domingo, agosto 30

Carlota

Al levantarme lo he visto todo de un color verdoso con pequeñas motas. He pensado en un repentino cáncer de ojo, lo digo porque en mi familia hay un largo historial de cánceres.
La tía Rosi murió a los ochenta y tres años de cáncer de boca. No sé muy bien cómo sucede eso, pero lo cierto es que la mujer no callaba, igual tuvo algo que ver. Me cuentan que mi padre pasó a mejor vida por un cáncer de pulmón, era la tabacalera personificada, por lo que dicen, porque yo a mi padre casi ni le conocí, de oídas, algunas llamadas y pocas fotos.
Yo fui un engendro de hija, con esto no es que quiera coronarme de..., ¡hombre! muy mona no soy pero, como decía mi abuela, tengo estilo en las venas. La cuestión es que fui la consecuencia del deseo de desvirgarse de mi madre. Se ve que a los veintiuno estaba un tanto preocupada por el hecho de tener la telilla intacta y, por decirlo de alguna manera, pidió ayuda a su mejor amiga. Ésta, por supuesto, no fue quien le hizo el favor, pero sí quien le prestó a su novio Cristo, es lo que digo yo, menudo cristo se armó cuando mi madre después de sentirse liberada de su virginidad se enteró de que yo venía de camino pero, es más, yo venía de la mano de una hermana. Ni unibitelina, ni bibitelina, ni nada por el estilo, que Cristo también desenfundó de muy buenas maneras su pistolón dando en el blanco de su novia.
Por lo tanto, tengo una hermana dos semanas más pequeña que yo. Se llama Diana. Supongo que se lo pusieron por la buena puntería de nuestro padre.
Recuerdo que nos llevábamos muy bien. Decíamos ser gemelas, porque las dos hemos heredado una impresionante nariz y un pelo coñete que tira pa’trás. Ella tiene los ojos más claros, pero decía mi abuela que los míos son más expresivos.
Nuestras madres respectivas siguieron llevándose como uña y carne, porque aquello no fue más que la repartición a medias del pastel. Diana y yo las guindas.
Hace tiempo que no sé nada de ellas. Diciendo ellas me refiero a mi hermana, su madre y la mía propia. Se fueron para cantar karaoke en algún casino de Las Vegas, es lo que me contó mi abuela, pero yo creo que mi madre padeció el cáncer de hija. Los primeros síntomas son la retirada de la regla durante escasos nueve meses, después es cuando brota el tumor. Lo peor de todo sucede con el paso del tiempo, porque éste se desarrolla a marchas forzadas dándote un sin fin de problemas, pero lo que más debe de doler, según las mujeres que lo padecen, es la falta de libertad. Por ello que mi madre aprovechó un día en que su bulto cancerígeno, de nueve años y apenas treinta kilos, estaba dormido para coger las maletas y largarse. Aseguran que es la única manera de superar la enfermedad. ¡Ahora!, supongo que lo de Las Vegas me lo diría mi abuela para darle un poco más de categoría a tan ruin abandono, porque imagino que no llegarían más allá de Torrevieja, para animar a la juventud del inserso en verano.

Así que cada vez que me levantaba y lo veía todo como chiribitas, cerraba los ojos, contaba hasta cinco y llamaba a mi abuela para que viniera. Cuando abría los ojos la veía frente a mí con los brazos extendidos y levantando los dedos. A veces sólo levantaba dos mientras que otras eran casi todos.
―¿Cuántos hay, nena?
―Tres en la mano con la que se escribe y cuatro en la otra.
Luego mi abuela miraba sus manos para contarlos, porque con las prisas ni se había dado cuenta de los que tenía arriba o abajo. Sonreía y me daba un beso en cada ojo, ya estás curada, me decía. Luego comenzó a ser más difícil acertar, la artrosis de mi abuela era galopante y vete tú a saber si aquel dedo un tanto retorcido estaba subido o no.
Pero hoy no la tengo para que me muestre sus manos, murió. Creímos que fue por un cáncer de boca al igual que su hermana Rosi, pero resultó ser una carie que le agujereó el cerebro.

Así que no me queda más remedio que abrirlos yo sola, me da miedo, porque... ¿y si resulta que los abro y sigo viendo esas estrellitas deformadas?

Recuerdo el verano en que murió mi abuela. Me fui a la casa de mis tíos en el pueblo.
Mis tíos debieron de ser gente normal en un principio. Mi abuela hablaba de su hijo en dos facetas, una con añoranza y mimo y otra con auténtica indiferencia. Lo cierto es que era un hombre gárrulo y desagradable a la vista. Se llevaba mejor con los cerdos que con la gente a excepción de su mujer, pero la verdad es que era una auténtica porcina. Estuve allí todo un verano. Cuando volví besaba la taza del baño, porque aquello de ir a echar el meo al gallinero hoy, todavía, lo recuerdo como un verdadero trauma. Tenía el culo morado de los picotazos de las puñeteras gallinas. A veces, creyendo tener controladas a las gallinas, era el cerdo el que metía un bufido, yo me subía escopetada las bragas y salía corriendo. Claro que para cuando me daba cuenta ya me lo había hecho todo encima.
Y... ¿qué decir de Benigno? Amigo de mis primos. Con encías moradas, cuatro dientes en total, cojo porque se había cortado los dedos del pie derecho con la azada y por supuesto olía a au’de cabra. Pues el tal Benigno, Beni para los amigos, se me declaró con una sarta de chorizo en una mano y cinco morcillas en otra. Me dijo algo así como que yo-ser-mujer-de provecho. No sé si se referiría a que estaba a punto para ser llevada al matadero, la cuestión es que lanzó las morcillas al aire y me agarró de una teta. La situación era la siguiente: el Beni, frente a mí, sonriéndome con la boca mutilada además del pie y con una sarta de chorizo en la mano, agarrándome con la otra la teta como si fuera una ubre de vaca. Le di tal gallinazo en la cara, que tuvo que añadir una tara más a su listado, tuerto. En poco tiempo me escapé y volví a la ciudad.

Ha pasado tiempo desde entonces. Al principio me sentía un tanto sola, toda mi familia se esfumó con el cáncer y me dejaron sin saber muy bien qué hacer. Ahora creo estar mejor pero sigo teniendo miedo, ese miedo por abrir los ojos y sentirme enferma.
He trabajado mucho desde que vine del pueblo. Tengo dieciocho años, las manos amarillas de tanto fregar y vivo en una habitación alquilada y ahora no me apetece abrir los ojos y saber que me puedo morir. Porque, aunque no se oiga mucho, existe el cáncer de ojo. Primero te va comiendo lo blanco del ojo hasta llegar a la cosita negra del centro y debes de sentir un dolor muy fuerte porque es cuando te mueres.
Yo debo tranquilizarme, respirar hondo e imaginarme los dedos artríticos de mi abuela frente a mí.

―¡Niña! ¡Sal a echarme una mano!
―¡Dios mío! ¡No veo! ¡No veo nada! ¡Todo, todito negro! ¡Ay Virgen!, que me voy a morir, que no hay claridad en mis ojos, ni en mi cabeza. ¡Dios! ¿Por qué?, me asusta tanta oscuridad... ¡No me gusta el negro! ¡Quiero luz!... porque tengo mucho miedo… ¿Dónde estás, abuela?, ¿por qué dejas que me pase esto? ¡Me quedo sola y ciega! ¡Ay, Virgen!, regálame otros ojos pero no permitas que este cáncer acabe conmigo, te prometo que cuando...
―Pero ¡Niña! ¿Qué puñetas estás farfullando?
―¡Ay, ay doña Pruden!, ¡ay, doña Pruden! Que, al oírla gritar, abrí los ojos de sopetón y... ¡no veo, doña Pruden!, ¡me quedé ciega! ¡Dios...!
―¡Nos ha jodido! Pero... ¿qué cojones vas a ver? si san salta’o los plomos y ¡aquí no hay carajo que vea nada! ¡Pa’eso te llamé, criatura!

¿Los plomos? La Pruden dirá lo que sea pero si no estoy muerta, ¿cómo es que la puedo ver? Sigue igual, nada le ha hecho cambiar. Un día creí haber olvidado su cara pero ahora que la veo es imposible no recordarla siempre.
―¿Cuántos hay, nena?
―Tres en la mano con la que se escribe y cuatro en la otra.
―Ya estás curada.

· Finalista en el II Certamen de Relatos Cortos del Ayuntamiento de Sestao (1998)

10 comentarios:

Summer Wind dijo...

Me encanta lo muy cotidiana que sos al escribir. Aunque voy a tomar un tiempecito en ir leyendo todo.

Gracias por comentar en mi blog. La verdad, desde hace tiempo que me faltan las palabras. Mis imagenes sin emabrgo siguen hablando, por si las quieres visitar: www.flickr.com/josuemorales

Saludos.

Orologiaio dijo...

Ains, no hay nada como una buena historia familiar para alegrarle a uno el despertar.

:)

Zuri dijo...

Buenísima historia! cómo he envidiado siempre a l@s que han podido disfrutar de un@s abuel@s... debe ser una relación muy especial... Un besazo!

Eterna aprendiz dijo...

Una maravilla leer tus escritos, amenos y de calidad, gracias.

Besos

J.M. Ojeda dijo...

Me encantó su Relato.

Saludos de J.M. Ojeda.
P.D. Seguire pasando, ¡con su permiso naturalmente...!

Francisca dijo...

hermoso blog! el mio es http://alegarikous.blogspot.com te agrego a los blogs que sigo

Te invito al podcast de los blogs
http://www.podcaster.cl/2009/09/larga-vida-al-blog-1/
Saludos!!!

Anónimo dijo...

En éste te ha salido la vena filóloga de la que tanto has renegado... Para mí, Elvirita, uno de los mejores :)

Anónimo dijo...

Era yo la del anónimo, que aquí se dice todo a la cara, jeje, muak

Moniss dijo...

Yooooooooooooooo! ¿Ahora sí?

Elvira Rebollo dijo...

Siempre gracias, Aprendiz.

Francisca, me paso por tus blogs ahora mismo.Bienvenida.

Monissss, ahora sí!! a la tercera va la vencida!!! vena filóloga??? Lo que pase es que le tienes cariño porque lo escribí estando en la universidad, no te acuerdas? Mua!