tres de altura, ahora metían el dedo en la llaga de mi soltería.
—De Pakistán —contesté creyendo haber anotado un tanto a mi favor.
—¿Pakistán? —dijeron ambas camareras mirándose con asombro.
—De Pakistán… pues allí tampoco son muy altos —sentenció Jeannie.
Decidí pagar mi café y marcharme lo antes posible. Cuando salía por la puerta, un joven entraba de espaldas porque seguía despidiéndose de alguien que estaba fuera. Al voltearse me dio tal empujón que tiró mi café al suelo. Genial, estaba claro que aquél no era mi día.
—Jeannie, fregona en la puerta dos, la turca ha tirado el café —avisó sin entusiasmo la-sin-nombre.
—Oh, perdona, por favor, perdóname, no te había visto —se disculpó el joven.
—¡Ja, ja, ja! Es que es muy bajita —dijo Jeannie fregándome los pies.
El joven se rió y después añadió:
—Sí, baja y muy bonita.
Levanté la cabeza sorprendida.
—¿Mike...?
No lo había vuelto a ver desde aquel día en la lavandería.
—Hola, simpática —Mike me saludaba desde las alturas—. Venga, que te debo un café pero vayamos a otro sitio.
—Vaya… y yo que pensaba que los de Pakistán eran bajitos, mírale a éste, casi dos metros… —pude oír a Jeannie antes de que Mike me sacara de la cafetería.
—Elvira, la chica simpática de la lavandería… —dijo pensativo—. ¿Dónde te has metido desde entonces?
—Bueno, con el tema de las elecciones he estado muy liada —mentí.
—Vaya, pues para no ser americana y no poder votar sí que te ha absorbido el tema presidencial, ¿no?
Ups, tocada y hundida.
—Pues si te digo la verdad —continuó—, tenía muchas ganas de volverte a ver —su sinceridad y transparencia no dejaban de sorprenderme, era un verdadero encanto—. ¿Tienes algo importante que hacer ahora?
—Preparar las clases de mañana —contesté.
—He dicho importante… —recalcó Mike con una bonita sonrisa.
—Bueno… pues…prepar… —no me dejó terminar, me cogió de la mano y me llevó al aparcamiento.
—Pero ¿a dónde vamos? —pregunté.
—Te invito a la lavandería.
—¿Eh? —me reí—, pero si no tengo aquí mi ropa para lavar.
—No importa, te presto parte de la mía, la ropa sucia siempre me sobra.
Me encantó su ingenio.
A pesar de no conocerlo de casi nada, no me importó montarme sin más en su viejo coche. Su frescura y naturalidad al actuar me daban la confianza suficiente. Llegamos a la lavandería. Mike descargó un gran saco de ropa sucia y me cedió el paso al entrar en el establecimiento. Frente a la lavadora me preguntó:
—¿Qué prefieres: mi sexy ropa interior, vaqueros y camisetas, mi ropa de deporte o las sábanas?
—Mmm… las sábanas.
Mike colocó las sábanas en uno de los carritos con ruedas y el resto de su ropa en otro. Después me llevó al final del pasillo con mi carrito, me dio cuatro monedas de un cuarto de dólar y dibujó en el suelo una línea imaginaria con el talón de su pie.
—Vale, ésta es la salida, ¿sí?, cuando cuente tres, sale cada uno con su carrito y pone una lavadora, el primero que termine gana.
—¿Qué…?
—Uy, perdona, claro, te falta el jabón —Mike abrió el detergente líquido y echó un poco en el tapón, luego me lo dio—, con esto será suficiente, ¿sí?, ¿preparada?
—¿Qué…? —volví a preguntar alucinada.
—Uno…
Empecé a ponerme muy nerviosa.
—Dos…
¿Se suponía que tenía que salir corriendo? Pero ¿de dónde se había escapado este tío?
—¡TRES!
¡¡¡¿Tres?!!! ¡Ay madre!, Elvira, ¡corre, corre!, pero ¡corre más que con su metro noventa te saca medio pasillo de ventaja! Ay, el carrito que se te va para el otro lado. Esta lavadora, ¡no, no, no!, ésta no, que está sucia, a ver, ¡corre! venga, ésta, ¡sí!, ¿pero Mike ya está metiendo su ropa?, Elvira, ¡empújalo!, ¡empújalo!, ¡sí, eso!, con carrito incluido.
—¡Ey, tramposa, eso no vale! —gritó Mike riéndose desde el suelo.
¡Ahora! Aprovecha, mete las sábanas, ¡rápido, rápido!, ¡todo dentro de la lavadora! ¡Cuidado, a tu derecha!, ¡carrito asesino enviado por el enemigo! Ay madre, que no me da tiempo, que él ya está metiendo las monedas, ¡sí!, se le han caído dos monedas al suelo, ¡vamos!, ¡el carro, lánzaselo!, ¡toma carro! ¡Monedas-ranura-selección- lavar-blanco!, y…:
—¡YEEEEEEEEEES!!!! And the winner is: Súper Elvira Rebollo, ¡oe, oe, oe, oe, oe! ¡Elvira-ra-ra-ra!, ¡Elvira-ra-ra-ra! —yo sola me jaleaba encantada con los brazos en alto.
Mike me miraba muerto de la risa.
—¿Qué he ganado?, ¿qué he ganado?, ¿qué he ganado? —le pregunté desde abajo con una sonrisa gigantesca.
Mike se agachó y me pellizcó la nariz como a una niña pequeña. Sin dejar de sonreír me dijo que enfrente nos esperaba Logan con dos grandes tazas de café.
El café estuvo malísimo pero sus besos no…

miércoles, diciembre 3

La 64


—Perdón, perdón, perdón… —dije mientras entraba en la parte de atrás del coche.
—Tres minutos tarde, señorita —puntualizó Teresa mientras me ofrecía su mejilla desde el asiento del conductor, la besé.
—¡Eres una pesada, nena, una pesada!
—Oh, vamos, Margaret, Teresa dice que sólo han sido tres minutos.
—Teresa puede decir… Mira lo que puede decir —Margaret se colocó la mano en la boca y me lanzó una pedorreta. Teresa y yo reímos con ganas.
—Vale, ¿estamos todas?, pues hala, ¡en marcha!
Teresa dio el pistoletazo de salida. El viaje acababa de empezar. Las dos hermanas octogenarias me llevaban a Charleston a un concierto de la Orquesta Sinfónica de West Virginia.


Teresa era ex profesora de música en la misma universidad en la que yo daba clases, y hablando un día de esto y aquello no pudo creer cuando le dije tan frescamente que la música clásica no me gustaba. No entiendo, me espetó, no la entiendo, señorita, me quiere decir usted ¿a cuántos conciertos ha ido? ¿Conciertos…?, me pregunté a mí misma, pues… ¿dos?, ¿tres? Teresa se llevó la mano a la cabeza. Bien, todavía estamos a tiempo de desbestializarte, te llevaré a quinientos conciertos mientras estés aquí, me dijo amenazantemente, y después te volveré a preguntar si te gusta la música clásica y será entonces cuando me darás una respuesta desde el conocimiento. ¡¡¡¿A quinientos?!!!!, ¿pueden ser cuatrocientos noventa y siete?, anda, Teresa, ten en cuenta que ya he ido a tres. Me gané un cachete en la cabeza.

—A ver, sujétame un momento el bolso, nena, que quiero… vaya, por dios, hija, qué complicado, a ver, pero ¿quieres sujetar? —Margaret sostenía en el aire su bolso con una mano y con la otra una pequeña almohadilla para aposentar, cómodamente, sus riñones en el asiento.
—Perdón, estaba en otro lado —dije apresurada no fuese a ser que empezara con su retahíla.
—No, eso seguro, nena, ¡aquí no estabas! Yo sin poder moverme pero tú en otro lado, claro que sí. Pues, anda, ayúdame.
Le cogí el bolso y lo puse junto a mí en el asiento de atrás. Luego me acerqué hacia adelante para poder ajustarle la almohadilla.
—A ver, no, nena, tira de aquí, que yo me pongo más así, ¿ves? A ver, tira —y yo tiré—, pero no tan fuerte, bruta, que me la has sacado de lado, ¿ves?
—A ver, Margaret, pues intenta inclinarte hacia adelante porque si no va a ser imposible —quise explicarle.
—Es que no es inclinarme hacia adelante, nena, es hacer las cosas bien, y tú no tiras como debes. Sácalo otra vez y ahora tira así, pero así, no así, ¿eh? Así.
—Vale… ¿así?
—No, así, así, para acá, dale para acá, pero sin arrugarme la chaqueta, ¿eh?—intenté seguir sus instrucciones—. Eso, así, ves como así sí puedes, hala… ¿Ya?, ¿eh, nena?, ¿ya?
—Pues… creo que sí… ¿qué?, ¿bien?
Magaret se frotó la espalda contra el asiento, me recordó a Baloo, parecía estar cómoda porque no me contestó, así que era buena señal.

Empezó a llover torrencialmente, casi no podíamos ver la carretera, Teresa iba muy despacio, todavía no habíamos salido de Huntington.
—Madre mía, la que está cayendo —dijo Margaret— fíjate, fíjate, uy… cómo cae.
Teresa fue disminuyendo la velocidad hasta dejar el coche aparcado al lado derecho de la carretera.
—Elvira, cariño, conduce tú, que a mí con tanta lluvia me da miedo, ya no tengo los reflejos de antes —Teresa, sin darle mayor importancia a sus palabras cogió un paraguas plegable de la guantera, salió del coche, me abrió la puerta y me empujó hacia fuera.
Quise quejarme pero no me dio tiempo, en unas décimas de segundo me vi fuera del coche empapándome mientras las dos hermanas ya estaban colocadas de nuevo en el interior.
Toqué la ventanilla del conductor para que me abrieran la puerta, ¿qué demonios había hecho Teresa para cerrarla?
—Chicas, abridme, abridme, que me mojo, ¡chicas! —aplasté mi nariz contra el cristal, y las vi discutiendo sobre si yo ya te dije que llovería y tú no me hiciste caso, y qué más dará, pero no da igual, porque a ver ahora cómo llegamos y encima sin llamar a Carol que estará esperando pero lloviendo seguro que se va—. ¡CHICAS! Abridme la puerta —pero nada, ellas seguían que si Carol tiene móvil, pero que no, porque nunca lo lleva encima, que ya verás tú, que es por tu culpa, perdona, pero haberla llamado tú—. ¡POR FAVOR, abrid, la puerta! —volví a golpear con fuerza la ventanilla y me tragué un profundo joder que rebotó histérico en mi estómago.
Teresa desde la parte de atrás me abrió, por fin, la puerta.
Con absoluta calma entré en el coche, apoyé mis botines en la alfombrilla mientras hacían chof-chof, cerré la puerta y con un golpecito de dedo lancé la gota que caía por mi nariz. Intenté despegarme un poquito los vaqueros mojados para no coger una cistitis y giré la llave de contacto.
—Uy, te has mojado, nena…
—Pues sí… un poquito, porque no me abrías la puerta.
—La culpa es de Teresa, no ves, nena, que si me muevo se me cae la almohadilla y vuelta a empezar.
Suspiré atándome el cinturón de seguridad.
—Vale, y ahora ¿cómo se llega a Charleston? —pregunté sin mucha gana.
—Es la 64 —contestó Teresa.
—Sí, nena, la 64 y ya llegamos.

La 64 era la autopista mágica porque te llevaba a cualquier sitio de West Virginia. Necesito ir al aeropuerto: la 64, ¿el centro comercial?: la 64, ¿para llegar a Porstmouth?: la 64. Tanto que un día me dieron las mismas indicaciones para llegar al supermercado y terminé en Ohio.
—Luisa, estoy en Ohio —dije a mi jefa por el móvil desde dentro del coche.
—¿Qué haces en Ohio, guapa? Pensaba que te ibas al supermercado, como me has preguntado antes de marcharte, pues… he dicho, ésta irá al súper, ¿no?
—Sí, Luisa, pero he tomado la 64 y he llegado hasta Ohio y ahora no sé cómo volver.
La pude oír morirse de la risa.
—Ay, ay, que me muero, espera que esto se lo tengo que contar a Doug, espérate un momento —se apartó un poquito del auricular y gritó—: Es Elvira que iba al supermercado y ha terminado en Ohio —oí el ataque de risa de su marido—. Oye, me dice Doug que eres muy graciosa, y que cuando te vuelvas te vengas a cenar y nos lo cuentas que queremos reírnos.
—Vale, Luisa, ¿pero cómo vuelvo?
—Pues por la 64.


Dejamos Huntington y tomamos la 64, sabía que hasta Charleston era una horita así que tenía 60 minutos en línea recta sin preocupación, ya veríamos qué hacer en el minuto 61.
—Pues, me dijo la chiquita de la tienda que ésta era mejor, pero, oyes, fue abrirla y me encontré con una pasta así, como así, como… blanda y plof, plof, vamos de plof, ¿no? Bueno, pues digo: esto me lo tengo que colocar, y me esparzo así, y así por el pelo, mira, nena, por toda esta zona de atrás, mira, nena, mírame.
—Bueno, Elvira, ¿entonces te gusta Mahler? —me preguntó Teresa desde atrás.
—Bueno… pues si te digo la verdad, poco conozco de él —contesté.
—Pero mírame, nena…
—Ay, Margaret, que estoy conduciendo, a ver… —cuando vi que la carretera estaba libre de peligro, eché un vistazo al pelo de Margaret—, ya pues muy bien te ha quedado, ¿no?
—Pues no, no, no, porque la pasta ésta me ha chafado el pelo, ¿ves? Todo chafado. Mírame, nena, mírame como se me ha quedado, yo a la chiquita ya le he dicho que para volumen, con mis cuatro pelos tú me dirás, pero oyes, todo chafado, no me miras, nena, mira, mira.
—Hoy será la Sinfonía número tres en D menor, creo que te gustará porque es muy visual, representación de la vida del campo y luego ¡POM! —ay, di un pequeño brinco en el asiento, me asustó—, la guerra, la lucha, el sufrimiento. Entonces podemos pasar de un amarillo chillón…
—Mírame, nena…
—A ver… espera un momentito, Margaret.
—¿No? Te digo de ese amarillo chillón, esos clarinetes, trompetas y los fagot al negro intenso con mucha percusión.
—Ya… o sea… amarillo, ¿no…? —Hablaba un poco tensa porque no terminaba de adelantar a aquel camión que era gigantesco, pero qué enormes eran los camiones en América—, y… flauta…
—No, clarinetes y trompetas.
—Chafado, chafado, pero ya le voy a decir a la chiquita, mira, bonita, de volumen nada…
—Ah… vale… clarinetes y luego negro, porque… —un poquito más y ya tenía casi adelantado al camión—, porque llega la guerra ¿no?
—¡NENA! PARA, PARA —gritó Margaret completamente histérica.
—Pero, ¡¡¡¡¿qué pasa?!!! —pregunté aterrada.
—Qué necesito ir al baño y no me aguanto.
—Ya estamos otra vez… —farfulló Teresa.
—Por favor, Margaret, casi me matas del susto, a ver, que estamos en autopista, déjame encontrar una estación de servicio…
—Pues me cago aquí mismo, nena, yo ya no tengo edad como para sostener un apretón.
—¡Margaret!, ¡Margaret!, ¡Margaret! ¡Por favor, pero, por favor! —dije escandalizada, porque las personas mayores no tenían necesidades fisiológicas, como tampoco las tenían los modelos de Calvin Klein.

En diez minutos aparcamos en una gasolinera y Margaret pudo ir al baño. Yo la esperaba al otro lado de la puerta porque le daba miedo quedarse sola en aquel baño. Teresa estaba en la tienda de comestibles.
—¿Nena?
—¿Qué?
—No hay papel…
—¿No? Ay madre, pues déjame mirar en mi bolso a ver si tengo pañuelos.
—No, que esos no valen, se me rompen y termino con los dedos en el culo.
—¡Margaret!
—Quiero papel del gordo, del de las capas, de las muchas capas.
—Vale, bueno, Margaret, pues salgo y voy a la tienda a comprar papel, ¿vale?, no te muevas, ¿eh?
—Pero, ¿adónde quieres que vaya con esta pinta?
En la tienda compré un paquete de cuatro, a la hora de pagar me encontré con Teresa que le estaban cobrando tres chocolatinas.
—¿Y eso? —me preguntó Teresa mirando el papel higiénico.
—Es para tu hermana.
—¿Para limpiarse el culo?
—Por favor, ¡dejemos de ser tan explicitas!

Ya de vuelta en el coche respiré aliviada hasta que…:
—Nena…
—¿Qué…?
—La almohadilla, colócamela así… pero así, ¿eh?, así…
Quince minutos después pude arrancar. Llegamos a un cruce.
—Y ¿ahora? —pregunté en alto.
Eso era lo que más me desesperaba de West Virginia. Quizá por su carácter humilde y casero eran pocas las cosas que estaban señalizadas, todo se daba por sabido.
—Pues… ahora… será para la derecha, ¿no?, o… la izquierda… —titubeó Teresa.
—Izquierda, nena, izquierda seguro.
—Mira que si nos equivocamos volvemos a casa sin haber visto el amarillo ni el negro de Mahler, ¿eh? —dije con solemnidad.
—Derecha —dijo Teresa.
—Izquierda, nena.
Finalmente tomé la izquierda. Teresa repartió las chocolatinas. Las íbamos comiendo mientras Margaret comenzó a contarnos, otra vez, sus problemas capilares y Teresa se empeñaba en darme una clase magistral de historia de la música.
Las tres enmudecimos cuando vimos el enorme cartel verde sobre la autopista indicando que quedaban doce millas para llegar a Huntington.
—Bueno… —empezó Teresa diciendo— pues para retomar el camino a Charleston a ver quién es la próxima que se caga.