martes, marzo 17

El tercer ojo

China ya se había despertado. Eran las seis y cuarto de la mañana. Lo sabía porque el restaurante de debajo de mi casa hacía un ruido insoportable cada vez que abría y levantaba la persiana de aluminio. El sol se colaba descarado en mi habitación. Oía a los estudiantes dirigirse a los comedores del campus. Me di la vuelta y me hundí debajo del edredón, hoy era viernes, mi día libre. Me iba a quedar toda la mañana en la cama, porque había pasado una noche horrible, la misma pesadilla de siempre se había repetido una y otra vez, estaba agotada.
¡Ríííííííííííínnnng, rííííííííííínnng!
Miré el reloj, siete y veinte.
Salí de la cama destemplada y cogí el teléfono con desgana.
—¿Seeeeeeé…?
—Elvira, ¿la he despertado?
Al oír su voz me erguí como si de un sargento se tratara y fuera a pasar lista.
—Profesor Liu, no, no, claro que no, estaba desayunando, dígame.

El Profesor Lui, decano de la facultad de lenguas extranjeras de la universidad, me metió una chapa eterna sobre las correcciones de los textos 44, 45 y 46 que debía entregar a Feng Min para que pudiera llevarlas a imprenta antes de las diez de la mañana.
Tras colgar el teléfono, me preparé café, dejé correr el agua de la ducha para que se fuera calentando y encendí mi portátil. Leí los emails y la versión digital de uno de los periódicos que tenía en la bandeja de favoritos. Terminé el café y me metí en la ducha. Vaya… no había habido suerte, el agua seguía fría.

Crucé las canchas de baloncesto en dirección al edificio de los despachos.
—¡Profesora Elvira, profesora Elvira, profesora Elvira!
Me di la vuelta y a lo lejos vi a una de mis alumnas de tercer curso saludándome con la mano. Corría con pasitos diminutos, avanzaba más hacia arriba que hacia delante. Era divertido verla.
—¡Vaya! Pero, ¿quién te persigue? —le grité.
No entendió mi chiste, aun así me regaló una amplia sonrisa que me supo a gloria a esas horas de la mañana.
Empecé a subir las escaleras del edificio de los despachos. Los del departamento de español estaban en la sexta planta, no había ascensor. Olía a humedad. Los techos estaban desconchados y el suelo de azulejos bastante sucio. Llegué al pasillo del sexto piso. Allí tropecé con dos alumnas del primer curso, me saludaron muertas de vergüenza y escondiendo una risita nerviosa entre las manos. Les devolví la risa, me divertía ver a jovencitas de dieciocho años tan tímidas e infantiles. Abrí la puerta del despacho 67, lo compartíamos los cuatro profesores más jóvenes del departamento.
—¡Ooooh! Elvira Laoshi, nin hao ma?
Me preguntó Feng Min en un tono exageradamente respetuoso e irónico. Estaba sentada en su mesa, junto a la ventana, con el portátil encendido escuchando RTVE Directo mientras corregía: ¿unas composiciones, exámenes, ejercicios…?
—Podría estar mejor, pero no me quejo, ¿qué haces?
—Corregir estas composiciones de segundo.
—Composiciones… —pensé en alto—. Bien, ¿alguna novedad?
—Déjame ver… —apartó la vista de las correcciones y metió la cabeza en su portátil—. Vale, a ver, la tregua de ETA parece que también incluye lo de la extorsión a los empresarios vascos. Imágenes del cien cumpleaños de Francisco Ayala, ¡qué viejo! ¿eh?, y han llevado a Rocío Jurado a Madrid desde Houston en un avión UCI —Min levantó rápida la cabeza del ordenador—. ¿Qué es un avión UCI?
Se lo intenté explicar entre risas porque su manera de darme el parte noticiero matutino era única, tenía una capacidad especial para resumirme los mejores titulares del día y siempre me hacía reír.
Encendí el ordenador y la impresora, y le conté la llamada del Profesor Liu a las siete de la mañana. Así que en un momento le entregaría los textos para que los llevara a imprenta.
Min, sin hacer mucho caso a lo que le estaba explicando, se acercó y se sentó junto a mí.
—Uy, tú tienes muy mala cara —me dijo con tono de preocupación.
—Estoy bien, es sólo que no puedo dormir, no sé… estoy teniendo un sueño que se repite cada noche dos y hasta tres veces. Y es… una pesadilla que me agota porque paso tanto, tanto miedo que me tiene en tensión toda la noche, no consigo descansar.
—Pues… pues... cuéntamelo —dijo con sus dos manitas en la cara.
—Bueno, es siempre lo mismo, ¿no? Sueño que estoy en mi habitación, es de noche, la habitación está casi a oscuras y yo estoy intentando dormir en la cama, pero tengo los ojos abiertos y empiezo a ver a… personas, ¿no?, a gente en mi habitación. Pero no han llegado de repente, es como si estuvieran allí desde hace tiempo.
—Y, ¿qué hacen…? —me preguntó Min absolutamente enganchada a mi historia.
—Nada… me miran.
—Oh… ¿Todos? Y, y, y, y... ¿son chinos?
—Sí, sí, me miran todos y todos son chinos, todas son mujeres menos el que se sienta en la cama junto a mí.
Min dio un respingo en la silla y se llevó las manos a la boca. Me asustó.
—Feng Min, por favor, me estás metiendo más miedo tú que mi sueño —dije con la mano en el pecho y recobrando el aliento.
—Ay… perdona… bueno, y, ¿qué más?
—No hay mucho más, sólo que las personas son las mismas cada noche, no se trata de gente diferente cada vez, siempre son las mismas, las mismas caras, con la misma ropa, con sus ojos puestos en los míos, en silencio, esperando a que me duerma, no sé…
—Ya… bueno, y, tú… ¿qué haces…?
—¿Yo? ¡Nada! Min, no puedo hacer nada, porque en el propio sueño puedo sentir pánico, veo la imagen y siento un pánico horroroso, real, completamente real, miedo de verdad, ver a estas siete personas en mi habitación me paraliza, me aterra… Y Min, ¿sabes por qué…?
Min se acercó mucho a mí y con un gesto me pidió la respuesta.
—Porque… porque… al verlos yo sé que están todos muertos…
La impresora empezó a escupir los textos, Min y yo metimos un escandaloso grito que intentamos ahogar, rápidamente, con nuestras propias manos al darnos cuenta que se trataba de la máquina.
—Ay… Min… —dije todavía con el susto en el alma—, te aseguro que son tan reales, y el miedo es tan físico, tan agotador, que desde hace una semana es un suplicio irme a la cama y dormirme sabiendo que lo voy a volver a soñar.
Min me miró con seriedad, después se levantó y volvió a su mesa sin decir una palabra. La seguí con la vista. Estaba sorprendida de que de repente el tema le hubiera dejado de interesar por completo, así, sin más. Pero eran muchas las veces que no comprendía sus reacciones, así que no quise preguntarle nada y, olvidando la conversación, empecé a recopilar los textos de la impresora. Me levanté con el capítulo 44 en las manos.
—Elvira… —dijo, finalmente, Min desde su mesa. Me paré en seco al oírla—, Elvira… —repitió mi nombre clavando sus ojos en los míos—, pero… pero, ¿cómo estás tan segura de que es un sueño…?

Las sesenta y seis hojas del capítulo 44 se escurrieron de mis manos temblorosas y fueron cayendo al suelo, rompiendo el escalofriante silencio que acababa de inundar el despacho entero.

jueves, marzo 12

¿Cherry Pie o... no?

Me senté en la barra de la cafetería de la universidad. Jeannie, con su uniforme rosa, se acercó a mí para tomarme nota.
―Hola, cuenquito de miel, ¿expreso doble?
―Jeannie, no me llames así.
―¿Cómo?
―Cuenquito… de miel… ―dije de manera entrecortada por un bostezo.
Eran las diez de la mañana y me moría de sueño y de aburrimiento. Acababa de terminar una clase llena de momias. Intentar poner en práctica el enfoque comunicativo con semejantes estudiantes era desesperante. Veinte sombras recostadas, por no decir tumbadas, en sus sillas con cara de menuda chapa nos estás metiendo, era de acomplejar.
―Bien, ya no te lo llamaré más, abejita.
―¿Abejita? ―preferí no hacer ningún comentario ante su nuevo apelativo, pero lo que estaba claro es que Jeannie venía de familia de apicultores―. Sí un expreso y, anda, ponme un trozo de este cake.
―No, no es un cake, es un pie, mi abejita loca.
―Oh... ¿y cuál es la diferencia? ―dije observándolo tras el cristal de la pequeña nevera de la barra.
―Pues mira, abejita, éste es un pie, ¿verdad? Y éste ―dijo mostrando la tarta de al lado― es un cake, ¿ves?, pie y cake, cake y pie ―explicaba señalando cada tarta alternativamente.
A mí los dos me parecían iguales excepto por el color, uno rojizo cereza y el otro azulado arándano. Pero parecían tener la misma masa y sus idénticos trocitos de fruta en la parte de arriba.
Negué con la cabeza y le hice ver que no captaba la diferencia.
―Mira, cuenquito…
―Jeannie… ―la interrumpí con tono de regañina.
―Perdón, abejita ―realmente no sabía cuál era peor, si cuenquito o abejita―, mira, mira ―Jeannie sacó ambos platos y los dejó sobre el mostrador―, ¿lo ves ahora?
Bien, sí, los veía y un poco más cerca pero aquello no estaba siendo un argumento aplastante para marcar la diferencia, ¿no? Luego dicen que ser profesor de tu lengua materna es facilísimo, ¿sí?, explicar con palabras a un extranjero lo que para ti es obvio no es tarea sencilla y si no que se lo pregunten a Jeannie.

La mujer de enorme culo, sentada en la mesita de detrás se levantó y, con confianza, me colocó su mano sobre la espalda aun no conociéndonos de nada, mientras ofrecía su teoría sobre los diferentes dulces.
―Mira, cariño, éste tiene nata, aquí, un poco, ¿lo ves? ―dijo señalándome el pastel azulado― y éste no ―ahora su dedo estaba en el plato del pastel rojizo―, así que podemos decir que si tiene nata se trata de un cake y si no de un pie.
A pesar de no tenerlas todas conmigo, le dije que ahora sí que lo entendía perfectamente. Triunfadora la mujer volvió a su mesa. Tras pensármelo unos segundos me seguí decantando por el pastel de cereza y se lo pedí a Jeannie.
―Claro, mi abejita, marchando con tu café.
En nada, me sirvió un colorido plato con un trozo de, definitivamente, cherry pie y mi café. Después, me ofreció un tenedor y salió de detrás de la barra con otro en la mano. Se sentó en el taburete de al lado y pinchó un trozo de mi pastel con absoluta normalidad.
―Pero, Jeannie, ¿qué haces? ―pregunté con cara susto.
―Ay, abejita, compartimos, ¿vale?
¿Compartimos? Yo no compartía nada, era egoísta por naturaleza, yo de pequeña era de las que decía: lo siento, pero mi madre no me deja dejar. Compartir, prestar, dar e incluso hasta ofrecer me daba alergia. ¡No! ¡Es mi pastel!
―Vale… ―qué podía decir.
―Así me cuentas lo guapos que son tus alumnos, ¿eh?, vamos, cuenta, cuenta ―dijo metiéndose un inmenso trozo de pastel a la boca.
Pero antes de tragarlo, Jeannie volvió corriendo a la barra. Rebuscó algo debajo del mostrador. Después, con la misma prisa con la que se había marchado, se sentó nuevamente junto a mí mostrándome, con enormes ojos de niña ilusionada, un bote de nata montada.
―Ya vas a ver qué rico está ahora, espera, espera… ―y echó un buen chorro de nata montada sobre el trocito de pastel, formando una blanca montaña piramidal.
Observé el resultado con inquieta curiosidad. Absorta en mi propio y simple mundo interior, tomé el plato de manera fascinada y giré mi taburete.
―Disculpe… ―dije enseñando el plato a la mujer de enorme culo sentada en la mesita. Ella se dio la vuelta y me atendió con interés― y… ¿ahora…?, ¿pie o cake?

domingo, marzo 8

Madre no hay más que una

―Estás guapa, guapa, guapa, guapa, guapa, guapa, pero oye, ¡qué guapa que estás! Yo nunca te había visto así, ¿eh? Estás en tu mejor época, que te lo digo yo ―me decía mi madre mientras desayunábamos en la cocina de su casa―. De verdad, porque cuando naciste… madre mía… nunca he visto un bebé más feo, fíjate, pero fíjate cómo serías que cuando entraban las enfermeras a la habitación, las pobres para consolarme, porque yo no podía parar de llorar al verte, pues me decían: pero mujer, no llore que el año pasado tuvo usted un hijo muy guapo.
Me reí, no sé ni las veces que me había contado aquella historia.
―Sí, es que Gerardo tenía que ser un bebé muy guapo ―dije mientras pasaba las hojas del periódico sin prestar mucha atención al contenido.
―¿Gerardo? ¿Tu hermano Gerardo? Guapísimo, era una cosa de llamar la atención, de verdad te digo. ¡No te rías, boba, que es cierto! Con esos ojazos verdes, bueno… Pero lo mismo te digo que a ti para pasearte te llevaba con la capucha puesta y la manta hasta las orejas porque ¡eras de susto! Toda llena de pelo, qué cosa más horrorosa.
―Bueno, seguro que algo bueno tenía ―dije con media sonrisita.
―Uy, pues que eras una niña muy graciosa, porque lista, lo que se dice lista tampoco nos saliste, pero tenías un salero… tu tío Rafa se tronchaba contigo, y tu abuela Isidora también, lo que se reía esa mujer con sólo verte. Bueno, y a mí, ¿eh? A mí ¿cómo me ves? ―se apartó la taza de café de la boca y sonrió mirando al más allá, como si le fueran a sacar una foto en aquel instante.
―Guapísima, ama ―dije riéndome, me encantaba cuando hacía sus poses de actriz.
―Ya, la verdad es que todos me lo dicen, ¿eh?, Ay, Carmen pero qué estupenda estás, estás, mira, estás como nunca… ay, Carmen, ay, Carmen. Todos, todos, ¿eh? Hombre, a ver, no te voy a decir que no porque es que sí, pasé una racha, que buffff, qué racha, ¡ay, madre! Chelo, Antonia, Olga, tu tía Feli, Begoñita ―iba enumerando cada nombre contándose los dedos de la mano―, bueno, vamos, que todos me lo decían, porque estaba demacrada, como ¡para no!, ¡si te marchaste siendo una cría a China!
―¡Ama, tenía veinticinco años!
―Pues eso, una cría ―me respondió con absoluta convicción―, pero he de reconocer que China te sentó estupendamente porque mírate ahora qué guapísima estás y ¡hasta te has vuelto lista!, porque, hija, no has parado desde entonces, no-has-parado, que todos me lo dicen, ¿eh? ―y volvió a desenfundar sus dedos para contar―, Lalia, Ramontxu, Merche, Pedrolas, Angelita, Vicenta, si hasta el zapatero me lo dijo el otro día que fui a llevarle las botas altas que tengo de ante gris, las que me pongo con la falda tubo negra, ya sabes, ¿no?
―Sí, sí… la larga ―intenté adivinar mientras pegaba otro sorbito de café.
―¡No, mujer! La tubito que me queda justo por debajo de la rodilla ―y esperó a que con un gesto le diera a entender que sabía de qué me estaba hablando, así que cerré los ojos y asentí rápidamente con la cabeza.
―La tubito, sí, la tubito, sí, sí, ya, ya.
―Bueno, pues me preguntó a ver si venías por vacaciones, qué hombre tan bueno es ése, de verdad, y me dijo que te vio en el periódico, que lo tiene guardado, fíjate, qué majo, ya sabes que se le murió la mujer, ¿no?
―Ay… pues no… ―dije atónita viendo la capacidad que tenía mi madre para cambiar de tema sin pestañear.
―Pues, empezó que si me duele aquí, que si me duele aquí, ay, ay, que se murió.
―¿De dolor?
―No, mujer, de cáncer.
―Ah… ―contesté dejando la taza de café en la mesa.
―Y el hijo de Txomin, el de la ferretería de la esquina que la traspasó el verano pasado, pues, guapa, se murió de lo mismo.
―De dolor.
―¡Y dale la mandanga, dale la mandanga!, mira que eres pesada ¡de cáncer! Hija, que a veces pareces tonta, ¡de cáncer!
Estaba completamente muerta de risa viendo a mi madre tan furiosa.
―Anda que… cómo te gusta burlarte de tu madre, vas a cobrar, ¿eh? ―me dijo contagiada por mi risa.
Después me miró fijamente ladeando la cabeza y me dijo con seriedad:
―Oye… ¿Irás a la pelu a que te corten un poco las puntas?, ¿no?, que tienes ya mucha greñidera y a que te den esos brillitos para que se te aclare un poquito la melena, ¿no?
Me estiré un mechón de pelo hasta colocarlo ante mis ojos.
―¿Qué le pasa a mi pelo? Pensaba que estaba guapa ―dije sin apartar la vista de mi mechón.
―Estás guapísima, ya te lo he dicho, pero vete a cortarte el pelo y a que te den brillos.
Desde hacía siete años lo más cerca que mi madre me había tenido era a seis mil kilómetros de distancia, viéndome una o dos veces al año a lo sumo, así que dejé que me apabullara con su rol de madre, creo que estaba en todo su derecho.
―Bien, pues llamaré para coger vez ―dije.
Mi madre se levantó de la silla como si le picara el culo de repente, fue a la salita junto a la cocina y regresó con un cuadernillo. Descolgó el teléfono y empezó a marcar.
―Ya te la cojo yo, cariño, que a mí me conocen y te pasan ahora enseguida, termínate el café, ah, y en la nevera tienes los yogures que te gustan, y también te he cogido queso de Burgos y pavo, que ya sé que te gusta ponerte con… éste… ¿A ver? ¿Garbiñe? Que soy Carmen Garay, que ayer llegó mi hija de los Estados Unidos con unos pelos de asustar y…
La miré desde la mesa y después observé mis manos sujetando el café. Éramos tan diferentes, dos seres antagónicos unidos por un amor, agotadoramente, ilimitado.

martes, marzo 3

Trilogía, Parte tercera: Paul Newman

15-febrero-09 Huntington
―Venga, Txiki, no llores, a ver… que seguro que tiene arreglo.
―Posh… no… nop thene ―intenté contestar mientras me tragaba los mocos ahogada en mis propias lágrimas― man… man disho lops teznicos que nop… que tol disco duro ferdsito…
―Que todo el disco duro, ¿qué?
―¡Ferdsito! ¡Joe! ¡Ferdsito-ferdsido-ferdido…!
―¡Ah! ¡Perdido! ―me tradujo mientras le oía ocultar la carcajada al otro lado de la línea.
Me soné la nariz y me tumbé en el suelo agarrando el teléfono con una mano y dando un mamporro a mi portátil con la otra, mientras gritaba:
―¡¡¡Me caggggggo en tó Poshiba de mieeeeelda, jo, miellllldaaaaaaaa…!!!!!!
―Toshiba, Txiki, que Poshiba se puede malinterpretar.
Aun sin parar de llorar me reí un instante y, luego, volviendo a mis pucheros le dije que lo había perdido todo, que no tenía copia del disco duro y que lo había perdido todo, todo, todo: fotos, programas de las clases, miles de actividades, archivos irremplazables, música y mis cuentos… decenas de cuentos.
―No has perdido nada, tontorrona, que todavía guardas tu cabeza y me tienes a mí, así que vamos a empezar de cero pero vamos a empezar ―me dijo con esa seriedad tan cariñosa con la que sólo él sabe hablar―, venga, Txiki, empieza a dictarme tu próximo cuento que yo te lo voy escribiendo a ordenador, a ver… venga, ¿de qué va?
Su tierno optimismo me derrocó. Me levanté del suelo y me senté en la butaca, no sin antes darle una patada al maldito ordenador que seguía tirado en la alfombra. Me dejé abrazar por la enorme butaca y le dije muy bajito:
―Va sobre ti, mi amor…

27-diciembre-08 Bilbao
―Jo, Elvi, va… venga, va, cásate con él, que queremos una boda en Dubai ―me decía Marieta mientras sacaba de su bolso el monedero con el bote de todas.
Estábamos parte de la cuadrilla disfrutando del sábado noche en uno de los bares del Casco Viejo.
―¿Dubai...? Pero si es de Pakistán… ―sentía que la lengua me empezaba a resbalar.
―¡Qué más dará si está forrado! Anda, que ni para casarte sirves, ¡hala!, vete a pedir que te toca. ¡A ver! ―gritó al resto del grupo―, que la enana va a pedir, entonces, son: una, dos, tres cervezas, un kalimotxo sin hielos y dos cubatas, ¿no? ―todas parecían estar de acuerdo, así que Marieta me encajó el monedero debajo del sobaco y me empujó contra la barra.
―Pero… pero… ven a buscarme luego que no puedo con todo, ¿eh? Marieta, ven… ven a buscarme, ¿vale...? ―le grité desde la barra, mientras ella se moría de la risa viéndome espachurrada por la gente, intentando recitar mi pedido cada vez que el camarero hacía acto de presencia en mi campo de visión.

―¡Que no me toques, chaval, que tengo novio, coño! ―amenazó la tía alta y rubia de mi lado al chico que tenía detrás.
―¡Aiba la ostia, pero si ni te he rozado, joder! ―respondió el chico.
―¡Touch’ pas! ¡Tu m’énerves! ―dije yo imitando un irritante acento francés para, simplemente, tocar las pelotas.
Cuando los dos me miraron con cara de pocos amigos, me di cuenta que mi intromisión no había tenido mucha gracia.
―Bueno… es lo que me decía mi ex, meses antes de dejarme por otra, ¡touch’pas!, ¡no toques!, ¿no? como tú, como tú… ―expliqué señalando a la rubia. Intentaba fijar un punto de unión entre las dos y formar hermandad.
―Bufff… ya, tía, es que todos los hombres son unos cerdos ―sentenció la rubia apartándose el pelo hacia atrás de un manotazo.
―Pues sí, pero a mí me da igual, porque cuando mi novio francés me dejó me fui a China a visitar a mi amigo Roberto que le dije que estaba perdida y él, que es muy así, me contestó que él ya me encontraría, pero no os penséis mal porque es gay, entonces lo vi claro y me fui para Singapur, y allí casi me caso con un jeque pakistaní, pero no, al final escapé, porque yo no estaba enamorada, y ahora vivo en los Estados Unidos metida en un pueblo lleno renos y osos que me roban la merienda, y… ¡voilà! aquí me tenéis, que he venido a pasar las navidades a Bilbao, porque mi amiga Cris, Cristina, que vive en Los Angeles, que por cierto, qué ciudad más horrorosa, me ha dicho que espere porque Paul Newman vendrá a tocarme la puerta.
―¡Joder, menuda chapita se ha cascado la puta enana ésta! ¡Menuda friki de mis cojones! ―me contestó la rubia mientras recogía sus bebidas de la barra y se abría paso con sus enormes tetas.
―Oye, oye… y… mmm… y tú… mmm… ¡más!, ¡más, más, tú!, ¿eh…? ―increpé tras ella pero no muy alto no fuera a oírme, soy valiente pero lo justo.
El chico ocupó el sitio vacío que había dejado la rubia en la barra, colocándose junto a mí.
―¡Ey! ¡Touch’ pas, tu m’énerves! ―le grité levantando en alto el monedero que acababa de sacarme del sobaco.
Por su cara me di cuenta que estaba alucinado así que intenté calmarlo, porque así de cerca ganaba mucho el chaval.
―No… no… ―decía apaciguando la situación con las palmas de las manos abiertas―, es broma, je, je… touch’pas, lo de mi ex, lo de… que te decía que él me decía… pero, vamos, que yo no te lo decía en serio, ¿eh?
Me sonrió y después pidió al camarero sus consumiciones.
―Toda esa historia que nos has contado, ¿es cierta o te la has sacado de un cómic?
―Es cierta.
―Joder, pues escribe un libro contando tu vida que te forras.
―Es lo que intento. ¡Ah! Me llamo Elvira ―dije dándole dos besos en la mejilla. Qué suave estaba, recién afeitado.
―Yo Paul ―y se acercó para darme dos besos cuando mi mano le paró en seco porque acababa de poseerme un ser extraño.
―¿POOOOOOOOOOOOOOOL????? ¿Te llamas POL??, ¿como Pol Newman?
―No, joder… Paul, con a y con u, Pa-ul, y sin acento, que no me gusta, que en el colegio, cuando era pequeño, siempre me lo tildaban y buah… no me gusta nada, yo en euskera, así, Paul.

Enmudecí. Me agarré el pecho, sentía que el corazón me iba a reventar los tímpanos. Vi como se llevaba las bebidas mientras me decía que ya nos veríamos por ahí, ni le contesté, no podía.
―Venga, guapa, ¿qué te pongo? ―me preguntó el camarero.
―Pues… lo que tú quieras…
Regresé a la cuadrilla con dos mojitos, un Ginkas, una tónica y dos Redbull.
―Pero, ¿qué es esta mierda? ―preguntó Marieta mirando atónita mi cargamento.
―Ay, ya… jo, Marieta es que me he liado, es que no sabes… ay, Marieta, que lo acabo de conocer.
―¿A quién? ―me preguntó mientras repartía la bebida sin mucho entusiasmo.
―A Paul…
―¡Anda! Como Pol Newman.
―¡No! con a y con u y sin acento, que no le gusta, en euskera, así, Paul.
―Pues menos mal que lo acabas de conocer, porque cuando te cases con él serás capaz de sacarnos un ojo si decimos mal su nombre ―Marieta, se calló y miró seria detrás de mí―. ¿Era el chico que estaba a tu lado en la barra?
―Sí…
―Pues lamento comunicarte que tu Newman está saliendo del bar con un grupo de tíos que, por cierto, el alto de sudadera negra está cañón.
Me faltó tiempo para dejar a Marieta con la palabra en la boca y salir corriendo.
―¡Ey! ―grité desde la puerta del bar al grupo de chicos que acababa de salir―. ¿A dónde vais?
Todos se dieron la vuelta y Paul, al reconocerme, se rió. Metió las manos en los bolsillos y dijo que no sabía, que andarían por ahí. Sí, vale, pero por ahí tiene muchos bares, necesito algo más preciso. Sin más se dieron la vuelta y los vi perderse por las callejuelas del Casco.
Entré de nuevo en el bar como si me hubieran pegado una paliza. Marieta pasó su brazo por mis hombros y me ofreció un vaso intentando animarme.
―¿Qué es esto? ―pregunté mirando con intriga el líquido marrón.
―Jarabe de no sé qué, lo has traído tú y mira, mira cómo te deja la boca ―Marieta abrió los labios y al volverlos a cerrar ya los tenía enganchados al frenillo, enseñando dientes y encías. Nos reímos como bobas, después yo probé un poco y repetí su mismo gesto. Como no podíamos hablar, nos dábamos golpes para mirarnos la una a la otra a ver quién ponía más cara de caballo, así pasamos el rato hasta que el resto nos dijo que nos íbamos.
―Mis pequeños cerebros prodigiosos ―nos dijo Blanquita con rintintín―, nos vamos al Mitote, coged los abrigos y a vuestros caballos.
Marieta y yo nos tronchamos de risa, más todavía, al escucharlo.
Llegamos al Mitote. Blanquita fue a pedir, porque después de mi éxito no querían ni que me acercara a la barra.
No sé el tiempo que pasó pero estaba cansada así que anuncié a todas que en breves me marcharía a casa. Cogí mi bolso y fui a los baños. Me puse en la cola. Alguien me empujó por detrás y gritó en mi oído:
―¡Tush pá!
Me giré con una carcajada.
―¡Touch’ pas! ―repetí entre risas―. Hola, Paul con a y con u…
―Hola, Elvira, la txikitina de la barra.
Le miré embobada, sabía que aquello no estaba siendo una coincidencia.
―Venga, que te invito a algo ―me dijo con naturalidad.
―No, si es que yo ya me iba ―nada más decirlo me mordí la lengua y me torturé pellizcándome, con disimulo, la pierna. Bien, que no cunda el pánico, si dice que es una pena y se queda en el bar es que el destino se ha estado descojonando de mí toda la noche, si dice que él también se va es que llevamos el mismo camino pero no será fácil, y si dice que me quiere acompañar significa que los reyes magos se han adelantado este año y me han traído al Paul Newman que les pedí.
―Mmm… bueno… pues… no sé, yo, la verdad, es que igual también me piro…
Al escucharlo me agarré el estómago porque no sabía si eran mariposillas lo que tenía dentro o que me estaba cagando de los nervios.
―Bueno, pues ya nos veremos por ahí ―le dije haciéndome la dura y me acerqué para darle dos besos mientras rezaba una y otra vez: dime que me acompañas, dime que me acompañas, dime que me acompañas, dime que me acompañas…
―Sí, ya nos veremos ―y me dio los dos besos―, pero oye… si subes podemos ir juntos, así me vas contando más historias de las tuyas.
Un golpe seco agitó todo mi cuerpo llenándolo de ilusión. Como una moto recogí mis cosas sin pasar por el baño, ya mearía en casa, y me despedí de todas mis amigas.
Me reencontré en la puerta con Paul.
―Venga, ¿qué más sorpresas guardas por ahí?, cuéntame algo ―dijo abriéndome paso entre la gente que esperaba fuera del bar para entrar.
―Pues… no sé… mmm… ah, sí, ¡mira!, sé hacer el caballo ―y le mostré mis labios pegados a las encías, todavía, resecas por el Redbull.
Paul se rió como un tonto. Yo le miré sin poder creérmelo, porque era la primera vez que los reyes magos me traían lo que les había pedido.