sábado, septiembre 5

Martín no es nombre para Santos

Martín llevaba sentado en aquel banco algo más de tres horas. La estación había quedado prácticamente vacía. El tren de las 20.15 horas recogió la poca gente que quedaba. Martín se metió las manos en los bolsillos, empezaba a tener frío. Las voces de Santos le hicieron reaccionar, giró la cabeza y vio a aquel hombre bonachón, vestido con un mono gris con letras desgastadas en la espalda que decían “Servicio de limpieza. RENFE”.
Santos estaba pidiendo a grito pelado que le devolvieran una de sus escobas, su compañero de trabajo se reía desde el andén de enfrente.
―¡La madre que te parió! ―volvió a gritar Santos―, ¡espérate a que salga Doña Tecla, cabrón!, ¡que te digo yo, que ésa nos manda a los dos a la puta calle!
Ambos rieron escandalosamente.
Martín volvió a fijar la vista en el segundo andén. Las vías pedregosas estaban llenas de basura, en realidad, había mierda por toda la estación. En ese momento, Martín pensó que los raíles tendrían mejor aspecto si aquel hombre se dedicara a hacer su trabajo, en vez de vociferar de andén a andén. Aunque, sinceramente, al chico le daba igual verlos con porquería que sin ella. La cuestión era tenerlos en el punto de mira.

Santos, por fin, recuperó su escoba. Recorrió el andén farfullando y restregando aquel escobón por las esquinas. Disimulaba barrer algo pero lo único que hacía era desperdigar los papeles. Llegó hasta el banco de Martín.
―¡Ey, chaval!, levantas los pies o ¿qué?
Martín hizo un amago de movimiento, pero apenas se inmutó. Santos, al ver la escasa reacción del joven, se dio cuenta de que aquel chico sentado era el mismo chico sentado de hacía más de tres horas. Así que, apoyándose sobre el palo de la escoba, le preguntó:
―¿Esperas a alguien?
Martín lo miró sin decir nada, no le apetecía demasiado hablar y menos con aquel hombre que parecía un poco pesado.
―¿Te gustarán las estaciones, no? ―continuó Santos―. Lo digo porque llevas tres horitas majas con el culo ahí plantado.
―Sí, mucho ―Santos se asombró, no esperaba encontrar respuesta a aquel comentario. La voz de Martín sonó grave pero muy suave. Era la típica voz gangosa de alguien que lleva horas sin abrir la boca.
―A mí también, pero, joder, después de tantos años trabajando aquí... ¡como que todo ahora me da por el culo! Pero esto se acabó, el próximo mes de enero me jubilo. ¡Sí, chaval, me jubilo! Puta estación... veintitrés años llevo barriéndola, barriendo y limpiando los putos cristales que ¡la madre que los parió, lo grandes que son los muy cabrones! Bueno... di que hace tiempo que ya no limpio los de arriba, jode tener que cargar con la escalera, y más a mis años. Di que a mi edad jode tener que hacer cualquier cosa, porque lo de recoger la mierda... ―masculló algo inteligible mientras se rascaba la entrepierna―. ¡Putas cáscaras de pipas! Las muy jodidas se meten entre los baldosines y no hay quién las saque de ahí ―Martín sonrió, aquello le hizo gracia―. ¡Vamos! que en un pis pas me ventilo lo de barrer el andén, porque ¡hala! cuando la encargada no está pues... ¡un kilo de mierda que va a parar a las vías! Si es que soy un tío listo, y con un par bien coloca’o. ¡Qué cojones, que yo ya he trabajado mucho! Además... ¡me tuve que tragar una guerra y una posguerra! Todo el santo día comiendo patatas, ¡putas patatas!

Comenzó a buscar algo en los bolsillos del mono. Sacó un paquete de Ducados.
―¡Oye, chico! ¿Te hace un pitillo?
―No, gracias. No fumo.
―Haces bien, chaval. Faustino... ―hizo una pausa mientras le daba la primera calada― ¡Sí, hombre! Un tiarrón calvete que trabajaba en el bar de ala’o, ¡oye! Como hay dios, le dijeron que tenía próstata y en dos días, no más ¿eh?, en dos putos días se murió el muy jodido.
―Pero, ¡hombre! El tabaco no provoca próstata ―dijo Martín realmente sorprendido.
―Algo le haría porque fumaba como un carretero el muy cabrón. Yo ya le decía, ¡Faustino! Que somos como grandes máquinas, pero cuando se nos oxidan las tuercas a tomar por culo, ¿eh, Faustino? Le decía yo, ¡ey, Faustino!, y el tabaco es el mejor oxidante para arruinarnos la máquina.
―Sí, pero usted sigue fumando ―a Martín aquel hombre empezaba a divertirle.
―Pues... ¡nos ha jodido el chaval! Tengo sesenta y cinco años, si no me mata esto lo hará la sal o el andar mucho o el no andar. ¡Vamos! que mañana mismo puedo morir de próstata por machacármela tanto. ¡Oye! Como no se sabe muy bien de dónde viene eso, pues ya ves, quién le iba a decir a Faustino que se iba a morir de un cáncer en los cojones. Además ―se sacó el cigarrillo de la boca, lo miró fijamente y se lo volvió a meter―, no hay ni un puto día que no le eche aceite a mis tuercas.
Martín sacó las manos de los bolsillos y tomó una postura más paralela a Santos.
―¿Aceite?
―¡Joder, chaval! Sí, ¡aceite! Cuando salgo del curro me voy al bar, al del difunto Faustino, por cierto, y ¡oye!, unos vinillos que me tomo. Porque dicen que hay que lubricar la máquina, y qué mejor lubricante que unos tintorros peleones.

Llegó un tren y Martín, evadiéndose por completo de la conversación, tomó su anterior postura clavando los ojos en él. Bajó la gente del tercer y cuarto vagón. Martín estudiaba perfectamente la situación. Ni siquiera, esta vez, las voces de Santos le hacían reaccionar.
―¿Qué pasa, cabrón? ¡Je, je, je! ¿Qué tal Carmen y el crío? Bien, ¿no?
De la locomotora asomaba un hombre de mediana edad con el brazo extendido y el pulgar hacia arriba.
―Todo fenomenal. ¡Bueno, Santos, recuerdos en casa!
El tren arrancó de nuevo. Martín lo seguía con la mirada sin parpadear ni un segundo. El tren se iba y su mirada con él. Santos tiró la colilla al suelo, colocó la escoba sobre la pared y se sentó junto a su joven y recién amigo.

―Disculpe, ¿los baños?
Ante ellos estaba una joven de no más de veinticinco años. Parecía algo nerviosa, tenía el pelo alborotado y sus manos no paraban de gesticular aunque no dijera nada.
―¡Sí, hombre! ―Santos se puso en pie y le señaló el camino―. A seguir así de buena, ¿eh, chavalita?
La joven ni se dio la vuelta. Martín agachó la cabeza.
―Menudo yogurín, ¿eh, chico?, qué par de tetas tan bien colocadas ―Martín se rascó nerviosa la cabeza, no le miraba―. Ésta, la verdad, es que tenía una pinta guarra... ¿a qué cojones crees que va al baño?, ya te digo yo que, como ésta, un montón al día. Se ponen cachonditas con el meneo del tren y luego... ¡hala!, al váter a hacerse un apaño. ¡Hay que joderse, con el apaño tan bueno que le haría yo!
Mientras se sentaba riéndose a carcajadas, le dio una palmada en la espalda a Martín, haciéndole cómplice de su hombría.
―¡Qué coño, chaval!, yo a tu edad follaba como un loco, claro que... luego llegó la guerra y, con ella, las pajas. Todo el puto día cascándonosla, porque en las trincheras ¡mucho tiempo muerto!... joder, nunca mejor dicho ―volvió a sacar otro cigarrillo―. ¡Puta guerra!, cada vez que me acuerdo... la gente andaba como una puta cabra, ya te digo, que yo me conformaba con mis pajas pero... qué coño, la gente dándose por el culo. ¡Cuánto maricón vi yo en la guerra! Había uno, creo que se llamaba Cosme... o... ¡vamos!, ¡no sé!, pero... la madre que lo parió, tenías que tener cuidado de no dormir cerca, porque si te descuidabas lo tenías a tu espalda poniéndote el culo como la bandera japonesa. ¡Menudo mariconazo estaba hecho aquél!
Martín se agachó para rascarse el tobillo, luego metió las manos en los bolsillos de la sudadera y, en un movimiento enérgico, volvió a sacar una de ellas para rascarse la cabeza.
―¡Coño, chaval!, para quieto que pareces que tienes pulgas.
―Me pica ―respondió Martín volviéndose a meter la mano en el bolsillo con curiosa lentitud.
―Y chico... yo reconozco que vosotros, los jóvenes digo, lo tenéis más jodido, porque con eso de las enfermedades y su puta madre, andáis con las fundas pa’trás y pa’lante, y uno se queda como dios haciéndolo a pelo.
Santos se reía mientras pasaba su brazo por los hombros del chico. Martín lo miró sin decir nada.

Un tren pasó sin parar por el andén de enfrente. Los ojos de Martín se clavaron en la máquina, lo vio llegar y lo vio marchar. Él seguía allí, sentado al lado de un hombre al que no conocía de nada y que le agarraba como a un viejo camarada.

―¡Santos!, en cuanto pueda, haga el favor de venir.
La mujer quien gritó aquello estaba perfectamente uniformada como la encargada de la estación. Santos la miró y le hizo una seña levantando el brazo.
―Doña Tecla... la madre que la parió... ―susurró a Martín en tono confidencial―. A ésta lo que le pasa es que folla poco… Cagüen la leche, y yo que estaba aquí de puta madre ―poniéndose en pie con cierta torpeza, le dio a entender a Martín que volvería en un momento.

Martín observaba la situación desde el banco. Santos y aquella mujer se habían enfrascado en una ruidosa discusión y el eco de la estación vacía repetía sus voces. Al chico parecía divertirle la escenita, hasta que oyó llegar un tren a lo lejos. Era su tren. Ya era tarde y tenía que marcharse. Se levantó y, muy despacio, se colocó al borde del andén. Echó una mirada atrás y volvió a ver la escena de gritos entre su amigo y la encargada. Santos dejó a un lado su discusión y con un ¡Venga, chaval!, hasta otra, se despidió de Martín. El chico apenas esbozó una sonrisa. Dio un paso hacia adelante y su cuerpo cayó torpemente sobre las vías. Un grito, un chirriar de hierros y una estación en silencio. Santos ya no discutía.

9 comentarios:

mai dijo...

Jolin Elvira, a mi no me puedes contar esto un domingo... Qué tristura... Musus enormes.

Monis dijo...

Me ha encantado el realismo con el que se mueve Santos: su lenguaje, sus gestos...es genial! Aunque tengo que confesar que me había imaginado este final.Muak!

Elvira Rebollo dijo...

Mmmm... sí, tienes toda la razón, algo falla con este final, se admiten sugerencias!!
Besitos,chicas! Mua y mua!

Zuri dijo...

La verdad es que describes todo tan bien que es facilísimo meterse en tus historias. Yo me imaginaba un final “negro” pero más referente al pasado... una historia genial como todas! Beso gordo!

Ico dijo...

Vaya.. triste despedid.. estupendo. .como siempre

Sofy M dijo...

:(

Mistral dijo...

Impresionado al leerte. Un placer Elvira

Ktana dijo...

Ups

Santo Ds que triste relato
Pero es verdad que anda mucha gente asi, callada.Sobretodo jovenes.
En el metro nuestro (Chile) todo es limpieza y pulcritud.
Vieras tu la de historias que los aseadores han contado
Siempre lleno de camaras, uno no se puede tirar ni un pedo, que lo detectan altiro.

Pero si han salvado muchas vidas, sobre todo de chicos, faltos de esperanza, amor y todo eso.

Muy emotivo tu relato, asi mirarè con mas atencion, por si un alma necesita de blindaje de amor.

Que solitaria y fris parece la vida para algunos

Elvira Rebollo dijo...

Gracias, Mistral, nos leemos!

Ktana, la verdad es que se podría hacer otro cuento sobre los pensamientos de Martín pero creo que nunca los entenderíamos, como tú dices: es un "alma sin blindaje".