martes, marzo 3

Trilogía, Parte tercera: Paul Newman

15-febrero-09 Huntington
―Venga, Txiki, no llores, a ver… que seguro que tiene arreglo.
―Posh… no… nop thene ―intenté contestar mientras me tragaba los mocos ahogada en mis propias lágrimas― man… man disho lops teznicos que nop… que tol disco duro ferdsito…
―Que todo el disco duro, ¿qué?
―¡Ferdsito! ¡Joe! ¡Ferdsito-ferdsido-ferdido…!
―¡Ah! ¡Perdido! ―me tradujo mientras le oía ocultar la carcajada al otro lado de la línea.
Me soné la nariz y me tumbé en el suelo agarrando el teléfono con una mano y dando un mamporro a mi portátil con la otra, mientras gritaba:
―¡¡¡Me caggggggo en tó Poshiba de mieeeeelda, jo, miellllldaaaaaaaa…!!!!!!
―Toshiba, Txiki, que Poshiba se puede malinterpretar.
Aun sin parar de llorar me reí un instante y, luego, volviendo a mis pucheros le dije que lo había perdido todo, que no tenía copia del disco duro y que lo había perdido todo, todo, todo: fotos, programas de las clases, miles de actividades, archivos irremplazables, música y mis cuentos… decenas de cuentos.
―No has perdido nada, tontorrona, que todavía guardas tu cabeza y me tienes a mí, así que vamos a empezar de cero pero vamos a empezar ―me dijo con esa seriedad tan cariñosa con la que sólo él sabe hablar―, venga, Txiki, empieza a dictarme tu próximo cuento que yo te lo voy escribiendo a ordenador, a ver… venga, ¿de qué va?
Su tierno optimismo me derrocó. Me levanté del suelo y me senté en la butaca, no sin antes darle una patada al maldito ordenador que seguía tirado en la alfombra. Me dejé abrazar por la enorme butaca y le dije muy bajito:
―Va sobre ti, mi amor…

27-diciembre-08 Bilbao
―Jo, Elvi, va… venga, va, cásate con él, que queremos una boda en Dubai ―me decía Marieta mientras sacaba de su bolso el monedero con el bote de todas.
Estábamos parte de la cuadrilla disfrutando del sábado noche en uno de los bares del Casco Viejo.
―¿Dubai...? Pero si es de Pakistán… ―sentía que la lengua me empezaba a resbalar.
―¡Qué más dará si está forrado! Anda, que ni para casarte sirves, ¡hala!, vete a pedir que te toca. ¡A ver! ―gritó al resto del grupo―, que la enana va a pedir, entonces, son: una, dos, tres cervezas, un kalimotxo sin hielos y dos cubatas, ¿no? ―todas parecían estar de acuerdo, así que Marieta me encajó el monedero debajo del sobaco y me empujó contra la barra.
―Pero… pero… ven a buscarme luego que no puedo con todo, ¿eh? Marieta, ven… ven a buscarme, ¿vale...? ―le grité desde la barra, mientras ella se moría de la risa viéndome espachurrada por la gente, intentando recitar mi pedido cada vez que el camarero hacía acto de presencia en mi campo de visión.

―¡Que no me toques, chaval, que tengo novio, coño! ―amenazó la tía alta y rubia de mi lado al chico que tenía detrás.
―¡Aiba la ostia, pero si ni te he rozado, joder! ―respondió el chico.
―¡Touch’ pas! ¡Tu m’énerves! ―dije yo imitando un irritante acento francés para, simplemente, tocar las pelotas.
Cuando los dos me miraron con cara de pocos amigos, me di cuenta que mi intromisión no había tenido mucha gracia.
―Bueno… es lo que me decía mi ex, meses antes de dejarme por otra, ¡touch’pas!, ¡no toques!, ¿no? como tú, como tú… ―expliqué señalando a la rubia. Intentaba fijar un punto de unión entre las dos y formar hermandad.
―Bufff… ya, tía, es que todos los hombres son unos cerdos ―sentenció la rubia apartándose el pelo hacia atrás de un manotazo.
―Pues sí, pero a mí me da igual, porque cuando mi novio francés me dejó me fui a China a visitar a mi amigo Roberto que le dije que estaba perdida y él, que es muy así, me contestó que él ya me encontraría, pero no os penséis mal porque es gay, entonces lo vi claro y me fui para Singapur, y allí casi me caso con un jeque pakistaní, pero no, al final escapé, porque yo no estaba enamorada, y ahora vivo en los Estados Unidos metida en un pueblo lleno renos y osos que me roban la merienda, y… ¡voilà! aquí me tenéis, que he venido a pasar las navidades a Bilbao, porque mi amiga Cris, Cristina, que vive en Los Angeles, que por cierto, qué ciudad más horrorosa, me ha dicho que espere porque Paul Newman vendrá a tocarme la puerta.
―¡Joder, menuda chapita se ha cascado la puta enana ésta! ¡Menuda friki de mis cojones! ―me contestó la rubia mientras recogía sus bebidas de la barra y se abría paso con sus enormes tetas.
―Oye, oye… y… mmm… y tú… mmm… ¡más!, ¡más, más, tú!, ¿eh…? ―increpé tras ella pero no muy alto no fuera a oírme, soy valiente pero lo justo.
El chico ocupó el sitio vacío que había dejado la rubia en la barra, colocándose junto a mí.
―¡Ey! ¡Touch’ pas, tu m’énerves! ―le grité levantando en alto el monedero que acababa de sacarme del sobaco.
Por su cara me di cuenta que estaba alucinado así que intenté calmarlo, porque así de cerca ganaba mucho el chaval.
―No… no… ―decía apaciguando la situación con las palmas de las manos abiertas―, es broma, je, je… touch’pas, lo de mi ex, lo de… que te decía que él me decía… pero, vamos, que yo no te lo decía en serio, ¿eh?
Me sonrió y después pidió al camarero sus consumiciones.
―Toda esa historia que nos has contado, ¿es cierta o te la has sacado de un cómic?
―Es cierta.
―Joder, pues escribe un libro contando tu vida que te forras.
―Es lo que intento. ¡Ah! Me llamo Elvira ―dije dándole dos besos en la mejilla. Qué suave estaba, recién afeitado.
―Yo Paul ―y se acercó para darme dos besos cuando mi mano le paró en seco porque acababa de poseerme un ser extraño.
―¿POOOOOOOOOOOOOOOL????? ¿Te llamas POL??, ¿como Pol Newman?
―No, joder… Paul, con a y con u, Pa-ul, y sin acento, que no me gusta, que en el colegio, cuando era pequeño, siempre me lo tildaban y buah… no me gusta nada, yo en euskera, así, Paul.

Enmudecí. Me agarré el pecho, sentía que el corazón me iba a reventar los tímpanos. Vi como se llevaba las bebidas mientras me decía que ya nos veríamos por ahí, ni le contesté, no podía.
―Venga, guapa, ¿qué te pongo? ―me preguntó el camarero.
―Pues… lo que tú quieras…
Regresé a la cuadrilla con dos mojitos, un Ginkas, una tónica y dos Redbull.
―Pero, ¿qué es esta mierda? ―preguntó Marieta mirando atónita mi cargamento.
―Ay, ya… jo, Marieta es que me he liado, es que no sabes… ay, Marieta, que lo acabo de conocer.
―¿A quién? ―me preguntó mientras repartía la bebida sin mucho entusiasmo.
―A Paul…
―¡Anda! Como Pol Newman.
―¡No! con a y con u y sin acento, que no le gusta, en euskera, así, Paul.
―Pues menos mal que lo acabas de conocer, porque cuando te cases con él serás capaz de sacarnos un ojo si decimos mal su nombre ―Marieta, se calló y miró seria detrás de mí―. ¿Era el chico que estaba a tu lado en la barra?
―Sí…
―Pues lamento comunicarte que tu Newman está saliendo del bar con un grupo de tíos que, por cierto, el alto de sudadera negra está cañón.
Me faltó tiempo para dejar a Marieta con la palabra en la boca y salir corriendo.
―¡Ey! ―grité desde la puerta del bar al grupo de chicos que acababa de salir―. ¿A dónde vais?
Todos se dieron la vuelta y Paul, al reconocerme, se rió. Metió las manos en los bolsillos y dijo que no sabía, que andarían por ahí. Sí, vale, pero por ahí tiene muchos bares, necesito algo más preciso. Sin más se dieron la vuelta y los vi perderse por las callejuelas del Casco.
Entré de nuevo en el bar como si me hubieran pegado una paliza. Marieta pasó su brazo por mis hombros y me ofreció un vaso intentando animarme.
―¿Qué es esto? ―pregunté mirando con intriga el líquido marrón.
―Jarabe de no sé qué, lo has traído tú y mira, mira cómo te deja la boca ―Marieta abrió los labios y al volverlos a cerrar ya los tenía enganchados al frenillo, enseñando dientes y encías. Nos reímos como bobas, después yo probé un poco y repetí su mismo gesto. Como no podíamos hablar, nos dábamos golpes para mirarnos la una a la otra a ver quién ponía más cara de caballo, así pasamos el rato hasta que el resto nos dijo que nos íbamos.
―Mis pequeños cerebros prodigiosos ―nos dijo Blanquita con rintintín―, nos vamos al Mitote, coged los abrigos y a vuestros caballos.
Marieta y yo nos tronchamos de risa, más todavía, al escucharlo.
Llegamos al Mitote. Blanquita fue a pedir, porque después de mi éxito no querían ni que me acercara a la barra.
No sé el tiempo que pasó pero estaba cansada así que anuncié a todas que en breves me marcharía a casa. Cogí mi bolso y fui a los baños. Me puse en la cola. Alguien me empujó por detrás y gritó en mi oído:
―¡Tush pá!
Me giré con una carcajada.
―¡Touch’ pas! ―repetí entre risas―. Hola, Paul con a y con u…
―Hola, Elvira, la txikitina de la barra.
Le miré embobada, sabía que aquello no estaba siendo una coincidencia.
―Venga, que te invito a algo ―me dijo con naturalidad.
―No, si es que yo ya me iba ―nada más decirlo me mordí la lengua y me torturé pellizcándome, con disimulo, la pierna. Bien, que no cunda el pánico, si dice que es una pena y se queda en el bar es que el destino se ha estado descojonando de mí toda la noche, si dice que él también se va es que llevamos el mismo camino pero no será fácil, y si dice que me quiere acompañar significa que los reyes magos se han adelantado este año y me han traído al Paul Newman que les pedí.
―Mmm… bueno… pues… no sé, yo, la verdad, es que igual también me piro…
Al escucharlo me agarré el estómago porque no sabía si eran mariposillas lo que tenía dentro o que me estaba cagando de los nervios.
―Bueno, pues ya nos veremos por ahí ―le dije haciéndome la dura y me acerqué para darle dos besos mientras rezaba una y otra vez: dime que me acompañas, dime que me acompañas, dime que me acompañas, dime que me acompañas…
―Sí, ya nos veremos ―y me dio los dos besos―, pero oye… si subes podemos ir juntos, así me vas contando más historias de las tuyas.
Un golpe seco agitó todo mi cuerpo llenándolo de ilusión. Como una moto recogí mis cosas sin pasar por el baño, ya mearía en casa, y me despedí de todas mis amigas.
Me reencontré en la puerta con Paul.
―Venga, ¿qué más sorpresas guardas por ahí?, cuéntame algo ―dijo abriéndome paso entre la gente que esperaba fuera del bar para entrar.
―Pues… no sé… mmm… ah, sí, ¡mira!, sé hacer el caballo ―y le mostré mis labios pegados a las encías, todavía, resecas por el Redbull.
Paul se rió como un tonto. Yo le miré sin poder creérmelo, porque era la primera vez que los reyes magos me traían lo que les había pedido.

5 comentarios:

Zuri dijo...

Me encanta ser testigo de algo "real". Beso enorme!

mai dijo...

Elvira!! por fin!! Que emocion!! He tenido que leer mordiendome la lengua... En mi oficina no estan bien vistas las carcajadas a las 11:24.
Chica, me solidarizo totalmente con tus amigas, con lo facil que es pedir, 2 CERVEZAS POR FAVOR!! Y ya esta!!! Anda que... jajajaj
musus

Celia dijo...

Ay ayyy, ayyyyyy... que foto de Pa-ul/Paul/Pol o guotever al abrir tu blog Mari, me ha faltado chupar la pantalla.

elena dijo...

A mí hace muchos años que los reyes no me traen lo que les pido. A veces si parece que se deciden a traermelo, pero suele ocurrir que se arrepienten, dejándome como se suele decir, con el caramelo en la boca.
Por cierto, ¿y este paul qué tal es??

Maria Jesus dijo...

Por cierto, no quiero perderme ningún comentario de estos cuentos.
La verdad qué te echado mucho de menos. La vida contingo es otra cosa.Mas divertida y generosa.Tu encargo ya está pedido.
Ahora, a esperar contestación.
Muchos besos.