viernes, marzo 5

Pide un deseo...

—Y ¿cuándo te dicen si te han dado la beca?
—¿Qué? —preguntó Elvira levantando la cabeza de su taco de exámenes.
Era lunes, la semana acababa de empezar y las dos profesoras estaban compartiendo su momento post weekend en el despacho de Elvira.
—La beca, para el Máster, ¿cuándo te lo confirman?
—Buff, no sé… ¿en mayo?, ¿junio? —y ladeando la cabeza volvió a la corrección de exámenes—. No me la van a dar, es imposible, no me la van a dar… —musitaba enormemente desanimada.
—Bueno, no adelantemos acontecimientos, ¿eh? No lo sabemos, ¿vale? Además, ¿qué más te da la beca? —dijo Kayla sin darle demasiada importancia a lo que acababa de preguntar.
—¡¿Que qué más me da la beca?! —repitió con rintintín poniéndose de pie—. ¡Kayla, el Máster cuesta cuarenta y dos mil dólares, y la universidad está en una de las ciudades más caras del mundo, New York! Me quieres decir ¿cómo podría pagar semejante gasto? ¡Kayla, por favor, piensa!
—Bueno… bueno… tranquila…—decía moviendo los brazos lentamente, hacia arriba y hacia abajo, para que volviera a tomar asiento y se tranquilizara. Elvira la obedeció y se sentó refunfuñando—. Muy bien, así, tranquilita, cariño. Ahora vamos a buscar la manera de pagar los cuarenta y dos mil dólares del Máster más los otros cuarenta mil que te costaría vivir en New York por dos años, ¿sí?
Elvira se desplomó sobre la mesa al oír aquellas cantidades de dinero. Ay… me voy a morir, decía, ay… que me muero…
A Kayla le entró la risa viendo a su compañera de trabajo tan apesadumbrada dándose cabezazos contra la mesa. Esperó un poquito y después decidió intervenir para evitar aquel haraquiri de oficina.
—Cariño, puedes trabajar al mismo tiempo.
—Tendría visado de estudiante y sería ilegal trabajar, necesitaría conseguir el J1 otra vez —dijo sin levantar la cabeza.
—Ya… mmm… —pensaba Kayla con la mano apretándose los labios—. Y ¿un crédito?
—No tengo permiso de residencia, ningún banco americano me daría un préstamo, ayyyyyyy... —dijo esta vez elevando un poco más el tono de sus gemidos.
—Ya, claro… bueno, pues… —Kayla se rascó la cabeza, después se frotó el cuello poniendo labios de pato y, al final, también se golpeó la cabeza contra la estantería, se daba por vencida —Oh, lo siento, cariño, no sé…—dijo dando un manotazo a la balda. Del golpe un libro cayó al suelo. Kayla lo miró primero y, sin mucha decisión, lo recogió con un lento movimiento, como si lo estuviera meditando. Con el libro ante sus ojos exclamó:
—¡Elvira, ya lo tengo!, ¡tu libro!
—¿Eh? —dijo incorporándose en la silla con carilla de ojos tristes—. Ah, bah, tranquila, déjalo por ahí —y volvió a la posición haraquiri—. Ayyyy...
—¡No! ¡Éste no, tu libro! Elvira, ¡tu libro, el de verdad!
—¿Qué libro? —preguntó esta vez sin intención de levantar la cabeza.
—Tu libro, ¡tu-no-ve-la! —deletreó agitando el libro delante de su cara.
Elvira reaccionó pero no dijo nada, no sabía si estaba entendiendo lo que quería decir Kayla, pero algo estaba captando, así que dejó que continuara.
—Elvira, ¿ves esto?, hojas —y abrió el libro sacudiendo las páginas de un lado a otro—, pastas, título —y subrayó el título de la portada con el dedo índice—. Cariño, derechos de autor, ¡así de fácil! —y chasqueó los dedos victoriosa—. Sólo tienes que vender un número determinado de ejemplares de tu novela y ¡voilà!, tus gastos cubiertos.
—¿Número determinado de ejemplares? Kayla, ¡¡tendría que vender ochenta mil ejemplares para conseguir ochenta mil dólares!!
—Bueno, pues los vendes.
—Kayla, por favor, es mi primera novela, nadie la va a comprar —dijo desganada apoyando la nuca en el respaldo de la silla.
—Así, no, ¿eh? Cariño, así, no —echó un vistazo rápido al despacho y luego tomó una silla que estaba junto a la puerta y la arrastró hasta colocarse frente a Elvira—. Vale, ¿cómo se llama tu editor?
—¿Qué editor? —preguntó erguiéndose de golpe, como si le picara el culo.
—Tu editor, cariño, has firmado un contrato con una editorial, vas a publicar una novela, eso significa que tienes un editor.
—¿Yo? Yo no tengo de eso.
Kayla resopló, se retiró el pelo hacia atrás y rumiando las palabras en la boca volvió a decir:
—Sí tienes un editor. A ver, piensa en la persona que te dijo que le gustaba la novela, la que te ofreció el contrato…
—Ah, ¿ése? —dijo sin dejarla terminar.
—Sí, ése es tu editor.
—Vaya, tengo un editor, mi editor… —repitió saboreando el jugoso posesivo en su boca.
—Bueno, ¿cómo se llama?
—Chete.
—¿Chete? ¡Ése no es nombre de un editor!
—Hombre, imagino que será un diminutivo, ¿no?
—¿De qué? ¿De Tranchete o de Chochete?
Elvira rompió en un tremendo ataque de risa, porque la verdad es que nunca se había percatado de ello. Siempre lo había visto escrito con nombre y apellido: Chete Bustamante, y las pocas veces que había hablado con él nunca lo llamaba por su nombre de pila, le parecía poco respetuoso.
—Chica, no sé —intentó explicarse todavía entrecortada por la risa—. Imagino que será de Francisco, ¿no? Fancisco, Francisquete…
—Sí, sí, claro, lo veo, ahora lo veo, Francisco, Francisquete, Casquete, cuidado que te veo el Chete, ¡Elvira, por favor!
Pero Elvira estaba tronchada de la risa, haciendo verdaderos esfuerzos para no caerse de la silla.
—Cariño —empezó diciendo Kayla fingiendo seriedad aunque su propio chiste le había hecho tanta gracia como a Elvira—, vamos a visualizar la situación, ¿sí? La cuestión es que el señor Chete te llamará un día y te soltará el rollo de que una novela es como un hijo y bla, bla, bla, pero que hay problemas.
—¿Hay problemas con mi novela?
—Sí y tú, a todo esto, ya estás viviendo en New York, compartiendo un diminuto apartamento con cuatro personas más en Queens, fregando platos en un restaurante y dando clases particulares porque tu visado no te va a permitir otro tipo de trabajo. Asistirás todas las tardes al Máster y por las noches escribirás tu segunda novela.
—Vaya, ¿y cuándo duermo? —preguntó angustiada agarrándose las tetas.
—No dormirás pero Chete, como te he dicho, te llamará y te dirá que lo lamenta pero la publicación de tu novela se retrasa hasta finales de octubre.
—Oh, no… ¿finales de octubre? —seguía agarrándose las tetas.
—Sí, pero nos conviene, ¿por qué?
—¿Por qué?
—Porque en esos meses de retraso tú, que te repito que ya estarás viviendo en New York, harás una extraordinaria publicidad de tu novela, moviéndote por lo más bohemio e intelectual de la ciudad.
—Pero ¡si iba a estar fregando platos!
Se le escapó la risa a Kayla, le empezaba a dar penita su amiga, reflejaba en su cara tanta tensión.
—Tonta, ya me entiendes. Y ¿entonces?
—¿Entonces?
—Llega noviembre, tu novela en la calle, primera semana los mil ejemplares vendidos. Segunda edición, otros mil en dos semanas. Te vuelve a llamar Chete y te propone hacer una tercera edición de diez mil ejemplares, confían en ti.
—¡Ay, madre mía! —dijo con las manos aplastándose la carita.
—Vendidas. Cuarta, quinta, sexta edición, esto es un no parar. Va de boca en boca. Se convierte en el regalo por excelencia de las navidades. Elvira.
—¿Qué?
—Llega febrero del año que viene, y tu novela lleva vendidas casi cien mil copias.
Elvira se puso en pie de un brinco.
—¡Con eso tengo más que de sobra! —gritó entusiasmada.
Kayla se rió y dándole un beso en la mejilla se despidió, tenía dos clases más antes de terminar el día.

Era viernes y la semana estaba terminando. Elvira guardaba los manuales de español en el primer cajón de su escritorio, cuando el teléfono de su despacho sonó.
—¿Dígame? … Uy, sí, sí, soy yo… sí, claro, pero me sorprende que me llames, ¿todo bien?... ah, ya… ya… sí… vale, entiendo… claro, claro… normal ¿no?... ya… imagino, claro… bueno, pues si es así… vale… no te preocupes, son cosas que pasan, está bien, lo entiendo… gracias por llamarme… sí, sí, adiós, adiós, sí, adiós.
Elvira colgó el teléfono y todavía tardó un instante en reaccionar. Se apretó la nariz con los dos deditos pinza de la mano derecha, aguantó la respiración, miró la puerta y tras contar hasta tres, salió disparada.
—¡Kayla! —dijo tocando con los nudillos la puerta abierta del despacho de su compañera—. ¿A que no adivinas quién me ha llamado?
Kayla se dio la vuelta porque estaba girada hacia el ordenador. Levantó los hombres, ni idea, dijo.
—Chete.
—¿Francisquete?
Elvira se rió como una boba. Después añadió:
—Hay problemas con mi novela. No sabe muy bien, pero es seguro que para septiembre no la pueden editar, por lo menos habrá que esperar hasta octubre, dice.
Kayla se tapó la boca con ambas manos. Su expresión era una mezcolanza de pánico e ilusión. Por fin, se levantó, extendió sus brazos hacia Elvira y gritó:
—¡Cariño, tenemos poderes! ¡Tenemos poderes! —y mirando al techo y alzando las manos empezó a recitar—: ¡Por favor, yo quiero que sea médico, cirujano plástico, forrado y que todas las noche me masajeé los pies! ¡Casa en Los Ángeles con playa privada! ¡Un Mini Cooper verde descapotable y un…

5 comentarios:

Elvira Rebollo dijo...

Por los comentarios publicitarios que se me estaban colando últimamente he optado por aplicar seguridad y, ahora, después de escribir vuestros comentarios tendréis que copiar las palabritas de coleres en la caja y continuar con el proceso normal.
Espero que no os resulte muy engorroso.
Disfrutad del nuevo cuento!

Mizu dijo...

Me encanta Kayla. El vaso siempre medio lleno! :) Besoooo!

mai dijo...

Me encanta Elvira!! Que viva Chete!!! Nos forramos!!! Ay, que emocion tengo, en unos meses... a NY en businesssssssss!!! jajaja. Mua!

Leire dijo...

¡Me alegro un montón por Elvira! Ojalá se cumplan sus sueños.

Anónimo dijo...

Seguro que se cumple el deseo... "5"