viernes, marzo 19

Filólogos, esa extraña raza

Elvira llegaba a la mesa con la lengua fuera, mordiéndosela de medio lado con los incisivos. Creía que de esta forma podría mantener mejor el equilibrio, pero no se daba cuenta de que parecía medio tonta. Portaba un plato a rebosar de palmeritas de chocolate, huevos revueltos, tres salchichas, una tostada con dos tarrinas diminutas de mermelada, macedonia de fruta y arroz con bacón.
Ay, mierda, el café, dijo una vez a la mesa. Se levantó de nuevo, tomó una de las tazas apiladas que había sobre un carrito en mitad del comedor y fue directa al termo eléctrico.
—¡Hala! ¡Rober, Rober, mira cómo sale el chorrito, mira cómo sale! ¡Mira, mira, es automático! ¡Qué chorrito!
A Elvira no sólo le oyó Roberto, que estaba sentado en su misma mesa revisando algo en el portátil, sino también el resto de los comensales del restaurante-comedor del hotel.

Eran las nueve de la mañana. Roberto y Elvira, al igual que otros sesenta profesores más, estaban hospedados en el Hotel Hyatt de Manila invitados por el Instituto Cervantes. Era el primer congreso PELEA, Profesores de Español como Lengua Extranjera en Asia.
—Menuda pelea nos espera durante los próximos cuatro días, ¿eh, Rober? —dijo Elvira sentándose con su taza de café en la mano—. ¿Entiendes? Pelea de PELEA, es que yo me meo, ¡ay, he estado en una pelea en Manila!, la gente flipa, ¿no?, yo me parto, pe-le-a.
Era gracioso, sí, pero Elvira había repetido el chiste unas cinco veces desde que la noche anterior su avión aterrizara en Filipinas procedente de China.
—Bueno, ¿qué te parece esto? —preguntó Roberto dando la vuelta a su portátil para que Elvira pudiera ver el PowerPoint que estaba preparando.
—Tú no has entendido el chiste.
—¡Ay, nena, que sí que lo he entendido pero te repites más que el ajo! Venga, ¿te gusta o no?
Elvira mordisqueó una de las palmeritas mientras se acercaba a la pantalla del ordenador de su amigo. La enseñanza del español en Bangladesh desmonta la metodología tradicional en el aula, leyó en voz alta a la vez que escupía virutillas de chocolate.
—¿Sí? Entonces, primero presento el sistema educativo de Bangladesh —decía Roberto escenificando con las manos sus palabras—, y como consecuencia el choque que supone la enseñanza del español, lucha mordaz entre el enfoque comunicativo y el tradicional, reinvención de los manuales por parte del propio profesor de español que… Nena, ¿me sigues?
Pero Elvira estaba demasiado concentrada en mezclar los dos sabores de mermelada en la tostada y rociarla del arroz frito con bacón.
—…y ahora le pongo un troncito de piña y… —murmuraba ella sola—. ¡Mira, Rober!, ¡tostada filipina! O, si lo prefieres, tostada a lo Isabel Preysler.
Roberto intentó contenerse pero finalmente le rió la gracia, no porque la tuviera sino por aquella manera tan peculiar que tenía Elvira de decir lo primero que se le pasara por la cabeza. Y es que a Elvira las neuronas no le fluían a la misma velocidad que al resto de la gente.

Roberto tomó aire estirándose sobre la silla y echando un vistazo a su alrededor.
—Ay, nena —dijo echándose hacia adelante y tomando una postura muy confidencial frente a Elvira—, ¿por qué no me haces un favor?
Elvira dejó la tostada en el plato e, intrigada, se acercó a su amigo sin decir nada.
—Nena, tírate al profesor de Hanói y luego me lo cuentas, anda.
—¿Al de Hanói? ¿A Enrique Blanco? —preguntó localizándolo dos mesas más a su derecha.
—Sí… ay… es monísimo, no me lo quito de la cabeza desde que coincidimos en el seminario de Hong Kong.
—Pero si es gay.
—¿Gay?
—Gay.
—Bueno, pues en ese caso ya me lo tiro yo.
Elvira rompió a reír como una loca. Conocía a Roberto de hacía tan sólo un par de años. Se encontraron en unos cursos para formar a profesores de español en el extranjero, organizados en Madrid por el Ministerio de Asuntos Exteriores. Tan sólo necesitaron intercambiar un par de frases para darse cuenta de que compartían el mismo sentido del humor y el poco fundamento. Fue todo un flechazo.
—Oye, pero ¿estás segura?, no lo veo yo.
—Segurísima. Aprovechando las vacaciones de primavera me fui a Vietnam y quedé con él, majísimo, majísimo —enfatizó ladeando lentamente la cabeza de un lado a otro—, y bueno, me presentó a su novio y eso, también muy majo —Y alzó los hombros dando a entender que no había mucho más que decir.
Roberto apoyó los codos en la mesa, se rascó la perilla y frunciendo el ceño preguntó:
—Y ¿cómo te dio a ti por irte a Vietnam sola?
—¡Uy!, porque yo también pensaba que Enrique era hetero.
Roberto aplaudió aquella respuesta como un loco, se moría de la risa, lo cierto es que no esperaba menos de su amiga.
—Hola, ¿me puedo sentar? —con esta pregunta, un joven alto y desgarbado interrumpió las risas.
Antes de contestar, ambos amigos leyeron rápidamente la pegatina que tenía en el pecho con el nombre del congreso, de él mismo y de la Universidad de la que era profesor. PELEA. Eduardo Sainz de Marcos. Universidad de Taisho.
—¿En Japón? —preguntó Roberto señalando su pegatina.
—Sí, en Tokio —contestó el chico.
Elvira se puso en pie para retirar el jersey y el bolso que colgaba de la silla donde pretendía sentarse Eduardo.
—Yo soy Elvira, de la Universidad de Lenguas Extranjeras de Dalian, China.
—¿Dalian? Eso queda en Manchuria, ¿no?
—Sí, un frío horrible, cuando sales a la calle tienes que frotarte así la nariz —y empezó a frotársela en círculos con los dedos—, porque si no la sangre deja de circular, se te queda blanca y se te cae. Por eso los chinos del norte tienen esa cara tan rara, porque a muchos les falta un trozo de nariz.
—Vaya… —exclamó tímidamente con cara compungido—, pues no tenía ni idea, debe ser dura la vida allí.
—¡Que no! ¡Que es broma! Dalian es una ciudad espectacular junto al mar, y todos tienen la nariz perfecta, chatilla pero completa —y empezó a reírse mirando a Roberto.
Éste puso los ojos en blanco y tras suspirar quiso aclarar:
—A Elvira la invitan a este tipo de congresos para amenizar los encuentros y siéntate porque en breves te contará el chiste de PELEA, tú siéntate, siéntate, ya verás.
El chico se sentó un tanto arrepentido de haber elegido aquella mesa, en las otras parecía que la gente era más normal.
—Ah, yo soy Roberto de la Universidad de Dhaka, Bangladesh —dijo frotándole el antebrazo.
Vaya, nunca pierde comba, pensó Elvira del sinuoso gesto de su amigo.
—Y ¿tu presentación de qué va? —preguntó la de Dalian cogiendo de nuevo la tostada filipina y llevándosela a la boca.
—Del Haiku.
—¿Del Haiku?, pero, no sé, ¿qué tiene que ver la poesía japonesa con el español?
Elvira asintió con la cabeza, haciendo ver que apoyaba la pregunta de su amigo, aunque en realidad se acababa de enterar de lo que era el Haiku, y aun así, no terminaba de enterarse de mucho.
—Bueno, yo es que soy poeta, enseño español a través de la poesía japonesa, con traducciones.
Elvira y Roberto se intercambiaron una fugaz mirada de ojos de besugo. No, si al final iba a resultar que Eduardo era el más friki de la mesa.
—La gramática se oye y a veces, no siempre, se entiende pero la poesía se siente —añadió.
Roberto empezó a recoger sus cosas, le iba a entrar la risa y no quería parecer un impertinente, así que se apresuró a levantarse y a despedirse antes de escupir la primera carcajada. Ya casi en la puerta esperó un momento a que Elvira lo mirara y fingió ahorcarse, salió del comedor riéndose escandalosamente. Elvira lo odió.

—Bueno, y ¿cómo es Tokio?, me gustaría ir en octubre una semana —comentó Elvira bebiendo un poco de café, en realidad estaba utilizando la taza para taparse la sonrisita nerviosa que tenía.
—¿Tokio? —Eduardo la miró, guardó silencio y preguntó de nuevo—: ¿Cómo es Tokio?
—Tokio, sí, Tokio.
Eduardo se rió.
—Lo sé, Elvira, era una pregunta retórica —explicó presuntuosamente.
Ésta casi se atraganta con el café.
—Tokio es miso en llanto, Tokio es neón, Tokio es obscenidad oscura, tigre corrompido, Tokio es silencio del estruendo, abominable Ginza, escarnio del yen, Tokio es Ikebukuro de piel y roce, es abismo y crudo contraste en net.
Si Elvira abría más los ojos se le iban a reventar las cuencas. Con meditada parsimonia se retiró un mechón de la cara y sonriendo forzosamente dijo:
—Vaya, pues… sí que tiene cosas, ¿eh? —Bajó la vista, tomó su plato con ambas manos y, con una ingenua simpatía, preguntó a Eduardo—: ¿Cabría poesía en una tostada filipina?

2 comentarios:

Sofía Serra Giráldez dijo...

La poesía no entra por los sentidos, la escrita al menos, ni por el oído, ni por el tacto, ni por el olfato, ni por la vista ni por el gusto, ¿por qué entoces esa maldita manía de decir siempre que la poesía se siente?... siempre pienso que habría que inventar un vocablo para poder explicarlo, porque estamos ya demsaido condicionados por la dicotomía pensar/sentir, y te juro que ya me sale por las narices, o por los ojos...jaja, más o menos como los de besugo de la Elvira de tu relato ante el esnobismo, porque no lo llmaría de otra forma del profesor ese de Tokio...¡dios!¡qué hartura, padre cura!, ;)
Me gusta leerte , Elvira, además de que tengo la sensación de que compartimos muchos puntos de vista sobre estas cosas de "las letras juntas".

mai dijo...

Neni!!! Pues si, habra que ir a Tokio para descubrir todos esas cosas... Hija que envidia, yo por lo visto soy "cortita de sentimientos" jajaja. Mil bss.