lunes, abril 13

Desidia con limonada

El ruido me hizo abrir un ojo. Sí, sólo uno porque el otro lo tenía completamente aplastado contra la almohada. Me llevé la mano a mi oreja izquierda. La tapé. No oía. La destapé. Oía. La tapé. No oía. La destapé. Oía. Gemí y con enorme esfuerzo me di media vuelta en la cama para poner al descubierto mi oído derecho y su avanzada ostosclerosis. No oía prácticamente nada, un zumbidito de motor allá a lo lejos. En momentos como aquel agradecía enormemente la sordera que había heredado de mi madre. A una apasionada del sueño como yo, tener un oído defectuoso era todo un lujo.

―Bueno, pues tengo muy buenas noticias porque va todo estupendamente, ¿eh, Elvira? Mira ―dijo Lauciraca, mi otorrino, mostrándome un diagrama dividido por colores―, has perdido ya más de un cincuenta por ciento de tu oído derecho, y eres incapaz de percibir los sonidos agudos cualquiera que sea su volumen, así que a este nivel tu agudeza auditiva en ambientes ruidosos va en rápido descenso, imagino que te costará seguir las conversaciones en bares, ¿verdad? Quizá empieces a tener algún episodio de vértigo o mareo pero nada serio ―terminó triunfante.
―Vaya… pues… sí que son buenas noticias, sí, sí… me quedo más tranquila…
Laucirica rió al ver mi cara desencajada, y después me explicó que si todo seguía su curso antes de dos años podría operarme y quedar como nueva, y al ser una mujer tan joven era todo un éxito. Yo, sinceramente, no comprendía qué tenía de exitoso estar más sorda que una tapia.

El ruido dejó de ser un leve zumbido para convertirse en un motor a propulsión dentro de mi habitación. Por mucha ostosclerosis que tuviera aquello era tan escandaloso que hasta el mismísimo Beethoven lo hubiera apreciado.
Me levanté tambaleándome, estaba borracha de sueño. Retiré las cortinas y abrí la enorme ventana de guillotina que daba al jardín.
―¡Fred! ¡Fred! ¡FreeeeeêêêêEEEED!!!
―¡Hey, Princesa! ―dijo mi vecino con la mano en alto apagando el cortacésped.
―¿Qué haces…?
―Arreglando el jardín para nosotros, que ya estamos en primavera, mira qué día tan hermoso hace ―hacía lo menos veinte grados y un sol picajoso―, está quedando bien, ¿verdad?, ¿qué?, ¿cómo lo ves, Princesa?
―Verde, lo veo verde ―respondí con cara de estreñida.
Fred dio un manotazo al aire dándome a entender que prefería ignorarme antes que discutir y volvió a conectar el cortacésped.
―¡Fred es domingo, las once de la mañana y QUIERO DORMIIIIIIIR!!!
Fred desconectó nuevamente la máquina y se plantó frente a mi ventana que estaba a escasos dos metros del suelo.
―¡Maldita niña malcriada! ¡Mueve tu pequeño culo blanco ahora mismo! ¡Termina de cortar el césped que también es tu jardín, señorita!
―¡No quiero! ―grité camino a la cama―. ¡Odio tu jardín! ―y me escondí bajo el edredón pretendiendo desaparecer.
―¡Pero si es tuyo también! ―pude oír a Fred desde fuera, no había cerrado la ventana.
―¡Pues para ti todo, porque lo odio, odio la naturaleza y la paz de este pueblooooo!
Acababa de pasar diez días en Nueva York y volver a Huntington estaba siendo muy duro.
―¡Odio esta calma rural, este aburrimiento, este no saber qué hacer diario, esta ansiedad, esta rutina aplastante, este silencio que sólo sirve para recordarme lo sola que me siento…!
Fred tardó en contestar y para cuando lo hizo ya había cambiado el registro de su tono.
―Vamos, Princesa… no digas eso, ven, ven al jardín que he preparado limonada, ven, chica, que podemos pasar un bonito día de domingo juntos… vamos, ¿Princesa… Princesa…?
Cobijada bajo la oscuridad que me proporcionaba el edredón empecé a llorar sin consuelo.
―¿Princesita…? Hey, vamos, dime algo… ¿Princesa…?
No podía seguir oyéndolo llamarme de aquella manera, así que me sequé las lágrimas y me levanté arrastrando conmigo el edredón, parecía la virgen María de West Virginia. Me asomé a la ventana, Fred me miró con ternura desde abajo.
―Es que no me gusta la limonada ―dije absorbiéndome los mocos―, pero me preparo un café y ahora bajo.
Fui a la cocina con el edredón a cuestas, me preparé el café y volví a mi habitación con la taza en la mano. Cuando levanté el edredón del suelo para recolocarlo sobre la cama, descubrí todo lo que había ido arrastrando a mi paso: un zapato, un paquete de pañuelos, un calcetín, una pelota de papel, el mando a distancia y una braga. Me reí recordando a mi madre. ¡La próxima vez que te vea una braga tirada en el suelo de tu habitación te la cuelgo de la lámpara!, me decía. Ahora no le quedaría más remedio que colgar mi casa entera de la lámpara. Hacía días que no limpiaba pero estaba tan deprimida que no veía la mierda que me rodeaba pero mañana, sí, sí, mañana lo iba a limpiar todo, claro, mañana.

Salí al jardín por la ventana de mi habitación para no tener que dar la vuelta a toda la casa. Pero al descolgarme recordé el legado de mi abuela Isidora: mis cortitas piernas. Vaya, ni estirando los brazos llegaba al suelo. Además no quería estirarlos mucho porque en una mano tenía la taza de café y antes prefería desnucarme a derramar una gota de mi elixir.
―¿Fred…? ―grité tímidamente chupando ladrillo, no podía darme la vuelta debido a mi postura. Pero Fred había vuelto a su cortacésped y estaba en la otra punta del jardín.
Intenté estirar todo lo posible los dedillos de mis pies pero nada, no sentía el suelo. Lo único que había conseguido era que se me resbalaran las chancletas. Decidí dar marcha atrás. Con un pequeño empujón pretendí impulsarme hacia arriba, con tan mala pata que el pantalón del pijama se me enganchó a un clavo de la fachada, así que yo sí conseguí subirme pero mi pantalón no, él se quedó abajo y mi culo saludó gustosamente a las ardillas y pajarillos de escena además de a:
―¡Pero, chica! ―gritó Fred escandalizado soltando la máquina sin desconectarla y viniendo rápidamente a mi rescate.
―¡Ay, Fred, que me he quedado estancada…!
―¡Estancada y con las vergüenzas al aire!, ¡pero qué chica, qué chica!, ¿por qué no sales por la puerta como todo hijo de vecino?
Me subió el pantalón y me cargó a su hombro como un saco de patatas. Era mayor pero conservaba su fuerza, me recordó a mi abuelo antes de su caída. Me dejó sobre una de las sillas. Se lo agradecí y miré con pena mi taza de café vacía, se me había derramado todo. Fred, percatándose de la situación, me quitó la taza de las manos y llenó un vaso de limonada y me lo ofreció.
―Ya sé que no te gusta pero está rica, vamos, pruébala, te sentará mucho mejor que el café.
Tomé el vaso con mis dos manos y me hundí en él. No pude evitar desbordarme nuevamente por esa tristeza tan injustificada que sentía desde hacía días pero que estaba terminando conmigo.
―Pero, Princesa, ¿por qué lloras, qué es lo que pasa contigo? ¿Eh, chica?, dime… ―me preguntó Fred con preocupación sentándose junto a mí.
No supe explicarle mi malestar porque ni siquiera yo entendía qué me pasaba. Así que le mostré mi vaso de limonada y entrecortadamente le dije:
―Es que… hay una hormiga dentro… dentro de mi limonada...
Fred me estrujó en sus brazos.
―Llora, Princesa, que todos tenemos derecho a sentirnos mal, tú ahora llora, llora, que ya rescataremos a la hormiga más tarde.

6 comentarios:

mai dijo...

29 dias y descontando. Elvi, que llegas ya!! Fred si que va a llorar cuando te vengas, jajajaj. No mas lloros ein? En breve estas aqui, rodeada!!
Musus

Zuri dijo...

Pie y medio en el pueblo. Mucho ánimo! Beso enorme!

Maria Jesus dijo...

Me alegro de saber de ti. Estaba preocupada, pero ahora al descagar tú mente te sentiras mucho mejor.
Ya queda poco para venir, enseguida estás en casa, con tú familia y tús amiguitas.
Comprendo que estes así, despues de pasar unos días en la capital del mundo, viendo museos cómo el MOMA.
Bueno Elvira hasta pronto.
Muchos besos.

Anónimo dijo...

el otro día, en un salón de una casa secreta, oí comentar "¡qué limpio estaba el moma!".seguro que no tenía hormigas ni nada...
dicen también que la limonada es amarga porque a veces se hace con lágrimas. la naranjada, en cambio, es más dulce, porque se hace con risas.
en ese salón hay naranjada reservada especialmente para ti, bien cargadita de risas.
que lo sepas.
txim pum

Anónimo dijo...

has estado en New York? Y se parece mucho el skyline al edificio del BBVA? y qué tal los museos? Dicen que, aparte de estar muy limpios, tienen el mejor café de la ciudad. Un beso loca.

Ico dijo...

Transmites muy bien slos sentimientos .. enhorabuena..