jueves, octubre 22

The Time Capsule

Tiempo de Intolerancia Susana Bonet
Eran las once de la mañana del sábado, y regresaba a casa después de haber ido al banco a cobrar un cheque. Pensaba que me iba a llevar más tiempo pero en cuatro minutos terminé con el asunto. Por lo tanto, ahora me quedaba todo el fin de semana por delante y eso me angustiaba un poco. No terminaba de acostumbrarme al desolado aspecto de aquel pueblo americano.
Entré en el humilde barrio residencial donde vivía y, al tomar mi calle, saludé a uno de mis vecinos, que estaba sentado en las escaleras de su porche bebiendo una cerveza, hey, chica, me dijo con el botellín en alto.
Justo antes de llegar a mi casa, un perro salchichero me cortó el pasó ladrándome como un viejo cascarrabias. Qué te pasa, le dije poniéndome de cuclillas intentando quedar a su altura. Estiré la mano para darle una palmadita en su estrecho lomo, pero antes de poder hacerlo el perro emitió un agudo grito y echó a correr.
―¡Eh, tú!, ¡no le hagas daño! ―gritó un niño desde la acera de enfrente.
―Yo… no… ―intenté explicarme mientras me ponía de nuevo de pie.
―No muerde, ¿sabes? Así que ¿por qué le pegas? ―siguió recriminándome el niño pero esta vez apuntándome con el dedo.
Por su actitud me imaginé que la discusión iba a ser larga así que me quité los auriculares de las orejas y los dejé colgando sobre mi hombre. Iba a empezar a defenderme cuando vi como su amigo, más bajito que él pero de unos nueve años también, le susurraba algo al oído.
―Perdón, señora… ―dijo el niño alto después de haber escuchado el no sé qué de su amigo.
―¿Señora? ―pregunté con los ojos como dos huevos fritos―, ¿ahora soy una señora?
Ninguno de los dos niños dijo nada, sólo me miraban con cierta inquietud. Les dije adiós con la mano, sin mucha gana, y empecé a caminar otra vez.
―¡Espera, señora, espera! ―gritó el más alto mientras el bajito le estiraba de la camiseta para que dijera aquello que parecía que él mismo no se atrevía―. ¿Puedes venir un momento? ―me preguntó al mismo tiempo que el pequeño me hacía el gesto con la mano para que fuera, eso me hizo mucha gracia. Lo cierto es que el mudito parecía la cabeza pensante del dúo, así que, curiosa, crucé la calle y me planté frente a ellos.
―Yo soy Shayne ―dijo el alto con enorme simpatía―, y éste es mi primo Jesse ―y los dos me ofrecieron su mano derecha para estrecharla.
Muerta de la risa, por aquel gesto tan sincronizado, estiré mis brazos y les estreché a la vez las manos. Aquello fue, lo que se dice, un buen saludo a tres bandas.
―¿Eso es un iPod? ―¡vaya, el mudito tenía voz!
―¿Esto? ―pregunté señalando los auriculares en mi hombro. Los dos niños asintieron―. Sí, es un iPod, ¿por qué? ―dije mientras lo sacaba de mi bolso.
Jesse volvió a decir algo al oído de su primo, y finalmente Shayne rebuscándose en los bolsillos del pantalón me dijo:
―Te lo cambiamos por esto ―y sacó en un rápido gesto, como si de un mago se tratara, un arrugado billete de un dólar.
―¿Mi iPod por un dólar? ―exclamé con la cara totalmente arrugada.
―Bueno… y si quieres te puedes quedar con Roosevelt los martes y jueves, ¿vale? ―negoció Jesse esta vez.
―¿Quién es Roosevelt?
―Mi perro ―dijo Shayne.
―¡¿El salchichero?! ―no daba crédito a la situación.
―Necesitamos tu iPod, señora.
―Elvira ―corregí a Jesse, pronunciando mi nombre en inglés para no tener que repetirlo catorce veces.
―Necesitamos tu iPod, señora Elvira.
―No, sólo Elvir… bueno, ¡qué más da!, ¡que no, que no os doy mi iPod!
Los dos chicos parecieron desistir y con frustración se sentaron al borde de la acera. Me dieron pena.
―Vale, hablemos, ¿para qué queréis mi iPod?
Jesse recobró la energía y me explicó lleno de ilusión que era para su time capsule.
―¿Time capsule? ―repetí intentando darle un significado en español, pero no conseguía entender aquel término aun conociendo las dos palabras.
Shayne salió corriendo en dirección a su casa y cogió algo de la mesa del porche. Regresó casi sin aire y me lo mostró.
―¿Un termo? ¿Time capsule es un termo? ―pregunté absolutamente confusa.
―¡Sí! Metemos cosas del presente aquí, lo enterramos y después, miles de años después, alguien lo encuentra y sabe cómo vivíamos ―explicó Shayne recobrando un poquito de aire.
―¡Aaaaaaaaaaaaaaah! ¡Claro! ¡Una cápsula del tiempo! ―grité en español.
Los niños se rieron al escuchar mi idioma.

La idea me gustó así que les pedí que me enseñaran que habían guardado dentro. Jesse abrió el termo muy voluntariosamente y me mostró un pendrive. Me dijo que habían escrito, en documento Word, una carta explicando quiénes eran, y habían adjuntado varias fotos de ellos y de Roosevelt. También habían seleccionado algunas páginas de Wikipedia con la biografía de Obama, Justin Timberlake, Undertaker, Smiley Ray Cyrius, Lebron James y Ben Stiller.
Me encantó descubrir, a ojos de unos niños americanos de nueve años, quiénes eran las personas más importantes del planeta. Jesse también sacó un sencillo móvil que por diecinueve dólares puedes encontrar en Walmart. Me contó que se lo había regaló su tía Edna por su cumpleaños, pero que su padre no le dejaba usarlo, y por eso no le importaba enterrarlo, sería más útil para la ciencia. Finalmente, con mucho esfuerzo, intentó llegar al fondo del termo y al ver que no podía, lo volteó dejando caer sobre la palma de su mano dos dientes.
―La muela es mía ―se apresuró a explicar Shayne con cierto orgullo― y la paleta es de éste.
―Pues chicos, creo que es genial, de verdad, increíble. La selección es perfecta, con eso ya lo podéis enterrar, no es necesario mi iPod, en serio, no es necesario ―dije fingiendo enorme confianza en mis palabras pero no estaba muy convencida de que estuviese siendo creíble.
Jesse, después de volver a meter los dientes dentro del termo, tomó del brazo a su primo y se alejaron unos metros de mí para deliberar. Se acercaron pocos segundos más tarde.
―Sí, lo vamos a enterrar sin tu iPod ―dijo Shayne retomando el papel de portavoz.
―¡Bien! ―exclamé dando una palmadita―, pues, chicos, pasad un buen día ―y sonriendo me di la vuelta para seguir mi camino hasta casa.
―¿Señora Elvira…?
Reconocí la vocecita de Jesse a mi espalda y girándome le pregunté qué pasaba.
―Señora Elvira, hemos pensado no meter tu iPod…
―Sí, lo sé, ¿y…? ―pregunté con miedo.
―Y también hemos pensado enterrarlo en tu jardín.
―¡¿En mi jardín?! ¿Por qué en mi jardín?
―Porque mi padre no me deja hacer agujeros en su jardín, ya se lo he preguntado ―explicó Shayne creyendo que su respuesta era de lo más razonable.
―¡Normal! ―exclamé con una risa irónica.
Shayne dio un codazo a Jesse y éste se apresuró a decir:
―Señora Elvira, si nos dejas enterrarlo en tu jardín te permitimos que escribas tu nombre en un trozo de papel y lo guardes en nuestra cápsula del tiempo ―y después de decir esto Jesse miró con esperanza a su primo Shayne.
Me ablandó aquella mirada tan llena de ilusión. A fin de cuentas, el jardín no era mío sino del señor Cole, mi casero. Si veía el agujero siempre podía echar la culpa a las ardillas, algo bueno tenía que tener el vivir en la montaña.

Una vez en el jardín, los dos niños buscaron un lugar apropiado y, por supuesto, decidieron que lo enterrarían en el centro.
Nos arrodillamos en el suelo formando un pequeño círculo. Jesse colocó el termo en el medio y los tres lo miramos como si de algo trascendental se tratara. Sí, yo también, en ese punto de la historia he de reconocer que estaba excitadísima con el hecho de poder participar.
Saqué de mi bolso una libretita y un lápiz, arranqué una hojita de cuadros y escribí mi nombre. Lo doblé y se lo di a Shayne que su vez se lo pasó a Jesse y éste, finalmente, lo metió dentro del termo. Todo un ritual de logística.
Después sacudí ambas manos hacia adelante, dando a entender que podían continuar con el proceso de enterramiento, pero ambos chicos se miraron levantando los hombros. Cómo, preguntaron al unísono.
―¿Cómo que cómo?
―No tenemos pala, señora Elvira ―aclaró Shayne.
Suspiré un par de veces y luego les pedí que me dejaran pensar. Pocos segundos después les dije que me esperaran. Entré en casa, eché un vistazo a la cocina y, cuando creí tener lo necesario, volví al jardín muy satisfecha de mi idea.
―Tomad, chicos.
―¿Una cuchara? ―preguntó incrédulo Jesse.
―No, una cuchara no. Mira, una, dos y tres cucharas ―expliqué señalando con el dedo cada una de ellas―. Tres cucharas hacen el total de una pala.
Más o menos les convenció aquella teoría y enseguida nos pusimos a cavar. Cuando terminamos, Shayne tomó el termo y al ir a ponerlo en el agujero Jesse gritó:
―¡Espera, espera!
Shayne se paralizó a medio camino.
―¡Espera! ―volvió a repetir Jesse―. ¡Escupamos!
―¿Qué?¿Unos a otros? ―al oír esta pregunta de Shayne no pude evitar soltar una escandalosa carcajada.
―¡No, idiota! ¡Dentro del termo! Así podrán saber de qué especie somos.
―¡Oh, genial!, ¡el ADN! ―vitoreé a Jesse. Realmente ese niño era un Einstein.
Abrieron el termo y escupieron, luego me lo pasaron a mí.
―¿Yo también puedo? ―pregunté halagada.
―¡Claro! Porque nuestro ADN es americano pero, como tú eres extranjera, los del futuro tienen que saber también cuál es tu especie.
Intenté ocultar mi risa, su razonamiento no dejaba de ser inocentemente encantador. Sin mediar palabra, tomé el termo y escupí dentro. Parecía que estaba todo preparado, así que Shayne, ceremoniosamente, cerró el termo y lo metió en el agujero asimétrico que habíamos conseguido cavar con tres cucharas.
Los niños, en un gesto muy espiritual, se dieron las manos y pidieron las mías. Los imité.
Después agacharon la cabeza y recitaron algo que no pude entender. Cuando terminaron, Shayne se dirigió a mí:
―¿Quieres decir unas palabras en tu idioma?
¡Vaya!, qué gesto tan bonito, qué bonito… Me quedé embobada mirándolos, ¿por qué el mundo no estaría gobernado por niños?, pensé.
Sin dudarlo tomé la palabra, pero cuando iba a empezar a hablar me di cuenta de que no tenía ni idea de qué iba a decir, así que, emulando el tono ceremonioso de los chicos, solté lo primero que me vino a la cabeza en español:
―Yo quiero un novio que me lleve a la bahía ―carraspeé un poco y continué―, que me diga vida mía y que me quite este calor, ay... ay, qué calor, qué calor tengo ―hice otra pausa porque empezaba a entrarme la risa―, qué buena estoy, qué tipo tengo.
―Amén ―dijo Shayne.
―Amén ―respondió Jesse.
―Amén ―dije yo escondida entre mis propios hombros y ocultando la risa tras mi mano.

Después tapamos el agujero y lo pisoteamos intentando dejarlo como antes, fue imposible. Les dije que no se preocuparan, que en poco tiempo la nieve haría el resto.
Me despedí de ellos frente a las escaleras de mi casa. Fred, mi vecino, nos miraba desde porche.
―Gracias, chicos, pasad un buen día ―les dije mientras tomaba de sus manos las cucharas que habían acabado completamente dobladas.
―Gracias, señora Elvira ―dijeron a dúo.
Los vi marchar y subí al porche.
―¿Qué demonios hacíais ahí detrás? ―preguntó Fred con enorme intriga.
―Nada, soñar... ―y con una triste sonrisa me metí en casa a pasar el resto del fin de semana.

12 comentarios:

mai dijo...

Me he quedado muerta!!! Nada mejor que decir que eso? Un novio que te lleve a la bahia? jajajaja, que profunda. Pobres incautos, no saben el ADN con el que van a compartir siglos... bss.

Ayahara dijo...

Jajaj qué buena eres! No veas lo que me he podido reír...
El relato impresionante, hay que ver que inocencia,las ocurrencias e imaginación que tienen los niños. Un besico

Andrea dijo...

Me encantó tu historia, enhorabuena! Es graciosa y está llena de esperanza. Si el mundo estuviese gobernado por niños, iríamos mucho mejor no lo dudo. Un abrazo Elvira!

javierito dijo...

buenisimo.

sempiterna dijo...

Me he reído de lo lindo, señora Elvira, jajaja. Ya cuando hemos llegado al novio que te lleve a la bahía... en fin. Has plasmado superbien la inocencia e ilusión de los críos. Me ha gustado mucho.

Habibi dijo...

Cómo que en ese pueblo no pasa nada???!!!
Genial la historia, y graciosa, como siempre.
La frase?muy tuya, como no podía ser de otra forma, muy buena.
Por cierto, ya hablas inglés muy bien, porque si sólo dices en español la joya del final...

Elvira Rebollo dijo...

Sempiterna y Andrea, es cierto, el mundo en manos de los niños sería una bomba de ilusión. Gracias, chicas!

No, Mai, parece que últimamente no tengo gran cosa qué decir... jajjaja!!

Javierito, me alegro de verte por aquí, todo una sorpresa, muaaaaaaaa!!!

Habibi, me quieres decir cuánto tiempo has tardado en escribir el comentario??, (llevo una hora riéndome), besito, loco!!

Besico gordo para ti también, Ayahara!!

Monis dijo...

Algunos se toman el primer café de la mañana con Buenafuente, pero yo, me quedó sin duda con los relatos de la Elvi: ¡son muchísimo más divertidos!
MUAAAAAAAAAAAAAAAKA!

Elvira Rebollo dijo...

Jajajajaja!! yo seré siempre fiel a mi primer café con Buenafuente!! Muaaaaaa!!!

lopillas dijo...

Rebueno, señora Rebollo :D

Aysh, el fascinante mundo infantil. Que no se codean con cualquier adulto así como así, eh? Sólo con los que tienen ángel, con iPod ó sin él ;) Y ya escupir con los de otra especie es todo un honor jajjaja

Me ha encantado esta otra visión del mundo de los niños y los adultos. Me has sacado la espinita.

Un besito, tiposa de la bahía (qué cosas tienes :DDDD)

100PiEs dijo...

Me parecía ya de antes complicado lo de las tres cosas que se llevaría uno a una isla desierta. Como para pensar en una Time Capsule!

Anónimo dijo...

Precioso! Lo malo de leerlo en el trabajo es que te tienes que aguantar la risa... jejeje